Juego

En algunos juegos, por alguna razón, los jugadores juegan todos a perder.

— Ambos caminaba un poco en silencio, eran amigos, así que del todo no les molestaba, pero quizá por tedio, o por costumbre no pudieron evadir por completo la plática.

—Me gustan estos edificios, salir a caminar y verlos, ver algo que es más viejo que uno, que siempre lo será lo ubica temporalmente, te permite sentirte parte, en Colombia no es así, si te vas mucho tiempo cuando volvés la ciudad que conociste ya no existe, no es solo metáfora; no tenemos memoria histórica, todo lo derrumbamos, no sabes ya cómo era todo hace mucho tiempo, y el problema es que no solo olvidamos cómo se veía la ciudad, con ella se van otros recuerdos.

—Seguís triste, eso es todo, son lindos los edificios, pero andás pensando mucho todavía en el pasado. Pensá en otra cosa, pensá por ejemplo cómo sería la vida si estuviéramos casados

—¿Vos y yo? O cada cuál por su lado

—Ah no, si vamos a jugar a ser felices, hagámoslo juntos, igual el juego necesita de negociaciones y no podemos negociar con quien no tenemos al lado, y no se trata de imponer, como todo juego se trata de ganar

—La expresión en su rostro no era del todo inocente, hace solo un par de días que enfrentados en esa lucha de egos carismáticos que tanto él como ella tenían, se habían confesado cierta atracción, pero ninguno tomaba la iniciativa, les gustaba el coqueteo y parecía que no iban a perder la comodidad de sentirse deseados.

—En qué clima preferís vivir, frío o caliente

—Frío, este invierno de Baires me tiene feliz

—Rico podría ser Santa Helena

—No me gusta conducir, así que supongo que tendrás que ser chofer de la casa, a menos que pueda tener una moto

—Vale vos tu moto y yo mi carro

—No hay lío, pero dos vehículos, eso significa casa, además los apartamentos no me gustan tanto, quiero tener un perro y tres gatos, Balú, Chéjov, Chinanski y Julio

—Casa grande y al perro lo bañás vos y duerme afuera

—El perro no duerme afuera, si querés tienen su propio cuarto, pero nunca afuera a menos que tengan su su propia cabaña, es más tiene que haber una cabaña, que sirva de estudio, y de casa de huéspedes.

—Pensás ganar mucho dinero

—Si en fantasías soy pobre, que pobre serían las fantasías, la moto es un Harley, tu carro espero al menos un Wrangler

—Me gusta tu despilfarro ficcional

—Gracias, ¿hijos?

—No sé, ¿vos?

—No tengo idea

—Va quizá algún día se nos antojan, y un viaje al año

—Cada año el otro debe planearlo, establecer la cuota y procurar que pase.

—Ok, me gusta, ahora, vos tenés tu estudio, tu man cave, yo que debería tener…

—¿Algún hobby en mente? Pintar, tejer…

—Ja ja ja, quiero un cuarto para mí, para ser, a donde huir de tu pesadez

—Ja ja ja, no hay tal lugar, siempre logro inundarlo todo con ella, señorita ligereza, pero te prometo que cuando pase te avisaré para que hullas, olerá a picadura de pipa, y sabrás que me encuentro preso de una insufrible melancolía, quizá por un libro que ande leyendo, quizá por un cuento que quiero escribir y no puedo hacerlo bien, quizá porque pongás esa cara, que ponés siempre que saco un cigarrillo y que me dice que toda la magia se fue al carajo

—¡Pesado!

—Aún no tenemos la casa, no tenés a donde huir

— Había silencio, risa y silencio, les había gustado el escenario, no encontraban fallás graves en ese jueguito de ser felices, ella pensaba que tarde o temprano algún médico le quitaría el cigarrillo, y que el perro en la casa no era un gran problema, la idea de un clima frío con un hombre grande que la calentara era una gran combinación y en el fondo, que los dos tuvieran un lugar a donde escapar el uno del otro hablaba de entendimiento; él pensaba que había salido bastante bien, omitía lo obvio porque lo deba por sentado, ella es tranquila, no es sosa, solo tranquila, como lo es a lo lejos la imagen de un bosque o un mar, y tiene furia adentro, debe ser un buen polvo, así que todo pinta bien, con el tiempo dejará entrar el perro a la casa… y divagaba sonriente hasta que ella retomó la palabra.

—Ja, jugas muy bien, mejor que Henrique.

— El golpe borró toda sonrisa, le pasaba a menudo, sus buenas ideas nunca lo beneficiaban, ella había encontrado la forma de colarlo a él en la conversación, de recordarle que no era su vida, que por más que la hubiera imaginado, no le pertenecía más que a ese momento, y no solo eso, sino que en este juego, era solo un juguete.

Sino

El destino es solo el diario del pasado, no la promesa del futuro.

