Todos los relojes están corriendo.

—Se nos acaba el tiempo, sabes —dijo con una cierta sorpresa

—No solo éste —le respondí exasperado

Sí era cierto que a las 15 horas que nos habían dado para reunir el dinero ya no quedaba mucho, también era cierto que sin el dinero no solo nuestra vida sino el páncreas que mamá necesitaba iba ser imposible de conseguir, pero no podíamos hacer nada. Preocuparse por el tiempo ahora, justo ahora que ya no quedaba, era una tontería; todo el universo, todo el tiempo y el espacio tienen los relojes corriendo, marcha atrás todos esperando llegar a cero.

¡Vaya insensatez! Lamentarse por el tiempo es estúpido, esas tontas crisis de edad, esa Narcisa obsesión por conservarse. Desde que nacemos los relojes están corriendo, antes de que naciéramos ya lo estaban haciendo. En cuanto conocemos a alguien el segundero despega, tic, tac, tic, tac sumando, sumando, fatigando los materiales, las emociones, los pensamientos, estresando los resortes, la paciencia, tic tac. Cada experiencia inicia un reloj, el mundo está corriendo, pero el tiempo ya ganó, la gente intenta darles cuerda, extenderlos, mantenerlos en movimiento, pero es inútil.

—A qué te refieres —Me interrumpió ella sin saber nada de lo que pensaba, imaginando seguro que otra vez hablaba del dinero, o de mi relación con Helena; a la mierda Helena, pensé, con ella también se me acaba el tiempo, y la paciencia, ya queda poco, casi puedo escuchar la fractura del tiempo bajo nuestros ideales, la expectativa corre más rápido que el segundero, la pobre quiere, pide, reclama, pero no da; la convivencia debe ser horrible, no lava un plato, no cocina un huevo, no necesito que lo haga, pero llegar cansado y descubrir que nada hay esperándote, ni un detalle, ni un  déjame hacerlo; si hubiéramos podido vivir juntos seguro el tiempo se hubiera acabado, pero no, ya tampoco hay que preocuparse por Helena, y si Héctor no llega pronto con noticias de la apuesta, todo carecerá de sentido, estallará nuestro reloj, no podremos pagar la deuda, mamá no recibirá su páncreas, y Helena, Helena no tendrá quien más le cumpla sus caprichos.

—Me refiero a que creo que hay poco tiempo en general, al final no importa que tan larga haya sido tu vida, podrías haber vivido otro día, comido otro bocado de esa comida que tanto te gustaba, follado una vez más, dormido una siesta extra, no hay manera formal de afrontarlo. Cuando el final llega, pensamos: se me ha acabado el tiempo, anhelando un poco más, un abrazo más, un beso más, un baño más; y siempre, sí, queda el recuerdo al que volver en el último minuto, pero recordar el último polvo no es lo mismo que tirarse un último polvo, no es lo mismo recordar el sabor, ni el olor de Helena que sentirlo.

—Calla, si es verdad que el tiempo se acaba, no quiero desperdiciarlo imaginándote a ti y a Helena… no debimos hacerlo.

—No teníamos otra opción, mamá no quería irse aún, incluso si llega el dinero, si podemos pagar nuestra deuda y el páncreas, si la operan puede que muera, pero habremos sabido que hicimos hasta lo imposible, nos jugamos la vida por lograrlo, por eso lo hicimos, para extender el reloj de mamá, para no pensar qué pasaría si lo hubiéramos intentado, es mejor esto que eso, es decir, es mejor morir si no llega el dinero, que vivir sabiendo que no nos arriesgamos y que ahora mamá está muerta.

—Es cierto, tienes razón, no es común, pero cuando la tienes es precisamente en las cosas más tristes, en las decisiones más difíciles, en los peores momentos

—Se me da natural, distingo los patrones, por eso te dije que era una buena idea hacerlo, sin mamá. No, déjame decirlo mejor, sin hacer esto por mamá ninguno seguiría vivo realmente, así que era mejor tasar nuestros órganos, pedir un préstamo vasados en ese premio y apostarlo todo en una sola pelea.

—¿Y si perdemos? Qué piensas ahora

—Pienso igual, ya hemos ganado, al no tener que vivir bajo la duda.

—Todos los relojes estaban corriendo, cuando mamá nos dijo lo del cáncer, yo sentí el tic tac dentro, todo está muriendo constantemente, continuamente, tic, tac. También nosotros.

Un brindis exquisito

Existe una costumbre en Vietnam, en la que al beber, con el último trago, se debe realizar un brindis deseando que algo cambie, un último trago para y esa una carta abierta, siempre una esperanza perdida, la caja de Pandora hecha botella de licor, de nada guardar una ilusión borracha, un ojalá. No es más que la exaltación de una causa perdida.

Existe otra en Colombia, en la que con el primer trago se rinde tributo a los ausentes, a los muertos, por las ánimas se reza y se derrama sobre el suelo, la tierra, la mesa.

La propia costumbre brindar es un acto de confianza, se juntaban las copas como un gesto en el que se declaraba, en ti confío y no necesito verter mi trago en tu trago, no creo que quieras matarme, simbolizaba.

Pero en el club de la cola de serpiente, un pequeño club literario donde norte, sur, este y oeste u oriente u occidente se reúnen quiero proponer una dinámica, dijo oriente exaltado, quiero un brindis exquisito, una cadena de ideas, de deseos pero inicial, un anhelo que crezca en cada reunión y se lea siempre al comenzar.

