Presagios

Me resultaba naive, ninguna palabra lo definía mejor, era imposible discutir con el resultado,  aunque careciera de toda ciencia, pero como investigador había entendido con el tiempo que a la que el agnóstico o ateo le llama azar es a lo mismo que al creyente le llama fe, algo simplemente inexplicable, ridículo y atemorizante, la única diferencia es que el primero suele encontrarlo estadísticamente probable, mientras que el segundo siempre carece de cualquier interpretación lógica, pero para quien los experimenta se sienta igual, desconcierto, sorpresa, una negación de su estado anterior.

No importa si te curas del cáncer, sobrevives a un accidente, si te coge la tarde y evita eso que salgas a tiempo para tomar el bus que siempre tomas, n el paradero al que siempre llegas y donde hoy a la hora en la que sueles estar allí, esperando una motocicleta persigue con ferocidad un camión blindado que pierde el control y se estrella junto contra el asiento donde sueles subir tu zapatilla para fumar.

Tampoco si un boleto de navidad de esos casi casi parecen imposibles de ganar te es regalado en un bar, en navidad, un 22 de diciembre, por una chica hermosa y triste que reniega de su suerte alegando que no ha ganado nada, que es tonto aferrarse a la idea, que no lo quiere, y lo rechazas, para escuchar como en un par de horas la chica gana, con casi todos los del bar.

Era evidente ante las circunstancias que algo tenía que ver, aunque fuese estadísticamente demostrable que todo eso era probable y que no era nada especial, Carlos tenía claro que los días en que se apresuraba a salir y se ponía los boxer al revés todo le iba mal.

No era que cuando los usara al derecho todo le saliera bien, pero nada era tan malo, sí lo había mordido un perro usándolos al derecho, y terminado un par de relaciones, lo habían incluso echado de un trabajo, pero la sensación era también de suerte, y era consciente de ello porque le ocurría desde pequeño, lo había aprendido en la escuela en tercero de primaria, en un patio de recreo donde había un grado por cada año, 35 personas por cada grupo, en total unos 200 inquietos, bullosos y malvados niños que gritaban y corrían, 200 niños miserables y sin escrúpulos, ignorantes empáticos que gozan torturando a los más pequeños,  lo aprende un día como hoy, recuerda que lo aprendió en medio de la reunión donde Federico lleva una propuesta mejor que la suya, y la reconoce porque estaba ahí el día que perdió el vuelo, el día en que lulú no llegó a despedirlo al aeropuerto, el día en que el boleto de lotería le pareció mejor que un abrazo…

De nuevo está en medio de todos, de nuevo 200 voces ríen, parecen miles, cientos de miles, descubre ese día también que las paredes sí hablan pero solo saben reírse de quien se siente poco, la primera vez que le bajan sus pequeños pantaloncitos de tela, y las risas no son tanto por sus calzoncillos rotos como los de cualquier persona que no lo tiene todo y manchados como los de cualquier niño quedan expuestos y no es por ni por lo desgastados, ni por lo manchados que se burlan de él, sino por tenerlos al revés.

Han pasado 30 años, quizá un poco más pero es imposible de evitar, cuando alguien como Federico le hace algo como lo que acaba de ocurrirle Carlos baja la mirada, introduce la mano en su pantalón e intenta sacar el resorte de su calzoncillo, nunca falla, siempre, siempre está del otro lado.

Otras épocas

Es costumbre y menester renegar y desdeñar de todo lo que el otro hace, dice y sueña, es una regla invisible que devela a una humanidad envejecida, cuando la moral no se le ajusta y no es capaz de aceptar lo cotidiano rehúye al atril moral, se trepa en el palco de lo políticamente correcto para distanciarse de los demás, Pensaba Jaime mientras veía como Eva gritaba a la que parecía ser una enfermera nueva, ella era una señora de manual, sí de esa que parecía haber leído, creído y entendido los manuales para señoritas, por eso debería tenerle tedio y hastío, pero entendía que era una mujer de su época, que a sus 88 años pedirle que desconociera el mundo que llevaba en la sangre y la memoria era inútil.

