Reloj de pared

De izquierda a derecha sacude la cola a un ritmo placentero y, con su movimiento, marca el avance del tiempo; parece casi contento, diría uno, incluso, que feliz, sin razón, sin motivo y, sobre todo, sin necesitarlo, soberbio como un loro que se ríe justo cuando alguien se cae, él tranquilo mirando una lagartija inoportuna que se niega a moverse esperando que él se canse… si yo tuviera su paciencia, pienso y sonrío… mauuuuuuuuuu, le digo; mauuuuuu, me responde; no nos decimos nada, pero es mi forma de decirle gracias, no nos decimos nada, pero es su forma de decirme que no le pare bolas a eso.

Quisiera, yo quisiera, pero no puedo, no sin traicionarme, no a sabiendas de que si dejara de importarme lo que me importa, si viviera como otros viven, si aceptara de manera tan sumisa, me sería impropio, la pelea hay que darla, tiene que poderse, necesito que se pueda, y si no, por lo menos intentarlo, se puede perder, se vale perder si se pierde con la frente en alto, aunque no sirva de nada, como él gritándole a esa lagartija, como su deseo de saborearla, como su intención de arrancarle las patas y saborearla… quiere, quiero, pero la vida no nos da nada, solo una boca para maullar la rabia y la impotencia de no poder morder, de no alcanzar, de no llegar.

No se mueve y no se altera, en eso me gana, tiene ese instinto de cazador juguetón que a mí me cansa, tiene esa fuerza y ese ímpetu que le permite esperar, sabe que vendrá, sabe que bajará en algún momento, por alguna razón, sabe que es cuestión de tiempo… no es cierto, miento, no lo sabe, pero aun sin saberlo no pierde la calma, le basta excitarse imaginando su sabor, yo no puedo, no me basta, no es suficiente, quiero su boca en mi boca, agarrarla despacito, disfrutarla de a poquitos… pero me cansa esperar, me cansa la conversación tan vacía, tan lejana.

Él parece esperar indiferente, sé que no lo está, deseo que no lo esté, no puede estarlo, no si realmente le gusta, no se puede fingir indiferencia, aunque sí se puede renunciar al deseo, pero no tiene cara de estar cansado, no tiene cara de notar la hora y no ha tenido un día largo que lo atormente, no tiene por qué dar el brazo a torcer, no es como si le hubiera dejado de escribir, no es como si hubieran hablado de algo alguna vez, ella es una lagartija y hace lo que sabe, caminar por los techos, qué culpa tiene ella de que a él eso le guste, nunca lo hizo para él, ni le pidió que la mirara hacerlo, aunque le gusta su atención, le hace palpitar fuerte el corazón y le calienta la sangre fría que le congela el corazón, glu glu glu, le grita en ese juego de escondérsele, porque quiere que la mire, con sus ojos fríos, hambrientos, sedientos, y él acude, con ganas, con la boca hecha saliva… mezquina y manipuladora, casi humana, casi cínica, no tiene mucho adónde ir, hace lo que sabe, es su naturaleza, pero él tampoco tiene cómo resistirse, así es la suya.

Ese cortejo fúnebre, casi triste, es interesante de ver, lo suficiente para no perderlo de vista sin perderla de vista, quiero ver qué pasa, incluso si no pasa nada, no tengo su disposición juguetona hacia la ausencia y la distancia, odio esas frivolidades, pero es mi naturaleza ver, mirar y tratar de entender, esa es la peor parte, cuando después de un rato no hay nada que no pueda justificarse, porque se nota que los sobrepasa, que no es su intención, que nadie intenta dañar a nadie, casi nunca, muy de vez en cuando, que los buenos sí somos más, que los daños son colaterales, que la culpa no es más que un remordimiento frente a un capricho tozudo que no tenía nunca ni futuro ni fundamento, jode verlo, jode darse cuenta viendo un gato ver una lagartija que parece ocultársele mientras hace ruidos para que la vea, para que la encuentre, y en medio de ese caos, cucú, cucú, cucú, cucú, hasta llegar a las 12, y entonces él voltea con su cola como un péndulo tranquila marcando los segundos, viendo la pequeña artesanía de madera aparecer y desaparecer… olvidando que desde el techo lo observan, río de nuevo, no tengo su desinterés natural y maldito mientras le quito las pilas al puto reloj.

Contar cuenta

—Pico —dice un niño, y lleva su pierna derecha hasta acomodar el talón justo frente a la punta del pie izquierdo.

—Monto —responde otro, llevando su pierna izquierda hacia el frente para acomodar el talón izquierdo frente a la punta del zapato derecho.

Jairo los mira desde lejos. A su alrededor hay 23 o 24 niños más: unos altos, otros bajos, unos gordos; bueno, gorditos, a esa edad los niños gordos son pocos, a menos que se pongan cortos y guayos. Ellos, esos que atestiguan, están nerviosos. A esa edad, entre los 8 y los 12, nadie quiere quedarse fuera, pero solo 22 juegan. A alguno le tocará de árbitro, y los pequeños dictadores que eligen los jugadores tienen la misión de equilibrar el partido. El primero que escoge siempre elige al mejor o al mejor amigo; el segundo hace lo mismo. La calidad y la amistad. Tardarán años en darse cuenta de que eso será ley siempre: a uno lo escogen por bueno o por buena onda. Hay que ser muy bueno en lo que sea para que lo escojan siendo mala gente… aunque, como cantaba Bersuit, es solo una figurita el que está de presidente; no importa cuántos te escojan, las cosas no cambian.

