Platos rotos

Lo más irónico es que esto le pase a él, decía mientras veía a lo lejos a Arturo, sentado intranquilo sobre la camilla, nunca lo había visto así, tan ausente, los reflejos estaban, golpeaba en la rodilla y se movía su pierna, tocaba su frente y parpadeaba, lo involuntario, cualquier reacción no mediada esta presente, en su cuerpo, en sus terminaciones nerviosas no había nada malo, pero él no parecía estarlo, estaba aturdido pero en alguien como él era extraño, era rápido, dentro y fuera del ring, sus respuestas llegaban a tiempo, bloqueaba bien, atacaba bien, respondía bien, sus ojos solían ser mucho más rápidos, pero hoy, hoy mientras le vendaba las manos, lo notaba diferente.

—Arturo, rey, estás bien, como parte de su equipo era importante saberlo, —Rey bebiste ayer, fumaste algo antes de venir —era incómodo, sé que no le gusta que le pregunten esas cosas, lo aprendí con los años, pero no tenía de otra, o lo despertaba aquí y ahora o lo despertaban o lo dormían a golpes sobre la lona. La mirada era un derechazo, rápido, directo, un mazazo, no habló pero era fácil entender lo que decía —No me toqués los huevos, claro. No tenía ningún viaje, tampoco estaba mareado, era peor, peor para él y para su contrincante, tenía rabia, estaba fúrico, la rabia es más peligrosa que el alcohol la droga, la rabia ciega, prefiero el miedo, como parte de su equipo prefiero cuando tiene miedo, el miedo te hace listo, la rabia te hace imprudente, el miedo te hace estar alerta, la rabia viola cualquier idea sensata, sodomiza cualquier impulso racional.

Estamos en problemas, se levanta rápido de la camilla y camina de un lado al otro, balbucea, aprieta la quijada, aprieta las manos recién vendadas, quiere tener algo en frente, algo o alguien, necesita una catarsis o una revancha, pero no dentro del cuadrilátero, Conoce al bizco López hace mucho, son amigos, profesionales, saben que los golpes son parte del oficio, nada para llevarse a casa, pero hoy podría ser diferente, el bizco no tiene la culpa, pero el Rey no tiene la cabeza en su lugar, si se descuida puede que pierda incluso la corona.

Se nota, se nota a legua que algo lo tiene mal, justo el día de la pelea, el equilibrio alrededor de algo tan grande termina en vilo por alguna tontería, un mesero maleducado, una recepcionista desconsiderada, algún taxista terco, qué fácil es echarlo todo a perder, qué fácil es hacer que alguien pierda fuera del ring, va a entrar a ahí como mucho hemos deseado a veces, simplemente con el ánimo de demostrar que nada puedo tumbarnos, que somos invencibles, más grandes que nuestras aflicciones, con las ganas de convertir la frustración, en jabs, las lágrimas en ganchos, los gritos en golpes al cuerpo, quiere castigar a todos menos al Bizco a su nuevo manager quizá, a su antiguo entrenador, tiene mucha rabia dentro, y muy pronto pagará la consecuencias, des pues de dos o tres golpes perderá el ritmo del ataque, perderá de vista la técnica, el juego de piernas, después de dos o tres golpes se sacudirá la ceguera y será demasiado tarde.

Pienso mientras que camino de un lado a otro viendo como Arturo se pasea intranquilo, sin calentar, sin hacer sparring con su sombra, sino simplemente atacando a sus recuerdos, tensando la quijada, mordiéndose la boca, debe estar ya llena de sangre, al menos de su sabor, mala cosa, ni siquiera sabrá cuando el protector lo haya lastimado…

