Retazos

Javier le golpea el brazo a Santiago y le señala con la boca hacia dónde mirar. Javier tiene los ojos y la boca abiertos y la mira con asombro. Santiago sigue la instrucción y, cuando la mira, la mira con escepticismo.

—Es perfecta —dice Javier.

—Parece bella —responde Santiago—, pero luce intacta.

Aunque sabe poco, intuye algo cierto y continúa:

—Nada bello lo está, lo bello viene del daño, del dolor, lo bello es una herida supurante y latente, es una rabia, una angustia, es el miedo agigantado y poderoso que acorrala a un niño hasta hacerlo orinar dándole vida a una silla con ropa en la oscuridad, petrificándolo; lo bello es violento, muerde y araña, lo bello es blasfemo y arrogante, lo bello es arte y ella no tiene eso, ella parece réplica de lo que le han dicho que es, pero nada la atraviesa y tiene la mirada vacía sin intención alguna, barro más que arcilla y silencio más que partitura.

Javier niega con la cabeza y traga saliva porque la mirada de ella se dirige hacia donde están los dos sentados, al otro lado de la plazoleta de la U, pero ella no los mira, los ve, pero no los mira. Santiago lo nota.

—Ella ve dos bultos, Javi, nos atraviesa como todo lo que no cumple el canon estético que la rige, nos desplaza con ausencia como todo lo que le parece insuficiente, para ella el otro le es extraño, no conoce nada fuera de sus colores, no cuestiona, no increpa, descarta con una facilidad casi propia, aunque sea prestada y no sepa siquiera quién se la prestó, ella no sabe de qué está hecha, no ha tomado una decisión propia en su vida, no se ha montado en un bus, ni completado un pasaje, no se ha montado nunca por la de atrás ni le han faltado dos monedas… ella guarda silencio ante sí misma y desconoce su propia voz, parece indiferente, pero no puede serlo, la indiferencia es una decisión, ella no toma decisiones, güevón, no nos mira porque no sabe vernos, estamos en otra dimensión por fuera de las suyas, detecta nuestro volumen, ancho y largo, pero ella no puede ver la pobreza, piensa que vos y yo somos pobres porque queremos y que nos bañamos con jabón de olor a mandarina porque nos gusta el olor…

Javi no quiere creerlo, pero sabe que Santiago sabe de lo que habla. Él lo sabe con solo verla.

—Es casi real —le dice—, casi, y ese casi es quizá lo único vulnerable, quizá ella lo sabe, quizá lo nota, cuando se mira en el reflejo de un espejo puede que vea que ella no está ahí del todo, no realmente, que hay un objeto frente al espejo, pero que nada llena la imagen que proyecta la refracción, que no sabe de qué está hecha, pero tampoco puede construir la idea, solo tiene la sensación del vacío, intentará orar como le han dicho que debe hacerlo porque siente que su deidad puede colmar esa ausencia… aunque no pueda, aunque no exista, la idea de que lo haga la reconforta, la idea de que su voluntad y gracia puedan llenarla, su soplo avivarla, la reconforta, de la misma forma en que lo hacía el Ratón Pérez, los Reyes Magos y el Niño Dios, que siempre fue mejor que Papá Noel con los regalos… bueno, para nosotros; para ella puede que siempre haya sido Santa Claus, aunque al preferirlo no actúe acorde con lo que dice creer.

Egoísta es, cínica es, aunque no se reconoce como tal, lo que la hace humana le molesta, aunque acepta citas en las que no está interesada solo por recibir comida y atención sin tomar en consideración el esfuerzo de quien la pretende ni la idea de conectar con quien la escucha… eso que la llenaría de vida al llenarla de una naturaleza violenta y ventajosa, eso lo desconoce, actúa, sonríe, asimétrica en su entrega como una receta de arroz: una migaja por dos de agua brinda a quien la rodea, quien le parece aceptable, pero por quien no se preocupa realmente.

