Arder

Uno arde de fiebre, de pasión, de ira; arde y entonces entiende que todo se magnifica cuando todo se sincroniza con las creencias, con los dolores. Quien arde se consume si la chispa no es la adecuada; en eso no se equivocaba Bunbury: hay que elegir bien a qué prenderle fuego y qué dejar apagar. No todo es digno de recibir el beso del regalo de Prometeo.

Arde con facilidad, decían los que le habían visto ponerse color tomate, escuchando cómo se le partía la voz al hablar con entusiasmo desbordado; los que habían visto su forma de alentar en el estadio y en conciertos. Arde a rabiar, de una manera intensa y explosiva; parece una hornilla de gas: esperan un tac, tac, tac para generar ese fogonazo fuuuuuuuuug que quema todo a su alrededor hasta azularlo.

Por fuera es un estallido, pero por dentro quema desde antes. Desde afuera se ve el impulso, la consecuencia; por dentro comienza semanas o meses atrás: una molestia clavada como una astilla en la yema de un dedo, inconándose, incomodando, como una pequeña cortada, una pequeña herida que no cicatriza y que se abre con cualquier movimiento. Por dentro es una pequeña tortura que se cuela y pica donde duele, donde aún duele, algo que incomoda todo a su alrededor, que hace que pensar cueste, que moverse cueste, que sentir cueste; algo que jode y que comienza a apropiarse de todo. Cualquier movimiento hace que la piel se tense y que duela, y su piel es blandita, tiene que serlo; nadie de piel dura arde, nadie a quien lo de afuera no le toque puede sentir, quien esté blindado al afuera no puede vulnerar el adentro; sin eso no hay combustible para el fuego, solo humo, solo frío.

Sabe lo que le pasa, sabe lo que viene, pero también sabe que no hay otra forma: debe crecer, debe acumularse, debe incomodar más y más, debe acortarle las palabras, debe cambiarle el humor y hacerle sentir que está contra las cuerdas, que no hay escapatoria, que viene más y más, que la avalancha crece, que el cuerpo no resiste, que el silencio le cuesta, que ya no puede aguantar más. Como una olla a presión, debe acumular sin sentir la presión incrementarse… no hay otro camino, no existe otra opción.

Desde afuera sucede en un segundo; desde adentro duele durante días, cierra la garganta, genera un vacío en el abdomen, caldea los jugos del estómago y ulcera las paredes del esófago. Y sonríe mientras sabe que todo eso pasa, sonríe cada vez más poco, con las comisuras cada vez menos extendidas, sonríe hasta que su sonrisa se transforma en una mueca cínica y despreciable, sonríe hasta que ya no puede disimular nada con una sonrisa.

Hasta que le sabe a mierda hacerlo, hasta que se cansa y las mejillas le pesan, hasta que el peso sobre los hombros crea nudos que le tensan los músculos y le bloquean el movimiento, tanto que abruma, tanto que cansa, tanto que se acumula y parece imposible que pueda librarse. Ahí el brillo en los ojos aparece, ahí la mirada parece cambiar y despertar, y todo cambia: el tac tac tac tac comienza a sonar, el piloto eléctrico se activa y la presión se libera. Desde afuera tarda un segundo en transformarlo todo en una explosión, en un grito, en un cuento, en un polvo, en una resaca, en un pogo; en un segundo todo cambia y arde, y consume, y justo cuando parece que fuera a derretirse del todo, a perderse en el fuego, la llama merma, se hace cálido y resiste: otro embate, otro día, otra noche, y el gas comienza de nuevo a acumularse. Aún le queda mucho por arder, aún tiene mucho por quemar, aún no es tiempo de quemarse, todavía queda mucho por lo que vale la pena arder.

Ni la sombra

Camina mirando su sombra, como si sintiera los dedos dentro de su zapato conectarse con ella. Se mueve para verla contonearse, casi con la misma atención que le gusta ver su imagen deformada en el agua y la difracción de la luz convirtiéndole el cuerpo en ola. Sonríe mientras lo hace; le gusta no ser ni la sombra de sí misma y, al mismo tiempo, ser contenida por ella. Le gusta que trae consigo su pasado, loquita pero buena muchacha, y proyecta con ella su futuro, fuerte como un rugido o un trino en el bosque, retumbando adonde llega, agigantada y abrumadora, poderosa y casi sin límites, a menos que se acerque mucho al sol. Ese es el error, piensa sin decírselo a nadie: acercarse demasiado a la luz quema, enceguece y apacigua; hay que dejar que la luz te dé, pero no que te absorba. Es peligroso: te reduce a un puntito debajo de tus pies.

Cuando camina de esa manera, viendo su sombra, sonríe como solo la soledad sabe hacerlo: con un dejo de confianza, con una autenticidad única. Uno no puede huir de ella, debe contemplarla. Quien la ve sonreír así, sin saberlo, ha presenciado un momento de libertad y pasión, un murmullo de su canto, y no sospecharía nunca lo difícil que es para ella hacerlo de manera consciente. Le teme un poco a esa calidez que la provoca, le teme a la presencia de otro que captura la imagen y trata de anclarla a ella. La felicidad, dice, es algo íntimo y no se le comparte a cualquiera, y a la libertad de ser libre no se le renuncia nunca ni se le posa; es una fracción de ella y, si alguien colecciona demasiadas, podría juntar todas las partes y tenerla. La idea la enternece y la aterra: qué miedo quedarse sin lugar para estirar las alas.

