Anidar

—¡Que tu dios te cuide! —dice ella con la voz entrecortada, agrietada por la desesperanza con la que se le dice eso a alguien que no cree en nada, como quien arroja una piedra a un vacío profundo, tremendo y oscuro que devora no solo cualquier rayo de luz sino también cualquier sonido. Lo dice porque siente que es lo correcto, porque siente que llevan esperanza aunque no sabe si calará dentro de una piel tan dura… y le duele porque sabe que él necesita esas palabras; ella sabe porque ha visto eso en los ojos de los niños cuando se levantan con la piel ausente de alguna caída y, con los ojos inundados, dicen —no me dolió, con la voz entrecortada dicen —no me dolió y tratan de correr con las rodillas hechas llagas, con las manos ulceradas. Solo cuando ellos también ven la sangre lloran, con sus ojos llorados exhiben la herida y descansan… pero él, él no descansa, él empaca como siempre sus rabias, dos bocanadas de humo, un trago; quizá piense en sus tristezas cuando pica cebolla, ojalá piense en sus tristezas cuando pique cebolla para que se ponga al día de sus llantos, de sus rabias, de sus despedidas, ojalá nunca le gane la pesadez que lleva sobre los hombros, ojalá siempre encuentre la fuerza para cuidarse, piensa mientras él la mira sonriendo.

Está tan solo, piensa ella mientras lo mira sin ceder ante lo que ella intuye, ante la sombra que ella conoce, le duele, ojalá que su dios lo cuide, piensa de nuevo y lo mira con esos ojos de profesora de preescolar acostumbrada a entender todos los dolores, los raspones, los pequeños primeros desamores, las angustias inocentes de haber perdido un color y el pánico diminuto del regaño que conllevará haberse ensuciado el uniforme, a sabiendas de que en la casa no hay otro para reemplazarlo, con esos ojos que se han acostumbrado a ver emociones que aún no saben traducirse en palabras, con esos ojos lo ve y sufre por su incapacidad de sufrir, por su testarudez viva y calcinante, por su escandaloso silencio…

Él la escucha, se gira, la mira, algo intuye en su mirada y en su tono, algo sabe, piensa, ellas siempre saben algo. Lo intriga, más que las palabras, lo que parecen decir las mismas, ese otro lenguaje detrás del lenguaje, esa tristeza casi llena, esa angustia casi esdrújula. Intuye que ella necesita una respuesta, que su tristeza la inquieta, que ese dolor clavadito en el pecho ella puede verlo. No es grave, quiere decirle, pero sabe que desestimarlo no es suficiente, que la preocupación crece cuando lo obvio se niega; la simpatía es casi un insulto para quien es empático. La entiende, es como ella es, la piel es dura pero el corazón es blandito.

—Nada de dioses ni deidades, ni de sus omnipotentes y ausentes voluntades; yo no confío en esos designios astrales ni espirituales —le dice a ella, viéndola justo a los ojos, con esa sonrisita que sabe que le confirma que lo que dice es emocionalmente cierto, que aunque no entiende los motivos, entiende sus sentimientos y que no los niega ni los desestima—. Yo no me entrego a credos, pero anido en cuerpos, en los manifiestos, en las palabras y lo que tienen detrás; que el cariño de los que me quieren me cobije y que, en su omnipotente deseo de gobernarme, los dioses se muerdan un codo…

—Idiota —dice ella, enojada, no sabe por qué, siente que la ha llamado dramática y que le ha dicho que exagera, aunque la tranquiliza la irrita. Bien podría decir gracias, bien podría decir igual tú y marcharse y no volver, pero no, sonríe y, en medio de su tristeza, encuentra la forma de olvidarse de nuevo de sí mismo para ofrecerme un poco de calma, de eliminar mi inquietud y decirme que no hay de qué preocuparse.

Se enfada, me mira enfadada, como una niña con una rabieta. —No lo tomés a mal, no peleo contigo ni con tu dios, mi nido, cariño, son las palabras y las personas; mi hogar es donde son cálidas y confortables. Saber que tengo a dónde volver, saber que hay un hombro donde apoyarme, un torso y unos brazos que me abracen es el universo entero para mí —le digo y noto sus ojos llorados—. No llore, todo saldrá de la mejor forma posible si hay un nido a donde volar de vuelta.

Achaques

Los años no llegan solos, por fortuna los años no pasan en vano, se sigue siendo, en esencia, lo mismo que siempre se ha sido, pero, como todo, hay detalles, se tiene derecho a tenerlos; se ha visto mucho de muchas cosas, se han visto pocas de otras, a veces demasiado de ambas, y ambas rayan, pelan, amallagan, cositas que no faltan ni sobran, son cosas que ganan y, como todo lo ganado, se lleva con un aire digno, elegante, aquello que se hizo propio siempre se ve diferente.

