Chuparse los dedos

Es casi un acto reflejo, le ganan las ganas y no, simplemente no puede resistirse a algo tan simple, acerca sus manos a la boca y se lame, el sabor le ha bañado las muñecas, le ha cubierto los dedos y le hace olvidar todo, sabe bien, demasiado bien y es lo único que le importa, sabe que los adultos no se lamen en público, no así, no a medio caminar, es un privilegio de los niños poder hacerlo, valdría la pena nunca crecer para poder hacerlo sin culpa, para disfrutar de ese pequeño placer sin vergüenza alguna, pero, como muchas otras cosas en la vida, uno se deshace de la infancia con un afán precoz.

El sonido de los labios contra la piel le gusta, la saliva, el juego, el jugo, la saliva, los labios, los dientes… le gusta, simplemente le gusta, tiene algo animal, tiene algo que le impide olvidarlo o pasarlo por alto, y cuando llega la oportunidad la toma, parece casi untarse a propósito para tener una excusa para hacerlo, aunque no la necesita, está justificado desde su deseo y anhelo, cada quien sorbe lo que quiere, lo que puede, el tuétano del pollo, el colorante saborizado del raspado, el juguito de la carne del plato, el éxtasis que se escapa de los labios… lo piensa y se relame, piensa también en la lecherita ensangrentada escurriéndole por los dedos, en el glaseado de las batidoras, en todos esos momentos donde, como cualquier pirulito, la vida le entrega el placer justo en la punta de la lengua…

No hay nada que pueda impedirle que lo haga, no le importa, se lame porque puede y porque quiere, porque, al fin y al cabo, no es problema de nadie, su criterio estético que encuentra desagradable su costumbre no es su preocupación ni merece ser honrado por su pudor, lo desprecia, nada peor que una dictadura estética sobre el placer, como si el éxtasis fuera apreciativo y no sensitivo, lo que importa es lo que se siente indiferente de lo que se luzca, más lerdo el que se contiene solo para no incomodar la percepción moral de otro, piensa mientras recuerda las gotas de helado derretido corriéndole por las muñecas, el chantillí recuperado de las mejillas, la natilla de las cucharas de palo.

Todo decoro le parece impresentable, innecesario, el lujo es vulgaridad recuerda casi tarareando mientras de nuevo pega la boca al interior de sus muñecas para levantar un poco de aquello que lo tienta, recuerda la miel de algunos panqueques, el glaseado derretido por los lengüetazos de alguna chuchería y se relame con ganas, tensa la bolsa que tiene entre las manos y se acerca a ella con la misma liturgia que un gato ante un churu y con la misma ansia intenta arrebatar el sabor del envoltorio, se entrega al gusto, al momento y se pierde en cada lengüetazo.

Lo ve de frente y no sabe lo que piensa, lo ve de frente con los ojos cerrados, con la boca levantando unas pequeñas gotas de salsa y un ripio pequeño de papas y virutas de una ensalada, lo asombra su hambre y su apetito, lo asombra que nada le impida llevarse la bolsa a la boca, ni la mugre de sus manos, ni la basura que está aún en ella, ni la posibilidad de pensar en qué más estuvo sobre ella en la caneca de basura de donde la saca, el hambre no admite preguntas ni tiene criterios asépticos, no le desagrada verlo, pero no imagina que él no imagine todo lo que pudo estar ahí y que lo lleve a su boca con tanta complacencia, que los disfrute con tanto placer, se sorprende con la imagen y piensa en qué pensará para disfrutar tanto de una bolsa de hamburguesa salida de la basura, piensa en que algo debe recordar para considerarla un manjar digno de chuparse los dedos… sigue de largo con la idea en la cabeza, cada quien se chupa lo que puede, con las ganas que le dé la gana.

Réplicas

“Todo ya fue, todo ya pasó aunque no haya pasado nada”

El flaco

—Las cosas grandes en la vida, las que son de verdad, pasan una sola vez y el resto son réplicas —dice el flaco sin que nadie se lo pregunte y sin que venga al caso. Lo dice en medio de un asado de unos amigos que celebran su nuevo hogar, lo dice sin contexto y sin mediación, lo dice para él y para todos, lo dice para escucharlo, piensa, lo dice sin ver a nadie a los ojos ni al rostro, lo dice mientras se acalora en el barril, mientras juega con el fuego y el humo, hace señales y no se da cuenta, hace ruido y no se lamenta, así es el flaco, el mar hace olas porque tiene el estómago revuelto y él a veces es igual, tiene sus orillas, sus profundidades y sus torbellinos que pueden tragárselo todo.

No le importa mucho si alguien lo oyó o no, tenía que decirlo, el flaco es así, nunca está del todo bien, no entiende mucho eso de que la gente espere cosas de la gente y por eso no es de extrañar que sea extraño, porque no se regula ni entiende de espacios o momentos, es un impulso, una brasa, por eso mismo no se aleja del fuego, se enfría si se va, se pierde en medio de la gente, le cuesta ser eso que otro espera, pero piensa y arde, y se consume mientras consume todo lo que le gusta y le provoca.

