Todos los relojes están corriendo.

—Se nos acaba el tiempo, sabes —dijo con una cierta sorpresa

—No solo éste —le respondí exasperado

Sí era cierto que a las 15 horas que nos habían dado para reunir el dinero ya no quedaba mucho, también era cierto que sin el dinero no solo nuestra vida sino el páncreas que mamá necesitaba iba ser imposible de conseguir, pero no podíamos hacer nada. Preocuparse por el tiempo ahora, justo ahora que ya no quedaba, era una tontería; todo el universo, todo el tiempo y el espacio tienen los relojes corriendo, marcha atrás todos esperando llegar a cero.

¡Vaya insensatez! Lamentarse por el tiempo es estúpido, esas tontas crisis de edad, esa Narcisa obsesión por conservarse. Desde que nacemos los relojes están corriendo, antes de que naciéramos ya lo estaban haciendo. En cuanto conocemos a alguien el segundero despega, tic, tac, tic, tac sumando, sumando, fatigando los materiales, las emociones, los pensamientos, estresando los resortes, la paciencia, tic tac. Cada experiencia inicia un reloj, el mundo está corriendo, pero el tiempo ya ganó, la gente intenta darles cuerda, extenderlos, mantenerlos en movimiento, pero es inútil.

—A qué te refieres —Me interrumpió ella sin saber nada de lo que pensaba, imaginando seguro que otra vez hablaba del dinero, o de mi relación con Helena; a la mierda Helena, pensé, con ella también se me acaba el tiempo, y la paciencia, ya queda poco, casi puedo escuchar la fractura del tiempo bajo nuestros ideales, la expectativa corre más rápido que el segundero, la pobre quiere, pide, reclama, pero no da; la convivencia debe ser horrible, no lava un plato, no cocina un huevo, no necesito que lo haga, pero llegar cansado y descubrir que nada hay esperándote, ni un detalle, ni un  déjame hacerlo; si hubiéramos podido vivir juntos seguro el tiempo se hubiera acabado, pero no, ya tampoco hay que preocuparse por Helena, y si Héctor no llega pronto con noticias de la apuesta, todo carecerá de sentido, estallará nuestro reloj, no podremos pagar la deuda, mamá no recibirá su páncreas, y Helena, Helena no tendrá quien más le cumpla sus caprichos.

—Me refiero a que creo que hay poco tiempo en general, al final no importa que tan larga haya sido tu vida, podrías haber vivido otro día, comido otro bocado de esa comida que tanto te gustaba, follado una vez más, dormido una siesta extra, no hay manera formal de afrontarlo. Cuando el final llega, pensamos: se me ha acabado el tiempo, anhelando un poco más, un abrazo más, un beso más, un baño más; y siempre, sí, queda el recuerdo al que volver en el último minuto, pero recordar el último polvo no es lo mismo que tirarse un último polvo, no es lo mismo recordar el sabor, ni el olor de Helena que sentirlo.

—Calla, si es verdad que el tiempo se acaba, no quiero desperdiciarlo imaginándote a ti y a Helena… no debimos hacerlo.

—No teníamos otra opción, mamá no quería irse aún, incluso si llega el dinero, si podemos pagar nuestra deuda y el páncreas, si la operan puede que muera, pero habremos sabido que hicimos hasta lo imposible, nos jugamos la vida por lograrlo, por eso lo hicimos, para extender el reloj de mamá, para no pensar qué pasaría si lo hubiéramos intentado, es mejor esto que eso, es decir, es mejor morir si no llega el dinero, que vivir sabiendo que no nos arriesgamos y que ahora mamá está muerta.

—Es cierto, tienes razón, no es común, pero cuando la tienes es precisamente en las cosas más tristes, en las decisiones más difíciles, en los peores momentos

—Se me da natural, distingo los patrones, por eso te dije que era una buena idea hacerlo, sin mamá. No, déjame decirlo mejor, sin hacer esto por mamá ninguno seguiría vivo realmente, así que era mejor tasar nuestros órganos, pedir un préstamo vasados en ese premio y apostarlo todo en una sola pelea.

—¿Y si perdemos? Qué piensas ahora

—Pienso igual, ya hemos ganado, al no tener que vivir bajo la duda.

—Todos los relojes estaban corriendo, cuando mamá nos dijo lo del cáncer, yo sentí el tic tac dentro, todo está muriendo constantemente, continuamente, tic, tac. También nosotros.

Retornos

Vuelve solo aquel que nunca pudo irse por completo
El flaco.