Los únicos sabios, actualmente: Los borrachos, y brindo por ellos, los buenos borrachos, los que beben por la sangre y por la duda.

Era un buen brindis sin duda, tenía gracia, tono, y pese a la valentía evidente en el grito exclamado, no había alteración en la dicción, era un hombre sobrio contra todo pronóstico, ningún brindis se queda sin contestar, continuarían brindando por todo, entre todos, los nuevos integrantes deberían preparar un brindis y decirlo como aquel primero, sin duda, ni miedo.

Salud entonces por los niños, los únicos filósofos que siguen preguntando por qué sin importar la respuesta, a quienes nunca de cansar, a los suicidas de la ingenuidad, que anhelan crecer pensando que la libertad llega con la cédula.

Salud por los torpes, los idiotas y los valientes, por los tontos, por nosotros, que creemos aún que hay esperanza en la esperanza.

Los vasos chocaron como campanas, y al igual que ellas atestiguaron que las horas morían, el sonido se tornó agudo, repicaba ensordecedor al otro día, norte, sur, este y oeste tenían resaca, los personajes habían guardado silencio, y también ellos brindaron.

Salud por los libros; excusas para seguirnos encontrando.

Juego de Palabras

Mientras la veía tomarse la cerveza, y sonreír, con sus labios gruesos brillantes por la saliva, su pelo corto y su risa asincrónica y estridente, punk como ella, no dejaba de pensar en cuáles serían las palabras correctas. Verán, Mark Twain solía decir algo similar a esto: la diferencia entre la palabra correcta y casi la palabra correcta, es la misma que hay entre decir luciérnaga o relámpago para describir una luz en medio de la oscuridad, entienden, ABISMAL, por eso quería elegir bien, después de todo, ella era inteligente, mucho, intimidantemente inteligente.

–Mago —Por alguna razón me decía mago —qué pensás mago.

—En palabras, confesé, con esa verdad que solo la sorpresa revela, que solo un distraído o un mal jugador suele admitir.

—Palabras, —repitió ella sonriendo; es filóloga, en el fondo lo es, aunque haya estudiado piscología —Todos pensamos en palabras, bueno no, los disléxicos como vos piensan en imágenes.

No lo decía con crueldad, más con cierta torpeza, ella puede noquearte, no solo es buena con la cabeza, es fuerte, tiene músculos atrofiados, pero no teme dar un golpe ni usar fuerza, así que lo hace, pero es cuidadosa, no rompe nada cuando es ruda, emocionalmente, me refiero, solo que es tosca, lo natural es así.

—¿En qué palabra pensás?

—Para ser preciso —dije— en un juego de letras o de palabras, no lo sé, pero hay palabras que son mucho más que su significado, palabras que no pueden ser contenidas por las letras que la componen, que incluso parecen indicar cómo deben usarse.

Era sábado en la tarde, el trabajo en la editorial había terminado, se aproximaban unas vacaciones merecidas y largas, no más “Pappers” ni tesis doctorales, no más libros ni productos académicos, era libertad lo que teníamos frente a las narices y, de alguna manera, había logrado que las ganas de decirle todo sonara más a trabajo que el mismo trabajo.

—¿Cómo cuáles? —dijo ella con cara de: a lo bien parce, en un sábado a la tarde, en un sábado de pola, en un sábado donde no has dejado de mirarme las piernas o la boca, el día en que tengo puesta la lencería verde oliva que te gusta, con el brallette de encaje, come mucha mierda.

—Amable —dije, —amable significa una persona agradable, servicial, dispuesta a escucharte, o ayudarte, alguien que saluda con genuina gentileza es amable, alguien que da su silla es amable, alguien que te ayuda a buscar lo que necesitas, o que se toma el tiempo para explicarte algo que no entiendes, es amable, pero amable no es solo gentileza, amable también es aquello que es posible amar, amable también es la persona con la que es fácil conectarse, hablar, amable es proclive al amor, amable dije por última vez mirándola a los ojos.

Sonrió, no dijo nada pero sonreía, con cara de haber entendido, sonreía con cara de saber que ella era amable para mí, que había mucho más en lo que decía, que lo decía con las mismas ganas que le había quitado esa tanguita y ese bralette la primera vez, con las mismas ganas que la había besado con torpeza e imprudencia la primera vez que lo hice, con las mismas ganas que la había llevado contra la pared, sujetándole las manos sobre la cabeza, mientras que con la otra le manoseaba las tetas, con esas ganas impulsivas, hormonales, sabía que le decía que era amable, como amante, sí, eso era, amable como amante, que quería sentir de nuevo sus manos en mí, su humedad en mi boca, en mis dedos.

Eso era lo que quería decirle, y ella sonreía con cara de haberlo entendido y luego habló con un tono cómplice en la voz.

—Amable— repitió

—sí, —dijo.

—Sos bueno jugando con las palabras —continuo, mientras jugaba con la cerveza, mientras se mordía la boca, —pero sos muy ciego, el truco, no es la palabra, ni la conjugación, es la intención con la que decimos, tenés razón en algo, por si sola la palabra no basta, yo puedo decirte: yo te luna y sabrías que digo que te quiero, podrías decir oye, te aguacate, y podría significar mucho más, no es lo que digo, es lo que quiero que entiendas.

—Y tenía razón, porque cuando ella dijo eso, yo entendí: sacame de acá, quitame la ropa, meteme a un cuarto, y sacame las ganas, los gemidos, la rabia… los orgasmos.