Decirlo lo hace pensarlo, por eso la gente tiene tipos de cosas, tipos de amigos que se replican en otros amigos, tipos de mujeres y de hombres, quizá por eso siempre le llaman la atención las miradas profundas, las almas encendidas, las que admira, el deseo es una convención, nada es deseable fuera de un orden social, pero cada uno desea en el otro lo que espera se desee en uno mismo, un tipo de carne, un tipo de tragos, un tipo de libros, una especie de ecos que resuenan sin algo que los respalde, aromas que atraen, moscas en bocas de plantas carnívoras, peces persiguiendo luces hasta las fauces de un depredador avezado.

La idea no lo suelta, tiene esa mirada presente ausente, esa espacialidad ocupada de distracción, la alarma al fondo resuena, «alarma, mi negro», le gritan desde adentro, lo despiertan, abre, saca, voltea, mira, retira un par de ganchos, está lista la picaña y la bondiola, las retira y vuelve a cerrar, camina a la cocina un poco presente, lo suficiente para no cortarse ni para hacer muchos daños, para interactuar de manera normal, se habla de fútbol, de conciertos, de personas, de momentos, las personas ríen, es bueno ver personas reír, hace eco en nosotros, se siente en calma y tranquilo allí, parte y reparte, olvidó la sal parrillera, no es crucial pero sí importante, eso le pasa no solo a la carne, a uno también, piensa, a uno a ratos le falta sal, o le sobra, a uno a ratos le falta gracia y acompañamiento, le falta término, uno a veces simplemente no le llega al tipo de nada ni de nadie, uno a veces es un mal tipo o un tipo simple, a veces incluso un tipo simplón. Acompaña la ronda de criolla, tapa la ausencia con otros sabores, se hace más pasable, más cercano, más tipo su tipo, la salsa lo arregla todo, piensa, por eso es importante bailar salsa, aunque no baila bien salsa, pero lo importante es moverse, piensa mientras vuelve al barril, a su alrededor todo está bien, parece estarlo, es un eco, una réplica de todo lo que está bien, de esos momentos que se repiten por fortuna aunque no sean a menudo, no importa que sean frecuentes, uno tiende siempre a desear más de lo que le gusta, a extenderlos y a apresurarlos, pero no vale la pena, al final viven en uno, al final son parte de uno.

—Muy rico, negrito —le gritan desde adentro.

—¿Qué tal el término? —pregunta, sabiendo la respuesta.

—Melo, papi, todo está melo.

Y él asiente sonriente porque ya lo sabía, es solo un eco, una réplica de estar juntos.

Andar entre la miel

Fernando trabaja con el ceño fruncido, la acidez en la garganta lo ayuda a apretar el entrecejo, el estrés lo ayuda a no levantar cabeza, el ruido a su alrededor hace que se encorve e intente ensimismarse; parece concentrado, la verdad es que está más constipado que otra cosa, y eso también lo lleva a recogerse más sobre sí mismo. Tiene retorcijones, tiene, podría decirse, razones para estarlo; más que razones, excusas, pero bien reza el dicho popular… untado un dedo, untada la mano.

Recuerda la sensación de la noche anterior: el frío en la sien, la sudoración fría, la idea rondándole la cabeza… ¿será esto un infarto, un derrame? El cuerpo débil, llenándose de náuseas; las manos, llenándose de frío; su cuerpo en el piso, evitando desvanecerse… ¿Qué mierda le pasa al cuerpo? ¿Serán los años llegando con rabia? ¿Será la muerte manoseándole el futuro?…

Siente el tiempo en su contra, siente la saña y venganza, siente al tiempo rencoroso volver de todas esas tardes donde no hizo más que matar el tiempo, que despreciarlo, y no solo lo dejó consumirse, sino que pareció avivarlo con la mayor displicencia posible, viendo pasar el día sin siquiera intentar hacer algo. Parece que el tiempo tiene buena memoria, parece que piensa en esos días, en esos segundos que fueron desperdiciados y omitidos; son todos esos “mañana lo hago”, ese “pa’ qué estresarse hoy”… Las cuentas son largas; si viene a cobrar, el precio es alto, piensa mientras bebe agua tratando de apagar el ardor de su garganta, en la boca del estómago, en la conciencia y todo.

Una viscosidad invisible parece unir una desgracia con otra. —Las desgracias siempre llegan juntas —decía su madre. Lo recuerda y recuerda que la recuerda solo cuando algo que ella decía describe a la perfección lo que siente. Las cuchas tenían razón, piensa, siempre tienen una forma de volver a decirle a uno “¿vio? Yo le dije”, incluso después de que se han ido. El recuerdo interrumpe el mal rato y parece casi romperlo, deja de apretar de más las manos y la tensión libera la circulación.