—Pico —dice uno.

—Monto —responde el otro.

Y se acercan, y los que flaquean en habilidad sacan pecho o buscan hacerse cerca de los que son más malos que ellos para ser una elección segura, o más cerca del que mejor les cae para ser un buen premio de consolación. Los otros se acercan al centro con las manos atrás, sin decidir, sin moverse, simplemente por eliminación, sin saber hacia dónde irán. A sus ojos, los que escogen tampoco son tan buenos; no temen estar de un lado o del otro, les parece lo mismo, así que aguardan. Los que no son tan malos como los otros malos saben que los elegirán, pero los malos malos saben que deben hacerse elegir, porque de lo contrario confirmarán lo que todos saben: que son malos. Prometen gaseosas y papitas, prometen tapar y no quejarse, prometen traer otro balón. A toda costa, incluso a la de sí mismos, necesitan ser elegidos, no pueden quedarse sin eso.

Hay cosas que nunca cambian, piensa Jairo, cansado, al borde de la acera, con los pies recogidos, con el pucho entre los labios, con la pola vacía al lado izquierdo. Hay males que siempre están presentes, piensa, que son humanos, más que humanos, sociales. No pueden juntarse tres porque hay dos, siempre, queriendo dejar a uno por fuera. Siempre hay uno que piensa que lo que hay para repartir, sin importar si es mucho o poco, es más si se reparte entre menos…

—Pico —grita uno.

—Monto —le grita con rabia el otro, mientras le pisa los dedos.

El poder hace eso en la gente, incluso en los que se ven inocentes. El pisoteado camina cojo y quejándose; ya no quiere escoger al mejor ni al mejor amigo, sino al que más pata dé. Al que ganó ya no le importa el resultado; pase lo que vaya a pasar, él ya ha ganado la derrota de su contrincante… Mezquinos, enanos mezquinos.

Mientras fuma y toma, lo entiende: a uno le han contado y lo han contado. Contar cuenta. Quedarse por fuera también cuenta, aunque margina, aunque relega. Pensando, se da uno cuenta de que al final uno no cuenta tanto; sin embargo, hay momentos donde que no cuenten con uno cuenta mucho para uno. Sobre todo hay edades donde eso es importante, profesiones, espacios, momentos… Pero, por fortuna, después de los 30, por ejemplo, a uno ya no le importa. Uno ya no quiere que cuenten con uno, sabe que para eso siempre hay otros, que para algo siempre hay uno… que no necesariamente es uno. Qué importa que no cuenten con uno. Al final solo el que cuenta cree que es importante contar, y los contados van por ahí pensando que han sido parte del triunfo simplemente por haber estado del lado que para ellos cuenta…

Confiar

Álvaro es un hombre desconfiado, carga sombrilla los días soleados, cuando entra en una sala nunca se va de primero y, al escuchar cómo se comportan los demás en ausencia del ausente, decide si puede ausentarse o no; se aleja de los espejos caminando de lado, como los cangrejos, para que no lo sorprenda nunca una mirada por la espalda; jamás asegura nada, porque sabe que la seguridad es transitoria y, por lo general, solo un síntoma de la falta de información.

Álvaro es paranoico, se escucha con frecuencia de quienes lo conocen; Álvaro está loco, dicen de él con frecuencia. Álvaro lo sabe y desconfía porque nadie se lo dice de frente, la gente simplifica los conceptos, evade los sacrificios y las responsabilidades; parece que creyeran que no tienen por qué estar de acuerdo con lo que dice ni piensa.

Álvaro está cansado, siente el peso de sus pensamientos sobre sus hombros, siente el silencio fúnebre de su esperanza asomarse y mirarlo con melancolía, intuyendo el momento en que la pierda, en que deje de tenerla; desconfía del presente y del futuro, desconfía de quién es y quién ha deseado ser, de sus propios deseos… de todo debe desconfiarse, piensa, pero desconfía del postulado en cuanto termina de formularlo; toda idea es causal, todo movimiento es ajeno, toda comunidad, una herida al individuo.

Álvaro sabe, entiende e intuye que su pensamiento está condicionado, que su sombra lo persigue, que siempre es ahora y que nombrarlo lo convierte en pasado, que no hay escape alguno ni nada de qué escapar; que es la falta de consciencia la que hace que el inconsciente no sea consciente de su ausencia presente.

