Qué mala suerte

Es domingo y parece procesión de ramos. Los yerbateros no se dan abasto. Por primera vez en años escasea la ruda en este paisaje montañoso. Hace mucho no se solicitaba en tanta cantidad, incluso quizá nunca se había usado en tal cantidad. Ni siquiera las legiones de culebreros que un día recorrieron esta selva enmarañada de trochas, caseríos y pueblos tozudos, fascinados con la idea de coronar montañas y alejarse de las riberas de los ríos, pudieron nunca antes convencer a tanta gente junta de que una mata prendida del anhelo, la fe y la ropa podía cambiarles la suerte.

Por eso las filas durante la semana han llevado a la aparición de letreros que salen de esos negocios que cuelgan ramos y ramilletes de hierbas místicas: de sauco, matarratón, verbena, jazmín, pachira, Pilea peperomioides, bugambilia y crásula. Entre un saumerio se leen, en sus ventanas o puertas de latón: “No hay ruda”, “Agotada la ruda”… Otros problemas menores, como ligues de amor para recuperar al hombre o la mujer amada, cuentan con ingredientes de sobra para sus bebedizos. Nadie los busca por estos días en que la mesa en Navidad y las apps de citas —cada vez más parecidas a firmas reclutadoras— parecen cubrir esa parte del negocio: amor garantizado o le devolvemos su dinero, y sin necesidad de la foto, la prenda íntima de ropa, ni la muestra de cabello. Uñas que se pusieron de moda después de que la desconfianza llevara a nadie a recibir jugo de mora donde la suegra ni a tomar bebedizos calientes con la mano izquierda al hacer visita.

Ahora el negocio son las energías, las vibras. Lo que está de moda ya no es la machaca ni el mal de ojo. La protección y la fortuna ya no se usan para traer plata ni para pedirla. Lo de hoy es convencer a la gente de que si le está yendo mal en algo no es culpa: que es la envidia de los que lo rodean, son las energías negativas de los que están junto a él quienes lo condicionan, lo apagan. Todo se justifica en un Mercurio retrógrado, que altera al individuo retrógrado en una sociedad retrógrada que prefiere enterrar cucharas y tenedores en el invierno para menguar las catástrofes que no se producirían de no haber talado y sobrepoblado zonas donde los árboles retenían antes la montaña.

Pero no son ellos los únicos que sucumben ante el boom de la ruda. Ahora buscan ruda para hacerse un bañito los otros yerbateros que no creyeron y no alcanzaron a abastecerse. Están alerta también los revendedores, que de cualquier aglomeración sacan partido, y los falsificadores, que a falta de ruda ofrecen otras matas, otros bebedizos… con otras hierbas: la verbena y la albahaca. Pero no hay como la original, dicen, y le hacen el quite los que tienen su ruda asegurada, a pesar de que a la hora de comprar medicamentos, ropa o a la hora del amor, a nadie parece importarle mucho si lo que recibe es genérico, si cumple su función.

Los rojos compran ruda, los cardenales buscan, pero ya no queda nada que comprar, los yerbateros compran y revenden ruda. Y la gente en las calles viste, agita, se rocía la ruda mientras caminan con la ilusión de haber hecho todo lo sobrehumanamente posible para que eso que desean se cumpla. La confianza está en el punto más alto. Las promesas se enuncian: visitas a Buga, renuncias a vicios, transformaciones al juicio. El mundo será un lugar mejor si ganan. Y parece ser que la tierra resuena con su deseo. Hay alegría. Creen tener eso que llaman “suerte del campeón”. Lo creen porque la compraron, porque se juntaron y se aseguraron de la manera más ritual de danzar en medio de las hojas, de bañarse, perfumarse y adornarse como balcón de solterona y solterón, con matas y maticas, y avanzan confiados, seguros de que está sentenciado, de que es suyo el resultado porque el universo ha escuchado, sentido y vibrado con su hambre…

Los jugadores en el campo lo sienten, se conectan y se reconocen como gestores de. Se tranquilizan, se equilibran, pierden el miedo y la ansiedad, se relajan ante el calor que los cobija y olvidan que es rezando y con el mazo dando. Y a tres minutos de la final, un hombre de casi 40 años, con una pierna exhausta pero con una voluntad aún consciente de que puede hacer algo, cojea, avanza y, sin haber tocado ni una hojita de ruda, obra, habilita, acompaña y define. Porque la única ruda en la que cree es en la actitud con la que deben buscarse las cosas.

