Los tercos

Hay pocas cosas que molestaban tanto a Antonia como los tercos, no hay razones con ellos, no sirve la evidencia ni la astucia, un terco es en cierta medida también un fanático, aunque creía firmemente en que los segundos eran mucho perores los que solo eran tercos, el fanático pensaba mientras Jose, sin tilde, le contaba de su vida son seres ingenuos, miedosos e inseguros, algo debe existir afirman, algo más grande, más importante, más sabio, alguien más controla su vida, les da esperanza, les promete una recompensa por la que ni siquiera deben trabajar, esos que alimentan a los fanáticos son ideas astutas, pensadas para explotarlos, son víctimas pensaba, no tienen escapatoria, ah pero los tercos puros, eso pura sangre de la razón eran una pesadilla.

Por lo general saben mucho de una sola cosa, su mundo es lineal, su mundo piensan es el único posible, seguros de todo… nada debería ser peor para un hombre que estar seguro de algo, están seguros de sus decisiones, de sus preguntas, no ven nada malo nunca en ellos, a los demás les falta un poco razón, a los demás les falta astucia, no son como yo piensan, pobres dicen, nunca se responsabilizan de sus acciones sobre los demás, son como los malos amantes o las malas amantes, egoístas, incapaces de entregarse a la situaciones, ponen reglas, siempre reglas y excusas.

No me toques así, haz así, ven aquí, toca allí… bailan solo si aprenden en academia, no tienen imaginación, todo deben aprenderlo, son repetitivos, secuenciales… los peores de todos son los que además crea la academia, personas que se llaman a sí mismos científicos, qué oxímoron tan grande pensar en un hombre de ciencia incapaz de dudar y falto de imaginación, nunca investigan, ni crean, son simples y llanos aplicadores, no hay diferencia alguna entre ellos y una máquina, debe ser por eso que suelen estar obsesionados con los estándares, la ley de los números grandes piensan, si la mayoría piensa algo pues esa es la verdad… eufemismo tan tonto.

Jose continúa hablando, habla de sus relaciones fallidas, de cómo los demás son incapaces de seguir procesos lógicos, habla de sus necesidades, de la ausencia de su padre, de su obsesión por la sistematización, de su deseo desaforado, este se mira al espejo y no es capaz de reconocer ni una fisura, se consideran la solución y solo por eso incapaces de ver sus errores. Intento ser mejor dice Jose, quince veces en treinta minutos, se lo dice a sí mismo, necesita reforzar su patrón de comportamiento, memorizarlo, y finalmente, creérselo, piensa que no es un mal tipo, aunque engañó a su ex esposa, a su novia y a su amante, es una necesidad de objetivación, sé que tengo un problema, lo reconozco, dice, lo reconozco porque quiero ser mejor… son tan buenos siempre los tercos en las teorías, son  impecables, alumnos de memoria, incapaces de aplicar, dígame qué hacer, cómo mejorar, deme el secreto para que todo esté bien… una pérdida de tiempo, se los digo siempre con frecuencia, si no sos capaz de imaginar un escenario diferente no podés llegar a él, si no puedes ver a través del problema, seguirás encerrado en él, pero insisten, dicen que sienten que han mejorado, que notan cambios, van al gimnasio, intentan leer, algunos son tan divertidos que luego de un tiempo dicen, leí este autor que me recomendó, ya había pensado yo algo similar, el libro es de hace 200 años y el piensa que no es sorprendente porque él pudo pensar algo parecido. No puede ver su reflejo, su propio ego lo opaca, no entiende que se lee para darse cuenta que no somos nada originales, ni especiales ni únicos, que se lee para saber que los humanos somos muy parecidos, que la grandeza es circunstancial, temporal y sobre todo aleatoria, no, no entienden, están seguros de su autorealización, a nadie le deben nada, la suerte nunca ha estado de su lado, ellos son los únicos, los héroes…

—¿Qué cree doctora? Le pregunta y le interrumpe sus pensamientos.

—Que usted está mal Jose, que mientras que no sea capaz de darse cuenta, lo seguirá estando.