Otro cantar sería entender a los 20 que no vale la pena simularse, las máscaras cuestan: oportunidades, momentos, futuros. Eso pensaba ahora que la veía a lo lejos, más vieja, más arrugada, más ella. Ramiro también era más Ramiro ahora de lo que lo fue en esa época, en parte era como era por haber sido menos él antes, por haber perdido, por haberlas perdido, no era solo ella, era tan solo uno de esos cabos sueltos que llevaba en su vida, debió haberla hecho más suya, más a su forma, no medir las distancias ni las apariencias, debió morderla tan fuerte como deseaba, debería haberla asfixiado como quería, nalgeado y someterla de la forma animal como lo deseaba, siempre le gustó el juego de ser un poco animal, nada extremo, nada muy extremo, le bastaba con la forma, aunque en el fondo siempre fue un amante tierno, grotesco pero tierno, pervertido pero tierno… con el tiempo aprendió a darle un poco más de libertad a lo primero y a solo insinuar lo segundo.

Ya no importaba, también había aprendido eso, que no importaba, que nada lo hacía, que el mundo no tenía un plan ni un norte, ni un mañana, tenía un hoy y un ahora, un café, una cerveza, una resaca, pero que perdía lo vivido y que no tenía lo deseado, el instante era lo único sagrado, complacer expectativas ajenas y desear un futuro sin vivir el presente, lo único profano; porque, al final de cuentas, lo único que importaba era si había valido la pena.

Ahora lo sabía y ahora que la veía eso era lo que le molestaba, hubiera valido la pena hacer las cosas diferente con ella, quizá esos habían sido los 5 centavos que les faltaron pal peso, arrebatarle las riendas y desafiar su mandato, quería ser mejor para ella, creía que ella merecía una mejor versión de él e intentándolo había perdido sin siquiera haber sido él mismo, viéndola pasar frente a él el pensamiento simplemente lo había agarrado con la guardia baja, un golpe a los riñones que lo sacudía, no era lo suficiente fuerte para arrojarlo a la lona, pero tampoco podía fingir indiferencia, lo había golpeado, había sentido, madurar es sentir, sentirse, así que no huía ni se movía, madurar no es esquivar, así que esperaba, aguantaba, mientras ella se acercaba caminando…

El ritmo cardíaco no le cambió, el corazón no se aceleraba ni corría, madurar es no perseguir ni ideas ni personas, así que cuando le pasó de lado no volteó a seguirla con la mirada, aunque había sentido el aroma que recordaba, aunque había recordado el sonido de su risa y de sus mimos, no giró, y no se preguntó si no le había visto, ni se fijó en sus nalgas, todo sale siempre de la mejor manera posible, de todas probabilidades nuestra realidad es solo la más probable, así que caminó, erguido, tranquilo y orgulloso.

Ella creyó verlo, ella creyó haber sentido su aroma, y giró un tanto desorientada, recordaba ese hombre que la había tocado con miedo de romperla, con más ternura que deseo, y su deseo, que era más fuerte que tierno, no pudo nunca hacer las paces con ese hombre que le había ofrecido casi todo lo que deseaba, menos la fuerza animal con la que le gustaba entregarse, no era su madre, ella no estaba para cuidar porcelanas, así que lo había dejado ahí en la lista de posibles, de casi, no recordaba del todo su rostro, solo sus ganas contenidas, su deseo incómodo, no volteó a verlo por miedo a reconocerlo, temerosa de voltear y que él no estuviera allí deseando verla, tal y como la había hecho sentir esa única noche.

La edad, pensó él, los años, pensó ella, tienen sus achaques, no aprender de los errores sin duda era uno de ellos y ambos buscaron en su celular, cabizbajos, el número estaba guardado, ambos estaban en línea…

Coincidencias

Si ella no se hubiera movido en ese momento hacia la derecha mientras que el ponente caminaba hacia él, él no se hubiera movido hacia la izquierda para ver detrás de él la pantalla con la gráfica que necesitaba ver, y entonces no se hubiera cruzado con esa mirada, con esos ojos acaramelados. Pero ahí no paraba la ruleta: ese momento había sido simplemente otro de los micromomentos que se habían dado para que eso pasara. Si su compañero no hubiera renunciado, él no hubiera ocupado su puesto en la conferencia; si además no hubiera alzado la mano en una reunión, o si hubiera ido a la oficina el día que todos estaban resfriados; si el ascensor no se hubiera cerrado cuando estaba en el torniquete evitando que llegara un poco más tarde de lo previsto; y si no se hubiera sentado justo en esa silla… si algo de esa gran cadena de “algos” se hubiera alterado, no estaría ahora viendo sus ojos de caramelo, no se estaría sonrojando ni olvidando de ver la gráfica que necesitaba ver, y habría evitado sentirse atrapado por ese iris dulce y pegajoso que ahora lo dominaba por completo.

