Contundente

La respiración agitada, la vista nublada y difusa… la confianza perdida al igual que el equilibrio, el mundo de repente acelera y se inclina, en medio de esa espiral expresionista brota el miedo y me entrego a la suerte, es estúpido, pero de alguna manera creo que quizá duele más si veo contra que me golpeo, entonces aprieto los párpados y solo siento el calor alrededor del fémur, en el radio y el cúbito, escucho el sonido seco del casco contra el pavimento… y entonces sé que todo ha terminado.

Es curioso que un golpe tenga temperatura, que se sienta caliente, antes de abrir los ojos me hago más preguntas tontas, quiero postergar el resultado, postergar las consecuencias que al final son siempre inevitables, cúbito y radio pienso, cómo es que olvido con cual mano debo frenar pero puedo recordar el nombre de dos huesos que estudié en cuarto de primaria para ganar educación física. Definitivamente La memoria es caprichosa cuando la atención es escasa. No escucho ninguna fractura, pienso que las fracturas tienen un sonido similar a cuando la uno se saca una espinilla, la piel se rasga, si se presta atención puede escucharse como ese desgarro se transmite por los huesos hasta el tímpano, con lo huesos supongo que es igual y no escuché nada así que no debe haber nada roto, espero, deseo.

Por fin junto el valor, abro los ojos, al hacerlo vuelvo a activar mi sistema nervioso al parecer, el codo, el codo que nunca sentí que pegara contra nada, que jamás se calentó como una resistencia eléctrica de cocina, ese que consideré intacto sangra, se siente como gelatina, el antebrazo derecho está tatuado en la acera, también sangra, la ropa pienso, intacta por fortuna, la gente alrededor no entiende, no se explica cómo ha pasado y me mira como pidiendo una aclaración… los decepciono, tampoco la tengo, no sé por qué sin nadie en frente, sin ningún carro cerrándome, sin nada que me sorprenda, mi mano izquierda se extiende, toca la palanca del freno y siente un cosquilleo ajeno a toda razón, y aprieta, aprieta fuerte, y yo me catapulto pero no, no hay nada, nada que justifique la acción, nada para contarles, necesito decirles algo, justificarme, caído sí, imbécil claro que sí, pero ellos no tienen por qué saberlo, y miento. -Estoy bien, me levanto y me sacudo el pantalón, las piernas me duelen, se encienden al tacto, que no sea grave, hijueputa que no sea grave. No me quiebro y continúo, me levanto, los miro y digo: -No me pasó nada.

Me monto a la bicicleta de nuevo, miro al frente no quiero encontrarme con sus miradas, no quiero más preguntas, la humillación duele más que el golpe, la estupidez es más contundente que el pavimento, desgasta más que el asfalto corrosivo, ellos sonríen, sé que sonríen, por dentro lo hacen, no están interesados en mi seguridad, solo quieren conocer mejor la historia para contarla bien, la inexplicable historia de un gordo cayendo en bicicleta, mentirán, estoy seguro que mentirán que dirán que la barriga me bajó la sudadera hasta las rodillas y que me vieron volar y rebotar en la cicloruta, que lo vieron pararse tembloroso, llorando, levantándose los calzones con una sola mano, otros más ingeniosos quizá digan que fue frente a una panadería, quien no les creería que un gordo cae conceptual y físicamente ante el olor de pan recién hecho, otros hablarás de helados y quizá alguno diga que fue una foto de una hamburguesa o una valla de una chocolatina, de todas las mentiras que puedan decir, el pan será la mejor, imagino el olor del pan, puedo casi saborearlo, conociéndome me parece lo más factible.

Pedaleo con dolor y adolorido, la idea no me abandona, y pedaleo con una leve sonrisa, porque la idea de un gordo cayendo porque el olor del pan lo distrae es poderosa, más poderosa de lo que pensaba.

Cotidiano

“No sos especial, al universo no le importas y el mundo puede seguir girando sin ti”

El flaco

Madrid un día de octubre del dos mil algo

Hay algo llamativo en ser extranjero, en estar lejos de casa, de las costumbres y las jergas que hacen que una persona pertenezca a un lugar, uno no es cotidiano, solo con hablar su acento rompe la monotonía, la gente gira te mira con los ojos despiertos, en busca de una especie diferente de humano, quieren encontrar un ser con una lengua amorfa incapaz desde la biología de marcar las Z, las S y las C, voltean apresurados, deseando encontrar al espécimen que ignoraron a su paso, es fácil también ver su decepción cuando se encuentran con mi imagen, no tan distinta a la de ellos, no tan extraña… sus ojos se duermen, y entonces dejan de mirarte.