Por eso le gusta la sombra: se escurre fácil, rápido, y desaparece de repente si se le acosa o se le persigue con demasiado ahínco. La luz debe filtrarse entre hojitas, entre los dedos; debe dibujarte y moverse con vos, piensa viéndose hecha sombra, viéndose moverse y deformarse, levantarse y jugar con todo lo que la rodea, rodear todo lo que la rodea, recorrer todo lo que intenta obstaculizarla. Me gusta ser sombra, piensa, dice: me gusta ser sombra. Sonríe, pero no puede ver su sonrisa; lo sabe no porque los pómulos se le retraigan y un par de hoyuelos nazcan en ellos, no: lo sabe por cómo se mueve. Todo su cuerpo parece vibrar como la cola de un gato; todo le recuerda que no cabe en su cuerpo, que necesita expandirse, que quiere estirarse hasta sentir que se sale por sus poritos; un porrito sería la forma usual, pero está high de alegría y funciona igual, brota de sí misma y, como una enredadera bien agarrada, se trepa por su felicidad y se desborda, un ojito de poeta que crece y lo cubre todo; hoy se siente así, y camina así, y brinca entre cada paso para ver su sombra encontrarse con sus pies.

Piensa en estar descalza, desnuda, en la sensación de sus patitas con el piso caliente, con la sombra fría, con ser su propio refugio, con enfría donde quiere pisar, en ser y hacer su puente adonde vaya. La idea la emociona y, aunque el sol le golpea la espalda con fuerza, ella no mengua en su alegría ni en su idea de disfrutarse; para eso está el protector solar, piensa, y no se inmuta.

De fuera parece infantil y torpe; de lejos se ve un poco ridícula mientras juega con una colita de su cabello y brinca, baila, se estira y se enreda en su propia sombra. Está loca o drogada: seguramente muchos simplifican lo que ven y, en su acostumbrado papel de custodios de la normalidad, dictaminan que su rareza es desfachatez, sin intuir que su alocada felicidad es, por el contrario, una celebración, reflexiona, de un buen día en medio de unas semanas de mierda. Es un oasis en medio de una tormenta constante, de un dolor punzante y de una sensibilidad estimulada. No le conocen ni la sombra y no le reconocen ni siquiera el intento, pero a ella no le importa; sabe lidiar con la idea de salirse de sus formas, es feliz, como Peter Pan cuando cose la sombra bajo sus pies, porque puede volar de nuevo a un espacio donde el pasado, el presente y el futuro se funden bajo sus pies y le dan profundidad a su sombra.

Enchilarse

A Javier le gusta el picante. Cree creer que ha sido desde siempre. No recuerda esos días en los que su mamá untaba su chupo en una salsa espesa de color naranja vivo que resultaba de macerar ají pajarito tatemado, y lo dejaba escurrir y secar antes de dejarlo a su alcance. De esa época no recordaba el efecto casi calcificante que en aquella corta vida parecía generarle, y como no lo recordaba no podía dolerle ni incomodarle. En eso Gabo tenía razón: la vida es lo que recordamos y la forma en como la recordamos para contarla, y como ignoraba su mal comienzo disfrutaba de su buen presente.

Le gustaba en las salsas, crudo y en polvo; le gustaba intenso, suave y gustoso. Era innegociable en eso: que sepa bien, que tenga sabor, que valga la pena los ojos llorosos, el cosquilleo en las manos. Le gustaba prepararlo e inhalar ese humo bravo, ese aroma ácido, esa tos condensada que le secuestraba la cocina al prepararlo; la toleraba sonriente, sabía que el resultado valía la pena. Mezclaba semillas con pimentón, con cebolla y con tomate, con ajo y panela rayada; tostaba y quemaba hasta que la nube le irritaba los ojos, las manos, la garganta, pero valía la pena, sabía que valdría la pena.

Porque recordaba los hoyuelos de las mejillas, profundos y marcados; porque recordaba su carita sonrojada y sus brazos tensos, los jadeos intercalados y los brillantes, y eso lo hacía mantener viva la receta que le torturaba físicamente e intentaba disuadirlo. Qué más daba llorarse un poco. Siempre hay cosas atoradas que vale la pena llorar mientras se pica la cebolla, y otras en qué inspirarse al lavar el cilantro. También había rebeliones que disuadir, así que el humo estaba bien, el humo no importaba porque pronto la vería de nuevo allí frente a él, lamiéndose los labios y cerrando los ojos, haciendo una especie de ritual y paleta, una danza performática que le contraía la piel y que siempre lo llevaba a pensar y recordar esa vez, esa única vez en que tolerar el picante le había parecido imposible, cuando lo hacía su abuela y él salía corriendo de la cocina con los gatos, y la escuchaba reírse a carcajadas. Es cuestión de sabor, ¿por qué se resiste, mijo?, le decía desde lejos, risueña y juguetona. Si no fuera por ella jamás lo habría entendido.

Por eso, cuando supo que había vuelto al pueblo, confiaba en su gusto por el picante, ahora compartido; confiaba en su necesidad fuera igual a la suya; confiaba en que ese sabor que había aprendido a disfrutar cuando ella se fue la haría volver. Creía incluso haber mejorado un poco la receta al incorporarle puerro, cúrcuma, tomillo, una pizca de canela y pimienta de olor. Su abuela nunca se lo había reconocido, pero después de probarlo nunca había vuelto a hacerlo solo como ella lo hacía, y eso decía más que lo que ella callaba. Además, la hacía feliz: es tradición familiar aprender a hacer una salsa para los que se quieren, una para enamorar a los que vienen, para criar a los que siguen, una para conservar como recuerdo cuando una nueva salga.

