No llegan solos

Cada que suena una canción que le gusta, se levanta como un resorte de la silla, se quita las gafas y comienza a saltar. A su alrededor se paran, lo imitan, brincan y rebotan. Él marca el ritmo, siempre marca el ritmo: ágil, rápido. Parece acostumbrado a hacerlo, pero no lo está; lo mueve más el miedo que el impulso. Lo supo al sentarse y ver, a lo lejos, figuras parecidas, pero con ropas distintas a las que él lleva: vestimentas aburridas, caras largas… Terror le despierta la imagen.

Por eso brinca de su silla como un acto identitario. No quiere ser como los que se quedan sentados, necesita poner distancia. En un par de ocasiones ve que lo miran; presiente que con envidia. Pero no son los únicos que lo miran. No lo nota, pero los demás se extrañan: lleva años sin ser ese que hoy no quiere parar.

Brinda y no se mide, parece un recuerdo de sí mismo. Sigue estando loco, piensan, y disfrutan del espectáculo. Se contagian de su ritmo, pero no pueden seguirle el paso. Él no lo nota, no sabe que no son siempre los mismos; imagina que es natural que todos hagan lo que siempre hicieron: estar a su lado sin dudar ni cuestionar. Cierra los ojos y marca el ritmo de la canción mientras ondea su cabello de atrás hacia adelante. Piensa en los noventa, cuando lo hacía siempre; piensa que los noventa fueron hace diez años, sin recordar que fueron hace casi treinta.

Hoy es ese que fue. Hoy no es de esos que, a lo lejos, se comportan como tíos de fiesta, sentados y cansados. Hoy es todo lo que ellos no son, hoy es divertido y fiestero. Hoy toma sin preocuparse por el reflujo ni por la lumbalgia, ni por los documentos que lo esperan en casa, ni por sus pendientes. Hoy es ese que siempre encontró tiempo para perder el tiempo.

La música parece moverlo. Grita y canta, celebra, se celebra, sin pensar, sin ocuparse de sí mismo; le basta sentirse diferente de los que están lejos, de los que se alejan de su propia imagen. Baila, baila y no parece cansarse… La noche lo acepta y lo recibe con cariño.

Cuando despierta, abre los ojos con cierta cautela. Sabe que aún la cama da vueltas, tiene reseca la garganta y respira en un tiempo artificial para contrarrestar las náuseas. Aunque no sabe bien a qué horas se ha dormido, sabe que ha dormido poco y sabe que lo que viene no puede evadirlo con un chiste ni con una morisqueta. No todo es cuestión de actitud y, por lo que su cabeza parece decirle, está a punto de vivirlo.

En su euforia ha olvidado los rituales: el suero no está en la nevera, los analgésicos no los tomó antes de dormir, no hubo masaje en los músculos con cremas frías ni calientes. Está a merced de su naturaleza desgastada. Los músculos están tensos y golpeados; el cuello, la espalda, las rodillas, cada músculo hace fila para reclamarle la audacia, la osadía de no recordar sus límites, de obviar el protocolo y de omitir su limitada realidad. Sabe que, en cuanto se doble sobre sí mismo para levantarse de la cama, sentirá esa tensión liberada presionándole las vértebras y coyunturas, sentirá el músculo expandiéndose y sentirá, sobre todas las cosas, el no poder engañarse ni evadirse, el no poder distanciarse de esa imagen que lo llevó a extralimitarse, a nadar contra la corriente, a fluir fuera de todo su cauce.

Reúne sus fuerzas y tira de sí mismo hacia el frente. La espalda se expande, el lumbago se contrae, el dolor se apodera de él. No quiere decírselo a sí mismo, aunque lo ha pensado ya varias veces y ya no puede evitarlo. Las palabras salen de una manera tan natural que no tiene más que aceptarlo:

—Soy un puto viejo y los años no llegan solos.