Hay otro tipo de sorprendidos, los que hace mucho migraron y encuentran en tu forma de hablar, todavía originaria un golpe de la nostalgia, quizá sea solo una palabra, pero les recuerda a la forma en cómo la decía un amigo, un primo, quizá sus padres o abuelos y entonces sus ojos atemorizados por la diferencia en un comienzo se tornan emocionantes y emocionados, recuerdan algo que yo no puedo entender, pero los rompe, quizá sus juegos callejeros, sus apodos, su existencia siendo ellos, la mayoría, el decreto de la normalidad, quien nunca es el extraño, pero también los momentos felices, los sabores que allá lejos son costumbres y aquí solo recuerdos, anhelos, ellos te miran con una alegría extraña, agradeciéndote por existir, por hablar, por transportarlos a ese lugar al que pertenecieron pero donde hoy también serían extraños; el migrante nunca vuelve, su viaje lo cambia, deja de encajar de donde parte y nunca podrá hacerlo a donde llega, pero en esos pequeños momentos, es y lo agradece.

Para mí es extraño, aunque esa novedad llamativa va en doble vía, todo para mí es nuevo, no ellos, los lugareños son iguales sin importar a donde vayas, adormilados, se sienten dueños de, aunque no conocen nada de sí mismos, la historia de sus calles ni sus monumentos, para ellos es solo un lugar de tránsito, ignorar la belleza del contexto y la historia es un mandato claro del día a día, sin embargo como colectivo tiene sus costumbres, sus particularidades, sus acentos… aunque son levemente diferentes, su ropa, su forma de caminar, su noción del peligro que siempre me resulta exagerada. No crecí en medio de las balas como muestran las novelas, pero sí en un ambiente hostil y desconfiado, hay un radar natural que detecta el peligro, el real, no el infundado de la xenofobia, sino más visceral, un instinto animal que puede oler, sentir quien lo amenaza, no le temo a la imagen de los otros sino a su comportamiento; camino tranquilo entre ellos sin inmutarme.

La sensación no durará mucho, la beca es por 3 años, llegará el momento donde conoceré su inverno, su otoño, su primavera y su verano, donde aprenderé a pedir algo en algún local de cierta manera para que me atiendan más rápido, para evadir las filas, dónde comprar todo un poco más barato o conseguirlo de mejor calidad, donde doblas las esquinas, y cruzar las calles, a ignorar los andenes, los balcones tan pequeños y tan juntos… y entonces todo me será cotidiano, lo disfruto mientras tanto porque cuando pronto volveré ser otro, no tendré nada especial, el universo recuperará su rumbo y su mundo seguirá girando sin mí.

Otro día

Dicen que el arte importa por lo que te hace sentir, más allá de su técnica, su artista, su momento en la historia, es arte porque trasciende la experiencia del reconocimiento porque al exponerme a la obra él se fractura o se recompone, porque reacciono ante ella de manera involuntaria, porque algo, no sé qué con exactitud resuena con y entonces deja de ser solo un dibujo, solo tinta, solo historia, y estalla.

Pienso esto para intentar entender cómo un perro con sombrero en medio de una habitación en llamas, con el techo repleto de humo permanece impávido frente a un café, lo veo y solo puedo pensar, soy yo, carajo soy yo, algo en él me recuerda que estoy ahí en medio de esa habitación junto a él o que él está aquí conmigo, en este mundo, que las llamas se expanden, que los tres trabajos lo incendian todo, que no puedo hacer nada salvo continuar ahí, disfrutando un café, quizá también que siempre habrá caos, que hay que mantener la calma porque no vale la pena echarse a morir por lo que no puedo controlar, es un meme, ¿es ridículo que signifique tanto?, pero si existe el arte rupestre que no es más que una representación gráfica de la cotidianidad prehistórica, ¿no es también esto arte?, “Digital art” si se quiere, pero, ¿no es exactamente lo mismo?, mi duda es genuina pero no hallo respuesta, odio cuando me lanzo preguntas retóricas sin tener listo un remate.

Debe ser notorio que algo me conmueve, levanto la vista y quien me acompaña me mira con esa expresión de quien sospecha o intuye que algo ocurre, ­-¿todo bien?, pregunta infiriendo un no, la conozco bien, su preocupación es genuina pero no hay nada que pueda hacer, si le digo que no mi angustia será también suya pero no podrá aportar en nada, por lo tanto es innecesario, no puede salvarme del conversatorio que voy a dirigir el fin de semana y del cual no tengo nada planeado aún, no puede comprender si quiera el agotamiento en el que vivo, estar despierto 20 horas de las 24 que tiene el día, tampoco de esa lucha constante con la hoja en blanco, con esa sensación de impotencia que ofrece el lienzo, con la luz blanca, intensa y angustiante que me arroja el computador cuando lo enciendo, no hay nada, nada más que pueda hacer sino respirar hondo y mentirle, decirle que sí, que recordé algún pendiente, y que me distraje, pero sé que es mentira, tengo miedo, miedo de no poder, de no alcanzar, de fallarme, de haber mordido más de lo que puedo masticar.

