Reloj de pared

De izquierda a derecha sacude la cola a un ritmo placentero y, con su movimiento, marca el avance del tiempo; parece casi contento, diría uno, incluso, que feliz, sin razón, sin motivo y, sobre todo, sin necesitarlo, soberbio como un loro que se ríe justo cuando alguien se cae, él tranquilo mirando una lagartija inoportuna que se niega a moverse esperando que él se canse… si yo tuviera su paciencia, pienso y sonrío… mauuuuuuuuuu, le digo; mauuuuuu, me responde; no nos decimos nada, pero es mi forma de decirle gracias, no nos decimos nada, pero es su forma de decirme que no le pare bolas a eso.

Quisiera, yo quisiera, pero no puedo, no sin traicionarme, no a sabiendas de que si dejara de importarme lo que me importa, si viviera como otros viven, si aceptara de manera tan sumisa, me sería impropio, la pelea hay que darla, tiene que poderse, necesito que se pueda, y si no, por lo menos intentarlo, se puede perder, se vale perder si se pierde con la frente en alto, aunque no sirva de nada, como él gritándole a esa lagartija, como su deseo de saborearla, como su intención de arrancarle las patas y saborearla… quiere, quiero, pero la vida no nos da nada, solo una boca para maullar la rabia y la impotencia de no poder morder, de no alcanzar, de no llegar.

No se mueve y no se altera, en eso me gana, tiene ese instinto de cazador juguetón que a mí me cansa, tiene esa fuerza y ese ímpetu que le permite esperar, sabe que vendrá, sabe que bajará en algún momento, por alguna razón, sabe que es cuestión de tiempo… no es cierto, miento, no lo sabe, pero aun sin saberlo no pierde la calma, le basta excitarse imaginando su sabor, yo no puedo, no me basta, no es suficiente, quiero su boca en mi boca, agarrarla despacito, disfrutarla de a poquitos… pero me cansa esperar, me cansa la conversación tan vacía, tan lejana.

Él parece esperar indiferente, sé que no lo está, deseo que no lo esté, no puede estarlo, no si realmente le gusta, no se puede fingir indiferencia, aunque sí se puede renunciar al deseo, pero no tiene cara de estar cansado, no tiene cara de notar la hora y no ha tenido un día largo que lo atormente, no tiene por qué dar el brazo a torcer, no es como si le hubiera dejado de escribir, no es como si hubieran hablado de algo alguna vez, ella es una lagartija y hace lo que sabe, caminar por los techos, qué culpa tiene ella de que a él eso le guste, nunca lo hizo para él, ni le pidió que la mirara hacerlo, aunque le gusta su atención, le hace palpitar fuerte el corazón y le calienta la sangre fría que le congela el corazón, glu glu glu, le grita en ese juego de escondérsele, porque quiere que la mire, con sus ojos fríos, hambrientos, sedientos, y él acude, con ganas, con la boca hecha saliva… mezquina y manipuladora, casi humana, casi cínica, no tiene mucho adónde ir, hace lo que sabe, es su naturaleza, pero él tampoco tiene cómo resistirse, así es la suya.

Ese cortejo fúnebre, casi triste, es interesante de ver, lo suficiente para no perderlo de vista sin perderla de vista, quiero ver qué pasa, incluso si no pasa nada, no tengo su disposición juguetona hacia la ausencia y la distancia, odio esas frivolidades, pero es mi naturaleza ver, mirar y tratar de entender, esa es la peor parte, cuando después de un rato no hay nada que no pueda justificarse, porque se nota que los sobrepasa, que no es su intención, que nadie intenta dañar a nadie, casi nunca, muy de vez en cuando, que los buenos sí somos más, que los daños son colaterales, que la culpa no es más que un remordimiento frente a un capricho tozudo que no tenía nunca ni futuro ni fundamento, jode verlo, jode darse cuenta viendo un gato ver una lagartija que parece ocultársele mientras hace ruidos para que la vea, para que la encuentre, y en medio de ese caos, cucú, cucú, cucú, cucú, hasta llegar a las 12, y entonces él voltea con su cola como un péndulo tranquila marcando los segundos, viendo la pequeña artesanía de madera aparecer y desaparecer… olvidando que desde el techo lo observan, río de nuevo, no tengo su desinterés natural y maldito mientras le quito las pilas al puto reloj.

Ausencias y silencios

No se puede hablar con los silencios ni las ausencias; su grito es demasiado fuerte y no deja escuchar nada. Genera una especie de vacío que se lo traga todo, un pequeño torbellino de esos con los que uno juega en la poceta cuando lava los platos y deja que se llene para ver cómo el vórtice aparece, primero solo insinuándose hasta que succiona todo con fuerza, idéntico al que se crea dentro de las botellas de cerveza para desaparecer en un segundo en un alma incendiada que busca un poco de alivio en su frío, tratando de desaparecer esa incomodidad que lo llena, que aprieta, que lo sofoca. Cada silencio te hace sentir impotente y chiquitito, te reduce, te debilita, te cuestiona tanto.

