Empezar de 0

Van tres semanas sin dormir desde el nuevo año. El médico de TI psiquiátrico dice que es normal, que los eventos de una memoria corrompida son causantes de que los condensadores del sistema de hibernación se alteren y no permite una correcta ejecución del reposo. Yo intento guardar silencio, entiendo perfectamente el razonamiento técnico y comprendo el por qué las alteraciones en un módulo corrupto de memoria son las responsables, pero el conocimiento solo es poder si es aplicado; no quiero discutir con él, estoy cansado y el problema de que un módulo de memoria se haya averiado no se limita al sueño, la afección en la cache es evidente, he olvidado cada atajo y respuesta personalizada, detesto hablar desde hace tres semanas porque tengo que componer cada idea por separado y luego conjugarla.

No es sólo un módulo de memoria, además el sistema genera reinicios involuntarios, y, sumado a la falta de carga producida por el daño en la suspensión, hace que deba elegir muy bien cuándo utilizar los periféricos de salida. La energía en estos casos es vital, no quieres quedarte sin batería en un lugar peligroso y levantarte con una tarjeta remplazada o una rom alterada, podrías perder tu identidad o con tus crypto cuentas alteradas, las bandas de malware se han especializado en la instalación de hardware y software cada vez más difícil de identificar, y cuando el sistema de alerta se activa ya mucha de la data está comprometida.

Miro al Médico TI psiquiatra y le pregunto qué puede hacerse usando una proyección en mis lentes, es la única interacción que puedo permitirme para no descargarme. Debemos hacer un reset de la memoria, dijo con un tono frío. Y uno no puede dejar de preguntarse, una clínica técnica con tanto renombre en la simulación de empatía cómo puede permitirse que un médico técnico dé una noticia de esa manera.

Un volcado de memoria puede generar una pérdida completa acumulativa de personalidad. En mi caso podría considerarse que es poca la información que resguardo, pero por otro lado fuera de su precio comercial, el costo personal es absoluto; este nuevo hardware almacena 3 ciclos, es decir 50 años y apenas han pasado 15 desde que transferí mi memoria a este trasto. Lo peor es que no reuní suficiente dinero para tener una copia en la nube con actualización fuera del mantenimiento, así que perderé 15 años…, son solo 15, aunque también han sido importantes.

Me perderé la evolución de este ciclo y quién sabe si alcance a reunir los suficiente para comprar el próximo upgrade. Quizá sea el momento de pensar en una última vida, 150 años, bueno en total 185 años, parece una buena vida, larga, y la verdad es que ya estoy cansado de ser un fusionador de culturas, han sido demasiados años en este negocio, la publicidad, el marketing, la filosofía, la antropología de datos y la minería de recuerdos a la que tengo acceso demuestran que no falta mucho para requerir de una nueva interfaz de integración, que vendrá en otro lenguaje de programación y posiblemente sea incompatible con mi hardware.

El médico técnico me interrumpe, y, ¿cuál es su respuesta?

Me pide que lo olvide todo.

Le digo cuál es la única forma de corregir su problema con el módulo de memoria. La buena noticia es que aún tiene garantía y el cambio podría ser compensado en créditos de descuentos para su upgrade.

¿Lo cubre la garantía? Pregunto entusiasmado.

Sí, un 70% es reembolsabe en crypto currency, o puede tener un 100% del valor si decide postergarlo hasta la actualización de hardware. Eso sí, tiene una cláusula, si decide aceptarla tiene que dejarnos probar un nuevo sistema de compilación de data en la transfusión para la reducción de peso de su memoria por medio de una nueva compilación de data.

Ya había firmado la forma que me había extendido, y el muy mezquino mencionó solo la cláusula mientras la retiraba.

¿Algún efecto colateral? Pregunté cansado, sí podría averiarse todo su servidor en el proceso.

Empezar de 0, proyecté con la batería cada vez más baja. Completamente de 0, dijo mientras se levantaba y tomaba el enchufe de carga.

Cargando data, por favor inserte nombre de usuario…

Inoportunos

Eran las cuatro de la tarde, la ciudad estaba recalentada por el sol del día y había terminado por generar un desespero generalizado, el ambiente era molesto, el sudor inevitable y te hacía sentir sucio, además hacía mucho más desagradable de lo normal estar rodeado de personas en el transporte público y para colmo el tránsito en época de fiestas terminaba por generar un embotellamiento infernal.

