Cuando Simón despierta, el sol aún no lo ha hecho. Se estira sabiendo que sus gatos, al igual que él, tienen la costumbre de hacer parecer que al sol le cuesta levantarse; se estira mientras sus pupilas se acostumbran a la noche esclarecida y comienza su rutina: sale de la cama a medio tender y la contempla. Se ve más grande desde esa perspectiva y mucho más porque, al salir de ella, sus gatos abandonan la mitad aún hecha y corren a su comedero, esperándolo… Camina hacia ellos, les soba las caras, choca narices con ellos e intenta besarles la frente.
Se mueve despacio y en silencio; sus vecinos pueden dormir tranquilos: no hay batidos en esa casa, no hay tacones en esa casa, no hay secadores en esa casa. Toma un poco de café recién molido y espera a que gotee, a que chorree… Aún el sol no sale del todo, pero la noche se consume en sus últimas oscuridades y comienza a llenarse de luz todo mientras el café termina de llenar su taza. Cuando comienza a tomarlo, las nubes arreboladas se sonrojan y le recuerdan sus ganas, porque el color le hace pensar en su piel blanca, sonrosada al apretarla, al nalguearla; en sus mejillas jadeantes.
Sabe que es un buen café, pero no le queda duda de que es el deseo de sus piernas apretándole la cabeza lo que lo despierta. La recuerda bien, su cuerpo la recuerda bien, pero no había tiempo para seguirle los juegos, para fingir sonrisas ni forzar tiempos, piensa mientras ve la aspiradora despertarse y empezar a recorrer la casa. Suena una alarma y le recuerda que quedan cinco minutos para que termine el espacio del desayuno. Despierta del ensueño y alista maleta; salta un poco y se activa lo poco que falta. Camina hacia la ducha fría, recordándola a ella caminando en tanguitas por el mismo pasillo, las paredes contra las que presionó su cara, donde apoyó su cuerpo y tocó con ganas. Se ríe al ver el espejo donde saltaba para verse. Siempre creyó que un espejo era solo algo que reflejaba lo que se le pusiera enfrente; para ella era un símbolo claro, una alerta constante: una casa que no estaba adaptada a su medida la hacía sentir como una extraña.
Simón, pragmático y funcional, siempre se reía. El espejo fue un regalo, se puso donde cabía y, siendo como era, jamás pensó en necesitar otro u otros espejos, ni espacios. En su casa, la vanidad tiene cámara subjetiva; la belleza está enfrente, en lo que se comparte y lo que se disfruta. No hay espacios personalizados ni reservados; no se necesitan ni se buscan. Los espacios son cambiantes y le basta con que sean funcionales. Nada puede validarle un espejo, o un armario, o una olla; lo que importa está presente: una taza extra de café, comida que le gusta en la nevera y el aromatizante que le gustaba por toda la casa.
Se mete a la ducha con ese pensamiento y la recuerda ahí metida con él, hincada y empinada, mientras el agua fría le empapa la espalda… ahora solo la cara, fría como antes y, por fortuna, para que la temperatura borre de su cuerpo la reacción física provocada por el cielo arrebolado, por su cuerpo sonrosado, por el recuerdo vivido y presente. El agua calma, el agua apaga, el agua limpia, el agua borra. Mucha agua ha pasado debajo del río y sigue pasando, dejando atrás esos amaneceres rojos y sonrosados. El juego cansa, desgasta; el juego, además, es innecesario. Esa señal la tiene presente, nunca la olvida: todo lo que se entrega es siempre voluntario, no premio, porque aquel que se premia es aquel que se prueba para hacerse merecedor de algo… y eso no puede permitirse. En una casa, nadie nunca debería probar que es valioso para quien la habita; su mera existencia es la única señal necesaria.
Cierra la llave, se seca el cabello, mira el reloj… mierda, de nuevo llegará tarde a todos lados.