Gustos y colores

Hay formas, hay normas, hay demasiadas… muchas de ellas deformadas. Hay también muchas miradas, pero pocas interpretaciones. Las perspectivas, aunque múltiples, suelen fusionarse. Nadie quiere incomodar ni levantar la voz para expresarse, no realmente: suelen hacerlo más para esconderse, detrás de otros gritos. Dar un paso al frente es ser visible; ser visible es ponerse una diana en la espalda. Quieren llamar la atención, pero no retenerla ni manejarla, solo rozarla desde el anonimato. Se quieren parecer, pero dudan sobre ser; saben que tiene un precio, y no saben si les alcanza ni si quieren pagarlo. Les asusta perder la opción de ser algo más… a la mayoría les da miedo, por eso siguen las normas, las formas, sin importar cuántas hayan.

Se visten bien, se portan bien, hablan bien, de frente, de espalda; se desvisten también. No se portan ya tan bien ni hablan como se esperaría. Los desconocerían sus pares si alguno pudiera verlos cuando se esconden. Por fortuna conocen el juego: las sombras se proyectan, pero son imposibles de atrapar. Se ven con desconfianza, se presienten; no es para culparlos, saben que dentro de ellos habitan las mismas ganas que tratan de ocultar. Se tientan constantemente a perderse, se rodean, se miran, se huelen, se rozan, sonríen y, aun así, la obra continúa y nadie cede. No sin oscuridad, no sin licor, no sin estar seguros de que sea lejos de casa, lejos de todo lo que los contiene, de todo aquello que pueda nombrarlos. Pero mientras la luz los toque, son un postrecito que se mira pero no se toca, que se toca pero no se come, que se come pero no se unta…

Siempre cerca, siempre posibles, presas y presos de sí mismos. “Quiero, pero no puedo”… todos están presos de algo: de una idea, de un sabor, de un gusto, de un juego, de todo, de nada, de lo que se acerca y se aleja, de estar y de ser, de parecerse a los demás. Costó llegar a donde están —si no a ellos, sí a sus padres—. Esta parte es importante: solo aquel que tiene algo que perder intenta disimular aquello que cree que le ayuda a conservarlo.

Colores de la suerte, medias de la suerte, camisas de la suerte, día de suerte, meses de suerte. De animales y ascendentes. Se buscan en cualquier señal, se amparan bajo cualquier amnistía cósmica o ideológica, cualquier cobijo que justifique los brotes innegables que se asoman de sus superficies, las rupturas que se profundizan y parecen partir ese yeso que congela, recubre e imposta, pero nada los exhibe; solo permite asomarse hacia el vacío de sus propios cuerpos.

Se contienen porque siguen las formas, las normas, sin importar cuántas hayan. No cuestionan ni dudan. Se debe ser, se debe parecer, se debe… tanto se debe. Para ellos es imposible estar a paz y salvo con sus deseos. Se prestan momentos de libertad, se prestan y se niegan a sí mismos el placer de disfrutarse. Solo a ratos un rato, por momentos un momento. Aplicados, serenos, sedientos, famélicos, quieren cambiar las reglas del juego, quieren adueñarse de un espacio-tiempo y hacerlo presente, constante. Quieren sentir que han logrado engañar al sistema huyendo dentro de ellos mismos y llevando con ellos a quienes los han visto en medio de la oscuridad, del pequeño y profundo abismo de sus deseos.

Quieren a uno que haya entendido que el cuerpo y la carne son una herida supurante. Pero poseer arruina el juego; poseer achica el gusto, el culposo gusto de haberse transgredido a sí mismos en búsqueda de lo deseado. Entonces se pierde el gusto, cambia el sabor, se destiñen los colores y la vida crea otra prisión, otra capa que retiene lo que un día se fue gustoso. Y como los presos después de la hora conyugal, del patio o del buen comportamiento, regresan mirando el rayito de sol o de oscuridad que los detiene.