—Escuché alguna vez de un enano rengo, que la discapacidad solo existía cuando algo que cualquier persona puede hacer, otra no puede hacerlo debido a una incapacidad física frente a los demás, es decir que al sordo no lo hace un discapacitado su sordera, sino la incapacidad que tenemos los que escuchamos para hacer un mundo con el que él pueda relacionarse, igual nos pasa con los ciegos, los mancos, los mudos, ellos son discapacitados no por su condición sino por nuestra falta de imaginación, porque nuestra creatividad para crear un mundo que los incluya está tan limitada como ellos en este mundo que no los ha tenido en cuenta para diseñarse.

La anécdota es fuerte, las palabras lo son, es quizá también lo único que tenga de fuerte el cuento que estoy escribiendo.

—El mensaje lo había enviado a las 8:10 p.m. , al comienzo un solo signo de revisado lo acompañaba, lo que le recordaba que el internet al igual que sus cuentos eran lentos y pobres en conexión, no lo jodía, lo de sus cuentos, lo sabía bien, lo del internet lo mataba, detestaba esperar, y estaba seguro que cuando los signos fueran dos y aunque el color cambiara a azul, igual tendría que esperar, porque el Doctor, aunque amable, solía considerar que su tiempo no era tan valiosos como el suyo, y por ende siempre quedaba en la lista de no prioritarios.

Estaba atado de pies y de manos, no era fácil encontrar un doctor en lenguas que se interesara en leer cuentos y en asesorar durante la creación de algunas piezas, eso y la amistad que los unía desde los 14 años le ataban la furia que sentía, y lo obligaban a esperar.

Así que mientras lo hacía decidió continuar, eran ya las 8:29 p.m. y el segundo signo apenas aparecía, la espera iba a ser larga, el caso fue que continuó o intentó hacerlo, había pasado casi media hora viendo titilar la barra vertical en su pantalla pero las ideas no fluían, pero una vez escritas y re escritas un par de palabras empezó a aflojar la maquinaria.

—Algo similar me pasa a mí, los tullidos no son los únicos que sufren, yo al igual que los locos tenemos un impedimento mayor, sé escribir como ellos respirar, he escrito miles de palabras, he escuchado a la crítica y si bien nunca ha exagerado, cosa que en el fondo siempre me ha alegrado, ha tenido sus comentarios muy positivos, y frente a las opiniones de los lectores, están esos quienes juran que ante mis palabras no hay nada que no se rinda, lo cual es tonto e infantil, las palabras no demandan nunca una rendición, no quieren tregua, las palabras y sobre todo las mías quieren resistencia, voluntad y resistencia, mis palabras solo sirven para provocar, no para asediar, no me gusta robarme nada que en el fondo no quiera dárseme.

— El cuento es sobre un escritor, cobarde y honesto, acabo de escribir un párrafo donde se sincera, sabes que solo escribo de los escritores cobardes porque me encanta hacerlos confesar, los conozco Doctor, los he leído, farsantes, gigolós incapaces de hacerle el amor a la mujer que les gusta, frente a cualquier otra, no les para la lengua pero frente a los partidos importantes, pechos fríos, como gritan en el estadio a los que cobran centenas de millones por achicarse cuando la situación exige grandeza, llenan de valentía a sus personajes pero es solo porque a ellos les falta, no son diferentes de los tullidos, porque al igual que ellos ante las situaciones queda en evidencia que algo les falta.

—el Reloj ahora marcaba las 9:29 p.m. los mensajes entregados y leídos, la respuesta aún sin escribirse, o quizá sin siquiera ascender un lugar en la lista de pendientes, ahora piensa que se siente como debería sentirse el cuento, un segundazos, o tercerazo, sin prisa alguna de ser terminado. Se disculpa con él sin embargo, piensa, me faltan ideas, pero sabe muy bien que quiere escribir, en el fondo sabe que está escribiéndole a ella, a su profundidad, a su anaranjado incendio de pelos, sabe que está escribiendo no solo de un escritor cobarde, sino un poco de él, quizá en el fondo también sea un escritor cobarde, “Un hombre es todos los hombres” piensa tengo derecho a serlo en caso de que lo sea, pero continúa pensando en ella, en la misma forma en como pensó cuando oyó a sus amigos hablar del amor, será amor, la quiero de manera diferente, es decir, es hermosa, siempre lo ha sido, atractiva, inteligente, pero me gusta, de verdad me gusta, es decir la quiero, pero de verdad la quiero.

