Parece poco.

Es poco, no importa cómo se mire, es poco, para las posibilidades, para las esperanzas, para lo que queda, cuando algo se anhela nunca llega a tiempo y siempre se va pronto, cuando uno quiere quedarse, el reloj nunca se estira lo suficiente, el hombre quiere el paraíso y la manzana… las quimeras le son esquivas, pero siempre coquetas.

Por eso intenta vivir como puede y como quiere, no importa cuánto dinero tenga, las obsesiones atacan a todos, los límites son los que se estiran o extienden, somos lo que somos, impulso, pasión, instinto, ansiedad, nervios y furia, pensamiento… ah, eso lo jode todo, pero no para todos, hay algunos libres, no de pecado, pero sí de culpa, como me caga la felicidad de los insensatos, no me parece siquiera envidiable porque su falta de entendimiento es parte vital de ella, son felices porque no saben que lo son, creen que sufren, pero desconocen los dolores, creen que creen pero ignoran todo aquello que desafía su creencia… Así no tiene gracia, es una felicidad animal, un tránsito irreflexivo que resulta desdeñable. Pero para quienes son conscientes de su existencia, saben que solo se existe a través de la experiencia, y siempre viene bien una más.

Una noche más bajo las estrellas, una noche más desnudos y abrazados en el mueble de la sala, una tarde más, una mañana más, un anhelo más, como puede y como quiere, la vida tiene sus formas, y aunque uno intente deformarlas, forzarlas, nada las evade por completo. No es poco, pero lo parece. Después de todo, una caricia más es el saldo que tienen pendientes todos los amantes.
Adictos, a la adrenalina unos, a los libros otros, a las tardes de sol y las noches de arrunches, a los ronroneos de un gato que se frota contra la mano que lo acaricia, a los amaneceres y los atardeceres arrebolados, a los árboles florecidos y el aroma del café invasivo que va lentamente, cuarto a cuarto apoderándose de cada rincón, nada nos basta, nunca es suficiente, siempre podría ser un poco más, siempre tendría que ser un poco más, como quien decora una casa, un poco más al centro, un poco más arriba, un poco más a la derecha… siempre un poco más.

Por eso pensarlo jode, porque cuando uno lo piensa siempre quiere más, desde lo poco hasta lo imposible, quiero más que tocar su mano, más que su abrazo, más que rozar sus labios, quiero jugar, quiero ser bueno jugando, quiero que me paguen por jugar, quiero que me paguen bien por jugar, quiero el salto, el susto, el gusto, quiero ver el mar, vivir frente al mar, vivir frente al mar en una casa grande, en una casa grande con yate… la mente es tramposa, a la mente nada la alcanza y todo le parece poco.

Por eso uno cree y piensa que ha sido poco, hasta que camina con los ojos puestos en todo lo que lo rodea, y ve que todo ha cambiado, que los barrios y sus calles, que las tiendas y sus dueños, que la esquina y sus acérrimos, que la música ha cambiado, que los rostros de los carros han cambiado, que los niños que corrían con la cara sucia, el uniforme sucio y lleno de tierra, ahora corren de traje, por llegar a tiempo al bus, que están en esa edad en la que uno comenzó a pensar que a veces parece poco lo cotidiano, y entonces se da cuenta de que poco es todo.

Que cada tinto cuenta, que cada risa suma, que cada amante, cada lunes, cada salsa y cada cuento cuenta, que cada partido ganado o perdido ha valido la pena, que se volvería a hacer todo con una sonrisa, porque uno sabe que siempre todo parece poco, pero que no significa que lo sea, que el café molido en una mañana de lluvia, que la conversación que libera, que el abrazo que arropa, el arroz con huevo o la sopa de sobre hermanan, porque compartir lo poco agranda lo compartido y nada ha sido poco.

Dos tazas

A ella nunca le ha gustado lavar la loza después de comer, pero hoy no quiere dejar de hacerlo. Lava su vida un poco en ese acto; es como si en un tupper que tiene entre las manos estuvieran pegadas las ilusiones con las que se mudó con Juan Carlos al apartamento. Y como una costra la lava, sin mirar, pero sintiendo, golpeando contra la yema de sus dedos, la superficie irregular del recuerdo no la engaña, está ahí la promesa de un amor para siempre, está ahí el sí acepto. Está ahí todo: la propuesta de matrimonio junto al mar como siempre soñó, el vestido de novia que deseaba, la fiesta perfecta y envidiable, está todo ahí, menos él, menos su amor, menos los buenos días amor. Y aunque sabe que ya no está todo eso, lava, frota, recorre ese recipiente, nada encuentra.

Esa vasija ya no tiene nada de suciedad, traía solo una ensalada. Solo trae ensalada desde que Carlos hizo sus maletas y se fue, pero ella estrega como si hubiera quemado una teriyaki ahí. La fila se extiende tras ella, y cuando los demás notan que sigue lavando y llora, cambian de fregadero, avanzan, continúan, como la vida sin ella, como Carlos sin ella. No lo sabe, pero llora, con la mirada perdida, con el corazón cansado y hecho pedazos.