Mala suerte para los rojos que habiendo matado el león, se asustaron con el cuero; mala suerte para la ruda y los yerbateros, de esta no se levantan fácil.

Didáctica

Así son las cosas.

Para seguir el flujo del tiempo, se necesita de una cadena desencadenada de acciones, engranajes, piñones, resortes que se contraen y estiran, agujas que avanzan, y avanzan sin prisa, ni retraso, tics y tacs, que sin ninguna ambición propia siguen adelante, moviéndose solo moviéndose, no hay en su acto ni gusto, ni vocación, ni talento, solo hay adelante, solo hay segundos, solo hay minutos y horas, ni siquiera acumula, da una vuelta y vuelve a comenzar, esa y no otra es la naturaleza de un fenómeno, algo que se da y se repite sin intención alguna, es innegable, pasa, así pasa el tiempo sin presión alguna y por eso siempre gana.

Tan dueño de sí mismo que abruma, tan displicente que devela, nada le importa al tiempo, ni siquiera el tiempo mismo, no teme acabarse, ni extinguirse, no le angustia llegar a tiempo, ni irse temprano, no entiende a los que se apresuran, ni a los que se retrasan, el tiempo no se rige por el tiempo.

Y mientras que recordaba todo lo intuido por mentes más brillantes e ilustradas que la suya guardaba silencio. Un gélido silencio, pensaba que no podía matar el tiempo, y que no había forma alguna de ganar tiempo, no quería tampoco extenderlo, pero estaba exhausto, había acudido a ella buscando un oasis, un poco de calma, un mimo, había encontrado en cambio un desafío, sin mayor propósito que el de asediarlo, pero estaba agotado para intentarlo, en silencio camino hasta al cuarto, en silencio sacó su maleta, en silenció guardó allí la ropa, un par de libros, y vio largamente la biblioteca sin decir palabra, ella atónita lo miraba, pensaba que fragilidad, que pereza, que poco tolerante, pero nada era cierto, ni fragilidad, ni pereza, ni desidia, ni falta de deseo, cansancio, simple cansancio, su energía la consumía otro mundo, y para ella ya no había más que migajas, necesito una que no sea para pelear, necesito una que pueda aguantar el ritmo, que encuentre vida en la vida y no la busque en mi yo diezmado, una que palpite con el mundo y no quiera medirse con un hombre que baja del ring exhausto.

Quiero una pelea justa, en igualdad de condiciones, quiero una mujer que llegue al igual que yo, hecha trizas, que le duela la espalda, el cuello la rodillas, que sienta tedio de las discusiones porque sabe que al otro día va a necesitar pelear por un mundo mejor, por su mundo mejor, una a la que los sueños no se le queden en la almohada, sino que los levante a trompadas en la calle, eso quiero, eso merezco, eso busco… pensaba, pensaba, estaba tan perdido en sus voces que no notó que sus manos recibían cosas y guardaban cosas, que ella muda, caminaba a su lado, y le entregaba sus esenciales mientras pensaba, lárgate espantapájaros, no volvás nunca mamarracho que yo soy ave de presa y no carroñera, llévate todo que estás hecho polvo pero seco como una fruta vieja, la vida que me das huele rancia, el sabor está podrido, antes eras por lo menos un buen amante, pero ahora no sos capaz de someterme, te desafío y ya no me tomás del pelo ni me levantás del cuello, mientras me manoseas las tetas, hace tanto tiempo que no me sacudís, ni me mordés, lárgate a donde esa otra que seguro ahora es con la que querés pelear, dentro y fuera de la cama, márchate con tu costumbre, con tu silencio, con tus ojos cansados.