Javier nunca le había dicho a nadie para quién era la salsa, pero el toque secreto de cáscara de limón rayada, ese toque de melancolía frutal y secreta que su abuela había probado, lo dejaba todo claro: la única persona que faltaba en el pueblo desde que la receta había nacido era una niña con el pelo de manglar, fuerte y traviesa, ágil y sonriente, una muchachita imparable.

La abuela murió sabiendo y Javier la vio morir sin contarle, pero sabiendo que sabía. Quizá ella no decía nada de su picante solo para no hacerlo sentir mal por la ausencia de esa niña, porque fue delante de sus ojos que ella la escuchó decir, después de llenarse los labios de picante: si me das un beso ahora me caso contigo y tengo a tus hijos… Desde ese día Javier se juró, y se cumplió, jamás tenerle miedo a enchilarse, y ahora sabía que era cuestión de tiempo para que ella se acercara, lo mirara a los ojos y fuera él quien se embadurnara los labios.

Eclécticos modernos

Mi novia es bruja —dice Ricardo mientras conduce por un puente oscuro—, bruja blanca, no se asuste, dice. No sabe que Antonio no se ha asustado, pero sí ha despertado; ha salido del ensimismamiento, de la trivialidad de su pregunta, de la cotidiana normalidad con la que se hacen. La respuesta lo agarra fuera de base; le gusta, le gusta salirse de sí mismo, de su cabeza; le gusta además cuando es por algo que parece sacudirlo…

La conocí en un jueguito —le dice—; era novia de otro amigo, pero él no la trataba como la trato yo, dice orgulloso. Está contento. La fe es eso: creer en lo que te hace feliz, lo deja en paz y no le dice nada, aunque piensa: qué loco está el mundo; él, un punkero anarquista al servicio de la publicidad digital en la era de la inteligencia artificial; él, un bucanero moderno enamorado de una bruja blanca; el steampunk resultó más conceptual que artístico, una pena… Su viaje ahora es ensoñación: duda de la realidad que se le presenta, de sí mismo en ella, pero está sobrio, lleva meses sobrio, espera solucionarlo pronto; albatros, ala triste, va de regreso al nido.

Un sombrero de ala ancha, de medio lado, lo recibe, lo saluda, lo hace pasar; silba, pero no hay respuesta. La kakatúa violenta no ha llegado; no tarda en llegar, en asomar el pico colorido, en alegrar el cuarto. Es siempre así: bohemio, colorido, jazz, humo, güisqui. Cuando entra se saludan, se abrazan, se reconfortan; menos mal está este en el mundo, piensa; menos mal no han dejado de agitar las alas los que tienen fuerza para volar, piensa. Ofrece una pola, promete un libro y se apoyan en las historias como un par de muletas, y se cuentan la vida, los desamores, los desaciertos; se juega con la palabra, con el tiempo, con la noche, qué noche. Quiere contarle de su viaje extraño en un corsario embrujado; no encuentra el momento. Beben, se abrazan, se enchilan, se saludan, juegan: el mundo es mejor por un rato.

“¿Hace cuánto no lloras?”, parece la pregunta, porque no deja de hablar de cómo lloró hace poco en un concierto. “¿Hace cuánto no coges?”, pregunta, porque cuenta la historia de cómo perder dos amantes con un cuento. Las respuestas no responden a preguntas; nunca se realizaron, pero las risas que generan agradecen la apertura a contarlas.

En este nido, belleza y gallardía no falta: entran, revolotean, saludan; son tan únicos en su forma de ser. Por eso la gente observa aves, piensa, pero no se los dice; piensa que sus ojos brillantes deben bastar, deben servir para decir: nunca dejen de batir las alas. Hablan de música y músicos, de películas, de teatro, de obras, de llantos; qué lindo trinan los que hablan con el corazón.

De repente, una sombra en la puerta aparece. La kakatúa sonríe:

—No es por picármelas —dice una voz aguardientosa, algo torpe y alicorada—, hermoso, te amo, tan bello, ¿oíste, pere, pues? No es por picármelas, pero yo he sido de las riquitas de este barrio; en mi casa hay camas Luis XV…

La mira y piensa: ¿qué le pasará hoy al tiempo y la ficción?, ¿por qué me da tanto hoy?, ¿por qué me sobreestimula de esta manera, cuando tiene tan poco que ofrecerles a cambio? Asimov haría algo hermoso con esto; Cortázar encontraría la forma de hacer un cuento que no te diera oportunidad en el ring, pero me lo tiran a mí enfrente. Creo que Rivas o Betancur podrían hacer algo con más calle, pero tampoco están ellos allí: está él; le va a tocar ensuciarse las manos.

—¡Una pola! —grita, tratando de contonear la cintura imaginaria que posee.

—Es ecléctica —dice.