—Su mente le da tregua, está en calma, en ceros, en blanco, no piensa en ella, no piensa en nada, es una pena porque muy pronto lo notará y extrañará ese lugar, ese breve silencio, esa ausencia de sí mismo, ella lo inundará de nuevo, no tendrá escapatoria más preguntarse, la quiero, la quiero de esa manera, nunca la rechazaría, si tuviera una oportunidad de desnudarla le arrancaría la ropa, la tomaría del pelo y le comería el sexo sin pensarlo, le importaría muy poco, o nada si no estuviera depilada, incluso si tuviera la regla, la única regla que él conoce es que cada oportunidad puede ser la única, así que lo haría, la mordería, la marcaría, con que ganas la tomaría del cabello para guiar su boca a miembro, y con cuanto deseo la levantaría después del cabello, la pegaría contra la pared para luego darle un buen follón, no importa si no se corre, no le importa no venirse si la hace llegar, siempre se esfuerza en los primeros polvos, cada oportunidad puede ser la única se recuerda, la nalguearía, quizá hasta la abofetearía mientras follan, sin violencia, solo como un juego, quizá

—Prrrr prrrrr

Vibra su móvil y sale del trance, mira la barra vertical palpitando en la pantalla toma el móvil.

—Perdona la demora dice el doctor, el primer párrafo si es la anécdota es fuerte, prometedor, tiene una halitosis a realidad que espanta, eso me gusta, el segundo tiene un poco más de esa violencia triste, de esa rabia desbocada, un golpe a la pared, tiene pinta de ser el trago que hace que todo se vaya, quizás deberías mencionarlo después, crear un par más de párrafos intermedios para que vuelva cuando se necesita, ahora es demasiado pronto, sería liquidarlo muy rápido.

Quizá si lo juntas con el otro texto, recuerdas, el del ego, ese en el que dices que el dolor del desamor no es más que el de una alegoría existencial, una reclamo justo frente a la negación de una vida fulminada, ese en el que hablabas del amor castrado, oprimido, era un idea un tanto alocada pero veo que quizá le viene bien al menos como un punto de partida a este, o quizás puedas solucionarlo de una manera más tradicional, probaste emborrachándolo? Espero no lo hayas hecho abstemio, sabés que los personajes necesitan pecar, perderse, sentirse vivos, aunque estén condenados repetirse toda la vida y a recorrer sus pasos en cada lectura como si fuera la primera vez, ya lo  hemos hablado, tu teoría al respecto me gustó, pero luego podemos retomarla, por ahora hacelo sufrir un poco, no le des tregua a los cobardes, alarga, dale esperanzas y luego tiralo al piso, recordá que cuando escribís tu papel no es el de escritor, es mucho mayor, sos el universo y como tal tenés que darle todas las oportunidades y nada de enseñarse con uno u otro personaje, tienen que serte completamente indiferentes, esto si queremos que el lector se sienta identificado.

Mañana me mostrás, necesito un poco de tiempo de calidad antes de dormir.

—El mensaje finalizaba sin dar derecho a réplica, odiaba sus monólogos, se sentía como un pelele cuando lo ninguneaba de esta manera, —mi culpa y mil veces mi culpa, pensaba, y en el fondo quería sumergirse en esa ira, porque aún tenía en su cabeza el recuerdo de la humedad ficcionada, debería planteárselo, decirle, no sé si me gustas, pero me gusta la idea de que me gustes.

—Sonrió aturdido, planteárselo ja, plantearle qué si nada lo tenía claro

—Debería hacerlo, pensaba mientras liaba su cigarro, pensaba mientras lo hacía pensarlo, mientras lo obligaba a pensarlo,

—Ja pobre imbécil, está perdido y envió el mensaje, este no va a dejar de sufrir, se agobia con una facilidad, tiene miedo, miedo, jajajajaja pobre imbécil y va sentirse así en cada lectura, imaginas al desdichado. —Estaba a punto de enviar el mensaje, pero se sintió mal, hacerlo sufrir eso toda la vida, un sufrimiento tan tonto, nada elegante ni simbólico, no, soy mejor que eso pensó, juego a ser escritor no quizá…

Nada, las semanas pasaban y la historia seguía en silencio, también ella, hacía semana que no sabía de ella…

—Prrrr prrrrr

—Era el Doctor, y cómo siguió el paciente, preguntó sonriente,

—Condenado a la única venganza y al único perdón, olvidado.

—Hizo una pausa mientras pensaba en ella, si la quería o no, y luego continuó escribiéndole a su amigo quizá algún día, añadió antes de desearle un feliz día.

Sala de redacción

Aveces algunos escritores necesitan asegurarse de tener lectores. Ellos en el fondo lo agradecen.

Señores Sala de Redacción
Desde algún lugar del mundo

He estado leyendo y quiero compartirles una columna que sin duda será de su mayor interés pues nos brinda luces en un territorio antes inexplorado sobre la obra del sobredimensionado Kafka; he estado pensando mucho sobre la dificultad que me daría el redactarlo y compartirles los hallazgos que les menciono, dado que el tiempo es limitado para mí, saben que los redactores publicitarios somos los únicos que realmente trabajamos, aunque nadie sepa nunca muy bien en qué, pero, les alegrará saber que he encontrado la forma perfecta, la prueba es que se encuentran leyendo estas líneas.

