Sin seguro

La única forma de saber si una puerta está cerrada es tocando.
“El flaco”

—¿No vas a echar llave? —le pregunta ella, desnuda en la silla, mientras se recuesta sobre su pecho. Y él piensa, con un pucho en la mano, con la cabeza borracha de orgasmo y un poco de vino…
—Es difícil animarse, juntar valor, hacer de tripas corazón y tocar una puerta. Es difícil, quizá porque aprendimos de niños que la vergüenza está en quedarse en frente. Aprendimos como acto reflejo que, cuando uno toca una puerta en la que no lo esperan, corre, lleno de adrenalina y de miedo, que ser descubierto acababa el juego y desencadenaba en el regaño.

Quizá lo sea porque crecimos acá, porque no es lo mismo crecer viendo cómo una puerta se trancaba con dos o tres seguros de llave y dos pasadores que bloqueaban cualquier intento del afuera, porque el afuera, al parecer, es peligroso. Porque crecimos pensando que en la noche, que en la oscuridad y la calle, deambulan patasolas, madremontes, sombrereros, curas sin cabeza y lloronas. Quizá sea porque, más tarde, entrados en años, aprendimos que había balas perdidas buscando gente inocente, y gente inocente con amigos culpables, y culpables con un hambre alimentada de envidia, envidia de los tenis que no podían tener y les decían que debían tener. Teniendo rabia de las ventanillas que se suben mientras ellos se la rebuscan, de los cambios de acera al cruzarlos caminando, caminando al único destino posible en su falta de visión: violar puertas, violar sueños, violar vidas para hacerse a esos tenis, a esa ropa, a esas cadenas, a esas chimbitas, a los bolsos que les gustan a las chimbitas, a esos hombres que huelen a dinero y no a sudor de pobre como sus hombres, a los que hablan raro pero bonito.

Quizá por eso trancamos las puertas, y también por eso es difícil abrirlas.

Eso pensaba el Flaco, un poco alicorado, en la sala de su casa, mientras pensaba si debía o no cerrar la puerta. Le era extraña la idea, aunque no las razones. Y aun así meditaba, dudaba. Él también era afuera, y no quería negar su calle. En muchas casas trancarían las puertas si me vieran a mí deambulando, aunque no sea patasola, ni madremonte, ni sombrerero, ni cura sin cabeza, ni llorona, ni culpable, ni puta, ni putamierda. Aunque sea solo un poco humo y un poco alcohol. Porque nos enseñaron a temerle al afuera, al otro, a dejarlo fuera…

Soy una casa de puertas abiertas, pensaba el Flaco. No me ocupa afán de dejar por fuera a nadie. Cuesta mucho tocar una puerta como para blindarla. Aquí hay café y muebles dispuestos para atender, libros que pueden ser prestados. No necesito de una puerta para demarcar un límite. En eso soy como un gato que se deja acariciar cuando a él le da la gana. El afuera puede entrar cuando quiera. Es mi gesto íntimo hacia la posibilidad: cuando entras por mi puerta te brindo lo que soy, lo que tengo, pero nada le pertenece, sobre nada tiene derecho. Una casa de puertas abiertas que cierra solo para que no salga el gato. Soy esa casa que no se oculta del afuera, lo celebra y lo reproduce un poco, que lo protege al no salir.

No cierro con llave, no encierro con llave. Valoro las libertades propias y ajenas, mucho más a las que se renuncia por voluntad, pero desprecio a los que imponen ausencias dictatoriales, los que prohíben. Aquí dentro se está a gusto, pero puedes irte cuando quieras, cuando gustes o cuando ya no te guste ni mi café, ni mis libros, cuando sientas que no soy lo que quieres tener dentro ni adentro de tu casa o de ti…

—No, no cierro la puerta. Me gusta ser una casa de puertas abiertas —le dice mientras besa su cuello y su clavícula, mientras le pellizca las tetas—, porque tú también eres libre de irte y yo no tengo derecho alguno a encerrarte.