Era el caldo de cultivo ideal para tener a todos al borde de un día de furia al igual que Michael Douglas o Dave Grohl en su parodia. Y después de transitar ese infierno nada bueno puede venir, así, con la esperanza vencida o acalorada entró Carlos a su casa, y al ver la luz en la contestadora palpitando supo que las malas experiencias no terminaban.

Carlos era un hombre supersticioso, su estado de ánimo nunca le pertenecía, estaba condicionado por el clima, por el tráfico, él tenía todo claro: nada es súbito, todo está encadenado aquello que nos sorprende solo demuestra la poca atención que hemos prestado a los detalles, lo egoístas que hemos sido, o lo ingenuos, quizá y a lo sumo como verdadera excusa, lo ignorantes que éramos ante la realidad, nada pasa de la noche a la mañana, TODO se está siempre desencadenando, en movimiento, y por ende en un día así, era normal que ese mensaje fueran más malas noticias.

Pensó en todo lo que podría ser, su abuelo en el hospital, la discusión con su jefe, su relación que tras una serie de malos meses se sentía fría, distante, y pese a que intentaba, no lograba sentirse de nuevo bien, la decisión de los jurados sobre su ensayo, y claro el incidente en esas breves semanas de separación en las que había despertado en medio de un hotel cerca a una zona de veraneo después de una noche en la que no recordaba nada… todo lo martirizaba hoy.

Caminó lleno de tedio y desazón hacia la pequeña luz verde que palpitaba sobre el botón reproducir y tomó aire, durante largos segundos pensó en los desenlaces, y finalmente lo presionó.

Una voz fría, impersonal y muy coherente con su día comenzó a hablar: —Buenas tardes Carlos nos estamos comunicando desde el laboratorio clínico Hematológico por favor devuelva esta llamada urgentemente.

El mensaje había terminado y el seguía allí, de pie, frío, aterrado, había olvidado que hace unos días se había hecho los chequeos de rutina, las discusiones con su novia habían empezado porque él sospechaba que lo engañaban y se había hecho exámenes de control para asegurarse que estuviera bien, había esperado con ansiedad esta llamada, pero que fuera justo hoy cuando la realizaban… palideció, no iba a ser la muerte de abuelo, ni el despido de su trabajo, tampoco iba a dejarlo ella, mucho peor, ella iba a matarlo, SIDA, Sífilis, Gonorrea pensó angustiado y lleno de ira, buscó el teléfono en el identificador de llamadas y llamó tan rápido como pudo, cada tono de espera para que contestaran le carcomía: ¡tuuuuu! ¿SIDA, Sífilis, Gonorrea?, ¡tuuuuuu! ¿Herpes, Clamidia?, podían estos identificarse por un exámen de sangre, no lo sabía, no le importaba, pero con cada repicada de ese horrible ¡tuuuuu! Carlos se moría de algo distinto ZORRA, ZORRA, ZORRA gritaba dentro de su cabeza hasta que finalmente le atendieron.

—Laboratorío Clínico Hematológico buenas tardes, en qué puedo ayudarlo.

—Hola, —dijo con la voz entrecortada, —Soy Carlos y he recibido un mensaje de ustedes pidiéndome que comunicara urgentemente.

—Déjeme buscar… Ah sí Don Carlos, buenas tardes, —Dijo una voz tan jovial que le pareció irrespetuoso, a quién se le ocurre comunicarle a un enfermo su enfermedad con una sonrisa, pero solo dijo —sí cuénteme

—Don Carlos usted está en nuestra lista de donantes frecuentes de sangre y en este momento las reservas de sangre de la ciudad están bastante bajas, y aprovechando que sus exámenes salieron muy bien, queríamos preguntarle si puede pasar a donarnos sangre antes de este viernes

—La noticia si bien era positiva, no le cayó nada bien —Le parece que bajo alguna circunstancia era necesario dejar semejante mensaje, sabe señorita lo que piensa un hombre que se ha hecho exámenes de sangre cuando recibe una voz grave, fría e impersonal con un llámenos urgentemente… es una sociópata, una cruel y malintencionada y además, tiene usted el don de los inoportunos, ah, muchas gracias.