Era una de esas sabelotodos, como todo anciano convencido de que el camino está perdido y que no hay futuro porque el presente desdeña de su pasado, y hablaba como la gente de su edad, y como esos que se piensan moralmente superiores, dando su opinión y asumiéndola como verdad, estúpida y arrogante como solo los viejos tienen derecho a ser, porque una cosa es vivir fiel a lo que se vivió, con ellos tenía paciencia y sentía hasta ternura, aunque detestaba y no podía tolerar el mismo comportamiento en los jóvenes, ineptos y arrogantes, y aunque a veces pensaba que quizá Eva había sido también como ellos, Francia, la vecina de Eva le recordaba que no, que 10 años habían bastado para cambiar algunos dogmas, pero que era imposible lograrlo con todos… Francia era al igual que Eva mujer de otra época, pero más espabilada, y lo trataba como pocas personas, no le molestaba su condición de migrante, ni su color apanelado, para ella además era evidente que en cuestiones de cama y sábanas Jaime tenía recorrido; con ella tenía las mejores conversaciones, ella había sido catedrática de filología y magister de filosofía, Jaime juraba para sus adentros que no había hecho doctorado solo porque no había otra titulación que sonara tan similar a las dos anteriores, porque aunque flexible socialmente, era una mujer de postura definida, había estudiado, se había preguntado, había formado un criterio sustentado, y combatido a las Eva de su generación.

Las mujeres de su época decía, para referirse a Eva y sus amigas suelen hablar sin fundamentos, son sofistas que confunden la opinión con el argumento, que usan como instrumento investigativo un aplausómetro de sectores sociales, hablan solo para ser escuchadas, pero no para decir nada, no para ser tenidas en cuenta, si no fuera por ellas y las que son como ellas, esa horrible característica sería quizá solo de los políticos,  decía y se reía, “pelimoradas” así son todas esas.

A Jaime le caía bien, siempre hay que ser amigo de las personas que insultan con gracia, son inteligentes y suelen ser grandes conversadoras, lo pensaba sacando el pecho, orgulloso de su idea, dicho sea demás para él su generación no tenía mucho que celebrarse, pero el se preciaba de su “Instinto Astral” yo puedo verlo claro, verlo bien, hay que tener el ojo entrenado para ver esas cosas que la gente es, me refiero a esas que realmente son, no las que dicen ser, ni las que intentan ser, si no la sombra sobre la cual camina y se paran, son diferentes, cambian de acuerdo al ángulo que el sol los alumbre, pero eso no evitaba que tratara con el respeto esperado y la diligencia adecuada como para que incluso las mujeres como Eva no le recriminaran su caminar afeminado, ni su discurso pérfido a inciensito y chamanería, a mercurio retrógrado y mindfullnes de podcast.  

Son de otras épocas distintas decía e iba rápido a consolarlas, pero a Reina no le importaba, —Para ser un cretino alienado dijo, no se necesita edad, ni género, ni sexo, ni condición especial alguna, los imbéciles, son atemporales, mi abuela dijo al final no es distinta, y mis compañeras de la u tampoco, lo único más viejas que ellas es su falta de empatía, y lo único que está más podrido que sus cuerpos es su tolerancia. Lo dijo firme, seco, en un tono tranquilo, pero vehemente.

—Necesitás algo, puedo ayudarte preguntó Jaime conmocionado al notar que no era una enfermera.

—Que dejés de defendarlas, a ellas y a sus otras épocas.