Respira profundo y, revoloteando provocativo, un aroma dulzón termina por romper el ambiente donde estaba inmerso; un poco ácido, un poco cremoso, un poco húmedo. No puede describirlo por completo, y tampoco liberarse de él. Lo obliga a levantar la mirada y dejar de mirarse las manos. Ya no hay tanta gente alrededor, ni tanto ruido; solo unas teclas martillean al fondo, solo un tac, tac, tac delicado y seco. El teclado no sufre, se acciona; tiene justo esa precisión de medir su fuerza. Y la ve con las pestañas largas, casi haciéndose cosquillas en los párpados, con la boca proyectada hacia el frente como un pez dorado y con los crespos cayéndole como una escalera en caracol desde las orejas hasta los hombros. Puede ser el sueño, no sabe hace cuánto está allí, no sabe cuántas veces ha estado allí, no sabe cuántas veces se la ha perdido por estar mirándose las manos tecleando, por estar en esa espiral hipnótica que lo lleva a descender y con ella a donde ella vaya sin notarla a ella. La duda lo inquieta, pero no tanto como desencadenarla, y sigue disfrutando de verla, de olerla. Es ella la que huele como olían esos otros cuerpos que lo han engatusado, ese aroma irresistible, esa huella recurrente en su cabeza. Huele a ella, a ellas, a otras, a sus otras; huele a musa, a dulce tentación, a ganas, a deseo, a su deseo. Y por eso la mira jugar con su cabello, por eso la mira ignorarlo, tomar café; la mira trabajar, jugar con su cabello, como él quisiera jugar con su cabello, sus dedos de uñas cortas, su belleza casi rústica y simple, su piel amoblada para retozar sobre ella, para cargar y para sostener, para disfrutar, para jugar, para recorrer, lamer y probar. El pensamiento se ancla y la cara le cambia, las miradas se cruzan y, aunque el ceño de ella acompaña la proyección y el puchero de sus labios, él sonríe. Se da cuenta de que ya no le sabe todo tanto a mierda, lo piensa y se ríe: el que anda entre la miel, algo se le pega.

Reloj de pared

De izquierda a derecha sacude la cola a un ritmo placentero y, con su movimiento, marca el avance del tiempo; parece casi contento, diría uno, incluso, que feliz, sin razón, sin motivo y, sobre todo, sin necesitarlo, soberbio como un loro que se ríe justo cuando alguien se cae, él tranquilo mirando una lagartija inoportuna que se niega a moverse esperando que él se canse… si yo tuviera su paciencia, pienso y sonrío… mauuuuuuuuuu, le digo; mauuuuuu, me responde; no nos decimos nada, pero es mi forma de decirle gracias, no nos decimos nada, pero es su forma de decirme que no le pare bolas a eso.

Quisiera, yo quisiera, pero no puedo, no sin traicionarme, no a sabiendas de que si dejara de importarme lo que me importa, si viviera como otros viven, si aceptara de manera tan sumisa, me sería impropio, la pelea hay que darla, tiene que poderse, necesito que se pueda, y si no, por lo menos intentarlo, se puede perder, se vale perder si se pierde con la frente en alto, aunque no sirva de nada, como él gritándole a esa lagartija, como su deseo de saborearla, como su intención de arrancarle las patas y saborearla… quiere, quiero, pero la vida no nos da nada, solo una boca para maullar la rabia y la impotencia de no poder morder, de no alcanzar, de no llegar.

No se mueve y no se altera, en eso me gana, tiene ese instinto de cazador juguetón que a mí me cansa, tiene esa fuerza y ese ímpetu que le permite esperar, sabe que vendrá, sabe que bajará en algún momento, por alguna razón, sabe que es cuestión de tiempo… no es cierto, miento, no lo sabe, pero aun sin saberlo no pierde la calma, le basta excitarse imaginando su sabor, yo no puedo, no me basta, no es suficiente, quiero su boca en mi boca, agarrarla despacito, disfrutarla de a poquitos… pero me cansa esperar, me cansa la conversación tan vacía, tan lejana.

Él parece esperar indiferente, sé que no lo está, deseo que no lo esté, no puede estarlo, no si realmente le gusta, no se puede fingir indiferencia, aunque sí se puede renunciar al deseo, pero no tiene cara de estar cansado, no tiene cara de notar la hora y no ha tenido un día largo que lo atormente, no tiene por qué dar el brazo a torcer, no es como si le hubiera dejado de escribir, no es como si hubieran hablado de algo alguna vez, ella es una lagartija y hace lo que sabe, caminar por los techos, qué culpa tiene ella de que a él eso le guste, nunca lo hizo para él, ni le pidió que la mirara hacerlo, aunque le gusta su atención, le hace palpitar fuerte el corazón y le calienta la sangre fría que le congela el corazón, glu glu glu, le grita en ese juego de escondérsele, porque quiere que la mire, con sus ojos fríos, hambrientos, sedientos, y él acude, con ganas, con la boca hecha saliva… mezquina y manipuladora, casi humana, casi cínica, no tiene mucho adónde ir, hace lo que sabe, es su naturaleza, pero él tampoco tiene cómo resistirse, así es la suya.