—Pero dígame cómo mejorar, yo quiero ser mejor dice, y aunque ella lo escucha, sabe que es incapaz de aplicarlo, no hay caso Jose, —usted es terco dice, y los tercos solo escuchan su propia voz, estudie sicología, ayúdese usted mismo, si es que es capaz de graduarse, si es que es capaz de escribir.

Diván

Luís caminaba erguido, no saludaba a las enfermeras ni a ningún paciente en la recepción estaba alterado, siempre estaba alterado y nada lo distraía.

Emilio, su siquiatra sabía que sería una sesión larga, Luís no tenía nada mal, era consciente, pero su alma era muy débil, todo lo afectaba y de la ira a la depresión brincaba en cada momento, era un hombre triste, todo lo afectaba con tanta facilidad que sus crisis nerviosas iban en aumento.

—¿Todo bien Luís? —

—No, doc., nada está bien nunca, usted lo sabe mejor que nadie—

—Contame, ¿qué te pasa? —

—Todo me pasa, me estoy enloqueciendo doc., me estoy convirtiendo en mis miedos, en los personajes de los cuentos que leo, por favor enciérreme, aísleme, necesito estar lejos de todo y de todos. —

Emilio lo miraba mientras el hombre estaba acostado en el diván visiblemente afectado, le producía una lástima grandísima, Luis era demasiado sensible a la vida, y en su trastorno no distinguía entre la realidad y la ficción, pero el estar consciente de ello impedía considerarlo loco.

—Luís, tenés que entender que no puedo considerarte ni declararte loco, vos simplemente te sumís en los sentimientos de una forma que no es sana; pero no es locura, te entregás a cada momento de una manera ridícula, das un paso al frente incluso cuando sabés que hay un precipicio frente a vos, pero ese paso lo das de una manera consciente, lo sentís crecer dentro de vos y aún así caminas con la frente en alto.

— No doc., hay un punto en que dejo de ser, no sé describirlo, pero Horacio me dice que me refugie en la metafisica de las palabras, Erdosain me invita a vivir en la humillación para ser feliz, el Moteca se maravilla con todo lo que es normal, Lord Henry quiere que señale cualquier falta de astucia, Chinansky solo me pide que me tire todo, que pelee con todo, es abrumador, luego solo está la laguna y la depresión, entiéndame no soy yo, me pierdo entre ellos, me secuestran el cuerpo y viven a través de mí—

Emilio guardaba silencio, la historia de este hombre era inusual, hace mucho lo trataba por cuadros de depresión e ira, pero él juraba no recordar lo que sucedía. Lo peor es que cuando hablas con él es un tipo lúcido, inteligente si quiere, pero lleno de dudas, de miedo. Le aterra vivir una vida plana, sin fantasía, se enamora tanto de los personajes que se pierde.

—Luís, lo tuyo es exceso de imaginación y no puedo ni medicarte ni recluirte por eso, para vos lo único que puedo recomendarte es el autoconocimiento, quizá algo de yoga, pero no puedo declararte loco solo porque tenés miedo. — Luis lloraba como un niño al que se la ha negado un capricho, mordía los cojines y apretaba su rostro contra el diván.

Emilio contemplaba la escena conmovido era un niño, Luis nunca había crecido, seguía siendo un niño, confundido, aún sin definirse, sin encontrarse, en su opinión profesional todos lo son, pero el caso de Luís era diferente; crónico, era más niño que los demás.

Luís lloró el resto de la sesión, sin medirse, desde fuera parecía un lugar de vacunas y no una terapia, este niño sobredimensionado, desatendía toda lógica.

—Ya está bien Luis, sácalo todo, llora todo el dolor, todas la dudas, llora y sácate el malgenio, la frustración, llorá que las lágrimas están permitidas para los niños, llorá como una catarata inagotable, convertí el sudor en lágrimas, tu incomodidad, los nervios, llorá el corazón, el páncreas, si alguien puede hacerlo sos vos. —

Luis sorbía los mocos junto con las últimas lágrimas, estaba tranquilo y cansado, exhausto.