Con la suerte echada

Hay boxeadores “malos”, ustedes incluso les llaman malísimos, más que boxeadores parecen masoquistas leí que escribieron alguna vez, y que describieron su falta de técnica, su defensa baja, su ritmo lento… esos “malos” boxeadores como ustedes los llaman son los mejores hombres del mundo.

Así empezó hablando corazón de hierro Mendez cuando llegó con su título de peso pesado, el nombre había salido de la prensa, debido a que en el combate que había ganado el título había resistido una paliza brutal durante 11 rounds y en el último, con un gancho letal, un gancho de orgullo herido había logrado impactar la quijada el campeón y hacerse con el título por KO.

Esto quiero que lo sepan porque los que tienen corazón de hierro son ellos, yo nunca he sido mejor que ellos y no quiero que me llamen así, a ellos pertenece ese título, a mí díganme puño de gorila, mano de hierro, rocazo no me importa si no es bueno, ni sonoro, al fin y al cabo, mi golpe es seco.

Pero esos, a los que ustedes les dicen malos boxeadores son hombres que saben pelear sin tirar golpes bajos ni atajos, sin herir, pelean para proteger, pelean por las causas justas, no van al cuadrilátero por la gloria, están ahí por algo infinitamente más grande, para encontrar paz.

A los medios que no entiendan a lo que me refiero y a los que sospechen que estas palabras no son del todo mías no se equivocan, pero tengo un jefe de prensa que entendió lo que quería decir. En el box no hay niños ricos, ni guapos, hay hombres toscos, rudos, con cara de mecánico engrasado, de habitante de calle y callejón, no hay ninguno que haya estudiado antes de ser boxeador, esas oportunidades no nos toman ni por sparring, cuando se calza los guantes lo hace porque su suerte está echada, este un deporte exclusivo de pobres, podres diablos, pobres económicamente, sin apellidos prestantes, sin amigos influyentes, porque nadie que pueda elegir, de verdad elegir elegiría calzarse los guantes contra otro que es más rápido, mejor pegador, o que tiene más técnica.

¿Se entiende? Quiero que me entiendan, a los tipos como ellos y como nosotros, es decir, lo que logran ganar algo o los que nunca ganan nada sobre el cuadrilátero no gusta el box, nos encanta, estamos vivos por él y gracias a él, pero nunca fue realmente una lección, porque cuando uno es pobre uno no es libre de escoger, uno se acomoda, uno aprende a aguantar, la vida nos pega desde chiquitos, no tira jabs de hambre, nos conecta uppercuts y crochet de desprecio y trata de noquearnos con swings de droga y alcohol. El box pega fuerte, nos pega fuerte, y algunos alcanzamos a golpearlo un poco a él y quitarle unas monedas, pero la plata se la llevan ustedes, aún así nosotros nos calzamos lo guantes.

¿se entiende? Quiero que me entiendan, a lo largo de mi carrera me han conectado más de mil quinientos puñetazos oficiales y fuera de las ligas he recibido tres o cuatro veces más, solo por ser pobre, solo por no ser blanco, nosotros, los negros pobres nacemos con la suerte echada y en mi pueblo era fácil, ser boxeador o ser guerrillero.

Ellos los “malos” boxeadores son los que tienen corazón de hierro, yo tengo solo dos buenas manos, pero ellos, eligieron recibir golpes para no empuñar un arma, yo no merezco ese título, a mí díganme de cualquier otra manera.

KO a la prensa tituló la prensa al día siguiente.

Valores Perdidos

Por definición Francisco era un hombre sin moral. —Las leyes de otros, decía, no pueden gobernarme, mucho menos aquellas que han sido pactadas bajo una dinámica social cambiante. La moral ha permitido cosas intolerables, la moral ha permitido el racismo, el sexismo, el acoso y la opresión de los empleados, la violencia intrafamiliar y doméstica, incluso la violencia física y callejera, la moral es una ley bastarda que no defiende como piensan las señoras católicas las buenas costumbres, solo aboga por el status quo y apela a un concepto estúpido para su definición del bien; son normas dictadas por gente más temerosa de dios, pero también lo fueron dictadas y modificadas por cada hombre y mujer con miedo a perder el poco poder que tienen.

Ese era su pensamiento y por eso escupía literal y continuamente. Escupo en su moral de moda, pensaba, escupo en su moda, en sus actos benévolos, que no eran más que costumbres, en sus alegrías impuestas, en sus deberes castrantes, escupo en su silencio cómplice y en sus risas burlonas, en su principio de incertidumbre y en su miedo auto propagado como pandémica enfermedad de la que solo puede curarnos la moral.