Siento un nudo en la garganta, me tiemblan las manos, el pecho se encoje, no es inusual la sensación, lo sé y eso me jode más, me jode que sea frecuente, que lo acepte, me siento acorralado y contra las cuerdas, pero no vale la pena que ella lo sepa, que nadie lo sepa, así que sonrío y contesto

-Sí, -miento, -todo bien, recordé que tenía algo por hacer, solo eso -respondo

– Tranquilo, me dice, mañana será otro día

Y ahí sí me quiebro y siento las lágrimas asomarse a mis ojos mientras pienso, sí, otro día igual, inmóvil en medio de un cuarto lleno de fuego. Es arte, más que un meme es arte digo y disimulo las lagrimas con una sonrisa.

Buses y cebollas

Prefacio: No sé que relación tiene el transporte y el llanto, pero qué fácil es llorar en los buses

El flaco

Un hombre que ríe no es una imagen tan fuerte como uno que llora, no sé por qué, ambos sentimientos son similares, me refiero a los que ocasionan la risa o el llanto, la felicidad y el dolor no están en escalas diferentes, sin embargo la segunda acción tiene de su parte el misterio. Creemos que sabemos porque ríen los hombres, pero siempre nos intriga el por qué lloran, por eso el llanto debe ser de un hombre adulto, uno que luzca fuerte, tosco, uno que sufre tanto por llorar y ser visto como por la razón que lo doblega.

Las puedo contar en los dedos de las manos las veces que he visto hombre deshacerse en el llanto, corriente buenos aires 2015, frente a mi camina un hombre alto, odio un poco cruzarme con personas más altas que yo, odio que me vean desde arriba porque sé que con el tiempo me verán con desprecio, pero cuando pueden mirarte desde arriba y con desprecio, me jode, en fin, el hombre alto camina con el celular pegado a su oreja, la voz engreída,  muy porteña de repente pierde su tono canchero, escucho el cambio y pienso, le sacaron la pelota, no sabe jugar sin ella:

—pero, —y se calla, se muerde el dedo índice y merma el ritmo de su caminada

—pará, pará —y es él el que se detiene, al que se le agota la prisa

— no, no es así, —lanza comienzos pero no puede desmarcarse, lo incomoda la situación pero no tiene escapatoria, está jugado, pero no se da cuenta, no tiene juego, le ganaron la espalda y desde atrás ahora lo atraviesan. Se desploma en la vereda, se sienta en un pórtico de un negocio, se descompone, se desconfigura su rostro pero aguanta, la gente lo ve y él lo sabe, llega su colectivo y se sube, subo con él, no voy  hacia allá, pero quiero verlo llorar, angustiado, quiero ver la evolución de su mueca y tratar de clasificarlo, no fue explosiva, nadie ha muerto, pero él se está muriendo, usa su sube, 4.25 marca, vamos lejos, pongo mi sube -6.25 estoy cerca del límite, tendré que caminar si no comienza a llorar al pasar por la última estación del subte, por fortuna el dolor le gana, y con solo sentarse pierde su armadura, llora con una cara de niño ridículo, llora con una mueca de ego herido, llanto de abandono, a este lo dejaron, los escucho sorberse los mocos y cada que se controla marca desde su celular y con cada llamada rechazada llora de nuevo.

Barajas 2018, un hombre zapatea en la fila, está pálido, tiene miedo, sabe algo que los demás ignoran, él ay sabe cómo va acabar todo, en el fondo lo sabe, pero allí continúa, no hay esperanza, pero es terco, necesita escucharlo de la voz de alguien más, se agita, la respiración se acelera, pregunta con desesperanza.

—Mi vuelo sale a las 8 am, pero no puedo hacer check in para regresar, mi vuelo es ida y vuelta con ustedes, pero tuve que viajar una semana antes y no pude cambiar la fecha…

—¿No viajó con nosotros?

—No responde seco

—Bueno, no hay nada que pueda hacer dice pegando la lengua a los dientes frontales superiores, al no viajar con nosotros dice empujando la lengua contra los dientes frontales inferiores, el vuelo se cancela.

—Alega, manotea y finalmente llora, pregunta por otro vuelo, 5.000 euros en clase ejecutiva, al parecer no hay más y por esa cantidad el hombre seguro prefiere ser un migrante más y quedarse Madrid, a este no lo dejaron regresar.