Los silencios jóvenes duelen un poco más porque dan la idea de que aún había opciones, porque dejan muchas historias sin terminar, demasiadas posibilidades abiertas. Esos silencios llenan de ruido todo, distraen, son escandalosos, muchos, como muchas de sus risas y carcajadas; son escandalosos como sus propias voces, casi siempre extravagantes y coloridas.

Galeano hablaría de ellas como unas llamitas azules e intensas, abrasadoras, casi rayos imposibles de contener que, en un parpadeo, se inmolan de libertad y desaparecen demasiado pronto, la mayoría de las veces, con una particularidad: aunque flamantes, lucen cansadas, nunca rectas, siempre batallando, resoplando contra una fuerza invisible que parece querer ahogarlas y, más que una gran luz, emiten una onda de sonido tan fuerte —shooooooooooooosh— al apagarse que mengua todas las que están a su alrededor y las deja bajitas, sin oxígeno que consumir, sin aliento, sin nada por lo que arder o para qué arder…

Los silencios hacen demasiado ruido, las ausencias están demasiado presentes, rápidas e incandescentes como un relámpago y con un estruendo abrumador como un trueno, y persistente en el tiempo el nacimiento de un hijo de Dios. En ese fogonazo, en esa implosión, marcan todo alrededor, para siempre, crean un punto referente y permiten volver a él con frecuencia, a las dudas que nacieron con esa concentración de angustias, el reto a la imaginación de intentar concebir un dolor inimaginable, una oscuridad devoradora, un rugido ensordecedor que se intuye te llevará al silencio, pero que se acerca de a poco, permitiéndote imaginarte de manera recurrente que se aproxima, un poco más cerca, un poco más intenso, un poco más fuerte, una sombra que se expande en un túnel donde la luz va desapareciendo… De esa imagen no se vuelve, y tampoco desaparece; por el contrario, se multiplica, porque en cada uno, en cada una, es diferente y ninguna es comprensible, no sin ellos, no sin la pieza que falta…

Tanto ruido, tanta ausencia, y al igual que el agua en la poceta o dentro de la botella, le basta un par de segundos, un vórtice cerrado, para generar la inercia que irá drenándolo todo, aumentando la fuerza con la que absorbe, con la que el alma se prende de los bordes y no deja de girar, de halarse y arrastrarse hacia ese embudo de donde, de vez en cuando, una burbuja se desprende, y la velocidad aumenta, y el caudal aumenta, y el agua comienza a silbar, a anunciar, a mostrar lo que va a pasar: esa cuenta regresiva incierta, ese “es cuestión de tiempo” que se intuye pero no se comenta, del que no se habla, del que se diluye, y entonces, ante los ojos de todos, frente a todos y al mismo tiempo a sus espaldas, ocurre… y lo poco que quedaba se escurre en un gorgoteo gutural, en un espasmo involuntario, en un vacío total… y desde la orilla uno solo piensa en qué habrá sido, si habrá uno vivido algo semejante alguna vez, si habrá uno encontrado la salida que a otros se les escapó… si hubiera uno podido señalársela, describírsela o ayudado a encontrarla. Pero solo hay silencio y ausencia y un ruido horrible que llega con ellos.

La otra cara

—Conozco esa mirada —le dice Ernesto a Gloria.

Ella baja la cabeza, le esquiva los ojos.

—No estamos en el mismo mood, pero no vale la pena hablar de eso —le dice con la voz cansada, cansada de él, de sus tiempos, de sus prioridades, de su falta de interés y de energía, de su ausencia presente y constante, de su silencio incómodo, de sus palabras bien elegidas y cadentes, de su poca espontaneidad y de su diferencia indiferente hacia ella.

Él la escucha y se muerde los labios, siente el pecho contraído, conoce esas palabras, la forma, el fondo e intuye el trasfondo también, lo ha recorrido antes, lo ha saboreado antes, lo conoce y lo recuerda, la ha visto antes, esa mezcla de nostalgia y decepción, la tenían sus papás en los ojos cuando se dieron cuenta de que lo habían echado de la universidad, y era la respuesta a casi cualquier decisión que tomara, la había visto en sus profesores de manera reiterada cuando era incapaz de responder, y en los ojos de una niña preciosa quien había estado enamorada de él toda su infancia, que soñó con encontrarlo de grande y llenarlo de alegría y de hijos, y él no recordaba siquiera su nombre… Sabía lo que venía, sabía qué iba a pasar.

—No ha sido una semana fácil —dijo, y quería seguir, quería decirle que así no funciona, querida, que tenía que entenderlo, no es solo lo que vos ves, entendés, no se trata solo de lo que vos querés, no soy solo lo que vos pensás que soy, mirá… las cosas son como son, aunque a veces las veamos de manera diferente, aunque no tengamos el panorama completo, que no veamos el otro lado de una moneda no significa que no lo tenga o que sea igual por el otro lado, se sabe de manera implícita, se conoce por norma general, es lógica pura, pero nos cuesta completar la imagen, es más fácil no hacerlo, nos gusta estar cómodos y dejamos de buscar lo que evidentemente falta, está claro que sabemos que algo se esconde, que no está presente y, aun así, evitamos verlo, evadimos nuestra responsabilidad al omitirlo.