Ella lo nota, sonríe, y tímida aleja su mirada. Tímida y dulce, ella no lo sabe, pero el corazón de él se altera. Parece en calma; su mirada no la incomoda aunque no deja de verla, sin saber que él aún no reacciona y no puede dejar de verla. Él nota su risa —por fortuna también su tranquilidad—, siente que la cara le arde, siente un impulso, una especie de bola de nieve que se aproxima al borde de su cordura y lo deja ahí, justo en frente de su locura, y le ruega, debatiéndose sobre si empezar a rodar, a tomar velocidad, a invitarla a contarse sus vidas con cartas, a escuchar música cada uno con un audífono mientras caminan en la noche. Quiere abrazarla por la espalda y apoyar su cabeza en ella y decirle que, por alguna razón, siente que quiere quedarse allí, en ese momento, que no quiere soltarla, que tiene miedo de soltarla, pero que tiene que soltarla… Nada es de uno si lo demás no es de ellos; para tener hay que sostener la libertad a la que se renuncia. Lo sabe y lo entiende: quiere quererla, quiere que lo quiera; por eso no puede dejar de verla, por eso no deja de verla.

Si la pierde de vista siente que estará fuera de su alcance, igual que un niño se rehúsa a dejar de ver el firmamento tragarse un globo de helio, e intenta perseguirlo cuando la luz lo ha cegado, cuando la inmensidad lozana de un azul claro lo devora. Ella lo nota, lo nota aún inmóvil, con los ojos brillantes que tiene uno cuando ve algo que lo sacude y hace que no sepa si es uno; lo nota y le parece divertido verlo; se sonroja también al verlo viéndole, y contra todo pronóstico le hace una mueca tierna.

Por fin reacciona: se ríe, le ríe, mira a la pantalla y a ella, al speaker y a ella. Siente calor, se afloja un poco la corbata, está inquieto. Piensa torpemente que es evidente, que todos los que hayan visto su mirada perdida sabrán lo que ha pensado. Se siente expuesto y ridículo —más lo segundo que lo primero— porque, aunque lo piensa, sabe que no es posible, que ni siquiera ella lo sabe. Pero el corazón se lo grita, le quema, le palpita y lo burla con una arritmia marcada. Se ríe de sí mismo, nerviosamente, le sudan las manos. Ojalá se llame Margarita, piensa, para dedicarle la canción de Fito, para recitarle un día al oído “yo me quiero ir a la luna con vos… vos me hacés feliz, Margarita, mi amor”. Pero ve la escarapela encima del vestido y ve que no es Margarita su nombre. No importa, no le importa. Quiere estar cerquita a ella, desnudo sobre ella, y recitarle muy pasito al oído esos versos; ya verá qué sucede con el ritmo o la conjugación.

La charla termina. Él brinca de su silla, se mueve hacia ella. Ella lo ve y no lo evita, lo espera y lo asalta:
—¿Nos conocemos?
—No —responde él—. Eso es lo primero que tenemos en común —le dice y se ríe—. Qué coincidencia, ¿no cree? —dice mientras le mira los ojos acaramelados.
—Qué coincidencia —dice ella, mientras mira sus ojos negros.

Un vaso vacío

Hay un vaso vacío esperando la botella de ron que está en la puerta de mi nevera; a su vez, esa botella espera que tu mensaje aparezca. Ese vaso me mira y siento su vacío, su ausencia, que es también la tuya. Si estuviera lleno, significaría que estás en mi sofá viendo mi espalda alejándose rumbo a ella. Verías que abro la nevera, que me inclino y tomo por el cuello una botella fría, un Sailor Jerry especiado, caneludo, con toque a vainilla… dulce y acaramelado, tan parecido al aroma de tu cuello, de tu cuerpo, de tu vello, y, como no estás, noto que eso que debería pasar no pasa.

