Ausencias y silencios

No se puede hablar con los silencios ni las ausencias; su grito es demasiado fuerte y no deja escuchar nada. Genera una especie de vacío que se lo traga todo, un pequeño torbellino de esos con los que uno juega en la poceta cuando lava los platos y deja que se llene para ver cómo el vórtice aparece, primero solo insinuándose hasta que succiona todo con fuerza, idéntico al que se crea dentro de las botellas de cerveza para desaparecer en un segundo en un alma incendiada que busca un poco de alivio en su frío, tratando de desaparecer esa incomodidad que lo llena, que aprieta, que lo sofoca. Cada silencio te hace sentir impotente y chiquitito, te reduce, te debilita, te cuestiona tanto.

Los silencios jóvenes duelen un poco más porque dan la idea de que aún había opciones, porque dejan muchas historias sin terminar, demasiadas posibilidades abiertas. Esos silencios llenan de ruido todo, distraen, son escandalosos, muchos, como muchas de sus risas y carcajadas; son escandalosos como sus propias voces, casi siempre extravagantes y coloridas.

Galeano hablaría de ellas como unas llamitas azules e intensas, abrasadoras, casi rayos imposibles de contener que, en un parpadeo, se inmolan de libertad y desaparecen demasiado pronto, la mayoría de las veces, con una particularidad: aunque flamantes, lucen cansadas, nunca rectas, siempre batallando, resoplando contra una fuerza invisible que parece querer ahogarlas y, más que una gran luz, emiten una onda de sonido tan fuerte —shooooooooooooosh— al apagarse que mengua todas las que están a su alrededor y las deja bajitas, sin oxígeno que consumir, sin aliento, sin nada por lo que arder o para qué arder…

Los silencios hacen demasiado ruido, las ausencias están demasiado presentes, rápidas e incandescentes como un relámpago y con un estruendo abrumador como un trueno, y persistente en el tiempo el nacimiento de un hijo de Dios. En ese fogonazo, en esa implosión, marcan todo alrededor, para siempre, crean un punto referente y permiten volver a él con frecuencia, a las dudas que nacieron con esa concentración de angustias, el reto a la imaginación de intentar concebir un dolor inimaginable, una oscuridad devoradora, un rugido ensordecedor que se intuye te llevará al silencio, pero que se acerca de a poco, permitiéndote imaginarte de manera recurrente que se aproxima, un poco más cerca, un poco más intenso, un poco más fuerte, una sombra que se expande en un túnel donde la luz va desapareciendo… De esa imagen no se vuelve, y tampoco desaparece; por el contrario, se multiplica, porque en cada uno, en cada una, es diferente y ninguna es comprensible, no sin ellos, no sin la pieza que falta…

Tanto ruido, tanta ausencia, y al igual que el agua en la poceta o dentro de la botella, le basta un par de segundos, un vórtice cerrado, para generar la inercia que irá drenándolo todo, aumentando la fuerza con la que absorbe, con la que el alma se prende de los bordes y no deja de girar, de halarse y arrastrarse hacia ese embudo de donde, de vez en cuando, una burbuja se desprende, y la velocidad aumenta, y el caudal aumenta, y el agua comienza a silbar, a anunciar, a mostrar lo que va a pasar: esa cuenta regresiva incierta, ese “es cuestión de tiempo” que se intuye pero no se comenta, del que no se habla, del que se diluye, y entonces, ante los ojos de todos, frente a todos y al mismo tiempo a sus espaldas, ocurre… y lo poco que quedaba se escurre en un gorgoteo gutural, en un espasmo involuntario, en un vacío total… y desde la orilla uno solo piensa en qué habrá sido, si habrá uno vivido algo semejante alguna vez, si habrá uno encontrado la salida que a otros se les escapó… si hubiera uno podido señalársela, describírsela o ayudado a encontrarla. Pero solo hay silencio y ausencia y un ruido horrible que llega con ellos.

