Darse cuenta

Fernando mira el reloj de la pared fijamente, sin perder tic ni tac, de manera compulsiva y desesperada, segundo a segundo lleva la cuenta, le pesan los párpados pero no flaquea, está convencido que si quita sus ojos de él el tiempo va a desaparecerse como siempre, que en un abrir y cerrar de ojos lo que le queda se le escurrirá de las manos, no quiere que eso pase, le aterra pensarlo, las 3 menos cuarto, falta poco.

Es jueves piensa, los jueves suele tener buen humor, es como si algo en el mundo fuera diferente esos días, algo cambia, desde que comienza el día es diferente, no entiende bien el porqué ni el cómo pero se siente diferente, le da nauseas, suda y siente escalofríos en todo el cuerpo, hace meses que la comida dejo de tener su sabor y en su lugar hay un residual de pastilla, casi un polvillo seco cerrándole la garganta, pero los jueves hay tocino y aún recuerda el sabor del tocino, sabe, bueno no, no está seguro pero podría jurar que no es que lo saboree sino que recuerda su sabor, la textura, el olor siguen intactos en su memoria, eso cree que ayuda, porque el resto no logra recordarlo ni imaginarlo y al probarlo siente que algo falta que eso no es el sabor que debería tener, no recordarlo lo hace dudar, quizá siempre ha sido así piensa, pero la duda no lo convence de que ese sea el caso.

Nada parece diferente, no mucho, no lo suficiente, siente que es distinto, pero no puede asegurarlo… el día transcurre maso menos igual pero la sensación no lo abandona, no es meteorológico, hay jueves en los que llueve, otros en los que llueve mucho y algunos pocos donde el sol parece salir con el deseo de ponerse al día con los grados que no generó los días que faltó al trabajo, hay día en los que se siente que todo va a salir bien y otros en los que ha abandonado toda esperanza, tampoco es astrológico ni energético, pero siente entre su estómago y debajo del Baso un pequeño espacio que lo obliga a sentirse incómodo, como si algo estuviera pasando por alto, un pálpito diría su tía Margarita, una premonición, diría la artesana de ojos primaverales, pero él simplemente no sabe que es y el día se le acaba y el tiempo se le acaba, no es igual los viernes, ni la duda aparece, ni la falta de respuesta lo agobia, es casi como si la intuyera, como si fuera el borde del vacío.

Por eso no le quita la mirada al reloj y aunque ha dormido 6 de las 14 horas que lleva el día, sabe, algo dentro de él sabe que han pasado cincuenta y tres mil cien segundos desde que su cuerpo ha empezado a apuntar a la locura, sabe que no está loco, sabe que eso no es volverse loco, pero tiene la certeza que hacia allá apunta la aguja, y por eso mira el reloj, por eso no puede quitarle la mirada de encima al reloj.

Suma tic, tacs, suma cada uno de ellos y casi no nota que lo miran, sabe que lo miran, está pálido y flaco desde hace meses, parece un sobrado de sí mismo, antes lo agobiaba ya no tienen tiempo para ocuparse de eso, y es de las pocas cosas que sucede todos los días y no solo los jueves, ya perdió el interés en esas miradas, en los dueños de esas miradas, en lo fáciles de leer, en la estúpida compasión con la que lo miran. Le preocupan más las miradas ausentes, lo que ya no ve que lo ven, los que ya no van a verlo, pero no lo suficiente para preguntar por ellos ni por ellas.

 El cansancio parece vencerlo, siente que está por empezar a cabecear, y entonces todo se convierte en flashbacks, en caídas en túneles de tiempo, se siente así sobretodo cuando se salta su siesta, cuando la angustia lo abruma, brinca de cuarto en cuarto de hora, no siente la aguja al entrar en su brazo, los párpados lo vencen, despierta casi sobre las 5, Dora le soba el cabello, dora le cae bien, tiene ese humor que le gusta, oscuro como ella, como el café que ahora no lo dejan tomar, levántese niño le dice, que esto no es hotel y está en hora pico, le ríe con una picardía honesta, no es mentira, el turno de Dora los jueves es largo y entonces la idea le cruza la cabeza, los jueves, qué pérdida de tiempo esa de tratar de no perder el tiempo.

Ni la sombra

Camina mirando su sombra, como si sintiera los dedos dentro de su zapato conectarse con ella. Se mueve para verla contonearse, casi con la misma atención que le gusta ver su imagen deformada en el agua y la difracción de la luz convirtiéndole el cuerpo en ola. Sonríe mientras lo hace; le gusta no ser ni la sombra de sí misma y, al mismo tiempo, ser contenida por ella. Le gusta que trae consigo su pasado, loquita pero buena muchacha, y proyecta con ella su futuro, fuerte como un rugido o un trino en el bosque, retumbando adonde llega, agigantada y abrumadora, poderosa y casi sin límites, a menos que se acerque mucho al sol. Ese es el error, piensa sin decírselo a nadie: acercarse demasiado a la luz quema, enceguece y apacigua; hay que dejar que la luz te dé, pero no que te absorba. Es peligroso: te reduce a un puntito debajo de tus pies.