Su intranquilidad me intranquiliza, me hace pensar en todo lo que no va bien, maldita sea esto era lo único que iba bien, necesitaba esto, pero todo suele arruinarse, salgo del camerino para tranquilizarme, pero estoy nervioso, la presión en el pecho regresa, las ganas de llorar, la ausencia de ella se hace presente, el silencio de los demás hace el eco perfecto, no estoy cómodo, no estoy tranquilo, me abruma, me abruma todo, lo entiendo, entiendo a Arturo, estoy también a un paso de hacer lo mismo, de no ser yo mismo, no puedo, no debo, tengo que recuperar el centro, pero es tan difícil, camino sin ver por donde voy, sin prestar atención a mis pasos, no veo cuando viene el referí, no veo tampoco que tiene un café que más caliente hierve, no veo y tropezamos, el grito me saca del tranza, el calor en cambio sumerge al juez en uno, me mira, mira los colores en mi camisa y resopla como un caballo… deja mi mano extendida y se va, no será un combate justo, Arturo pagará los paltos rotos.

De mi puño y letra

Cuando leyó el título sabía que había al menos una esperanza, era poco, pero en su posición no podía darse el lujo de rechazarla, como editor no había peor lugar que el que ahora tenía, ser editor de ex famosos es similar a hacerle la tarea al bully del salón, así que 30 años después de su secundaría se veía en el mismo lugar donde ya había estado.

Los manuscritos eran usualmente una mierda, otro famoso al que su agente le dijo es momento de escribir un libro, generalmente memorias vacías, con relatos insignificantes y nada profundos, una mirada simple que demostraba que ni siquiera ahora que su actividad principal estaba en el ocaso comprendían por qué estaban en el lugar que estaban, la ceguera del privilegio es degenerativa, y los que llegan a viejos sin entenderlo, sin sospecharlo, ya nunca lo harán.

La mayoría de los futbolistas, las súper modelos, las reinas, lo galanes de telenovelas o películas, el 100% de los herederos, incluso esos que ya no poseen la gloria de los logros de sus padres, sino solo el dinero de sus abuelos, los secuestrados, y los expresidentes con delirios de caudillos, esos que abundan en mi país porque además de cada apellido hicieron un movimiento sin ninguna base ni fondo, dándole a cada uno un nicho de mercado suficientemente atractivo como para que algunos se crean poetas, cantantes, compositores, comentadores históricos, pero en el fondo son simplemente estúpidos ciegos, imbéciles que van desnudos caminando con su traje de emperador diseñado por sus managers, publicistas y propagandistas, aplaudidos por otro montón de imbéciles que van en masa no por ellos sino porque hay otros a los que quieren ganarles, porque aunque no tenga ningún sentido el nacionalismo se ha vuelto deportivo, culinario, político pero no geográfico, religioso y moral, tantas banderas y con tan poco en común más que una necesidad de validación, pero ese pegamento es fuerte y parece unificar la diferencias, pero es solo una imagen, pero no es cierto, tan solo las ignora, la ceguera se les contagia a los seguidores y no ven lo que no les conviene.

Por eso cuando Roger leyó, de mi puño y letra, no pudo evitar sonreír, era una frase, pero tenía chispa, fuerza, un jab directo a la quijada, un guiño tierno a Cortázar, aunque no fuera un cuento y no fuera un final, aunque fuera el nombre, pero el nombre ganaba por knock out, un bello puente entre él y Hemingway, entre él y Bukowski, entre él y Salcedo Ramos, entre él y otros tanto, que sienten que la hoja en blanco pega tan duro como la pobreza con la que se forjan los boxeadores, entre esos que se igualan con alegría frente hombres osados aunque como él jamás entrado a un ring, ni a un cuadrilátero, ni a una arena, se creen exploradores por leer y escribir, peleadores por golpear con ideas contundentes y letales por haber lanzado frases afiladas, pero todos ellos no tenían lo que él tenía, la verdadera experiencia de haberse ganado la vida boxeando, 10 años de recibir golpes, de costillas rotas, nudillos fisurados, hematomas, inflamaciones, el sabor de la sangre, del sudor y la sangre, el miedo, la frustración, la rabia, la injusticia, las dislocaciones, el agua helada, los baños en tinas de hielo, los gritos, las luces, era una esperanza que un hombre que había asistido a eso tanto tiempo tuviera la lucidez de escribir de su puño y letra el título de mi puño y letra.

