Jaque mate

Laura toca la ficha con la punta de los dedos; más que tocarla, la roza, pero es suficiente para que ella se bambolee. La pequeña cruz que lleva sobre ella se ha enganchado en su piel y, después de ese toque, baila en su ausencia. Ella abre los ojos un poco más de lo que hubiera querido; intenta normalizarlos, pero la pupila no es tan obediente como ella quisiera, y esa pequeña sorpresa la ha dilatado y no puede ocultarla: no se repliega con la velocidad deseada. Él la nota. Ella un poco parece que se paraliza, recupera la compostura y, en un movimiento casi fluido, se dirige a otra ficha.

—No, no, no. Es una regla básica: ficha tocada, ficha movida —le dice con la confianza de haber visto sus miedos, con la certeza de tener la sartén por el mango. En el pequeño baile ha visto las jugadas posibles: sabe lo que ella puede hacer si se mueve desde donde está, sabe sus movimientos, sus jugadas. Desde esa posición no solo se retrasa, sino que se expone; ha quedado vulnerable. Y sabe que tendrá que hacer tres o cuatro movimientos para sacarse la presión de encima; que su caballo, su alfil y su torre están en posición de incomodar, de asediar, de llevarla hasta su base, replegándose en su castillo. Puede jugar con su mente, presionarla, ponerla en aprietos, y no va a dejarlo pasar.

Ella agacha la mirada, un poco frustrada: es una regla tonta, estúpida, pero no vale la pena pelearle por ella. Es lo que es: un golpe bajo, un lastre, una pendejada, pero así sos vos, pegado de los detalles. Lo dice sin un tono de reclamo o de ira; lo dice con un tono frío, sereno. Lo dice sin perder la compostura; lo dice sin preocuparse. Lo dice de una manera tan calmada que es casi ajena su reacción: no parece la misma que hace unos pocos segundos dilataba las pupilas ante la idea de haber sido descubierta; ahora afila su lengua y su mano mientras ronda la corona del rey con su dedo.

Él lo nota y duda; se aleja. La perspectiva requiere de distancia. Algo no está viendo, o ella está viendo algo más. Parece una trampa; parece que ha caído en una trampa. Ahora él abre los ojos e intenta mirar las jugadas: algo se le escapa, lo intuye, algo, pero no sabe bien qué. Repasa jugadas en su cabeza, intenta encontrar en su flanco, en su apertura una falla; no la encuentra, pero parece que ella sí. Parece que para ella es claro y, mientras la mira mover su rey, queda atónito. No ha hecho algo que no hubiera imaginado y, por lo mismo, se enfurece: está pensando justo como ella quiere que pensara. Lo tiene en la punta de sus dedos; lo ha convertido en una pieza más del tablero. Baila, baila como el rey bailó hace solo un par de segundos; baila a su ritmo. Siente su mano en la cadera, siente su paso guiándolo a los cuadros que ella desea. Maldita sea, no puede verlo, pero siente cómo lo llevan de un lado a otro, cómo lo cruzan y lo estiran; siente que pierde el control.

Ella lo nota. Lo disfruta. Está perdido: no sabe lo que ocurre en el tablero y no puede ver lo que viene. Está confundido y eso lo enoja; eso es bueno. Cuando se enoja pierde el foco, se tropieza con facilidad; cuando está en ese estado es vulnerable. Lo piensa y se lame los labios: lo tiene justo donde quería. El hombre espera y desespera; el hombre intenta mostrarse calmado, pero no hay chanche. Ella huele la sangre y él está sangrando.

—Linda treta la de rozar el rey —le dice con un sabor agridulce, con un tono herido. Le gusta la treta, pero odia haber caído en ella. Le gusta que el juego sea parejo, que en el tablero se ensucie las manos; le gusta la necedad que la hace reír pícaramente, pero odia perder y sentirse perdido.

—No te enojes —dice ella, adelantando su torre hasta el fondo y acorralándolo contra el caballo—: hoy me toca a mí encima.

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