Descenso

El tiempo se lleva todo, siempre gana, eso decía el flaco cuando estaban en el colegio, un compañero suyo que lo único que ganaba era filosofía, era buen tipo pero demasiada cabeza para todo, y cuando se piensa mucho se hace poco, eso decía él, ese había sido su lema, su vida, su  carrera, ser así, un poco imprudente, lo había convertido a temprana edad en una promesa del downhill, tenía buena técnica, y parecía no tener mucho miedo, también mucha práctica, el resto comienza a practicar a las 14 o 15 años, pero para David, la vida misma era un entrenamiento, a los 8 que aprendió a montar cicla aprendió que para salir de su barrio tenía que descender, pasó sin darse cuenta de las rueditas de entrenamiento a pararse en los pedales y bajar escalas empinadas, trochas y zanjas porque eso era lo que había que bajar para poder salir, por eso cuando decían que tenía un talento natural, la gente no se equivocaba del todo, en su primera clase se notaba que iba al acecho, tenía una postura agresiva, se abalanzaba sobre las pendientes y evitaba los chicken way, siempre iba por los obstáculos y los atacaba sin pensarlo dos veces, lo que para los demás era una opción, para él era simplemente familiar.

Pero con el tiempo, se hizo lento, seguía siendo agresivo, pero ahora calculaba más, y a veces dudaba, sus tiempos no eran malos, pero ya no fijaba nuevas marcas y para colma de males, algunas de ellas empezaban a ser superadas. Venían mejores, podía sentirlos cerca y por primera vez sentía ese miedo sin adrenalina, no el otro, no el de peligro inminente, no el de la muerte saludando en una curva o un jardín de piedras, el miedo de no ser suficiente, ese que había hecho sentir a toda una generación al pasarles de largo en los entrenamientos y las competencias, ahora era él, y entonces empezó a recordar al flaco, el tiempo se lleva todo, siempre gana… puto flaco.

Eran vacaciones, estaba en Tigre, Argentina, visitaba un parque de diversiones, una atracción de esas que te meten en los planes de viajes, de esos planes de viajes que te arman para darte una degustación de todo y nada a probar, esos que te incluyen un paseo en bus por la ciudad, dos o tres restaurantes, un teatro, entradas a estadios, de esos que hacen al turista más turista y menos aventurero… la puta madre pensó, cada vez me parezco más a ellas, revisó su manilla escaneando el código QR que tenía y descubrió que había una sola atracción fuera de su pase, una que no la cubría, y sintió ese deseo, esa provocación con la que antes veía las rampas, las escaleras, sintió ese deseo de brincar.

Mientras lo preparaban empezó a sentir algo diferente, acostado como una ballena sobre una lona y atado a un cable flexible, comenzó a ser arrastrado hacia arriba, subía y subía y subía, no podía creer lo alto que estaba, nunca había pensado realmente en las alturas, cuando volaba nunca tenía ventanilla, y en los hoteles nunca pasaba del 5 o 6 piso, jamás se había sentido tan arriba, ni en los teleféricos donde solían llevarlo a los puntos de partida porque en esos momentos pensaba en el descenso y no era del todo consciente, pero ahí, ahí  donde estaba mientras subía no tenía nada en que refugiarse, por primera vez no tenía una excusa ni un objetivo, estaba solo en lo más alto, y de repente el intercomunicador lo despertó de su pensamiento.

—A la cuenta de tres liberás el arnés, entendido

—Sí, solo deme un minuto, quiero disfrutar un poco la vista dijo

—Tiene 30 segundos, hay otros clientes esperando su turno, —dijo una voz bastante molesta, y hubo silencio

Allá arriba volvió a pensar en lo que decía el flaco cuando estaban en el colegio, el tiempo se lleva todo, también ese pequeño momento de júbilo y nervios, puto flaco pensó, el tipo era un genio, sabía desde mucho antes que pasara que sus tiempos pasarían, por eso nunca se emocionaba mucho con nada, lo disfrutaba, pero no se enganchaba, sabía vivirlo sin depender de nada, iba y eso era suficiente.