Ese cortejo fúnebre, casi triste, es interesante de ver, lo suficiente para no perderlo de vista sin perderla de vista, quiero ver qué pasa, incluso si no pasa nada, no tengo su disposición juguetona hacia la ausencia y la distancia, odio esas frivolidades, pero es mi naturaleza ver, mirar y tratar de entender, esa es la peor parte, cuando después de un rato no hay nada que no pueda justificarse, porque se nota que los sobrepasa, que no es su intención, que nadie intenta dañar a nadie, casi nunca, muy de vez en cuando, que los buenos sí somos más, que los daños son colaterales, que la culpa no es más que un remordimiento frente a un capricho tozudo que no tenía nunca ni futuro ni fundamento, jode verlo, jode darse cuenta viendo un gato ver una lagartija que parece ocultársele mientras hace ruidos para que la vea, para que la encuentre, y en medio de ese caos, cucú, cucú, cucú, cucú, hasta llegar a las 12, y entonces él voltea con su cola como un péndulo tranquila marcando los segundos, viendo la pequeña artesanía de madera aparecer y desaparecer… olvidando que desde el techo lo observan, río de nuevo, no tengo su desinterés natural y maldito mientras le quito las pilas al puto reloj.

Ausencias y silencios

No se puede hablar con los silencios ni las ausencias; su grito es demasiado fuerte y no deja escuchar nada. Genera una especie de vacío que se lo traga todo, un pequeño torbellino de esos con los que uno juega en la poceta cuando lava los platos y deja que se llene para ver cómo el vórtice aparece, primero solo insinuándose hasta que succiona todo con fuerza, idéntico al que se crea dentro de las botellas de cerveza para desaparecer en un segundo en un alma incendiada que busca un poco de alivio en su frío, tratando de desaparecer esa incomodidad que lo llena, que aprieta, que lo sofoca. Cada silencio te hace sentir impotente y chiquitito, te reduce, te debilita, te cuestiona tanto.

Los silencios jóvenes duelen un poco más porque dan la idea de que aún había opciones, porque dejan muchas historias sin terminar, demasiadas posibilidades abiertas. Esos silencios llenan de ruido todo, distraen, son escandalosos, muchos, como muchas de sus risas y carcajadas; son escandalosos como sus propias voces, casi siempre extravagantes y coloridas.

Galeano hablaría de ellas como unas llamitas azules e intensas, abrasadoras, casi rayos imposibles de contener que, en un parpadeo, se inmolan de libertad y desaparecen demasiado pronto, la mayoría de las veces, con una particularidad: aunque flamantes, lucen cansadas, nunca rectas, siempre batallando, resoplando contra una fuerza invisible que parece querer ahogarlas y, más que una gran luz, emiten una onda de sonido tan fuerte —shooooooooooooosh— al apagarse que mengua todas las que están a su alrededor y las deja bajitas, sin oxígeno que consumir, sin aliento, sin nada por lo que arder o para qué arder…

Los silencios hacen demasiado ruido, las ausencias están demasiado presentes, rápidas e incandescentes como un relámpago y con un estruendo abrumador como un trueno, y persistente en el tiempo el nacimiento de un hijo de Dios. En ese fogonazo, en esa implosión, marcan todo alrededor, para siempre, crean un punto referente y permiten volver a él con frecuencia, a las dudas que nacieron con esa concentración de angustias, el reto a la imaginación de intentar concebir un dolor inimaginable, una oscuridad devoradora, un rugido ensordecedor que se intuye te llevará al silencio, pero que se acerca de a poco, permitiéndote imaginarte de manera recurrente que se aproxima, un poco más cerca, un poco más intenso, un poco más fuerte, una sombra que se expande en un túnel donde la luz va desapareciendo… De esa imagen no se vuelve, y tampoco desaparece; por el contrario, se multiplica, porque en cada uno, en cada una, es diferente y ninguna es comprensible, no sin ellos, no sin la pieza que falta…

Tanto ruido, tanta ausencia, y al igual que el agua en la poceta o dentro de la botella, le basta un par de segundos, un vórtice cerrado, para generar la inercia que irá drenándolo todo, aumentando la fuerza con la que absorbe, con la que el alma se prende de los bordes y no deja de girar, de halarse y arrastrarse hacia ese embudo de donde, de vez en cuando, una burbuja se desprende, y la velocidad aumenta, y el caudal aumenta, y el agua comienza a silbar, a anunciar, a mostrar lo que va a pasar: esa cuenta regresiva incierta, ese “es cuestión de tiempo” que se intuye pero no se comenta, del que no se habla, del que se diluye, y entonces, ante los ojos de todos, frente a todos y al mismo tiempo a sus espaldas, ocurre… y lo poco que quedaba se escurre en un gorgoteo gutural, en un espasmo involuntario, en un vacío total… y desde la orilla uno solo piensa en qué habrá sido, si habrá uno vivido algo semejante alguna vez, si habrá uno encontrado la salida que a otros se les escapó… si hubiera uno podido señalársela, describírsela o ayudado a encontrarla. Pero solo hay silencio y ausencia y un ruido horrible que llega con ellos.