Cuando encontré en un papel de galleta del infortunio ese mensaje, supe que basta una posibilidad para que algo se haga real. El papel lo había escrito yo, eran 100 mensajes que había entrado de contrabando a la fábrica de galletas de la fortuna donde trabajaba, y me había costado, resulta que era una broma usual alterar los mensajes. Algunos habían intentado imprimir número de lotería, números de teléfono, chiquilladas, pero yo me proponía algo diferente, algo que necesitaba de 100 hombres.

Había pensado en manipularlos, para construir una pequeña revolución bohemia. Cuatro años se había tardado en diseñarlo todo, necesitaba alterar el orden. Su idea no era cambiar el presente, sentía que por los próximos 30 años todo estaba perdido; así que para iniciar una revolución necesitaba tiempo, y una forma de trascender -un hombre son sus ideas se había dicho- así logró descifrar cómo viajar en el tiempo, aunque fuera solo hacia el futuro, y fragmentar 100 partes de sí que, al estar completas, si todo resultaba bien, crearían un reflejo borroso de sí mismo. 100 hombres sería su nombre, aunque no supieran escribirlo. 100 hombres soñarían sus sueños sin saberlos ajenos. 100 hombres recorrerían sus pasos, sus tristes y cansados pasados.

Era simple enloquecer el futuro, hacerles perder la razón. Había logrado identificar a sus víctimas potenciales, hombres letrados, con buena familia, malos vicios y fascinados con las ideas de la predestinación; era consciente de que no todos cumplirían con su propósito, de 100 quedarán 30, de 30 lo intentarán 10, de ellos quizá 3 lo logren.

Las galletas del infortunio eran el primer paso, así encontraría a los 100. Y justo uno de ellos, uno que había conocido hace poco, uno amable como pocos, había decidido darle su galleta, su comida, su puesto.

No había dejado notas, ni indicaciones, creyó que era un pedido equivocado; algunas semanas atrás había sucedido lo mismo. Seguro había sido él también, pero debido a que estaba poniendo en marcha su plan lo había pasado todo por alto. Como no esperaba bondad del mundo, el azar era una explicación viable. En sus planes jamás contempló el regalo como una posibilidad y ya todo estaba en marcha. A la galleta le seguía un horóscopo, al horóscopo una sesión de espiritismo, a la sesión de espiritismo, un correo con algunas páginas escritas por el flaco. Llegarían por correo, bastaría una o dos, serían remitidas desde Buenos Aires, desde Lima, desde Medellín, Barcelona y Madrid, nada conclusivo, capítulos aparte; las voces serían fuertes, los suficiente para grabarse en sus mentes, lo suficiente para obsesionarlos, los marcaría a fuego por el azar cada uno tenía una idea sencilla.

Desorganizar las bibliotecas, vender películas piratas cambiando el contenido de las carátulas, realizar videos en redes sociales sobre un hombre que hacía árboles genealógicos de los políticos electos para recalcar el poder, y al mismo tiempo hacer videos en otra red social sobre un hombre que critica al hombre que hace estos árboles, y al mismo tiempo hacer un canal con videos de un hombre que toma el video de los otros hombres y los ponía lado a lado. Mandaba a aflojar saleros y pimenteros, a desconectar cafeteras, a llevar pescado en los tupper de oficina y jugo de guayaba en las loncheras de los críos. La revolución de este hombre era un desenfreno de idioteces; les pedía a las personas presionar todos los botones del ascensor al bajar, ser egoístas, mezquinos, una revolución del ridículo.

Los 100 hombres, los 99 hombres y él, hicieron lo propio, se rieron de la galleta, crearon publicaciones sobre el hombre que habría puesto todo en marcha, hicieron podcast, videos, artículos, se convirtió en una leyenda urbana. Los 99 hombres lo habían perpetuado, nacieron los cultos y los fanáticos, los trolls, salieron a las calles a alterar el orden a ralentizar elevadores, a sabotear los buses, 30 años de bromas tontas, 30 años de espera paciente, el fin de los 99, quedaban tres, él incluido, y cada uno recibió una galleta.

Adónde habéis ido, regresad a casa mis niños. El éxodo era masivo, Europa no había sido no sometida sino corrompida por algo de lo que nunca podría librarse, el flaco los habitaba.

Junky

—Andrés tiene 23 años, estudia Filosofía, quiere ser escritor, pero es mesero, quiere ser escritor, pero hace semanas que no escribe, tiene un bloqueo. Andrés no tiene un bloqueo, Andrés tiene la idea de que la musa debe raptar su consciencia, Andrés no tiene ni idea, de que para escribir no son necesarias las respuestas, sino las preguntas. Así que Andrés -terminó por fin su profesor de hablar-, Andrés tiene tarea, la misma que la humanidad se ha planteado desde siempre: averiguar cuál es el sentido de la vida. ¡Ah! Andrés, una última cosa, es un texto reflexivo desde la observación, no una argumentación desde la investigación.