—Tres, dos, uno —Dijo la voz desde el intercomunicador y él tiró fuerte de la línea que removía el pasador para liberarlo del arnés, y entonces comenzó la caída y gritó, gritó sus rabias, sus victorias, sus miedos, sus marcas, sus días pasados y su futuro lento, grito hasta perder la voz, con cada grosería que conocía, cada que el movimiento lo llevaba hasta arriba, volvía a sentir ese vacío en la boca del estómago, ese dolor en el pecho, esa ausencia de gravedad que lo dejaba inútil y expuesto y gritaba, entonces sí gritaba de miedo, aterrado, gritaba como lloran los que aprovecha cuando cortan cebolla para llorar por todo lo que no han llorado, así gritaba él porque el tiempo se iba y lo dejaba solo, como gritan los niños cuando quieren algo y no comprenden que no hay dinero para comprarlo, en una pataleta histriónica y lamentable, disfrazada de emoción para todos los demás, pero sabiendo lo que hacía, entendiendo que el segundero le había pasado de largo hace un par de vueltas y tenía que aceptarlo, también él le llegaba su tiempo.

Amargo

El primer café lo tomaba antes de que saliera el sol, seleccionaba los granos de una bolsa premium ya seleccionado, asegurándose que no tuvieran grietas, que estuvieran completos, se decía así mismo que necesitaba cada grano de cafeína que no podía permitirse perder ni una pizca.

Salía de su oficina con el molino en la mano y molía con un ritmo constante disfrutando el sonido de los granos al romperse, lo hacía caminando por la oficina, aparentemente despistado, con la mirada ausente, su recorrido mecánico, no alzaba se desviaba nunca hasta llegar a la cocina, allí sacaba una pequeña olla, medía el agua y la calentaba, vertía el café en una prensa francesa vertía el agua y mientras tanto lavaba su molino, dos minutos y medio después, salía con la prensa rumbo al balcón, un cigarro siempre prolijamente armado asomaba de su camisa lisa, gritando que era uno de esos hombre que todavía hoy planchaba su ropa, no con la vergüenza de quien lo duda pero no puede resistirse a la tentación, sino con la arrogancia de quien lo disfrutaba, no planchaba para sí mismo, sino para recordarle a los demás que estaban arrugados.

En el balcón se encontraba conmigo, saludaba cordial y siempre recordaba mi nombre, —Hola Andrés, decía sonriente mientras presionaba lentamente su prensa, qué tal todo, preguntaba formal y frío, con esa elegancia que solo la gente elegante tiene de recordarle a los demás que carecemos de gracia, yo asentía, sacaba un cigarro arrugado, y levantaba mi café instantáneo, y en ese momento, justo en ese momento el mierdecilla reía, vertía su prensa francesa en un mug especial y sonría, delicioso, uno de estos días te convido un poco para que pruebes un café de verdad decía, el imbécil lo hacía sin una maldad consciente, así son siempre los imbéciles, seguros de sí mismos, condescendientes e ingenuos, porque no solo creen que tienen razón, también están convencidos de estar en lo cierto.

Después del primer sobro aprieta los ojos, y los abre para regodearse de la calidad de su café, allí habla sobre el donde lo siembran, alrededor de cuáles árboles, del sabor que toma de estos, del cuidado con el que es sembrado, cosechado y producido, menciona que incluso, a pesar de todo ese proceso el elige cada grano antes de molerlo, para asegurarse de tomar lo mejor de lo mejor, lo escucho con hastío y asiento, mientras huelo mi café instantáneo, cierro los ojos y sonrío, no porque disfrute este café de mierda, nada más alejado de esa posibilidad, sino porque durante esos breves segundo en los que bebo no tengo que verlo.