Para los gustos, los colores; y para los que están presos de sí mismos, lo que les gusta es color de la libertad.

Parece poco.

Es poco, no importa cómo se mire, es poco, para las posibilidades, para las esperanzas, para lo que queda, cuando algo se anhela nunca llega a tiempo y siempre se va pronto, cuando uno quiere quedarse, el reloj nunca se estira lo suficiente, el hombre quiere el paraíso y la manzana… las quimeras le son esquivas, pero siempre coquetas.

Por eso intenta vivir como puede y como quiere, no importa cuánto dinero tenga, las obsesiones atacan a todos, los límites son los que se estiran o extienden, somos lo que somos, impulso, pasión, instinto, ansiedad, nervios y furia, pensamiento… ah, eso lo jode todo, pero no para todos, hay algunos libres, no de pecado, pero sí de culpa, como me caga la felicidad de los insensatos, no me parece siquiera envidiable porque su falta de entendimiento es parte vital de ella, son felices porque no saben que lo son, creen que sufren, pero desconocen los dolores, creen que creen pero ignoran todo aquello que desafía su creencia… Así no tiene gracia, es una felicidad animal, un tránsito irreflexivo que resulta desdeñable. Pero para quienes son conscientes de su existencia, saben que solo se existe a través de la experiencia, y siempre viene bien una más.

Una noche más bajo las estrellas, una noche más desnudos y abrazados en el mueble de la sala, una tarde más, una mañana más, un anhelo más, como puede y como quiere, la vida tiene sus formas, y aunque uno intente deformarlas, forzarlas, nada las evade por completo. No es poco, pero lo parece. Después de todo, una caricia más es el saldo que tienen pendientes todos los amantes.
Adictos, a la adrenalina unos, a los libros otros, a las tardes de sol y las noches de arrunches, a los ronroneos de un gato que se frota contra la mano que lo acaricia, a los amaneceres y los atardeceres arrebolados, a los árboles florecidos y el aroma del café invasivo que va lentamente, cuarto a cuarto apoderándose de cada rincón, nada nos basta, nunca es suficiente, siempre podría ser un poco más, siempre tendría que ser un poco más, como quien decora una casa, un poco más al centro, un poco más arriba, un poco más a la derecha… siempre un poco más.

Por eso pensarlo jode, porque cuando uno lo piensa siempre quiere más, desde lo poco hasta lo imposible, quiero más que tocar su mano, más que su abrazo, más que rozar sus labios, quiero jugar, quiero ser bueno jugando, quiero que me paguen por jugar, quiero que me paguen bien por jugar, quiero el salto, el susto, el gusto, quiero ver el mar, vivir frente al mar, vivir frente al mar en una casa grande, en una casa grande con yate… la mente es tramposa, a la mente nada la alcanza y todo le parece poco.

Por eso uno cree y piensa que ha sido poco, hasta que camina con los ojos puestos en todo lo que lo rodea, y ve que todo ha cambiado, que los barrios y sus calles, que las tiendas y sus dueños, que la esquina y sus acérrimos, que la música ha cambiado, que los rostros de los carros han cambiado, que los niños que corrían con la cara sucia, el uniforme sucio y lleno de tierra, ahora corren de traje, por llegar a tiempo al bus, que están en esa edad en la que uno comenzó a pensar que a veces parece poco lo cotidiano, y entonces se da cuenta de que poco es todo.

Que cada tinto cuenta, que cada risa suma, que cada amante, cada lunes, cada salsa y cada cuento cuenta, que cada partido ganado o perdido ha valido la pena, que se volvería a hacer todo con una sonrisa, porque uno sabe que siempre todo parece poco, pero que no significa que lo sea, que el café molido en una mañana de lluvia, que la conversación que libera, que el abrazo que arropa, el arroz con huevo o la sopa de sobre hermanan, porque compartir lo poco agranda lo compartido y nada ha sido poco.