Hay un vaso vacío, una botella llena, y, porque sé que está vacío y llena, porque están ambos allí, la boca se me hace agua, las manos me cosquillean. Hay ganas, quiero sentir su boca en mi boca, mis manos apretándole fuerte las caderas mientras mi nariz roza sus orejas. La Tana tenía razón: una buena nariz lo cambia todo. Ella hablaba de besos; con el tiempo lo he hecho más que físico, espiritual. Una buena nariz intuye, una buena nariz presiente, toca antes de que la piel de mis mejillas toque, toca antes de que mis labios se posen; una buena nariz mide las distancias, las enuncia, y la promesa de la caricia que sigue a la caricia es siempre más poderosa que la caricia misma. Por eso la nariz cuenta, pero no solo es contacto, es también idea… ese vaso vacío, esa botella llena, esa distancia suya de mi cuerpo tan diferente a la cercanía de sus palabras.

El silencio reina, la reina ha sido tomada. El tablero sin ella es lento y difícil de defender. La ilusión está en jaque. Me siento, aguardo, me sirvo un ron, lo tomo despacio, lo saboreo. Las especias pican en la boca, el cosquilleo en el paladar se intensifica. Sirvo otro trago, lo huelo, lo disfruto, lo degusto. La nariz no miente, la nariz presiente. No debí tentar la suerte, no debí lanzar los dados. Ella tenía miedo, ganas pero también miedo. Necesitaba sentirse fuerte, necesitaba las riendas, necesitaba el juego. Yo simplemente odio el juego, odio la mentira y la insensata emoción de la victoria. En el sexo no hay vencedores ni vencidos.

La gente ama el juego: cazadores, predadores, agazapados en medio de conversaciones eternas. “Lo bueno se hace esperar”, piensan… Lo bueno no viene después de, lo bueno está desde antes. Se presiente, en el humor, en las ideas; no después ni en medio. Estoy sediento: el vaso, por suerte, ya no está vacío; la botella, por suerte, ya no está llena. La noche avanza. Sirvo otro trago. Ella no va a venir. Es calor ya. La noche se ha pospuesto. La soledad, en cambio, llega sin falta; se sube la falda, se trepa sobre mi cintura y, con las tetas al aire, me besa, desvergonzada como toda ilusión rota, altanera como cada orgullo herido. Posa sus labios donde deberían estar los de ella, me muerde como debería hacerlo ella, pero el mordisco duele más: es más frío, más brusco, más torpe.

No viene. No importa. El vaso está vacío de nuevo; la botella, también; el orgullo, herido; la cordura, perdida. No viene y no importa. Si llegara, ya de nada serviría. Se ha perdido el control, el deseo, se ha perdido el foco. Si llegara, si la puerta sonara justo en este momento, las decepciones se encontrarían frente a frente: la suya, por no encontrar un hombre sereno, con aguante estoico y ejemplar; la mía, porque llega un momento, un minuto, quizá sea incluso un segundo durante la espera, donde ya es preferible que a quien se espera no aparezca. Tiene más decencia su ausencia, tiene más prestigio, clase, su omisión. Hay más respeto en quien no aparece que en quien tarda para llegar. Que no llegue, que la puerta no suene, que nada llene la sala, ni la botella, ni el vaso; que nada llene las ganas ni la conciencia ni el espacio. Que se quede así, ausente e imponentemente vacío, como ese vaso que se ha tragado hoy las ganas, los miedos, las rabias, y continúa allí, desafiante: podría beberse todo si se lo propusiera.

El tuerto es rey

El viento acaricia su rostro, y él, solemne, estira su cuello y deja que el pelo se le desordene con ternura y con suavidad. Es una brisa tranquila, y él sabe disfrutar de la tranquilidad. La grandeza suele encontrar refugio en lo simple y cotidiano, lejos de todo aquello con lo que se le relaciona y se le considera natural, lejos de quienes esperan que actúe de una manera noble, ecuánime y justa. Claro, si hablamos de los que lo toman por un buen rey, porque si hablamos de los que lo condenarían por lo mismo, debería ser entonces caprichoso, desconsiderado, incapaz de contener sus instintos, y sería una presa de sus deseos avalados en su poder y cargo.

Él no tiene opción: pierde solo por ser visto con ojos ajenos. Pierde solo porque es imposible satisfacer a cualquiera que es ajeno, de los buenos o de los malos, haciendo el bien o haciendo el mal, o creyendo que se hace el bien o intentando hacer el mal. El ojo ajeno purga, el ojo ajeno juzga, el ojo ajeno condena… el ojo ajeno da mal de ojo.

Lo sabe, lo ha vivido toda su vida desde que le dijeron que sería rey. Desde ese momento se empezó a desear de él, a esperar de él, a forjar en él un destino ajeno e involuntario, un presente inexistente, un futuro eterno. Tantas veces quiso salir a correr y a perseguir una breve brisa como la que hoy le acaricia, y tantas se lo negaron. Quizá por eso hoy ya no intenta correr: sabe que, aunque no tenga ninguna correa atada al cuello, siente que tirarían de una invisible y pesada que evitaría que lo disfrutara por completo. Por eso no corre, por eso se limita a estirarse y entregarse un poco desde la ventana.