A mares

El problema del amor, le dice Bianca a Helena, es que se agota rápido: no te quedan tantas primeras veces en él después de la primera. Las citas se te acaban, las buenas, me refiero; las divertidas, las que te hacen sentir algo; y cada vez son menos. Ya no quedan tantas buenas ideas ni tantos lugares por descubrir. Se acaban los apodos tiernos, las canciones, se agota todo lo que lo rodea y la posibilidad de que se viva.

Pará un poco, Bianca, y sí, te va a dar fiaca escuchar unas canciones y algunos lugares ya no son más solo tuyos, pero no implica que no podás disfrutarlos. Tenés que ser más pragmática, boluda: debería bastarte con que ahora sepás poner en su lugar a los desubicados que opinan desde un moralismo virginal sobre cómo y con quién deberías estar. Bancate tus años, tus miedos, tus malos ratos.

Ya sé que no tenemos 20, pero no podés creer que después del primer beso o el primer garche ya todos los demás son menos, o menores. Si las canciones se acaban, sobre todo las de Serrat, las de Sabina y las de Spinetta, ya no te hará ilusión que te digan muchacha ojos de papel, ni podrás sentir alegría cuando te digan que van a celebrar un mesiversario. Te entiendo, pelotuda, creéme que te entiendo, pero no está tan mal: el hombre de tu vida es el que se queda en tu vida. No sos una pendeja como para andarte quejando tanto por tan poco.

Marcela escucha, sonríe. Ellas hablan de lo que él siente, también siente; lo que se gritan antes del recital le retumba dentro, lo que lo ha llevado a ese segundo piso, tan lejos de casa, tan sumido en su propia cabeza, intentando hacer esas cosas que poco lo ayudan pero que le liberan la presión para que no estalle, para que no le gane la presión. Adolorido, reseco, se hidrata para evitarlo; se deshidrata mientras lo hace.

Las escucha y sonríe, porque el corazón lo tiene hecho un nudo, porque el peso en sus hombros le tiene contracturado el cuerpo, porque él también tuvo una muchacha ojos de papel y ya nunca pudo decirle a ninguna que los tenía, porque también ha sentido miedo de que vuelvan a dedicarle everlong o a que lo llamen de chelongo. Hay cosas que a uno le dicen, que a uno le regalan y que, al mismo tiempo, se las arrebatan; a nadie más van a sonarle bien, en ninguna otra boca. Ambas tienen razón: sabe como sabe la rubia que grita a la morocha que no es el fin del mundo que eso pase, pero sabe, al igual que la morocha que se queja con la rubia, que esas cosas duelen.

Ellas gritan, se gritan, se reclaman; el resto del lugar canta y corea algunas canciones que espera que suenen, que esperan que se canten, que los han traído y convocado. Canciones para olvidar, para olvidarse, para salirse de todo lo que los ha saturado. Ellas también están ahí para eso, él también está ahí para eso: para cantarse a esos viejos amores, a esos antiguos dolores que aún no se ausentan del todo, que siguen viviendo en sus cabezas, que siguen presentes con su ausencia; que se fueron, pero olvidaron llevarse todo con ellos, de los trabajos prometidos, de los ascensos no cumplidos… Las razones cambian, pero todos están allí para irse, para dejarse atrás, para dejar de sentirse tan mal un rato. Él también, él lo sabe, así que sirve más ron con coca y escucha en su cabeza las letras que él también espera cantar.

Bianca y Helena, lejos de casa, se han encontrado y ya dejan de discutir y de pelear sobre si el amor sigue siendo amor cuando el amor se acaba. Saben que no, saben que es diferente; que el amor es amor siempre y que el amor se navega, se naufraga, se surfea en la cresta de la ola, o se explora y se bucea; que el amor se desborda y que una vez se ama uno se zambulle y hace que sea imposible el pensarse fuera o por fuera. Las islas de las primeras veces desaparecen; la gente brinca, la gente grita, la gente canta, y entonces todos entienden lo inevitable: que nadie tiene el control para controlarse y que todos tienen algo de lo que olvidarse, incluso de ellos mismos, y que el amo aunque se acabe es siempre inagotable.

Infiernos y paraísos

Luis lee a Borges; lo hace por gusto y por disciplina. Le cuesta leerlo, pero le gusta cuando lo entiende. Tiene ese toquecito que lo hace sentir inteligente al entenderlo; siente, al hacerlo, que más que leer está continuando ese cuento donde Borges se encuentra con Borges, pero sin él ser alguno de los Borges: solo quizá una paloma que los oye conversar en la banca del parque donde se encuentran, maravillada y atenta.

Luis sabe que Borges decía que siempre imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Para él tiene sentido: siempre se describió a sí mismo como un gran lector más que como un escritor, y el paraíso, si algo ha de tener, es una dosis de placer que parezca incluso pecaminosa, piensa él y sonríe, e intenta imaginar cuál será la expresión de una paloma sonriendo con un dejo de arrogancia, de sentirse astuta. La idea le gusta y se deja envolver por ella: el paraíso debe ser una gula de culpa sin sentir un ápice de ella.