He logrado construir este mensaje con trozos de la redacción de racionales y manifiestos para diferentes marcas. El rey es el argumento, así que después de sorprenderlos con esta delicada confesión, que piensa tanto en su cariño como en su bolsillo, les presento su mejor opción, para la columna abierta.

La pupa, es el estado por el que pasan algunos insectos en el curso de la metamorfosis, la real, no la del librejo aquel, es la que los lleva del último estadio de larva al de imago o adulto. Si se piensa que es un paso inevitable para la transformación, quizá podríamos asumir de Kafka no sabía mucho sobre los insectos, o quizá que en su cabeza Gregorio Samsa era claustrofóbico y conociendo su penoso final, había decidido ahorrarle un sufrimiento al no encerrarlo; hay que convenir que es posible, así como tendremos que aceptar que posible es todo lo que sea imaginable, si no podemos realizar estas dos concesiones, hemos llegado al final de esta dislocación, si por el contrario, afirma sonriente sobre esta pequeña ligereza, por favor no deje usted que se enfríe el café, aromático, delicioso de las mejores montañas de nuestra tierra y continuemos.

Dicen, que muchos insectos se mueren de miedo cuando nuestro producto llega a casa, y que por eso construyen esta pupa o capullo para ocultarse, y si encontramos esto metafórico, entenderemos en sí, que la transformación sufrida por Gregorio Samsa no es tal, ya que, él mismo sería el vehículo de la transformación, es decir el personaje de Gregorio es en sí mismo es la pupa o el capullo, sin saberlo, pues es natural que sufriera como hemos supuesto que podría hacerlo claustrofobia. Imaginen el terror que podría causarle el saber que su único propósito en la vida ha sido realmente el de encerrar a otro, la conmoción podría matarlo y si el capullo se rompe antes de tiempo, suele hacerlo también su contenido; estaríamos entonces perdiendo contenido y contenedor por el precio de uno, pero el beneficio promocional que hoy tenemos, de perder dos seres ficcionales en uno sin mayor justificación que la de una fuerte impresión, parece ser el típico caso, no de una oferta sino de una estafa, por lo que, aunque posible, supongo que estaremos de acuerdo en que no ha sido elegido ese camino.

Bien, retomemos, en ese encierro, metafórico o biológico. Dependiendo de si quien lee esta pequeña dislocación es larva o humano, los órganos juveniles se reabsorben y el organismo adopta una estructura totalmente diferente. Durante este periodo, los seres encapullados, o enpupados, no se alimentan y suelen estar inmóviles, a menos que quien lo lea sea un mosquito, ya que cuentan con la capacidad de movimiento más notoria del mercado, con su revolucionario diseño hacen de estas la mejor entre todas larvas.

Kafka no sabía nada de insectos, aún así eso no es lo importante acá, debemos concentrarnos en que pese a sus limitaciones hemos podido entender que Kafka nos veía a todos como seres expuestos y débiles, viscosos e indignos de llamarnos hombres, hasta que no atravesáramos un paraíso para el descaso y las conexiones con nuestros recuerdos, en un aislamiento, u ocultamiento y la reflexión de nuestra propia realización. Si ha podido asentir, si está de acuerdo, esta es la oportunidad para que sea suyo este pequeño texto y puedo imaginar un poco esa cara de asombro genuino que trae la iluminación de la sabiduría al hombre en medio de la bruma. Hasta pronto y espero no encontrarme con que la impresión de este texto sea desechada y con ella esta maravillosa investigación literaria para publicar cualquier otra tontería sin sentido.

***

La risa estalló en la sala de redacción, no era inusual que recibieran correo de manicomios y agencias de publicidad en las que los olvidados de la literatura solían exponerse como genios genuinos, solían exponerse como adictos a los halagos y por necesidad de una aceptación y reafirmación constante se habían enganchado a un mundo donde lo que hicieran parecía sumamente relevante, pero con el tiempo la idea los desquiciaba, era de entenderse que ningún genio literario consideraría nunca una cuña radial sobre los pañales max 40, una obra publicable, sin embargo para estos Ronroneadores como nos gustaba llamarlos por su confesa necesidad de ser acariciados, la verdad era cruel, si algún día habían tenido talento, lo habían malgastado, y ahora olvidaban que al leer, el lector también se lee, y no dejaban nada para entretenerlo, y casi siempre terminaban mandando eran pequeñas instrucciones, sin embargo cuando aparecía algo de esta calidad se reunían bebían y el autor si se había dignado a poner su nombre ingresaba al salón de la fama y su texto solía publicarse en un compilado anual que titulaban: Señores Sala de Redacción.

Causas perdidas

Chéjov dijo alguna vez: Solo inútil es placentero.

Cada mañana se levantaba en busca de letras, quería ser escritor, sentía que la tinta le palpitaba en las venas. Leía como yendo a la escuela, leer era su academia, pero temía nunca igualar lo que sus ojos veían y temía a la hoja en blanco como a la oscuridad temía de niño.