Álvaro camina saltando entre las líneas de la acera, Álvaro no se descuida en ninguna esquina y evita pasar por debajo de las escaleras, pero no es por agüero, es porque desconfía de la persona que la ha puesto fija y de qué tan fija está realmente; Álvaro siente una angustia frecuente, certera, casi inequívoca, de que confiar es malo y que nada puede darse por sentado, ni siquiera de sí mismo. Cuando le cuenta a alguien cómo es y cómo se siente, un poco sabe que no habla para ellos; pocos lo espejan, pocos lo despejan, pocos lo entienden y menos lo comprenden. Cuando habla se habla, se escucha, lo hace más por prestarse atención a cómo suena en voz alta, porque quiere asegurarse de que su discurso no se haya dormido, que él no se haya dormido, que aún haya cierta chispa, cierta duda, cierta inconformidad con adoptar un discurso, que no hay nada entregado ni ganado desde el otro, que aún se posee a sí mismo, que nada debe detener su obsesiva necesidad de dudar, de desconfiar, de intervenirse e interpelarse, pero, como no tiene con quién hacerlo, escucharse se lo permite.

Ellos, ellas, piensan erróneamente que él confía en ellos y ellas, que son diferentes, que merecen escucharlo, que tienen parte de su alma, de su dolor y de sus dudas; no entienden, confían demasiado pronto en su juicio, en su pobre y flaco juicio, en su limpio, moral y debilucho juicio, pero no son sparring para el suyo. No se escuchan en voz alta, no saben a qué asienten cuando asienten, no pueden comparar sus intuiciones ni sus suposiciones, no encuentran ni encontrarán palabras, y menos sus palabras: las que faltan, las que permiten que exista esa dicotomía paranoica y expansiva que avanza comiéndolo todo. Duda, desconfía, pero no es inseguro; sabe que ese sentimiento de ausencia es cierto, que siempre es ahora, incluso ahora que ya no es ahora, incluso hoy, donde se siente en calma con él, sabe que no puede confiar.

Leyes

Él mira el correo y sonríe. Lee con detenimiento y, por un momento, clava sus ojos en los dedos sobre el teclado. Ella tiene razón, no le gusta que la tenga, pero tiene razón. Los acuerdos son de caballeros y gente civilizada; las reglas son de los cobardes, piensa. Los cobardes saben que las leyes y las reglas son flexibles y poco claras, que son difusas, que tienen huecos y vacíos por donde cualquier rata puede colarse. Los acuerdos están cimentados bajo otra lógica, una más honorable: no se trata de que te descubran en medio de un engaño, un acuerdo se hace solamente con la intención de manifestar lo que se intuye, de crear un espacio donde ni la duda ni la incertidumbre existan, piensa todo mientras intenta encontrar las palabras para contestarle…

Las leyes son trampas. Acelera cuando no te vean, reenvíate audios y escúchalos en tu chat para que no sepan que los viste, cambia billetes falsos en las limosnas del domingo donde nadie te vea, niégalo todo y, como canta un jamaiquino, decir que no fuiste vos basta. Si no hay una prueba, basta; si no te pueden culpar, basta. Lo ilegal no es romper la ley, lo ilegal es que te vean haciéndolo, piensa el cobarde que confía en las leyes, el que se arropa con ellas y el que recurre a ellas es astuto, pero poco fiable.

Relee el correo y la sonrisa sigue presente. No es culpa de ella, piensa. Es claro que la omisión o el sobreentendimiento han partido de él, él es el culpable, él fue quien creyó haber acordado, quien supuso que el pacto había sido, pese a los géneros, un acuerdo de caballeros. Olvidó que la mezquindad no tiene solo pronombres masculinos, pensaba que bastaría un acuerdo público y no recurrió a firmar lo pactado… Idiota, piensa y sonríe.

Yo no escuché, afirma ella; yo no puedo demostrar que sí. Yo no puedo probar que el acuerdo quedó claro para todos, porque los cobardes comparten cobija, porque saben que en una situación de mi palabra contra la suya la ley la protege. La ley está siempre del lado de quien quiere evadirla: basta con desacelerar cerca de la cámara de fotomulta, con esconder la mano después de haber lanzado la piedra, basta con mediar el lenguaje y fingir sorpresa, basta un poco de vergüenza y de esa tienen a sacos los cobardes, porque donde el orgullo vacila la mezquindad florece.

Relee y se ofende, pero sonríe. Bien jugado, piensa. Las reglas estaban claras, la omisión también lo estaba, ella actuaba bajo la única regla que conoce, la de la ventaja. No entendí, no escuché, no fue claro, no importaría… La justicia es ciega y solo ve lo que está sobre el papel, solo ve la ausencia del procedimiento. La ley existe porque ellos existen, y está bien que exista, porque la trampa está servida. Una vez se usa, el cobarde se asusta; cuando la luz se enciende, las alimañas se esconden. No tiene realmente nada de qué asustarse, represalias no habrá ninguna externa, es un acuerdo que tiene consigo mismo: no se compite bajo las reglas de otros, no se toman represalias por posturas éticas diferentes, no cambiar lo que se es por mezquino que sea el lugar adonde se vaya.

Una revolución ética solo es posible de esa manera, piensa. En su cabeza la felicita, pero no habrá sermón ni reprimenda. Su castigo será vivir así para siempre, con miedo de ver la luz, con el pánico de ser descubierta. Él olvidará su nombre, su existencia, y será preciso con lo que pida y para cuando lo pida. Que viva ella en el margen de las leyes, de las reglas, en ese otro mundo con quienes no se pactan acuerdos, y él no acordará entonces ayudarle ni cultivar ningún talento. No acompañará más su desarrollo porque todo crecimiento requiere de un acuerdo de sacrificio, esas son las leyes.