Era un bálsamo, un linimento para el alma, para el día, qué tendría para contar ese hombre al que la vida le había ofrecido una vida real, todo lo que tuviera para decir era digno, aunque fuera malo y por eso sin revisar una sola letra más aprobó, recomendó y envió a la imprenta, porque a este quería enfrentarlo en el cuadrilátero real, a ver si como otros, lograba tumbarlo, aunque fuera por puntos.

Colgar los guantes

Cuando uno es algo, más allá de si lo hace, si lo ejerce o no, nunca deja de serlo, no se puede ser un ex de algo que se lleva en la sangre, uno se retira pero no deja de ser, uno se hace a un lado porque entiende que el sueño ya es inalcanzable, entiéndame, uno no ha dejado de soñar, pero uno entiende, las rodillas pesan, las costillas ya no aguantan igual, la campana suena bajo y distante, sí quedan buenas peleas todavía, porque ya entiende uno mucho más cuando lanzar un jab, cuando golpear el cuerpo y cuando buscar una quijada o un pómulo expuesto, las posturas se leen mejor, y se les sacan más provecho, pero uno sabe, el cuerpo presiente su hora, se vuelve lento y se rompe con más facilidad, se cansa, y cuando recibe un golpe, duele más, se desgarra a mayor profundidad, los buenos no son viejos, por los que la gente apuesta no son viejos.

No es que sean malo los viejos, es que ya no son baratos, la comida hay que cuidarla, tenerlos a punto para cada pelea es más costoso, necesitan dormir más, descansar más, más tiempo de recuperación, no pueden soportar una buena tunda tras otra, la primera vez que pasa, el primer aviso es el más duro, la perspectiva es diferente, intentas enfocar, recuerdas la vista de alguno de esos viejos leones a los que enfrentaste, piensas en ellos, en la admiración que les tenías, en el fondo estando del otro lado sabes que están venidos a menos, no fue fácil, te dolieron los golpes, pero no te sentiste acorralado, no perdiste de vista el plan, esquivaste, aguantaste y ahora está en la lona, así fue muchas veces, pero ahora eres tú, y no entiendes, cuesta entender, las luces de las cámaras exaltadas disparándose una y otra vez, el conteo, 6, 7 te levantas, comienzas a enfocar y piensas que ha sido una coincidencia, estás aturdido, muy cansado, falta mucho para la campana, son dos minutos, pero sientes que el tiempo ha dejado de ser constante, cuando él ataca es lento, se estira, te cuesta ver los golpes, evitas los peores, pero recibes muchos y cuando tú atacas, se acelera, no vez cómo puede esquivarte, por eso cuando en la esquina te gritan  dos minutos te parece una broma de mal gusto. Vuelves al centro, chocas los guantes, ves una mirada diferente, no es que el respeto desaparezca, existe, pero sabes lo que indica, sabes que te han visto a los ojos, te han medido las distancias y te han encontrado inofensivo, el resto de la pelea es un mero trámite…

Suena la campana, te golpean, pierdes un par de peleas, culpas alguna vieja lesión, te concentras en algún entrenamiento diferente, pero el enemigo ya no está en la otra esquina, para esta altura de la situación, el enemigo está adentro, lo vez asomado en cada arruga, en la intolerancia a leche entera, en la grasa después de las 9 p.m., en la resaca, en la espalda pesada y el lomo endurecido, en las visitas cada vez más frecuentes al médicos, en las peleas cada vez menos interesantes, sirven para mantener alguna racha, todavía no eres un sparring pero te acercas, la ira trae el segundo aire, te vuelves preciso, afinas golpe y puntería, K.O, K.O, K.O.