Él asiente; piensa: hay gente poseída por la estética de las casas que habitan; en un barrio como estos eso es oro puro, creadas en la bonanza con una estética caprichosa, más parecida de lo que quisieran aceptar sus dueños a las colchas de retazos que alguna vez cubrieron sus cuerpos, o los de sus padres. Corrieron para alejarse de una pobreza económica y saltaron para zambullirse en un mar de ideas difusas; la marea los marea, y a todos quienes las navegan parece pasarles lo mismo: un vaivén de historias que casi comienzan y casi acaban; una persecución en Japón, la lavada de un baño en Malasia, la alegría de una visa casi obtenida y mancillada por un porro esotérico; el regreso sumiso y sometido; las enaguas de mamá aún abiertas ofreciendo cobijo para quienes las necesiten; y una pelea aún por aceptarse, perdida en la grandeza que una vez pareció prometerle el lugar que habitaba.

Es hora de huir, de escapar de su mirada confundida, dice Kakatúa, justo después de comprobar que en su negación de la realidad cualquier imaginación es posible: ha dicho que él es su padre; él no lo ha negado, ha entendido la sutileza de la prueba, y ella no ha dudado un solo segundo. Ante sus ojos, las alas se le acortan, la cresta se le alza, el pico se retrae, y como otra Kakatúa aparece ante sus ojos.

Cualquier realidad es mejor que la habita; hay que partir transformados. Nos montamos en un carro y recorremos un mundo ajeno del que alguna vez fuimos parte. Los perros duros no bailan, los tipos duros no cantan; por fortuna ni lo uno ni lo otro los condiciona. La noche está joven, está un poco loca; hay que brindar por los eclécticos modernos: ellos, en lo suyo, como cómplices y compinches, ellos también son parte.

Infiernos y paraísos

Luis lee a Borges; lo hace por gusto y por disciplina. Le cuesta leerlo, pero le gusta cuando lo entiende. Tiene ese toquecito que lo hace sentir inteligente al entenderlo; siente, al hacerlo, que más que leer está continuando ese cuento donde Borges se encuentra con Borges, pero sin él ser alguno de los Borges: solo quizá una paloma que los oye conversar en la banca del parque donde se encuentran, maravillada y atenta.

Luis sabe que Borges decía que siempre imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Para él tiene sentido: siempre se describió a sí mismo como un gran lector más que como un escritor, y el paraíso, si algo ha de tener, es una dosis de placer que parezca incluso pecaminosa, piensa él y sonríe, e intenta imaginar cuál será la expresión de una paloma sonriendo con un dejo de arrogancia, de sentirse astuta. La idea le gusta y se deja envolver por ella: el paraíso debe ser una gula de culpa sin sentir un ápice de ella.

De la idea lo sacan sus gatos restregándose contra sus pies. Los ve y siente un poco su pregunta, su angustia; los ve y le oprime el pecho. Le gusta el silencio; en su paraíso hay calma, tanta que los pensamientos deben tener eco, piensa, y de nuevo se imagina como paloma astuta, pero el silencio que hoy se le presenta no es complaciente: por el contrario, le duele y les duele. Lo entiende al verlos: ellos no saben por qué su paraíso les hace vivir un infierno. Es como si la biblioteca de Borges estuviera llena de libros malos, o de los libros que él considerara malos. Este silencio viral y endémico, esta ausencia de voces, no es la calma que desearía ni esperaba.

Sus gatos le recuerdan que hace días no puede hablarles. Su expresión es un interrogante, un grito que siente: un “¿qué te hicimos?”. Un reclamo: “¿Por qué el silencio?”. Saben que no ha dormido bien, que su temperatura no ha sido normal; saben, cree que saben, que algo no está bien, pero piensa que no saben por qué el silencio, y eso también lo tortura. Quisiera decirles que todo está bien, pero la voz se le rasga, la garganta se le cierra, el aire le falta, e imagina a Borges tomando página tras página de tramas simplificadas, de figuras retóricas pálidas y delgadas.

La gente a veces olvida, piensa abstraído de sí mismo, que el paraíso y el infierno son opuestos, pero la verdad es que son muy similares, casi idénticos: el uno es solo la perversión del otro. Bien dicen los viejos que el diablo está en los detalles; los pequeños detalles que dentro de todo paraíso consumen el placer de habitarlo: el conocimiento inútil, la gracia torpe del presente perpetuo, de la búsqueda del sentido y no del propósito, la deuda eterna de la promesa no consagrada, la ilusión de la importancia personal y del reconocimiento como pago, seré cuando me digan que sea… Se trataba más de ser a pesar de la incomodidad de ser.

Pero él piensa que los gatos no lo saben y él piensa en lo incómodo de su silencio para ellos, de su ausencia presente, de su indiferencia casi gatuna frente a ellos. No quiero herirlos, piensa; no quisiera incomodarlos con este silencio al que no le pertenezco desde la entrega sino desde la imposición; quisiera que la supieran, piensa Luis, agobiado y abrumado por la idea del sentimiento de exclusión de sus gatos.

Mientras tanto Borges le señala a Borges la expresión que hace esa paloma que parece mirarlos: una expresión extraña de angustia y desesperación. Es casi como si sufriera de algo, como si algo le preocupara, como si su único problema en la vida no fuera simplemente picotear el campo.

Leña al fuego

—Andá a terapia —le dice—. Yo ya hice mi parte; yo ya fui y hablé mis males. Curate vos de los tuyos: vení aquí perfecto, vení aquí listo.