Él seguía pensando, una que tenga un argumento y no solo el temperamento, una que sepa leerme y no solo leer, en algún momento había sido ella, algunos días aún lo era, pero quietud es mezquina, también lo es el tiempo, es su didáctica, te cansa, te rompe, te hace perder el ritmo, necesita del caos de la ruptura, necesita del estallido del cristal, del tornillo desgastado para volver a ser, para abrirse, para tensar los resortes, aceitar los engranajes y los piñones, y a veces incluso después de eso, no es suficiente, no se suficiente, se pasa el cuarto de hora y en ese caso no queda más que aceptar las derrotas, las miserias, eso pensaban mientras los dos empacaban, porque de un momento a otro ella también quería largarse lejos de él, de allí, y allí también era él, no había lugar en ese lugar donde no hubiera algo de ellos, su juventud, su frustración, sus celebraciones, sus orgasmos estaban esparcidos por todo lado y en ocasiones al tiempo, allí había reído, llorado, gemido, follado, ese espacio, ese pequeño espacio era un universo que se consumía y mientras ella enfadada y ciega juntaba y buscaba y desarmaba y guardaba él sin darse cuenta también le ayudaba, ambos ciegos de enojo, terminaron con las maletas llenas, y llenos de rabia como las maletas de cosas caminaron en silencio y sin despedirse, dejando atrás un apartamento vacío, unas vidas vacías, unos corazones vacíos.

Ambos fueron donde sus mejores amigos, él a donde los de él, ella donde los de ella, ambos, los de él y los de ella, coincidían merecían alguien mejor, algo mejor, alguien que avanzara con ellos hacia el mismo lado. Ambos dijeron también con calma que ya era tiempo, que era justo a tiempo, y que el tiempo era perfecto.

En eso no se equivocaban, el tiempo lo es, en todo lo demás estaban equivocados, era solo dinámica, pero como todo lo demás carecía de significado y sin voluntad no podía dársele otro giro.

Cuestión de tacto

La palabra, la caricia, el golpe, el insulto; la vida misma, es relativa y por eso todo es cuestión de tacto.

—Si miramos bien, si ampliamos el espectro de visión, si vemos el dibujo completo…

—Si no abusamos de los sinónimos —lo interrumpió con gracia el viejo Soledá, a Efraín, un solterón célibe y amargado, tenía la costumbre de darle vueltas a todo menos a sus mujeres, por eso y pese a los años, e incluso en contra de la moral distraída de la mayoría de las coterráneas y la alegría de sus úteros golosos, el viejo había logrado evadir el coito y era el único virgen del pueblo, incluido el cura, que aunque llegó virgen y ordenado, no pudo evitar caer ante la alegría del acento calentano de nuestras chilapas, que suelen venir con una temperatura de 5 grados por encima de la temperatura ambiente, y con una humedad muy superior a la que trae el río.

—Mirá Soledá, —Dijo Airado Efraín, la amistad de los dos rompía el rastro de cualquier recuerdo, pero aunque nadie recordaba con certeza cómo se habían cruzado, sí tenían claro que siempre había sido igual, un pulso, un desafío; que de jóvenes terminaban siempre a las trompadas, pero la atracción entre los dos era magnética, “yin y yang”, algo así dijo alguna vez Steve, un gringo que venía de Holanda, y se paseaba en el ferri bajando y preñando pelaitas, de ahí vienen todos esos chilapitos rubios, el caso es que Soledá, varón bautizado así porque su mamá, al darse cuenta que estaba preñada con solo 14 años, insistió en que había sido un pájaro con el mismo nombre el que la había preñado, y Efraín, nombrado así con nombre de dueño de finca, se cruzaron, se pegaron, se odiaron, se perdonaron… al año bajitica la mano unas 15 veces desde que como vulgarmente se dice, se les rayaron la huevitas, y ya nunca hubo poder que los separara.

—No te voy a dar el gusto de sacarme de la historia, continuó Efraín. Si estamos en esto, es por tu culpa, y para entenderlo hay que ver el panorama completo, no joda, la película de comienzo a fin, hay que leerse todo el cuento, porque cuando uno ve el pedacito, uno dice: verga, ta’ todo bien, ahí no hay nada raro.