Cuando camina de esa manera, viendo su sombra, sonríe como solo la soledad sabe hacerlo: con un dejo de confianza, con una autenticidad única. Uno no puede huir de ella, debe contemplarla. Quien la ve sonreír así, sin saberlo, ha presenciado un momento de libertad y pasión, un murmullo de su canto, y no sospecharía nunca lo difícil que es para ella hacerlo de manera consciente. Le teme un poco a esa calidez que la provoca, le teme a la presencia de otro que captura la imagen y trata de anclarla a ella. La felicidad, dice, es algo íntimo y no se le comparte a cualquiera, y a la libertad de ser libre no se le renuncia nunca ni se le posa; es una fracción de ella y, si alguien colecciona demasiadas, podría juntar todas las partes y tenerla. La idea la enternece y la aterra: qué miedo quedarse sin lugar para estirar las alas.

Por eso le gusta la sombra: se escurre fácil, rápido, y desaparece de repente si se le acosa o se le persigue con demasiado ahínco. La luz debe filtrarse entre hojitas, entre los dedos; debe dibujarte y moverse con vos, piensa viéndose hecha sombra, viéndose moverse y deformarse, levantarse y jugar con todo lo que la rodea, rodear todo lo que la rodea, recorrer todo lo que intenta obstaculizarla. Me gusta ser sombra, piensa, dice: me gusta ser sombra. Sonríe, pero no puede ver su sonrisa; lo sabe no porque los pómulos se le retraigan y un par de hoyuelos nazcan en ellos, no: lo sabe por cómo se mueve. Todo su cuerpo parece vibrar como la cola de un gato; todo le recuerda que no cabe en su cuerpo, que necesita expandirse, que quiere estirarse hasta sentir que se sale por sus poritos; un porrito sería la forma usual, pero está high de alegría y funciona igual, brota de sí misma y, como una enredadera bien agarrada, se trepa por su felicidad y se desborda, un ojito de poeta que crece y lo cubre todo; hoy se siente así, y camina así, y brinca entre cada paso para ver su sombra encontrarse con sus pies.

Piensa en estar descalza, desnuda, en la sensación de sus patitas con el piso caliente, con la sombra fría, con ser su propio refugio, con enfría donde quiere pisar, en ser y hacer su puente adonde vaya. La idea la emociona y, aunque el sol le golpea la espalda con fuerza, ella no mengua en su alegría ni en su idea de disfrutarse; para eso está el protector solar, piensa, y no se inmuta.

De fuera parece infantil y torpe; de lejos se ve un poco ridícula mientras juega con una colita de su cabello y brinca, baila, se estira y se enreda en su propia sombra. Está loca o drogada: seguramente muchos simplifican lo que ven y, en su acostumbrado papel de custodios de la normalidad, dictaminan que su rareza es desfachatez, sin intuir que su alocada felicidad es, por el contrario, una celebración, reflexiona, de un buen día en medio de unas semanas de mierda. Es un oasis en medio de una tormenta constante, de un dolor punzante y de una sensibilidad estimulada. No le conocen ni la sombra y no le reconocen ni siquiera el intento, pero a ella no le importa; sabe lidiar con la idea de salirse de sus formas, es feliz, como Peter Pan cuando cose la sombra bajo sus pies, porque puede volar de nuevo a un espacio donde el pasado, el presente y el futuro se funden bajo sus pies y le dan profundidad a su sombra.

Enchilarse

A Javier le gusta el picante. Cree creer que ha sido desde siempre. No recuerda esos días en los que su mamá untaba su chupo en una salsa espesa de color naranja vivo que resultaba de macerar ají pajarito tatemado, y lo dejaba escurrir y secar antes de dejarlo a su alcance. De esa época no recordaba el efecto casi calcificante que en aquella corta vida parecía generarle, y como no lo recordaba no podía dolerle ni incomodarle. En eso Gabo tenía razón: la vida es lo que recordamos y la forma en como la recordamos para contarla, y como ignoraba su mal comienzo disfrutaba de su buen presente.

Le gustaba en las salsas, crudo y en polvo; le gustaba intenso, suave y gustoso. Era innegociable en eso: que sepa bien, que tenga sabor, que valga la pena los ojos llorosos, el cosquilleo en las manos. Le gustaba prepararlo e inhalar ese humo bravo, ese aroma ácido, esa tos condensada que le secuestraba la cocina al prepararlo; la toleraba sonriente, sabía que el resultado valía la pena. Mezclaba semillas con pimentón, con cebolla y con tomate, con ajo y panela rayada; tostaba y quemaba hasta que la nube le irritaba los ojos, las manos, la garganta, pero valía la pena, sabía que valdría la pena.

Porque recordaba los hoyuelos de las mejillas, profundos y marcados; porque recordaba su carita sonrojada y sus brazos tensos, los jadeos intercalados y los brillantes, y eso lo hacía mantener viva la receta que le torturaba físicamente e intentaba disuadirlo. Qué más daba llorarse un poco. Siempre hay cosas atoradas que vale la pena llorar mientras se pica la cebolla, y otras en qué inspirarse al lavar el cilantro. También había rebeliones que disuadir, así que el humo estaba bien, el humo no importaba porque pronto la vería de nuevo allí frente a él, lamiéndose los labios y cerrando los ojos, haciendo una especie de ritual y paleta, una danza performática que le contraía la piel y que siempre lo llevaba a pensar y recordar esa vez, esa única vez en que tolerar el picante le había parecido imposible, cuando lo hacía su abuela y él salía corriendo de la cocina con los gatos, y la escuchaba reírse a carcajadas. Es cuestión de sabor, ¿por qué se resiste, mijo?, le decía desde lejos, risueña y juguetona. Si no fuera por ella jamás lo habría entendido.