—Julio es profesor de Andrés, tiene 63 años, es filósofo, ha escrito, pero ya no quiere ser escritor. Escribe y publica, pero ha perdido la forma del concepto, sus textos académicos y ficcionales son solo un hobbie, un entretenimiento, una forma de ser. Julio necesita escribir, pero nadie necesita leerlo.

—Pablo es Chef, no le gusta la palabra, ni los clientes, ni los meseros. No les gusta por su condición, pero le parece que su actitud frente a la comida habla mucho de ellos, de su simplicidad frente a la vida, frente a la gente, la que no ve a los ojos a sus parejas, a sus acompañantes, ni a los meseros, ni a sus amigos, nunca al chef, no miran la comida, no la saborean.

—Andrés fuma, fuma en su descanso y piensa en la pregunta, mira al chef, a los comensales, a su profesor, mira su reflejo, y llega a una conclusión.

—La vida no tiene ningún sentido, —escribió sin titubear, también sin tristeza ni rencor. Era la declaración de un hombre convencido de su palabra. NADA IMPORTA, es lo que realmente deseaba haber escrito; pero no era su estilo, la palabra, si bien carecía de un fin, no lo hacía de forma, y al encontrar esa respuesta, encontró la suya.

Placer, provocar placer, el placer de los estetas, exaltar aquello que es bello, la búsqueda de la exaltación artística. Grotesco en su búsqueda del placer, comprometido con su satisfacción, onanística búsqueda de la última droga, la existencia.

Es el simple existir, el simple placer de satisfacerse la única voluntad deseable. En cuanto piensas en ganarte la vida has perdido, pensó exaltado mientras continuaba hilando las ideas. Todo está perdido repitió, el tiempo ha ganado, somos transitorios, y por ende solo combustible, abono, insignificancia.

El hombre solo puede existir en la memoria colectiva, en el testigo fosilizado de su civilización, como cuadro, como lienzo, como pintura. El hombre sobrevive a través de su obra, sanguijuelas de las civilizaciones, despreciables lazarillos de los bancos. Los hombres poderosos y adinerados no son recordados -se consoló-, sirven solo como mediadores, patrocinadores de las artes, se conservan por medio del sustento que dan a los verdaderos hombres. Y los mediocres, los empobrecidos, los anhelantes de poder social y político son muertos vivientes, carroñeros insensatos, faltos de visión, solo existen para sus seguidores, trajes del emperador hechos carne, solo voluntad y envidia, una construcción social endogámica que genera solo retrasados paridos de su mismo encanto, y cada vez son peores, cada vez entienden menos sobre su naturaleza, convencidos de merecer las posiciones que han ganado, que han recibido. Simplemente recibido, sin esfuerzo alguno.

Junkys, los junkys son la respuesta, la real, la única verdadera, la droga, el placer de drogarse con una obra, pero no los que se inyectan ni la esnifan, no es el placer del subidón. NO. No es el placer vacío del placer, por el contrario, es el placer consciente de la obra; solo quien la mezcla, la siembra, la prepara, arquitectos de su propio viaje, reposteros de ideales, chefs que huelen, prueban, palpan, cortan, asan, funden, gratinan, que acoplan, mutan y cocinan mientras catan, juegan y exaltan sus papilas gustativas, esos que sexualizan su paladar para prostituir las bocas del mundo, esos que diseñan un bocado para sorprender, para encausar, para anhelar.

Los últimos estetas son los cocineros, los únicos estetas, los únicos hombres que saben moverse en la cocina. Hay que entender la humanidad, hay que saborear la existencia, y hay que estar dispuesto a dejarlo pasar, ellos no buscan el resultado, el resultado es la mierda, y no hay ningún sentido en ello. Su obra se digiere, los idiotas lo consumen sin saberlo, la eternidad los ha alcanzado, la han comido, obras maestras irrepetibles lo han llenado y aún sí fracasan, llenos de gloria que transforman en nada más que materia orgánica.

La respuesta es esa, la forma. La respuesta está ellos los gastrónomos, la humanidad es solo un panquecito convertido en bolo alimenticio, el tiempo nos mastica, nos devora, y nos transforma en combustible, y solo ellos, solo los grandes escapan.