Desorden

Se levanta de la cama y parece que nunca hubiera estado allí durmiendo. Se mueve poco de noche y el edredón pierde sus arrugas con solo pasarle la mano por encima; queda todo tan perfecto que no parece que se estuviera despertando sino tendiendo la cama. Pone sus pies sobre las chanclas, que están justo donde ella las dejó, una al lado de la otra, esperando sus pies para comenzar a caminar el día. Por donde camina le basta un pequeño movimiento para que todo esté, luzca y se sienta perfecto.

No hay polvo sobre las mesas, no hay loza en el fregadero esperándola, no hay medias atravesadas ni cacerolas con quemones. La luz que entra a través de las ventanas ilumina todo sin revelar ninguna línea de suciedad. No puede evitar sonreír orgullosa: la calma reina, el silencio reina…

Y ella camina y se apodera de todo, la Reina, reina sobre su reino y lleva a cabo su reinado sin despeinarse, con su cetro brillante, con su trono siempre bien dispuesto, bien cuidado y con la corona sobre su coronilla siempre lustrosa y elegante.

Hay espejos para mirarse, para validarse, para desearse, para entenderse, para ocultarse… Tiene espejos en cada cuarto, en cada bolso, en cada baldosa brillante. Se siente vista, eso le gusta; no sabe bien por qué, pero es como si ella misma se viera a la distancia. Se da gusto viéndose, eso es lo que quería, eso es lo que buscaba. Una lista interminable de reflejos con listas en mano inventarían las expectativas sobre sí misma: tengo, hecho, listo. El poder tiene eso de su lado: una lista tachada de viejas venganzas a todo lo que no se pudo ser en algún momento.

Viejos yo, viejos fui, viejos debería y antojos a los que se les negaron las puertas, y ahora, como un ariete, vive para derribarlas, para probarse y demostrarse que eso que quiso sí estaba destinado a ser suyo. La paz cuando ella diga, como ella diga, donde ella diga. Ha confundido el poder con empoderamiento y no hay peor tirano que aquel que fue oprimido, así que ahora demanda y espera ser complacida. No tiene tiempo para construir, quiere que todo se le entregue con obra blanca, enchapada y amoblada. Lo merece, se dice a sí misma que lo merece, todo a su altura.

Esos cientos de ella reflejados y demandantes la esclavizan. El tiempo la apremia, porque las demandas crecen. Tiene deudas con su yo desde los nueve. Quiere que la mimen sin que la reprendan, no quiere negociar nada, no quiere, no puede realmente evitarlo. Han sido años de cargar con ella misma a cuestas. Ahora quiero, ahora cosecho, ahora siego, ahora es el momento de reservarme en barricas, de roble, de agregarme valor y tiempo; ahora solo quiero sumarme: cuerpo, textura, sabor, un paladar que esté a mi altura para probarme. Eso le grita su cabeza cada mañana, cada vista al espejo, cada momento, y ella escucha, y ella asiente, y ella obedece a sí misma, doblegada, sumisa de sus pendientes.

Su inconsciente procesa; ella ni lo nota. Ella solo sonríe cuando ve que se queda viéndose en sus reflejos, en su casa impoluta, en su edredón firme y sin nada que la incomode. Un, dos, tres, sonríe y saluda; un, dos, tres, tomarse el vestido con las manos y hacer un pequeño gesto de gracia; un, dos, tres, levantar el brazo y doblar el antebrazo y girar de un lado a otro la muñeca mientras rota del interior al exterior su extremidad de izquierda a derecha. Reina en su reinado pintoresco, frágil e ilusorio, pero justo y necesario, para ella, para con ella. Que nadie se atreva a incomodar la zona de confort en la que vive, porque no sabe cuánta mierda tuvo que tragar para construir su castillo de cristal. No es consciente de sí misma, no del todo, pero lo intuye: algo real le falta. Se sienta sobre la cama, arruga el edredón y estalla.

«¡Qué puta falta me hace tu desorden!», piensa.

Antojos

David espera recostado en un muro el servicio de moto que ha pedido; está cansado, el día ha sido largo y aún no termina. No quiere filas, no quiere tumultos, no está para soportar el sudor de otros ni el olor de otros que también han tenido un día largo. No está de buenas pulgas, no tiene cómo aguantar y, aunque la plata no le sobra, por el contrario, escasea, hoy merece algo más: llegar temprano al barrio, a la tienda, y tomarse un par de cervezas que tendrá que pedir fiadas, y sentarse a disfrutar del partido. No es mucho lo que quiere, y tener que hacerlo todo pidiéndole prestado al futuro es algo que le molesta, aunque no lo sabe, no sabe expresar la sensación que lo recorre, ese enojo, ese vacío que solo se le irá cuando una cerveza fría le baje la bronca.