Por eso, cuando supo que había vuelto al pueblo, confiaba en su gusto por el picante, ahora compartido; confiaba en su necesidad fuera igual a la suya; confiaba en que ese sabor que había aprendido a disfrutar cuando ella se fue la haría volver. Creía incluso haber mejorado un poco la receta al incorporarle puerro, cúrcuma, tomillo, una pizca de canela y pimienta de olor. Su abuela nunca se lo había reconocido, pero después de probarlo nunca había vuelto a hacerlo solo como ella lo hacía, y eso decía más que lo que ella callaba. Además, la hacía feliz: es tradición familiar aprender a hacer una salsa para los que se quieren, una para enamorar a los que vienen, para criar a los que siguen, una para conservar como recuerdo cuando una nueva salga.

Javier nunca le había dicho a nadie para quién era la salsa, pero el toque secreto de cáscara de limón rayada, ese toque de melancolía frutal y secreta que su abuela había probado, lo dejaba todo claro: la única persona que faltaba en el pueblo desde que la receta había nacido era una niña con el pelo de manglar, fuerte y traviesa, ágil y sonriente, una muchachita imparable.

La abuela murió sabiendo y Javier la vio morir sin contarle, pero sabiendo que sabía. Quizá ella no decía nada de su picante solo para no hacerlo sentir mal por la ausencia de esa niña, porque fue delante de sus ojos que ella la escuchó decir, después de llenarse los labios de picante: si me das un beso ahora me caso contigo y tengo a tus hijos… Desde ese día Javier se juró, y se cumplió, jamás tenerle miedo a enchilarse, y ahora sabía que era cuestión de tiempo para que ella se acercara, lo mirara a los ojos y fuera él quien se embadurnara los labios.

A mares

El problema del amor, le dice Bianca a Helena, es que se agota rápido: no te quedan tantas primeras veces en él después de la primera. Las citas se te acaban, las buenas, me refiero; las divertidas, las que te hacen sentir algo; y cada vez son menos. Ya no quedan tantas buenas ideas ni tantos lugares por descubrir. Se acaban los apodos tiernos, las canciones, se agota todo lo que lo rodea y la posibilidad de que se viva.

Pará un poco, Bianca, y sí, te va a dar fiaca escuchar unas canciones y algunos lugares ya no son más solo tuyos, pero no implica que no podás disfrutarlos. Tenés que ser más pragmática, boluda: debería bastarte con que ahora sepás poner en su lugar a los desubicados que opinan desde un moralismo virginal sobre cómo y con quién deberías estar. Bancate tus años, tus miedos, tus malos ratos.

Ya sé que no tenemos 20, pero no podés creer que después del primer beso o el primer garche ya todos los demás son menos, o menores. Si las canciones se acaban, sobre todo las de Serrat, las de Sabina y las de Spinetta, ya no te hará ilusión que te digan muchacha ojos de papel, ni podrás sentir alegría cuando te digan que van a celebrar un mesiversario. Te entiendo, pelotuda, creéme que te entiendo, pero no está tan mal: el hombre de tu vida es el que se queda en tu vida. No sos una pendeja como para andarte quejando tanto por tan poco.

Marcela escucha, sonríe. Ellas hablan de lo que él siente, también siente; lo que se gritan antes del recital le retumba dentro, lo que lo ha llevado a ese segundo piso, tan lejos de casa, tan sumido en su propia cabeza, intentando hacer esas cosas que poco lo ayudan pero que le liberan la presión para que no estalle, para que no le gane la presión. Adolorido, reseco, se hidrata para evitarlo; se deshidrata mientras lo hace.

Las escucha y sonríe, porque el corazón lo tiene hecho un nudo, porque el peso en sus hombros le tiene contracturado el cuerpo, porque él también tuvo una muchacha ojos de papel y ya nunca pudo decirle a ninguna que los tenía, porque también ha sentido miedo de que vuelvan a dedicarle everlong o a que lo llamen de chelongo. Hay cosas que a uno le dicen, que a uno le regalan y que, al mismo tiempo, se las arrebatan; a nadie más van a sonarle bien, en ninguna otra boca. Ambas tienen razón: sabe como sabe la rubia que grita a la morocha que no es el fin del mundo que eso pase, pero sabe, al igual que la morocha que se queja con la rubia, que esas cosas duelen.

Ellas gritan, se gritan, se reclaman; el resto del lugar canta y corea algunas canciones que espera que suenen, que esperan que se canten, que los han traído y convocado. Canciones para olvidar, para olvidarse, para salirse de todo lo que los ha saturado. Ellas también están ahí para eso, él también está ahí para eso: para cantarse a esos viejos amores, a esos antiguos dolores que aún no se ausentan del todo, que siguen viviendo en sus cabezas, que siguen presentes con su ausencia; que se fueron, pero olvidaron llevarse todo con ellos, de los trabajos prometidos, de los ascensos no cumplidos… Las razones cambian, pero todos están allí para irse, para dejarse atrás, para dejar de sentirse tan mal un rato. Él también, él lo sabe, así que sirve más ron con coca y escucha en su cabeza las letras que él también espera cantar.