Al final del túnel

Con solo 5 años, Gustavo escuchó: —Al final del túnel se ve una luz y después de la luz, la muerte. Hablaban dos amigas de su mamá con una naturalidad desobligante frente a su ingenuidad. Un niño cree en los reyes o en papá Noel, incluso hay algunos que creen en un palo que caga regalos; y ni hablar de los mitos, leyendas o de la facilidad con la que aceptan otras mentiras menos coloridas, como la de que ver la televisión de cerca, deja los ojos cuadrados, o que practicar la meditación y autocontemplación conlleva a que las palmas de las manos se cubran de vellos. Y sabiendo, pero sin ser conscientes de que esa ingenuidad crédula las escuchaba, continuaron hablando e inventando a ritmo de chisme, que en ese túnel se veía toda la vida frente a los ojos, que Jaime, el guapo del pueblo, había dicho mientras se moría en las manos de Rosita, la muchacha de moral distraída, que había visto todo, pero no solo su vida sino todo mientras se moría.

Y cada que una terminaba la otra decía sí sí. —Yo supe también por Carlota, la sobrina del cura, que él cuando va a darle los santos óleos a los moribundos, siempre hablan del túnel, de la oscuridad que los rodea, de cómo todo se queda en silencio y se quedan asolas con sus pensamientos, y empiezan a recordar sus momentos felices, su vida de niños, los regalos, los abrazos, lo cuentan todo todito, se arrepienten, lloran.

Gustavo escuchaba con los ojos bien abiertos. Porque los niños impresionables no escuchan solo con las orejas sino con los ojos, los abren, tan grandes como pueden porque en cada palabra escuchada imaginan, construyen una realidad donde existe de manera diferente eso a lo que se ha expuesto; diferente, porque no entienden las metáforas ni las ironías, porque detectan las mentiras no la exageración. Él no comprende que esas dos viejas están inventando y mezclando todas las historias que han escuchado, no se imaginan que nada de lo que han dicho no es más que una anécdota, él escucha y crea un universo donde todo existe tal y como lo comprende.

La madre no lo sabe. Gloria no se ha enterado de que Estela y Jimena hablaron frente a Gustavo del fin de la vida, del túnel y de la luz, no ha tenido tiempo para desmentirlas y explicarle, ella no se imagina que Gustavo a sus 5 años piensa ya en la muerte, y no como algo que sucede como una consecuencia final ante un evento traumático, una enfermedad o el paso del tiempo. Gustavo no tiene la suficiente consciencia para entender que la muerte no llega de repente, sino que se anuncia, se enuncia, que tiene síntomas, que la muerte es un casino donde todos pierden, que no es cuestión de suerte, sino de probabilidades, y que a sus 5 años ni siquiera la muerte lo tiene muy en cuenta, no desde que casi erradicaron el polio, y desde que se inventaron las vacunas, que la tasa de mortalidad infantil en niños de 5 años es insignificante. Ella no lo sabe, por eso va feliz a decirle a Gustavo que haga sus maletas, que viajan al medio día, que van a conocer el mar.

El mar, la palabra retumba en su cabeza. Lo ha visto en películas, en fotos, los colores azul y verde se extienden, Gustavo sonríe, está emocionado, corre, empaca todo, y no puede creer en su suerte. El mar. Escucha las olas en su cabeza como las ha escuchado en el televisor, y corre de la mano de su madre a la calle del pueblo por donde pasará el bus, se montan emocionados, entregan sus tiquetes, y sonríe, la madre va mostrándole todo.

Mira el cerro, la sierra, mira las vacas, el río, mira la moto el carro, y con cada señalamiento ríe, juega, se alegra. —Mira, vine el túnel…

Disecciones

Hay una expresión, rara por demás, «no tengo pelos en la lengua». La dicen las personas que hablan sin mediar consecuencias. Esta expresión además de falsa es imprecisa, la lengua tiene pelos, todas, sin importar qué tan ácidas sean las palabras que se pronuncian, cilios se llaman, vellosidades microscópicas encargadas de capturar la esencia de los sabores y clasificarlos en cinco grupos:  dulce, salado, ácido, amargo y umami.

—Por eso es falsa, ahora, imprecisa, porque el hecho de que la gente hable sin analizar sus palabras no tiene nada que ver con el gusto, aunque resulte de mal gusto.

El médico forense explicaba esto con una solemnidad infrecuente. Lo dijo con ese tono abrumador con el que hablan las personas cuando dicen algo diferente a lo que expresan, lo decía mientras tomaba las pinzas y pellizcaba la lengua fría y con brusquedad para sacarla y exponerla.

—El problema está aquí, dijo golpeando tres veces en medio de la frente la zona orbitonasal. Justo encima de la nariz, justo en medio de los ojos, aquí dentro está el problema… en la capacidad de razonamiento e imaginación, en su pereza neuronal que impide plantearse diferentes escenarios en su cabeza, que les impide asumir otras perspectivas. Hablan con una propiedad ajena, algo que definitivamente no deberían tener, que no merecen ni se han ganado.