La tierra fue plana por culpa de ese tipo de pensamientos, hay incluso una frase, amiga date cuenta, las cosas no son solo lo que creemos, son lo que son, eso es lo que ya deberías saber, estás grande, sabés que el mundo no es color de rosa, es imposible vivir así prestándole tan poca atención a todo, pretendiendo que lo tuyo es lo único que importa, no sos solo vos y tus deseos, ni tu intuición, no es solo tu espacio, tu tiempo y tu vida…

Quería decirle que se podía hablar, que todo viene funcionando bien, que seguro habrá otros malos momentos, pero se detiene, podría decirlo, pero recuerda que ella ha dicho no vale la pena, que ella no le contó, solo respondió, que no hay un deseo genuino de hablar ni de arreglar nada, que está ante una decisión tomada, que Gloria no lo conoce tanto como debería entonces, que no es justo ni necesario, que él cree en construir y no en encontrar, que hay cosas que él también quiere que pasen, pero la voluntad no es igual a la energía, que los tangos tienen razón cuando hablan de que el amor y las ganas se quedan cortas, que el mundo gira y gira, y que por una cabeza, por unos ojos bruscos… todas las locuras ha hecho y ha perdido, sabe que vale la pena perder, pero solo cuando los dos tienen ganas de romperse, de saltar sin usar el paracaídas, pero no así, no con miedo, no pensando en el golpe, no esperando a que llegue.

—No pretendía que te sintieras hecha a un lado.

Sabe que al decir eso confirmará la decisión que ella ya tiene tomada, y que eso puede ser lo mejor para ambos, así que se despide sin mostrarle la otra cara.

Notable

Por donde camina arrastra miradas como una maldita red de mar arrasando con el juicio, como la red con todo a su paso: las atrapa, las gobierna, las oprime y las asfixia. No es guapa, no canónicamente; no es rubia, sino castaña; no es esbelta, sino troza; no camina con gracia, sino de manera torpe y tosca, extraño para todos menos para ella. Serlo o hacerlo también la tiene sin cuidado. No camina sobre tacones, sino sobre tenis de correr. No tiene una Barbie que la represente y tampoco le hace falta; nada ni nadie lo hace.

Uno diría que tiene cierto encanto, pero no es precisamente encantadora. Hay algo que atrae sobre ella, podría llamarse curiosidad: una apuesta estética grotesca que no puede dejar de verse. Nada está muy fuera de lugar, pero uno no deja de ver que nada encaja. El sudor que expele es agrio y casi podría decirse que arenoso, si los aromas tuvieran texturas. Incomoda, pero no incómoda. Ella no parece consciente de su propia imagen; se ríe con cierta elegancia frágil y agrietada, a punto de romperse, como un cristal astillado, sostenido no más que por una voluntad caprichosa.

No lo nota, no se nota, no toma nota de nada de lo que pasa ni la rodea. Quizá lo más molesto es su forma de ausentarse de la realidad presente, del momento; quizá lo notable es lo invisible que es para ella misma el mundo que la rodea, lo distraída y abstraída que se ve su mirada, su presencia casi intermitente, tan poco, tan simple, tan evitable. La nada estaría bien en su lugar, pero ella la desacomoda, la expande de manera innecesaria, ocupa un lugar en el espacio destinado al espacio y lo ocupa sin ganas, sin intención, sin propósito alguno.

Todo en ella es tan involuntario que parecería incluso que no es su culpa ser así. Por alguna razón, cuando Federico la mira piensa: si se quejó como todos los adolescentes de que ella no pidió nacer, ella tendría razón; ella y solo ella. Aunque nadie haya pedido nacer, para ella aplica, para ella es cierto. Su existencia arrebatada a la ausencia es notoriamente evidente; no hubo nunca la más mínima intención siquiera de intentarlo. Existe como una roca, como una manifestación involuntaria e inconsciente de su propia vida.

Federico se alarma. Hubo entre treinta y nueve millones novecientos noventa y nueve mil y doscientos noventa y nueve millones novecientos noventa y nueve mil espermatozoides más lentos, más sosos, más ausentes. Si Darwin tiene razón, la sabiduría popular también: la naturaleza es sabia, pero la sociedad actúa como muletas para los seres incompetentes del presente. Tan vacía está ella de sí misma que es imposible que hubiera llegado hasta el día de hoy de no ser por los demás.

De repente, Federico lo nota: ella lo mira mirarla, verla, escrutarla y juzgarla, y aun así parece no importarle. Aun así parece inmune al pensamiento y la intención. Aun así ella simplemente parece absorber, como un prisma, el pensamiento y la crítica; no le resbala, la absorbe y la ahoga, la destruye, asfixia todo lo que se le acerca. Él piensa, él sobrepiensa, él no deja de repararla aunque sea irreparable, y ella se le acerca sin despertar ninguna sospecha, sin llamar la atención de nadie. Aunque acorta la distancia, no se siente que llegue con ninguna presencia.