—Tenés que tener cuidado, güevón —le explica Santi a Javi—. Ella se considera hecha y derecha, obvio, de derecha, de las buenas costumbres, de la fe y la razón… En eso, ateos y teístas suelen ser muy similares: en dejar que su creencia los defina, en atacar a la contraparte un poco como peces betta o hinchas de fútbol, el del frente, aunque es idéntico, no lo reconocen como tal y entonces lo atacan, se atacan, a costa de su propia vida… si ella llegara a verte un día peinado y perfumado, bien vestido y lavado, quizá te repararía, pero así, con esta pinta y olor a profesor de filosofía o a punkero enguayabado, nunca; ella no busca quien la haga dudar de ser quien es, quien la haga sentir individuo al separarla de su comunidad.

—Se va a ir —le dice Javi con una voz agónica.

Y la ve levantarse y avanzar y cuando se levanta es como si no llevara nada a cuestas, ni el polvo se le pega, y Javier, enamoradizo como siempre, se muerde la boca y se rasca el dedo gordo de la mano con la uña del dedo índice y ansioso la ve partir sin tener nada que la haga recordarlo, mientras que Santi la ve hacer lo mismo sin nada que lo haga recordarla, ni una sola seña ni una sola huella; recordará, sin embargo, la sensación de haber visto otra obra terminada de una línea de producción perfecta y aceitada. La recordará como un síntoma de esos que encuentra en cada esquina, mientras que Javi la recordará por siempre como una enfermedad terminal, de esas que crecen y ocupan cada vez más espacio.

—Ella no tiene nada de sus abuelos —le dice a Javi—, es de esas que ha olvidado u omitido todo sacrificio de sus padres y desconoce la historia de las calles que recorre, tiene cicatrices de heridas que ya no recuerda, ella es como una marca de vacuna contra la tuberculosis: permanente y arrugada pero olvidada, vive como un pez en el mar, en medio de un colectivo que la valida aunque no sepa reconocerse como una suma de reacciones, ella se cree única, sabiendo que, al igual que vos y yo, es una colchita de retazos… despertá, güevón, vos solo la querés por antojao, porque te han dicho que la dicha viene de la mano de chulitos en los tenis, de diamantes en las orejas, de comidas fuera de cocas plásticas… y cuando por fin ella se va, ellos se quedan recogiendo los pedacitos.

Antojos

David espera recostado en un muro el servicio de moto que ha pedido; está cansado, el día ha sido largo y aún no termina. No quiere filas, no quiere tumultos, no está para soportar el sudor de otros ni el olor de otros que también han tenido un día largo. No está de buenas pulgas, no tiene cómo aguantar y, aunque la plata no le sobra, por el contrario, escasea, hoy merece algo más: llegar temprano al barrio, a la tienda, y tomarse un par de cervezas que tendrá que pedir fiadas, y sentarse a disfrutar del partido. No es mucho lo que quiere, y tener que hacerlo todo pidiéndole prestado al futuro es algo que le molesta, aunque no lo sabe, no sabe expresar la sensación que lo recorre, ese enojo, ese vacío que solo se le irá cuando una cerveza fría le baje la bronca.

Ve pasar a la gente mientras mira su celular, ve pasar los carros y los tumultos en los paraderos; de ese abismo los abstrae un ruido atronador, un resonador que hace que todas las caras se levanten: una moto que grita: “cuidado, hombre con pene pequeño al volante”. Alza la vista y todo en la moto grita, no es solo el escape modificado, es el tanque morado, el carenaje plateado, es el casco naranja lleno de calcas reflectivas y también… la mujer que la maneja.