He pecado

Durante el día, Daniela sentía su cuerpo como ajeno, hipotecado, una especie de desalojo que era impuesto por los deberes: debe lucir, debe decir, debe ser… la monotonía, le cambiaba la ropa, prohibidos los colores vivos, las faldas cortas, la lencería, el maquillaje. De ocho a seis reinaba el tedio y el aburrimiento, la mojigatería, nada de piel, nada de volumen, nada ceñido; la moral era modista y le cubría la desnudez, luego con sevicia le pavimentaba la piel, la piel con bloques de tela, sin encajes ni transparencias, y después de camuflarle los músculos y las grasas, un lazo terminaba por amarrarle cualquier deseo sobreviviente y le domaba el pelo.

Así recorría la ciudad, así hacía su trabajo, los mandados, invisibilizada, sin sentir ningún cuello volviéndose para verla. Y cuando regresaba al internado sentía su esqueleto maltrecho, se imaginaba como una pila de huesos; y al caer la noche ella, con la voluntad hecha ganas, con la rebeldía hecha libertad, trepaba por encima de las imposiciones y huía a la biblioteca.

Allí se ocultaba hasta pasada la hora de dormir y regresaba al lugar donde quería existir. Al ojo, al Elogio a la Madrastra, a María Font, a Justine, a Juliette, a recorrer la Educación Sentimental de la Señorita Sonia y al sonar la última de las doce campanadas de la media noche, con una sonrisa rebelde y oscura perdía su poder hasta la última cadena del pudor, y cada letra leída conjuraba en ella la sed y el hambre del cuerpo. Sentía que cada página necesitaba ser reescrita en su cuerpo y entonces brotaban esas líneas, esos contornos que el día le había negado; de sus huesos nacían los músculos, su mirada reencontraba su carne, su grasa, su cuerito y se sentía al fin llena de vida.

Recordaba la palabra pezones, y de la nada veía hinchársele el pecho sobre sus costillas, más grandes, más ricas, más suaves, más provocativas, casi moldeadas por el deseo. Y entonces, hinchados y puntiagudos, como cereza del pastel, aparecían listas las teticas que más que esculpidas parecían recién chupadas, e imaginaba el sabor que quisiera darles, dulces para que las lenguas no se cansaran nunca de lamerlos, con sabor a café para despertar las ideas, e inflados por el aliento de los gemidos anhelados.

Y al recordar otras, como entrepierna, coño, pubis, o vagina, sentía un vacío frente a la pelvis. Como si el suelo le hubiera sido arrebatado un segundo. Como un salto a gran velocidad, y se transformaba en un yacimiento, en un río de colores, en cascada. Y veía desde allí que las piernas se le formaban y alargaban y al recorrerse de arriba abajo en el reflejo de los ventanales, notaba que sus caderas se ensanchaban y que las nalgas se expandían al fin.

Recordaba también el dolor, la alegría, y cerraba los ojos mientras sentía que perdía cualquier impedimento. Las taras que le tullían la imaginación, recuperaban la movilidad, y cuando menos lo pensaba estaba enfrente de la puerta del cura. Y entonces entraba en su cruzada de rasgarle la mente, desprenderle la sotana, e incrustársele en los huesos, de desprenderlo de sus moralismos y de arrodillarse frente a él para darle el aliento de la vida. Y regalarle los espasmos más intensos, hacerlo convulsionar hasta sentir el espíritu del deseo, y cabalgarlo, montarlo hasta revivir la pasión, y librarse de todo prejuicio, y dejarse caer en cada tentación con el jugo bendito de su vientre, inclemente y lujuriosa, reclamando lo que la mañana de nuevo le desterraría, a sabiendas que el precio de su naturaleza sería de nuevo un calvario al despuntar el sol. Quizá pasarían de nuevo semanas, quizá meses, hasta que no pudiera soportarlo más de nuevo. Imaginaba sus palabras en la mañana, cuando correría aliviada y culposa para torturarlo de nuevo: perdóneme padre, porque he pecado.

Caballos Negros

Los congresos deportivos suelen reunir especialistas en muchas disciplinas. Fisioterapeutas, kinesiólogos, entrenadores personales, sicólogos deportivos, profesionales en deportes, técnicos, administradores, dueños, representantes, personalidades; además son un lugar ideal para encontrar viejas glorias vendiendo libros, a gurús prometiendo revolucionar los equipos, al deporte con nuevas técnicas de entrenamiento, nuevos suplementos, dietas, pabellones y pabellones de personas buscando ventajas para consolidarse. Y en ese lugar algo llamaba la atención, el Zorro Pérez dictaba una charla sobre veedores: Caballos Negros, donde prometía tips para elegir a las revelaciones del deporte.

