Una chica divertida

Me divierte siempre, en una mujer, encontrar a la que se viste con su propia piel, a pesar del dolor, del olor y del sabor; la que se masturba, la que no me necesita. Es un afrodisíaco, un placer, sentirse elegido. No sé, podrías decir que me gustan las que perfectamente podrían dejarme pasar de largo, las que no se apegan, las que saben que sin mí habrá otro día…

—¡Qué disparates dices tío! Una mujer está hecha para ser follada, nada más importa —respondería Jerry, un moreno de pelo largo y ensortijado al que la vida solo le palpitaba en la verga.

—Pulsiones, hombre, pulsiones. La vida responde a pulsiones. La monogamia y la selectividad son mariconadas dignas solo de afeminados. Gente despreciable, con gustos blandos. De una mujer no importan más que dos cosas: que no pese más que tú, siempre y cuando no mida menos que tú, porque si una pigmea pesa lo que tú pesas, no es una mujer, es una bomba. Y dos, que no esté menstruando.

Lo decía siempre con la cabeza en alto. En verdad así lo creía. Y sí, era un follador. Si pudiéramos describir a las personas por sus pasiones, la de Jerry era follar. No la música, a pesar de que tocaba bien la guitarra; no el dinero, aunque fuera un buen corredor de bolsa. Únicamente follar.

Por eso le divertían nuestros encuentros. No entendía cómo podía perderme un polvo por corregir una falta ortográfica. —Un hombre lo soporta todo con tal de follar. Un follador es un cazador —decía.

—Nada importaba más que la verga empapada y los gemidos, los jadeos. Que un buen follón lo vale todo. Hay que follarlas a todas. Follar es poder, y el poder es para poder, así que hay que follar porque se puede y mientras se pueda.

Aunque hablara de poder, él solo pensaba en follar. —El poder no existe, no es definible. Pero una vagina empapada, húmeda, caliente, tiene cuerpo, olor, sabor, temperatura. No es un concepto, es un coño. Un sexo dispuesto y perfecto. El gemido tiene sonido, y el cuerpo, temblores.

Lo tuyo y tus miedos es fragilidad, falta de carácter. Tu temor es casi mariconada. Tus libros son fríos, tus ideas absurdas. Pero un coño, es un coño. Y aún así, bien podrías pensar lo que pensás y follar, tío.

Quizá Jerry tenga razón, pero esa ley es solo suya. El sexo, en general, me parece divertido siempre y cuando sea deseable. El sexo es deseo. Su importancia, sin embargo, es relativa. Pero tiene razón en algo: sin folle no hay nada. Con cualquier mujer… puede gustarte cómo piensa, pero debe gustarte cómo folle, cómo hable, pero aún más cómo gime y jadea. Porque un cuerpo sin deseo es solo fábrica de excrementos. Nada más.

Jummm. Sonrío. La mesera es una chica interesante, me regala cigarros. ¿Querrá ser follada? Se ve que es una chica divertida. De esas que dejan la luz encendida y piensan: disfrutá del hembrón que te estás follando. De esas que, cuando se masturba, el placer no lo obtiene del vibrador, sino de imaginar el placer que debería sentir aquel en quien piensa que disfrutaría follarla. Su placer, entonces, es el de imaginar el placer que siente quien tiene la fortuna de verla indomable, moviéndose a un ritmo frenético. Sus gemidos vienen de sentir el gemido ajeno. Su orgullo es su sexo.

Seguro, grita su rostro. Tiene cara de haber visto tanto porno como yo, y de disfrutarlo de la misma manera. De masturbarse frente a un espejo, no para verse, sino para ensayar sus expresiones frente a él. Cómo puede provocar más, evocar más. Es una perrita en celo, una puta que merece y necesita ser follada. Me la pone dura solo verla. Jerry estaría orgulloso. Soy un animal igual que él. Y mi debilidad son ellas, las chicas divertidas, de las que no se guardan nada, de esas que en la primera noche la viven como si fuera la última, al igual que la segunda, y la tercera.

Sí, Jerry estaría orgulloso. No dejo de imaginarla desnuda. No dejo de imaginar su boca entreabierta dejando escapar un gemido entrecortado, su voz pidiendo más, sus orgasmos egoístas y al mismo tiempo generosos. Se viene para provocar más placer. Porque, como ya dije, ella es de las que no te necesitan, de las que te ven y dicen: me lo quiero comer, sin pensar en quiero tenerlo junto a mí; pero que, si decide quedarse, no lo hace porque necesite quedarse.

Una pulsión, diría Jerry. Una pulsión. La vida es una pulsión. Y sí, es una pulsión. La de ella, la de su sexo, la que me dice que sí, que ella es una chica divertida, con una selva tropical jugosa y pegajosa, un mar de fluidos, una sensación térmica que quema. Ah… debería pedirle la cuenta o un beso… ¿La cuenta, un beso o quizá su teléfono?

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