Bianca y Helena, lejos de casa, se han encontrado y ya dejan de discutir y de pelear sobre si el amor sigue siendo amor cuando el amor se acaba. Saben que no, saben que es diferente; que el amor es amor siempre y que el amor se navega, se naufraga, se surfea en la cresta de la ola, o se explora y se bucea; que el amor se desborda y que una vez se ama uno se zambulle y hace que sea imposible el pensarse fuera o por fuera. Las islas de las primeras veces desaparecen; la gente brinca, la gente grita, la gente canta, y entonces todos entienden lo inevitable: que nadie tiene el control para controlarse y que todos tienen algo de lo que olvidarse, incluso de ellos mismos, y que el amo aunque se acabe es siempre inagotable.

Infiernos y paraísos

Luis lee a Borges; lo hace por gusto y por disciplina. Le cuesta leerlo, pero le gusta cuando lo entiende. Tiene ese toquecito que lo hace sentir inteligente al entenderlo; siente, al hacerlo, que más que leer está continuando ese cuento donde Borges se encuentra con Borges, pero sin él ser alguno de los Borges: solo quizá una paloma que los oye conversar en la banca del parque donde se encuentran, maravillada y atenta.

Luis sabe que Borges decía que siempre imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Para él tiene sentido: siempre se describió a sí mismo como un gran lector más que como un escritor, y el paraíso, si algo ha de tener, es una dosis de placer que parezca incluso pecaminosa, piensa él y sonríe, e intenta imaginar cuál será la expresión de una paloma sonriendo con un dejo de arrogancia, de sentirse astuta. La idea le gusta y se deja envolver por ella: el paraíso debe ser una gula de culpa sin sentir un ápice de ella.

De la idea lo sacan sus gatos restregándose contra sus pies. Los ve y siente un poco su pregunta, su angustia; los ve y le oprime el pecho. Le gusta el silencio; en su paraíso hay calma, tanta que los pensamientos deben tener eco, piensa, y de nuevo se imagina como paloma astuta, pero el silencio que hoy se le presenta no es complaciente: por el contrario, le duele y les duele. Lo entiende al verlos: ellos no saben por qué su paraíso les hace vivir un infierno. Es como si la biblioteca de Borges estuviera llena de libros malos, o de los libros que él considerara malos. Este silencio viral y endémico, esta ausencia de voces, no es la calma que desearía ni esperaba.

Sus gatos le recuerdan que hace días no puede hablarles. Su expresión es un interrogante, un grito que siente: un “¿qué te hicimos?”. Un reclamo: “¿Por qué el silencio?”. Saben que no ha dormido bien, que su temperatura no ha sido normal; saben, cree que saben, que algo no está bien, pero piensa que no saben por qué el silencio, y eso también lo tortura. Quisiera decirles que todo está bien, pero la voz se le rasga, la garganta se le cierra, el aire le falta, e imagina a Borges tomando página tras página de tramas simplificadas, de figuras retóricas pálidas y delgadas.

La gente a veces olvida, piensa abstraído de sí mismo, que el paraíso y el infierno son opuestos, pero la verdad es que son muy similares, casi idénticos: el uno es solo la perversión del otro. Bien dicen los viejos que el diablo está en los detalles; los pequeños detalles que dentro de todo paraíso consumen el placer de habitarlo: el conocimiento inútil, la gracia torpe del presente perpetuo, de la búsqueda del sentido y no del propósito, la deuda eterna de la promesa no consagrada, la ilusión de la importancia personal y del reconocimiento como pago, seré cuando me digan que sea… Se trataba más de ser a pesar de la incomodidad de ser.

Pero él piensa que los gatos no lo saben y él piensa en lo incómodo de su silencio para ellos, de su ausencia presente, de su indiferencia casi gatuna frente a ellos. No quiero herirlos, piensa; no quisiera incomodarlos con este silencio al que no le pertenezco desde la entrega sino desde la imposición; quisiera que la supieran, piensa Luis, agobiado y abrumado por la idea del sentimiento de exclusión de sus gatos.

Mientras tanto Borges le señala a Borges la expresión que hace esa paloma que parece mirarlos: una expresión extraña de angustia y desesperación. Es casi como si sufriera de algo, como si algo le preocupara, como si su único problema en la vida no fuera simplemente picotear el campo.

Cabañuelas

Los finales siempre me han parecido un tanto aburridos. La gente está cansada cuando se acerca el final; se puede estar agradecido, se puede salir a tiempo y hacer algo decente por uno mismo, sin embargo, siempre hay una nostalgia en medio de todo. Aunque tarde o temprano siempre llega, uno sabe que se aproxima, que tiene el tiempo encima, y entonces la gente mira un poco al piso y se concentra en todo lo que no fue, en todo lo que no pasó, en lo que no vendrá, lo que no tiene, lo que no se cumplió… Solo en ese momento se permiten contemplar todo lo que les sabe mal.

Se bañan, se peinan, se ponen ropa interior amarilla y se ocultan debajo de las mesas, escriben lo que quieren dejar atrás y se atragantan con 12 uvas: algunas simples, otras congeladas y llenas de vodka y tajín, otras reemplazadas por fresas o cerezas para comerse hasta la última del pastel… Entonces suenan las 12 campanadas, se abrazan, se arrojan lentejas de los bolsillos, se encienden los deseos y se acuestan ebrios de esperanza, de ilusión, de un comienzo mágico.