Alza su rostro, lo mira con sus ojos vacíos y abre sus labios sin despertar sospecha alguna de Federico sobre lo que viene, sobre lo que llega. Espeta, con una voz apagada y serena: —No te equivocas del todo, pero no soy yo lo que te incomoda, es, como a todos, el hecho de que les recuerde que ante los ojos de alguien están siendo vistos como ella a los ojos de todos. Yo soy el consenso, pero vos no sos la excepción a la regla…

Federico se queda quieto. La mirada se le apaga. Poco a poco, sus palabras se van haciendo notables.

Leyes

Él mira el correo y sonríe. Lee con detenimiento y, por un momento, clava sus ojos en los dedos sobre el teclado. Ella tiene razón, no le gusta que la tenga, pero tiene razón. Los acuerdos son de caballeros y gente civilizada; las reglas son de los cobardes, piensa. Los cobardes saben que las leyes y las reglas son flexibles y poco claras, que son difusas, que tienen huecos y vacíos por donde cualquier rata puede colarse. Los acuerdos están cimentados bajo otra lógica, una más honorable: no se trata de que te descubran en medio de un engaño, un acuerdo se hace solamente con la intención de manifestar lo que se intuye, de crear un espacio donde ni la duda ni la incertidumbre existan, piensa todo mientras intenta encontrar las palabras para contestarle…

Las leyes son trampas. Acelera cuando no te vean, reenvíate audios y escúchalos en tu chat para que no sepan que los viste, cambia billetes falsos en las limosnas del domingo donde nadie te vea, niégalo todo y, como canta un jamaiquino, decir que no fuiste vos basta. Si no hay una prueba, basta; si no te pueden culpar, basta. Lo ilegal no es romper la ley, lo ilegal es que te vean haciéndolo, piensa el cobarde que confía en las leyes, el que se arropa con ellas y el que recurre a ellas es astuto, pero poco fiable.

Relee el correo y la sonrisa sigue presente. No es culpa de ella, piensa. Es claro que la omisión o el sobreentendimiento han partido de él, él es el culpable, él fue quien creyó haber acordado, quien supuso que el pacto había sido, pese a los géneros, un acuerdo de caballeros. Olvidó que la mezquindad no tiene solo pronombres masculinos, pensaba que bastaría un acuerdo público y no recurrió a firmar lo pactado… Idiota, piensa y sonríe.

Yo no escuché, afirma ella; yo no puedo demostrar que sí. Yo no puedo probar que el acuerdo quedó claro para todos, porque los cobardes comparten cobija, porque saben que en una situación de mi palabra contra la suya la ley la protege. La ley está siempre del lado de quien quiere evadirla: basta con desacelerar cerca de la cámara de fotomulta, con esconder la mano después de haber lanzado la piedra, basta con mediar el lenguaje y fingir sorpresa, basta un poco de vergüenza y de esa tienen a sacos los cobardes, porque donde el orgullo vacila la mezquindad florece.

Relee y se ofende, pero sonríe. Bien jugado, piensa. Las reglas estaban claras, la omisión también lo estaba, ella actuaba bajo la única regla que conoce, la de la ventaja. No entendí, no escuché, no fue claro, no importaría… La justicia es ciega y solo ve lo que está sobre el papel, solo ve la ausencia del procedimiento. La ley existe porque ellos existen, y está bien que exista, porque la trampa está servida. Una vez se usa, el cobarde se asusta; cuando la luz se enciende, las alimañas se esconden. No tiene realmente nada de qué asustarse, represalias no habrá ninguna externa, es un acuerdo que tiene consigo mismo: no se compite bajo las reglas de otros, no se toman represalias por posturas éticas diferentes, no cambiar lo que se es por mezquino que sea el lugar adonde se vaya.

Una revolución ética solo es posible de esa manera, piensa. En su cabeza la felicita, pero no habrá sermón ni reprimenda. Su castigo será vivir así para siempre, con miedo de ver la luz, con el pánico de ser descubierta. Él olvidará su nombre, su existencia, y será preciso con lo que pida y para cuando lo pida. Que viva ella en el margen de las leyes, de las reglas, en ese otro mundo con quienes no se pactan acuerdos, y él no acordará entonces ayudarle ni cultivar ningún talento. No acompañará más su desarrollo porque todo crecimiento requiere de un acuerdo de sacrificio, esas son las leyes.

Desorden

Se levanta de la cama y parece que nunca hubiera estado allí durmiendo. Se mueve poco de noche y el edredón pierde sus arrugas con solo pasarle la mano por encima; queda todo tan perfecto que no parece que se estuviera despertando sino tendiendo la cama. Pone sus pies sobre las chanclas, que están justo donde ella las dejó, una al lado de la otra, esperando sus pies para comenzar a caminar el día. Por donde camina le basta un pequeño movimiento para que todo esté, luzca y se sienta perfecto.