Los curiosos, sin embargo, no esperamos de él que sea noble ni mezquino, no pretendemos que actúe de acuerdo con un código ajeno al suyo propio, y lo miramos confundidos, desconociendo la carga en su cuello, el estrés en sus músculos, la condición, la orden, el yugo. Lo miramos ahí, presintiendo su impulso, sus ganas de correr y dejar todo atrás y de no mirar atrás. Pero, inmóvil, estoico, cierra su ojo e imagino que en su imaginación corre; imagino que imagina que es libre; imagino que sabe que imagina, y entonces él despierta, asiente, como si hablara consigo mismo, como si aceptara su destino.

El carro avanza; él parece quedarse un poco en el semáforo donde la brisa lo acariciaba. Ahora el flujo es artificial, no lo reconforta como el anterior, le mueve el pelo pero no el espíritu; no le evoca libertad. Lo veo e imagino que quizá le recuerda su propio destino: condicionado, fingido, artificial. Lo reconoce, se reconoce… El deseo de salir corriendo desaparece. No está congelado, no ha perdido el control de sus músculos, solo la voluntad de moverlos.

Persigo el auto, lo veo detenerse. Baja después de alguien más. Me detengo para contemplarlo: la cabellera le rebota al dar un paso en la acera. Sin duda es elegante, sin duda tiene porte real. Quien baja primero no se inmuta, estira su brazo y arma, de un movimiento fluido y elegante —de esos que solo puede ejecutar quien lo ha repetido toda su vida—, un bastón plegable. De inmediato queda rígido y funcional; toca el suelo dos veces para asegurarse de la firmeza, y el sonido lo despierta.
—Vamos —dice, mientras arroja dos besos al aire, fuertes y sonoros.

Cualquier duda ha desaparecido: el rey acepta su destino y guía con su único ojo a quien no tiene ninguno. Razón tenía el dicho: en tierra de ciegos, el tuerto es rey.

Antojos y Mecaticos

Dani se lame los dedos, aprieta la yema del pulgar contra los dientes, sonríe. Ella camina sin notarlo, no lo ve. Él puede hacer eso: desaparecer fácil en medio de la gente. Su presencia simplemente se ausenta aunque está ahí; es como los miedos o los remordimientos, es como las culpas, siempre silenciosas, siempre cercanas. Así que, al igual que ellas, acecha, aguarda, observa.

Ella camina, pasa a su lado pero no lo ve. Se sienta justo en diagonal a él sin notarlo, saca de su bolso un libro, un paquete de puchos; se extiende olvidándose de todo, de las formas, las posturas, los modales, y deja que su cuerpo capture la silla. Se olvida de no morderse los labios, de no lamerlos, de no jugar con los puchos. Cuando se sienta a leer, el mundo se repliega. No es consciente, pero se extiende con una gracia animal, como una gata al sol, en una postura imposible pero aparentemente cómoda, con un desparpajo envidiable y notable. Al hacerlo, al menos durante un segundo, todos la miran, Dani más que nadie.

Entre su trance de libro, pucho y mantra, entre la ausencia presente de él, el tiempo avanza perezoso. Ella lee sobre un tipo como él. Le gusta, se antoja: un tipo sin presencia, invisible, que puede espiarla sin alterarla; unos ojos hambrientos pero con pupilas gentiles. Lo que mira no lo incomoda, no lo asusta ni lo altera. Ella piensa que quiere uno de esos para ella, uno capaz de mirar en silencio, sin demandar ser visto, sin reclamar atención, sin molestarse por no recibirla. Un adulto, maldita sea, con problemas y agobios. Un ser normal, piensa…

Él la mira… se muerde los labios, siente el cosquilleo en sus mejillas, saliva. La mira como un niño gordo ve un muffin en una vitrina mientras su madre, de la mano, lo arrastra por el centro comercial. La mira como un borracho con resaca mira una cerveza fría, como ella mira su libro, mirando a un tipo como mirar el mundo. La mira fumar, la mira cambiar de postura, encorvar la espalda, alterar la comisura de sus labios entre sonrisas cada tantos párrafos. Más que mirarla, parece dibujarla; más que sentada, ella parece postrada, cómplice de su mirada vacía. Así veía Sandro a su Venus, así ella posaba para él, sin rehuirle, sin incomodarse, sin sentir realmente la mirada punzante recorrerle el cuerpo, abstraerle el cuerpo, acariciarle el cuerpo.