Mientras que decía eso tomó el escalpelo y lo agarró sin elegancia alguna, irrespetando su estilo del corte preciso y ligero que siempre lo había caracterizado. Ahora lo empuñaba, se aferraba a él con una intención diferente, no buscaba delinear un músculo o desenterrar una vena para exhibirla sin daño alguno, lo agarraba como un neandertal, se aferraba a un palo, como un adicto a su adicción. Lo apretó hasta sentirlo clavándosele en la piel y levantó la mano recordando las palabras del director del hospital esa mañana:

—Alberto,  la gente habla, usted siempre lo ha sabido. Es normal que hablen sobre su trabajo, los estudiantes, aunque envalentonados, sabe que siempre entran con miedo a su día en la morgue, una noche en el infierno. Pero hoy lo he llamado porque las cosas han cambiado, esta vez creo que debe saberlo, su ayudante ha esparcido un rumor, dice que usted es necrófilo.

—Entiendo, dijo. El amor por los cuerpos, la pasión con la que hablo de ellos, hablaré con él, le dijo y salió a buscarlo.

Recorrió la universidad viendo cómo todos los veían al paso, cómo las miradas se centraban en su recorrido, cómo cuchilleaban al verlo pasar. Hablaban, hablaban, era evidente que hablaban de él, que lo imaginaban levantando las sábanas y revolcándose con esos cuerpos fríos, con los cuerpos helados y los músculos engarrotados. La rabia comenzó a crecer en él; y con esa rabia con esa fuerza, se agarró del escalpelo, con esa furia desbordada, pasó de verlo como un pincel con el que delineaba órganos con perfección y empezó a transformarlo ante la sorpresa de los escuchas, en un puñal. Los estudiantes de primer año gritaron de horror al ver el cuerpo abrir los ojos, al sentir su sacudida angustiada, su gemido de ayuda durante un segundo, justo antes de que, en un movimiento violento, y un impacto contundente su hueso frontal fuera penetrado por el forense.

—La gente, dijo él sonriente, a veces no aprende de otra manera.

Una cuestión de tiempo

La vida es tiempo, solemos olvidarlo, creemos incluso poseerlo; y la expresión ‘no tengo tiempo’ es francamente un postulado más que un cliché. Carlos recordaba ese pensamiento, se le había ocurrido por primera vez en la universidad, leyendo un libro quizá, oyendo una canción tal vez, no recordaba con precisión, pero la imagen pronto comenzó a aparecer frente a él.

Diana estaba ahí, su piel blanca, muy blanca, había olvidado lo mucho que su piel contrastaba con la ropa y lo mucho que eso le gustaba. Estaba también Rafa, con los dedos anaranjados por la nicotina, casi tanto como el pelo de Diana, había olvidado lo mucho que fumaba, y supo, aunque sentía que estaba reviviendo el momento que todo eso era real, era presente, no recuerdo. Así también se percató de que quizá ese año Rafa había empezado con esa tos que tres años más tarde terminaría con su vida; Rafa salía de la escena presente, se despedía. Quedaba a solas con Diana, ella le había dicho que la persona que más conocía en el mundo quería darle un beso, recordó que había creído que era la mejor amiga de Diana y había dejado pasar el momento, sin embargo, tenía la certeza de que esa mordida de labio, esa forma en cómo se ruborizaba mientras se lo decía había sido una señal clara y directa, y tenía la corazonada que siempre iba a arrepentirse de ese momento.

Cucú – cucú

Repicó a lo lejos, al fondo de sí mismo. En un pestañeó Diana sonrojada, Diana y su piel, Diana y su color de zanahoria desaparecieron frente a él, lentamente. Sí, era sin duda uno de sus mayores lamentos, por estar pensando en Violeta nunca pudo besar esa boquita alegre, con esa sonrisa elocuente que tiempo después notó que deseaba. Tristemente supo que la amaba cuando a través de un débil cristal y maquillaje la vio por ultima vez con los ojos cerrados, más blanca que de costumbre, pálida, fría y ausente. Esta vez era consciente del dolor que ese conocimiento traería consigo e iba a vivir momentos únicos con otras, no iba a tener más que ese primer momento con ella, ese del beso que no dio y éste en el que enterraba su amor.