—No sé cómo puede gustarte ese café, —dice, asiento sonriente, sé que le molesta el hecho de que alguien disfrute algo que él no puede o no entiende, me lo dijo hace unos meses, sé que no recuerda lo que charlamos, principalmente porque nunca le digo mucho, así que cree que estamos de acuerdo, asiento constantemente y eso lo hace pensar que somos iguales, en otros espacios seguro a alguno o alguna le ha hablado de nuestra amistad para demostrar que es un tipo humilde, y en ámbas cosas se equivoca, no somos amigos, y nadie que se jacte de ser amable con alguien como un acto de humildad a menos que en el fondo piense que es superior a la persona con la que dialoga… —En eso tiene razón le digo, —no sabes, no tienes ni idea de lo que puedo disfrutar y de lo que no, la segunda parte la pienso, pero la callo, —Me gusta eso de usted, es un hombre simple Andrés, —Dice simple, pero piensa en simplón, los mierdecilla no son buenos con las palabras, no suelen serlo, no tienen paladar para eso, sus delicadas papilas gustativas sus ausentes habilidades sociales le impiden comprenderlo, soy un amargo, lo sé bien, porque en el fondo a mí me quita el sueño este café oscuro y fuerte, pero a él, el sueño se lo quita el tenerlo todo y no saber disfrutarlo, prisionero de su corbatica, y de esa idea de realización y triunfo de quinceañero pobre.

—No, no soy simple, soy amargo le digo; se me acabó el descanso año, y feliz día me despido —son apenas las 4 am y su miedo a ser libre, lo lleva de la correa a sentarse en su oficina abrumadoramente sola, la odia, pero no lo sabe, tiene dinero pero no neuronas, un carro con silletería de cuero fino, pero no tiene piel ni tacto para la vida, pobre pienso, necesita tanto del dinero, que parece que quiere comprarse así mismo, mala suerte chico, la autoestima nunca está en oferta, él toma café todo el día solo para disimular que lo que lo mantiene despierto es que no sabe que ignora todo lo que vale la pena.

Desencuentros

La primera vez que me plantó tenía 15 años, nunca ha sido puntual ni de buena memoria, quizá debí haberlo sabido en ese entonces, pero como todo comienzo altera la realidad, no me importó. Pensaba que de todas maneras siempre llegaría tarde porque mi deseo siempre la reclamaría antes. Aprovechaba su demora para leer, en ese entonces y ahora, los libros siempre fueron mi aliado en la espera, mitigaba la ausencia de sus labios, de sus manos alrededor de mi pecho, y disfrutaba en ese otro mundo previo a su llegada.

Llegó tarde a casi todas las citas que tuvimos, incluso alguna vez prometió que no volvería a suceder y pensé que iba a terminarme porque sabía de antemano que nunca, nunca, podría llegar a tiempo. Estuvo cerca, sí, un minuto de más, 2 o 3, en esas ocasiones llegaba risueña, orgullosa, lo había casi conseguido, no tuve el corazón para decirle nunca que dos minutos tarde no era a tiempo. Me gustaba verla sonreír y bailar como lo hacía cuando era feliz con las pequeñas cosas.

Le costaba salir de la cama, siempre quería 5 minutos más y no entendía cómo podía yo pararme de la cama con la primera alarma a las 4 am, si a ella le costaba salir con la tercera de las 7, lo decía con un puchero de culpa, con una cara de inocencia y de angustia, siempre fue tierno verla con esa expresión.

Miro el reloj, 15 minutos tarde, muchas veces han sido 15 minutos, no es grave ni su mejor marca, bajo la vista y sigo leyendo un viejo libro de Pérez Reverte, una novela de perros, Los Perros Duros no Bailan, es graciosa, realmente es un relato más policiaco que otra cosa una especie de thriller pero el recurso refresca y lo hace interesante, quiero seguir leyendo pero no puedo, no deja de llamarme la atención que ahora, justo hoy cuente el tiempo para reunirme con ella, en el fondo sigo pensando que ella nunca llegará a tiempo, que nunca podrá ganarle a mis ganas de que llegue antes, incluso hoy 30 años después desde la primera vez que lo hizo.