La casa de los espejos

Las épocas cambian, las historias cambian, Mary lo sabía, y el negocio familiar lo resentía, ella había heredado de sus padres y ellos de sus abuelos el negocio del miedo, los  sustos, al comienzo fue fácil, cuando la gente leía imaginaba, se podía usar eso en su contra, la mitad del trabajo la hacía la ignorancia, sus tatarabuelos simplemente contaban historias, basta hablar en cada pueblo de criaturas extrañas, de hombre lobo, vampiros, chupacabras, del Sombrerón, la madre monte o de cualquier bruja, la gente tenía miedo de lo que desconocía y en su cabeza, esas palabras hacían eco y retumbaban, demasiado pueblo y demasiada misa, el mal personificado, el castigo de sus pecados.

Esos eran buenos tiempos, ahora la gente ha olvidado sus temores originales, ahora le temen a sus conversaciones, a su historial de búsqueda, sus demonios tienen otros nombres, Fomo, Ghosting… la última es curiosa ahora nadie le tiene miedo a que algo se aparezca sino a que se desaparezcan, la gente está loca, dice Mary mientras instala otro espejo y un parlante, habla sola, mientras que camina, habla pensando en sus padres, en su abuelo y su abuela, no habla, se queja… pero así va, de unidad en unidad, agregando humo y sonido a cada espejo.

Esta es su última idea, la última posibilidad de salvar el negocio de la familia es volver a lo básico, piensa mientras continúa haciendo los arreglos, los miedos deben venir de adentro, afuera nada asusta, lo artificial no arrebata el sueño, sorprende sí, genera adrenalina, pero no te hace pensar ni cuestionar nada, no te hace dudar de la realidad, el sobresalto se supera con facilidad, pero los miedos deben atormentarte, consumirte, sabes mamá, dice para sí misma mientras trabaja, la agente ya no entiende la diferencia entre una emoción fuerte y el miedo, creen que aman el terror, pero lo que les gusta es la adrenalina, solo que la mayoría son demasiado cobardes para intentar el paracaidismo o el salto en caída libre, buscan un reemplazo que se los brinde, pero no respetan el concepto del miedo, evitan confrontarse así mismo, ver el monstruo que llevan dentro, el abuelo sabía bien que para asustar realmente a alguien se necesitaba cierta complicidad, cierta aceptación de lo que iba a suceder, una historia en la que cada persona pudiera reconocerse tanto en la presa como en el predador, en el científico loco y el monstruo carente de afecto, entre la virgen y el vampiro, entre la soledad y el deseo de ser amado, entre poseer la fuerza bruta para partir en dos a un ser humano y el miedo de ser ese ser humano…

Pero el negocio debe continuar, se dijo a sí misma y siguió instalando uno a uno los parlantes en cada unidad, convencida de que el miedo era necesario, ese pensamiento la había consumido en los últimos año, se había planteado de si su relación con él era lo que la motivaba a que los demás lo sintieran, quizá era solo una venganza personal, quizá si ella tenía miedo de perder su propósito era injusto que las demás personas vivieran sin esos miedos, quizá porque nadie había entendido nunca la esquizofrenia que había llevado a sus padres al suicidio ni a sus abuelos al manicomio, quizá todo este plan validaba su autodiagnóstico, seguía viva porque en ella la locura era discreta, una sociopatía simple, una falta de empatía y emociones que le permitía continuar con su obsesión, pero quería compartirla, expandirla, quería ver los rostros desfigurados por la angustia, palidecer, quería ver el sudor en sus rostros y con esa imagen en su mente iba estación por estación agregando parlantes a cada una, convencida de que iba a funcionar, de que había descubierto un miedo real para una generación llena de mentiras, algo de lo que no podrían correr, ni refugiarse de nuevo.

Durante meses había estudiado a sus vecinos, recopilado las historias que sobre ellos se decían, generado teoría y rumores que se expandían lentamente pero que para esta altura del año ya sin duda alguna cada uno de ellos debía haber escuchado al menos una vez, era simple, ellos mismos, sus inseguridades devaladas, cada uno llevándose a casa una imagen de la que nunca podrían liberarse, un reflejo que se encontrarían cada día frente al espejo.

Sonrió mordiéndose los labios, la idea la excitaba, tecleó en el letrero luminoso: Función de terror en la casa de los espejos, única función.