Al Zorro hace algunos años le habían empezado a decir también el Topo Pérez, porque pese a su fama había hecho una pésima jugada. Después de mucho ahorrar había gastado todos sus ahorros en comprar al próximo Grande, y con la pérdida de su inversión, también se había llevado su credibilidad, pero tenía que escucharlo, después de todo había descubierto boxeadores como Orejas Martines, nadadores como el Renacuajo Valenzuela, Golfistas como el vigilante García. Era alguien que había encontrado un representante digno en cada área donde había trabajado, merecía ser escuchado.

Cuando encontré el pabellón pude ver su libro en la entrada: «Apuéstele al perdedor», un título provocativo, pero no muy inteligente y cuando encontré mi asiento el Topo, empezó:

Es una de esas cosas que solo se notan cuando es poca. La diferencia debe ser casi imperceptible, de lo contrario los implicados no se lo tomarán en serio, la competencia requiere casi iguales, si no lo son, si la brecha es demasiado grande, el que esté atrás será consciente de sus posibilidades, y el que va al frente no se esforzará nunca por dar lo mejor, porque no lo necesita.

Esto aplica para la academia y para el deporte, para el cortejo, para el sexo, para la vida profesional, para la ropa, no basta que exista la posibilidad. Necesitan la ilusión, eso que los impulsa al casino, la ignorancia de su parte, la de no saber quién tiene más probabilidades de perder.

Quien lleva la ventaja tiene miedo de perder frente a alguien que le pisa los talones, y muchas veces su miedo vendrá no solo de sentirse reemplazado, sino envejecido, porque a esto podemos agregarle una variable más, los años. Está bien ser joven y ser imbécil, irresponsable con uno mismo, está bien ser laxo. La verdad es que no lo está, pero la gente cree que lo está. Sienten además que si se esfuerzan un poco más pueden compensar, lograrlo, cumplir. A esa gente le aterra la idea de perder su excusa, su vida, su irresponsabilidad, su incapacidad de asumirse, el hecho de que ya no van a tener tiempo para aplazarse. Si pierden, pierden contra sí mismos, contra sus decisiones. Pierden contra todo pronóstico porque habrán desperdiciado todo y cada una de esas cosas hará que su derrota sea más grande y más humillante.

Quien lleva las de perder en cambio, suele tener algo más, algo que los demás pierden, la necesidad de probarse a sí mismos que merecen más. De nuevo, su desventaja tiene que ser poca, porque hay brechas que no podés cerrar, y no significa que todos puedan cruzarlas. Necesitas ver que el otro está cerca, no para perseguirlo sino para estudiarlo, sus puntos fuertes, los débiles también, pero especialmente los fuertes, porque para ellos, para los que vienen de atrás no es tanto el derrotar al otro, sino el de trabajar su victoria, mejorar, pulir, una vez al menos, una sola vez piensan.

Así que escójanlos bien. Críenlos con respeto y disciplina. Entiendan que el talento pertenece solo al mejor; a los demás los hace el carácter y la disposición. No hay dos distintos, ni dos iguales, el mejor está solo arriba, los demás están juntos abajo.

La desventaja, muchas veces – presten atención-, puede ser física, faltar un diente, una uña, un lunar, tener los pies pequeños, la boca grande. Busquen a esos que se van a repetir, que no los escogieron como jugador porque no eran bonitos, a los garetos, busquen a los que tengan algún complejo, cabezones, orejones, bajitos, que tengan técnica. Busquen a los introvertidos, a los que no dicen mucho de ellos, pero que cuando tocan el balín, cuando agarran la raqueta, o se montan a la bicicleta, se juegan la vida por ese momento. Busquen a los que tengan la desventaja, pero solo escojan a los que tengan la rebeldía de callarla.

Topo

Zorro.

Le corrigió él de inmediato a alguien que le hacía una pregunta.

—Y si esto es infalible, explique lo del Feo Ricaurte.

Buena pregunta. Un último consejo, nunca den un adelanto. Porque cuando los que vienen de atrás pierden su desventaja, no tienen ni idea de lo que es ganar algo para ellos mismos. El Bonito Ricaurte se operó todo lo que lo traumaba, y con eso se le olvidó hasta amarrarse los guantes.

Estaciones

¡¡¡Taz!!! El aire acumulado entre la rama y la corteza estalló y Sara salió de su trance, del naranjado del fuego, de ese baile de llamas, sonreía con la inocencia de encontrarse a sí misma distraída, la idea de sorprenderse y de sentirse sorprendida al mismo tiempo le parecía fascinante -yo fuera de mí, viéndome-… pensó

Sandra la escuchó reír y con la complicidad que brinda la sonrisa le preguntó, – ¿Se te arrebolaron las ideas, se incendiaron los pensamientos? – y ya con una coqueta y atrevida sonrisa se acercó para besarla, rosando su nariz en las mejillas.