Cucú – cucú

Volvió a sonar. Esta vez eran las lágrimas las que diluían la imagen y tras una corta oscuridad estaba al frente su perro, le lamía el rostro, y él abría los ojos aletargado, con la visión borrosa, con el sabor a licor en la boca, con la mente nublada y embotada. Fue en su año de divorcio, pensó, ese día fue importante, Violeta lo había abandonado, se había llevado a los gatos y lo había dejado solo. Un año después de su partida había adoptado por fin a su perro, y en ese momento, en que le lamía el rostro había por fin llorado su partida, y él había sentido por qué este ser era el mejor amigo del hombre.

Cucú – cucú

Repicó de nuevo, seco, fuerte. Ahora veía sus manos reuniendo la tierra y poniendo un pequeño collar sobre ésta. Balú, su perro, había muerto, era el día de su despedida. Fue un mal año también, justo esa época empezaba su cáncer y estuvo todo claro muy pronto.

Luz, la enfermera le había dicho —sí, es cierto, la vida nos pasa frente a los ojos cuando vamos a morir, pero no es de golpe y no es toda.  Los hombres viven en promedio 84 años las mujeres 86, cada uno vive 735840 y 753360 horas respectivamente, de esas, son muy pocas las que vivimos de una manera consciente sabe, dormimos 245.280 o 251.120 según sea el caso, así que hemos perdido casi un cuarto de éstas dormidos, frente a las pantallas 26.280 horas cuando somos niños y 218.452 cuando somos adultos, lo crea o no Don Carlos son horas perdidas, muertas, y ya vamos por dos terceras partes de su vida, ¿lo entiende? Al final su vida puede irse en dos o tres momentos, donde está usted realmente presente. Cuando recordó estás palabras escuchó un cucú – cucú que venía dentro de él y se repitió 15 veces.

Cucú – cucú

Sonó de nuevo y Carlos comprendió que estaba muriendo. Que éste había sido su cuarto momento y que aún le quedaban doce. Mientras la imagen se formaba frente a sus ojos, soñó de nuevo con estar frente al Bosco, a su primer gran libro, soñó con volver a ver sus viejos, y cerró los ojos viendo un Carlos joven brindando con un amigo, por que el mundo era suyo y el futuro incierto.

Luz lo encontró con una sonrisa al amanecer. —Ha sido feliz, los que han sido felices se despiden sonriendo.

Reglas

Ángela nació bajo reglas, no había otra forma, el tiempo de su madre era escaso, demasiados sueños, pocas horas en el día, para colmo el único día en que se había olvidado de sus reglas Ángela había sido concebida y aunque no tuvo ningún reparo en hacerla suya, como suyo había sido el error, la enseño a vivir de la única manera en que podía hacerlo.

Las conversaciones eran largas, y nunca terminaban, —Angelita, mamá es pobre, pero no boba, el gobierno es injusto pero no infranqueable, —así que no hubo cuentos antes de dormir, sino pappers, desde pequeña angelita había escuchado sobre Shoppenhauer, Kant, Marco Aurelio… sí su madre no era boba, pero Ángela comprendería años después que su madre era ingenua, soñadora pero aún así admirable.

Le llegó de golpe el recuerdo, cuando Gabito se convirtió en su padre, nunca le dijo padrastro, su madre nunca le había dicho esa palabra, total, el puesto de su padre siempre estuvo vacante, no reemplazaba a nadie, el puesto nunca había tenido dueño y por eso jamás tuvo problema para aceptarlo, tenía 7 años, era abril, —Ángela, ven pequeña —La llamó su mamá en un tono cordial, hablaba con ella como si hablara con un adulto y en muchos aspectos lo era, Ángela había crecido con Filosofía, Leyes, Derecho Romano, Memorias de Marco Aurelio, porque su madre había decidido estudiar derecho, y en su vida solo la razón era posible. Necesitaba la lógica, necesitaba un mundo gobernable y predecible, las ciencias le parecían frías, inútiles, no quería definir la naturaleza, quería comprenderla, la razón está tan vacía que eligió la voluntad.

—Él es Gabo, Gabriel, no el famoso del que te he leído, Gabriel es mi profesor de derecho romano y a mamá le gusta mucho y a él también le gusto mucho yo, y yo te lo quiero presentar porque pronto vamos a vivir juntos los tres.

—La noticia no le impactó, no entendía a su edad el concepto, pero la soledad no combinaba con su mamá, ella necesitaba alguien a quien querer, y Manchas no era suficiente para las dos —Cuando recordó a manchas pudo verla, sus parches amarillos, negros, blancos, acostada en esas sillas de tela y tubos de pvc, la ensoñación terminó pronto y volvió a su otro recuerdo.