Cuentos, historias, reflexiones, poemas, noticias… sentía que todo lo había intentado y junto a sus papeles guardaba la esperanza de ser pronto reconocido y junto con ellas el miedo de nunca serlo. Le gustaban las causas perdidas y por eso le apasionaba tanto la suya, pero su vida de letras no era la única causa que apoyaba.

Jorge creía en las personas, trabajaba y no tenía inconvenientes en gastarse su quincena en una noche si podía con ello llenar de sonrisas el rostro de sus amigos, estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, incluso si no lo conocía. 

Creía en los abrazos y los besos, en las pasiones fuertes, en las calmas prolongadas, en los silencios cómodos. Era un melancólico que disfrutaba los intentos más que las victorias.

A sus treinta años había gastado sus ahorros en más de una ocasión en donaciones de libros a la biblioteca del pueblo donde creció, pese a que cuando la visitaba aún encontraba los mismos libros que leyó cuando era niño, pero era tal su amor por el prójimo, su fe en él, que pensaba que el dinero estaba en meses de arriendo atrasado o salarios incumplidos a sus empleados, así que sonreía y pensaba lo mejor de cada ocasión.

Incluso creía en el juicio de su pueblo y elección tras elección seguía eligiendo más por pereza que por democracia a la familia del alcalde, pensaba que seguro no era tan malo si todos seguían eligiéndolo y que quizá él exageraba al encontrar tantos defectos y frustraciones con su representación, por eso seguía enviando noche tras noche, una carta al alcalde dándole, a su juicio, algunos consejos que harían mejorar la vida en el pueblo, aunque sabía por los rumores que día a día el alcalde encendía un puro con la carta que él enviaba. 

Todos conocían a Jorge y su gran corazón, todos abusaban de su nobleza y muchos la creían merecida, castigaban su amor porque era más fácil que unirse a su invitación constante a rescatar la humanidad del pueblo, aun así él nunca alimentó un resentimiento.

De esa forma de vida desprendida nació el rumor de su fortuna, su buena vida solo era pensada para un adinerado, nadie podía estar dispuesto a dar tanto si no tuviera diez veces más, era obvio que Jorge era una fachada, tenía que estar forrado porque nadie era tan estúpido para dar aquello que aún le servía.

Una mañana, como cualquier otra, Jorge tomó sus cartas, una para el alcalde, unas cuantas para las editoriales y otras a amigos que lo habían olvidado y emprendió su camino, pero nunca volvió. Camino al correo su corazón se había cansado de luchar, incluso así su cadáver sonreía, hasta el último día lo había intentado y él amaba las causas perdidas.

Paloma

Hay imágenes que no se borran fácil de la mente, aunque solo se imaginen.

La imagino solo con tangas, las piernas largas extendidas, los labios rosados y grandes jugando con alguna fruta mientras con una mano se acaricia desprevenida una teta, llena de júbilo y de semen, sonriente, sostiene en su mano un trago rosado, pero lo que la tiene borracha es lo mismo que no la deja caminar, el orgasmo aún presente en su mente, se niega abandonarlo, no le cuesta alcanzarlo, pero sabe que no siempre llega, y por eso lo disfruta, su amante está a dos pasos, siente su corazón arrítmico, frenético, desbocado, y de vez en cuando acaricia la punta de sus pezones y cierra los ojos para saborearlo un poco más.

Es lo bueno de la juventud, a los 24 años no importa mucho nada, ni siquiera dejar pasar el tiempo, se disfruta mucho más de no tener un plan, ni prisa, después de los 30 esos momentos vienen con culpa, algo se está olvidando, algo se está dejando a un lado, hay algo que pudo hacerse y no se hizo, pero ella aún no sufre y él su amante de turno, puede contemplarla un poco high de endorfinas, porque cualquier libro puede esperar frente a esas tetas, porque no hay una película que pueda darle tanto placer como el de esa boquita succionándole cualquier remordimiento, ambos se ven y sonríen, pero ninguno piensa realmente en el otro, son dos instrumentos, que además hoy, están prófugos de la cuarentena.

Ella inventó una reunión de emergencia, sus padres angustiados pero orgullosos no se imaginan que la dedicación de su hija no está en algún diseño, ni resolviendo algún enredo de mercadeo, sino que toda la dirección de arte que hay en su cabeza se ha destinado a algo más, ha elegido los ligeros con calma, el bralette que lleva puesto ha querido estrenarlo durante semanas, y aunque odia las tangas, esas con transparencia que ha decidido utilizar, tienen algo particular, vibran cuando a él se le antoja, responden a un controlcito que él risueño le enseña y sonríe, pero sacude la cabeza:

—Aún no, aún no, dejame imaginarte otro ratico, aún te siento dentro, justo ahora que se me escurre tu semen, aquí, siento aún tus dientes —le dice mientras sus dedos rozan sus pezones y continúa —No es falta de ganas, no hagas esa cara, no frunzas el ceño, es exceso de ganas, tenía ganas de este momento después del sexo, de este traguito, de los mimos, también quiero los mimos, sino hay mimos, —Lo mira con una malicia casi ajena, casi extraña, una frase ensayada, que se le ocurrió en otro momento, en otra situación, pero que viene bien ahora —Si no hay mimos, te cobro

—Él se ríe, toma la mano que ella la extiende y se hace a su lado, ella apoya su cabeza contra su pecho, el enreda sus dedos en el cabello, ella levanta la cara y lo besa, él la besa y sonríe.