Platos rotos

Lo más irónico es que esto le pase a él, decía mientras veía a lo lejos a Arturo, sentado intranquilo sobre la camilla, nunca lo había visto así, tan ausente, los reflejos estaban, golpeaba en la rodilla y se movía su pierna, tocaba su frente y parpadeaba, lo involuntario, cualquier reacción no mediada esta presente, en su cuerpo, en sus terminaciones nerviosas no había nada malo, pero él no parecía estarlo, estaba aturdido pero en alguien como él era extraño, era rápido, dentro y fuera del ring, sus respuestas llegaban a tiempo, bloqueaba bien, atacaba bien, respondía bien, sus ojos solían ser mucho más rápidos, pero hoy, hoy mientras le vendaba las manos, lo notaba diferente.

—Arturo, rey, estás bien, como parte de su equipo era importante saberlo, —Rey bebiste ayer, fumaste algo antes de venir —era incómodo, sé que no le gusta que le pregunten esas cosas, lo aprendí con los años, pero no tenía de otra, o lo despertaba aquí y ahora o lo despertaban o lo dormían a golpes sobre la lona. La mirada era un derechazo, rápido, directo, un mazazo, no habló pero era fácil entender lo que decía —No me toqués los huevos, claro. No tenía ningún viaje, tampoco estaba mareado, era peor, peor para él y para su contrincante, tenía rabia, estaba fúrico, la rabia es más peligrosa que el alcohol la droga, la rabia ciega, prefiero el miedo, como parte de su equipo prefiero cuando tiene miedo, el miedo te hace listo, la rabia te hace imprudente, el miedo te hace estar alerta, la rabia viola cualquier idea sensata, sodomiza cualquier impulso racional.

Estamos en problemas, se levanta rápido de la camilla y camina de un lado al otro, balbucea, aprieta la quijada, aprieta las manos recién vendadas, quiere tener algo en frente, algo o alguien, necesita una catarsis o una revancha, pero no dentro del cuadrilátero, Conoce al bizco López hace mucho, son amigos, profesionales, saben que los golpes son parte del oficio, nada para llevarse a casa, pero hoy podría ser diferente, el bizco no tiene la culpa, pero el Rey no tiene la cabeza en su lugar, si se descuida puede que pierda incluso la corona.

Se nota, se nota a legua que algo lo tiene mal, justo el día de la pelea, el equilibrio alrededor de algo tan grande termina en vilo por alguna tontería, un mesero maleducado, una recepcionista desconsiderada, algún taxista terco, qué fácil es echarlo todo a perder, qué fácil es hacer que alguien pierda fuera del ring, va a entrar a ahí como mucho hemos deseado a veces, simplemente con el ánimo de demostrar que nada puedo tumbarnos, que somos invencibles, más grandes que nuestras aflicciones, con las ganas de convertir la frustración, en jabs, las lágrimas en ganchos, los gritos en golpes al cuerpo, quiere castigar a todos menos al Bizco a su nuevo manager quizá, a su antiguo entrenador, tiene mucha rabia dentro, y muy pronto pagará la consecuencias, des pues de dos o tres golpes perderá el ritmo del ataque, perderá de vista la técnica, el juego de piernas, después de dos o tres golpes se sacudirá la ceguera y será demasiado tarde.

Pienso mientras que camino de un lado a otro viendo como Arturo se pasea intranquilo, sin calentar, sin hacer sparring con su sombra, sino simplemente atacando a sus recuerdos, tensando la quijada, mordiéndose la boca, debe estar ya llena de sangre, al menos de su sabor, mala cosa, ni siquiera sabrá cuando el protector lo haya lastimado…

Su intranquilidad me intranquiliza, me hace pensar en todo lo que no va bien, maldita sea esto era lo único que iba bien, necesitaba esto, pero todo suele arruinarse, salgo del camerino para tranquilizarme, pero estoy nervioso, la presión en el pecho regresa, las ganas de llorar, la ausencia de ella se hace presente, el silencio de los demás hace el eco perfecto, no estoy cómodo, no estoy tranquilo, me abruma, me abruma todo, lo entiendo, entiendo a Arturo, estoy también a un paso de hacer lo mismo, de no ser yo mismo, no puedo, no debo, tengo que recuperar el centro, pero es tan difícil, camino sin ver por donde voy, sin prestar atención a mis pasos, no veo cuando viene el referí, no veo tampoco que tiene un café que más caliente hierve, no veo y tropezamos, el grito me saca del tranza, el calor en cambio sumerge al juez en uno, me mira, mira los colores en mi camisa y resopla como un caballo… deja mi mano extendida y se va, no será un combate justo, Arturo pagará los paltos rotos.