No hay polvo sobre las mesas, no hay loza en el fregadero esperándola, no hay medias atravesadas ni cacerolas con quemones. La luz que entra a través de las ventanas ilumina todo sin revelar ninguna línea de suciedad. No puede evitar sonreír orgullosa: la calma reina, el silencio reina…

Y ella camina y se apodera de todo, la Reina, reina sobre su reino y lleva a cabo su reinado sin despeinarse, con su cetro brillante, con su trono siempre bien dispuesto, bien cuidado y con la corona sobre su coronilla siempre lustrosa y elegante.

Hay espejos para mirarse, para validarse, para desearse, para entenderse, para ocultarse… Tiene espejos en cada cuarto, en cada bolso, en cada baldosa brillante. Se siente vista, eso le gusta; no sabe bien por qué, pero es como si ella misma se viera a la distancia. Se da gusto viéndose, eso es lo que quería, eso es lo que buscaba. Una lista interminable de reflejos con listas en mano inventarían las expectativas sobre sí misma: tengo, hecho, listo. El poder tiene eso de su lado: una lista tachada de viejas venganzas a todo lo que no se pudo ser en algún momento.

Viejos yo, viejos fui, viejos debería y antojos a los que se les negaron las puertas, y ahora, como un ariete, vive para derribarlas, para probarse y demostrarse que eso que quiso sí estaba destinado a ser suyo. La paz cuando ella diga, como ella diga, donde ella diga. Ha confundido el poder con empoderamiento y no hay peor tirano que aquel que fue oprimido, así que ahora demanda y espera ser complacida. No tiene tiempo para construir, quiere que todo se le entregue con obra blanca, enchapada y amoblada. Lo merece, se dice a sí misma que lo merece, todo a su altura.

Esos cientos de ella reflejados y demandantes la esclavizan. El tiempo la apremia, porque las demandas crecen. Tiene deudas con su yo desde los nueve. Quiere que la mimen sin que la reprendan, no quiere negociar nada, no quiere, no puede realmente evitarlo. Han sido años de cargar con ella misma a cuestas. Ahora quiero, ahora cosecho, ahora siego, ahora es el momento de reservarme en barricas, de roble, de agregarme valor y tiempo; ahora solo quiero sumarme: cuerpo, textura, sabor, un paladar que esté a mi altura para probarme. Eso le grita su cabeza cada mañana, cada vista al espejo, cada momento, y ella escucha, y ella asiente, y ella obedece a sí misma, doblegada, sumisa de sus pendientes.

Su inconsciente procesa; ella ni lo nota. Ella solo sonríe cuando ve que se queda viéndose en sus reflejos, en su casa impoluta, en su edredón firme y sin nada que la incomode. Un, dos, tres, sonríe y saluda; un, dos, tres, tomarse el vestido con las manos y hacer un pequeño gesto de gracia; un, dos, tres, levantar el brazo y doblar el antebrazo y girar de un lado a otro la muñeca mientras rota del interior al exterior su extremidad de izquierda a derecha. Reina en su reinado pintoresco, frágil e ilusorio, pero justo y necesario, para ella, para con ella. Que nadie se atreva a incomodar la zona de confort en la que vive, porque no sabe cuánta mierda tuvo que tragar para construir su castillo de cristal. No es consciente de sí misma, no del todo, pero lo intuye: algo real le falta. Se sienta sobre la cama, arruga el edredón y estalla.

«¡Qué puta falta me hace tu desorden!», piensa.

Antojos

David espera recostado en un muro el servicio de moto que ha pedido; está cansado, el día ha sido largo y aún no termina. No quiere filas, no quiere tumultos, no está para soportar el sudor de otros ni el olor de otros que también han tenido un día largo. No está de buenas pulgas, no tiene cómo aguantar y, aunque la plata no le sobra, por el contrario, escasea, hoy merece algo más: llegar temprano al barrio, a la tienda, y tomarse un par de cervezas que tendrá que pedir fiadas, y sentarse a disfrutar del partido. No es mucho lo que quiere, y tener que hacerlo todo pidiéndole prestado al futuro es algo que le molesta, aunque no lo sabe, no sabe expresar la sensación que lo recorre, ese enojo, ese vacío que solo se le irá cuando una cerveza fría le baje la bronca.

Ve pasar a la gente mientras mira su celular, ve pasar los carros y los tumultos en los paraderos; de ese abismo los abstrae un ruido atronador, un resonador que hace que todas las caras se levanten: una moto que grita: “cuidado, hombre con pene pequeño al volante”. Alza la vista y todo en la moto grita, no es solo el escape modificado, es el tanque morado, el carenaje plateado, es el casco naranja lleno de calcas reflectivas y también… la mujer que la maneja.

Daniela está tatuada de manera inconsistente, diferentes estilos, diferentes patrones, rosas, palabras tribales, clásico americano; es atípica en casi todo, es alta y grande, una mujer que impone. Daniela no es consciente, pero no se mide, es rebelde y no le carga agua a nadie. Su piel y sus facciones, al igual que sus tatuajes, son una mezcla criolla imposible de pasar por alto, tiene porte, tiene agallas y tiene algo de estrafalario cuando sonríe, cuando habla y cuando se mueve, algo de lo que tampoco es consciente, pero que intuye; adonde va sabe que la ven, que hay ojos que la juzgan, que la descubren y la desnudan, ojos que se confunden y que se pierden, ojos adonde va, adonde llega, esa sensación punzante que uno a veces tiene, ella la mantiene.

