Nacen, no se hacen.

Las facciones de su rostro dejaban ver que algo había cambiado, el semblante era diferente, pálido y cansado como todo editor de estudio, pero esta vez se veía agraviado; un poco derrotado y en él eso era extraño, no porque fuera contra su inexistente jovialidad cotidiana, sabíamos que no ganaría el premio a la sonrisa del año, pero era un hombre optimista, hasta la noche de ayer, lo era… hoy era otra cosa.

Así camino pesadamente hasta la silla y dijo: —nacen, no se hacen. —

No entendíamos bien de qué hablaba, tomó asiento y sacó una cerveza, la destapó sin mirar a nadie, sin agradecer a nadie, y comenzó a hablar.

—Ayer cuando terminaba de animar esas golosinas me golpeó el cansancio, el estrés de la semana, salí de aquí hecho una mierda, me refiero a transformado, sintiéndome una mierda, sintiendo que me fallaba, que la vida la estoy dejando acá a cambio de nada, lo de siempre, —dijo bromeando y continuó, salí a esperar el autobús, y comenzó a llover de una manera violenta, intenté abrir la sombrilla que tenía conmigo, y por el desespero la agité y bloquee el mecanismo dejándola inservible, así que me mojé, el agua se metió hasta dentro de los zapatos y el embotellamiento del tránsito me convenció de ir caminando en esa horrible laguna que se crea en las medias inundadas hasta el tranvía.

En cada paso sentía como la tela gruesa de las medias escurría el agua que había absorbido, la gente con paraguas grandes caminaban sin ofrecer resguardo a los que como yo empezaban a parecer ropa recién lavada, el tiquete que llevaba en el bolsillo se destruyó por la humedad y la máquina que habilitaba la función de mi tarjeta débito para ingresar al sistema de transporte estaba averiada, así que tuve esperar a que llegara un supervisor… que no llegó porque se negaba a salir de su oficina con tanta lluvia. Ttuve que caminar hasta un cajero, retirar dinero y al volver ya era demasiado tarde, ya no llegaría a tiempo para alcanzar el último viaje de la línea férrea desde el teleférico municipal, así que la única opción era ir a la estación de transporte y esperar un bus. —Mientras hablaba la voz le temblaba, daba sorbos largos a la cerveza para calmarse, parecía que huía de su propio recuerdo, que le dolía ver su propia imagen.

—Al llegar al terminal todo estaba agobiantemente lleno, la lluvia hace eso, logra que cualquier lugar con techo se convierte en un campo de concentración, así estaba la terminal con una multitud represada, la mayoría secos, esperando para irse a sus casas, solo los desesperados como yo, los que iban se aproximaban empapados a las ventanillas, y como a mí me gustaría pensar que los atendieron de mala gana, no es un secreto que no les caen bien las personas que mojan los asientos y por eso como a mí les dieron el peor de los puestos junto al baño del bus… necesito creerlo para que al menos sea justa la injusticia.

Fui luego a la cafetería con la esperanza de un trago caliente, un poco de pan fresco, pero estaba viejo, uno dos días habían pasado desde que fue horneado, duro como la calle, frío como la noche, y el café, daba asco el café, en esa derrota constante, llamaron al bus y la primera en levantarse fue una madre joven, con un bebé en brazos, digo bebé pero ya no lo era tanto, era un niño se veía simpático, unos 2 o 3 años, estaba alegre, le sonreía a todo quien iba subiendo y aligeraba el peso de cada uno de ellos, tenía la esperanza de verlo a los ojos y sentir ese alivio que solo los niños y las mascotas pueden brindar, esa tregua que calma al mundo y cuando por fin fue mi turno, cuando subí los escalones, el niño alegre me miró diferente, con una mueca impropia, como si comprendiera mi cansancio, mi dolor y entonces sonrió como sonríen los porteros cuando no te dejan pasar, como sonríen los taxistas cuando dicen que no van por allá, como sonríen detrás de las ventanillas los oficinistas de los edificios públicos cuando te dicen que te falta un documento, como tu jefe cuando dice que lamenta decirte que el aumento no fue aprobado, como los padres y las madres cuando te preguntan si mamá o papá aceptaron, como los veterinarios cuando dan un bosal grande a u dueño sabiendo que el perro podrá soltarse y morderlos; así sonrío y comenzó a llorar, hizo que todo el puto mundo creyera que le había hecho algo… y cuando lo hizo lo supe, los hijos de puta nacen, no se hacen.