Descenso

El tiempo se lleva todo, siempre gana, eso decía el flaco cuando estaban en el colegio, un compañero suyo que lo único que ganaba era filosofía, era buen tipo pero demasiada cabeza para todo, y cuando se piensa mucho se hace poco, eso decía él, ese había sido su lema, su vida, su  carrera, ser así, un poco imprudente, lo había convertido a temprana edad en una promesa del downhill, tenía buena técnica, y parecía no tener mucho miedo, también mucha práctica, el resto comienza a practicar a las 14 o 15 años, pero para David, la vida misma era un entrenamiento, a los 8 que aprendió a montar cicla aprendió que para salir de su barrio tenía que descender, pasó sin darse cuenta de las rueditas de entrenamiento a pararse en los pedales y bajar escalas empinadas, trochas y zanjas porque eso era lo que había que bajar para poder salir, por eso cuando decían que tenía un talento natural, la gente no se equivocaba del todo, en su primera clase se notaba que iba al acecho, tenía una postura agresiva, se abalanzaba sobre las pendientes y evitaba los chicken way, siempre iba por los obstáculos y los atacaba sin pensarlo dos veces, lo que para los demás era una opción, para él era simplemente familiar.

Pero con el tiempo, se hizo lento, seguía siendo agresivo, pero ahora calculaba más, y a veces dudaba, sus tiempos no eran malos, pero ya no fijaba nuevas marcas y para colma de males, algunas de ellas empezaban a ser superadas. Venían mejores, podía sentirlos cerca y por primera vez sentía ese miedo sin adrenalina, no el otro, no el de peligro inminente, no el de la muerte saludando en una curva o un jardín de piedras, el miedo de no ser suficiente, ese que había hecho sentir a toda una generación al pasarles de largo en los entrenamientos y las competencias, ahora era él, y entonces empezó a recordar al flaco, el tiempo se lleva todo, siempre gana… puto flaco.

Eran vacaciones, estaba en Tigre, Argentina, visitaba un parque de diversiones, una atracción de esas que te meten en los planes de viajes, de esos planes de viajes que te arman para darte una degustación de todo y nada a probar, esos que te incluyen un paseo en bus por la ciudad, dos o tres restaurantes, un teatro, entradas a estadios, de esos que hacen al turista más turista y menos aventurero… la puta madre pensó, cada vez me parezco más a ellas, revisó su manilla escaneando el código QR que tenía y descubrió que había una sola atracción fuera de su pase, una que no la cubría, y sintió ese deseo, esa provocación con la que antes veía las rampas, las escaleras, sintió ese deseo de brincar.

Mientras lo preparaban empezó a sentir algo diferente, acostado como una ballena sobre una lona y atado a un cable flexible, comenzó a ser arrastrado hacia arriba, subía y subía y subía, no podía creer lo alto que estaba, nunca había pensado realmente en las alturas, cuando volaba nunca tenía ventanilla, y en los hoteles nunca pasaba del 5 o 6 piso, jamás se había sentido tan arriba, ni en los teleféricos donde solían llevarlo a los puntos de partida porque en esos momentos pensaba en el descenso y no era del todo consciente, pero ahí, ahí  donde estaba mientras subía no tenía nada en que refugiarse, por primera vez no tenía una excusa ni un objetivo, estaba solo en lo más alto, y de repente el intercomunicador lo despertó de su pensamiento.

—A la cuenta de tres liberás el arnés, entendido

—Sí, solo deme un minuto, quiero disfrutar un poco la vista dijo

—Tiene 30 segundos, hay otros clientes esperando su turno, —dijo una voz bastante molesta, y hubo silencio

Allá arriba volvió a pensar en lo que decía el flaco cuando estaban en el colegio, el tiempo se lleva todo, también ese pequeño momento de júbilo y nervios, puto flaco pensó, el tipo era un genio, sabía desde mucho antes que pasara que sus tiempos pasarían, por eso nunca se emocionaba mucho con nada, lo disfrutaba, pero no se enganchaba, sabía vivirlo sin depender de nada, iba y eso era suficiente.