Va a pasar en unas cuantas horas, pasa cada año, y uno solo tiene dos opciones: el hastío o la ilusión; o hastiarse de la ilusión, dejarla atrás, de lado, echarse a muerto con todo… Prefiera esa con un poco de hielo, con un saborcito fuerte, ahumado y seco. No me gustan los finales; por eso, cuando llegan, no los evito: los miro de frente, a los ojos, dejando que sepa que sé que se termina. Frente a mi reflejo y por su bien brindo; una especie de ritual que ha evolucionado para evitar ser visto hablándole al espejo. Lo bueno comienza, lo que importa apenas comienza, el final no cuenta, lo que pasó ya no importa; duele, pero no importa. Te puede llenar de rabia y aun así no importa; te puede hacer nudos en la garganta y el pecho y aun así no importa. En eso pienso: el presente es breve, casi imposible de apreciar, así que abrazo como ellos, me como las uvas, con tajín y vodka por fortuna, y pienso, como decía mi abuelo, pensando siempre en el trabajo: me voy a dormir porque mañana debo estar atento a las señales.

Las cabañuelas le dirían cuándo sembrar y cuándo recoger, cuándo cuidar más el campo y cuándo ararlo con más fuerza. Me gustaba esa tradición de irse a dormir, no con la seguridad de un mejor mañana, sino con la intención de prepararse mejor para lo que viene. Así que, como él, me despido y parto, pensando en esos doce días, en ese plan que debo seguir, en esas metas que debo perseguir: a la próxima no tendré tanto cuidado; con la próxima no me haré tanto a un lado. La próxima oportunidad debe sentirme, debe ser capaz de presentirme, debe temerme cuando me sienta cerca y saberse perdida cuando sienta mis ojos posarse sobre ella. Deberá saber que ha sido tomada; entregarse aun sin garantías, exigir garantías de por qué hacerlo. Lo hará porque quiera, porque se le cante, sin estarme buscando, sin haberse prometido prometerse.

A la próxima no habrá permisos ni disculpas: no habrá silencios ni turbas, no habrá mezquinos entrometidos dictando el camino que debe recorrerse para cumplir un sino. No habrá un mapa de los sueños donde ser tachado, ni un espacio incómodo y aprisionante donde hacerse para reemplazar lo perdido: un café con los amigos, un asado con la familia, un polvo que me desempolve los discos, una cerveza fría en la tarde, una escapada en la mañana hacia un horizonte, un regresar a casa, un libro, un cuento que contar, un día de pereza con mis gatos y una tarde de juegos que haga que la risa me marque el abdomen; y un abrazo de todos los que, por alguna razón, al recordarlos me siguen haciendo reír. Me voy a dormir pronto, porque quiero empezar pronto como mi abuelo, buscando mis cabañuelas.

Luces

A Iván siempre le han gustado las luces. Desde bebé gateó siempre hacia ellas; le parecían llamativas, como a todos cuando el mundo es nuevo: aún no se sabe que todo lo que brilla no es oro. Uno se deja deslumbrar y va tras todo lo que titila y todo lo que devela, como las moscas y los zancudos, como Ícaro. Iván viajaba directo al centro de lo todo lo que alumbrara, que le ofreciera calor y lo entretuviera; difícil juzgarlo: es un sueño el atrapar el sol con las manos.

Ese gusto se desarrolló con el tiempo. Perdía la concentración ante una buena alteración de luces; no espabilaba, perdía la capacidad de comunicarse y solo podía contemplar lo que pasaba. Las luciérnagas fueron durante años su animal favorito; no le importaba que le dijeran que era un insecto y no un animal: le gustaban lo suficiente para elegirlas siempre. Ese mismo amor le llevaba a oprimirlas, a correr en el césped alto con una botella vidrio y juntar cuantas fuera posible para que iluminaran su noche. Había otros insectos: helicópteros, hormigas, libélulas; les temía porque se las habían presentado como mata caballos. Difícil de juzgar que un niño le tema a un insecto con ese nombre; difícil juzgar a un niño por no comprender que acumular lo que le gusta puede acabar con lo que le gusta.

Iván creció, y en las noches las luciérnagas estaban ausentes, pero las colillas brillaban: el pucho, el porro, alumbraban ahora en sus pupilas. Había aprendido la lección: mucho no era mejor; mucho era bueno; mucho no valía la pena. Le resecaba la garganta y perdía cadencia en sus pensamientos. De las luces había que guardar cierta distancia para no perder las luces: demasiado cerca encandila; el fuego es bello, pero muy cerca quema… Sabía que no era culpable de la desaparición de las luciérnagas, pero aun así sabía que no era inocente ante su ausencia.