Si tienes suerte eso sucede, te conviertes en un francotirador, te dan una segunda oportunidad bajo la luz y las cámaras te preparas para la última función, para el show de despedida, estás nostálgico, no ha sonado la campana, está asolas en el camerino y lo sientes, el vacío en el pecho, el aire que se escapa en los pulmones, todo parece decir: adiós viejo amigo, pero te rehúsas a escucharlo, piensas que desaparecerá cuando él caiga por primera vez a la lona, cuando le pruebes, cuando te pruebes que aún eres de cuidado, te das ánimo, aunque al avanzar por el pasillo intuyes lo que va a pasar, la emoción es abrumadora… los ojos se humedecen, respiras profundo y sales camino a la lona, chocas guantes, y comienza la carnicería, la revancha no llega, solo hay dolor, no hay juego de piernas, te cansas, te golpean y entonces si tienes alguien que se preocupe por ti, si, de verdad hay alguien en tu esquina, la toalla vuela, y los golpes se detienen, K.O al ego,  uno no deja de ser, uno jamás se rindió pero sí es uno el que cuelga los guantes. Si no hay nadie en tu esquina, si estás tan solo como a veces sueles sentirte, los golpes borrarán los buenos recuerdos, y volverás a esos gimnasios donde no hay espectáculo ni pasión, a ser una sombra que recibirá golpes toda su vida.

Último minuto

Falta poco, lo presiento, estoy cansado, los golpes son menos certeros, más lentos y aunque siguen siendo pesados, ya no se comparan, la campana puede sonar en cualquier momento, quiero ver a entrenador, quiero ver si alza el dedo y me anuncia que el fin está cerca, dos minutos no parecen mucho en el primer round, pero en el décimo es una eternidad, adentro siempre es diferente, se siente diferente, se vive diferente, el tiempo es relativo, un minuto dentro de la mujer que te gusta, es diferente a un minuto recibiendo golpes en la cara…

Siempre ha sido así, el último minuto es adrenalina, es un cohete despegando, todo se quema, la vida es combustible, el último minuto es el orgasmo a punto de partirte en dos la voluntad, es el último trago con el que los vietnamitas brindar para pedirle a dios que aprenda de sus errores y cree en una próxima oportunidad un mundo más justo, es el llanto de la madre, el orgullo del padre, la risa de los amigos.

Pero llegar a él no es fácil, más en el décimo round, más con las costillas rotas, pero no hay vuelta atrás ya se han recorrido muchos minutos, mueve los pies, esquiva, un jab y mantenlo a distancia, 7 segundos, un gancho, un golpe al cuerpo, 5 segundos más, restan solo 48, puedo lograrlo, creo que puedo lograrlo, quiero lograrlo.

No solo es mi último minuto, es el de mi carrera, Méndez lo sabe, ese viejo loco me preparó siempre para este minuto, no hay forma de perder, aunque voy abajo por puntos, solo tengo que resistir, el momento llegará, siempre lo ha dicho, calma, calma, espera, la defensa baja, en el último minuto la mente se nubla, aguanta, aguanta, respira, la respiración es clave.

Evita las cuerdas, esquiva, llévalo al centro, por la derecha, en el último round hay que ir siempre por el otro lado, y en el último minuto hay que salirse del juego, ya no importa el juego, tiene la derecha atrofiada, cansada, defendió con ella 10 round, tampoco puede atacar con ella, así que si lo ataco por la izquierda no podrá recortar distancia, gancho al cuerpo, esquiva, avanza, 15 segundos, quedan 33 segundos, es suficiente, con eso es suficiente.

Méndez sufre, el gringo se repliega, no entiende el cambio, está perdido, él solo sabe jugar el juego, sin sus reglas se desorienta, falla los golpes, pierde puntos, golpea el aire con una mano cansada, le duele atacar y defender, retrocede, se aleja de las cuerdas, está incómodo.

10 segundos más, quedan 27, intenta mirar a su entrenador, quiere hacer señas, no, hoy no, avanzo, lo atropello, pierde la esperanza de encontrar las indicaciones, titubea, por fin está fuera de sí.