Ve pasar a la gente mientras mira su celular, ve pasar los carros y los tumultos en los paraderos; de ese abismo los abstrae un ruido atronador, un resonador que hace que todas las caras se levanten: una moto que grita: “cuidado, hombre con pene pequeño al volante”. Alza la vista y todo en la moto grita, no es solo el escape modificado, es el tanque morado, el carenaje plateado, es el casco naranja lleno de calcas reflectivas y también… la mujer que la maneja.

Daniela está tatuada de manera inconsistente, diferentes estilos, diferentes patrones, rosas, palabras tribales, clásico americano; es atípica en casi todo, es alta y grande, una mujer que impone. Daniela no es consciente, pero no se mide, es rebelde y no le carga agua a nadie. Su piel y sus facciones, al igual que sus tatuajes, son una mezcla criolla imposible de pasar por alto, tiene porte, tiene agallas y tiene algo de estrafalario cuando sonríe, cuando habla y cuando se mueve, algo de lo que tampoco es consciente, pero que intuye; adonde va sabe que la ven, que hay ojos que la juzgan, que la descubren y la desnudan, ojos que se confunden y que se pierden, ojos adonde va, adonde llega, esa sensación punzante que uno a veces tiene, ella la mantiene.

David está acostumbrado a no levantar la cabeza, a permanecer en silencio y evitar la atención, y se asusta y revisa la aplicación: es su moto, su servicio, esa mujer tiene las piernas grandes, las manos tatuadas, unos ojos sonrientes y una actitud escandalosa; lo intuye porque ella ni siquiera lo ha visto, pero él no puede dejar de verla, él ni nadie. Ella se arrima a la acera y él se acerca a ella.

—¿David? —le pregunta.

—Buenas noches, Daniela —le dice él, como quien asiente con esa incapacidad de responder de manera directa lo que le preguntan, con esa forma suya de hacer sentir fuera de lugar al otro, de la cual no se da cuenta.

Al montarse, David nota que no solo las piernas son grandes, Daniela tiene unas nalgas sobre las que podría caminar si se lo propusiera, y al sentarse queda demasiado cerca de ellas. Tiene miedo de tener una erección y, al mismo tiempo, de no tenerla, de que su deseo se haga evidente o de que no se note, está entre la espada y la pared, o entre la parrilla y las nalgas de Daniela, y la sensación lo aturde y al mismo tiempo le encanta.

Ella lo siente cerca, sonríe, sabe, porque se lo han dicho otros menos cobardes que él, que debe estar nervioso sintiendo su carne, su temperatura tan cerca, sabe que en especial los tímidos como él pierden casi que el habla frente a ella, y en especial en su espalda cuando maneja, sabe que desde allí él puede verle las manos, el cuello, sabe que él tratará de levantarse y de inclinarse para verle mejor el escote y los senos, sabe que notará pronto que su cuerpo no rehúye, que mueve la moto para acercarlo a ella, y que no sabe que, si él también se mueve bien, si responde a su manejo, podría también montarlo como lo hace con ella.

—¡Qué chimba de moto! —le dice David, asustado.

—¡Gracias! —le dice ella con una sonrisa en la voz—. Se llama la Zarca porque es una valija como yo —le dice con una picardía que él no termina de descifrar.

David se ríe.

—Debería tener otro nombre —le dice, dudando.

—¿Cuál se te ocurre? —le responde ella con una voz endulzada y sensual.

—Uno que se parezca más a vos y a ella —le dice con la voz entrecortada y dubitativa—, algo que hable de provocación y de ganas —le dice notoriamente nervioso.

—Ay, y velo cómo venía de calladito —le responde, coqueta.

—Ponele mejor Mecato —dice finalmente— porque despierta más ganas que miedo —le dice él en un arranque tan estruendoso como la moto.

—Ganas son las que me están dando —le dice ella, se ríe; acelera y saca las nalgas.

Darse cuenta

Fernando mira el reloj de la pared fijamente, sin perder tic ni tac, de manera compulsiva y desesperada, segundo a segundo lleva la cuenta, le pesan los párpados pero no flaquea, está convencido que si quita sus ojos de él el tiempo va a desaparecerse como siempre, que en un abrir y cerrar de ojos lo que le queda se le escurrirá de las manos, no quiere que eso pase, le aterra pensarlo, las 3 menos cuarto, falta poco.

Es jueves piensa, los jueves suele tener buen humor, es como si algo en el mundo fuera diferente esos días, algo cambia, desde que comienza el día es diferente, no entiende bien el porqué ni el cómo pero se siente diferente, le da nauseas, suda y siente escalofríos en todo el cuerpo, hace meses que la comida dejo de tener su sabor y en su lugar hay un residual de pastilla, casi un polvillo seco cerrándole la garganta, pero los jueves hay tocino y aún recuerda el sabor del tocino, sabe, bueno no, no está seguro pero podría jurar que no es que lo saboree sino que recuerda su sabor, la textura, el olor siguen intactos en su memoria, eso cree que ayuda, porque el resto no logra recordarlo ni imaginarlo y al probarlo siente que algo falta que eso no es el sabor que debería tener, no recordarlo lo hace dudar, quizá siempre ha sido así piensa, pero la duda no lo convence de que ese sea el caso.