Era, a su estilo, en un navegante, aunque muy distinto. Los marinos se guía por la luz para alejarse de ella, de sus riesgos como antes lo hacían los marinos con las sirenas; él, en cambio, sucumbía ante la belleza de sus destellos como ellos antes ante la belleza de sus cantos, y se abalanzaba sin dudar, acelerando y sin mirar atrás: siguiendo un instinto casi animal; siguiendo, dirían muchos, la línea de su destino del que parecía no poderse alejar. Siempre encontraba una forma de meterse en aprietos, siempre encontraba cómo acercarse, siempre encontraba cómo estirar lo suficiente la luz para eclipsarlo con solo un dedo. Verlo daba un poco de angustia; con pocas personas uno entiende la fuerza de gravedad como con Iván porque, sin importar lo bien que parecía estar haciéndolo, sin duda lo arruinaría todo en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando su mirada se cruzó por primera vez con la luz roja de los burdeles, él sintió ese vértigo que le corría el piso. Se sintió cerca de una cornisa; pudo mirar hacia abajo e imaginar la caída: el viento rozándole la cara, el corazón latiendo a una velocidad desmedida y el vacío en el estómago de quien pierde el soporte del mundo y cae sin esperanza alguna de asirse de algo; quien caer sonriendo; quien cae con la conciencia de haberse arrojado por la adrenalina sin esperar sentir el golpe seco nunca, solo el túnel vertiginoso de viento que lo conduce a otro lugar.

Cuando entró, la luz azul y morada del túnel lo invitaban a seguir avanzando y los rayos verdes giratorios le prometían un lugar maravilloso. Las bolas de luces reflectantes lo llevaban a perseguir otros destellos, otros brillos. Estaba extasiado y le costaba contenerse. Las luces neón hacían que todo se viera diferente: las líneas de la pintura reflectiva acompañando los movimientos de los cuerpos; el burlesque y las zonas ausentes de luz; el agua; el sonido. En ese momento, para Iván el mundo se dejó de existir: le pertenecía ahora ese lugar y se sentó frente al escenario, con la mirada y la boca abierta al ver un letrero que lo hacía sonreír.

—¿Puedo ofrecerte algo? —le preguntó una mesera.

—Sí —dijo, señalando el letrero—: “Se busca ayudante”, decía. Al levantar la vista vio que ella lo miraba directo a los ojos.

—Parece tener lo que se requiere. No se ha dejado distraer por mí ni por ninguna otra chica —dijo con un tono que develaba que eso la ofendía—.

Era bella; su cuerpo merecía ser visto, observado, contemplado, y más bajo esas luces.

Él sonrió; en sus ojos había un brillo que le hacía morderse la boca.

—Iván —dijo él—, mucho gusto.

—Lucero —respondió ella—.

Sígame; veamos qué puede hacer. Al escuchar su nombre, él supo que nunca iba a olvidarla.

Pros y contras

Cuando él sale de casa, Maria respira profundo y piensa que todo va mal, que ese hombre, aunque no está lejos de ser lo que quiere de un hombre, no tiene lo que su hombre debería tener, algo le falta, puede ser su astucia casi ausente, su mirada casi perdida, es como si él también supiera que algo no encaja, no quiere prestarle atención, pero al caminar por la casa todo se lo recuerda: las chanclas estorbando en la mitad del cuarto, la toalla colgada pero sin extenderse, los vellos en el lavamanos, la taza de café en el fregadero… todo la provoca y la irrita.

No lee, no lava, se descuida con facilidad, pospone todo o casi todo y, aparte del trabajo, parece que nada le interesara. Pensarlo la irrita, no está siendo justa, pero no puede sacárselo de la mente, en esas mañanas donde todo lo que ha hecho parece provocarla es difícil verle sus matices.

—¿Qué te pasa? —le escribe sin aclararle nada.

—¿Qué te pasa? Lee él en el chat pero no se anima a contestarle… piensa en su nombre mientras mira por la ventana, disociado… sin animarse a escribirle; hasta ahora siempre me han sido esquivos los nombres que me encantaría susurrar junto a palabras bonitas, de esas palabras ridículas que el amor inventa, de esas secretas y tontas, de esas que avergüenzan y que un poco son el amor mismo, quisiera haber tenido una margarita de la suerte, capaz de opacar a los tréboles y sus cuatro tristes pétalos, una margarita a la que pueda cantarle como Fito: vos me hacés feliz, margarita, mi amor, pero no puede decirle eso, no se lo tomaría bien, no respondería bien, lo sabe, porque entiende que al final es solo un deseo ridículo pero él no es un hombre astuto, no sabe escaparse de esos pensamientos ni manejar las situaciones, es solo que siente común su nombre, Maria, sin siquiera la tilde, sin siquiera la virgen, así, a secas.

Pero no es solo ella, ha vivido la vida sin Manuelas que lo escuchen la radio, sin chicas iguales pero distintas a las demás a quienes ver por la playa pasear para soñarla sabiendo solo que se llama Noelia, sin Elisas que lo abandonen para clavar en su pecho un puñal, sin Caritos que le hablen inglés ni Rosas ni Rositas tan hermosa, tan maravillosa como blanca diosa, como flor hermosa… Es solo eso, un deseo tonto pero latente, cambiarle el nombre, decirle todos los nombres, qué peligroso puede resultarle ese pensamiento, ella es lo que él quiere, tiene lo que le gusta y, aun así, no se llama como él quisiera, detalles, el diablo está en los detalles.