Daniela está tatuada de manera inconsistente, diferentes estilos, diferentes patrones, rosas, palabras tribales, clásico americano; es atípica en casi todo, es alta y grande, una mujer que impone. Daniela no es consciente, pero no se mide, es rebelde y no le carga agua a nadie. Su piel y sus facciones, al igual que sus tatuajes, son una mezcla criolla imposible de pasar por alto, tiene porte, tiene agallas y tiene algo de estrafalario cuando sonríe, cuando habla y cuando se mueve, algo de lo que tampoco es consciente, pero que intuye; adonde va sabe que la ven, que hay ojos que la juzgan, que la descubren y la desnudan, ojos que se confunden y que se pierden, ojos adonde va, adonde llega, esa sensación punzante que uno a veces tiene, ella la mantiene.

David está acostumbrado a no levantar la cabeza, a permanecer en silencio y evitar la atención, y se asusta y revisa la aplicación: es su moto, su servicio, esa mujer tiene las piernas grandes, las manos tatuadas, unos ojos sonrientes y una actitud escandalosa; lo intuye porque ella ni siquiera lo ha visto, pero él no puede dejar de verla, él ni nadie. Ella se arrima a la acera y él se acerca a ella.

—¿David? —le pregunta.

—Buenas noches, Daniela —le dice él, como quien asiente con esa incapacidad de responder de manera directa lo que le preguntan, con esa forma suya de hacer sentir fuera de lugar al otro, de la cual no se da cuenta.

Al montarse, David nota que no solo las piernas son grandes, Daniela tiene unas nalgas sobre las que podría caminar si se lo propusiera, y al sentarse queda demasiado cerca de ellas. Tiene miedo de tener una erección y, al mismo tiempo, de no tenerla, de que su deseo se haga evidente o de que no se note, está entre la espada y la pared, o entre la parrilla y las nalgas de Daniela, y la sensación lo aturde y al mismo tiempo le encanta.

Ella lo siente cerca, sonríe, sabe, porque se lo han dicho otros menos cobardes que él, que debe estar nervioso sintiendo su carne, su temperatura tan cerca, sabe que en especial los tímidos como él pierden casi que el habla frente a ella, y en especial en su espalda cuando maneja, sabe que desde allí él puede verle las manos, el cuello, sabe que él tratará de levantarse y de inclinarse para verle mejor el escote y los senos, sabe que notará pronto que su cuerpo no rehúye, que mueve la moto para acercarlo a ella, y que no sabe que, si él también se mueve bien, si responde a su manejo, podría también montarlo como lo hace con ella.

—¡Qué chimba de moto! —le dice David, asustado.

—¡Gracias! —le dice ella con una sonrisa en la voz—. Se llama la Zarca porque es una valija como yo —le dice con una picardía que él no termina de descifrar.

David se ríe.

—Debería tener otro nombre —le dice, dudando.

—¿Cuál se te ocurre? —le responde ella con una voz endulzada y sensual.

—Uno que se parezca más a vos y a ella —le dice con la voz entrecortada y dubitativa—, algo que hable de provocación y de ganas —le dice notoriamente nervioso.

—Ay, y velo cómo venía de calladito —le responde, coqueta.

—Ponele mejor Mecato —dice finalmente— porque despierta más ganas que miedo —le dice él en un arranque tan estruendoso como la moto.

—Ganas son las que me están dando —le dice ella, se ríe; acelera y saca las nalgas.

Antojos y Mecaticos

Dani se lame los dedos, aprieta la yema del pulgar contra los dientes, sonríe. Ella camina sin notarlo, no lo ve. Él puede hacer eso: desaparecer fácil en medio de la gente. Su presencia simplemente se ausenta aunque está ahí; es como los miedos o los remordimientos, es como las culpas, siempre silenciosas, siempre cercanas. Así que, al igual que ellas, acecha, aguarda, observa.

Ella camina, pasa a su lado pero no lo ve. Se sienta justo en diagonal a él sin notarlo, saca de su bolso un libro, un paquete de puchos; se extiende olvidándose de todo, de las formas, las posturas, los modales, y deja que su cuerpo capture la silla. Se olvida de no morderse los labios, de no lamerlos, de no jugar con los puchos. Cuando se sienta a leer, el mundo se repliega. No es consciente, pero se extiende con una gracia animal, como una gata al sol, en una postura imposible pero aparentemente cómoda, con un desparpajo envidiable y notable. Al hacerlo, al menos durante un segundo, todos la miran, Dani más que nadie.