Nada parece diferente, no mucho, no lo suficiente, siente que es distinto, pero no puede asegurarlo… el día transcurre maso menos igual pero la sensación no lo abandona, no es meteorológico, hay jueves en los que llueve, otros en los que llueve mucho y algunos pocos donde el sol parece salir con el deseo de ponerse al día con los grados que no generó los días que faltó al trabajo, hay día en los que se siente que todo va a salir bien y otros en los que ha abandonado toda esperanza, tampoco es astrológico ni energético, pero siente entre su estómago y debajo del Baso un pequeño espacio que lo obliga a sentirse incómodo, como si algo estuviera pasando por alto, un pálpito diría su tía Margarita, una premonición, diría la artesana de ojos primaverales, pero él simplemente no sabe que es y el día se le acaba y el tiempo se le acaba, no es igual los viernes, ni la duda aparece, ni la falta de respuesta lo agobia, es casi como si la intuyera, como si fuera el borde del vacío.

Por eso no le quita la mirada al reloj y aunque ha dormido 6 de las 14 horas que lleva el día, sabe, algo dentro de él sabe que han pasado cincuenta y tres mil cien segundos desde que su cuerpo ha empezado a apuntar a la locura, sabe que no está loco, sabe que eso no es volverse loco, pero tiene la certeza que hacia allá apunta la aguja, y por eso mira el reloj, por eso no puede quitarle la mirada de encima al reloj.

Suma tic, tacs, suma cada uno de ellos y casi no nota que lo miran, sabe que lo miran, está pálido y flaco desde hace meses, parece un sobrado de sí mismo, antes lo agobiaba ya no tienen tiempo para ocuparse de eso, y es de las pocas cosas que sucede todos los días y no solo los jueves, ya perdió el interés en esas miradas, en los dueños de esas miradas, en lo fáciles de leer, en la estúpida compasión con la que lo miran. Le preocupan más las miradas ausentes, lo que ya no ve que lo ven, los que ya no van a verlo, pero no lo suficiente para preguntar por ellos ni por ellas.

 El cansancio parece vencerlo, siente que está por empezar a cabecear, y entonces todo se convierte en flashbacks, en caídas en túneles de tiempo, se siente así sobretodo cuando se salta su siesta, cuando la angustia lo abruma, brinca de cuarto en cuarto de hora, no siente la aguja al entrar en su brazo, los párpados lo vencen, despierta casi sobre las 5, Dora le soba el cabello, dora le cae bien, tiene ese humor que le gusta, oscuro como ella, como el café que ahora no lo dejan tomar, levántese niño le dice, que esto no es hotel y está en hora pico, le ríe con una picardía honesta, no es mentira, el turno de Dora los jueves es largo y entonces la idea le cruza la cabeza, los jueves, qué pérdida de tiempo esa de tratar de no perder el tiempo.

Ni la sombra

Camina mirando su sombra, como si sintiera los dedos dentro de su zapato conectarse con ella. Se mueve para verla contonearse, casi con la misma atención que le gusta ver su imagen deformada en el agua y la difracción de la luz convirtiéndole el cuerpo en ola. Sonríe mientras lo hace; le gusta no ser ni la sombra de sí misma y, al mismo tiempo, ser contenida por ella. Le gusta que trae consigo su pasado, loquita pero buena muchacha, y proyecta con ella su futuro, fuerte como un rugido o un trino en el bosque, retumbando adonde llega, agigantada y abrumadora, poderosa y casi sin límites, a menos que se acerque mucho al sol. Ese es el error, piensa sin decírselo a nadie: acercarse demasiado a la luz quema, enceguece y apacigua; hay que dejar que la luz te dé, pero no que te absorba. Es peligroso: te reduce a un puntito debajo de tus pies.

Cuando camina de esa manera, viendo su sombra, sonríe como solo la soledad sabe hacerlo: con un dejo de confianza, con una autenticidad única. Uno no puede huir de ella, debe contemplarla. Quien la ve sonreír así, sin saberlo, ha presenciado un momento de libertad y pasión, un murmullo de su canto, y no sospecharía nunca lo difícil que es para ella hacerlo de manera consciente. Le teme un poco a esa calidez que la provoca, le teme a la presencia de otro que captura la imagen y trata de anclarla a ella. La felicidad, dice, es algo íntimo y no se le comparte a cualquiera, y a la libertad de ser libre no se le renuncia nunca ni se le posa; es una fracción de ella y, si alguien colecciona demasiadas, podría juntar todas las partes y tenerla. La idea la enternece y la aterra: qué miedo quedarse sin lugar para estirar las alas.