Eso no se lo dice. No textualmente, pero sus ojos se lo gritan, se lo reclaman, se lo demandan. Está convencida de que su dolor es causa de sus grietas; que él tiene la responsabilidad por ser como es y por no ser de otra manera, por no ser quien ella sueña, que ella quiere, quien ella espera; aunque tiene el potencial de serlo, aunque tiene mucho de eso y porque, aunque le falta poco, nunca quiso serlo.

Él la escucha. Está ensanchando la nariz por respirar rápido y fuerte, como siempre que se enoja. Usa las manos con fuerza y con una elegancia orquestal: parece dirigir los hilos de Mahler, parece renacer sus esperanzas. A él le gusta incluso cuando ella está así, destruyéndolo; a él le gusta verla así cuando habla de las cosas que le gustan, pero lo destruyen cuando dirige hacia él esa fuerza: marca las detonaciones en su cuerpo, baja y abre los ojos y es un golpe a las costillas, un golpe seco y mudo. Uno tras otro. Siente el cuerpo contraerse, siente los músculos tensos y un nudo en la garganta que no deja de apretarse.

Está cansada y él está cansado de no poder descansar, de mantener la guardia arriba, de ceder, de callar, de aguantar. Quiero tregua, piensa. Quiero silencio. Extraño el silencio. Quiero la paz de la ausencia. Quiero la tranquilidad que tenía, la que ella le quitó, la que ella juró cuidar pero que hoy también la provoca.

Vuelva a la carga y le reclama:

—Yo hice terapia, yo hice constelaciones familiares, yo hice regresiones y arquetipos sanguíneos; yo he trabajado en mí y vos no has hecho nada por nosotros. Vos, con tu estúpida terquedad de hombre, no has hecho nada por mejorarte, por cuidarte, por ser mejor para…

Mientras le marca las palabras y las acentúa con los dedos largos; con la mirada punzante; con la boca haciendo esa mueca que ama ver cuando habla de todo menos de él, pero que lo mata cuando se la dirige. Está cansado de eso. No baja nunca la mirada: sus ojos están fijos en ella, en cada cosa que hace, en cada gesto que duele. Siente cada golpe.

No quiere defenderse. Quiere renunciar a su defensa no porque su argumento haya sido devastador —aunque lo haya sentido de una manera fatídica—, no porque ella tenga razón, sino precisamente para no dársela. Se calla, aunque podría decir algo que lo resarciera y lo dejara irse victorioso y orgulloso.

Él podría parar la masacre que recibe; él podría devolver los golpes, sabría cómo hacerlo. Entiende cómo defenderse y, por ende, es importante que se contenga, porque es fácil jugar su juego: adoptar sus tiempos, olvidarse de las reglas y golpear bajo; enfrascarse en los lugares simples, recorrer los momentos frágiles y apretarlos entre los dedos. Es demasiado fácil olvidarse del otro, y él no es de esos. No cede ante eso. Guarda silencio y cada que piensa una respuesta ingeniosa se muerde los labios; cada que haya un flanco descubierto, se muerde los labios; cada que ve la defensa baja se muerde los labios y entonces sangra. Y la sangre en su boca lo alerta: ha aguantado todo lo que puede. Es momento de replegarse, de recuperar las filas.

Se levanta en silencio y aturdido, con los ojos fríos. Su cuerpo está presente, pero nada más de él queda, —Yo ya hice la mía, yo he aguantado —dice él por fin, en un tono frío, distante—; he aguantado todo lo que he podido. Bien podría yo haberte devuelto tu poca cortesía; podría haber convertido todo en carbón y brasa como lo has hecho tú, con tu terapia y tus constelaciones y con todo lo que has hecho. De cada lugar al que vas traes una lista de pendientes, de deudas emocionales a mi nombre, todo lo malo que te pasa es porque yo soy como soy dices; de cada experto, de cada ritual, de cada círculo un nuevo defecto mío… igual a las hipócritas de las iglesias que pregonan el amor por dios pero desprecian al prójimo. Es buen marketing, como el de las iglesias quien viene será salvado, quién no está del lado del enemigo, es el enemigo, lleno de maldad y capaz de corromperlo todo. Uno va a terapia a hacer las paces con uno, no la guerra con el mundo.

Yo aguanté, hasta hoy, sin avivar el fuego. Yo esperé que entendieras que, a pesar de tu miedo a la opinión de los demás… yo estaba aquí, pero no voy a quedarme a que me consumas. No soy madera para tu hoguera, ni vas a convertirme en leña para tu fuego.

Cabañuelas

Los finales siempre me han parecido un tanto aburridos. La gente está cansada cuando se acerca el final; se puede estar agradecido, se puede salir a tiempo y hacer algo decente por uno mismo, sin embargo, siempre hay una nostalgia en medio de todo. Aunque tarde o temprano siempre llega, uno sabe que se aproxima, que tiene el tiempo encima, y entonces la gente mira un poco al piso y se concentra en todo lo que no fue, en todo lo que no pasó, en lo que no vendrá, lo que no tiene, lo que no se cumplió… Solo en ese momento se permiten contemplar todo lo que les sabe mal.

Se bañan, se peinan, se ponen ropa interior amarilla y se ocultan debajo de las mesas, escriben lo que quieren dejar atrás y se atragantan con 12 uvas: algunas simples, otras congeladas y llenas de vodka y tajín, otras reemplazadas por fresas o cerezas para comerse hasta la última del pastel… Entonces suenan las 12 campanadas, se abrazan, se arrojan lentejas de los bolsillos, se encienden los deseos y se acuestan ebrios de esperanza, de ilusión, de un comienzo mágico.