—Te gusta más así Paloma, a escondidas, prófuga de la ley de sanidad—

—No, más que transgredir la normar, es finalizar la espera, me hacía falta este olor, a sexo, a sudor, la sensación de pequeñas heridas en mi vagina después de que me penetras, el ardor que me queda en la piel donde me muerdes, estar contigo es delicioso, pero también lo es ese breve espacio en que todavía te siento, sin tenerte.

—Girondo decía algo similar, decía:

Yo no sabía que
no tenerte podía ser dulce como
nombrarte para que vengas, aunque
no vengas y no haya sino
tu ausencia tan
dura como el golpe que
me di en la cara pensando en vos

—Ese es Gelman, no Girondo

—Tenés razón, no sabía que los leías

—A veces, cuando estoy aquí, cuando te ocupas, me ocupo, no siempre estoy pegada de mi celular, o de tu entrepierna, me gusta tu biblioteca, además, esa sale en una peli que me gusta.

—Él la mira con un poco de asombro, está buena, está muy buena, su cuerpo es joven, terso, suave, pero además ella es así, decidida, con carácter, una pena que sea joven, que le lleve 20 años, porque él sabe que nunca podrá hacer las paces con eso, y eso lo jode, es una buena amante, una amante deliciosa, más con dos copas de vino encima, y lo sería más con un poco de hierba, pero aún lo han intentado, se les ha ido la mano, y terminan en risas, y no orgasmos, siente miedo y rabia, mientras ella solo disfruta y como el momento se le está arruinando a él, hace lo único que puede salvarlo, aprieta un pequeño botón, y el beso sobre su tetilla se transforma en mordisco, la mano que le acaricia la espalda ahora lo rasguña, y el olor, el olor a su sexo empapado comienza a llenarlo todo de vuelta.

Don nadie

Mucho o muy poco.

Parecía que caminaba con la cabeza gacha, a su paso nunca encontraba un saludo o una mirada curiosa y la vista de las personas parecía atravesarlo, era invisible.

Cuando lo mirabas, cuando los ojos lo encontraban, era como ver una sombra, el reflejo difuso de un hombre, pero carecía de identidad, era imposible recordarlo, retener su imagen en la memoria era un sin sentido.

Era un tipillo carente de gracia y empatía, solitario por condición y eso era lo que lo convertía en un desgraciado. Un tipo torturado por la vida y la sociedad, si en verdad existe un Dios y todos somos su creación, él era la demostración de que la mediocridad era también una característica divina.

Tenía sus ventajas ser invisible, una vez había dejado de ir a trabajar durante un mes completo y su pago no dejó de llegar ni una sola semana, lograba burlar los esquemas de seguridad y asistir a grandes eventos sin invitación, si contaba con la ropa necesaria, se convertía en decoración para la fiesta.

Había sido testigo de los desmanes más desagradables, de las situaciones más extraordinarias, esto era lo único que lo entusiasmaba, se pensaba extraordinario, aunque era consciente que su don lo hacía un cero a la izquierda. Muchas veces pensó en sacar mayor provecho de su habilidad innata, ser un asesino o un violador, nadie podría saber de él, nadie lo vería venir… la idea iba y venía, la escuchaba palpitante en su cabeza, podría matar al presidente, al Papa y nadie tendría la seguridad de qué había pasado, si un hombre había estado allí o no; era seductor, la adrenalina corría por su cuerpo con solo pensarlo.

Ya en ocasiones anteriores había cedido ante deseos similares, robando en fiestas le había ido bien, joyas relojes que luego empeñaba o que conservaba por el simple placer de la impunidad, pero la falta de reconocimiento y riesgo le había hecho perder el interés, por eso de hacer algo con esta idea debía ser algo grande y bien planeado.

Se las ingenió para ingresar a la imprenta de un periódico y cambiar uno de los anuncios en los clasificados, las rotativas imprimieron el anuncio más alarmante de toda su historia: ‘‘Yo mataré al Presidente’’ impreso en un anuncio de media página. Firmado por Don Nadie.

El revuelo no fue tanto como él se esperaba. Pese a no haber encontrado rastros de quién había hecho el anuncio, se consideró una broma de mal gusto, del borracho o el detractor de la imprenta, ambos fueron echados de su trabajo y aprehendidos por la policía.