Además, era un hombre sin moral, porque era un ladrón. No de los simpáticos y graciosos, no era filósofo ni escritor, era un ladrón recio, de vieja usanza, un hombre que robaba según su propia idea bajo la única ley posible, al que tiene mucho hay que desocuparle las manos para que pueda rascarse la nariz, un equilibrado social, uno de esos hombres que en tiempos de nómadas más que cazador sería carroñero, un hombre al que le bastan las sobras, pero solo de aquellos que tenían para sobrar.

Un ladrón ético pensaba, no un Robin Hood porque robaba solo para él, solo lo justo y necesario, y si tenía suerte, dejaba de robar por días, que el trabajo más allá de lo necesario lo consideraba también una fuente de corrupción para el hombre, y él solo tenía su credo, después de eso, era solo carne y harapos. En ninguno de sus robos había arrebatado una vida, no usaba armas, le bastaba su fuerza tosca para reducir e incapacitar a los elegidos, nunca a mujeres ni a hombres que no pudieran defenderse, nunca a ancianos ni a niños, un ladrón con honor y dignidad, pensaba.

Por eso cuando un trabajo incompleto lo llevó a prisión se indignó a rabiar. Él era un ladrón honorable y entregado a su trabajo, un hombre que, aunque detenido muchas veces jamás había sido condenado a un solo día de cárcel, sus hurtos jamás habían superado los montos punibles, él jamás había causado lesiones de gravedad ni traumas, era un fenómeno extraño, un hombre carismático y tras ser atrapado era generalmente perdonado por las personas y siempre quedaba en libertad.

Pero tuvo mala suerte, esta vez el hombre al que había asaltado había presentado cargos, un instructor de gimnasio, culturista humillado presa de la vergüenza y de sus músculos atrofiados. Lo acusó de haberlo drogado para poder vencerlo, por eso lo había sorprendido, y al agarrarlo con la guardia baja después de un día de fuerte entrenamiento, ya no le quedaban fuerzas para defenderse de un asalto a traición… el problema estuvo en que, al escuchar las razones, Francisco perdió los estribos, lo había llamado mentiroso, se había soltado de los guardias, y propinado una golpiza tan grande que tuvieron que detenerlo por lesiones por personales.

Era la primera vez que pisaba un patio de cárcel, y por lo simple de su incidente lo había llevado al patio de los estafadores y eso era lo peor que podía pasarle, durante muchas noches Francisco escuchó a estos hombres engatusar a los necesitados, a los hambrientos:

 «Sí, así es, felicitaciones, el trabajo es suyo, consigné tanta plata en tal cuenta porque es necesario pagar el curso de alturas y mañana mismo puede empezar.»

«Ha sido elegida para acompañarnos en los procesos de duelo generados por la pérdida de pacientes en el quirófano. Son solo 4 horas al día, y necesitamos que vaya a esta dirección para que le hagan sus exámenes médicos y lleve tanta plata que se los reembolsamos en la quincena.»

Francisco se paseó por los patios memorizando los rostros, las cuentas, conociéndolos. Porque era inmoral pero no era estúpido. En los patios estaba en su territorio y no podía hacer nada, pero él sabía que saldría y arreglaría las cuentas, no podía dejar que hombres tan torpes y faltos de escrúpulos se hicieran llamar ladrones, ¡Faltaba más! Durante una semana se paseó cerca de los celulares clandestinos, oyéndolos estafar y robar personas, luego, finalmente, las puertas se abrían para él.

Por tedio de continuar la demanda, el culturista había faltado a la sesión de imputación de cargos, y ahora quedaba en libertad, y tenía algo por hacer, tomó su lista negra y rastreó a los encargados de recibir el dinero. Por primera vez había usado más fuerza de la necesaria, reventado narices y bocas, por primera vez era violento, y tras cada asalto escribía una carta sin nombre a los estafadores, un reclamo airado donde les advertía que se retiraran o habría consecuencias.

En solo tres meses había dejado fuera de operación a todos los de su lista. Y él había creado cooperativa contra estafas, con la plata que les había quitado a los secuaces, y a cualquiera que podía probar que había sido asaltado en su buena fe, él le devolvía el dinero.

—Que se pierda todo, menos los valores, decía. Y cerraba las puertas de su pequeña oficina para ir a asaltar a alguien y conseguir lo suyo, porque la plata de los estafadores era solo para los estafados. Ladrón sí y a mucho honor, pensaba, pero nunca una rata estafadora.