La gente lo nota, es el último minuto, solo en los últimos 15 segundos vuelven a gritar, la gente y su quedarán podrían despertarlo, así que debo aprovechar, finjo un gancho al cuerpo, baja la guardia y golpeo, un golpe seco, violento, un golpe final, un golpe de último minuto, el orgasmo, la sonrisa, el llanto, el orgullo, lleva consigo todo, el último golpe, en el último minuto, la sorpresa, pienso en la tarea de último minuto, en la impotencia que sentí tantas veces cuando perdí la oportunidad, en todos los otros minutos donde no mantuve la calma, la boca me sabe a sangre y a revancha, por fin tengo la palabra adecuada, el poder suficiente, el aire necesario, pienso en eso mientras que cae contra la lona, con la mirada perdida, valió la pena pienso… y la campana suena.

Con la suerte echada

Hay boxeadores “malos”, ustedes incluso les llaman malísimos, más que boxeadores parecen masoquistas leí que escribieron alguna vez, y que describieron su falta de técnica, su defensa baja, su ritmo lento… esos “malos” boxeadores como ustedes los llaman son los mejores hombres del mundo.

Así empezó hablando corazón de hierro Mendez cuando llegó con su título de peso pesado, el nombre había salido de la prensa, debido a que en el combate que había ganado el título había resistido una paliza brutal durante 11 rounds y en el último, con un gancho letal, un gancho de orgullo herido había logrado impactar la quijada el campeón y hacerse con el título por KO.

Esto quiero que lo sepan porque los que tienen corazón de hierro son ellos, yo nunca he sido mejor que ellos y no quiero que me llamen así, a ellos pertenece ese título, a mí díganme puño de gorila, mano de hierro, rocazo no me importa si no es bueno, ni sonoro, al fin y al cabo, mi golpe es seco.

Pero esos, a los que ustedes les dicen malos boxeadores son hombres que saben pelear sin tirar golpes bajos ni atajos, sin herir, pelean para proteger, pelean por las causas justas, no van al cuadrilátero por la gloria, están ahí por algo infinitamente más grande, para encontrar paz.

A los medios que no entiendan a lo que me refiero y a los que sospechen que estas palabras no son del todo mías no se equivocan, pero tengo un jefe de prensa que entendió lo que quería decir. En el box no hay niños ricos, ni guapos, hay hombres toscos, rudos, con cara de mecánico engrasado, de habitante de calle y callejón, no hay ninguno que haya estudiado antes de ser boxeador, esas oportunidades no nos toman ni por sparring, cuando se calza los guantes lo hace porque su suerte está echada, este un deporte exclusivo de pobres, podres diablos, pobres económicamente, sin apellidos prestantes, sin amigos influyentes, porque nadie que pueda elegir, de verdad elegir elegiría calzarse los guantes contra otro que es más rápido, mejor pegador, o que tiene más técnica.

¿Se entiende? Quiero que me entiendan, a los tipos como ellos y como nosotros, es decir, lo que logran ganar algo o los que nunca ganan nada sobre el cuadrilátero no gusta el box, nos encanta, estamos vivos por él y gracias a él, pero nunca fue realmente una lección, porque cuando uno es pobre uno no es libre de escoger, uno se acomoda, uno aprende a aguantar, la vida nos pega desde chiquitos, no tira jabs de hambre, nos conecta uppercuts y crochet de desprecio y trata de noquearnos con swings de droga y alcohol. El box pega fuerte, nos pega fuerte, y algunos alcanzamos a golpearlo un poco a él y quitarle unas monedas, pero la plata se la llevan ustedes, aún así nosotros nos calzamos lo guantes.

¿se entiende? Quiero que me entiendan, a lo largo de mi carrera me han conectado más de mil quinientos puñetazos oficiales y fuera de las ligas he recibido tres o cuatro veces más, solo por ser pobre, solo por no ser blanco, nosotros, los negros pobres nacemos con la suerte echada y en mi pueblo era fácil, ser boxeador o ser guerrillero.