Medellín 2013 fumo, fumo con rabia, estoy en un bar, un parche cervecero, hay ley cervecera, un extra evento en el que después de una ley seca, la cerveza es a mitad de precio, la cervecería quiere alcanzar metas numéricas aunque deba sacrificar facturación, quiere apoderarse de la noche, quiere demostrar que la cerveza también emborracha, la rabia es personal, conmigo mismo, por confiado, por pendejo, acabo de graduarme como filósofo y pronto terminaré las suficiencias para recibir el grado de filólogo, tantos títulos pero tan poca inteligencia práctica pienso, termino el cigarrillo y me monto a un taxi, abro el celular y leo de nuevo —perdón, creí que era mañana, lloro, a mí me plantaron.

—Sí, siempre se me graban más los llantos que las alegrías, pienso al ver el hombre vendiendo dulces subirse al bus, con los ojos rojos, como si hubiera estado picando cebolla.

Triage

La sala es grande, pero hay tantas personas que se ve pequeña, justa, estrecha, nadie que no lo necesite está aquí, nadie viene aquí a pasar el rato, del otro lado hay pequeñas oficinas, cubículos separados por drywall donde 4 o 5 médicos cansados y mal pagados están frente a un computador, uno lento, con una pantalla a la que le falta brillo, no cuida sus ojos y lo cansa casi tanto como su labor… para poder llegar a ellos hay uno más, un filtro previo, una técnica inhumana como todo lo que venga de la guerra fuera de la guerra, un médico que se encarga solo de valorar las dolencias y los pacientes. 

En la guerra era necesario, había pocos medicamentos, gente muriendo, a los soldados se trataba de salvarles primero la vida a costo de la vida misma, un herido grave con pocas probabilidades de sobrevivir, pero no nulas, se dejaba morir para atender a los otros, se reservaba la anestesia para los casos más graves, miembros que podían salvarse con trabajos dedicados y dosis de medicamentos que escaseaban se amputaban. En la guerra era salvaje, aquí era inhumano. Pero necesario, los borrachos buscaban incapacidades para sus guayabos, los malos estudiantes prórrogas para sus exámenes… no quedó otra opción más que deshacerse de la humanidad.

En la sala hay enfermos leves, personas que no soportan un dolor de cabeza, también hay los que tienen esas migrañas que los dejan ciegos, les inducen nauseas… esos que son torturados en vida por culpa de vegetales alterados, estaban los accidentados, una cortada, un golpe, una caída, un vibrador o una botella atorados…

Todos ellos aguardan, luego estoy yo, esperando mi turno será largo, nada me duele, me siento bien pero no lo estoy, y tendré que convencer de eso a los dos médicos que tengan que verme, tendré que fingir alguna dolencia, saco el celular y busco los síntomas, etapas iniciales, molestias, descripciones y videos, debe hacer un buen trabajo necesito que me crean.

Tengo una bolsa caliente adaptada al abrigo de cuero que llevo puesto, y gracias a la gente que hay en la sala la sudoración no será un problema, debo alcanzar los 38 grados en temperatura corporal, con es mismo efecto bebo un té caliente, para asegurarme que mi boca también lo esté al momento de usar el termómetro, conozco bien el oficio, fui durante muchos años en la escuela de teatro paciente falso, era bueno además, aunque no nunca tuve un papel tan grande, con tantos síntomas difíciles de simular, aún así conozco los trucos, y hoy necesito que todos resulten.

El malestar no es suficiente, debe trascender, debe ser más evidente que algo no está bien, si hay algo peor que vivir del arte, es enfermarse cuando se vive del arte, así que necesito que la medicina pública diagnostique la enfermedad que sé que tengo para que mande los exámenes y puedan atenderme a tiempo, para que cubra los medicamentos y las cirugías, para que pague las hospitalizaciones, solo tengo una oportunidad para convencerlos de que necesito los exámenes, si fallo escribirán en la historia médica que el paciente cree tener, hipocondríaco o alguna cosa por el estilo y mi suerte estará sellada, nadie me creerá hasta que sea muy tarde.

No puedo decirles la verdad, no me creerían que Andrea ha soñado durante cuatro días con un círculo negro que me quema las entrañas, nadie aceptaría como evidencia el hecho de que desde que ella tiene 7 años ha soñados con todas las enfermedades de las personas que conoce, pulmones colapsados, hígados grasos, corazones entumecidos, sería más fácil si me creyeran, tendría más esperanza de vida si pudieran creer mi truco o confiar en la palabra de ella. Pero allá donde le creen no hay hospital, ni consultorio, solo un puesto de salud itinerante donde reciben las excursiones médicas y que tiene alguna utilidad gracias a que para su visita semestral todos los pacientes cuenten ya con su diagnóstico, el que ella les da, pero para ellos su don no es ciencia, y por eso mi vida no está en riesgo.