Entre su trance de libro, pucho y mantra, entre la ausencia presente de él, el tiempo avanza perezoso. Ella lee sobre un tipo como él. Le gusta, se antoja: un tipo sin presencia, invisible, que puede espiarla sin alterarla; unos ojos hambrientos pero con pupilas gentiles. Lo que mira no lo incomoda, no lo asusta ni lo altera. Ella piensa que quiere uno de esos para ella, uno capaz de mirar en silencio, sin demandar ser visto, sin reclamar atención, sin molestarse por no recibirla. Un adulto, maldita sea, con problemas y agobios. Un ser normal, piensa…

Él la mira… se muerde los labios, siente el cosquilleo en sus mejillas, saliva. La mira como un niño gordo ve un muffin en una vitrina mientras su madre, de la mano, lo arrastra por el centro comercial. La mira como un borracho con resaca mira una cerveza fría, como ella mira su libro, mirando a un tipo como mirar el mundo. La mira fumar, la mira cambiar de postura, encorvar la espalda, alterar la comisura de sus labios entre sonrisas cada tantos párrafos. Más que mirarla, parece dibujarla; más que sentada, ella parece postrada, cómplice de su mirada vacía. Así veía Sandro a su Venus, así ella posaba para él, sin rehuirle, sin incomodarse, sin sentir realmente la mirada punzante recorrerle el cuerpo, abstraerle el cuerpo, acariciarle el cuerpo.

Ella lee, desdibujada. Ella lee inmersa en una sensación placentera, en un mundo ajeno al suyo, donde no hay hombres que la miran en silencio, sino silencios que obligan a mirar a los hombres: hombres mudos, sin posturas ni discursos, una humanidad cansada, sin tiempo ni propósito, un despilfarro de vida, un letargo absoluto que no parece alterable. Ella lee y escapa a un mundo donde hay convicciones personales, pasiones absolutas, ingenios presentes; ella lee y huye de ella misma, menguada por una tristeza paralizante que, al igual que ella, huye de ella cuando lee.

Él la mira y rompe su ausencia. Alza la mano y llama a la mesera, pide un café y saca del bolso dos bolsas de golosinas, de gomitas de colores. Destapa una, lleva una a su boca y comienza a masticarla mientras piensa: ¿qué pensará ella?, ¿qué temperatura tendrá su piel?, ¿qué textura su boca?, ¿qué olor su cabello? No está tan cerca como para intuirlo, para descubrirlo. No sabe. Mastica gomitas y rumia pensamientos. ¿Besará lento? ¿Besará fuerte? ¿Se agitará cuando besa? ¿Le temblarán las piernas cuando el gusto le abrume los sentidos? ¿Se le escapará algún gemido o un jadeo camuflado de suspiro? La mira, muerde y rumia. La mira y suspira.

—Su café —dice la mesera, extendiéndole un cold brew.
—Gracias —dice él—. Hágame un favor: llévele a ella un café irlandés y acompáñelo de esta bolsa de gomitas. Dígale que es de mi parte.
La mesera llega, interrumpe, la despierta. El mundo recobra sonido, luz, espacio. Ella se altera y frunce el ceño; nunca ha sido buena idea despertar a una mujer, ni del sueño ni del ensueño. Bufa, con la misma elegancia gatuna que se echa al sol. La mira mientras ella le extiende un café y un paquete de gomitas.
—No he ordenado nada.
—Se los envía el hombre de la esquina; me pidió que le dijera que los antojos y los mecaticos van juntos.
Ella alza la vista enfadada hasta que se encuentra con sus encendidos y su mirada perdida, ausente en su imagen, y entonces sonríe.