De la idea lo sacan sus gatos restregándose contra sus pies. Los ve y siente un poco su pregunta, su angustia; los ve y le oprime el pecho. Le gusta el silencio; en su paraíso hay calma, tanta que los pensamientos deben tener eco, piensa, y de nuevo se imagina como paloma astuta, pero el silencio que hoy se le presenta no es complaciente: por el contrario, le duele y les duele. Lo entiende al verlos: ellos no saben por qué su paraíso les hace vivir un infierno. Es como si la biblioteca de Borges estuviera llena de libros malos, o de los libros que él considerara malos. Este silencio viral y endémico, esta ausencia de voces, no es la calma que desearía ni esperaba.

Sus gatos le recuerdan que hace días no puede hablarles. Su expresión es un interrogante, un grito que siente: un “¿qué te hicimos?”. Un reclamo: “¿Por qué el silencio?”. Saben que no ha dormido bien, que su temperatura no ha sido normal; saben, cree que saben, que algo no está bien, pero piensa que no saben por qué el silencio, y eso también lo tortura. Quisiera decirles que todo está bien, pero la voz se le rasga, la garganta se le cierra, el aire le falta, e imagina a Borges tomando página tras página de tramas simplificadas, de figuras retóricas pálidas y delgadas.

La gente a veces olvida, piensa abstraído de sí mismo, que el paraíso y el infierno son opuestos, pero la verdad es que son muy similares, casi idénticos: el uno es solo la perversión del otro. Bien dicen los viejos que el diablo está en los detalles; los pequeños detalles que dentro de todo paraíso consumen el placer de habitarlo: el conocimiento inútil, la gracia torpe del presente perpetuo, de la búsqueda del sentido y no del propósito, la deuda eterna de la promesa no consagrada, la ilusión de la importancia personal y del reconocimiento como pago, seré cuando me digan que sea… Se trataba más de ser a pesar de la incomodidad de ser.

Pero él piensa que los gatos no lo saben y él piensa en lo incómodo de su silencio para ellos, de su ausencia presente, de su indiferencia casi gatuna frente a ellos. No quiero herirlos, piensa; no quisiera incomodarlos con este silencio al que no le pertenezco desde la entrega sino desde la imposición; quisiera que la supieran, piensa Luis, agobiado y abrumado por la idea del sentimiento de exclusión de sus gatos.

Mientras tanto Borges le señala a Borges la expresión que hace esa paloma que parece mirarlos: una expresión extraña de angustia y desesperación. Es casi como si sufriera de algo, como si algo le preocupara, como si su único problema en la vida no fuera simplemente picotear el campo.

Encandilados

El Flaco usa siempre lentes de sol. Cuando le preguntan por qué, dice que sufre del síndrome del mosquito: que la luz lo atrae, que la luz lo abstrae, que le genera un impulso, un movimiento que escapa de su razonamiento; que es mejor cuidarse de eso que lo hala a uno sin entender muy bien el por qué. Instinto, lo llama. Uno tiene que parar bolas, dice.

Lo dice en medio de una resaca monumental, pero lo dice serio, sin rastro alguno de mentira en su voz. Hay convicción en sus palabras e intención en su acción. En otras palabras: el Flaco dice la verdad, el Flaco no miente. Es innecesario mentir, lo repite constantemente; pero puede evadirse una verdad con otra sin mentir. Está bien no responder todo lo que se pregunta. La gente debería ser como los libros: debería recibir solo las respuestas para las preguntas que sepan realizar…

No es la resaca: el Flaco está así por algo más. Tiene la sonrisa envainada; los ojos detrás de las gafas sonríen, el cuerpo le sonríe, el tono de la voz le sonríe, pero la boca está tensa. Está eligiendo las palabras con cuidado, está rumiando su idea, está indeciso. El Flaco sabe que eso es peligroso: una idea que no se digiere cae pesado; la pesadez le da indigestión, y la indigestión de una idea le arruina el día. Le es imposible contener los pensamientos cuando está en ese estado: le brotan a una velocidad que es imposible filtrarlos, se desboca; se suceden con un intervalo tan corto que no puede atraparlos. Y entonces habla, y cuando el Flaco habla uno cree que va a tragarse la lengua: lo hace de corrido hasta quedarse sin aire, hasta que se le atropellan las ideas; y entonces enciende un pucho o una pipa y camina lento y en círculos.

Eso lo calma, al menos un rato. Eso lo apacigua: dar vueltas sobre la idea con la boca ocupada, con el humo jugueteándole en la lengua. Así vuelve a su rumbo, y se sienta de nuevo. De repente me mira; sabe que no he dejado de verlo. Intuyo que sabe que nunca dejo de verlo, que es una especie de pacto entre nosotros, de respeto y cariño.