David está acostumbrado a no levantar la cabeza, a permanecer en silencio y evitar la atención, y se asusta y revisa la aplicación: es su moto, su servicio, esa mujer tiene las piernas grandes, las manos tatuadas, unos ojos sonrientes y una actitud escandalosa; lo intuye porque ella ni siquiera lo ha visto, pero él no puede dejar de verla, él ni nadie. Ella se arrima a la acera y él se acerca a ella.

—¿David? —le pregunta.

—Buenas noches, Daniela —le dice él, como quien asiente con esa incapacidad de responder de manera directa lo que le preguntan, con esa forma suya de hacer sentir fuera de lugar al otro, de la cual no se da cuenta.

Al montarse, David nota que no solo las piernas son grandes, Daniela tiene unas nalgas sobre las que podría caminar si se lo propusiera, y al sentarse queda demasiado cerca de ellas. Tiene miedo de tener una erección y, al mismo tiempo, de no tenerla, de que su deseo se haga evidente o de que no se note, está entre la espada y la pared, o entre la parrilla y las nalgas de Daniela, y la sensación lo aturde y al mismo tiempo le encanta.

Ella lo siente cerca, sonríe, sabe, porque se lo han dicho otros menos cobardes que él, que debe estar nervioso sintiendo su carne, su temperatura tan cerca, sabe que en especial los tímidos como él pierden casi que el habla frente a ella, y en especial en su espalda cuando maneja, sabe que desde allí él puede verle las manos, el cuello, sabe que él tratará de levantarse y de inclinarse para verle mejor el escote y los senos, sabe que notará pronto que su cuerpo no rehúye, que mueve la moto para acercarlo a ella, y que no sabe que, si él también se mueve bien, si responde a su manejo, podría también montarlo como lo hace con ella.

—¡Qué chimba de moto! —le dice David, asustado.

—¡Gracias! —le dice ella con una sonrisa en la voz—. Se llama la Zarca porque es una valija como yo —le dice con una picardía que él no termina de descifrar.

David se ríe.

—Debería tener otro nombre —le dice, dudando.

—¿Cuál se te ocurre? —le responde ella con una voz endulzada y sensual.

—Uno que se parezca más a vos y a ella —le dice con la voz entrecortada y dubitativa—, algo que hable de provocación y de ganas —le dice notoriamente nervioso.

—Ay, y velo cómo venía de calladito —le responde, coqueta.

—Ponele mejor Mecato —dice finalmente— porque despierta más ganas que miedo —le dice él en un arranque tan estruendoso como la moto.

—Ganas son las que me están dando —le dice ella, se ríe; acelera y saca las nalgas.

Desenmascararse

Naty se unta los dedos de una sustancia verde y viscosa, elástica… casi le disgusta al tacto, pero casi no vale; cada vez le recuerda la primera vez que le evocó náuseas y arcadas, pero es un recuerdo lejano que no termina de evocarse, se queda en esa línea delgada y no pasa a mayores; esa primera vez el asco comenzó desde antes de tocarla, de imaginar tocarla, leyendo en una revista la instrucción de cómo cortar el aloe vera y licuarlo con el pepino, la miel, el aguacate, el jugo de limón y el yogur natural; tenía 14 años y no sabía que cuando un limón se amarga poco se resiste a su amargura, ignoraba también las fechas de caducidad y no prestó mucha atención a la del yogur y, como resultado, además de visualmente desagradable, el olor casi la vence, pero la juventud es terca y tierna, así que, armada de valor, se embadurnó la cara de la mezcla y la resistencia inicial demostrada se disipó como esta ante los gases pimienta y los chorros de agua, y corrió a enjugarse para evitar el vómito.

Sus hermanas mayores se rieron con dulzura y crueldad, como solo un pariente cercano puede hacerlo; su madre la miró con esa mirada que parecía contabilizar cada torpeza, con una ternura burlona y acumulativa, una mirada que sería una constante en su vida, una punzada permanente que la conmovía y la avergonzaba.

Eso generaba esa sensación al tacto que casi la asqueaba, pero la ritualidad cotidiana había terminado por consumirla, las otras preocupaciones le comían ahora la cabeza, y mientras se la aplicaba con un gesto ritual inconsciente, elegante, armonioso y místico, pensaba, ahora que se cubría la cara, en lo mucho que odiaba las formas como la gente se oculta; ella era torpe pero valiente, o quizá ante su torpeza al esconderse se había envalentonado para ni siquiera intentarlo, pero sabía quién era y, sobre todo, qué no quería ser: una más, una bien puesta, una linda y apuesta, na, eso no era lo que quería para ella.

