Mudanzas

Siempre le he temido a las llamadas de último minuto, conozco el negocio y sé que cuando ese aparato empieza a repicar a 10 minutos de terminar el día, nada bueno viene, cómo puede ser que todas las llamadas de último minuto sean para quién llama importantes, si fueran importantes lo hubieran hecho a primera hora, es un claro irrespeto, una violación a al contrato de prestación de servicios, una menospreciación de mi tiempo, pero el trabajo es el trabajo…

¿Cómo puede ser que siempre pierdan algo que se considera valioso en una mudanza?, diez años haciendo esto solo demuestran lo equivocado que estaba Darwin, los imbéciles no se van a extinguir, de hecho creo que nos van a extinguir a nosotros.

Pero en fin, solo queda suspirar, pegarse el auricular a la cara y tragar saliva: Mudanzas nómadas, habla Álvaro.

Don, discúlpeme, no encuentro una caja, y creo que podría estar en la antigua casa, en alguna parte, quizá en la cocina, o en el garaje.

Tiene suerte de que sea bueno recordando, de otra manera hubiera sido imposible reconocerla señora, su mudanza fue hace ya un par de días.

El tono no era grosero, era como una bofetada sutil, las palabras las había elegido con maña, afiladas y entonadas con la cadencia necesaria para penetrar y amputar una vez lanzadas y quien las recibía siempre terminaba por sentirse confundido, mareado por su falta de astucia, y tacto, era como la mirada de un padre autoritario cuando no te regaña sino que se te burla después de hacer alguna estupidez.

Discúlpeme, tiene usted razón querido, supongo que el identificador de llamadas también debe haberlo ayudado un poco, reía nerviosa, ¿ha estado usted bien?, hablaba sin dejarlo contestar, créame que me apena llamarlo a esta hora, pero es urgente…

Siempre la misma historia, pensaba Álvaro para sí mismo, algo vital, de suma importancia, su almacén estaba lleno de urgencias, olvidos, libros, películas, muebles, ganaba más vendiéndolos, que con las mudanzas, 3 meses después de terminada la mudanza el objeto perdido era suyo, pero la misma claúsula que lo empoderaba a venderlo, lo obligaba a correr tras ellos, estaba atado de manos por su contrato, por diez minutos, justo el día que vence llama y la suerte se va al trasto.

Se rió por educación con el chiste flojo del identificador de llamadas, lo había escuchado tantas veces los últimos años que ya era un acto reflejo, hizo una raya en el cuaderno donde llevaba la cuenta, 450 chistes con la pantallita del celular, 1200 risas seguidas de un complaciente olvídelo no es para tanto, 550 insultos, secos y sin imaginación, generalmente un: No llamé para que se burle de mí, cumpla su contrato, para eso le pago.

Finalmente salió de su trance, sí Marcela, contestó al fin, deme un momento, le parece bien la próxima semana, ésta ya no tengo espacio para ir a buscarla, hay dos mudanzas por confirmar, pero no puedo prometerle nada hasta el próximo lunes (era miércoles) de todas maneras, si se abre un espació se lo haré saber.

Escuchó el suspiro, reflejo de impotencia, desconsuelo, una desilusión terrible, finalmente respondió entre sollozos, está bien Don Álvaro, haga lo que tenga que hacer y déjeme saber si ocurre el milagro.

La anotó, hágame saber si ocurre el milagro, era la primera vez que la oía, lo desconcertaba, ni siquiera el anciano que olvidó sus títulos bancarios o la enfermera que olvidó la insulina y máquina de oxígeno de su paciente, se habían quebrado al recibir una respuesta suya, nadie nunca en diez años se había llenado de sollozos por una caja, ¿Qué será más importante que la plata o la vida de una persona?, ¿qué hará que una voz se parta y de esa manera?

Iba a hablar, quería contestarle pero estaba sumido en sus pensamientos y cuando iba a abrir los labios escuchó el bip, ya había colgado, podía llamarla de vuelta, pero ya no confiaba en las palabras que iba a decirle, se encendió un cigarrillo y caminó sin rumbo por su almacén, la duda lo carcomía, y no le daba tregua, como era posible que una chiquilla de escasos 29 años como Marcela, que vivía sola y que acababa de mudarse a uno de los barrios más importantes de Buenos Aires, no estuviera en capacidad de abandonar cualquier recuerdo, cualquier objeto, no era cuestión de plata ella bien podría sustituir cualquiera de los objetos que él había mudado, ninguno se veía tan costoso, qué carajos la obligaba a llamarlo…

Estaba claro que no era de primera necesidad, la chica no iba a morir, nadie iba a morir, pero su voz sonaba como si el corazón la estrangulara, no era desesperación, ni frustración, ni siquiera odio, no, no había rastro de impaciencia en ella, solo un dolor profundo, como si los órganos de su cuerpo se hubieran comprimido, aplastados por una grave culpa… de qué será culpable.

Ahora los dos iban a sufrir por el maldito paquete, hace diez años que una caja no le robaba el sueño y ahora veía el insomnio como condena dictaminada, y todo porque en el vacío de su voz, no encontraba pista alguna, sobre qué podría haber allí, esperándolo.

Era una tentación que no podía evitar, camino deprisa hacia su auto de mudanzas, abrió la puerta, puso en marcha el motor y comenzó a conducir, conducía dos caminos al mismo tiempo, el de asfalto bajo su auto y a Marcela, de arriba abajo, sus palabras, sus emociones, y en el segundo camino no encontraba nada, absolutamente que le diera un indicio, nada, que lo guiara, tanta era su desesperación en este segundo camino que ni siquiera se dio cuenta que ya había llegado, aparcado, abierto la puerta e ingresado a la casa, nunca escuchó las voces que le preguntaban quién andaba ahí, tampoco escuchó nunca el mensaje de voz que Marcela le enviaba diciéndole que lo olvidara que ya la había encontrado y nunca escuchó el disparó que le atravesó el pecho por invadir la propiedad privada… la casa ya había sido ocupada, la culpa sin embargo, la culpa de la que su voz estaba cargada era sin duda la voz con la que Marcela hablaría cada día a partir del siguiente amanecer.

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