—Lo tengo claro ya —me dice, y continúa—. Me jode creerme la trama del cuento olvidando que ya lo he leído; me jode terminar caminando con una botella a las 3 de la madrugada por una calle infinita y vacía, que se siente menos sola que yo después de una guevonada de estas…

No lo interrumpo, lo conozco: aún no termina de hablar. Algo más tiene en la garganta, o quizá no quiere escucharse diciéndolo. Si es lo segundo, creo que intuyo lo que es. Puedo decirlo por él, y mientras él duda me animo:

—Todos queremos creer; la única iglesia que tiene la fe de todos es la de ese amor que no se necesita sino que se elige; de esos templos que se palpan, se lamen, se besan y se follan y se usan, esos templos que se veneran no en vano, que se profanan por pura devoción a la carne. A esa iglesia le apostaríamos todos. Que no te joda, Flaco —le digo—. En esa todos somos hermanos; todos pecamos por pensamiento, palabra y omisión —le digo. Me río y se ríe; llevo la mano al corazón y le digo—: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Él repite conmigo después del primer gesto.

Ahora está liviano, ahora sonríe, con esa mueca suya medio embólica que le estira la cara de un solo lado; sabe que de verdad no está solo, que también he recorrido yo ese camino.

—No todo lo que brilla es oro; han dicho siempre los que persiguen el oro, y aun así uno no les cree —le digo—, con demasiada frecuencia: obnubilados por el deseo nos hacemos los maricas y olvidamos ver más allá de las ganas, de la sonrisa, de la elocuencia, de la esperanza, de las téticas… No hay nada puro, Flaco; no hay ya nada sagrado y uno lo olvida. Entre cielo y tierra nada está oculto, Flaco: han pasado 3200 años y siguen habiendo Helenas por las que vos y yo entregaríamos Troya.

El Flaco me mira y no afirma, pero se ríe.

—Siempre hay un par de imbéciles que creen que con un poco de plumas y brea pueden alcanzar el sol —lo dice mientras se quita las gafas y mira directo a él.

Cabañuelas

Los finales siempre me han parecido un tanto aburridos. La gente está cansada cuando se acerca el final; se puede estar agradecido, se puede salir a tiempo y hacer algo decente por uno mismo, sin embargo, siempre hay una nostalgia en medio de todo. Aunque tarde o temprano siempre llega, uno sabe que se aproxima, que tiene el tiempo encima, y entonces la gente mira un poco al piso y se concentra en todo lo que no fue, en todo lo que no pasó, en lo que no vendrá, lo que no tiene, lo que no se cumplió… Solo en ese momento se permiten contemplar todo lo que les sabe mal.

Se bañan, se peinan, se ponen ropa interior amarilla y se ocultan debajo de las mesas, escriben lo que quieren dejar atrás y se atragantan con 12 uvas: algunas simples, otras congeladas y llenas de vodka y tajín, otras reemplazadas por fresas o cerezas para comerse hasta la última del pastel… Entonces suenan las 12 campanadas, se abrazan, se arrojan lentejas de los bolsillos, se encienden los deseos y se acuestan ebrios de esperanza, de ilusión, de un comienzo mágico.

Va a pasar en unas cuantas horas, pasa cada año, y uno solo tiene dos opciones: el hastío o la ilusión; o hastiarse de la ilusión, dejarla atrás, de lado, echarse a muerto con todo… Prefiera esa con un poco de hielo, con un saborcito fuerte, ahumado y seco. No me gustan los finales; por eso, cuando llegan, no los evito: los miro de frente, a los ojos, dejando que sepa que sé que se termina. Frente a mi reflejo y por su bien brindo; una especie de ritual que ha evolucionado para evitar ser visto hablándole al espejo. Lo bueno comienza, lo que importa apenas comienza, el final no cuenta, lo que pasó ya no importa; duele, pero no importa. Te puede llenar de rabia y aun así no importa; te puede hacer nudos en la garganta y el pecho y aun así no importa. En eso pienso: el presente es breve, casi imposible de apreciar, así que abrazo como ellos, me como las uvas, con tajín y vodka por fortuna, y pienso, como decía mi abuelo, pensando siempre en el trabajo: me voy a dormir porque mañana debo estar atento a las señales.

Las cabañuelas le dirían cuándo sembrar y cuándo recoger, cuándo cuidar más el campo y cuándo ararlo con más fuerza. Me gustaba esa tradición de irse a dormir, no con la seguridad de un mejor mañana, sino con la intención de prepararse mejor para lo que viene. Así que, como él, me despido y parto, pensando en esos doce días, en ese plan que debo seguir, en esas metas que debo perseguir: a la próxima no tendré tanto cuidado; con la próxima no me haré tanto a un lado. La próxima oportunidad debe sentirme, debe ser capaz de presentirme, debe temerme cuando me sienta cerca y saberse perdida cuando sienta mis ojos posarse sobre ella. Deberá saber que ha sido tomada; entregarse aun sin garantías, exigir garantías de por qué hacerlo. Lo hará porque quiera, porque se le cante, sin estarme buscando, sin haberse prometido prometerse.