Una buena mano

Los buenos conceptos son universales, pueden variar en composición, pero nunca lo harán en significado. Por ejemplo, según el juego, la profesión, una buena mano tiene una connotación inmutable: una buena mano de pintura es prolija, firme, y no deja lugar a espacios. Una buena mano jugando a las cartas te brinda una composición de números, formas y colores que opacan a las demás, una buena mano te pone la inyección y se siente como una caricia, una buena mano te corta el cabello y lo hace crecer grueso, fuerte y rápido, una buena mano tiene buena sazón, una buena mano enciende rápido el carbón, una buena mano, simplemente mejora lo que toca.

Lo bueno de la buena mano no yace en los dedos, ni en las articulaciones, su secreto no está en la falange ni en los músculos que les permite realizar un agarre, ni siquiera para los masajistas, no se trata de la fuerza que pueden generar para desatar un nudo en la espalda, el cuello, tampoco en la suavidad de la yema de sus dedos ni en lo tersa de sus palmas. No.

Hacen los mismos movimientos la buena y la mala mano, pero al mismo tiempo lo hacen diferente. Tiene sentido, cuando se ve a esa distancia tiene sentido. Una buena mano no habla ni siquiera de la mano sino de la realización en sí de una tarea, de su desarrollo y si se quiere de su voluntad.

Es primordialmente eso, el deseo de hacerlo, de tomarse el tiempo de hacerlo de disfrutarlo mientras se hace, de redescubrir que se ama hacerlo mientras se lo está haciendo, eso es todo. No hay secreto más evidente ni explicación menos innecesaria, una buena mano ha sido la forma de crear un mito alrededor de las ejecuciones, quizá creado también para no igualarlos a los máximos dones, una palabra para describir el talento nato en oficios sin artistas, en obreros prescindibles de tareas cotidianas donde lo bueno se aprecia, pero no se requiere.

Ningún mal peluquero se ha muerto de hambre, tampoco ningún pintor, y ni a los malos jugadores que escogen siempre las malas manos para apostar y que ganan solo por cuestión de suerte se les prohíbe jugar. Ellos existen en un mar de abundancia sin nombre, en una mediocridad universal e indiferente, las malas manos existen, son mayoría, están en personas que están donde están porque jamás han tenido ningún interés en su oficio, porque actúan bajo un lógica predecible y sobretodo ajena, porque pese a que fueron libres para tomar las decisiones que los llevaron a ocupar el lugar que tienen, se lamentan por haberlo hecho, porque no se realizaron sino que se resignaron, a hacer algo en lugar de a ser algo.

—Pero una buena mano, Carlota, no es lo que buscamos en este negocio. Aquí no buscamos las cualidades de esas buenas manos, porque las buenas manos tienen callos, lesiones, cicatrices, las buenas manos han golpeado y amasado la tierra, las buenas manos han dado todo su potencial en el trabajo y nada se han reservado para ellas mismas, las buenas manos no son delicadas, porque tienen un propósito y una vocación, no saben actuar delicadamente, ni lucir relajadas, son manos obreras. Ah, pero tus manos, son perfectas, perfectas.

Tras terminar de hablar, Wilson acomodó la posición de las muñecas, agarró el dorso de la mano derecha con los dedos de la mano izquierda y cargó el flash tsuuuuuuuuu y clic. El flash encegueció el fondo rojo, resaltó el blanco pálido y realzó el contraste de las uñas negras. —Para mí las buenas manos, son las que son inútiles sin propósito, las maleables, las que sirven para fingir que hace… así como las tuyas, dos lindos juguetes.

Corotos

Joe era un muñeco de plástico que tenía una camisa polo amarilla, cabello castaño y un jean azul. Andrés lo recordaba con el cariño que se suele tener por aquellas cosas inventadas, por esas a las que se les controla todo, la historia, el futuro. Joe no era realmente un GI.Joe, para Andrés era evidente que no, tenía ropa de civil como la de su padre; quizá fue eso, nunca podría ver a su papá en un traje de comando, o que la camisa mostaza de Duke guardara cierta similitud en tonalidad y forma con la camisa de su muñeco y la de él. Allí, lo mejor de ambos. Su héroe de acción, y el hombre fuerte y tierno que podía a su voluntad bajar y subir su bicicleta tres pisos todo el día, repararla; el hombre que inflaba globos sin marearse y silbar como un huracán usando solo sus manos.

Lo recordaba justo hoy que había escuchado una expresión que su padre solía utilizar: recoja sus corotos. Se la decía cuando dejaba sus juguetes por ahí regados, la ropa en el lugar que no era. Tenía una sonoridad que le gustaba, corotos, servía para designar ropa, juegos, juguetes. -Corotos-, pensaba y le causaba cierta gracia, precisamente con sus muñecos era con lo que más la oía.