-Con vos siempre, pero no es eso, no siempre es eso-, le dijo con una morisqueta en la boca. Aunque ahora que lo mencionaba era difícil dejar de imaginar sus senos debajo de esa camisa sin sostén donde sabía que sus pezones sensibles se contoneaban rozando la tela y se endurecían mientras caminaba hacia ella; era difícil no pensar en sus piernas largas, en sus labios gruesos, en esa expresión de angustia y anhelo en que transforma su rostro cuando está a punto de venirse. Era difícil no hacerlo. Y se ruborizó al darse cuenta que estaba perdida ya en su humedad, pero se aclaró la garganta, intentó recuperar el aliento y el pensamiento. -No boba, aunque qué rico vos, pero no, me dio risa estar metida en la candela, concentrada, sin estar aquí, y cuando la rama estalló pues volví y estaba aquí, viendo la candela-.

Sandra asintió, -es lindo estar de paso por uno mismo, verse desde la ventanilla, y dejarse atrás-. Le extendió la hierba empapada de su saliva, sabiendo que a Sara la prendía sentir en sus labios la humedad de su boca; así había fantaseado muchas veces antes de darle el primer beso a Sandra, cuando le recibía una pata empapada, sentía sus labios aún allí pegados y soñaba, se rió al pensarlo, -qué besito tan rico me rotás- le dijo. -Sí, justo de eso me reía, verme aquí tan de paso, tan estaciones, tan verano con vos, tan primavera cuando coqueteamos con otras, con otros con nosotras a la distancia, tan otoño cuando no nos vemos, tan invierno cuando se acabe, y mientras tanto aquí, tan estaciones de paso-.

Sara le dio una calada y la besó con el humo aún en la boca, luego tomó la pata y la puso en sus labios. Sandra la succionó con fuerza, quería arrebatársela de los dedos, que pensara en sus labios haciendo lo mismo entre sus piernas, tiró para atrás su cabeza y le dijo: -Vos sos mucho Sarita, a la mayoría la hierba los calienta, a los que no los duerme o les da un hambre que podrían comerse fácilmente la comida de la semana; pero solo a vos, solo a vos te pone a pensar al mismo tiempo en cosas que enternecen, deprimen, alegran y calientan-. Todo eso lo dijo con una voz que progresivamente iba atenuándose, reduciéndose por el humo retenido en los pulmones. Todo eso lo dijo acercándose, y al terminar, le tiró el humo desde la frente bajando sobre la nariz, la boca, el cuello, los senos, el ombligo y terminó arrodillada frente a sus piernas, -solo vos sos tanto- dijo, y le abrió el botón de los shorts, -solo vos podrías ser tanto-. Mientras que Sara con una sonrisa cómplice, de esas complicidades que el morbo, el amor, el sexo y las trabas alcahuetean levantaba sus nalgas para que Sandra le quitara con facilidad todo, incluyendo las tanguitas que le gustaban. -Próxima estación, orgasmo-, le dijo Sara, en tono de pregunta.

-Esperamos que disfrute su viaje, mantenga las ganas vivas y agárrese fuerte las tetas, estamos próximos a iniciar el recorrido, por favor siéntase libre de pedirme lo que quiera.

Taxonomía sentimental

Uno cae como en un coma, el cuerpo le pesa, aunque se esfuerce por moverse pareciera que cualquier actividad le es ajena. Los párpados se estiran y se tocan y ahí, justo ahí como si de una emergencia se tratara, el cuerpo se eyecta con un chorro de adrenalina que pretende infartarnos, dejándonos en ese lugar incómodo, en el que el sueño asustadizo huye y la energía perezosa, se niega a llegar.

Y mira uno el techo y comienza a jugar con esos pequeños destellos adormilados, con el firmamento propio y a recordar o a imaginarlo todo. Si el techo es de madera tendrá un gran privilegio, pues cuando los ojos se acostumbren a la oscuridad, volverán a ver esas pequeñas sombras, torbellinos lacados con formas y figuras que embelesan y distraen, si es por el contrario blanco y de cemento, será un letargo turbulento, acompañado de recuerdos, de promesas rotas, de ideas inconclusas.

Sentirá, si está en la peor de las suertes el corazón muy oprimido, llenándose de vacío, aunque el oxímoron incomode, sentirá también la tristeza al cobijar cada pensamiento y concentrarse en el dolor de lo perdido. El juguete favorito, la nota de matemática, el teléfono de Andrea, la boquita de lulú, el orgasmo de Gabriela, en cada edad un dolor distinto pero familiar. Quizá es algo aplicable a todas las tristezas, quizá van juntas y por eso cuando una parece, la otra no está muy lejos. Como un buen DJ enlaza una canción con otra, las tristezas parecen conocer el ritmo y la cadencia para amangualarse, se siguen mutuamente. Pareciera que es verdad que las tristezas son tangueras.