El sábado firmé, le dice por fin a Natalia que está a su lado, a quien nunca le habla, a quien en más de una vez dejó con el saludo en el aire. —Carlos se queda con el apartamento yo tengo el carro. Parece que le habla a ella, pero no la mira, parece que se habla a sí misma para salir del shock. Carlos no está, su hombre perfecto se cansó de las rabietas de niña mimada, de los sueños sin acciones, de las promesas sin comienzos; sabe bien que a Carlos se le acabó la paciencia y no el amor, y por eso sufre, porque no pudo con ella misma, con su egoísmo, con su calle y con su mundo.

—Hoy iba a ver a las amigas del colegio, no las veo hace mucho, bueno no, no hace tanto, en mi cumpleaños, pero no hemos hablado desde lo que pasó este año. Natalia se da cuenta que solo necesita su presencia, ni siquiera tiene que oírla, ella necesita hablarle a alguien, para que no parezca locura; pero lo parece, porque no deja de estregar lo mismo, tiene aún al lado el termo, los cubiertos, pero no suelta ese recipiente, siente aún la costra gratinada en sus bordes, siente aún la ausencia de los besos, los te quiero, y siente sobretodo su cobardía, la que le impidió perderse unos miedos y seguirle el juego a Carlos; está ahí, completamente fusionada con los bordes, estregándolos.

Necesita dejarlos limpios, necesita quitarlos, sentir que se despegan, pero nada pasa. No quiero hablar de eso, dice, y agacha la mirada, no quiero hablar de cómo perdí a Carlos, no quiero inventar más mentiras de cómo dejó de amarme, no quiero más decir que fue su culpa y su cansancio; fui yo, la que lo alejó, la que nunca quiso el perro ni lo dejó hacerse la vasectomía, fui yo la que siempre se negó a explorar sus juegos, su sexo, sus sueños, fui yo, la que lo hastié con los melindres del yo quiero, la que nunca le preguntó por nada, la que siempre creí que era todo. Ahora él tiene el apartamento, un gato y un perro, refunfuña en voz alta…

—Disculpa

Sí, contesta ella distraída.

—Es mi tupper, dejaste el tuyo en la mesa. Le dice Martha y le entrega el suyo sucio, le arrebata el suyo limpio. Ay, y a mí que no me gusta lavar dice ella, dolida, adolorida, a la que no quiere le dan dos tazas.

Saber vivir

Hay hombres y mujeres, entre los hombres y las mujeres, que saben, y quiero decir, realmente saben lo que es el placer. Ellos poseen una ventaja, algo que los epicúreos intentaron definir seducidos justamente por éstos, por su imagen, pero nunca pudieron dilucidar bien. No respetan cánones, para ellos el statu quo es una mera casualidad, porque no precisan de lo más costoso o exclusivo, son hombres y mujeres que saben disfrutarse, onanistas en el sentido profundo de la palabra, personas que saben complacerse, que se exploran en gusto, sabor y textura. Tienen pulso se saben vivos y más que eso, es como si conocieran el momento justo en el que van a morir.

Jorge lo sabe, Jorge ama el arte, Jorge ama estar vivo. Desde que su ojo se acercó al visor de la cámara de su papá sabe que a él le parecen más hermosas las fachadas rústicas, los colores quemados por la luz, la fuerza de los motores; a Jorge le gustan las cosas por lo que generan, por la experiencia que brindan, las betas de los techos de madera, las betas de los pisos de madera. Y Jorge no puede dejar de ver a Smith comer, dos mesas a lo lejos, un irlandés calvo que le recuerda a Humpy Dumpty.

—Lleva cinco postres y no ha repetido ninguno, dice, lo envidio, dice.

Jaime mira por encima del hombro -es normal es gordo-, responde con una simplicidad pragmática -y es turista- añade. Como si de repente quisiera justificar que la experiencia de estar en una mesa en un restaurante y pedir cinco postres, antes de cualquier otra cosa, se debiera a las nacionalidades o las divisas.

No se trata de eso, dice Marcela, un arrebol de ojos grandes y labios gruesos. — ¡Já! Ese hombre tiene todo lo que a muchos les falta, él sabe que va a morir, un nihilista; si nada importa, que todo sepa rico, dice con una risita pícara mientras le mete el dedo a su postre y le lame la crema de él. Nada de poseer verdades, él sabe experimentar vidas, es un anárquico, abajo la imposición de entrada, menú y postre, él ha hecho del menú una azucarada delicia, lo mira, y ríe. Aunque bueno, es gordo, y sí, cada postre para él vale centavos.

Desfilan hacia la mesa del huevo gigante mermeladas de fresa, cupcakes de frambuesa, galletas de melocotón, porciones de torta. Es un glotón, dice Jaime. No, dice Jorge, él sabe a qué vino, primero el postre, mierda vamos a comer todos, así que primero el postre, la salud se va a acabar igual, así que primero el postre, el amor se va a acabar igual, así que primero el postre, el sueño no va a alcanzar, primero el postre, no todo es posible y la vida es un sofisma, te levantas, trabajas por necesidad o por gusto, pero trabajas, no tenés tiempo y si tenés no sabés qué hacer con él, querés siempre lo que tenés, deseas algo que no existe. Todo espejismo se pierde al acercarse, así que primero el postre.

Ya saben qué van a ordenar. —Pregunta el mesero

Sí, un pie de limón, una fiesta de frutos rojos y un cheescake de mora.