Debilidad

Es curioso lo que la gente entiende por debilidad, es un concepto extraño, lo débil también puede ser delicado, fino, pero también es un poco un cuerpo, y una voluntad, demasiadas cosas son llamadas debilidades, y como todo adjetivo califica al sustantivo la debilidad la suele vestir un individuo.

Marco es lo opuesto, el antónimo a debilidad es un tipo tosco, solitario, boxeador… trabaja en acarreos, su físico no lo obtuvo levantando pesas sino neveras viejas y lavadoras antiguas, de esas de lata que cortan e infectan las manos, tiene más antitetánicas en su cuerpo de las que puede recordar y eso que la fibrosidad de sus cayos le ha permitido ahorrarse más de una.

Es grande, sus brazos son largos y sus piernas también, en el boxeo es una ventaja, tiene alcance, puede golpear a una distancia segura, pero él se hizo fuerte metiéndole el cuerpo abajo a hornos, estantes y armarios, la elegancia no es lo suyo, le gusta la distancia corta, sentir el golpe, solo le sabe a victoria la victoria cuando le cuesta, más que las medallas busca la pelea, el cinturón, el trofeo… simplemente no le interesa, él quiere el reto, la prueba.

Mientras duerme un sonido que intenta imitar un tubo generando vacío lo levanta mientras el amanecer aún está lejos,  lo toma con la guardia baja, se levanta rápido, no sabe lo que pasa, es como si le hubieran conectado un gancho cruzado justo en el oído, se sacude la cabeza, intenta enfocar en la obscuridad absoluta, no lo logra, le toma tiempo, el sonido se repite, toma el celular 1:27 am levanta la mirada y Baguira no está a su lado, es una gata negra, la única que sabe de sus dolores, cuando Mónica lo abandonó también la abandonó a ella, no se saca eso de la cabeza, era su gata y la dejó como lo dejó a él, sin una explicación ni una señal. Ella siempre está a su lado, se sobresalta, lleva un año con ella, solo con ella, no la entiende mucho pero sabe que lo quiere, y sabe que él la quiere, se quieren con el agradecimiento de abandonarse el uno el otro, de haberse quedade, se quieren con la empatía con la que se ven a los ojos dos que han sido huérfanos, dos que han sido hinchas de esos equipos que nunca ganan, dos que saben lo que duele perder, y los que tienen miedo a perderse una vez se encuentran.

El sonido se repita y el brinca de la cama, enciende la luz y hay vómito en la cama, camina y hay vómito en el piso, llega a la sala y hay vómito en la sala, sobre el mueble está Baguira, los ojos llorosos sufriendo arcada tras arcada, y Marco no resiste, sus ojos se llenan de lágrimas, se lleva sus manos duras y callosas al rostro, quiere contenerse, lleva mucho siendo fuerte y de repente está ahí, con el corazón arrugado, con esa presión en el pecho, con las piernas flojas, el cuerpo se contrae, tiene miedo, Baguira vomita de nuevo, liquido amarillento y pegajoso, no son ni siquiera las dos de la mañana, no tiene dinero, no sabe qué hacer, no saber que hacer le duele, está indefenso, abrumado e indefenso, un ciervo con la luz con los ojos, paralizado por la idea de que sea letal, Baguira lo ve y parece gritarle: ¡Hacé algo marica! Y él simplemente se deja caer se abraza las rodillas y la mira como diciendo: ¡Qué putas hago!

Baguira, como toda buena hembra entiende que ese hombre fuerte, ha desaparecido, que es un niño asustado, que el golpe le ha entrado derecho y que no tiene nada que ofrecerle, y como su hembra saca fuerza en medio de su dolor y lo consuela, se le restriega en las piernas y él entiende, que no puede hacer nada más que estar ahí para ella, la acaricia llorando, la levanta llorando, saca las servilletas de papel de cocina y recoge su vómito mientras le susurra al oído y le miente: Todo va estar bien hermosa, le dice sin saberlo, pero con la seguridad de que ella necesita oírlo, todo va a estar bien preciosa, le repite sabiendo que no sabe.