Ella lee, desdibujada. Ella lee inmersa en una sensación placentera, en un mundo ajeno al suyo, donde no hay hombres que la miran en silencio, sino silencios que obligan a mirar a los hombres: hombres mudos, sin posturas ni discursos, una humanidad cansada, sin tiempo ni propósito, un despilfarro de vida, un letargo absoluto que no parece alterable. Ella lee y escapa a un mundo donde hay convicciones personales, pasiones absolutas, ingenios presentes; ella lee y huye de ella misma, menguada por una tristeza paralizante que, al igual que ella, huye de ella cuando lee.

Él la mira y rompe su ausencia. Alza la mano y llama a la mesera, pide un café y saca del bolso dos bolsas de golosinas, de gomitas de colores. Destapa una, lleva una a su boca y comienza a masticarla mientras piensa: ¿qué pensará ella?, ¿qué temperatura tendrá su piel?, ¿qué textura su boca?, ¿qué olor su cabello? No está tan cerca como para intuirlo, para descubrirlo. No sabe. Mastica gomitas y rumia pensamientos. ¿Besará lento? ¿Besará fuerte? ¿Se agitará cuando besa? ¿Le temblarán las piernas cuando el gusto le abrume los sentidos? ¿Se le escapará algún gemido o un jadeo camuflado de suspiro? La mira, muerde y rumia. La mira y suspira.

—Su café —dice la mesera, extendiéndole un cold brew.
—Gracias —dice él—. Hágame un favor: llévele a ella un café irlandés y acompáñelo de esta bolsa de gomitas. Dígale que es de mi parte.
La mesera llega, interrumpe, la despierta. El mundo recobra sonido, luz, espacio. Ella se altera y frunce el ceño; nunca ha sido buena idea despertar a una mujer, ni del sueño ni del ensueño. Bufa, con la misma elegancia gatuna que se echa al sol. La mira mientras ella le extiende un café y un paquete de gomitas.
—No he ordenado nada.
—Se los envía el hombre de la esquina; me pidió que le dijera que los antojos y los mecaticos van juntos.
Ella alza la vista enfadada hasta que se encuentra con sus encendidos y su mirada perdida, ausente en su imagen, y entonces sonríe.

Gustos y colores

Hay formas, hay normas, hay demasiadas… muchas de ellas deformadas. Hay también muchas miradas, pero pocas interpretaciones. Las perspectivas, aunque múltiples, suelen fusionarse. Nadie quiere incomodar ni levantar la voz para expresarse, no realmente: suelen hacerlo más para esconderse, detrás de otros gritos. Dar un paso al frente es ser visible; ser visible es ponerse una diana en la espalda. Quieren llamar la atención, pero no retenerla ni manejarla, solo rozarla desde el anonimato. Se quieren parecer, pero dudan sobre ser; saben que tiene un precio, y no saben si les alcanza ni si quieren pagarlo. Les asusta perder la opción de ser algo más… a la mayoría les da miedo, por eso siguen las normas, las formas, sin importar cuántas hayan.

Se visten bien, se portan bien, hablan bien, de frente, de espalda; se desvisten también. No se portan ya tan bien ni hablan como se esperaría. Los desconocerían sus pares si alguno pudiera verlos cuando se esconden. Por fortuna conocen el juego: las sombras se proyectan, pero son imposibles de atrapar. Se ven con desconfianza, se presienten; no es para culparlos, saben que dentro de ellos habitan las mismas ganas que tratan de ocultar. Se tientan constantemente a perderse, se rodean, se miran, se huelen, se rozan, sonríen y, aun así, la obra continúa y nadie cede. No sin oscuridad, no sin licor, no sin estar seguros de que sea lejos de casa, lejos de todo lo que los contiene, de todo aquello que pueda nombrarlos. Pero mientras la luz los toque, son un postrecito que se mira pero no se toca, que se toca pero no se come, que se come pero no se unta…

Siempre cerca, siempre posibles, presas y presos de sí mismos. “Quiero, pero no puedo”… todos están presos de algo: de una idea, de un sabor, de un gusto, de un juego, de todo, de nada, de lo que se acerca y se aleja, de estar y de ser, de parecerse a los demás. Costó llegar a donde están —si no a ellos, sí a sus padres—. Esta parte es importante: solo aquel que tiene algo que perder intenta disimular aquello que cree que le ayuda a conservarlo.