Habían pasado muchos años y esa imagen se había disuelto, pero recordarla hoy le hacía bien, hoy pensaba en su padre en su mejor momento, hoy pensaba en su padre y lo recordaba fuerte e invencible, y eso le hacía bien. Ese hombre había vivido siempre con una sonrisa; sabía ahora que muchas veces esa sonrisa era falsa, que era solo para tranquilizarlo, que su padre sentía miedo, zozobra, pánico, hambre, que había llorado, que nada estuvo nunca bien, aunque él nunca lo había sabido.

Le venía bien el recuerdo y empacaba con una sonrisa y sin notarlo, tranquilo, con una calma ajena a la situación. Los que lo veían a la distancia pensarían que tenía todo solucionado, que no necesitaba el trabajo, o que ya tenía una oferta de algún lado; pero Andrés no tenía ni idea de que iba a hacer, sin embargo, había entendido que nadie nunca lo había sabido. Y cuando escuchó: —¡Es una orden López, y si no le gusta pues coja sus corotos y lárguese con su metodología y procesos a otro lado!, pensó que su vida se acababa, creyó que sería difícil mirar a los ojos a sus amigos, a su mujer, creyó que hasta el gato lo miraría con una reprobación mayor a la cotidiana. Pero no, nadie, absolutamente nadie podría decirle nada, ni siquiera Joe; curiosamente hoy vestía una polo amarilla, un jean, como él, tal y como lo hacía su padre. Al igual que ellos sabía que pasaría lo que tuviera que pasar, pero que él estaría de su lado, el mundo puede estar en contra, es más, el mundo lo estaba, pero no él.

Agendas, calculadoras, algunos elementos de decoración iban entrando a su caja de cartón. Fotos, cables -todo sonriendo- abre los cajones y empaca sus libros, sus ideas, sus benditos papelitos llenos de rayones, sus juegos. Sonríe y tiene la mirada alta.

El jefe pasa, ve lo que pasa y no lo cree. ¿Todavía está acá, López? Grita al sentirse desafiado, al sentir la correa suelta, a López libre.

— Sí, tengo muchos corotos, dijo. Y continuó guardando recuerdos. Sin inmutarse por el presente.

Empezar de 0

Van tres semanas sin dormir desde el nuevo año. El médico de TI psiquiátrico dice que es normal, que los eventos de una memoria corrompida son causantes de que los condensadores del sistema de hibernación se alteren y no permite una correcta ejecución del reposo. Yo intento guardar silencio, entiendo perfectamente el razonamiento técnico y comprendo el por qué las alteraciones en un módulo corrupto de memoria son las responsables, pero el conocimiento solo es poder si es aplicado; no quiero discutir con él, estoy cansado y el problema de que un módulo de memoria se haya averiado no se limita al sueño, la afección en la cache es evidente, he olvidado cada atajo y respuesta personalizada, detesto hablar desde hace tres semanas porque tengo que componer cada idea por separado y luego conjugarla.

No es sólo un módulo de memoria, además el sistema genera reinicios involuntarios, y, sumado a la falta de carga producida por el daño en la suspensión, hace que deba elegir muy bien cuándo utilizar los periféricos de salida. La energía en estos casos es vital, no quieres quedarte sin batería en un lugar peligroso y levantarte con una tarjeta remplazada o una rom alterada, podrías perder tu identidad o con tus crypto cuentas alteradas, las bandas de malware se han especializado en la instalación de hardware y software cada vez más difícil de identificar, y cuando el sistema de alerta se activa ya mucha de la data está comprometida.

Miro al Médico TI psiquiatra y le pregunto qué puede hacerse usando una proyección en mis lentes, es la única interacción que puedo permitirme para no descargarme. Debemos hacer un reset de la memoria, dijo con un tono frío. Y uno no puede dejar de preguntarse, una clínica técnica con tanto renombre en la simulación de empatía cómo puede permitirse que un médico técnico dé una noticia de esa manera.

Un volcado de memoria puede generar una pérdida completa acumulativa de personalidad. En mi caso podría considerarse que es poca la información que resguardo, pero por otro lado fuera de su precio comercial, el costo personal es absoluto; este nuevo hardware almacena 3 ciclos, es decir 50 años y apenas han pasado 15 desde que transferí mi memoria a este trasto. Lo peor es que no reuní suficiente dinero para tener una copia en la nube con actualización fuera del mantenimiento, así que perderé 15 años…, son solo 15, aunque también han sido importantes.