—Tres, dos, uno —Dijo la voz desde el intercomunicador y él tiró fuerte de la línea que removía el pasador para liberarlo del arnés, y entonces comenzó la caída y gritó, gritó sus rabias, sus victorias, sus miedos, sus marcas, sus días pasados y su futuro lento, grito hasta perder la voz, con cada grosería que conocía, cada que el movimiento lo llevaba hasta arriba, volvía a sentir ese vacío en la boca del estómago, ese dolor en el pecho, esa ausencia de gravedad que lo dejaba inútil y expuesto y gritaba, entonces sí gritaba de miedo, aterrado, gritaba como lloran los que aprovecha cuando cortan cebolla para llorar por todo lo que no han llorado, así gritaba él porque el tiempo se iba y lo dejaba solo, como gritan los niños cuando quieren algo y no comprenden que no hay dinero para comprarlo, en una pataleta histriónica y lamentable, disfrazada de emoción para todos los demás, pero sabiendo lo que hacía, entendiendo que el segundero le había pasado de largo hace un par de vueltas y tenía que aceptarlo, también él le llegaba su tiempo.

Interrupciones

La vida pasa entre peque

re pequeños momentos casi imperceptibles, se abre paso como una gotera entre los horarios y las responsabilidades, agrieta la cotidianidad y reclama un espacio para ella, porque la vida pasa incluso cuando uno no está preparado.

Alberto era consciente de eso, le gustaba pensar que lo era, que era consciente de todo, incluso de que, en su control, en su inmenso poder, el azar lo gobernaba todo, era controlador aéreo por sus manos pasaban cada día entre 50 y 100 vuelos al día, cada uno con capacidad mínima para 100 personas, e incluso con ese inmenso poder, con tantas vidas entre sus manos sabía lo insignificante que era, lo minúscula de su existencia.

Sentirse diminuto era la forma como había encontrado para manejar el estrés que puede ocasionar su profesión, y para recordárselo sobre el tablero de control en la torre de operaciones habían hecho pintar un mural de constelaciones, un cúmulo de estrellas, para los demás controladores incluso para él al comienzo era solo un recordatorio de los primeros instrumentos de control, inspiración si se quiere ver de esa manera, pero mientras lo pintaban se había acercado a uno de los artistas y le había preguntado al verlo perdido en su obra -¿todo bien maestro?, ¿todo en orden?

-Me abruma

-Lo abruma, le preguntó Alberto

-Sí, es inmenso, me gusta un poco la astronomía y entre más aprendo, más me inquieta, es un poco como leer a Love Craft a sus dioses antiguos a Cthulhu, es enloquecer un poco ¿no cree?, en esta pequeña representación, en esta diminuta fracción del espacio que estamos pintando, la tierra no es más grande que esta moneda, le dijo, y en esta moneda estamos todos nosotros, los aviones que usted dirige, las pirámides, la gran muralla china y para el universo, nada de eso importa, por eso me abruma me entiende, sé que soy insignificante, pero al ver esta pintura es mucho peor, confirmo siempre que veo imágenes así que al universo le soy indiferente, bueno le somos, y disculpe la franqueza, pero ni usted ni yo le importamos algo al mundo.

Desde ese día, el estrés de su trabajo había disminuido, pero también su interés y su tolerancia a los idiotas, por eso de vez en cuando abría un su canal de comunicaciones e invadía la frecuencia de los audífonos Bluethooth y les recordaba por un par de segundos a los cerdos engreídos que su vida podía terminar en un segundo…

May day, may day, torre de control a 9351, vuela muy bajo, desaparece del radar, may day may day, reporte su problema a torre de control…

Nunca estuvo presente para ver las caras pálidas durante los breves segundos en que su canal de comunicación les llegaba como un balde de agua fría a interrumpirles su día y su vida con un mensaje claro… no sos nada, recordándoles que la vida pasa incluso cuando ellos no quieren.

Títulos

Nacieron con los nobles, para denominar su posición y su valor, para diferenciar a los hombres, para separarlo incluso de su nombre, quien ostenta un título, es a menudo despojado de su propia personalidad, carece de libertad y de esperanza.

Con el tiempo dijo él mirándola a lo lejos, luego migraron, se transformaron, quienes más lo entendían o lo entienden son las sociedades tribales, allí te ganas tu nombre, tus proezas, tus características, la noche en que naciste, la forma en qué naciste… el nombre es una consecuencia, en las sociedades civilizadas es más un deseo, una imposición al destino, una demanda ridícula a la historia, incluso una usurpación, ahí van Facundos, nombrados así por cantantes, Pablos que no saben ni agarrar un pincel, Alejandros que no conquistan ni en una orgía…

Luego cambiaron más, llegaron para reivindicarnos los apodos, abreviaciones, asociaciones, narrativas propias que nos permiten apropiarnos de lo ajeno, él tiene nombre, dicen las mamás atormentadas, no le diga así, yo ya lo he nombrado, dicen ellas autoritarias, pero sus nombres no importan, no tienen peso, son nomenclatura vacía.