Colores de la suerte, medias de la suerte, camisas de la suerte, día de suerte, meses de suerte. De animales y ascendentes. Se buscan en cualquier señal, se amparan bajo cualquier amnistía cósmica o ideológica, cualquier cobijo que justifique los brotes innegables que se asoman de sus superficies, las rupturas que se profundizan y parecen partir ese yeso que congela, recubre e imposta, pero nada los exhibe; solo permite asomarse hacia el vacío de sus propios cuerpos.

Se contienen porque siguen las formas, las normas, sin importar cuántas hayan. No cuestionan ni dudan. Se debe ser, se debe parecer, se debe… tanto se debe. Para ellos es imposible estar a paz y salvo con sus deseos. Se prestan momentos de libertad, se prestan y se niegan a sí mismos el placer de disfrutarse. Solo a ratos un rato, por momentos un momento. Aplicados, serenos, sedientos, famélicos, quieren cambiar las reglas del juego, quieren adueñarse de un espacio-tiempo y hacerlo presente, constante. Quieren sentir que han logrado engañar al sistema huyendo dentro de ellos mismos y llevando con ellos a quienes los han visto en medio de la oscuridad, del pequeño y profundo abismo de sus deseos.

Quieren a uno que haya entendido que el cuerpo y la carne son una herida supurante. Pero poseer arruina el juego; poseer achica el gusto, el culposo gusto de haberse transgredido a sí mismos en búsqueda de lo deseado. Entonces se pierde el gusto, cambia el sabor, se destiñen los colores y la vida crea otra prisión, otra capa que retiene lo que un día se fue gustoso. Y como los presos después de la hora conyugal, del patio o del buen comportamiento, regresan mirando el rayito de sol o de oscuridad que los detiene.

Para los gustos, los colores; y para los que están presos de sí mismos, lo que les gusta es color de la libertad.

Diferencias

Se parecen, pero no son iguales, coinciden en colores, en formas, en patrones… pero no son lo mismo; tienen pequeñas sombras, tienen lugares que se esconden entre las similitudes, pero si se miraran con atención se darían cuenta de que no son lo que esperan; les gusta el mismo libro, pero personajes diferentes, contrapuestos; lo sutil los sobrepasa, no tienen el ojo afinado y eso cuesta caro; no ven, no se ven, no como realmente son; la ilusión que cada uno representa para el otro parece ser eso que buscan; parecen parecerse lo suficiente como para dejar de mirar, lo suficiente como para no notar la importancia que tienen en las cosas que difieren.

No es lo mismo un lateral que las cierra todas a uno que sale arriesgándolo todo; no es lo mismo hacer las cosas por pasión a hacerlas porque toca; aunque hablen el mismo lenguaje, no hablan el mismo idioma; su jerga, sus contextos, sus culturas, sus ideas son otras, pero son como electroimanes y tienen la mala suerte de no haberse encendido aún juntos, porque sus polos van a mandarse al carajo en cuanto lo hagan.

Hay señales, sí; hay indicios, sí; hay pistas que parecen aparecer, pero él se pierde en su escote y ella en su voz; él se pierde en esos minutos donde el mundo guarda silencio y ella en la esperanza de que todo lo que le parece poco aumente; ambos se engañan; a él no le importa nada más; a ella no deja de importarle todo lo otro; las diferencias son casi imperceptibles, esas son las peligrosas, las difíciles de hallar.

Dos imágenes una al lado de la otra, de fondo azulejos similares, con telas y patrones similares, con objetos similares, engañan, se engañan, sin saberlo, sin quererlo, sin notarlo; cada que la electricidad sube la fuerza se siente, el rechazo aparece, chocan, se distancian como niños en un patio en acto cívico, estiran los lazos hasta que a duras penas se tocan; pasa sin que lo noten, pero la presión comienza a palpitar en ambos; hay algo que no encaja; falta una moneda, una hoja, un reflejo en el agua; falta una palabra, un sueño, una razón; se desdibujan, se pierden los colores; las rocas se apilan diferente; faltan algunos vellos, algunas rayas, algunos segundos y faltan otros tiempos; falta el silencio, falta sobre todo convicción para buscarlas, para encontrar las ausencias que cada vez se hacen más evidentes; falta voluntad y reconocimiento; falta un poquito, una pizquita; falta sazón y falta gusto, falta hambre; y así es difícil encontrar, en medio de tantas ausencias, las graves, reales; en medio de tanta ausencia suele haber además muchas voces; la gente se olvida de que no hay una experiencia humana superior o inferior a otra, pero la gente olvida algo tan simple; la gente dicta, la gente habla sin hacerse preguntas, cuestionarse sin considerar siquiera que podrían estar equivocados; humano es errar, pero no temerle a estar equivocado.