—Nada —responde en el celular—, estoy en la calle, me estaba montando al bus, por eso no te contestaba, pero todo está bien —le dice—. Miente, pero la tranquiliza, miente para tranquilizarla, miente para el bien de todos, especialmente del suyo, porque al final solo se miente a sí mismo, es cierto que todo está bien, que ella está bien, que su forma de ser está bien, que su risa está bien, que su sazón está bien, quien no está bien es él y por eso, por ese pensamiento que lo persigue, finge y miente.

Es culpa de Paquita Gallego, piensa, es culpa de esas canciones que le enseñaron a cantarle con nombres al amor, es culpa de los románticos que solo crearon canciones con nombre de señora, de Gloria que me falta en el aire, de su cálida inocencia y de la falta en mi boca que, sin querer, te nombra, y esa es la cosa, que al final uno también ama desde la ilusión de lo amado y también extraña la ausencia del amor prometido, pero no es su culpa que su nombre no me resuene con ninguna de las canciones con las que he querido cantarle al amor.

Piensa frustrado, piensa viendo su foto, cuánto habrá de mí que para ella sea también una afrenta al amor imaginado, cuántas veces se habrá ella preguntado si mi nombre resuena con su anhelo, Jaider no es que sueno muy bonito tampoco, no recuerdo tampoco canciones que contengan mi nombre, ellas por fortuna solían cantarle más a la emoción que a quien la despierta, al menos eso creo yo, al menos eso recuerdo yo, aunque también están los libros, y estoy lejos de ser uno de esos seres llenos de virtud, incapaz de la mitad de sus sacrificios y ausente de sus dones y sus maneras, ni un lord ni un señor, a duras penas una educación básica y el cuero fuerte para aguantar el sol, estoy seguro que yo no soy tampoco su sueño de amor…

El pensamiento lo agarra con la guardia baja, del tedio brinca al miedo. —No te lo digo suficiente, sabés, pero vos y tu boquita son lo mejor que me ha pasado en la vida, amor mío, vos sos, en esta vida dura, la parte más suavecita y deliciosa de cada día, vos, mi amor, sos todo lo que está bien conmigo.

Ella lo ve y sonríe. Es un tipo raro, extraño en sus formas, brusco y torpe. Es un burro, pero es tierno; tiene sus pros y sus contras.

Anidar

—¡Que tu dios te cuide! —dice ella con la voz entrecortada, agrietada por la desesperanza con la que se le dice eso a alguien que no cree en nada, como quien arroja una piedra a un vacío profundo, tremendo y oscuro que devora no solo cualquier rayo de luz sino también cualquier sonido. Lo dice porque siente que es lo correcto, porque siente que llevan esperanza aunque no sabe si calará dentro de una piel tan dura… y le duele porque sabe que él necesita esas palabras; ella sabe porque ha visto eso en los ojos de los niños cuando se levantan con la piel ausente de alguna caída y, con los ojos inundados, dicen —no me dolió, con la voz entrecortada dicen —no me dolió y tratan de correr con las rodillas hechas llagas, con las manos ulceradas. Solo cuando ellos también ven la sangre lloran, con sus ojos llorados exhiben la herida y descansan… pero él, él no descansa, él empaca como siempre sus rabias, dos bocanadas de humo, un trago; quizá piense en sus tristezas cuando pica cebolla, ojalá piense en sus tristezas cuando pique cebolla para que se ponga al día de sus llantos, de sus rabias, de sus despedidas, ojalá nunca le gane la pesadez que lleva sobre los hombros, ojalá siempre encuentre la fuerza para cuidarse, piensa mientras él la mira sonriendo.

Está tan solo, piensa ella mientras lo mira sin ceder ante lo que ella intuye, ante la sombra que ella conoce, le duele, ojalá que su dios lo cuide, piensa de nuevo y lo mira con esos ojos de profesora de preescolar acostumbrada a entender todos los dolores, los raspones, los pequeños primeros desamores, las angustias inocentes de haber perdido un color y el pánico diminuto del regaño que conllevará haberse ensuciado el uniforme, a sabiendas de que en la casa no hay otro para reemplazarlo, con esos ojos que se han acostumbrado a ver emociones que aún no saben traducirse en palabras, con esos ojos lo ve y sufre por su incapacidad de sufrir, por su testarudez viva y calcinante, por su escandaloso silencio…

Él la escucha, se gira, la mira, algo intuye en su mirada y en su tono, algo sabe, piensa, ellas siempre saben algo. Lo intriga, más que las palabras, lo que parecen decir las mismas, ese otro lenguaje detrás del lenguaje, esa tristeza casi llena, esa angustia casi esdrújula. Intuye que ella necesita una respuesta, que su tristeza la inquieta, que ese dolor clavadito en el pecho ella puede verlo. No es grave, quiere decirle, pero sabe que desestimarlo no es suficiente, que la preocupación crece cuando lo obvio se niega; la simpatía es casi un insulto para quien es empático. La entiende, es como ella es, la piel es dura pero el corazón es blandito.