—Y verdad había en lo que decía Efraín, pero también en lo que proponía Soledá, bien podía decirlo ahorrándose un par de sinónimos, el caso es que estos dos, amigos y maestros no solo en el arte de la camorra, sino en el del café, el tabaco, y el boxeo de lengua, les había dado por convertirse en palabreros, de los analfabetos. La cosa, que empezó como chiste, escaló pronto como chisme, y ahí si no hubo poder humano, porque del dicho al hecho, en una tierra chilapa no hay un trecho sino un reto, y así fue. El día menos pensado, en el parque abrasador donde estos dos se sentaban a tomar tinto dicen que apareció un Lord, un Don, un señorito diszue Del Príncipe; al principio no faltó el que creyó que era uno de esos enviados reales, que en antaño llegaban como emisarios para orquestarle la orquesta, como quien dice, osea pa arreglale el viaje y tal. Luego dijeron que el recién llegado era de apellido Del Príncipe, luego hubo otros que dijeron que realmente era apellido inventado, por ser como quien dice hijo heredado del camino, como el propio Soledad, pero que su progenitor venía del Príncipe, y según la historia que por fin él contó, que porque su madre lo único que recordaba de su padre, es que cargaba un Librito con ese nombre: El Príncipe de un autor raro algo como Martelo, del que nunca recordó nada, así que a la hora de bautizarlo, el cura como sal en la llaga, en lugar de Marcelo, había decidido darle un nombre que todos olvidaron ante la gracia del apellido inventado Del Príncipe.

Como decía que decía entonces Efraín —La culpa de esta vaina, de que estemos tú y yo siguiéndole los pasos a este fantasmita es tuya, 15 notarías, 34 caseríos, 3 ciudades, y solo dos baños en el último mes de cuenta del chistecito de ser palabreros —Al chiste no puedes tú echarle la culpa Efraín, dijo Soledá enojado, la culpa la tuvo el chisme, no el chiste. La misma vaina, contestó con un Jab el viejo Efraín, sin el primero no existe el segundo, Soledá esquivo y mandó como gancho, ah sí, pero el primer chiste, nadie lo oyó, solo a ti te lo conté, fuiste tú el que alzó la voz en la polvareda que es el café de Juan Redondos, diciendo, escuchen todos a Soledá, se le corrió la teja, les presento al Palabrero oficial de este tierrero, no fuiste tú, ahora vas a negarlo —El golpe fue directo, el viejo estaba contra las cuerdas y a su edad, era mejor tirar la toalla que perder un encuentro, así que continuó; mira que ni viene al caso ya de quién dijo que a quién ni en qué volumen, finalmente sin génesis no hay apocalipsis, y lo que yo no entiendo es porque seguimos buscando al papá del principito este, ja porque como dijo el urólogo, es cuestión de tacto, el muchachito este nos dio la plata pa’ buscalo, y volver a la semana habría sido perder 3 semanas más de viáticos, y joda y tú y yo nos hemos perdido de todo, del mundo, vaina de todo nos hemos perdido, bueno, no todo, tu virginidad nos sigue acompañando. Vaina la tuya Soledá, vaina la tuya Efraín que seguís usando la bragueta para guardar polvos, como si te quedaran muchos, el caso es que hay que viajar, hay que dejarla por ahí tirada en algún pueblo, como amigo me he propuesto que a tus 60 años no llegas virgen.

—Mira Soledá que te estás buscando no es una paliza de verbos y sustantivos, lo que tú quieres es que te parta la cara aquí y ahora. Cógela suave Efraín, que si no pudiste en 38 años de juventud muchos menos vas poder ahora, cógela suave que como te dije, es cuestión de tacto, en cada pueblo he estado buscando no solo al Del Real ese, papá del principito, sino también a la ojona tuya, esa de ojos grandotes que aunque no te prestó ni las nalgas ni el matorral, te dio la poca vida que vives, con esa lengua que te hizo temer morirte si perdías la virginidad.

—Ay Soledá, ay Soledá, 4 semanas de viaje, 15 notarías, 34 caseríos, 3 ciudades, dos baños pa’ que tú me digas que vinimos acá por ella. Y de cada uno de esas notarías, de esos 34 caseríos, de esas 3 ciudades mandé telegramas, cartas y postales, porque tampoco es que te lo fueran a quitar solo por venir, —Alegría, que gusto verte, gritó Soledá mientras se paraba de la mesa, ahí te lo dejo, y vos Efraín, quedate tranquilo, en el pueblito que sigue vive Steve, que desde que vi al principito, recordé que el gringo ese iba de arriba abajo leyendo a un tal Maquiavelo, ah y recordá, es cuestión de Tacto, pero dejáselo a ella.

Otros tiempos

Quizá sí, quizá lo mejor ya pasó, pero aunque sea cierto, el presente es lo que nos toca.