Ellos los “malos” boxeadores son los que tienen corazón de hierro, yo tengo solo dos buenas manos, pero ellos, eligieron recibir golpes para no empuñar un arma, yo no merezco ese título, a mí díganme de cualquier otra manera.

KO a la prensa tituló la prensa al día siguiente.

Caballos Negros

Los congresos deportivos suelen reunir especialistas en muchas disciplinas. Fisioterapeutas, kinesiólogos, entrenadores personales, sicólogos deportivos, profesionales en deportes, técnicos, administradores, dueños, representantes, personalidades; además son un lugar ideal para encontrar viejas glorias vendiendo libros, a gurús prometiendo revolucionar los equipos, al deporte con nuevas técnicas de entrenamiento, nuevos suplementos, dietas, pabellones y pabellones de personas buscando ventajas para consolidarse. Y en ese lugar algo llamaba la atención, el Zorro Pérez dictaba una charla sobre veedores: Caballos Negros, donde prometía tips para elegir a las revelaciones del deporte.

Al Zorro hace algunos años le habían empezado a decir también el Topo Pérez, porque pese a su fama había hecho una pésima jugada. Después de mucho ahorrar había gastado todos sus ahorros en comprar al próximo Grande, y con la pérdida de su inversión, también se había llevado su credibilidad, pero tenía que escucharlo, después de todo había descubierto boxeadores como Orejas Martines, nadadores como el Renacuajo Valenzuela, Golfistas como el vigilante García. Era alguien que había encontrado un representante digno en cada área donde había trabajado, merecía ser escuchado.

Cuando encontré el pabellón pude ver su libro en la entrada: «Apuéstele al perdedor», un título provocativo, pero no muy inteligente y cuando encontré mi asiento el Topo, empezó:

Es una de esas cosas que solo se notan cuando es poca. La diferencia debe ser casi imperceptible, de lo contrario los implicados no se lo tomarán en serio, la competencia requiere casi iguales, si no lo son, si la brecha es demasiado grande, el que esté atrás será consciente de sus posibilidades, y el que va al frente no se esforzará nunca por dar lo mejor, porque no lo necesita.

Esto aplica para la academia y para el deporte, para el cortejo, para el sexo, para la vida profesional, para la ropa, no basta que exista la posibilidad. Necesitan la ilusión, eso que los impulsa al casino, la ignorancia de su parte, la de no saber quién tiene más probabilidades de perder.

Quien lleva la ventaja tiene miedo de perder frente a alguien que le pisa los talones, y muchas veces su miedo vendrá no solo de sentirse reemplazado, sino envejecido, porque a esto podemos agregarle una variable más, los años. Está bien ser joven y ser imbécil, irresponsable con uno mismo, está bien ser laxo. La verdad es que no lo está, pero la gente cree que lo está. Sienten además que si se esfuerzan un poco más pueden compensar, lograrlo, cumplir. A esa gente le aterra la idea de perder su excusa, su vida, su irresponsabilidad, su incapacidad de asumirse, el hecho de que ya no van a tener tiempo para aplazarse. Si pierden, pierden contra sí mismos, contra sus decisiones. Pierden contra todo pronóstico porque habrán desperdiciado todo y cada una de esas cosas hará que su derrota sea más grande y más humillante.

Quien lleva las de perder en cambio, suele tener algo más, algo que los demás pierden, la necesidad de probarse a sí mismos que merecen más. De nuevo, su desventaja tiene que ser poca, porque hay brechas que no podés cerrar, y no significa que todos puedan cruzarlas. Necesitas ver que el otro está cerca, no para perseguirlo sino para estudiarlo, sus puntos fuertes, los débiles también, pero especialmente los fuertes, porque para ellos, para los que vienen de atrás no es tanto el derrotar al otro, sino el de trabajar su victoria, mejorar, pulir, una vez al menos, una sola vez piensan.

Así que escójanlos bien. Críenlos con respeto y disciplina. Entiendan que el talento pertenece solo al mejor; a los demás los hace el carácter y la disposición. No hay dos distintos, ni dos iguales, el mejor está solo arriba, los demás están juntos abajo.