Por eso le gusta la sombra: se escurre fácil, rápido, y desaparece de repente si se le acosa o se le persigue con demasiado ahínco. La luz debe filtrarse entre hojitas, entre los dedos; debe dibujarte y moverse con vos, piensa viéndose hecha sombra, viéndose moverse y deformarse, levantarse y jugar con todo lo que la rodea, rodear todo lo que la rodea, recorrer todo lo que intenta obstaculizarla. Me gusta ser sombra, piensa, dice: me gusta ser sombra. Sonríe, pero no puede ver su sonrisa; lo sabe no porque los pómulos se le retraigan y un par de hoyuelos nazcan en ellos, no: lo sabe por cómo se mueve. Todo su cuerpo parece vibrar como la cola de un gato; todo le recuerda que no cabe en su cuerpo, que necesita expandirse, que quiere estirarse hasta sentir que se sale por sus poritos; un porrito sería la forma usual, pero está high de alegría y funciona igual, brota de sí misma y, como una enredadera bien agarrada, se trepa por su felicidad y se desborda, un ojito de poeta que crece y lo cubre todo; hoy se siente así, y camina así, y brinca entre cada paso para ver su sombra encontrarse con sus pies.

Piensa en estar descalza, desnuda, en la sensación de sus patitas con el piso caliente, con la sombra fría, con ser su propio refugio, con enfría donde quiere pisar, en ser y hacer su puente adonde vaya. La idea la emociona y, aunque el sol le golpea la espalda con fuerza, ella no mengua en su alegría ni en su idea de disfrutarse; para eso está el protector solar, piensa, y no se inmuta.

De fuera parece infantil y torpe; de lejos se ve un poco ridícula mientras juega con una colita de su cabello y brinca, baila, se estira y se enreda en su propia sombra. Está loca o drogada: seguramente muchos simplifican lo que ven y, en su acostumbrado papel de custodios de la normalidad, dictaminan que su rareza es desfachatez, sin intuir que su alocada felicidad es, por el contrario, una celebración, reflexiona, de un buen día en medio de unas semanas de mierda. Es un oasis en medio de una tormenta constante, de un dolor punzante y de una sensibilidad estimulada. No le conocen ni la sombra y no le reconocen ni siquiera el intento, pero a ella no le importa; sabe lidiar con la idea de salirse de sus formas, es feliz, como Peter Pan cuando cose la sombra bajo sus pies, porque puede volar de nuevo a un espacio donde el pasado, el presente y el futuro se funden bajo sus pies y le dan profundidad a su sombra.

Enchilarse

A Javier le gusta el picante. Cree creer que ha sido desde siempre. No recuerda esos días en los que su mamá untaba su chupo en una salsa espesa de color naranja vivo que resultaba de macerar ají pajarito tatemado, y lo dejaba escurrir y secar antes de dejarlo a su alcance. De esa época no recordaba el efecto casi calcificante que en aquella corta vida parecía generarle, y como no lo recordaba no podía dolerle ni incomodarle. En eso Gabo tenía razón: la vida es lo que recordamos y la forma en como la recordamos para contarla, y como ignoraba su mal comienzo disfrutaba de su buen presente.

Le gustaba en las salsas, crudo y en polvo; le gustaba intenso, suave y gustoso. Era innegociable en eso: que sepa bien, que tenga sabor, que valga la pena los ojos llorosos, el cosquilleo en las manos. Le gustaba prepararlo e inhalar ese humo bravo, ese aroma ácido, esa tos condensada que le secuestraba la cocina al prepararlo; la toleraba sonriente, sabía que el resultado valía la pena. Mezclaba semillas con pimentón, con cebolla y con tomate, con ajo y panela rayada; tostaba y quemaba hasta que la nube le irritaba los ojos, las manos, la garganta, pero valía la pena, sabía que valdría la pena.

Porque recordaba los hoyuelos de las mejillas, profundos y marcados; porque recordaba su carita sonrojada y sus brazos tensos, los jadeos intercalados y los brillantes, y eso lo hacía mantener viva la receta que le torturaba físicamente e intentaba disuadirlo. Qué más daba llorarse un poco. Siempre hay cosas atoradas que vale la pena llorar mientras se pica la cebolla, y otras en qué inspirarse al lavar el cilantro. También había rebeliones que disuadir, así que el humo estaba bien, el humo no importaba porque pronto la vería de nuevo allí frente a él, lamiéndose los labios y cerrando los ojos, haciendo una especie de ritual y paleta, una danza performática que le contraía la piel y que siempre lo llevaba a pensar y recordar esa vez, esa única vez en que tolerar el picante le había parecido imposible, cuando lo hacía su abuela y él salía corriendo de la cocina con los gatos, y la escuchaba reírse a carcajadas. Es cuestión de sabor, ¿por qué se resiste, mijo?, le decía desde lejos, risueña y juguetona. Si no fuera por ella jamás lo habría entendido.

Por eso, cuando supo que había vuelto al pueblo, confiaba en su gusto por el picante, ahora compartido; confiaba en su necesidad fuera igual a la suya; confiaba en que ese sabor que había aprendido a disfrutar cuando ella se fue la haría volver. Creía incluso haber mejorado un poco la receta al incorporarle puerro, cúrcuma, tomillo, una pizca de canela y pimienta de olor. Su abuela nunca se lo había reconocido, pero después de probarlo nunca había vuelto a hacerlo solo como ella lo hacía, y eso decía más que lo que ella callaba. Además, la hacía feliz: es tradición familiar aprender a hacer una salsa para los que se quieren, una para enamorar a los que vienen, para criar a los que siguen, una para conservar como recuerdo cuando una nueva salga.