Esto lo enfureció, así que en otro diario repitió su amenaza: ‘‘Voy por usted señor presidente’’. Tras este segundo anuncio en el diario, los dos hombres fueron liberados y el pánico empezó a apoderarse de todos.

La guardia presidencial fue duplicada, los diarios cerraron para evitar nuevos anuncios, ahora solo la radio servía como medio de noticias y pese a las advertencias de la agencia presidencial, todos hablaban sobre cuál sería el próximo movimiento del ‘‘Don Nadie’’ todos lo buscaban, todos deseaban saber quién era él.

La guardia presidencial empezó a registrar a las esposas de los trabajadores, los delincuentes más buscados fueron encontrados, los terroristas, los opositores encadenados y ejecutados en público. La ira, el miedo estaban presentes en cada persona.

La vida del presidente se transformó en una pesadilla constante, porque a pesar de la seguridad, él seguía recibiendo en su escritorio día tras día una nota que decía: ‘‘Vengo por usted señor presidente atte. Don Nadie’’.

Nadie se explicaba de dónde venían las notas, quién estaba detrás de esto… los expedientes de clínicas mentales fueron revisados, miles de perfiles realizados por los mejores criminalistas, capturaban a cada sospechoso, a cada persona que cumplía con el perfil de un sociópata se le había interrogado, torturado y encarcelado.

Pero a él nunca lo visitaron, jamás estuvieron siquiera cerca de él, en cada redada era ignorado, no valía la pena ejecutar la premisa, y así lo hizo saber: ‘‘Baje la guardia señor presidente, me excitaba la idea de ser perseguido, pero ni siquiera su vida levantará de la mía el sello que me aqueja. Respire tranquilo no dejaré de ser un Don Nadie, ni siquiera a costa suya’’. 

Pese a su última nota persistían las redadas, el miedo, incluso en el fin de su guerra, su bandera de paz fue ignorada, no había amenaza, pero el equilibrio había sido afectado. Los diarios y la radio anunciaban: ‘‘Victima del estrés el presidente claudicaba a su puesto’’. Y él, tan tranquilo como siempre bebía el café de las 8 trago a trago, negro, sin azúcar, viendo a través de las ventanas y ojeando las páginas del diario, en búsqueda de una nueva escena donde pasar desapercibido.

Fisgón

Un agujero, es todo lo que se necesita.

La diferencia de edades era un límite invisible, el deseo había borrado cualquier frontera que saltara a la vista, temblaba con su mirada, al tacto podía sentir esa atracción animal, ese deseo infalible. En esas ocasiones en que estaba encendido, empezaba a imaginarse sus labios besándole su verga dura y caliente, al abrazarla sentía su cuerpo y solo deseaba verla bañada en sudor, quería morderla ahí sin esperar un solo momento.

Poco le importaba si era o no compartido el deseo, en su imaginación ella estaba desprotegida, le daba sonidos a sus gemidos, olor a su aliento, temblor a sus orgasmos, bañaba de semen sus senos, su boca, su culo, halaba su cabello y jadeaba justo en su oreja.

El calor lo recorría, ella podía seguir estando tan fría como cualquier otra mujer ante su presencia, frígida ante su falta de tacto, ¡ah!, pero en su imaginación, ella lamía golosa y con desesperación, las últimas gotas leche que colgaban de su miembro.

Esa mueca de seriedad, y la falta de emoción que la caracterizaban la perdía en un instante, cuando la imaginaba abriendo la boca jadeante, y se aferraba de su espalda rasguñando cada centímetro de piel en ella. Esa parca mirada, esa indiferencia con la que lo trataba, cambiaba por euforia y flaqueaba ante su tacto de una manera única, en su mente no podía sostenerse en pie cuando intentaba ir al baño tras terminar de coger con él.

Esa elegancia que la hacía lucir inalcanzable, era la primera máscara que caía en su mente cuando él la tocaba, su ropa de marca rasgada por sus propias manos, y entonces era todo pasión, la lencería, la rígida postura cambiaba por un contoneo sensual, y ese vacío de sus ojos desaparecía, se llenaban de deseos, ella traía consigo las esposas, las prendas comestibles, los tragos, en su mente ella estaba sedienta, él era una fuente inagotable.

Su estatus social, su imponente figura se reducía ante él, se arrodillaba con una paciencia adecuada para que él disfrutara de su sometimiento, de su pérdida, y se acercaba tan, tan inquieta, con su boca abierta, invitándolo a tomarla, sumisa, sometida, caliente.

Su piel nunca olía, pero en su imaginación era embriagante, todo su cuerpo olía a su sexo empapado, todo en ella era sexual, su voz era un solo gemido, su cuerpo un solo objeto, qué le importaba que ella no conociera su nombre, en su mente lo gritaba día y noche, qué importaba que ella desconociera su existencia, en su mente ella lo llenaba de vida y orgasmos.