La carga sobre sus rodillas mientras le soba la cabeza y mira el reloj, faltan 5 horas para que abran, resiste bonita piensa, todo va estar bien, susurra y mientras lo dice, siente que la vida se le va del cuerpo, tan débil, tan realmente débil.

Cuestión de suerte

Lanzar la moneda, el resto es suerte.

Fernando era un adicto y lo sabía, él estaba consciente de que su vida era una moneda al aire, se pensaba astuto y corría tras cada teoría y cada señal. Veía números en las espaldas de las mariposas, en la comida, en sueños… estaba desquiciado.

Un día rumbo al casino escuchó repicar una campana siete veces, claramente ¡era una señal!, el siete era el número de su suerte, con él siempre ganaba en los dados y persiguió el sonido hasta una puerta gigantesca, la misa apenas iniciaba.

La idea le había venido durante el sermón, el párroco le recordaba a sus feligreses lo impuro del dinero, a Dios lo que es de Dios decía y al César lo que es del César… 

Para ingresar al cielo a la gente solo se le exigía el diezmo y cada idiota sacaba de su billetera el sueldo y lo depositaba en la cesta sin siquiera titubear. A eso le sumaban una confesión, luego una plegaria y todo estaba solucionado. 

Recordó su juventud, cuando era obligado a entrar a la iglesia y confesar sus pecados, nada extraños en un chico de 17 años, masturbación, mentiras, envidia, pereza y más masturbación, aún recordaba la penitencia que nunca había cumplido.

10 Aves marías, 15 padre nuestros y un rosario. Fernando pensó largo rato y se arrodilló dispuesto a rezarlos, pero entonces se le ocurrió: él podría ser el César, él quería más el dinero era claro, todo concordaba, los siete campanazos, el sermón la deuda de su confesión. Señales, eran todo señales, no era cuestión de suerte, era de señales y ahora él las veía.

Fernando hablaba en voz baja para sí mismo:

–Esto hay que tenerlo claro, al diezmo le sumamos estas oraciones y si cada oración es un valor, entre más largo más caro; es decir, el rosario equivale a un billete de diez mil, los padre nuestros a uno de dos mil y las aves marías a uno de mil.

Asignó también a cada pecado un juego, de esta manera se aseguraba de que cada penitencia terminara en donde debía. Para la masturbación se jugaba el diezmo, el mismo movimiento de manos en dos pecados, los dados y siempre al siete, para las mentiras el póker, era cuestión de blufear bien; para la envidia la ruleta, después de todo nunca tuvo muy claro por qué envidiaba a las personas. Finalmente para la pereza, las traga monedas. 

Al casino entró airoso, caminó por las mesas, observó a los dealers y se sentó un rato en el bar, lucía confiado, tenía esa mirada fuerte en los ojos, esa convicción que hace sentir a un hombre que levita sobre la tierra.

Ordenó una hamburguesa y la comió degustando la dulce victoria que se avecinaba, fumó y bebió, parecía alargar con cautela el momento indicado para las apuestas.

Finalmente se acercó y lleno de confianza empezó a apostar. Cada ave maría, cada padre nuestro y el rosario cayeron sobre cada pecado, y lanzamiento tras lanzamiento, mano tras mano, giro tras giro seguía apostando. Cada siete días, en misa de siete se puede ver a Juan en la entrada de la iglesia, confiesa sus pecados, estira la mano para la limosna y suelta dos monedas, toma tres billetes, sale sin dejar su diezmo, sonriendo siempre rumbo al casino, donde los perdedores cada domingo, lanzamiento tras lanzamiento, mano tras mano, giro tras giro entre susurros dicen que lo de Juan es solo cuestión de suerte.