Va a pasar en unas cuantas horas, pasa cada año, y uno solo tiene dos opciones: el hastío o la ilusión; o hastiarse de la ilusión, dejarla atrás, de lado, echarse a muerto con todo… Prefiera esa con un poco de hielo, con un saborcito fuerte, ahumado y seco. No me gustan los finales; por eso, cuando llegan, no los evito: los miro de frente, a los ojos, dejando que sepa que sé que se termina. Frente a mi reflejo y por su bien brindo; una especie de ritual que ha evolucionado para evitar ser visto hablándole al espejo. Lo bueno comienza, lo que importa apenas comienza, el final no cuenta, lo que pasó ya no importa; duele, pero no importa. Te puede llenar de rabia y aun así no importa; te puede hacer nudos en la garganta y el pecho y aun así no importa. En eso pienso: el presente es breve, casi imposible de apreciar, así que abrazo como ellos, me como las uvas, con tajín y vodka por fortuna, y pienso, como decía mi abuelo, pensando siempre en el trabajo: me voy a dormir porque mañana debo estar atento a las señales.

Las cabañuelas le dirían cuándo sembrar y cuándo recoger, cuándo cuidar más el campo y cuándo ararlo con más fuerza. Me gustaba esa tradición de irse a dormir, no con la seguridad de un mejor mañana, sino con la intención de prepararse mejor para lo que viene. Así que, como él, me despido y parto, pensando en esos doce días, en ese plan que debo seguir, en esas metas que debo perseguir: a la próxima no tendré tanto cuidado; con la próxima no me haré tanto a un lado. La próxima oportunidad debe sentirme, debe ser capaz de presentirme, debe temerme cuando me sienta cerca y saberse perdida cuando sienta mis ojos posarse sobre ella. Deberá saber que ha sido tomada; entregarse aun sin garantías, exigir garantías de por qué hacerlo. Lo hará porque quiera, porque se le cante, sin estarme buscando, sin haberse prometido prometerse.

A la próxima no habrá permisos ni disculpas: no habrá silencios ni turbas, no habrá mezquinos entrometidos dictando el camino que debe recorrerse para cumplir un sino. No habrá un mapa de los sueños donde ser tachado, ni un espacio incómodo y aprisionante donde hacerse para reemplazar lo perdido: un café con los amigos, un asado con la familia, un polvo que me desempolve los discos, una cerveza fría en la tarde, una escapada en la mañana hacia un horizonte, un regresar a casa, un libro, un cuento que contar, un día de pereza con mis gatos y una tarde de juegos que haga que la risa me marque el abdomen; y un abrazo de todos los que, por alguna razón, al recordarlos me siguen haciendo reír. Me voy a dormir pronto, porque quiero empezar pronto como mi abuelo, buscando mis cabañuelas.

Quemar las naves

Cristóbal saca una esfera seca y endurecida de parafina, pequeña, tiene el tamaño de un buñuelo antes de freír, antes de que el calor la expanda y lo esponje. Rafael lo mira con sus ojitos grandes y no pierde detalle de sus movimientos; lo ve jugar con ella y, como desconoce de qué se trata, la señala. Cristo se la extiende y se la señala: no se la ofrece, solo se la muestra. Él lo entiende, asiente; sus ojos curiosos expresan bien lo que él no puede articular en el idioma. Cristo mira la bola y comienza a hablarle.

—No lo recuerdo —le dice, mirando al niño a los ojos.

Cristo no le miente: no recuerda con qué propósito comenzó a recogerla, no recuerda para qué tampoco. Pudo haber sido un simple impulso repentino o un antojo inducido por un video en las redes sociales, alguna tendencia sobre darle forma a pensamientos o incluso al pasado mismo. Lo mira un poco ausente; no sabe explicarle lo que piensa, pero sabe que es necesario hacerlo.

—Mirá, Rafa: a uno le pasa como a esta bolita, que no sabe bien lo que es ni lo que lleva, que no tiene idea de lo que es, de dónde está, de para qué está acá ni para dónde va. Son las 4 grandes preguntas. Llegará el día donde vos también te las hagas, y es necesario que entiendas en ese momento algo que voy a decirte.

Rafa lo mira con los ojos abiertos. No es un síntoma de atención ni señal de espabilamiento: lo mira chupándose el pulgar. Para estar en el final de sus años, esa es muestra de que no es precisamente un chico muy adelantado. Cristo lo intuye: el chico no parece muy listo, pero él tampoco lo fue a mirada de sus tutores y profesores; quizá por eso, quizá porque aprendió enseñando, que aprendía más cuando hacía el intento de explicarle a otro algo en lo que nunca había pensado mucho. Quizá por eso le dijo:

—Mirá, Rafa: recordar es difícil, nadie lo recuerda y por eso nadie recuerda bien. Somos selectivos en los recuerdos, completamos con lo que tenemos a mano, con anhelos, con esperanza, con rabias, con otras miradas. Por eso es difícil conocerse, porque uno no sabe muy bien qué tanto es de uno y qué tanto es prestado, impuesto, acordado. Uno es un poco todo y todos, y es difícil recordar qué estaba ya ahí cuando uno llegó, qué trajo uno y qué se le pegó en el camino. Uno lleva todo eso a cuestas, uno es todo eso que se echa a cuestas, y entre más uno camina, más se echa encima, más se carga y más se mezcla. Al final no importa qué era uno, qué es de uno: uno es eso sumado, dividido; uno no es los factores sino el producto. Y eso está bien por un tiempo, pero luego se deforma y pierde foco; por eso, cuando la carga es mucha, nos acercamos al fuego de nuevo, a algo que nos queme o nos corte, porque es necesario sacarse lo que estorba, fundirse, irse un poco al vacío para reencontrarse.