No van a tomar en cuenta mi palabra ni los sueños de Andrea, odian a los curanderos y más si son mujeres, y con mi pasado actoral, de estafador no me bajarían, así que no tengo más remedio que hacer que funcione… Múnera llaman de recepción, me levanto nervioso, camino al mostrador, se me nubla la vista y caigo con un dolor punzante en las entrañas, sudo un poco, llaman la camilla… quizá ya sea tarde.

Presentes

Jorge se mueve con fluidez entre la gente, no corre de manera agitada, no parece si quiera que esté corriendo, su cabello no se agita, no se revuelve, algo que sería extraño en cualquier otro ser humano, en él es usual, siempre se ve en control, siempre. No empuja ni apresura nadie, esquiva, se adelanta a los hechos y avanza con una facilidad aterradora, yo estoy atrás atrapado en tráfico humano, en este caos indescifrable de compras de último minuto, de centros comerciales atestados de gente, cuánto lo envidio… no solo por moverse más rápido que yo, sino por esa puta costumbre de adelantarse a todo. Un puto enfermo que no puede solo estar aquí y ahora.

La gente me choca y yo les devuelvo el cariño, después de todo soy grande, pesar 120 kilos y medir 1.85 me permite salir sin dolores, no tumbo a nadie, no molesto a nadie, pero a esos que no tropiezan, a eso que tienen afán y que intentan incomodarme, a esos no trato de evadirlos, los busco y los atropello, con fuerza, que reboten, que entiendan que su prisa no es una razón para incomodar al mundo, odio a los egocéntricos, a los impertinentes y los desconsiderados, a todo el que no piensa en el otro, a todos ellos, quiero llevármelos por delante. Evitarlo me dotaría de nobleza, soy capaz de forzarlos, intento no hacerlo, pero estoy cansado de verlos, de permitirles creer que tienen el control y el poder, Jorge es sutil, los esquiva, no se inmuta, fui como el mucho tiempo, pero ya soy incapaz de hacerlo, quizá él siga mis pasos, quizá yo los suyos, pero por ahora no quiero evadirlos, quiero mandarlos a la puta lona donde deberían estar.

Necesito 3 presentes, el centro comercial parece decidido a retrasarme, a negármelos, pero es mi culpa, sé que es mi culpa, soy terco, no aprendo las lecciones, los perfume no combinan conmigo, mi cuerpo no los absorbe bien, pero me gustan, los perfumes tienen cierta magia, crean ambientes, imágenes, hay elevadores que quedan impregnados de aromas e imagino a las personas que los usan, quiero ser esa imagen en la mente de alguien, así que demoro más de lo debido y la hora pico llega antes de terminar las compras, Jorge las tiene listas desde la última semana de noviembre, tiene gusto, mucho gusto, sus regalos nunca dependen de las ofertas de temporada, no son costosos pero son exquisitos, serenos como él, saberlo me recuerda que soy un desastre… quizá el siga mis pasos, quizá yo los de él. Por ahora lo veo escabullirse y llevarme a los almacenes que le gustan. Son comunes, casi invisibles, en ellos no hay filas ni aglomeraciones, el gusto, el buen gusto es así, difícil de encontrar para quienes no reconocemos las señales, son económicos por fortuna, y estando allí no hay pierde.

Encuentro con facilidad lo que necesito, me abruma saber que hay un mundo que no puedo ver, secretos frente a mis narices, quizá él deje de ver el mundo con esos ojos, quizá yo aprenda a ver el mundo como él lo hace, quizá pueda ignorar a aquellos que me roban la paz, la tranquilidad, pero eso implicaría dejarlos ser, y no quiero, necesito darles algo que los despierte, un regalo que les abra los ojos, un derechazo a la quijada…

Él se rie, presiento que sabe lo que pienso, no lo hace, pero pasa con todos los que aprenden a fluir en el mundo, no con el mundo, no mezclan, son como un velero, encuentran las corrientes que los benefician, leen el viento y el mar, saben cómo cruzarlo para aprovecharlo y alejarse de la vida turbia, de las tormentas, están meciéndose en la cresta de la ola, y encuentran en las estrellas, en su instinto ese norte que los lleva siempre a buen puerto.

Yo en cambio me siento como un carguero, pequeño, fuerte y capaz de arrastrar a estos hijos de puta lejos de la orilla. Sí quizá aprenda a ver ese mundo que ve Jorge, mientras tanto a los hijos de puta tengo muchos presentes para darles.

Interrupciones

La vida pasa entre peque

re pequeños momentos casi imperceptibles, se abre paso como una gotera entre los horarios y las responsabilidades, agrieta la cotidianidad y reclama un espacio para ella, porque la vida pasa incluso cuando uno no está preparado.