—Recordé las 5 preguntas que le hice, las 5 preguntas que Gabito dulcemente le recordaba cada que escribía. Podés jugar con mamá pero antes, podés responder a estar preguntas.

—¿Vas a leerme antes de dormir? —Por supuesto, cada que quieras.

—¿Cuándo volvas a casa cada día vas a traerme un dulce? —Siempre, del sabor que te gusta.

—¿Si tengo preguntas, vos podés responderlas? —Sí, incluso cuando la respuesta sea no

—¿La mesada se duplica? —No lo sé, no sé cuanto es tu mesada actual, pero podemos analizarlo

—¿Y quién tiene la última palabra? —Tú

Madre nunca había merecido tanto, Gabo fue una madre para las dos, un gato para las dos, Gabo supo darnos la humanidad que las reglas de mamá habían enterrado, por eso hoy que venimos todos aquí para despedirlo, quiero pedirles algo.

Rompan las reglas, todas, si tiene un poco de suerte, podría llegar un Gabo a sus vidas. Al terminar de leer el discurso Ángela lo rompió, se acerco al féretro abierto y besó el cuerpo en la frente, gracias papá, me hiciste humana.

Carne de mi carne

—¿Lo que me define me contiene? ¿Estamos de acuerdo? —Preguntó con desgano el esteta, sabía que venía el silencio, sabía que alimentaría su tedio… La mayoría de las preguntas eran retóricas, pero no era esa la razón para que el salón guardara silencio, la mayoría no eran conscientes de esto, y la verdad es que la única razón por la que el auditorio estaba lleno no eran las agudas reflexiones, que siendo sinceros, tampoco lo eran tanto y desde que algún progre de gobierno había decido, de manera bastante autoritaria por demás, salvar la ciencias sociales y el pensamiento crítico eliminando los parámetros evaluativos de sus clases, ahora los imbéciles llenaban las aulas, pero eran sillas llenas y cabezas huecas.

Suele suceder, lo curioso es que no lo hayan ya aprendido, a nadie puede obligársele a aprender, la voluntad de un estúpido es indomable, temeraria y sobre todo peligrosa si es secundada además, por políticas de estado, suele ser fatal.

El silencio abucheaba, era así, la ley premiaba la mediocridad y el esteta arremetía de nuevo —Lo saben, las cosas existen porque ocupan un lugar en el universo, y debido al lugar que ocupan reciben un nombre, ese nombre ratifica su existencia y determina su contorno, por ende los define, ¿estamos de acuerdo? —De nuevo sabía que no iba a haber respuesta, todos estaban allí solo porque era imposible reprobarlos, porque se escondían de su incapacidad bajo la idea de merecer algo solo por ser, el esteta estaba agotado, mano abajo, defensa baja.

Durante un rato divagó sin rumbo en medio de oraciones explicativas sobre cómo y por qué había una necesidad en la representación de nosotros mismos para la convalidación de la existencia, sobre el por qué el hecho de que ellos no hablaran hacía que fueran más silla que personas, y sobre como su inactividad frente a la vida misma los convertía no solo en material explotable sino en un vacío, y cuando dijo vacío su voz hizo eco.

—El círculo es el vacío, y el vacío está lleno de todo, ellos no tienen nada, pero no desean solucionarlo, implica acción, si fuera una clase de meditación serían yoguis expertos, llenos de nada, su pensamiento en la nada, su vida en la nada, en la quietud, en la puta quietud… Bukowski tenía razón,  la vida solo se conoce en una pensión de mala muerte, la humanidad, la naturaleza humana sin fuerza es solo vacío, definición por el contrario posición, establecimiento de mi yo a través del distanciamiento ajeno —El esteta estaba como loco, gritaba de un lado a otro, quería correr, tenía fuerza, energía, necesitaba desahogarla, en medio de ese vacío había sido posible plantear la idea de una generación tan abrumada con el yo que estaba ciega ante el otro, no había contraposición y por ende no existía la virtud, ni fracaso, su salón era la pensión de mala muerte, la filosofía la literatura, a eso se refería, el vaho de la humanidad visceral recorriéndolo, la energía desbordándolo.