A la próxima no habrá permisos ni disculpas: no habrá silencios ni turbas, no habrá mezquinos entrometidos dictando el camino que debe recorrerse para cumplir un sino. No habrá un mapa de los sueños donde ser tachado, ni un espacio incómodo y aprisionante donde hacerse para reemplazar lo perdido: un café con los amigos, un asado con la familia, un polvo que me desempolve los discos, una cerveza fría en la tarde, una escapada en la mañana hacia un horizonte, un regresar a casa, un libro, un cuento que contar, un día de pereza con mis gatos y una tarde de juegos que haga que la risa me marque el abdomen; y un abrazo de todos los que, por alguna razón, al recordarlos me siguen haciendo reír. Me voy a dormir pronto, porque quiero empezar pronto como mi abuelo, buscando mis cabañuelas.

Un vaso vacío

Hay un vaso vacío esperando la botella de ron que está en la puerta de mi nevera; a su vez, esa botella espera que tu mensaje aparezca. Ese vaso me mira y siento su vacío, su ausencia, que es también la tuya. Si estuviera lleno, significaría que estás en mi sofá viendo mi espalda alejándose rumbo a ella. Verías que abro la nevera, que me inclino y tomo por el cuello una botella fría, un Sailor Jerry especiado, caneludo, con toque a vainilla… dulce y acaramelado, tan parecido al aroma de tu cuello, de tu cuerpo, de tu vello, y, como no estás, noto que eso que debería pasar no pasa.

Hay un vaso vacío, una botella llena, y, porque sé que está vacío y llena, porque están ambos allí, la boca se me hace agua, las manos me cosquillean. Hay ganas, quiero sentir su boca en mi boca, mis manos apretándole fuerte las caderas mientras mi nariz roza sus orejas. La Tana tenía razón: una buena nariz lo cambia todo. Ella hablaba de besos; con el tiempo lo he hecho más que físico, espiritual. Una buena nariz intuye, una buena nariz presiente, toca antes de que la piel de mis mejillas toque, toca antes de que mis labios se posen; una buena nariz mide las distancias, las enuncia, y la promesa de la caricia que sigue a la caricia es siempre más poderosa que la caricia misma. Por eso la nariz cuenta, pero no solo es contacto, es también idea… ese vaso vacío, esa botella llena, esa distancia suya de mi cuerpo tan diferente a la cercanía de sus palabras.

El silencio reina, la reina ha sido tomada. El tablero sin ella es lento y difícil de defender. La ilusión está en jaque. Me siento, aguardo, me sirvo un ron, lo tomo despacio, lo saboreo. Las especias pican en la boca, el cosquilleo en el paladar se intensifica. Sirvo otro trago, lo huelo, lo disfruto, lo degusto. La nariz no miente, la nariz presiente. No debí tentar la suerte, no debí lanzar los dados. Ella tenía miedo, ganas pero también miedo. Necesitaba sentirse fuerte, necesitaba las riendas, necesitaba el juego. Yo simplemente odio el juego, odio la mentira y la insensata emoción de la victoria. En el sexo no hay vencedores ni vencidos.

La gente ama el juego: cazadores, predadores, agazapados en medio de conversaciones eternas. “Lo bueno se hace esperar”, piensan… Lo bueno no viene después de, lo bueno está desde antes. Se presiente, en el humor, en las ideas; no después ni en medio. Estoy sediento: el vaso, por suerte, ya no está vacío; la botella, por suerte, ya no está llena. La noche avanza. Sirvo otro trago. Ella no va a venir. Es calor ya. La noche se ha pospuesto. La soledad, en cambio, llega sin falta; se sube la falda, se trepa sobre mi cintura y, con las tetas al aire, me besa, desvergonzada como toda ilusión rota, altanera como cada orgullo herido. Posa sus labios donde deberían estar los de ella, me muerde como debería hacerlo ella, pero el mordisco duele más: es más frío, más brusco, más torpe.

No viene. No importa. El vaso está vacío de nuevo; la botella, también; el orgullo, herido; la cordura, perdida. No viene y no importa. Si llegara, ya de nada serviría. Se ha perdido el control, el deseo, se ha perdido el foco. Si llegara, si la puerta sonara justo en este momento, las decepciones se encontrarían frente a frente: la suya, por no encontrar un hombre sereno, con aguante estoico y ejemplar; la mía, porque llega un momento, un minuto, quizá sea incluso un segundo durante la espera, donde ya es preferible que a quien se espera no aparezca. Tiene más decencia su ausencia, tiene más prestigio, clase, su omisión. Hay más respeto en quien no aparece que en quien tarda para llegar. Que no llegue, que la puerta no suene, que nada llene la sala, ni la botella, ni el vaso; que nada llene las ganas ni la conciencia ni el espacio. Que se quede así, ausente e imponentemente vacío, como ese vaso que se ha tragado hoy las ganas, los miedos, las rabias, y continúa allí, desafiante: podría beberse todo si se lo propusiera.