Desenmascararse

Naty se unta los dedos de una sustancia verde y viscosa, elástica… casi le disgusta al tacto, pero casi no vale; cada vez le recuerda la primera vez que le evocó náuseas y arcadas, pero es un recuerdo lejano que no termina de evocarse, se queda en esa línea delgada y no pasa a mayores; esa primera vez el asco comenzó desde antes de tocarla, de imaginar tocarla, leyendo en una revista la instrucción de cómo cortar el aloe vera y licuarlo con el pepino, la miel, el aguacate, el jugo de limón y el yogur natural; tenía 14 años y no sabía que cuando un limón se amarga poco se resiste a su amargura, ignoraba también las fechas de caducidad y no prestó mucha atención a la del yogur y, como resultado, además de visualmente desagradable, el olor casi la vence, pero la juventud es terca y tierna, así que, armada de valor, se embadurnó la cara de la mezcla y la resistencia inicial demostrada se disipó como esta ante los gases pimienta y los chorros de agua, y corrió a enjugarse para evitar el vómito.

Sus hermanas mayores se rieron con dulzura y crueldad, como solo un pariente cercano puede hacerlo; su madre la miró con esa mirada que parecía contabilizar cada torpeza, con una ternura burlona y acumulativa, una mirada que sería una constante en su vida, una punzada permanente que la conmovía y la avergonzaba.

Eso generaba esa sensación al tacto que casi la asqueaba, pero la ritualidad cotidiana había terminado por consumirla, las otras preocupaciones le comían ahora la cabeza, y mientras se la aplicaba con un gesto ritual inconsciente, elegante, armonioso y místico, pensaba, ahora que se cubría la cara, en lo mucho que odiaba las formas como la gente se oculta; ella era torpe pero valiente, o quizá ante su torpeza al esconderse se había envalentonado para ni siquiera intentarlo, pero sabía quién era y, sobre todo, qué no quería ser: una más, una bien puesta, una linda y apuesta, na, eso no era lo que quería para ella.

Y al verse el rostro verde pálido, como el cliché de una bruja de Halloween, piensa en lo estúpido que es disfrazar todo: las ganas, el tedio, el cansancio, la rabia, el miedo; el mundo es una mascarada, un bailecito de modales, poco se dice lo que se piensa, y no saben que se nota, que basta un susto, una sorpresa, un milisegundo con la guardia baja para que el rostro los delate; Delsarte tenía razón: en el gesto escapa la fealdad de toda alma, la mezquindad, la esencia que se retiene; también devela a quien se ha refugiado detrás de silencios y ceños fruncidos, de distancias.

Los perros tienen la cola, para menearla, para moverla, para lucirla, la cola no miente, no engaña, si se mueve hay emoción, no se puede fingir ni esconder, igual pasa con los gestos, con los ojos abiertos, asqueados y rancios, con las jetas deformadas y diluidas, con los ojos orbitantes y ridiculizadores, esos micromomentos en que domarnos es imposible, somos lo que ocultamos o, mejor dicho, también somos lo que no podemos domesticar, nuestro salvajismo natural, intentar impostarlo es tonto, piensa mientras mira la mezcla seca, agrietada, sobre su rostro, mientras cada expresión facial, armónica con sus pensamientos, altera su postura y rompe con esa base verdosa, y se ríe al verla explotar poco a poco, al sentirla romperse sobre su piel; el pensamiento rompe el gesto, de nuevo Delsarte era un chico listo, la palabra devela mente, pensar desenmascara, reflexionar rompe las falacias y, cuando la carcajada por fin brota, nada de su mascarilla resiste, y en el silencio de su casa resuena incontrolable mientras las harinas y las migajas caen de su rostro, la voz devela las sensaciones, Delsarte era un chico listo, repite, por eso hay que estar atento al otro y no solo a lo que dice, por eso hay que leerlo y no solo escucharlo, después de todo hay que saber leer entre líneas, dice mientras extiende la mano al espejo con el anular, el índice y el corazón erguidos.

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