 —Ustedes, ustedes, gritaba mientras se agarraba la cabeza y acto seguido estiraba los brazos tratando de implorar comprensión para lo que acaba de ocurrir, rogándoles que abrieran los ojos, que se dieran cuenta que frente a ellos estaban ellos, pero nada los afectaba, de hecho, pese a su errático actuar, ninguno parecía inmutarse, y entonces la imagen se diluyó, el rojo sobre su piel se volvió evidente, y las manos antes activas cayeran pesadamente, mientras un calor sobrecogedor comenzaba a recorrerlo, intentaba pedir ayuda, pero sentía que la boca estaba llena de arena, y pudo recuperar su realidad cuando notó la aguja aún colgada del brazo, sintió el acto reflejo de su cuerpo doblegándose ante el vómito que salía de su boca.

—Qué pesadilla, dijo finalmente el forense que cubría el cuerpo. Tiene la cara desconfigurada por el horror, nada se compara al pánico de los que mueren malviajados, ven el infierno que llevan en sus propias venas, se liberan de la prisión de su cuerpo, carne de mi carne, dijo el enfermero que le cerraba los ojos, mientras veía el tatuaje con el que ocultaba sus venas, mientras recordaba el sabor de los buenos viajes.

Algo hay en el aire

No sabría bien cómo explicarlo, pero, desde hace algún tiempo, desde que dejé de fumar, he notado que hay algunas cosas en el aire; los olores, los aromas, los dulces encuentros de recuperar el olfato fueron sin duda alegres, pero con el tiempo, con el tiempo todo ha empeorado.

Quizá fumaba por autoconservación, quizá el amorío adquirido en la adolescencia con el tabaco venía la intuición de que la nariz iba a matarme, déjenme explicar un poco mejor, fui sumamente feliz al poder distinguir por el aroma a mi esposa, y a mi perro, también fui feliz de que ellos no fruncieran el ceño cuando yo entraba en una habitación.

Pero con el tiempo noté algo, cuando teníamos un resfriado, el perro podía olerlo, y eso me obsesionó, pasé meses entrenando mi nariz, intentando despertar el máximo potencial de mi olfato, y aunque no llegué a igualar el poder de mi costal de pelos, definitivamente ahora noto cuando hay algo en el aire.

Pude saber cuando mi esposa había quedado embarazada, no me refiero al momento justo en que en medio del orgasmo el espermatozoide fecundó el óvulo, no, pero días después su cuerpo no olía igual, era diferente, pequeñas notas de almizcle, un dulzor hasta ahora extraño, alejado de sus tonos cítricos, no sabía lo que pasaba hasta que el perro empezó a comportarse diferente, la cuidaba más, la celaba más, todo esto antes del segundo mes, cuando ella todavía pensaba que su retraso en el periodo venía de sus desórdenes hormonales y ni sospechaba aún de su maternidad.

Cuando nació la niña la casa se llenó de aromas nuevos, el perro y yo estábamos extasiados, ella y sus productos eran el mejor spa en el que hubiéramos entrado, el olor a humano nuevo es cien mil veces mejor que el olor de tenis o auto nuevo, por lejos es el mejor.

En este punto podía reconocer algunos olores tenues que me excitaban, no hablo de la humedad de un sexo caliente, aunque podía notar cuando Andrea estaba ansiando que le metiera la mano, bajo la falda o que la tomara desprevenida, se la subiera y la penetrara con fuerza.

Sin embargo, un día noté un olor diferente, un olor lechoso, no fétido, pero sí penetrante, sabía que algo no iba bien, no solo yo estaba desconcertado, Balú lo confirmaba, se movía inquieto, no era un olor desagradable en sí mismo, pero me generaba angustia, no fue de la noche a la mañana, no, para ese entonces, Marcela había crecido, se había mudado de casa, habían pasado 30 años desde ese último pucho, Balú era Balú segundo, sin raza como el primero, y Andrea había encanado hasta perder el castaño de cada cabello.

El aroma lo busqué durante meses en la nevera y en la cocina, ese olor a mantequilla que cada vez era más penetrante y se apoderaba del ambiente empezaba a molestarme, compré eliminadores de olores y aromatizantes, pero al final siempre el hedor volvía a apoderarse de la casa, y yo que había evidenciado el embarazo antes de que Andrea lo sospechara, me estaba volviendo loco sin poder encontrar la causa de este aroma mantequilludo.

Balú se acostumbró con el tiempo, Andrea dijo nunca haberlo sentido, pero yo sabía que estaba ahí, me perseguía, a donde iba lo olfateaba todo y no lo encontraba, y a cualquier lugar que llegaba al poco tiempo podía percibirlo. Quería volver a fumar para perder el olfato y no tener que sentirlo de nuevo, estaba desesperado.