En medio de la noche entonces, abrumadora y sobrecogida la voluntad se aniña. En lo profundo de la noche habitan monstruos, o por lo menos recuerdos monstruosos, y aún estás ahí incapaz de parar, de pararte, pegas las rodillas contra el pecho, el mentón a las rodillas y nada cambia pero se siente mejor; es una defensa natural resguardarse en uno mismo, vienen como pequeñas alegrías algunos buenos momentos, como caricias, como nos acariciaría la frente mamá cuando un cólico no nos dejaba dormir, o la pareja cuando un error hacía que nos tiráramos el parcial, con un leve suspiro, cómplice, como quien insinúa: nada pudo hacer por ti, pero estoy aquí. Esa caricia honesta -si existe el alma-, esa es la que debe sentir cuando se la recuerda, un cosquilleo que está diciéndote todo está bien, te susurra, estoy con vos, aunque todo esté mal.

Solo la tristeza y el anhelo, que puede también llamarse ilusión o enamoramiento tienen el poder de hacernos perder el sueño. Nótese que la ira de golpe solo pospone; por eso no vale la pena quedarse al lado de quien solo busca su furia, de los pirómanos es mejor huir porque solo desgastan, sin embargo, quien va más allá del dolor, quien aviva más allá de la curiosidad podrá llevarlos a recorrer el mundo en una noche.

De repente el sueño cambia, la montaña de palabras que se escala se derrumba, el mar encrespado se agita, y las bocas llenas de besos muerden la piel como colmillos y la desesperación aparece, sentís que caes una y otra vez en tu propio cuerpo. Sobre el cuerpo, sobre el cuerpo, como quien atraviesa un techo al lanzarse al abismo. Y te despertás agitado, sudoroso, frío, sin recordar nada, aletargado, buscando un punto al cual anclarte, pensando, me gustaría poder diseccionar eso que estás sintiendo.


El color del deseo

Si el mundo no te dio justicia, espero que la imaginación lo permita.

Cuando George tenía 4 años tuvo un triciclo rojo retro. Sí, retro, eso era lo que él recordaba, nunca las burlas por su viejo triciclo, ni que el rojo estaba ya casi rosado por el sol, ni que en su época no se decía retro, sino viejo, y que de niño lo odiaba.

Cuando cumplió 17 años, estudiaba diseño, y mientras ojeaba un álbum de fotos, se encontró consigo mismo, con su reflejo temporal en el triciclo arrebolado, con los colores de su ropa -retro también para la época-. Esto le dio una idea: siempre había amado lo clásico. No pensó que quizá lo había heredado, como tantos otros juguetes y regalos. No se preocupó por ello tampoco, la idea le gustaba, tener estilo y gusto, podría ser algo innato. Y ante la idea del talento, nadie se niega.

Con el tiempo él comprobaría que gusto, estilo y ojo, tenía. Podía ver lo valioso en todo, y podía pensar con facilidad cómo fusionar algunos elementos para obtenerlo; diseñaba con elegancia, con simplicidad; diseñaba pensando en cómo sería si lo hubieran inventado años antes, y si hubiera evolucionado con el uso y la tendencia. Diseñaba con amor por lo clásico.

Pasaron más años y tuvo bicicletas, ropa, look y motos que parecían transportadas en el tiempo. Había aprendido no solo a retocar, sino a restaurar, lijaba él mismo las piezas, combinaba los colores, y llenaba de vida y de nostalgia lo que revivía. Todo era más que diseño o restauración, había dominado la magia del aliento divino.

Lo que hacía feliz a George seducía y encantaba, y con eso alimentaba un sueño: revivir un auto, un BMW CS, rojo, como el rojo que él creía recordar de su triciclo, un rojo vivo, un rojo furia, un rojo latido e impulso. Ese sueño lo alimentó durante años, imaginaba las fotos que quería tomarle, la forma en cómo merecía ser retratado y lucido. En otras manos el carro sería una herencia, un capricho, pero en sus manos sería una demostración de nostalgia, una prueba de fidelidad a sí mismo.

Cerca a su casa había uno, color mandarina, tenía algunas claras demostraciones que el auto no tenía a George en su vida, sino a un cualquiera, a un Alberto, a un Gustavo, una Daniela, un Amador quizá, con ninguna sensibilidad frente a las latas, sin ningún interés por su motor o su transmisión; aun así -sentía- estaba bien tenido, era funcional, y cuando lo veía él pensaba: -uno como ese, para que se convierta en el único mío-. Si pudiera, George hubiera dado un pulmón por conseguir su auto, o un riñón, cualquier órgano del que hubiera dos y pudiera sobrevivir con uno. Lo suyo por lo retro era sagrado.

