Como a una guitarra

Era ella, si de algo estoy seguro es que era ella, el cabello corto, ondulado, los ojos de girasol grandes y abiertos, la sonrisa insinuada… cuando la vi supe que era ella, y ese es el problema de lo no dicho, vuelve en sueños, su foto enmarcada, sus hombros desnudos, su clavícula evidente, y esa mímica de sonrisa, bueno no, mímica no, es su sonrisa, pero no parece una sonrisa real, es una sonrisa social, de esas que se usan para que no te pregunten si estás bien, si todo marcha en orden.

Debajo de la foto una frase: quiero que me toquen como a una guitarra… y yo solo pienso, como una guitarra, no sé tocar guitarras, sé sostenerlas, y hacer un par de chistes, y como todo sueño carece de sentido, no dudo de la posibilidad de hacerlo y me lanzo a tocarte; pero no te sostengo entre mis manos, ni te rasqueteo con la yema de los dedos el cuerpo desnudo, no, voy directamente a la planta de tus pies y la imagen es tan real, tan cercana, tan inverosímil, pero es un sueño y tiene licencia ficcional, por eso ahora estás presente e indignada, no porque te sueñe desnuda, sino por mi elección de cómo y dónde tocarte.

−De todos los sitios posibles, de todos los sitios posibles, de todos los todos posibles− repite sin parar

Frunces el ceño, al parecer ha sido inadmisible, quién me creo yo para decidir tocarte ahí, donde quizás hasta yo tampoco lo esperaba, que no me haya aventurado a manosearte las tetas, a lamerte y morderte, que no te haya apretado, ni asfixiado mientras te hurgaba el sexo empapado entre las piernas parece un insulto tras escucharte el reclamo y continúas.

− De todos los sitios posibles, elegís hacerme cosquillas, en un sitio eróticoinfantil, tan te quiero follar y abrazar, tan vos, tan desubicado como siempre, no sabés ni siquiera para qué son los sueños, te dan libertad física, química, universal y vos elegís hacerme cosquillas

No sé si es mi sueño, porque no puedo interrumpir el regaño, es como si en el fondo estuviera de acuerdo, no sé qué hacer, salvo mirarla, los labios gruesos, abriéndose y cerrándose, los ojos ardiendo de ira, aún desnuda, y me río, me río, trato de mirarle los pies, y lo sabe porque sé que lo sé, porque es mi sueño y soy omnipresente y todo poderoso, en este universo mando y gobierno, y sé que ella se enfada de nuevo porque sabe que sé y aún así lo hago.

El enfado termina, sonríe, y habla:

− Me rindo, si fuera por vos sería toda pies hoy−

Sonrío, es por mí que no lo sos, pienso pero callo, sé que ella lo sabe porque yo lo sé, qué extraño este de compartir la omnisciencia, por qué darle tanto, bien podría no compartirle nada, y solo someterla a los deseos caprichosos de mi poder de dios universal de mi sueño, pero me gusta el desafío, el juego, amo el juego, el dar y soltar, el carácter fuerte que se doblega, que simula doblegarse, la voluntad conquistada, la voluntad entregada, solo así es posible, ella sabe porque quiero que sepa y ahora enmudece y sonríe, estira sus pies, me toca, me recorre con ellos, sonríe, ella sabe que yo sé que sabe y que sé, complicidad, de eso se trata.

Despierto y solo recuerdo que la vi y le hice cosquillas, quizá ni siquiera fue ella, quizá ni siquiera fui yo, nadie me obliga en sueños a ser yo, ni a que sea ella, las formas en los sueños se forman más por deseo que por voluntad, quizá entonces es que quiero ser yo y que quiero que sea ella, aunque no recuerdo su nombre, aunque nunca hablamos, aunque de ella no conozco ni el timbre de la voz, aunque de mí no conozca ni el deseo que por ella puedo experimentar, quizá haya sido solo tedio onírico, ociosidad toda poderosa, quizá solo cansancio, quizá haya sido solo un recuerdo infundado de un volumen nunca palpado, una simulación tan arbitraria como la misma transformación de foto a corpórea, sí, podría ser, nada de caricias nínfulas, nada de fetiches de pies, ni de obsesión con su boca, nada… nada universal, oscuridad, tan habitual en mis sueños tan ausente de sueños.

Tal vez sea solo eso, un sueño creado para creer que sueño, un despertar nublado para extender la omnipotencia al plano real, el sueño de cualquiera, seguir siendo dios al despertar y poder tocarla como a una guitarra cuando ella lo pida, si es que se cuenta con la misma suerte que cuando se sueña o se piensa que se sueña.

