Martilleo con una especie de rencor cada tecla de la máquina, letra tras letra imprimo en la hoja un poco furia, no estoy molesto con ella, tampoco con la hoja, no es ira lo que de verdad me domina, es el miedo, tengo miedo de no llenarla, siento angustia y creo, desde hace mucho creo que, si el ritmo de las teclas no cesa, las letras se llaman unas a otras como notas musicales, establecen un ritmo de escritura inconsciente que provoca con algo de suerte algo no tan malo, quizá incluso algo bueno.
Lo hago pensando en todas las cosas con las que fantasean lo escritores para escribir, con las amantes a las que dejó correr libres, e intento establecer imágenes paralelas para buscar las palabras, una amante que escapa, una presa que está a tiro pero a la que no se le dispara, un trago de wishkey que no se sirve, un carrito electrónico que se vacía, me relamo los labios, esos casi, son excitantes, la apuesta adivina, el don desaprovechado, la palabra punzante y certera que no se lanza pero se piensa… sonrío, sonrío pensando que es suficiente que la música cobra sentida, que los acordes encajan, un pensamiento para el personaje, un recuerdo, una metáfora, va por buen camino, ahora podré hacer lo que quiero, que ese viejo frente a la máquina siga escribiendo, ya no soy yo, es él, es un poco ese mundo que nos une, el viejo escribe, camina, se desentume las piernas y echa a andar, estira los brazos, mueve la cintura y se recoge el cabello, vive, vive, grita el Dr Frankenstein en mi cabeza al ver al flaco hacerse cargo, sonríe y piensa en ellas, sonríe amargado, perdió, adolorido, sonríe y piensa, he vuelto, lo dice mientras enciende un cigarrillo sin filtro, la boca le sabe malta, sonríe, se siente bien, es un buen día para volver, cualquier día es un buen día para escapar del mojigato que lo escribe, para recorrer la ciudad que nunca lo abandona, la calle, la madrugada, para oler a cigarrillo, para escupir, para echarse un polvo, él sabe que la vida no es la que se dice debe ser vivida, que no existe como tal una buena vida, ni el buen vivir.
Sonríe porque puede volver a vomitarlo todo, a embriagarse de ideas y arrancarlo todo mordiscos, a arrebatarle al mundo lo que le quita, no sabe cuanto tiempo estará presente, mientras que las teclas suenen piensa, mientras que ellas canten yo bailo, y lo hace con una gracia aporreada, entristecida, pero gracia al fin y al cabo, visita sus bares, los que ya no existen pero donde cogió calle, vicio, donde besó bocas y perdió la cordura, las conoce, las recorre, su lengua inquieta da cuenta de ello, siempre se toca el colmillo superior izquierdo con la punta de la lengua cuando recuerda, vive y es suficiente, no para crear recuerdos sino para recordarlos, son los principios grita intentando que las palabras no solo se graben en la hoja sino en la yema de los dedos, grita para intentando que el martilleo obre también al sentido inverso, se cuele por las huellas dactilares, se transmita por los huesos, y se apodere de los brazos mientras se extiende por el cuerpo, contagiar las papilas gustativas y al olfato, intenta incitarlo, seducirlo convocarlo, somo amigos quiere que escriba, somos amigos quiere que viva, somos amigos quiere que ría.
Grita el flaco grita, nunca es silencioso, nunca se guarda lo que opina, el flaco grita y sabe que el martilleo no flaquea, que se enciende, que el corazón se le prende, huele a vino, huela pola, huele a calle, está cerca la hora, está cerca el día, y el final de la página, pero el martilleo continúa, las fronteras se pierden el límite desaparece, y entonces comienza de verdad a escribir la noche, dejando atrás la máquina, dejando empezada la hoja, y saliendo del cuarto, del edificio con una sonrisa macabra, comienza escribir la noche, y sabe que ha ganado, que ahora viene la milonga, el tango, el porro, que le viene bien un sombrero, una salsa, una Leona entre los brazos, entre las piernas, camina tranquilo con el alma cargada seguro de poder terminar de escribir mañana.