El tiempo es un concepto muy abstracto, no sirve mucho hablar de 30 años, pero han sido 10 vacaciones juntos, eso, claro por mi culpa, nunca he sido bueno descansando, tenía cuentas por pagar; si en algún momento va a uno a sacrificarse que sea cuando hay ánimos para ello, quería dejar pagas todas mis deudas antes de cumplir 40 años, lo intenté pero fue imposible, siempre lo supe, eran realmente los 43 la meta pero no dejaba de tentar la suerte a ver si me sorprendía, han sido cientos de tarde de domingos juntos, incontables domicilios, películas, cafés, fantasías gastronómicas, complaciéndonos… al final son esos momentos a los que siempre vuelvo cuando pienso en ella, en nosotros.

Cierro el libro con la certeza de que no voy a poder leer, voy a seguir recordando esos momentos, las caminatas, el despertar juntos, un maldito cliché, la ventana detrás de ella, la luz que llega desde la espalda, la forma en como el cabello le cubre el rostro, ella todavía a sus 30, con el pecho desnudo, en mi cama, en mi casa antes de que fuera nuestra casa, el tiempo derrotado, la vida congelada…

Por fin sale, es una cajita de música, sonrío entristecido, hoy es la última vez que llega tarde, ahora descansa, el cáncer ganó y yo soy el único que pierdo.

Contundente

La respiración agitada, la vista nublada y difusa… la confianza perdida al igual que el equilibrio, el mundo de repente acelera y se inclina, en medio de esa espiral expresionista brota el miedo y me entrego a la suerte, es estúpido, pero de alguna manera creo que quizá duele más si veo contra que me golpeo, entonces aprieto los párpados y solo siento el calor alrededor del fémur, en el radio y el cúbito, escucho el sonido seco del casco contra el pavimento… y entonces sé que todo ha terminado.

Es curioso que un golpe tenga temperatura, que se sienta caliente, antes de abrir los ojos me hago más preguntas tontas, quiero postergar el resultado, postergar las consecuencias que al final son siempre inevitables, cúbito y radio pienso, cómo es que olvido con cual mano debo frenar pero puedo recordar el nombre de dos huesos que estudié en cuarto de primaria para ganar educación física. Definitivamente La memoria es caprichosa cuando la atención es escasa. No escucho ninguna fractura, pienso que las fracturas tienen un sonido similar a cuando la uno se saca una espinilla, la piel se rasga, si se presta atención puede escucharse como ese desgarro se transmite por los huesos hasta el tímpano, con lo huesos supongo que es igual y no escuché nada así que no debe haber nada roto, espero, deseo.

Por fin junto el valor, abro los ojos, al hacerlo vuelvo a activar mi sistema nervioso al parecer, el codo, el codo que nunca sentí que pegara contra nada, que jamás se calentó como una resistencia eléctrica de cocina, ese que consideré intacto sangra, se siente como gelatina, el antebrazo derecho está tatuado en la acera, también sangra, la ropa pienso, intacta por fortuna, la gente alrededor no entiende, no se explica cómo ha pasado y me mira como pidiendo una aclaración… los decepciono, tampoco la tengo, no sé por qué sin nadie en frente, sin ningún carro cerrándome, sin nada que me sorprenda, mi mano izquierda se extiende, toca la palanca del freno y siente un cosquilleo ajeno a toda razón, y aprieta, aprieta fuerte, y yo me catapulto pero no, no hay nada, nada que justifique la acción, nada para contarles, necesito decirles algo, justificarme, caído sí, imbécil claro que sí, pero ellos no tienen por qué saberlo, y miento. -Estoy bien, me levanto y me sacudo el pantalón, las piernas me duelen, se encienden al tacto, que no sea grave, hijueputa que no sea grave. No me quiebro y continúo, me levanto, los miro y digo: -No me pasó nada.