Cajas de Pandora

Por días como hoy, la esperanza es mezquina, pensaba Felipe. Días donde había hecho calor en cada lugar cerrado donde había estado, pero en los que también, había llovido cada que salía a la calle. Los días así odiaba el clima temperamental de su ciudad y deseaba vivir en Lima donde nunca llueve. —Qué suerte la de los limeños, pensaba. Nunca tienen las medias ensopadas, jamás han salido de casa con sol y llegado a la esquina juagados por la lluvia.

Pero el caso no era la lluvia, no específicamente, el caso era que su vida se sentía así, a donde iba le parecía que llevaba una piedra en el zapato, llevaba siempre una maleta ceñida con un peso fuerte, con las correas tensas marcándosele en los hombros cansados, con dolor, un dolor de espalda creciente. El problema es ese, la vida se ensaña en crear momentos donde la esperanza parece resguardarse en el último rincón, en el Aleph más diminuto, sin necesidad alguna. ­—Eso es lo que me caga ­pensó, finalmente.

El caso es ése, el mundo se imbuye así mismo como héroe de un colapso que ha generado. Te tira abajo, te molesta, te provoca, te acorrala, hace que muestres los dientes, que aprietes los puños, prueba tu guardia… y te mira ahí indefenso, pensaba Felipe, ¡Ah! Y en ese momento cuando todo está oscuro entonces vuelve, aparece con un halo de luz cálido, con una mentira latente: he ahí la razón para continuar, para no desfallecer, la migaja, la pequeña dosis a la cual aferrarse.

En especial hoy porque era un día difícil, largo, extraordinariamente largo incluso para él que siempre era el primero en llegar y el último en irse. Hoy estaba cansado, alguien se había tomado su café y dejó su taza sucia en el lavadero, alguien más, o peor, quizá la misma persona se había comido su postre, y, otro, había regado agua sobre su pantalón. La suerte te tienta, pensó.

Para colmo había recibido un regaño injusto por su jefa, su ex mujer, no era la primera vez, y era uno de esos problemas que creía superado. Casarse con una niña rica y hippie que creía más en las energías y las ilusiones del mundo que en la realidad y en sus actos, había sido un acto torpe, aunque tierno. Era un gesto noble pero estúpido. Y ahora cada cierto tiempo cuando la luna estaba en piscis, y mercurio retrógrado asomaba, su vida era un infierno, gracias a una niña egoísta que en medio de una rabieta, usaba su poder para castigarlo por su abandono y a ese infierno debía sumarle la lluvia

Lo extrañaba, le había dicho. —Extraño tu sexo desenfrenado, tu fuerza partiéndome en dos, extraño tus dientes en mis hombros y tus labios entre mis piernas, haces un sexo oral tan rico, con vos es tan rico coger; eso recordaba, eso le había dicho. Por desgracia él estaba ocupado y con su torpeza característica no había tenido el tacto para excusarse bien, para negarse con elegancia, fue tosco, y ahora paga las consecuencias. Aunque también la extraña, el olor de su sexo, el sabor de su sexo, aunque también piensa a veces antes de dormir en cogérsela de nuevo, en la cocina, mientras ella intentaba que la visita no se diera cuenta, mientras fingía buscar algunos bocadillos o calentar leche para un café. Ella no sabía, él la pensaba, pero él no sabía decírselo.

—Al final, quizá sí sea mi culpa de que la vida sea una mierda, pensaba al terminar su día, mientras que volvía a llover sobre él, mientras que caminaba cansado con su maleta que ahora pesaba más.

—¿Va al metro extraño?, le preguntó una chica de su curso distrayéndolo. Hace frío, quizá podríamos ir mejor a otro lugar, lo dijo con una mueca inocente y maliciosa, señalando un motel cercano, brindándole finalmente esa gota de esperanza.