Razones de peso

La evacuación transcurría con normalidad, salvo porque no había terror, ni angustia, no sonaban sirenas y parecía cumplirse esa frase de cajón de que la sangre es la que escandaliza, y en su ausencia, una estructura de cinco pisos que temblaba parecía no ser nada del otro mundo, así que atónitos entre los insensibles y los que sienten un temblor, bah qué temblor, orgasmo, vibración, y movimiento de cualquier vaivén como un temblor.

Pero temblaba, por alguna razón, temblaba, de una manera constante y fuerte, la primera parte fue normal, creían que era pasajero, pero la intensidad no menguaba ni la duración, luego los alertaron, ese bloque era el único que temblaba, ¡pánico!, creían que era la estructura cediendo frente a su propio peso, y supusieron que era peor cuando riesgos laborales subió a decirnos que evacuáramos… que había razones de peso para hacerlo.

En esa “tranquilidad” bajaron, descendimos cinco pisos por las escaleras porque claro en emergencias el ascensor no se usa, con esa cara de tedio y otros de alivio piso a piso bajaban, buscando en el celular si era cierto que temblaba, porque para un detractor no hay mayor victoria que la negación de la tesis enfrentada, la edificación se movía, pero no temblaba y no importaba si estaban ante el colapso de una estructura por fallas en la construcción, lo importante era probar que no morían en un temblor, tampoco creían que pudieran llegar al primer piso a tiempo en caso de colapso así que bajaron sin prisa, llegaron abajo con una sonrisa en el rostro, no temblaba, abajo las caras eran desahuciadas.

Todos esperaban que el edificio se desplomara, esperaban las alarmas, las alertas, el cordón de seguridad retirándolos, pero desde afuera no había ningún signo de alerta, las demás edificaciones se veían quietas al igual que esa, y pasaba el tiempo, pasaba el tiempo, pasaba el tiempo hasta que la tensión se convirtió en tedio, hasta que el desinterés general ganó la batalla, y uno a uno se fueron armando de desazón, de exasperación y empezaron a retornar a sus lugares de trabajo, claro, por las escaleras porque el ascensor no se usa en momentos de emergencia…

Así, vencidos por una angustiosa y alargada espera, las razones de peso parecían haber sido infundadas, no fue hasta que iban subiendo el tercer piso cuando por fin colapso… la situación, era el gimnasio, la vibración venía del gimnasio, repitieron, era Daniel, el gordo, el grande… un hombre de dos metros de alto y uno ochenta de circunferencia corría en la banda, a paso tan firme, tan constante, que parecería que dejaba atrás su vida de gordo, sus apodos, todas las veces que le han dicho, no señor, en su talla no hay, que le daba por fin la espalda al haber crecido siendo un niño con senos, que ya nadie podría decirle gordo y con esa decisión de alejarse de todo corrió con los audífonos puestos y de manera desaforada, no sabía que justamente eso sería su perdición, ahora es el gordo del temblor, ahora es un mastodonte que puede tumbar edificios, ahora cuando camina y da un paso la gente brinca para recordarle que su pisada es una razón de peso, para evacuar el edificio. Pobre hombre

Gusto

A Alberto, y confieso que utilizo este nombre solo porque el artículo a, seguido de un nombre iniciado en la misma vocal me causa gracia, le gustaban los monólogos, más leer, escribía, porque podía siempre poner sus palabras y su cuerpo en otros labios, veía en la hoja en blanco la misma felicidad que un adolescente encuentra en que ahora el porno sea accesible desde el celular.

Alberto tiene sus años, sus canas, y ganas, siempre tiene sus ganas y solía escribirlas en medio de la jornada laboral, porque además de escribir, robar también lo estimulaba, mantenía entonces una especie de diario grotesco sobre el cual desparramaba sus manos untadas de tinta y mientras fumaba con un tinto denso al que casi podía vérsele y sentírsele una textura viscosa se dejaba llevar, escribía siempre en primera persona y siempre escribía confesándose así mismo. Este día en particular no tenía realmente nada de particular, salvo lo mismo que todos los días, tiempo y por eso comenzó a escribir.

Siempre me ha gustado todo lo que me deja un tufo de placer, un sabor con buen olor, de esos recuerdos que juegan tanto con mis papilas gustativas como con los pelitos de la nariz, es mi credo y mi única regla, si te gusta acábatelo, sin pensar en guardar para otro día, sin lamentarse al otro día.

Si sabe bien, si gusta, si cala hondo… adelante, no concibo por demás un placer menguado o a medias, un resistirse, un castigarse o un postergar, para qué, si todo va a pasar, pues que pase, pero que no se pase.

Eso me decía cada vez la veía pasar, 1,75 m de antojo, un cuerpo alargado, elegante y prometedor, no hay en ella demasiado de nada, solo lo justo de todo, esa imagen que te hace salivar de más,  guepardo, caminando con cadencia pausada. Sé que existe y sabe que existo, nada más sabemos el uno del otro al menos de manera consciente, yo sé un poco más de ella, he preguntado por ella, la he visto a lo lejos y en silencio, y el ego, el ego que no deja de ser tonto conserva la esperanza que al menos a alguien le ha preguntado también ella de mí, vístome pasar y acompañado con su mirada.