Me monto a la bicicleta de nuevo, miro al frente no quiero encontrarme con sus miradas, no quiero más preguntas, la humillación duele más que el golpe, la estupidez es más contundente que el pavimento, desgasta más que el asfalto corrosivo, ellos sonríen, sé que sonríen, por dentro lo hacen, no están interesados en mi seguridad, solo quieren conocer mejor la historia para contarla bien, la inexplicable historia de un gordo cayendo en bicicleta, mentirán, estoy seguro que mentirán que dirán que la barriga me bajó la sudadera hasta las rodillas y que me vieron volar y rebotar en la cicloruta, que lo vieron pararse tembloroso, llorando, levantándose los calzones con una sola mano, otros más ingeniosos quizá digan que fue frente a una panadería, quien no les creería que un gordo cae conceptual y físicamente ante el olor de pan recién hecho, otros hablarás de helados y quizá alguno diga que fue una foto de una hamburguesa o una valla de una chocolatina, de todas las mentiras que puedan decir, el pan será la mejor, imagino el olor del pan, puedo casi saborearlo, conociéndome me parece lo más factible.

Pedaleo con dolor y adolorido, la idea no me abandona, y pedaleo con una leve sonrisa, porque la idea de un gordo cayendo porque el olor del pan lo distrae es poderosa, más poderosa de lo que pensaba.

Cotidiano

“No sos especial, al universo no le importas y el mundo puede seguir girando sin ti”

El flaco

Madrid un día de octubre del dos mil algo

Hay algo llamativo en ser extranjero, en estar lejos de casa, de las costumbres y las jergas que hacen que una persona pertenezca a un lugar, uno no es cotidiano, solo con hablar su acento rompe la monotonía, la gente gira te mira con los ojos despiertos, en busca de una especie diferente de humano, quieren encontrar un ser con una lengua amorfa incapaz desde la biología de marcar las Z, las S y las C, voltean apresurados, deseando encontrar al espécimen que ignoraron a su paso, es fácil también ver su decepción cuando se encuentran con mi imagen, no tan distinta a la de ellos, no tan extraña… sus ojos se duermen, y entonces dejan de mirarte.

Hay otro tipo de sorprendidos, los que hace mucho migraron y encuentran en tu forma de hablar, todavía originaria un golpe de la nostalgia, quizá sea solo una palabra, pero les recuerda a la forma en cómo la decía un amigo, un primo, quizá sus padres o abuelos y entonces sus ojos atemorizados por la diferencia en un comienzo se tornan emocionantes y emocionados, recuerdan algo que yo no puedo entender, pero los rompe, quizá sus juegos callejeros, sus apodos, su existencia siendo ellos, la mayoría, el decreto de la normalidad, quien nunca es el extraño, pero también los momentos felices, los sabores que allá lejos son costumbres y aquí solo recuerdos, anhelos, ellos te miran con una alegría extraña, agradeciéndote por existir, por hablar, por transportarlos a ese lugar al que pertenecieron pero donde hoy también serían extraños; el migrante nunca vuelve, su viaje lo cambia, deja de encajar de donde parte y nunca podrá hacerlo a donde llega, pero en esos pequeños momentos, es y lo agradece.

Para mí es extraño, aunque esa novedad llamativa va en doble vía, todo para mí es nuevo, no ellos, los lugareños son iguales sin importar a donde vayas, adormilados, se sienten dueños de, aunque no conocen nada de sí mismos, la historia de sus calles ni sus monumentos, para ellos es solo un lugar de tránsito, ignorar la belleza del contexto y la historia es un mandato claro del día a día, sin embargo como colectivo tiene sus costumbres, sus particularidades, sus acentos… aunque son levemente diferentes, su ropa, su forma de caminar, su noción del peligro que siempre me resulta exagerada. No crecí en medio de las balas como muestran las novelas, pero sí en un ambiente hostil y desconfiado, hay un radar natural que detecta el peligro, el real, no el infundado de la xenofobia, sino más visceral, un instinto animal que puede oler, sentir quien lo amenaza, no le temo a la imagen de los otros sino a su comportamiento; camino tranquilo entre ellos sin inmutarme.