Los amigos, los amantes, nombran y dan vida y significado, se apropian de algo nuestro, de una forma de ser de la que muchas veces ellos son evocadores, hay a quienes incluso en su propia casa ya no se les reconoce por su nombre, su apodo es más sonoro, tiene fuerza, sonoridad…

Dio una calada larga mientras la miraba fijamente a lo lejos, sus labios rojos, sus ojos pequeños, su tez pálida, sus tatuajes… agitó su vaso, olió su escoses, como un oráculo mirando al cielo, ella por ejemplo no se llama Margarita, no es mía bajo ese nombre, ella es una copa de vino, una damita, una boquita coqueta, pero no Margarita, ella es RedVelvet, Primavera… no una flor más.

—Y ella lo sabe, preguntó por fin uno de los que disfrutaba la conversación, —No, no todavía, quizá nunca lo sepa, pero es un arrebolito, un verdemar, una alegoría estética, ella es orgasmo y ganas, ella es, podría llegar a ser.

Quizá no lo sepa, repitió y entonces yo seré cobarde, miedoso, pureta, fracasado, quién sabe, yo confirmaré muchas dudas ya en mí depositadas y tampoco seré las posibilidades que su boca me brinda, ni el hablador, ni el profe, ni el relator, no contaré nada, así que tampoco seré el cuentero, mis títulos no serán nobles sino condenatorios, una lápida caminante con la palabra: Miedoso

—Y por qué no le dices

—Evitando el miedo al rechazo como factor obvio, también está la adicción a lo probable, el juego de lo azaroso, el gato de Schrödinger, que es y no es, el que recibe el coqueteo, al que tientan y al que intentar tentar.

Quizá porque sigo disfrutando de la posibilidad de que ella sea, más que de la seguridad que traiga con ella su voz, de ser o no ser, tenía razón el inglés, esa parece ser la cuestión, qué titulo ostentar, que ganarse o qué perder.

—Estás cagado del susto

—Sí, por lo menos por otro par de escoses así será.

Un poco de todo

La clase comenzó puntual como lo habían advertido. Era aterrador el escenario, pasó al frente de todos, una hoja como escudo, y la vida escrita en ella, el dolor, el miedo, uno a uno leían con la garganta cerrada y con el miedo en los ojos. Había de todo, desde lo normal hasta lo extraordinario y en medio de ese pánico cinematográfico, de esa tensión consciente que genera conocer la lista, sabía que se acercaba mi turno, y lento pero preciso el tiempo correría hasta alcanzar mi apellido; allí no habría escapatoria.

Y entonces sucedió, mi apellido resonó fuerte. Me levanté temblando y caminé deseando haber omitido algunas frases, deseando haber escrito algo más, haberles contado sobre cómo fantaseaba con alguien, o hablarles de mi primer viaje, no debí abrir esta puerta, no quiero que nadie se asome, que nadie lo lea, ni mucho menos leerlo, quiero recuperar mi privacidad; pero es tarde, estoy ya frente al grupo y mi voz ya ha empezado a narrar:

El 20 de julio de 2016 Leila Guerrero escribió «¿Les pasa?» Una pregunta que se respondía a sí misma, una conversación silenciosa con la que puedo asentir en silencio.  —Contantemente, Leila, constantemente. Quisiera conocerla para decirle sí me pasa. Quisiera tenerla en frente para decirle algo que ella seguramente ya sabía incluso antes de escribir, que no estaba sola y había un montón de gente sintiéndose igual, adolorida, con más anzuelos clavados en el corazón, que su pregunta intencional y subversiva no solo iba a entrar a confirmar un estado sino a explicar un montón de cosas para mi vida, en especial que estaba bien.

Quizá la pregunta nunca fue para sí misma, quizá era para los demás, para los que estábamos frente a la pantalla, de espaldas al mundo. Quizá fuera para nosotros, la hoja temblaba en mis manos, estoy contando demasiado, sabrán de mi soledad y mi dolor, están viéndome todo, no me siento empelota, no, me siento traslúcido, no solo ven dentro, ven a través, pienso mientras leo, creo que piensan mientras cuento.