—Nada de dioses ni deidades, ni de sus omnipotentes y ausentes voluntades; yo no confío en esos designios astrales ni espirituales —le dice a ella, viéndola justo a los ojos, con esa sonrisita que sabe que le confirma que lo que dice es emocionalmente cierto, que aunque no entiende los motivos, entiende sus sentimientos y que no los niega ni los desestima—. Yo no me entrego a credos, pero anido en cuerpos, en los manifiestos, en las palabras y lo que tienen detrás; que el cariño de los que me quieren me cobije y que, en su omnipotente deseo de gobernarme, los dioses se muerdan un codo…

—Idiota —dice ella, enojada, no sabe por qué, siente que la ha llamado dramática y que le ha dicho que exagera, aunque la tranquiliza la irrita. Bien podría decir gracias, bien podría decir igual tú y marcharse y no volver, pero no, sonríe y, en medio de su tristeza, encuentra la forma de olvidarse de nuevo de sí mismo para ofrecerme un poco de calma, de eliminar mi inquietud y decirme que no hay de qué preocuparse.

Se enfada, me mira enfadada, como una niña con una rabieta. —No lo tomés a mal, no peleo contigo ni con tu dios, mi nido, cariño, son las palabras y las personas; mi hogar es donde son cálidas y confortables. Saber que tengo a dónde volver, saber que hay un hombro donde apoyarme, un torso y unos brazos que me abracen es el universo entero para mí —le digo y noto sus ojos llorados—. No llore, todo saldrá de la mejor forma posible si hay un nido a donde volar de vuelta.

Achaques

Los años no llegan solos, por fortuna los años no pasan en vano, se sigue siendo, en esencia, lo mismo que siempre se ha sido, pero, como todo, hay detalles, se tiene derecho a tenerlos; se ha visto mucho de muchas cosas, se han visto pocas de otras, a veces demasiado de ambas, y ambas rayan, pelan, amallagan, cositas que no faltan ni sobran, son cosas que ganan y, como todo lo ganado, se lleva con un aire digno, elegante, aquello que se hizo propio siempre se ve diferente.

Otro cantar sería entender a los 20 que no vale la pena simularse, las máscaras cuestan: oportunidades, momentos, futuros. Eso pensaba ahora que la veía a lo lejos, más vieja, más arrugada, más ella. Ramiro también era más Ramiro ahora de lo que lo fue en esa época, en parte era como era por haber sido menos él antes, por haber perdido, por haberlas perdido, no era solo ella, era tan solo uno de esos cabos sueltos que llevaba en su vida, debió haberla hecho más suya, más a su forma, no medir las distancias ni las apariencias, debió morderla tan fuerte como deseaba, debería haberla asfixiado como quería, nalgeado y someterla de la forma animal como lo deseaba, siempre le gustó el juego de ser un poco animal, nada extremo, nada muy extremo, le bastaba con la forma, aunque en el fondo siempre fue un amante tierno, grotesco pero tierno, pervertido pero tierno… con el tiempo aprendió a darle un poco más de libertad a lo primero y a solo insinuar lo segundo.

Ya no importaba, también había aprendido eso, que no importaba, que nada lo hacía, que el mundo no tenía un plan ni un norte, ni un mañana, tenía un hoy y un ahora, un café, una cerveza, una resaca, pero que perdía lo vivido y que no tenía lo deseado, el instante era lo único sagrado, complacer expectativas ajenas y desear un futuro sin vivir el presente, lo único profano; porque, al final de cuentas, lo único que importaba era si había valido la pena.

Ahora lo sabía y ahora que la veía eso era lo que le molestaba, hubiera valido la pena hacer las cosas diferente con ella, quizá esos habían sido los 5 centavos que les faltaron pal peso, arrebatarle las riendas y desafiar su mandato, quería ser mejor para ella, creía que ella merecía una mejor versión de él e intentándolo había perdido sin siquiera haber sido él mismo, viéndola pasar frente a él el pensamiento simplemente lo había agarrado con la guardia baja, un golpe a los riñones que lo sacudía, no era lo suficiente fuerte para arrojarlo a la lona, pero tampoco podía fingir indiferencia, lo había golpeado, había sentido, madurar es sentir, sentirse, así que no huía ni se movía, madurar no es esquivar, así que esperaba, aguantaba, mientras ella se acercaba caminando…

El ritmo cardíaco no le cambió, el corazón no se aceleraba ni corría, madurar es no perseguir ni ideas ni personas, así que cuando le pasó de lado no volteó a seguirla con la mirada, aunque había sentido el aroma que recordaba, aunque había recordado el sonido de su risa y de sus mimos, no giró, y no se preguntó si no le había visto, ni se fijó en sus nalgas, todo sale siempre de la mejor manera posible, de todas probabilidades nuestra realidad es solo la más probable, así que caminó, erguido, tranquilo y orgulloso.

Ella creyó verlo, ella creyó haber sentido su aroma, y giró un tanto desorientada, recordaba ese hombre que la había tocado con miedo de romperla, con más ternura que deseo, y su deseo, que era más fuerte que tierno, no pudo nunca hacer las paces con ese hombre que le había ofrecido casi todo lo que deseaba, menos la fuerza animal con la que le gustaba entregarse, no era su madre, ella no estaba para cuidar porcelanas, así que lo había dejado ahí en la lista de posibles, de casi, no recordaba del todo su rostro, solo sus ganas contenidas, su deseo incómodo, no volteó a verlo por miedo a reconocerlo, temerosa de voltear y que él no estuviera allí deseando verla, tal y como la había hecho sentir esa única noche.

La edad, pensó él, los años, pensó ella, tienen sus achaques, no aprender de los errores sin duda era uno de ellos y ambos buscaron en su celular, cabizbajos, el número estaba guardado, ambos estaban en línea…