Alberto era consciente de eso, le gustaba pensar que lo era, que era consciente de todo, incluso de que, en su control, en su inmenso poder, el azar lo gobernaba todo, era controlador aéreo por sus manos pasaban cada día entre 50 y 100 vuelos al día, cada uno con capacidad mínima para 100 personas, e incluso con ese inmenso poder, con tantas vidas entre sus manos sabía lo insignificante que era, lo minúscula de su existencia.

Sentirse diminuto era la forma como había encontrado para manejar el estrés que puede ocasionar su profesión, y para recordárselo sobre el tablero de control en la torre de operaciones habían hecho pintar un mural de constelaciones, un cúmulo de estrellas, para los demás controladores incluso para él al comienzo era solo un recordatorio de los primeros instrumentos de control, inspiración si se quiere ver de esa manera, pero mientras lo pintaban se había acercado a uno de los artistas y le había preguntado al verlo perdido en su obra -¿todo bien maestro?, ¿todo en orden?

-Me abruma

-Lo abruma, le preguntó Alberto

-Sí, es inmenso, me gusta un poco la astronomía y entre más aprendo, más me inquieta, es un poco como leer a Love Craft a sus dioses antiguos a Cthulhu, es enloquecer un poco ¿no cree?, en esta pequeña representación, en esta diminuta fracción del espacio que estamos pintando, la tierra no es más grande que esta moneda, le dijo, y en esta moneda estamos todos nosotros, los aviones que usted dirige, las pirámides, la gran muralla china y para el universo, nada de eso importa, por eso me abruma me entiende, sé que soy insignificante, pero al ver esta pintura es mucho peor, confirmo siempre que veo imágenes así que al universo le soy indiferente, bueno le somos, y disculpe la franqueza, pero ni usted ni yo le importamos algo al mundo.

Desde ese día, el estrés de su trabajo había disminuido, pero también su interés y su tolerancia a los idiotas, por eso de vez en cuando abría un su canal de comunicaciones e invadía la frecuencia de los audífonos Bluethooth y les recordaba por un par de segundos a los cerdos engreídos que su vida podía terminar en un segundo…

May day, may day, torre de control a 9351, vuela muy bajo, desaparece del radar, may day may day, reporte su problema a torre de control…

Nunca estuvo presente para ver las caras pálidas durante los breves segundos en que su canal de comunicación les llegaba como un balde de agua fría a interrumpirles su día y su vida con un mensaje claro… no sos nada, recordándoles que la vida pasa incluso cuando ellos no quieren.

Delicadezas

—Detesto los miércoles, son días de terapia, el nuevo sicólogo es un snob pretensioso, un don nadie con ínfulas de poderoso, es política de la firma y no tengo palabra sobre la decisión, debo ir, debe ser real, no solo sonar real, ellos tienen accesos a toda mi historia, así que saben bien que botones apretar, tampoco tengo forma de evadirlo si quisiera.

Estoy dolorido, cansado, tengo miedo, el síndrome del impostor, nada especial, pero además temo estar envejeciendo y cada vez es más evidente, no es una crisis ridícula, no me estoy vistiendo diferente, ni más a la moda, no quiero un deportivo rojo ni una escapada a Europa, pero la confianza ha disminuido, no tengo claro si aún está vigente mi visión del mundo.

Todo iba a bien hasta hace un par de semanas, tuve un ataque de pánico y por primera vez no llegué a una reunión, un cliente importante, una condena importante, sabía que no debía salir y salí, perdí el foco, el paso del tiempo, la audiencia…

Y eso me tiene frente a este cretino, hablándole de cosas de las que, para ser sincero, aún no tengo claras. No lo digo todo, solo lo suficiente, tengo miedo, ataques de pánico, no quiero dejar de ser yo.

Su discurso comienza —Cualquiera lo sabe, si de verdad se quiere comprender la dimensión de algo, el bocado debe ser pequeño, un trozo basta, mucho, abrumaría las papilas gustativas, desbordarían la atención, por eso es necesario el control, no morder más de que lo se puede tragar.

Lo que no te dicen es que es así para todo, que excede a la cocina, y que de la misma manera en que de niño te llenaban la boca de papillas y purés, la vida lo hace de mierda, de decepciones y golpes bajos… en la cocina aprendes por elección, tienes que interiorizar esos sabores para buscar nuevas oportunidades, para comprender sus matices; en la vida no te da más opción, no hay menú a diseñar, ni otro plato para degustar, la vida simplemente te lo sirve y a veces tiene el olor y la textura que te ofrece, otras lo dosifica como brujería homeopática y te llena de pequeños momentos de mierda, pequeños pero poderosos que terminan por arruinarte el gusto.