Hay silencio, mucho silencio. Seguro no me oyen, seguro se aburren, seguro piensan en alguien más, en algo más, seguro no están aquí conmigo sufriendo este momento tenso, los otros textos han sido superficiales, anécdotas divertidas, adolescentes enfrentando su desamor, su insomnio, despechos juveniles, dolorosos, pero nada trascendentales. Y a mí viene y me da por hablar de que nada está bien, aunque todo esté bien, de esos días donde todo me hastía, de esos momentos en los que yo me pierdo, de ese silencio que aturde, de ese espasmo emocional que me contrae las ganas. Por qué, por qué.

Continúo leyendo, y hablo sobre como me gustaría ver a Leila a los ojos y ver mi reflejo en ellos, sentirme parte de ella como cuando la leí por primera vez, como cuando asentí entre lágrimas y le dije sí, sí me pasa, a una pantalla, como cuando vi el día pasar recordando que un día, un 26 de julio de 2017 leí por primera vez a Leila y nunca pude dejar sus palabras, que siguen allí, atravesadas en el corazón junto al anzuelo que me la recuerda, junto a la vida que pasa sin a veces tocarme. Sí Leila, a mí me pasó, a mí no ha dejado de pasarme.

Escucho aplausos, es mi profesor, me mira riendo. He sufrido, lo sabe, le gusta, sádico hijo de perra.

Corotos

Joe era un muñeco de plástico que tenía una camisa polo amarilla, cabello castaño y un jean azul. Andrés lo recordaba con el cariño que se suele tener por aquellas cosas inventadas, por esas a las que se les controla todo, la historia, el futuro. Joe no era realmente un GI.Joe, para Andrés era evidente que no, tenía ropa de civil como la de su padre; quizá fue eso, nunca podría ver a su papá en un traje de comando, o que la camisa mostaza de Duke guardara cierta similitud en tonalidad y forma con la camisa de su muñeco y la de él. Allí, lo mejor de ambos. Su héroe de acción, y el hombre fuerte y tierno que podía a su voluntad bajar y subir su bicicleta tres pisos todo el día, repararla; el hombre que inflaba globos sin marearse y silbar como un huracán usando solo sus manos.

Lo recordaba justo hoy que había escuchado una expresión que su padre solía utilizar: recoja sus corotos. Se la decía cuando dejaba sus juguetes por ahí regados, la ropa en el lugar que no era. Tenía una sonoridad que le gustaba, corotos, servía para designar ropa, juegos, juguetes. -Corotos-, pensaba y le causaba cierta gracia, precisamente con sus muñecos era con lo que más la oía.

Habían pasado muchos años y esa imagen se había disuelto, pero recordarla hoy le hacía bien, hoy pensaba en su padre en su mejor momento, hoy pensaba en su padre y lo recordaba fuerte e invencible, y eso le hacía bien. Ese hombre había vivido siempre con una sonrisa; sabía ahora que muchas veces esa sonrisa era falsa, que era solo para tranquilizarlo, que su padre sentía miedo, zozobra, pánico, hambre, que había llorado, que nada estuvo nunca bien, aunque él nunca lo había sabido.

Le venía bien el recuerdo y empacaba con una sonrisa y sin notarlo, tranquilo, con una calma ajena a la situación. Los que lo veían a la distancia pensarían que tenía todo solucionado, que no necesitaba el trabajo, o que ya tenía una oferta de algún lado; pero Andrés no tenía ni idea de que iba a hacer, sin embargo, había entendido que nadie nunca lo había sabido. Y cuando escuchó: —¡Es una orden López, y si no le gusta pues coja sus corotos y lárguese con su metodología y procesos a otro lado!, pensó que su vida se acababa, creyó que sería difícil mirar a los ojos a sus amigos, a su mujer, creyó que hasta el gato lo miraría con una reprobación mayor a la cotidiana. Pero no, nadie, absolutamente nadie podría decirle nada, ni siquiera Joe; curiosamente hoy vestía una polo amarilla, un jean, como él, tal y como lo hacía su padre. Al igual que ellos sabía que pasaría lo que tuviera que pasar, pero que él estaría de su lado, el mundo puede estar en contra, es más, el mundo lo estaba, pero no él.