Hasta el incidente del domingo que la mejor amiga de Marcela, la chinita, madre de un mocosito de unos 8 años, un niño atento, divertido e imprudente como todo infante, ha dejado todo claro. Vinieron a visitarnos, almorzar y pasar la tarde, y antes de irse, Cristian ha vuelto evidente mi tormento, justo antes de irse ha dicho: Alfonso huele viejito.

No era una enfermedad, no era nada en la nevera o la cocina, no era el ambiente, lo que desde hace unos 20 años me arruina la vida, es que huelo mi propio tiempo desapareciendo, el olor de mi propia muerte.

Enfermos

Creemos que no, juramos que estamos bien, pero todos estamos enfermos.

Siempre me llamó la atención que Claudia estuviera conmigo, la había conocido 3 meses atrás en una sesión de quimioterapia, si el doctor había hecho bien las cuentas me quedaban ahora 9 meses de vida. No era quisquilloso y ella, ella estaba esculpida por fuego, ardiente, intensa, era una flama, una brasa que te calentaba solo al verla pasar.

Pensé que era lástima, sí, la primera vez que me pregunté qué hacía ella con un moribundo pensé que era lástima, pero con el tiempo la conocí, era despiadada, ella no sentía empatía por nada, era incapaz de conmoverse por una enfermedad o una muerte, demasiado racional para entristecer o sucumbir por una vida que se extinguía.

Mi segundo pensamiento fue que lo hacía por diversión, que disfrutaba viendo cómo las fuerzas abandonaban mi cuerpo, que se entusiasmaba con la idea de ver cómo un hombre se transformaba en polvo, reduciéndose hasta desaparecer, pero no era una persona que guardara odios o rencores, no había en ella comportamientos sicóticos o sociópatas que me lo confirmaran.

La duda me mataba, bueno, en realidad lo hacía el cáncer, pero estaba perdiendo el control, me enloquecía no tener una respuesta para esa pregunta, estúpida pregunta que me rondaba desde la última vez que habíamos pasado junto a esa tienda en el centro, donde nuestras imágenes reflejadas en un gigantesco vidrio me recordaron que estaba muriendo, que era un saco de huesos, una carga, un puto enfermo.

Si no creyera que la conocía pensaría que era un juego, una apuesta o una burla, pero ella no presumía, no le importaba ganar las discusiones o probarle nada a nadie, pero la idea y la duda se esparcía más rápido que el cáncer, me comía los huesos. Habían vuelto las crisis y el miedo, pero no a morir si no a saber.

Al igual que a la muerte debía confrontarla; saber, necesitaba saber el porqué, pero Claudia era perspicaz, nunca permitía que la conversación avanzara, tenía unos labios que hacían que olvidara mis emociones, mis rabias, mis miedos con solo un beso, y cuando el sexo oral empezaba… bueno ahí muchas veces no recordaba mi nombre.

Pero había sido suficiente, el tiempo corría rápido y aunque en un comienzo me tranquilicé pensando no tenía nada de malo morir al lado de esa preciosidad, que pasaría mis últimos meses como un niño en un parque de diversiones, lanzándome de sus senos como en una montaña rusa, recorriendo sus caderas por horas como en un carrusel y lamiendo su coño, su hermoso coño como si fuera algodón de azúcar… Pero maldita sea, era un plan excelente hasta que había visto mi maldito reflejo.

–¿Por qué estás conmigo Claudia?–, pregunté de manera inadvertida.

–¿Importa?–, preguntó ella con tanta inocencia que estuve a punto de desistir, pero estaba decidido así que proseguí. –¡Claro que importa maldita sea!, llevo meses dándole vueltas a esta idea y me está matando, ¿entendés?, me está volviendo loco, me está robando el sueño, el apetito–

–Qué torpe que sos– respondió sin inmutarse, –te crees que era la enfermedad lo que me atraía de vos, sos un idiota, a esta altura deberías saber que todos están enfermos…, para serte sincera siempre pensé que solo aquellos que conocen la fecha de su muerte tienen la fuerza disfrutar de la vida… pero vos lo confirmás, son todos unos enfermos, unos idiotas, a todos les gusta más el saber que el vivir, hasta este día te amé, tan fuerte y tan real como tu cáncer, pero tu maldita curiosidad, tu estúpida pregunta y tu tonto miedo lo han arruinado todo–.

El golpe de la puerta fue seco, sonoro, tanto así que Claudia no escuchó cuando me desplomé, cuando mi

Corazón daba su último latido…