Me perderé la evolución de este ciclo y quién sabe si alcance a reunir los suficiente para comprar el próximo upgrade. Quizá sea el momento de pensar en una última vida, 150 años, bueno en total 185 años, parece una buena vida, larga, y la verdad es que ya estoy cansado de ser un fusionador de culturas, han sido demasiados años en este negocio, la publicidad, el marketing, la filosofía, la antropología de datos y la minería de recuerdos a la que tengo acceso demuestran que no falta mucho para requerir de una nueva interfaz de integración, que vendrá en otro lenguaje de programación y posiblemente sea incompatible con mi hardware.

El médico técnico me interrumpe, y, ¿cuál es su respuesta?

Me pide que lo olvide todo.

Le digo cuál es la única forma de corregir su problema con el módulo de memoria. La buena noticia es que aún tiene garantía y el cambio podría ser compensado en créditos de descuentos para su upgrade.

¿Lo cubre la garantía? Pregunto entusiasmado.

Sí, un 70% es reembolsabe en crypto currency, o puede tener un 100% del valor si decide postergarlo hasta la actualización de hardware. Eso sí, tiene una cláusula, si decide aceptarla tiene que dejarnos probar un nuevo sistema de compilación de data en la transfusión para la reducción de peso de su memoria por medio de una nueva compilación de data.

Ya había firmado la forma que me había extendido, y el muy mezquino mencionó solo la cláusula mientras la retiraba.

¿Algún efecto colateral? Pregunté cansado, sí podría averiarse todo su servidor en el proceso.

Empezar de 0, proyecté con la batería cada vez más baja. Completamente de 0, dijo mientras se levantaba y tomaba el enchufe de carga.

Cargando data, por favor inserte nombre de usuario…

Al final del túnel

Con solo 5 años, Gustavo escuchó: —Al final del túnel se ve una luz y después de la luz, la muerte. Hablaban dos amigas de su mamá con una naturalidad desobligante frente a su ingenuidad. Un niño cree en los reyes o en papá Noel, incluso hay algunos que creen en un palo que caga regalos; y ni hablar de los mitos, leyendas o de la facilidad con la que aceptan otras mentiras menos coloridas, como la de que ver la televisión de cerca, deja los ojos cuadrados, o que practicar la meditación y autocontemplación conlleva a que las palmas de las manos se cubran de vellos. Y sabiendo, pero sin ser conscientes de que esa ingenuidad crédula las escuchaba, continuaron hablando e inventando a ritmo de chisme, que en ese túnel se veía toda la vida frente a los ojos, que Jaime, el guapo del pueblo, había dicho mientras se moría en las manos de Rosita, la muchacha de moral distraída, que había visto todo, pero no solo su vida sino todo mientras se moría.

Y cada que una terminaba la otra decía sí sí. —Yo supe también por Carlota, la sobrina del cura, que él cuando va a darle los santos óleos a los moribundos, siempre hablan del túnel, de la oscuridad que los rodea, de cómo todo se queda en silencio y se quedan asolas con sus pensamientos, y empiezan a recordar sus momentos felices, su vida de niños, los regalos, los abrazos, lo cuentan todo todito, se arrepienten, lloran.

Gustavo escuchaba con los ojos bien abiertos. Porque los niños impresionables no escuchan solo con las orejas sino con los ojos, los abren, tan grandes como pueden porque en cada palabra escuchada imaginan, construyen una realidad donde existe de manera diferente eso a lo que se ha expuesto; diferente, porque no entienden las metáforas ni las ironías, porque detectan las mentiras no la exageración. Él no comprende que esas dos viejas están inventando y mezclando todas las historias que han escuchado, no se imaginan que nada de lo que han dicho no es más que una anécdota, él escucha y crea un universo donde todo existe tal y como lo comprende.

La madre no lo sabe. Gloria no se ha enterado de que Estela y Jimena hablaron frente a Gustavo del fin de la vida, del túnel y de la luz, no ha tenido tiempo para desmentirlas y explicarle, ella no se imagina que Gustavo a sus 5 años piensa ya en la muerte, y no como algo que sucede como una consecuencia final ante un evento traumático, una enfermedad o el paso del tiempo. Gustavo no tiene la suficiente consciencia para entender que la muerte no llega de repente, sino que se anuncia, se enuncia, que tiene síntomas, que la muerte es un casino donde todos pierden, que no es cuestión de suerte, sino de probabilidades, y que a sus 5 años ni siquiera la muerte lo tiene muy en cuenta, no desde que casi erradicaron el polio, y desde que se inventaron las vacunas, que la tasa de mortalidad infantil en niños de 5 años es insignificante. Ella no lo sabe, por eso va feliz a decirle a Gustavo que haga sus maletas, que viajan al medio día, que van a conocer el mar.