Así que se miran como quien mira un periódico con dos imágenes en paralelo y son incapaces de ver aquello que tienen enfrente; al igual que con lo que tienen enfrente, parecen similares, parecen… pero no lo son; y por eso, cuando llega el momento, la fuerza centrífuga de sus palabras los arroja hacia afuera, los expulsa al uno del otro; los separa, los dispersa, y nada pueden hacer para evitarlo.

Ahora, a la distancia, y con los recuerdos en la mano, pueden empezar a notarlo: eran diferentes, no mucho, simplemente lo suficiente para no reconocerse en los dolores del otro; para entender que tenían el mismo libro cuando se vieron, pero leían a ritmos distintos; la misma banda, diferente álbum; el mismo disco, diferente canción; la misma canción, diferente instrumento; nada, nunca lo mismo, no en las cosas que importan… y siempre, siempre esas diferencias se encuentran tarde.

Quedarse corto

La vida entera ha sido eso, cerca, pero nunca ahí, los cinco centavos pa’l peso siempre presentes, no hay felicidad completa; le dicen a uno que ni siquiera le ha alcanzado para una tristeza digna, que le ha tocado toda la vida sorber mocos porque no le alcanza ni pa’ los pañuelitos, uno que ha caminado por no pasar la vergüenza de pedir, o por miedo, la vergüenza de que le digan que no, uno que aprendió que al champú se le echa agua casi a fin de mes, que el rollo del papel higiénico a veces sirve de papel higiénico, a uno que lo han querido solo como amigo, a uno que le han dicho tantas veces “con lo que sos no me alcanza”, a uno que escuchó de chico “cómetelo tú, yo comí algo en el trabajo y vengo llena”, a uno que conoce la sopa de letras, a uno le quieren decir que la calle está dura… como si fuera algo de ahora, como si fuera solo la calle, como si no fueran los corazones, las bocas, las billeteras de los que tienen las que se endurecen.

No es la moral la que se ha perdido, es la sensatez y la razón. La gente habla de la calle como si la conociera, como si recorrerla fuera lo mismo que saberla caminar; la gente piensa que uno le daba vueltas a los centros comerciales por gusto, como si uno hubiera aprendido a compartir por justo, como si no hubiera tenido que sonreír en cada almacén después de decir “yo doy una vuelta y vengo”, sabiendo que no se iba a volver, porque ni con el 50 % alcanzaba; como si no hubiera desgastado zapatos haciendo domicilios en una unidad cerrada dejando la juventud a un lado para ver cómo la plata se la daban a otros; como si no hubiera recogido botellas para canjear en las tiendas los depósitos; como si no hubiera montado uno en una bicicleta rosada, porque a lo regalado y lo heredado no se le mira el diente; como si no hubiera escuchado eso de “igual el pie le crece” mientras le aplastaban la punta a los zapatos. A uno lo miran a los ojos y le dicen: “No hay modo, ahorita no, mono”.

La calle no está dura, la calle no entra en un estado específico, la calle es dura y el blandito es uno, y más cuando a uno le gusta el arte, más cuando uno vive de grafitear muros y de hacer malabares, de cuando intenta pintarle una sonrisa a la puta ciudad y lo único que recibe es una mirada de mierda de gente condescendiente y segura de sí misma. Dante no llegó ni cerca: debe haber un décimo círculo reservado para esos que creen que el dinero les da la razón, para los que no cuestionan, para los que subestiman, subvaloran, para esos hijos de puta que suben la ventanilla cuando camino hacia ellos con una sonrisa…

El corazón se parte, resquebrajado como pintura en pared al sol y al agua. Uno aguanta tanta mierda intentándolos hacer reír; duele tanto como la ausencia de la mamacita que una noche te miró a los ojos y, mintiéndote, te dijo que no le importaba a lo que te dedicabas, que ella iba a estar ahí, que era la libertad la que la enamoraba. Todo bien, que entre mentirosos no nos reconocemos, pero la carne es débil y más con una boquita de esas en frente, y uno le dice que sí sabiendo que va a pasarse una buena parte de la vida queriendo haberle dicho que no.

La calle es así, la vida es así, no está, es dura, difícil y cuesta arriba, y más si uno nace en esta parte del globo donde en los 90 nos dijeron que éramos países en vía de desarrollo, donde hay riqueza por explotar, vidas por explotar, hambres por explotar. Porque uno con hambre camella el doble, porque uno sabe que es mejor la goterita que el chorro, que hay que hacer de tripas corazón y que en un país de estos siempre hay algo pa’ hacer, pa’ ser, que se puede vivir… no, no vivir: sobrevivir. Porque para vivir la mayoría nos quedamos cortos.