Cuando sonríe su labio superior sobrepasa las encías, cuando camina su pelo ondulado se revuelve un poco más, en su estilo sobrio, hay una apuesta casi segura de lucir fría y calculadora, ejecutiva y ejecutante, parece gritar, puedo si quiero, tomar decisiones fuertes de manera simple, estoy en control de todo lo que me involucre. Sé que es falso, que nadie lo está, que incluso cuando escribo muchas veces las cosas siguen su propio rumbo, y las voces encuentran sus propios tonos, sé que es una mentira, pero me gusta escribir, me gustan las mentiras bien contadas, así que me miento, me lo creo y me divierto.

Es quijotesco sin duda escribir de recuerdo un pensamiento que nunca se ha elaborado como recuerdo, que no ha acontecido sino simplemente imaginado, Dulcinea, jamás te diré que este caballero de la triste figura te ha visto como un ensueño, muchísimo menos que una oración tan mala me he comparado con él, el loco del manco, más teniendo en cuenta que estoy mucho más cerca ser Sancho Panza.

Cuando la veo, te veo, aprovechemos,  para tutear a quien no es consciente de que se le está hablando, estás congelada, y con la mirada lentamente te trazo, la comisura de los labios, los ojos casi siempre entrecerrados, el cuello elongado, separándose siempre de los hombros, inclinado levemente hacia arriba… me saboreo, las papilas gustativas se inundan y la boca se inunda, se represa y se desborda, que gusto cogerte el gusto.

Sonrío, ignoras que te veo de manera lasciva, quien lee debería a esta altura dudar de si existes, aunque es más probable que dude sobre si es ficción, quizá me vea como a un pervertido, quizá piense incluso que este accidente literario no es un reguero de tinta sobre una hoja, sino de esmegma adentro de un jean, quizá tampoco lo haya pensado y ahora se encuentre completamente disgustado frente a la imagen, la literatura no tiene rostros, debería solo y únicamente recordarte los momentos en los que has sido igual, en los que has apretado la entrepierna ante la humedad palpitante, o pensado… y ahora como me levanto sin que la erección se note.

Tu mirada se cruza con la mía, que ganas te tengo le gritan mis ojos, yo, en cambio, sonrío te saludo y me voy pensando, que gusto te tengo, que ganas de levantarme con el tufo de tu sexo en mi boca, pone un punto final, cierra su libreta y fuma hondo, fuerte y largo, igual a como un amante jadea.

Dar las gracias

Desde la primera vez que le habían pedido que se tomaran de las manos para dar las gracias antes de comer, supo que él también quería hacerlo… que necesitaba una tradición, un ritual, que la próxima vez extendería sus brazos cerraría los ojos mientras olía el delicioso aroma del banquete que iba a darse y agradecería por el favor otorgado.

Y es que él solo había agradecido de manera previa en los momentos importantes de su vida, cuando su equipo marcaba gol en tiempo de adición, cuando Franco rebotaba para sacar el balón 3 veces seguidas, o cuando a doce pasos les gritaba: no aquí, no ahora, no mientras yo viva, y cuando sus profesores no pronunciaban su nombre a la hora de entregar las tareas que se revisaban al azar; sólo en esos momentos en los que no quedaba duda de su poder ni de su infinita misericordia, pero nunca como un gesto real de agradecimiento sino más de alivio, por eso, sabía que si tenía que dar gracias por algo sería justamente en ese momento.

Así que aguardaba sonriente el momento correcto, la situación y el platillo adecuado, no se puede ir agradeciendo cualquier cosa, porque también se pierde el sentido del agradecimiento, pero finalmente llegaba la oportunidad, cena el lunes a la noche decía el mensaje y él ya podía imaginarse la secuencia:

El olor invadiéndolo, llenándole, derritiéndole la voluntad servida frente a él, manjar de manjares, la boca salivando, imaginando la textura, el sabor la consistencia… ese era el momento, no habría mejor ocasión, y entonces en ese momento alargaría sus manos, sus dedos temblorosos y con una voz entusiasmada y asustada pronunciaría en voz alta: Te doy gracias por este momento y el placer venidero…

Acto seguido bajaría la mirada, se saborearía y lamería sus labios mientras el corazón el marcaba un redoble acelerado. Ella estaría desnuda sobre la cama, las piernas abiertas a la altura de su rostro, y él arrodillado sonriente pondría sus manos en los muslos, la halaría hacia el borde de la cama, besaría suavemente sus muslos para acercarse más y más, posaría su nariz de manera juguetona, empujando, palpando para lentamente empezar a lamerla, mordisquearla… sintiéndose por fin agradecido.