Cada miércoles a las diez de la mañana los dos viejos asistían siempre a su duelo, ordenaban café, encendían su tabaco y tras la cuarta tacita uno de los dos lanzaba un comentario tan hiriente que obligaba al otro a defenderse.

Era una tradición heredada y en el pueblo uno de los pocos entretenimientos que se conseguía de manera gratuita, ningún tema estaba exento, ninguna sensibilidad prohibida, esto hacía del encuentro algo digno de ser observado, era místico, mágico… 

Solo existía una regla, el primero que se levantara de la mesa o alzara la voz, perdía. Cualquier muestra de violencia que viniera de los interlocutores los transformaba en perdedores y si acumulaban tres derrotas por esta razón se les desterraba de la cafetería y se elegiría un nuevo interlocutor.

Armando y Manolo eran respetados, dos de los mejores oradores que habían tenido en mucho tiempo y sus encuentros llenaban la cafetería hasta que no cupiera ni el enano del pueblo.

Los dos eran de un carácter terrible y de una inteligencia profunda, habían pasado años desde la última vez que las charlas eran tan intensas y ambos acumulaban ya dos advertencias por abandonar la conversación, tal era la tensión que por primera vez había apuestas sobre quién sería el que abandonara la mesa.

La multitud estaba lista, en la última conversación Armando había salido rojo, iracundo, faltaban quince minutos para las diez y mientras esperaban a los interlocutores recordaban la última discusión.

–Armando, no hay nada en este tiempo que no existiera en los otros, ahí están las putas, los hijos de puta y los abogados–.

–Qué disparates dices Manolo, sabes muy bien que el derecho y su concepción como sistema de defensa y ley tiene un nacimiento exacto y marca la diferencia entre la civilización–.

–Te equivocás, siempre lo hacés Armando, el abogado puede descomponerse en tres hombres: el inquisidor, que ataca y pretende destrozar al acusado; el defensor, papel jugado por la madre, el padre o cualquiera que desee otra oportunidad para él; y el que busca la justicia, la compensación o la revancha, castigo y beneficio para cada parte, Armandito–.

–Sabes que sí ha habido toda la vida Manolo, bocazas como vos, siempre hay un idiota que cree saberlo todo, pretende ser dueño de la verdad y la subyuga, la esclaviza porque los tontos callan y asienten–.

–Armandito, Armandito, que poco creativo sos. Creo que vos nunca te has planteado una sola idea en tu vida, no has pensado nada original, ni diseñado una sola solución que no fuera copiada, creo que por eso nunca ganaste un caso importante, solo servís para reproducir lo que ves, en lugar de abogado debiste ser pintor o fotógrafo, porque lo de crear no es lo tuyo querido mío–.

Armandito había sentido que las palabras se le clavaban en el corazón como una aguja y partió con la ira a sus espaldas, refunfuñando y manoteando, injuriando en voz baja a Manolo y condenándolo mientras que la multitud ovacionaba al ganador de la contienda.

Pasaba el tiempo y Armando no llegaba a la cita, la gente se impacientaba, y Manolito sonreía triunfante, sería la primera vez que habría un ganador por deserción. 

Sonreía cínicamente mientras decía: –El miedo hace prisioneros a los hombres…–

El telegrama llegó a las 10:05, la noticia hizo que se desplomara, Armandito no había logrado superar el enojo y un infarto había terminado con su vida la misma noche de su última derrota.

La misma derrota que ahora se llevaba a Manolito: el mismo dolor que ahora sufría Manolito, la culpa, la ausencia de su antagonista, el título que le era robado, la misma agonía que se aferraba a su corazón y que terminaba con su vida, el mismo infarto que ahora cerraba sus ojos.

El veredicto igualaba a los participantes y desde entonces en ese pequeño y polvoriento pueblo, la mesa de los sabios sigue esperando a los próximos contendores, mientras tanto, los jóvenes ocupan otras mesas y debaten en otros espacios, hasta el día en que alguna dupla esté a la altura de Armandito y Manolito, hasta que el café de los miércoles a las diez vuelva a tener ese sabor picante. Por ahora cada conversación en la cafetería termina con la mención del incidente y ante la pobreza de las discusiones, con la voz baja susurran para sí mismos: ‘‘las buenas discusiones, las grandes se habían dado en otros tiempos. ’’