Piensen en ese George que soñó 30 años con tener lo que finalmente pudo tener. Piensen en el amor, en su dedicación, y podrán entender por qué George, al regresar en la madrugada y ver al demandante arrodillado frente a su auto con una botella rota dibujando sobre la pintura roja -roja viva como la que él recordaba, roja furia, roja latido e impulso-, no pudo contenerse, por qué se aferró al palo de la cerca, por qué lo arrancó y caminó hasta él en silencio, sin advertirlo y defendió con furia aquello que había soñado toda la vida.

En aquel momento no tuvo que pensar en nada, era un punkero estrato 6 de 16 años a quien tan sólo le costó 5 minutos dibujarle una A de anarquía al carro sobre la pintura, acuchillar sus neumáticos y partir los retrovisores. Y sí, tiene los tobillos y las muñecas rotas, sí, perdió un par de dientes; pero está vivo, y el auto ya no lo está.

Las fotos fueron expuestas, el carro era un rojo profundo, ennegrecido, coagulado, frío. Después de ver la evidencia, George volvió a llorar. Inocente, dijo el jurado.

La Musa del Tedio

Solía hacer algo en lo días así, alargados y aburridos. Días en los que ni el aire alteraba las hojas de los árboles, días con una actitud mezquina, claro, si es que los días tuvieran actitud alguna; en todas sus acepciones, poco generosos, insuficientes, días en los que el tedio en lugar de sentirse se respira. —Si algún día enloquezco, será en un día como estos, se decía mientras caminaba.

—Es el día perfecto para hacerlo, tiene tan poco para ofrecer que estoy seguro de que cada uno está a solas con sus remordimientos, con sus pendientes, sus libros por leer, sus películas por ver, recordando todas esas veces que pudieron ser un beso, un revolcón, una gran fiesta; pero todo se escapó de las manos. Los días así de vacíos tienen un efecto absorbente, atraen como la oscuridad del agua profunda, como la oscuridad en el fondo del bosque, los días así son precipicios a los que la cordura se asoma con ganas de saltar.

Camina por el fijo de reojo, intenta pensar en lo demás, en lo que va bien, en lo que está bien. Pero siente un deseo de brincar a lo profundo de esa desesperación, de dar un paso al frente, de caer, y sentir que el mundo cae con él, el vértigo, la angustia oprimiendo el pecho.

Y para no ceder, ni caer, caminaba, con el cigarro en la boca, con los audífonos en los oídos, pensando cómo la cordura de todos está siempre en una cuerda floja. Y los imaginaba por grupos, los nerviosos caminan por pasillos de cordura de los cuales igualmente dudas como si se tratara de una línea angosta, de una tira, de un hilo. Los seguros, en cambio, caminan por un hilo que imaginan puente colgante, que vibra, se mueve, nunca cae; siempre están bien, sobre todo cuando van cayendo, aunque no lo parezca esos que están seguros de todo son los únicos peligrosos, porque nunca saben que están cayendo.

Luego está él y los que se le parecen, los payasos alegres, los payasos deprimidos, esos que con cierta ironía miran el vacío, sienten el deseo, pero no se resisten a su caída. Por último, casi, los trapecistas, brincan, saltan, vuelan, hasta que caen, y aun así lo hacen con gracia, son osados pero ingenuos, brincan confiados en que todo saldrá bien, en que nada va a fallar, brincan uno tras otro, y cuando caen, ¡ah! cuando caen creen que así estaba escrito. Después, finalmente, están los de verdad transgresores, nihilistas astutos, caminan como esas viejas caricaturas, con gracia y energía, sin mirar abajo, saben bien lo que hay, pero ellos no caen, cuando se cansan, cuando nada los entretienen ellos se dejan caer.

En los días así la cara le cambiaba por completo. Se amarraba la cordura al tobillo y caminaba por el borde, rodeaba el lienzo e intentaba dibujar ese inhóspito lugar, de sombras, de profundidades, hombres junto al ombligo de las guitarras, mujeres en telas convertidas en estalactitas.

En los días así, pinta. En los días en los que todo está perdido… esto escribió para la gaceta Arte, el editor, anunciando la próxima muestra.

—Qué piensa sobre su editorial, maestro, le preguntó finalmente un estudiante que había estado leyendo en el micrófono la reseña del diario.

—Es muy creativo. Se nota que en los días así escribe, dijo él finalmente, y continuó el coloquio.