El mar, la palabra retumba en su cabeza. Lo ha visto en películas, en fotos, los colores azul y verde se extienden, Gustavo sonríe, está emocionado, corre, empaca todo, y no puede creer en su suerte. El mar. Escucha las olas en su cabeza como las ha escuchado en el televisor, y corre de la mano de su madre a la calle del pueblo por donde pasará el bus, se montan emocionados, entregan sus tiquetes, y sonríe, la madre va mostrándole todo.

Mira el cerro, la sierra, mira las vacas, el río, mira la moto el carro, y con cada señalamiento ríe, juega, se alegra. —Mira, vine el túnel…

Enzimáticos

Dicen que los instintos se despiertan, y que están en el cuerpo, la mente, en el ADN esperando el estímulo adecuado. El destino entonces nos es más que una secuencia enzimática porque el valor no vendrá de los actos sino de las entrañas, el liderazgo no surgirá frente a las adversidades como se ha planteado, sino que vendrá desde una enzima que condicionará un sustrato para que libere las moléculas encargadas de accionar la idea, la acción y con ella los músculos para darle movimiento. No será valiente quien tenga la oportunidad de serlo, sino la cantidad de azúcar justa en la sangre.

El destino no está escrito en el futuro, sino en nuestras células, la sagacidad, los nervios, lo buen catre viene de adentro. Así que, si buscan la verdad de sí mismos, más que una carta astral se necesita desarrollar un análisis que permita encontrar los patrones internos, las constelaciones glaseadas de nuestras partículas. Por supuesto que nada de esto le resta ni interés ni importancia a otras cosmologías, pero si aprendimos a leer patrones comportamentales debido a los ciclos astrales, ¿no estaría bien tener una carta enzimática?

Las personas al fin y al cabo nacemos perdidas, algunos piensan que, al poder transmitir conocimiento basado en experiencias de personas diferentes, civilizaciones diferentes y poder establecer o adaptarnos a comportamientos culturales, nos convierte en seres más evolucionados. Pero hay algo claro, nos hemos olvidado de entender más allá de lo práctico, el aprendizaje más allá de lo productivo, no se trata solo de enseñar a hacer zapatos, o a sumar vectores, ni a programar códigos ni mucho menos, y dios nos libre de enseñar solo cosmologías ciegas y sordas que no entienden de hechos ni razones.

Acción y reacción como credo bíblico, pero ¡venga! Semejante desfachatez tiene un límite. La acción es un impulso, un detonante y no me interesa solo registrar el resultado, sino comprender la cadena de factores que condicionan los tiempos. Si vamos a creer en algo que sea en el azúcar y en la armonía porque si hay algo cierto es que el animal vive en todos, que el miedo, el deseo, las ganas, el sexo, el buen sexo, el odio, el tedio y la monotonía nos habita y si no lo entendemos termina por dominarnos, buscando la solución de un problema que no comprendemos en su planteamiento, y ahí todo mal.

Por eso es necesario creer si se quiere creer, sabiendo que tan solo se está creyendo por elección, pero olvídense de las pretensiones que les hace sentirse dueños de la verdad, y peor aún, de que pueden alcanzarla. Porque hay dos tipos de hombres a los que hay que temerles, a los que están seguros de todo lo que tienen y a los que sienten que están cerca de poseerlo todo, porque esos hombres son los únicos ingenuos que suelen apartarse de lo más importante, la experiencia en sí misma, y de nada sirve el sexo sin pasión, incluso si es bueno, de nada sirve la forma sin el contenido.

Y no se trata de ser serios, únicamente serios, ni frívolos y únicamente frívolos. Sino de saber que todo al final es solo un pedacito estimulando un puntico que desencadena otro pedacito de nosotros, y que hay en todos la posibilidad de ser todo y nada, y nunca perder de vista que estamos a un estímulo de serlo.

Cuando terminó de hablar soltó una bocanada grande de humo, de un porro electrónico que pegaba delicioso. Juan la mirada alelado, lo rico que gemía, lo rico que veía, lo rico que la recordaba, y todavía estaba allí después de follar, sudadita, oliendo a un sexo provocativo y hablando de una manera en la que no podía dejar de verla.

—Vos sos una chimba de enzima, le dijo recibiéndole el porro y mordiéndole la boca.

Deberes

Era temprano, muy temprano, ni siquiera el sol había terminado de despuntar, así aprendió Laura que el naranja era un color feo, porque aruñaba el azul y el rosa que le gustaban más, también porque ese color tenía algo en él que hacía que recordara todo, cuando por el rabillo del ojo se colaba esa calidez aún tenue, revivía con claridad todo lo que había olvidado el día anterior, Laura no podía olvidar nada, nunca y era por ese color, ese color que al aparecer le susurraba: no has hecho los deberes, olvidaste la cartelera, para hoy es el proyecto de ciencias.

