Oportunidades

Mientras marcaba los números Hernán repasa mentalmente sus palabras, su discurso, el orden, debe ser concreto, —pensaba, —no debo dejar nada al azar, no debo exponerme, —se repetía, era consciente de que llamada era inevitable, la decisión no era repentina, aunque lo pareciera, y lentamente recordaba todo lo que lo llevaba a hacerlo.

Lo había considerado todo, y simplemente, no alcanzaba, lo que le ofrecían no alcanzaba, nunca había sido un tema de dinero, sino de pasión, y con los cambios recientes era imposible continuar, no podía trabajar con alguien que se negaba a reconocer sus errores, no podía, no había suficiente dinero para pasarlo por alto, y en el fondo no era un tema de dinero, sino de principios, a la mierda el dinero, a su edad ya no lo preocupaba tener para aparentar, y contaba con la soltería y la falta de paternidad de su parte, nada lo obligaba a estar donde no quería, su credo era la pasión, y se la estaban matando.

Pensar en eso le daba coraje, y necesitaba coraje, porque libertad significa poder elegir, y nunca iba a elegir estar a disposición de una persona tan frívola capaz de pasar por encima de las personas, de atacar su obra y pisotearla hasta convertirla en una herramienta práctica, NO, si esa era su visión, no la compartía y si nadie iba a ponerlo en su lugar, a decirle que hiciera bien su trabajo, pues por lo menos iba a asegurarse de que él no pudiera decirle nunca más nada sobre él.

Nunca más, se repetía como un cuervo, nunca más, mientras recordaba a su primer jefe un comerciante gordo y maltrecho, enfermo, un tipo angustiado e imponente que hablaba pausado, pero sin filtro ni tono. Un muerto, su actitud numérica y la idea de que solo la venta importaba, le recordaba al nuevo, podía imaginar su mal aliento, su hedor, la incomodidad visual de tenerlo en frente, le recordaba las palabras que ya una vez le habían dicho: Yo no entiendo qué es lo que usted hace, ni porqué le pago, no sé de que habla ni mi importa, pero sé que yo le pago, y por eso tiene que hacer lo que yo le diga. —Viejo Malparido —pensó, y recordó también a Fernando, otro jefe que tuvo en la capital que llegó a insinuarle: renuncie a su indemnización, al fin y al cabo no es tanta plata y yo podría cerrarle muchas puertas. —Jefe hijo de puta —Dijo en voz alta justo en el momento que su jefe contestaba.

Después de ese incidente no pudo exponer su caso, ofreció disculpas, quiso explicarle lo que sucedía, de su lucha contra los mediocres en puestos de poder, pero que no era con él, que a él lo respetaba, pero que no podía trabajar más ahí, donde tenían ese imbécil, pero nada de lo que decía era coherente, las ideas se le atropellaban unas a otras y era imposible, darle sentido al discurso. Estaba nervioso, y eso lo hacía torpe, no ayudó el hecho de que en la mañana habían discutido, que se había opuesto a una decisión y había terminado la conversación con un seco: Bueno usted es el jefe, como mande.

Su lucha por la dignidad y la pasión ahora se veía opacada, nada de lo que había pasado ese día tenía que ver con la decisión, aún así ya no había nada qué hacer, su renuncia que debía haber sido una protesta contra las personas en puesto de poder, había terminado por convertirse en una rabieta. No hubo despedida, ni palabras entre ellos, eran amigos antes, y si alguien le hubiera dicho que iban a terminar mal, no lo hubiera creído, pero así son las oportunidades, aparecen y se toman, él necesitaba que no le pidieran que se quedara porque tenía miedo de aceptar y el jefe no necesitaba a alguien que no estuviera dando su 100%.

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