Por eso lo más importante en la vida es saber catar, primero un bocado lento, saber ir despacio, analizar las cosas, ya deberías de saberlo, y también tener presente que no se trata de ti, nada hay de especial en ti querido, —Dice eso con un acento argentino que me molesta, un dejo memorizado y no aprendido, sé que vivió en Argentina, pero no lo suficiente para que haya sido algo que se quedara, no es involuntario, por el contrario, es su propio deseo de conservarlo.

Detesto su condescendencia, su falsa empatía, su amor por el dinero, siempre he odiado eso, la gente que habla con tanta seguridad de todo me genera aversión, maquinitas programas sin miedos, autómatas lógicos, incapaces de pensar en posibilidades fuera de las acordadas, cuando están oprimidos me dan pena, pero cuando en puesto de poder los aborrezco, personas llenas de oportunidades pero incapaces de cuestionar, de cuestionarse, tan planos y racionales, tan muertos por dentro.

Nota que me he distraído, ha leído el expediente, revisa sus notas, refuerza su postura, me mira a los ojos y busca afirmación, asiente, intenta inducir el movimiento en mí, quiere de nuevo el control, sabe que no lo tiene —Debo pensarlo, le digo porque quiero que sepa que lo escucho, pero también que lo rechazo, no es fácil, agrego, ya sé que el universo no conspira ni a favor ni en contra de nadie, que no sabe de mí, mi problema no es que me crea especial, ya se lo he dicho, tampoco que sea malo o que me sienta obsoleto, es solo que algo cambió, el mundo no es ya el mismo, los ingredientes son ligeramente distintos si quiere llevarlo a la cocina, ya no hay normal, solo marina rosada del himalaya, no me va a superar tampoco, solo tengo probar y entender cuanto es una pizca con ella.

Asiente pero tiene rabia, —Eso, dice y dejar de beber agrega, también tomarse estas pastillas y 1 sesión más cada semana por 3 meses.

Asiento, pero estoy agobiado, ahora serán dos días los que odie a la semana, y él y yo estaremos frente a frente en juego de ajedrez plago de delicadezas.

Cauchito

Los mejores apodos tienen historias, esta es la mía pero para entenderla habría que contar un poco más, algo así:

Ese día mientras que almuerzo frente a mí se encuentran dos personas, las conozco, somos compañeros de trabajo y amigos, hablamos de algo, un almuerzo cotidiano, sin tensiones, y de repente sus ojos se abren, las caras cambian, los rasgos se tensan y sus cuerpo se mueven un poco hacia adelante, no sabría bien expresar lo que me dicen sus gestos, es obvio que pasa algo, hay angustia, su rostro no dice, GRITA que algo ocurre, el momento pasa rápido, y por eso las palabras no se articulan, de repente el suelo sobre el que estamos se estremece, hay sonidos de platos y vasos golpeando el suelo, platos finos y pesados, vasos robustos… nada se quiebra, son golpes secos y sonoros.

Me cubro la cabeza, tengo miedo, aunque el sonido es distante, pero al instinto, la razón le habla en otro idioma. Imagino que lo que ellos ven es parecido a lo que yo veo pero diferente, mis ojos nerviosos entrecerrándose, mis manos que intentan convertirse en un escudo se cierran sobre mi cabeza, la boca torcida, patética, una imagen patética si se tiene en cuenta que mido 1.90 y peso 110 kilos no debería temer a los golpes, incluso si son inesperados.

A mi espalda dos meseros han tropezado, sus piernas han olvidado la sincronía y el espacio cerrado los ha puesto en una situación impensable; generalmente los restaurantes delimitan zonas, territorios, y como todo territorio el conflicto suele darse en las fronteras, en esos espacios donde la silla de la mesa 8 está muy cerca de la mesa 9, los meseros son recelosos con sus espacios, un solo tropezón puede costarles todas sus propinas, y arruinar su noche y dependiendo de lo que lleve en sus manos o su bandeja quizá todo su mes…

Por alguna razón la idea de cuanto dice un rostro, de que tanto narra… pienso en las veces que la cara me ha arruinado la mentira, los momentos donde el cerebro de alguien que me mira a los ojos dice: no es cierto, no se cree, no le caigo bien, sí me rompiste el corazón…

Los gestos, la gestualidad marca, un buen orgasmo, una buena noche, una decepción… todo se graba por medio de ellos.

Pasan las horas y la idea me abandona, estamos en una reunión, estoy inquieto, no tenemos todo lo que el cliente espera ver, estamos tratando de solucionarlo en caliente, como si fuéramos una puta cocina y no un estudio de arquitectos, cuando eso ocurre pierdo la capacidad de estar tranquilo, el cuerpo se mueve solo, y en medio de esa ansiedad voraz meto la mano al jean, siento las gomas de los frenos y pienso que mientras que los demás terminan esta horrible presentación debo ponérmelos antes de que terminen, engancho el canino izquierdo inferior con el incisivo superior izquierdo, uno más y todo está listo, lo tomo lo engancho en el canino derecho inferior y cuando lo estiro se suelta y sale volando, veo el rostro de todos, se descomponen, el caucho vuela, los rostros tienen una mirada de compasión premonitoria, una vergüenza entretejiéndose, una burla lastimera que me acompañará toda la vida, el caucho sigue volando y golpea al cliente justo en el ojo, su rostro desconcertado y asqueado congela el tiempo.