Agendas, calculadoras, algunos elementos de decoración iban entrando a su caja de cartón. Fotos, cables -todo sonriendo- abre los cajones y empaca sus libros, sus ideas, sus benditos papelitos llenos de rayones, sus juegos. Sonríe y tiene la mirada alta.

El jefe pasa, ve lo que pasa y no lo cree. ¿Todavía está acá, López? Grita al sentirse desafiado, al sentir la correa suelta, a López libre.

— Sí, tengo muchos corotos, dijo. Y continuó guardando recuerdos. Sin inmutarse por el presente.

Al final del túnel

Con solo 5 años, Gustavo escuchó: —Al final del túnel se ve una luz y después de la luz, la muerte. Hablaban dos amigas de su mamá con una naturalidad desobligante frente a su ingenuidad. Un niño cree en los reyes o en papá Noel, incluso hay algunos que creen en un palo que caga regalos; y ni hablar de los mitos, leyendas o de la facilidad con la que aceptan otras mentiras menos coloridas, como la de que ver la televisión de cerca, deja los ojos cuadrados, o que practicar la meditación y autocontemplación conlleva a que las palmas de las manos se cubran de vellos. Y sabiendo, pero sin ser conscientes de que esa ingenuidad crédula las escuchaba, continuaron hablando e inventando a ritmo de chisme, que en ese túnel se veía toda la vida frente a los ojos, que Jaime, el guapo del pueblo, había dicho mientras se moría en las manos de Rosita, la muchacha de moral distraída, que había visto todo, pero no solo su vida sino todo mientras se moría.

Y cada que una terminaba la otra decía sí sí. —Yo supe también por Carlota, la sobrina del cura, que él cuando va a darle los santos óleos a los moribundos, siempre hablan del túnel, de la oscuridad que los rodea, de cómo todo se queda en silencio y se quedan asolas con sus pensamientos, y empiezan a recordar sus momentos felices, su vida de niños, los regalos, los abrazos, lo cuentan todo todito, se arrepienten, lloran.

Gustavo escuchaba con los ojos bien abiertos. Porque los niños impresionables no escuchan solo con las orejas sino con los ojos, los abren, tan grandes como pueden porque en cada palabra escuchada imaginan, construyen una realidad donde existe de manera diferente eso a lo que se ha expuesto; diferente, porque no entienden las metáforas ni las ironías, porque detectan las mentiras no la exageración. Él no comprende que esas dos viejas están inventando y mezclando todas las historias que han escuchado, no se imaginan que nada de lo que han dicho no es más que una anécdota, él escucha y crea un universo donde todo existe tal y como lo comprende.

La madre no lo sabe. Gloria no se ha enterado de que Estela y Jimena hablaron frente a Gustavo del fin de la vida, del túnel y de la luz, no ha tenido tiempo para desmentirlas y explicarle, ella no se imagina que Gustavo a sus 5 años piensa ya en la muerte, y no como algo que sucede como una consecuencia final ante un evento traumático, una enfermedad o el paso del tiempo. Gustavo no tiene la suficiente consciencia para entender que la muerte no llega de repente, sino que se anuncia, se enuncia, que tiene síntomas, que la muerte es un casino donde todos pierden, que no es cuestión de suerte, sino de probabilidades, y que a sus 5 años ni siquiera la muerte lo tiene muy en cuenta, no desde que casi erradicaron el polio, y desde que se inventaron las vacunas, que la tasa de mortalidad infantil en niños de 5 años es insignificante. Ella no lo sabe, por eso va feliz a decirle a Gustavo que haga sus maletas, que viajan al medio día, que van a conocer el mar.

El mar, la palabra retumba en su cabeza. Lo ha visto en películas, en fotos, los colores azul y verde se extienden, Gustavo sonríe, está emocionado, corre, empaca todo, y no puede creer en su suerte. El mar. Escucha las olas en su cabeza como las ha escuchado en el televisor, y corre de la mano de su madre a la calle del pueblo por donde pasará el bus, se montan emocionados, entregan sus tiquetes, y sonríe, la madre va mostrándole todo.

Mira el cerro, la sierra, mira las vacas, el río, mira la moto el carro, y con cada señalamiento ríe, juega, se alegra. —Mira, vine el túnel…