Y al verse el rostro verde pálido, como el cliché de una bruja de Halloween, piensa en lo estúpido que es disfrazar todo: las ganas, el tedio, el cansancio, la rabia, el miedo; el mundo es una mascarada, un bailecito de modales, poco se dice lo que se piensa, y no saben que se nota, que basta un susto, una sorpresa, un milisegundo con la guardia baja para que el rostro los delate; Delsarte tenía razón: en el gesto escapa la fealdad de toda alma, la mezquindad, la esencia que se retiene; también devela a quien se ha refugiado detrás de silencios y ceños fruncidos, de distancias.

Los perros tienen la cola, para menearla, para moverla, para lucirla, la cola no miente, no engaña, si se mueve hay emoción, no se puede fingir ni esconder, igual pasa con los gestos, con los ojos abiertos, asqueados y rancios, con las jetas deformadas y diluidas, con los ojos orbitantes y ridiculizadores, esos micromomentos en que domarnos es imposible, somos lo que ocultamos o, mejor dicho, también somos lo que no podemos domesticar, nuestro salvajismo natural, intentar impostarlo es tonto, piensa mientras mira la mezcla seca, agrietada, sobre su rostro, mientras cada expresión facial, armónica con sus pensamientos, altera su postura y rompe con esa base verdosa, y se ríe al verla explotar poco a poco, al sentirla romperse sobre su piel; el pensamiento rompe el gesto, de nuevo Delsarte era un chico listo, la palabra devela mente, pensar desenmascara, reflexionar rompe las falacias y, cuando la carcajada por fin brota, nada de su mascarilla resiste, y en el silencio de su casa resuena incontrolable mientras las harinas y las migajas caen de su rostro, la voz devela las sensaciones, Delsarte era un chico listo, repite, por eso hay que estar atento al otro y no solo a lo que dice, por eso hay que leerlo y no solo escucharlo, después de todo hay que saber leer entre líneas, dice mientras extiende la mano al espejo con el anular, el índice y el corazón erguidos.

Fuera de las manos.

Victoria desliza el dedo en su pantalla: izquierda, izquierda, izquierda, izquierda. Cuando ve algo que le gusta, duda; tapea, ingresa, desliza. Puede ser el tamaño de la nariz, de las manos, una palabra o una frase, unos ojos, el pelo cano o la barba larga pero pulida; varía, pero siempre hace caso a la intuición: no entra todo por los ojos, hay algo que la impulsa, un eco que resuena en su cuerpo; si se activa, su dedo cambia y se desliza a la derecha.

Piensa en presentarse, pero le gusta más estar presente. La cansa la idea de narrarse, de definirse y transmitirse. “Yo soy”, piensa, carne y no palabra; yo en todo momento, a toda hora y de todas mis formas: soy una experiencia. Diferente a un libro, una película o una canción; no tengo ni prólogo ni sinopsis ni tráiler. Lo que ves, lo que vivas, soy; lo que provoques, seré para ti. Así que, aunque ve que su perfil no dice mucho, dice lo suficiente. ¿Descubrirlo con un café basta? Se pregunta por un momento. Lo mira, asiente y sonríe: sí, basta; tendrá que bastarles. Nada más me interesa escribir.

Ordena un scotch, con una “c” que parece más una “k” que una “c”, y espera a que aquel ser que le ha interesado llegue. Es un bar como le gusta, con negros y rojos profundos; esos colores le gustan, le combinan bien con su forma de ser, una pasión oscura, piensa, y recuerda que sus encajes también combinan esos colores: vestida para la ocasión, piensa, y bebe. El trago le pica un poco la garganta; elige bien el origen, pero el presupuesto la limita en los años que su trago pudo descansar en las barricas. No le molesta, aunque le importa; le gustaría tomarse uno un poco más suave, más amaderado. Ya vendrá el momento; aún no, es solo un “aún no”.

Mientras piensa en eso, ve entrar por la puerta del bar a quien espera. Siente un cosquilleo en la punta de los dedos y un vacío emocionante en el vientre, junto con un pequeño corrientazo. Le gusta lo que ve, pero no se mueve: deja que él se acerque adonde ella está, al fondo, hasta la barra. Solo se gira un poco para verse mejor; sabe que ese ángulo le favorece, lo sabe, y se escurre un poco hacia el espaldar de la silla. Se ha visto así en el espejo y sabe perfectamente cómo se ve: se encanta de esa manera.

Él la ve. Al contrario de ella, no se fijó en nada al comienzo: sabe cómo funciona el algoritmo, así que creó uno propio que solo desliza a la derecha con perfiles que tengan probabilidad de hacer lo mismo; así aumenta la deseabilidad de su perfil y logra que lo muestre cada vez a mejores prospectas. Así que llega sin saber dónde mirar; su método es efectivo, pero cuestionable. Es frío y desprovisto de interés: hace que la interacción no parta de una idea ni de una apuesta; evita el rechazo, pero evita también todo lo humano de un encuentro: el interés, la pregunta, la posibilidad…

Ella lo nota: distraído, perdido; no mira a los lugares correctos, no parece verla aunque la observa, pero lo hace como quien ve algo por primera vez: despistado, torpe, carente de ritmo o de intención. Ella ya ha tomado su decisión al verlo. Él no lo sabe: piensa que ha sido otro éxito de su algoritmo, mientras que ella piensa en otro fracaso, otro de esos que deslizan todo a la derecha; otro de esos que no escogen ni apuestan; de esos que se enredan viendo un menú, o que dudan qué ver o qué leer; de esos que no parecen tener ideas propias; de esos que están demasiado seguros de sí mismos; de los que no dudan, no preguntan, no imaginan; de los que no bailan ni intentan bailar; de los que follan sin creatividad de por medio, sin idea ni juegos; de los que tantos ya ha conocido; de los que no le interesan ni la emocionan.