A la gente le parecerá bien que lo hagas hasta mediados de tus 20, pero mientras más te acerques a los 30 cada vez podrás menos jugar esa carta. Es lo mismo que te pasa ahora chupando el dedo —le dice mientras sigue viendo al niño, que lo mira sin pestañear; bueno, no, no a él, sino a la esfera de colores que rueda sobre su mano. La sigue embelesado; la ve acercarse al fuego y la ve crecer en cada movimiento. Él lo entiende: juega con ella de manera que nunca la pierda de vista mientras habla, mientras él se lo explica a sí mismo; a sus casi 40 hay mucho que le sobra, que no reconoce y comienza a estorbarle.

—Lo vas a necesitar oír en unos años. Trataré de estar aquí para repetírtelo —le dice—, trataré de ser más sabio para cuando llegue el momento.

Lo mira y sonríe.

—Te enseñaré a quemar las naves, para que avances sin tanto peso.

Su hermana llega, los mira, recoge a Rafa.

—No lo dejés chupar dedo —le dice.

—No me di cuenta —miente—, hablábamos de cosas más importantes.

Responde y le guiña un ojo mientras le acerca la esfera tibia a la palma de la mano.

Pros y contras

Cuando él sale de casa, Maria respira profundo y piensa que todo va mal, que ese hombre, aunque no está lejos de ser lo que quiere de un hombre, no tiene lo que su hombre debería tener, algo le falta, puede ser su astucia casi ausente, su mirada casi perdida, es como si él también supiera que algo no encaja, no quiere prestarle atención, pero al caminar por la casa todo se lo recuerda: las chanclas estorbando en la mitad del cuarto, la toalla colgada pero sin extenderse, los vellos en el lavamanos, la taza de café en el fregadero… todo la provoca y la irrita.

No lee, no lava, se descuida con facilidad, pospone todo o casi todo y, aparte del trabajo, parece que nada le interesara. Pensarlo la irrita, no está siendo justa, pero no puede sacárselo de la mente, en esas mañanas donde todo lo que ha hecho parece provocarla es difícil verle sus matices.

—¿Qué te pasa? —le escribe sin aclararle nada.

—¿Qué te pasa? Lee él en el chat pero no se anima a contestarle… piensa en su nombre mientras mira por la ventana, disociado… sin animarse a escribirle; hasta ahora siempre me han sido esquivos los nombres que me encantaría susurrar junto a palabras bonitas, de esas palabras ridículas que el amor inventa, de esas secretas y tontas, de esas que avergüenzan y que un poco son el amor mismo, quisiera haber tenido una margarita de la suerte, capaz de opacar a los tréboles y sus cuatro tristes pétalos, una margarita a la que pueda cantarle como Fito: vos me hacés feliz, margarita, mi amor, pero no puede decirle eso, no se lo tomaría bien, no respondería bien, lo sabe, porque entiende que al final es solo un deseo ridículo pero él no es un hombre astuto, no sabe escaparse de esos pensamientos ni manejar las situaciones, es solo que siente común su nombre, Maria, sin siquiera la tilde, sin siquiera la virgen, así, a secas.

Pero no es solo ella, ha vivido la vida sin Manuelas que lo escuchen la radio, sin chicas iguales pero distintas a las demás a quienes ver por la playa pasear para soñarla sabiendo solo que se llama Noelia, sin Elisas que lo abandonen para clavar en su pecho un puñal, sin Caritos que le hablen inglés ni Rosas ni Rositas tan hermosa, tan maravillosa como blanca diosa, como flor hermosa… Es solo eso, un deseo tonto pero latente, cambiarle el nombre, decirle todos los nombres, qué peligroso puede resultarle ese pensamiento, ella es lo que él quiere, tiene lo que le gusta y, aun así, no se llama como él quisiera, detalles, el diablo está en los detalles.

—Nada —responde en el celular—, estoy en la calle, me estaba montando al bus, por eso no te contestaba, pero todo está bien —le dice—. Miente, pero la tranquiliza, miente para tranquilizarla, miente para el bien de todos, especialmente del suyo, porque al final solo se miente a sí mismo, es cierto que todo está bien, que ella está bien, que su forma de ser está bien, que su risa está bien, que su sazón está bien, quien no está bien es él y por eso, por ese pensamiento que lo persigue, finge y miente.

Es culpa de Paquita Gallego, piensa, es culpa de esas canciones que le enseñaron a cantarle con nombres al amor, es culpa de los románticos que solo crearon canciones con nombre de señora, de Gloria que me falta en el aire, de su cálida inocencia y de la falta en mi boca que, sin querer, te nombra, y esa es la cosa, que al final uno también ama desde la ilusión de lo amado y también extraña la ausencia del amor prometido, pero no es su culpa que su nombre no me resuene con ninguna de las canciones con las que he querido cantarle al amor.