Y al comienzo, cuando sucedió las primeras veces lo consideró un súper poder, porque era fácil, un mapa de Colombia que podía fácilmente hacerse con un croquis durante el desayuno, pero con el tiempo era cada vez peor, un retrato del libertador, una investigación sobre semiconductores, la propuesta para el señor Jhonson…

Aunque eso no importa, no ahora, aún es de noche, y ella aún no recuerda que el naranja está por asomarse, aún no debe enfrentarse a esa penumbra agonizante que la hará sufrir, a ese momento en el que literalmente de la noche a la mañana volverán enfurecidos los recuerdos, unidos como fotogramas, secuenciados, por temporalidad y revivirá uno a uno cada momento.

Su primer recuerdo del croquis, el segundo del retrato, el tercero del proyecto de ciencias, y repasara su primaria, y volverá a ver las carteleras, las caras, los problemas de matemáticas, al hombre del turbante y su factorización, más tarde se verá así misma pegando apurada páginas en carteleras, y sentirá vergüenza de la mediocridad que la esculpe, la forma y la representa.

Con el tiempo empeora, recuerda las frases que duelen, recuerda los momentos donde han fallado y donde le han fallado, Laura se expondrá en solo 30 segundos a cada milisegundo que la ha atormentado, recordará sus palabras, cambiamos, recordará las mentiras, recordará las razones, y se descubrirá diciendo las palabras que no le gustó oír, cambiaste, ya no somos los que pudimos ser, y mucho menos nos convertimos en lo que nos hubiera gustado, yo no me imagino viviendo con vos, y sentiría nuevamente con cada una de estas derrotas la frustración y la tristeza.

Y se vería así misma cambiar, convertirse en ella.

Laura, Laura, bebé, decía su madre risueña cada mañana despierta linda, y se preguntaba si estaba ella bien, mientras que Laura navegaba en esos primeros errores, mientras que ella decía olvidé mis deberes.

Esa era la clave, solo aquello que debía hacer lo olvidaba, solo aquello que había olvidado volvía para atormentarla, y recordar eso la ayudaba a entender, sus pasiones no necesitaban alarma, solo tiempo.

Buenos días Laura, dijo Juan.

Debemos cortar dijo Laura, y los recuerdos se interrumpieron.

Estación Colegiales

Los trenes, los buses, los tranvías, son una postal a la humanidad. Una heterotopía de ideas. Piensa en cuántos libros han sido leídos en ellos, cuántos concebidos dentro de ellos. Ahí se han enamorado, de personajes, de tramas, ahí muchos han descubierto en qué creen, se han preparado discursos de ventas, pedidas de mano, y también han visto con el pecho vacío la verdad irrefutable de que el amor está muerto, en cada silla, en cada vagón un alma descorazonada o envalentonada ha encontrado la forma de prometerse a sí misma que hay una esperanza, o se ha convencido de que no queda alguna. La idea es simple, pero poderosa.

Era la línea H, una vieja línea habilitada hace poco. Justo en ésta se había vuelto a poner en circulación algunos vagones restaurados que en un país del primer mundo quizá serían museos, o departamentos de planeación en una agencia de publicidad; quizá serían restaurantes temáticos o decoración estrafalaria de algún aficionado a los trenes, pero aquí estaban en movimiento, en acción. Él descendía todos los días hasta la línea H y montaba en sus trenes y pensaba en Casares, en Luis, en Roberto, en Julio -montando en esos trenes, aunque no en la misma línea- enamorándose y descubriendo sus musas, los niños traviesos, los jóvenes viejos, mirando por la ventana persiguiendo la idea de un hombre obsesionado, de una mujer mágica, o de una llena de sazón.

Él, en su mente, no viajaba precisamente en el tiempo, tampoco lo hacía únicamente en el espacio. Viajaba en él mismo, junto a sí mismo, hablaba e intentaba desenredar esas ideas que a veces le llegaban. Imaginaba a estos hombres, en sus trajes finos y no tan finos, con los ojos aún encendidos, en búsqueda aún de sus palabras. No era como otros que se imaginaban a sí mismos imponentes y siendo recordados; su ejercicio consistía en remover de los altares a los endiosados y manosearlos hasta volverlos menos que humanos, en anonimarlos. Pensaba en sus nombres y no en sus seudónimos, en imaginarlos jóvenes, descuidados, y soñadores, en recordarse que ellos habían sido sombras al igual que él, no solo carne y huesos, NO, sombras, bocetos de sí mismos como él lo era, y que en sus mentes corrían quizá las mismas dudas, las mismas preguntas. No quería igualarse con ellos en lo grande y lo magnánimos, no era su fama ni su triunfo lo que quería vivir, era su humanidad descarnada, su sentir agónico, sus zapatos viejos los que quería ocupar. Para entender al hombre y no la obra, para eso están los críticos, pensaba, para eso están los demás.