Achaques

Los años no llegan solos, por fortuna los años no pasan en vano, se sigue siendo, en esencia, lo mismo que siempre se ha sido, pero, como todo, hay detalles, se tiene derecho a tenerlos; se ha visto mucho de muchas cosas, se han visto pocas de otras, a veces demasiado de ambas, y ambas rayan, pelan, amallagan, cositas que no faltan ni sobran, son cosas que ganan y, como todo lo ganado, se lleva con un aire digno, elegante, aquello que se hizo propio siempre se ve diferente.

Otro cantar sería entender a los 20 que no vale la pena simularse, las máscaras cuestan: oportunidades, momentos, futuros. Eso pensaba ahora que la veía a lo lejos, más vieja, más arrugada, más ella. Ramiro también era más Ramiro ahora de lo que lo fue en esa época, en parte era como era por haber sido menos él antes, por haber perdido, por haberlas perdido, no era solo ella, era tan solo uno de esos cabos sueltos que llevaba en su vida, debió haberla hecho más suya, más a su forma, no medir las distancias ni las apariencias, debió morderla tan fuerte como deseaba, debería haberla asfixiado como quería, nalgeado y someterla de la forma animal como lo deseaba, siempre le gustó el juego de ser un poco animal, nada extremo, nada muy extremo, le bastaba con la forma, aunque en el fondo siempre fue un amante tierno, grotesco pero tierno, pervertido pero tierno… con el tiempo aprendió a darle un poco más de libertad a lo primero y a solo insinuar lo segundo.

Ya no importaba, también había aprendido eso, que no importaba, que nada lo hacía, que el mundo no tenía un plan ni un norte, ni un mañana, tenía un hoy y un ahora, un café, una cerveza, una resaca, pero que perdía lo vivido y que no tenía lo deseado, el instante era lo único sagrado, complacer expectativas ajenas y desear un futuro sin vivir el presente, lo único profano; porque, al final de cuentas, lo único que importaba era si había valido la pena.

Ahora lo sabía y ahora que la veía eso era lo que le molestaba, hubiera valido la pena hacer las cosas diferente con ella, quizá esos habían sido los 5 centavos que les faltaron pal peso, arrebatarle las riendas y desafiar su mandato, quería ser mejor para ella, creía que ella merecía una mejor versión de él e intentándolo había perdido sin siquiera haber sido él mismo, viéndola pasar frente a él el pensamiento simplemente lo había agarrado con la guardia baja, un golpe a los riñones que lo sacudía, no era lo suficiente fuerte para arrojarlo a la lona, pero tampoco podía fingir indiferencia, lo había golpeado, había sentido, madurar es sentir, sentirse, así que no huía ni se movía, madurar no es esquivar, así que esperaba, aguantaba, mientras ella se acercaba caminando…

El ritmo cardíaco no le cambió, el corazón no se aceleraba ni corría, madurar es no perseguir ni ideas ni personas, así que cuando le pasó de lado no volteó a seguirla con la mirada, aunque había sentido el aroma que recordaba, aunque había recordado el sonido de su risa y de sus mimos, no giró, y no se preguntó si no le había visto, ni se fijó en sus nalgas, todo sale siempre de la mejor manera posible, de todas probabilidades nuestra realidad es solo la más probable, así que caminó, erguido, tranquilo y orgulloso.

Ella creyó verlo, ella creyó haber sentido su aroma, y giró un tanto desorientada, recordaba ese hombre que la había tocado con miedo de romperla, con más ternura que deseo, y su deseo, que era más fuerte que tierno, no pudo nunca hacer las paces con ese hombre que le había ofrecido casi todo lo que deseaba, menos la fuerza animal con la que le gustaba entregarse, no era su madre, ella no estaba para cuidar porcelanas, así que lo había dejado ahí en la lista de posibles, de casi, no recordaba del todo su rostro, solo sus ganas contenidas, su deseo incómodo, no volteó a verlo por miedo a reconocerlo, temerosa de voltear y que él no estuviera allí deseando verla, tal y como la había hecho sentir esa única noche.

La edad, pensó él, los años, pensó ella, tienen sus achaques, no aprender de los errores sin duda era uno de ellos y ambos buscaron en su celular, cabizbajos, el número estaba guardado, ambos estaban en línea…