Javier nunca le había dicho a nadie para quién era la salsa, pero el toque secreto de cáscara de limón rayada, ese toque de melancolía frutal y secreta que su abuela había probado, lo dejaba todo claro: la única persona que faltaba en el pueblo desde que la receta había nacido era una niña con el pelo de manglar, fuerte y traviesa, ágil y sonriente, una muchachita imparable.

La abuela murió sabiendo y Javier la vio morir sin contarle, pero sabiendo que sabía. Quizá ella no decía nada de su picante solo para no hacerlo sentir mal por la ausencia de esa niña, porque fue delante de sus ojos que ella la escuchó decir, después de llenarse los labios de picante: si me das un beso ahora me caso contigo y tengo a tus hijos… Desde ese día Javier se juró, y se cumplió, jamás tenerle miedo a enchilarse, y ahora sabía que era cuestión de tiempo para que ella se acercara, lo mirara a los ojos y fuera él quien se embadurnara los labios.

A mares

El problema del amor, le dice Bianca a Helena, es que se agota rápido: no te quedan tantas primeras veces en él después de la primera. Las citas se te acaban, las buenas, me refiero; las divertidas, las que te hacen sentir algo; y cada vez son menos. Ya no quedan tantas buenas ideas ni tantos lugares por descubrir. Se acaban los apodos tiernos, las canciones, se agota todo lo que lo rodea y la posibilidad de que se viva.

Pará un poco, Bianca, y sí, te va a dar fiaca escuchar unas canciones y algunos lugares ya no son más solo tuyos, pero no implica que no podás disfrutarlos. Tenés que ser más pragmática, boluda: debería bastarte con que ahora sepás poner en su lugar a los desubicados que opinan desde un moralismo virginal sobre cómo y con quién deberías estar. Bancate tus años, tus miedos, tus malos ratos.

Ya sé que no tenemos 20, pero no podés creer que después del primer beso o el primer garche ya todos los demás son menos, o menores. Si las canciones se acaban, sobre todo las de Serrat, las de Sabina y las de Spinetta, ya no te hará ilusión que te digan muchacha ojos de papel, ni podrás sentir alegría cuando te digan que van a celebrar un mesiversario. Te entiendo, pelotuda, creéme que te entiendo, pero no está tan mal: el hombre de tu vida es el que se queda en tu vida. No sos una pendeja como para andarte quejando tanto por tan poco.

Marcela escucha, sonríe. Ellas hablan de lo que él siente, también siente; lo que se gritan antes del recital le retumba dentro, lo que lo ha llevado a ese segundo piso, tan lejos de casa, tan sumido en su propia cabeza, intentando hacer esas cosas que poco lo ayudan pero que le liberan la presión para que no estalle, para que no le gane la presión. Adolorido, reseco, se hidrata para evitarlo; se deshidrata mientras lo hace.

Las escucha y sonríe, porque el corazón lo tiene hecho un nudo, porque el peso en sus hombros le tiene contracturado el cuerpo, porque él también tuvo una muchacha ojos de papel y ya nunca pudo decirle a ninguna que los tenía, porque también ha sentido miedo de que vuelvan a dedicarle everlong o a que lo llamen de chelongo. Hay cosas que a uno le dicen, que a uno le regalan y que, al mismo tiempo, se las arrebatan; a nadie más van a sonarle bien, en ninguna otra boca. Ambas tienen razón: sabe como sabe la rubia que grita a la morocha que no es el fin del mundo que eso pase, pero sabe, al igual que la morocha que se queja con la rubia, que esas cosas duelen.

Ellas gritan, se gritan, se reclaman; el resto del lugar canta y corea algunas canciones que espera que suenen, que esperan que se canten, que los han traído y convocado. Canciones para olvidar, para olvidarse, para salirse de todo lo que los ha saturado. Ellas también están ahí para eso, él también está ahí para eso: para cantarse a esos viejos amores, a esos antiguos dolores que aún no se ausentan del todo, que siguen viviendo en sus cabezas, que siguen presentes con su ausencia; que se fueron, pero olvidaron llevarse todo con ellos, de los trabajos prometidos, de los ascensos no cumplidos… Las razones cambian, pero todos están allí para irse, para dejarse atrás, para dejar de sentirse tan mal un rato. Él también, él lo sabe, así que sirve más ron con coca y escucha en su cabeza las letras que él también espera cantar.

Bianca y Helena, lejos de casa, se han encontrado y ya dejan de discutir y de pelear sobre si el amor sigue siendo amor cuando el amor se acaba. Saben que no, saben que es diferente; que el amor es amor siempre y que el amor se navega, se naufraga, se surfea en la cresta de la ola, o se explora y se bucea; que el amor se desborda y que una vez se ama uno se zambulle y hace que sea imposible el pensarse fuera o por fuera. Las islas de las primeras veces desaparecen; la gente brinca, la gente grita, la gente canta, y entonces todos entienden lo inevitable: que nadie tiene el control para controlarse y que todos tienen algo de lo que olvidarse, incluso de ellos mismos, y que el amo aunque se acabe es siempre inagotable.