Piensa frustrado, piensa viendo su foto, cuánto habrá de mí que para ella sea también una afrenta al amor imaginado, cuántas veces se habrá ella preguntado si mi nombre resuena con su anhelo, Jaider no es que sueno muy bonito tampoco, no recuerdo tampoco canciones que contengan mi nombre, ellas por fortuna solían cantarle más a la emoción que a quien la despierta, al menos eso creo yo, al menos eso recuerdo yo, aunque también están los libros, y estoy lejos de ser uno de esos seres llenos de virtud, incapaz de la mitad de sus sacrificios y ausente de sus dones y sus maneras, ni un lord ni un señor, a duras penas una educación básica y el cuero fuerte para aguantar el sol, estoy seguro que yo no soy tampoco su sueño de amor…

El pensamiento lo agarra con la guardia baja, del tedio brinca al miedo. —No te lo digo suficiente, sabés, pero vos y tu boquita son lo mejor que me ha pasado en la vida, amor mío, vos sos, en esta vida dura, la parte más suavecita y deliciosa de cada día, vos, mi amor, sos todo lo que está bien conmigo.

Ella lo ve y sonríe. Es un tipo raro, extraño en sus formas, brusco y torpe. Es un burro, pero es tierno; tiene sus pros y sus contras.

Anidar

—¡Que tu dios te cuide! —dice ella con la voz entrecortada, agrietada por la desesperanza con la que se le dice eso a alguien que no cree en nada, como quien arroja una piedra a un vacío profundo, tremendo y oscuro que devora no solo cualquier rayo de luz sino también cualquier sonido. Lo dice porque siente que es lo correcto, porque siente que llevan esperanza aunque no sabe si calará dentro de una piel tan dura… y le duele porque sabe que él necesita esas palabras; ella sabe porque ha visto eso en los ojos de los niños cuando se levantan con la piel ausente de alguna caída y, con los ojos inundados, dicen —no me dolió, con la voz entrecortada dicen —no me dolió y tratan de correr con las rodillas hechas llagas, con las manos ulceradas. Solo cuando ellos también ven la sangre lloran, con sus ojos llorados exhiben la herida y descansan… pero él, él no descansa, él empaca como siempre sus rabias, dos bocanadas de humo, un trago; quizá piense en sus tristezas cuando pica cebolla, ojalá piense en sus tristezas cuando pique cebolla para que se ponga al día de sus llantos, de sus rabias, de sus despedidas, ojalá nunca le gane la pesadez que lleva sobre los hombros, ojalá siempre encuentre la fuerza para cuidarse, piensa mientras él la mira sonriendo.

Está tan solo, piensa ella mientras lo mira sin ceder ante lo que ella intuye, ante la sombra que ella conoce, le duele, ojalá que su dios lo cuide, piensa de nuevo y lo mira con esos ojos de profesora de preescolar acostumbrada a entender todos los dolores, los raspones, los pequeños primeros desamores, las angustias inocentes de haber perdido un color y el pánico diminuto del regaño que conllevará haberse ensuciado el uniforme, a sabiendas de que en la casa no hay otro para reemplazarlo, con esos ojos que se han acostumbrado a ver emociones que aún no saben traducirse en palabras, con esos ojos lo ve y sufre por su incapacidad de sufrir, por su testarudez viva y calcinante, por su escandaloso silencio…

Él la escucha, se gira, la mira, algo intuye en su mirada y en su tono, algo sabe, piensa, ellas siempre saben algo. Lo intriga, más que las palabras, lo que parecen decir las mismas, ese otro lenguaje detrás del lenguaje, esa tristeza casi llena, esa angustia casi esdrújula. Intuye que ella necesita una respuesta, que su tristeza la inquieta, que ese dolor clavadito en el pecho ella puede verlo. No es grave, quiere decirle, pero sabe que desestimarlo no es suficiente, que la preocupación crece cuando lo obvio se niega; la simpatía es casi un insulto para quien es empático. La entiende, es como ella es, la piel es dura pero el corazón es blandito.

—Nada de dioses ni deidades, ni de sus omnipotentes y ausentes voluntades; yo no confío en esos designios astrales ni espirituales —le dice a ella, viéndola justo a los ojos, con esa sonrisita que sabe que le confirma que lo que dice es emocionalmente cierto, que aunque no entiende los motivos, entiende sus sentimientos y que no los niega ni los desestima—. Yo no me entrego a credos, pero anido en cuerpos, en los manifiestos, en las palabras y lo que tienen detrás; que el cariño de los que me quieren me cobije y que, en su omnipotente deseo de gobernarme, los dioses se muerdan un codo…

—Idiota —dice ella, enojada, no sabe por qué, siente que la ha llamado dramática y que le ha dicho que exagera, aunque la tranquiliza la irrita. Bien podría decir gracias, bien podría decir igual tú y marcharse y no volver, pero no, sonríe y, en medio de su tristeza, encuentra la forma de olvidarse de nuevo de sí mismo para ofrecerme un poco de calma, de eliminar mi inquietud y decirme que no hay de qué preocuparse.

Se enfada, me mira enfadada, como una niña con una rabieta. —No lo tomés a mal, no peleo contigo ni con tu dios, mi nido, cariño, son las palabras y las personas; mi hogar es donde son cálidas y confortables. Saber que tengo a dónde volver, saber que hay un hombro donde apoyarme, un torso y unos brazos que me abracen es el universo entero para mí —le digo y noto sus ojos llorados—. No llore, todo saldrá de la mejor forma posible si hay un nido a donde volar de vuelta.