El vuelo feliz de Rocamadour

Volar es siempre traumático, y él lo adoraba, viajar era claudicar a ser dueño de uno mismo, renunciar a la comodidad, viajar es sufrimiento, Schopenhauer estaba en lo cierto, la vida lo es. Por eso nunca había entendido a los ingenuos que viajan en búsqueda de la felicidad, si existe amigos, está dentro de las botellas o de un sexo caliente y húmedo, fuera de una de esas dos posibilidades, la vida es solo una suma de intervalos de la actividad sexual.

El sexo también es doloroso, si hay dolor, un pequeño y esporádico dolor, todo se está haciendo bien, pueden ser sus uñas rasgando la espalda o un mordisco en la tetilla, una bofetada sorpresiva algo de asfixia… un pequeño dolor que marque el ritmo y el paso, lo bueno duele, cuesta se sufre, lo que no aburre.

Sin embargo los dolores fortuitos no enseñan nada, ni son útiles, él secía que amaba volar aunque fuera traumático, pero eso no era una contradicción, del vuelo amaba el viaje, pero volar le resultaba detestable, los niños que lloran, los obesos y las obesas, para que no digan después que no hay alusión a la mujer que no sea de carácter sexual, esos obscenos y mórbidos cuerpos gelatinosos pasando por encima de los pasajeros rumbo al baño porque sus riñones saturados de grasa y recubiertos de su amarillosa falta de voluntad no pueden conservar los líquidos, y que cada que toman una gaseosa más se abalanzan como una avalancha sobre el cuerpo vulnerable del pobre individuo que se interpone entre ellos y el pasillo, porque si algo le gusta a un obeso más que suicidarse a cuotas es convertirse en un estorbo y una amenaza para los demás, por eso frotan sus sebosos pechos contra el rostro de los viajantes. Pobres los que lo sufren.

El siguiente elemento que odiaba de los viajes, eran en realidad dos distintos, los niños y las señoras que rezan, los niños pueden llegar a ser tolerables si sus padres son firmes y ellos bien educados, de lo contrario, esos mocosos malcriados deberían viajar en la bodega, con las otras mascotas, porque sin educación ni buenos modales, es preferible un perro que un niño.

En todos esos pensamientos se encontraba la mente de él, de Valdano, el famoso cuentista infantil cuando en medio de su vuelo, la tensión usual que le producían los aviones se vio interrumpida por un grito estruendoso.

¡No respira, no respira! ¡Ayudaaaaaa!, un médico para mi bebé.

En medio de sus pensamientos Valdano no se había percatado que desde hacía un buen rato nadie jugaba con la mesa de comida ubicada en el espaldar de su silla, ni que los lloriqueos habían cesado por fin, el silencio que ahora se interrumpía, el de sus pensamientos, se vio cortado por un grito doloroso y asfixiado, pues gracias al comportamiento del infante había recurrido a su imaginación y ahora el grito lo despertaba justo cuando se había alcanzado la velocidad crucero, cuando ningún aeropuerto estaba cerca para aterrizar de emergencia, por fortuna, y ante la situación de una madre joven con el cadaver de su hijo en brazos, el avión estaba completamente en silencio, y Valdano extasiado, había decidido que su próximo cuento se llamaría Rocamandur; un vuelo feliz o algo así y sería un cuento para irse a dormir.

Justo en el momento en que sonreír Valdano empezó a recordar haber sentido un dolor punzante en las entrañas, y cómo la vista se le nublaba, como las manos fueron enfriándose como si las hubiera metido en un barril lleno de hielo en busca de una cerveza fría, recordó también su carrera intentando mantener la consciencia rumbo al baño, recordó sentarse en el inodoro, recordó la sudoración y el temblor recorrerle el cuerpo, supo además que nada de lo que lo había alegrado había realmente ocurrido, que solo había una mortaja en el vuelo o la habría muy pronto y que era él, que su cáncer de intestino le había estallado y que el niño jugaba aún, que todo su sueño, no era más que el recurso agónico de un hombre que antes de morir había querido imaginar la felicidad volando.

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