-Ojalá se haya cepillado cauchito, dice… el sobrenombre nunca va a olvidarse, todos contarán una historia divertida al llegar casa y yo, una humillante.

Cuentas pendientes

Mientras que espera fuma, Cristofer, siempre ha fumado, pero nunca con tanta intensidad, da una calada, luego otra, y otra, la ceniza se acumula sin romperse, es frenético, pero delicado, mira el celular, mira de nuevo, solo silencio.

Eso de esperar nunca ha sido lo suyo, apaga la colilla, y se levanta nervioso de la mesa, camina de un lado a otro, no puede quedarse quieto, se rasca la palama de la mano, la cabeza, solo cuando fuma tiene algo de control, el humo lo calma, como a las abejas.

La espera se alarga, pide una cerveza la mira como quien busca respuestas, la toma como quien encuentra una gota esperanza, fuma y toma, sus cuerdas vocales se calientan y se enfrían, eso parece ponerlo en un trance, similar a poner un tiburón panza arriba. Olvida, olvida que espera y su semblante cambia.

Ahora observa, ve a la gente pasar apurada, el sol como un reflector sobre ellos, tienen prisa, y caminan sin notar que hace un buen día, el primer día soleado en semanas pero ellos están corriendo, hacia algún lugar, no lo disfrutan ni lo aprecian, en su rostro incluso se ve el desagrado, no los culpa caminar con el sol encima es molesto, por suerte el tiene su cerveza, pide otra, saca otro cigarro, comienza a perderse en la cotidianidad ajena, a pasear a sus perros con ellos, a imaginar sus conversaciones, a adivinar sus emociones.

Se ve Jovial, ya nada lo inquieta, la mala memoria es felicidad, continúa tomando y fumando, de a pocos hace chistes, brinda con otras mesas, se entrega al momento, y olvida, olvida para que es la plata que tiene en los bolsillos, olvida a quienes espera, y el peligro que representan, olvida que la plata debe estar completa, que no hay más oportunidades, que ya no va a haber más plazos. Él brinda, brinda por la vida, porque a pesar de todo, ha sido buena con él, por sus amigos, aunque está solo, por su familia, aunque se ha alejado de ella, brinda porque cada brindis lo ata a su estado de paz, a su presente eterno, y lo aleja de ese otro presente incierto y eso lo lleva al miedo.

El alcohol no le de valor, pero le quita el miedo, y eso basta, toma, brinda, fuma, ha pasado una hora y ya no le queda un solo pensamiento sobre sus acreedores, ni sobre el pago que debe realizar, ahora le importa es que tiene los bolsillos llenos y la botella vacía, pide y el licor llega. Se levanta y va al baño esquiva el espejo, cuando bebe el espejo le habla, le recrimina, no quiere eso, nada que lo altere, sale sin lavarse las manos, enciende otro cigarro y cuando está por llegar se da cuenta; su mesa no está sola, lo esperan.

—Muchachos, concédanme un último deseo, tómense alguito —Les dice conciliador y coherente, la sobriedad le llegó de golpe, como un shot de tertulia. Se sienta, y comienza a hablar —Seamos razonables, y sensatos, ya sé que voy a morirme, no tienen nadie a quien cobrarle después de a mí, y aún tengo casi la suma que les debo, pero igual van a matarme, así que bebamos hasta alcanzar la mitad, y luego hagan lo que tengan que hacer, piénselo bien, ustedes van a cumplir con su trabajo, a recuperar parte del dinero, y además podrían mientras tanto escapar de ese sol horrible, acá en la sombra, con un par de cervezas, no les parece que una buena idea, véanlo como un último deseo de un condenado a muerte, no van a negarle su último desee a un desahuciado, eso no sería muy cristiano de su parte.

Brindemos, por mi hasta hoy buena salud, por ustedes, no, no es broma, no me mire feo, salud por ustedes, los sensatos, los, el dolor en la quijada le impide seguir hablando, el puñetazo lo deja inconsciente.

Se despierta en un sitio oscuro, amarrado y con cinta en la boca.

—Lo que me debés no es tan poco como pa que lo pagués tan barato, matarte no me da nada, con vos es como con los carros, toca desguazarte.

Mira a su alrededor y ve los recipientes llenos de hielo. Debí pedir Whiskey piensa.