La sensación no durará mucho, la beca es por 3 años, llegará el momento donde conoceré su inverno, su otoño, su primavera y su verano, donde aprenderé a pedir algo en algún local de cierta manera para que me atiendan más rápido, para evadir las filas, dónde comprar todo un poco más barato o conseguirlo de mejor calidad, donde doblas las esquinas, y cruzar las calles, a ignorar los andenes, los balcones tan pequeños y tan juntos… y entonces todo me será cotidiano, lo disfruto mientras tanto porque cuando pronto volveré ser otro, no tendré nada especial, el universo recuperará su rumbo y su mundo seguirá girando sin mí.

Otro día

Dicen que el arte importa por lo que te hace sentir, más allá de su técnica, su artista, su momento en la historia, es arte porque trasciende la experiencia del reconocimiento porque al exponerme a la obra él se fractura o se recompone, porque reacciono ante ella de manera involuntaria, porque algo, no sé qué con exactitud resuena con y entonces deja de ser solo un dibujo, solo tinta, solo historia, y estalla.

Pienso esto para intentar entender cómo un perro con sombrero en medio de una habitación en llamas, con el techo repleto de humo permanece impávido frente a un café, lo veo y solo puedo pensar, soy yo, carajo soy yo, algo en él me recuerda que estoy ahí en medio de esa habitación junto a él o que él está aquí conmigo, en este mundo, que las llamas se expanden, que los tres trabajos lo incendian todo, que no puedo hacer nada salvo continuar ahí, disfrutando un café, quizá también que siempre habrá caos, que hay que mantener la calma porque no vale la pena echarse a morir por lo que no puedo controlar, es un meme, ¿es ridículo que signifique tanto?, pero si existe el arte rupestre que no es más que una representación gráfica de la cotidianidad prehistórica, ¿no es también esto arte?, “Digital art” si se quiere, pero, ¿no es exactamente lo mismo?, mi duda es genuina pero no hallo respuesta, odio cuando me lanzo preguntas retóricas sin tener listo un remate.

Debe ser notorio que algo me conmueve, levanto la vista y quien me acompaña me mira con esa expresión de quien sospecha o intuye que algo ocurre, ­-¿todo bien?, pregunta infiriendo un no, la conozco bien, su preocupación es genuina pero no hay nada que pueda hacer, si le digo que no mi angustia será también suya pero no podrá aportar en nada, por lo tanto es innecesario, no puede salvarme del conversatorio que voy a dirigir el fin de semana y del cual no tengo nada planeado aún, no puede comprender si quiera el agotamiento en el que vivo, estar despierto 20 horas de las 24 que tiene el día, tampoco de esa lucha constante con la hoja en blanco, con esa sensación de impotencia que ofrece el lienzo, con la luz blanca, intensa y angustiante que me arroja el computador cuando lo enciendo, no hay nada, nada más que pueda hacer sino respirar hondo y mentirle, decirle que sí, que recordé algún pendiente, y que me distraje, pero sé que es mentira, tengo miedo, miedo de no poder, de no alcanzar, de fallarme, de haber mordido más de lo que puedo masticar.

Siento un nudo en la garganta, me tiemblan las manos, el pecho se encoje, no es inusual la sensación, lo sé y eso me jode más, me jode que sea frecuente, que lo acepte, me siento acorralado y contra las cuerdas, pero no vale la pena que ella lo sepa, que nadie lo sepa, así que sonrío y contesto

-Sí, -miento, -todo bien, recordé que tenía algo por hacer, solo eso -respondo

– Tranquilo, me dice, mañana será otro día

Y ahí sí me quiebro y siento las lágrimas asomarse a mis ojos mientras pienso, sí, otro día igual, inmóvil en medio de un cuarto lleno de fuego. Es arte, más que un meme es arte digo y disimulo las lagrimas con una sonrisa.