Ni la sombra

Camina mirando su sombra, como si sintiera los dedos dentro de su zapato conectarse con ella. Se mueve para verla contonearse, casi con la misma atención que le gusta ver su imagen deformada en el agua y la difracción de la luz convirtiéndole el cuerpo en ola. Sonríe mientras lo hace; le gusta no ser ni la sombra de sí misma y, al mismo tiempo, ser contenida por ella. Le gusta que trae consigo su pasado, loquita pero buena muchacha, y proyecta con ella su futuro, fuerte como un rugido o un trino en el bosque, retumbando adonde llega, agigantada y abrumadora, poderosa y casi sin límites, a menos que se acerque mucho al sol. Ese es el error, piensa sin decírselo a nadie: acercarse demasiado a la luz quema, enceguece y apacigua; hay que dejar que la luz te dé, pero no que te absorba. Es peligroso: te reduce a un puntito debajo de tus pies.

Cuando camina de esa manera, viendo su sombra, sonríe como solo la soledad sabe hacerlo: con un dejo de confianza, con una autenticidad única. Uno no puede huir de ella, debe contemplarla. Quien la ve sonreír así, sin saberlo, ha presenciado un momento de libertad y pasión, un murmullo de su canto, y no sospecharía nunca lo difícil que es para ella hacerlo de manera consciente. Le teme un poco a esa calidez que la provoca, le teme a la presencia de otro que captura la imagen y trata de anclarla a ella. La felicidad, dice, es algo íntimo y no se le comparte a cualquiera, y a la libertad de ser libre no se le renuncia nunca ni se le posa; es una fracción de ella y, si alguien colecciona demasiadas, podría juntar todas las partes y tenerla. La idea la enternece y la aterra: qué miedo quedarse sin lugar para estirar las alas.

Por eso le gusta la sombra: se escurre fácil, rápido, y desaparece de repente si se le acosa o se le persigue con demasiado ahínco. La luz debe filtrarse entre hojitas, entre los dedos; debe dibujarte y moverse con vos, piensa viéndose hecha sombra, viéndose moverse y deformarse, levantarse y jugar con todo lo que la rodea, rodear todo lo que la rodea, recorrer todo lo que intenta obstaculizarla. Me gusta ser sombra, piensa, dice: me gusta ser sombra. Sonríe, pero no puede ver su sonrisa; lo sabe no porque los pómulos se le retraigan y un par de hoyuelos nazcan en ellos, no: lo sabe por cómo se mueve. Todo su cuerpo parece vibrar como la cola de un gato; todo le recuerda que no cabe en su cuerpo, que necesita expandirse, que quiere estirarse hasta sentir que se sale por sus poritos; un porrito sería la forma usual, pero está high de alegría y funciona igual, brota de sí misma y, como una enredadera bien agarrada, se trepa por su felicidad y se desborda, un ojito de poeta que crece y lo cubre todo; hoy se siente así, y camina así, y brinca entre cada paso para ver su sombra encontrarse con sus pies.

Piensa en estar descalza, desnuda, en la sensación de sus patitas con el piso caliente, con la sombra fría, con ser su propio refugio, con enfría donde quiere pisar, en ser y hacer su puente adonde vaya. La idea la emociona y, aunque el sol le golpea la espalda con fuerza, ella no mengua en su alegría ni en su idea de disfrutarse; para eso está el protector solar, piensa, y no se inmuta.

De fuera parece infantil y torpe; de lejos se ve un poco ridícula mientras juega con una colita de su cabello y brinca, baila, se estira y se enreda en su propia sombra. Está loca o drogada: seguramente muchos simplifican lo que ven y, en su acostumbrado papel de custodios de la normalidad, dictaminan que su rareza es desfachatez, sin intuir que su alocada felicidad es, por el contrario, una celebración, reflexiona, de un buen día en medio de unas semanas de mierda. Es un oasis en medio de una tormenta constante, de un dolor punzante y de una sensibilidad estimulada. No le conocen ni la sombra y no le reconocen ni siquiera el intento, pero a ella no le importa; sabe lidiar con la idea de salirse de sus formas, es feliz, como Peter Pan cuando cose la sombra bajo sus pies, porque puede volar de nuevo a un espacio donde el pasado, el presente y el futuro se funden bajo sus pies y le dan profundidad a su sombra.