Él se acerca y saluda. Ella se disculpa y se marcha: son las 8. Si se apresura, llegará a tiempo antes de que cierren la tienda y podrá comprar las pilas que su vibrador necesita. Las citas podrán estar fuera de sus manos, pero no sus ganas ni su placer.

Encandilados

El Flaco usa siempre lentes de sol. Cuando le preguntan por qué, dice que sufre del síndrome del mosquito: que la luz lo atrae, que la luz lo abstrae, que le genera un impulso, un movimiento que escapa de su razonamiento; que es mejor cuidarse de eso que lo hala a uno sin entender muy bien el por qué. Instinto, lo llama. Uno tiene que parar bolas, dice.

Lo dice en medio de una resaca monumental, pero lo dice serio, sin rastro alguno de mentira en su voz. Hay convicción en sus palabras e intención en su acción. En otras palabras: el Flaco dice la verdad, el Flaco no miente. Es innecesario mentir, lo repite constantemente; pero puede evadirse una verdad con otra sin mentir. Está bien no responder todo lo que se pregunta. La gente debería ser como los libros: debería recibir solo las respuestas para las preguntas que sepan realizar…

No es la resaca: el Flaco está así por algo más. Tiene la sonrisa envainada; los ojos detrás de las gafas sonríen, el cuerpo le sonríe, el tono de la voz le sonríe, pero la boca está tensa. Está eligiendo las palabras con cuidado, está rumiando su idea, está indeciso. El Flaco sabe que eso es peligroso: una idea que no se digiere cae pesado; la pesadez le da indigestión, y la indigestión de una idea le arruina el día. Le es imposible contener los pensamientos cuando está en ese estado: le brotan a una velocidad que es imposible filtrarlos, se desboca; se suceden con un intervalo tan corto que no puede atraparlos. Y entonces habla, y cuando el Flaco habla uno cree que va a tragarse la lengua: lo hace de corrido hasta quedarse sin aire, hasta que se le atropellan las ideas; y entonces enciende un pucho o una pipa y camina lento y en círculos.

Eso lo calma, al menos un rato. Eso lo apacigua: dar vueltas sobre la idea con la boca ocupada, con el humo jugueteándole en la lengua. Así vuelve a su rumbo, y se sienta de nuevo. De repente me mira; sabe que no he dejado de verlo. Intuyo que sabe que nunca dejo de verlo, que es una especie de pacto entre nosotros, de respeto y cariño.

—Lo tengo claro ya —me dice, y continúa—. Me jode creerme la trama del cuento olvidando que ya lo he leído; me jode terminar caminando con una botella a las 3 de la madrugada por una calle infinita y vacía, que se siente menos sola que yo después de una guevonada de estas…

No lo interrumpo, lo conozco: aún no termina de hablar. Algo más tiene en la garganta, o quizá no quiere escucharse diciéndolo. Si es lo segundo, creo que intuyo lo que es. Puedo decirlo por él, y mientras él duda me animo:

—Todos queremos creer; la única iglesia que tiene la fe de todos es la de ese amor que no se necesita sino que se elige; de esos templos que se palpan, se lamen, se besan y se follan y se usan, esos templos que se veneran no en vano, que se profanan por pura devoción a la carne. A esa iglesia le apostaríamos todos. Que no te joda, Flaco —le digo—. En esa todos somos hermanos; todos pecamos por pensamiento, palabra y omisión —le digo. Me río y se ríe; llevo la mano al corazón y le digo—: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Él repite conmigo después del primer gesto.

Ahora está liviano, ahora sonríe, con esa mueca suya medio embólica que le estira la cara de un solo lado; sabe que de verdad no está solo, que también he recorrido yo ese camino.

—No todo lo que brilla es oro; han dicho siempre los que persiguen el oro, y aun así uno no les cree —le digo—, con demasiada frecuencia: obnubilados por el deseo nos hacemos los maricas y olvidamos ver más allá de las ganas, de la sonrisa, de la elocuencia, de la esperanza, de las téticas… No hay nada puro, Flaco; no hay ya nada sagrado y uno lo olvida. Entre cielo y tierra nada está oculto, Flaco: han pasado 3200 años y siguen habiendo Helenas por las que vos y yo entregaríamos Troya.

El Flaco me mira y no afirma, pero se ríe.

—Siempre hay un par de imbéciles que creen que con un poco de plumas y brea pueden alcanzar el sol —lo dice mientras se quita las gafas y mira directo a él.