En esos viajes donde veía aquello invisible, quizá también aquello sagrado, su intimidad anónima, su cotidianidad vívida. Pensaba en las rutas de sus cafés, en los maquillajes y los vestidos de la época, en el olor a pucho que con seguridad llenaría el vagón, en el olor de las calles, en el hedor de las gentes, en el paisaje de cojos y rengos por polio, en la tristeza de los rostros que crecían perdiendo hermanos, hijos y conocidos en diarreas y vómitos, en la vida fuera de ellos y en cómo los esculpía esa incertidumbre mágica de la ignorancia, en su letargo y en su imaginación potente, vigorizada además por la duda, por la imposibilidad del conocimiento, por la inexistencia del medio.

Alguno habrá imaginado tal vez que alguien los imaginaría corrientes, humanos. Pensó por fin al escuchar próxima estación, Colegiales.

Disecciones

Hay una expresión, rara por demás, «no tengo pelos en la lengua». La dicen las personas que hablan sin mediar consecuencias. Esta expresión además de falsa es imprecisa, la lengua tiene pelos, todas, sin importar qué tan ácidas sean las palabras que se pronuncian, cilios se llaman, vellosidades microscópicas encargadas de capturar la esencia de los sabores y clasificarlos en cinco grupos:  dulce, salado, ácido, amargo y umami.

—Por eso es falsa, ahora, imprecisa, porque el hecho de que la gente hable sin analizar sus palabras no tiene nada que ver con el gusto, aunque resulte de mal gusto.

El médico forense explicaba esto con una solemnidad infrecuente. Lo dijo con ese tono abrumador con el que hablan las personas cuando dicen algo diferente a lo que expresan, lo decía mientras tomaba las pinzas y pellizcaba la lengua fría y con brusquedad para sacarla y exponerla.

—El problema está aquí, dijo golpeando tres veces en medio de la frente la zona orbitonasal. Justo encima de la nariz, justo en medio de los ojos, aquí dentro está el problema… en la capacidad de razonamiento e imaginación, en su pereza neuronal que impide plantearse diferentes escenarios en su cabeza, que les impide asumir otras perspectivas. Hablan con una propiedad ajena, algo que definitivamente no deberían tener, que no merecen ni se han ganado.

Mientras que decía eso tomó el escalpelo y lo agarró sin elegancia alguna, irrespetando su estilo del corte preciso y ligero que siempre lo había caracterizado. Ahora lo empuñaba, se aferraba a él con una intención diferente, no buscaba delinear un músculo o desenterrar una vena para exhibirla sin daño alguno, lo agarraba como un neandertal, se aferraba a un palo, como un adicto a su adicción. Lo apretó hasta sentirlo clavándosele en la piel y levantó la mano recordando las palabras del director del hospital esa mañana:

—Alberto,  la gente habla, usted siempre lo ha sabido. Es normal que hablen sobre su trabajo, los estudiantes, aunque envalentonados, sabe que siempre entran con miedo a su día en la morgue, una noche en el infierno. Pero hoy lo he llamado porque las cosas han cambiado, esta vez creo que debe saberlo, su ayudante ha esparcido un rumor, dice que usted es necrófilo.

—Entiendo, dijo. El amor por los cuerpos, la pasión con la que hablo de ellos, hablaré con él, le dijo y salió a buscarlo.

Recorrió la universidad viendo cómo todos los veían al paso, cómo las miradas se centraban en su recorrido, cómo cuchilleaban al verlo pasar. Hablaban, hablaban, era evidente que hablaban de él, que lo imaginaban levantando las sábanas y revolcándose con esos cuerpos fríos, con los cuerpos helados y los músculos engarrotados. La rabia comenzó a crecer en él; y con esa rabia con esa fuerza, se agarró del escalpelo, con esa furia desbordada, pasó de verlo como un pincel con el que delineaba órganos con perfección y empezó a transformarlo ante la sorpresa de los escuchas, en un puñal. Los estudiantes de primer año gritaron de horror al ver el cuerpo abrir los ojos, al sentir su sacudida angustiada, su gemido de ayuda durante un segundo, justo antes de que, en un movimiento violento, y un impacto contundente su hueso frontal fuera penetrado por el forense.

—La gente, dijo él sonriente, a veces no aprende de otra manera.