La desventaja, muchas veces – presten atención-, puede ser física, faltar un diente, una uña, un lunar, tener los pies pequeños, la boca grande. Busquen a esos que se van a repetir, que no los escogieron como jugador porque no eran bonitos, a los garetos, busquen a los que tengan algún complejo, cabezones, orejones, bajitos, que tengan técnica. Busquen a los introvertidos, a los que no dicen mucho de ellos, pero que cuando tocan el balín, cuando agarran la raqueta, o se montan a la bicicleta, se juegan la vida por ese momento. Busquen a los que tengan la desventaja, pero solo escojan a los que tengan la rebeldía de callarla.

Topo

Zorro.

Le corrigió él de inmediato a alguien que le hacía una pregunta.

—Y si esto es infalible, explique lo del Feo Ricaurte.

Buena pregunta. Un último consejo, nunca den un adelanto. Porque cuando los que vienen de atrás pierden su desventaja, no tienen ni idea de lo que es ganar algo para ellos mismos. El Bonito Ricaurte se operó todo lo que lo traumaba, y con eso se le olvidó hasta amarrarse los guantes.

Primera sangre

La primera en pegar siempre es la vida

Recordaba la historia de Marcela, su amiga de infancia que se convirtió en mujer en un bus, en hora pico y sin estar preparada para ello, recordó la sensación descrita por ella y pudo ponerse en el lugar de la chiquilla de 11 años, sintió el olor, el líquido caliente recorriéndole la piel, la vergüenza y la humillación, las ganas de llorar; entendía, por fin entendía qué se sentía perderlo todo, olvidarse del pudor y acariciar la desesperación.

Estaba furioso, recordaba también el dolor que años atrás le había narrado María, la forma en cómo la adrenalina lo mitigaba, cómo el deseo terminaba haciendo que le gustara, también comprendía ahora la sensación de perder el control sobre el cuerpo, sentía al igual que ella sus piernas temblando, su garganta hecha un nudo y un extraño deseo que le impedía parar, una pequeña adicción a aquel sufrimiento.

No era distinto a cuando Jorge su amigo de la universidad le hablaba sobre su trabajo, sobre ese ardor punzante que le ocasionaban los cuchillos en la palma de la mano, en los dedos, esa necesidad de ocultar el líquido antes de que sus jefes de cocina lo descubrieran.

Creía incluso compartir el dolor de Cristo, su impotencia, la misma desesperanza que su amigo le había narrado tras ser asaltado y apuñaleado por la espalda por un ladrón, que sin mediar palabra prefirió ensartar su cuchillo entre dos costillas y que estuvo a milímetros de arruinar su pulmón derecho antes de robarle.

Fue lo mismo que sintió Javier, pensó, cuando su hermano, el médico, se convirtió por primera vez en cirujano, la misma fragilidad cuando estuvo a punto de perder su primer paciente mientras luchaba por detener una hemorragia.

Todos estos recuerdos le venían a la mente con una claridad descomunal, él los enfrentaba con una frialdad aterradora. Entonces recordaba la historia de Gerardo, ese amigo suyo que a los 15 años tatuó el pavimento con su piel, lijándose toda pierna tras caer en patines y el sufrimiento que lo invadió no solo por ocultar su herida si no por la limpieza realizada en el hospital después de que esta fuera descubierta por su madre, estaba seguro que pese a haber perdido la virginidad para ese entonces, era ese el momento en que se había transformado en hombre.

Uno a uno, imagen tras imagen, vivía cada experiencia, era un poco cada uno de ellos en ese momento, su sufrimiento era un poco el de ellos, su dolor, su tragedia, el miedo, la adrenalina que los había recorrido e invadido era la misma que él sentía.

Tin, tin, tin

La campana llegaba para rescatarlo, para darle un momento para entender lo que sucedía.

–Mantén tu mano derecha arriba–

–No descuides tu guardia, ¡maldito egocéntrico!, te dije, te dije mil veces que algún día te iban a tocar, que no siempre podrías noquear en un asalto–

–Arriba, levanta las manos–

Tin, tin tin

La campana sonaba de nuevo, y él tocaba su rostro hinchado camino al centro del cuadrilátero, sus guantes blancos por primera vez se manchaban con su propia sangre y él sonreía, disfrutaba cada segundo previo al inicio del segundo round.

Residencia

—Tenés que dejar de tomar así Juan, el hígado no te va a aguantar—

—Te equivocas Andrea, mientras que tenga algo para dar el conteo no va a llegar a 10, me voy a volver a parar antes de que suene la campana—

—Otra vez con esa mierda del boxeo, vos sos escritor, no boxeador, las letras no se las sacas a las botellas, ni a la putas, las letras nacen de la observación y con esa mirada borracha y difusa no podes ni escribir tu nombre—

—Yo no quiero escribir mi nombre si no hay fuerza en él, y para ver si es fuerte hay que probarlo… De vez en cuando hay que salir a buscar los problemas, si te quedas quieto, si te quitas los guantes y esperas en la esquina del cuadrilátero, si llegas a sentirte cómodo y olvidas lo que es un golpe a la quijada, un gancho en la costillas, estás muerto, es así de simple. Hay que llevarlo a probar su valía, su dignidad, hay que acorralarse contra las cuerdas y golpearlo con todo lo que se atraviese, hasta quedar hecho añicos, hasta sangrar, es justo y necesario—.

—A mí me lo decís, a mí, vos no tenés consideración ni conciencia, yo tiro todos los días mi cuerpo al ring, a vos por lo menos el alcohol te borra todo recuerdo de tu noche, te queda el dolor, el sudor, los moretones, pero a mí me quedan los recuerdos, soy yo quien te saca de las camas de las otras putas, soy yo quien te veo con vómito en el pelo, soy yo la que he creído que te me vas a desangrar entre las manos y vos crees que a mí me tenés que explicar eso—

—Cortá con el melodrama, si no querés más esta realidad, cámbiala, lárgate, déjame solo, pero yo ya te lo dije, yo solo puedo sacarle letras a la vida cuando estoy destrozado, cuando el dolor me sabe y me huele, no se puede fingir, en mi profesión no, si alguien se da cuenta de que un verso miente, que como escritor no sé cuanto mide el miedo, cuánto pesa el tiempo, a qué sabe el dolor… no tendría ningún presente, destruirán mi pasado y créeme, no quedaría ningún futuro—.

—¿Futuro, pasado, presente?, vos solo no tenés nada de eso, a vos te pesan las manos para escribir y corres a meter la cabeza en alcohol para terminar esa media novela que tenés metida entre la garganta, pero no te das cuenta que la otra mitad nunca la vas a poder sacar, porque sos así, mediocre, porque estás lleno de excusa y de mierda, de miedos, tengo razón, esa imagen sos vos, ese hombre medio difuso que en las mañanas prefiere ver su reflejo en vómito, que en un espejo, ese sos vos—

—¿Sabés porque volves igual siempre no, donde este mediocre que se arrastra por las calles?, ¿lo tenés claro no?, en una buena noche vos te podes coger 10 hombres más bellos que yo, incluso y aunque es poco posible a hombres mejores dotados que yo, pero todos tienen asco, de vos de la vida, vos volvés a mí por lo mismo que yo vuelvo a las calles en busca de mis letras, porque sé que la única puta impagable es la vida, con mi puta suerte, con mi puta vida, con mis putas ganas de verte gritar, sabés bien que yo no tengo asco, porque estoy vivo, y que es este viejo de mierda el que te compensa los orgasmos que fingís cada noche, ahora deja de joder, vení acá a la cama, dame de beber de tu entrepierna antes que la resaca me mate, chupámela y extraé el veneno que me está arruinando el hígado, y sudemos este disgusto, necesito escribir un verso antes de dormir, así sea con mi semen sobre tus tetas—