Por eso siempre la miraba con compasión en la realidad, solo él sabía que tan desdichada era ella por no vivir en un mundo donde cada uno de sus deseos era satisfecho, cada una de sus tangas había sido arrancada de su cuerpo, sólo él sabía cómo hacerla llorar, temblar y sonreír en un orgasmo continuo, solo él conocía la forma en como deseaba tenerlo dentro de ella, como reclamaba su presencia en los momentos de soledad y angustia.

Poco le importaba todo, el mundo, la hora, él sabía que de nuevo a las 8 pm cuando todo acabara, ella correría al baño de maestros, a la ducha de siempre y se masturbaría una y otra vez, mientras que él en secreto, silencioso como siempre la miraba a través de las rendijas de la ventilación, deseando como cada día tener el valor de interrumpirla.

Juicio

Perder el juicio

Cuando el juez exclamó que encontraría qué había detrás de todo lo sucedido, nadie esperaba ver compareciendo con sus declaraciones a dos coroneles, a un ministro y al presidente.

El caos se apoderó de la ciudad, era inimaginable que todo terminaría de esta manera. La situación parecía no dar para tanto, asesinatos por intolerancia se vivían a diario, el odio era noticia y realidad aceptada socialmente, sin embargo la víctima nunca había sido alguien importante y quizá de allí derivaba todo el problema.

La muerte del ídolo del club del pueblo en los camerinos de su propio equipo había suscitado demasiados problemas, sin deporte la sociedad estaba alineada a su destrucción y cuando la muerte tocó la puerta de un referente tan grande, la única alternativa era implosianarlo: utilizar ese acto violento para acabar con la violencia.

El jugador había muerto a manos de sus compañeros tras perder un partido frente al antiguo club de Alberto, club del cual se había confesado hincha solo días atrás, esto hizo que todos perdieran la cabeza y tras la derrota el más pesimista y violento de nosotros no se hubiera imaginado un final tan macabro como el sufrido.

El juez, hincha secreto del club decidió tomar el caso como algo personal, no dejaría pasar esta afronta, le había dolido como a todos que Alberto se considerara un enamorado de su rival de patio, pero los tres goles marcados por él en dicho partido eran prueba fehaciente de su compromiso con el club, ninguno había corrido tanto, nadie había sudado la mitad en ninguno de los dos equipos, incluso se le vio llorando tras terminar el partido.

Él era inocente, la culpa sin duda alguna era de los medios que habían promovido el odio durante los últimos días y que ya habían sido condenados por su participación del crimen, ahora asistían ante él actores políticos que desde sus comunicados habían manifestado no solo su apoyo sino el compromiso que tenían los jugadores en un partido de esa importancia.

Todos los que estaban frente a él habían incurrido en errores, los dos coroneles habían dicho días atrás que solo un vendido, un traidor, causaría la derrota de su club favorito; el ministro había dicho que debía ser desterrado como todo traidor y no se le debería permitir jugar el partido; y el presidente, bueno sin duda se extralimitó al poner en tela de juicio incluso la nacionalidad de Alberto, al llamarlo a patria y retirarle las condecoraciones que se le habían otorgado por ser un orgullo nacional del deporte. Junto con ellas, –concluía el juez– le había sido arrebatado el orgullo, el respeto…

Todas estas acciones habían enardecido al grupo, las declaraciones que fueron repetidas al terminar el partido por el circuito cerrado del estadio incendió los corazones de los impotentes, los perezosos que tras escucharlas increparon a Alberto por su declaración, en medio de la cancha empezó la disputa, los golpes, nadie esperaba que aquellos compañeros que llevaban una temporada junto a él fueran a usarlo como chivo expiatorio, las graderías reservadas ese día para el local aplaudieron los golpes y alentaron la violencia.

Arrastrado por las piernas que los había acercado a la victoria, Alberto fue llevado hasta vestidores donde falleció entre cánticos y alegría. Los jugadores del equipo rival fueron quienes encontraron el cuerpo de Alberto… abandonado como un par de guayos viejos.

La acción había generado indignación en todos, la noticia causó suicidios en aquellos que reclamaron sangre, el operador de radio que puso las cintas fue el primero en comprenderlo y saltó desde su cabina al vacío. Los jugadores que participaron de la golpiza habían sido fusilados y ahora tras la aprobación inmediata de la Ley de crímenes de odio, sus autores y promotores lloraban y pedían clemencia, sensatez y mesura al juez que tenía sus vidas a un golpe de martillo.

El veredicto fue unánime y revolucionario, culpables de cada cargo, fueron conducidos a la sala de ejecución, el método elegido sería la horca. Los implicados y alguien más fueron guiados con bolsas sobre sus cabezas, un tirón a una palanca y al unísono los cinco cuellos tronaron, fueron declarados muertos solo 1 minuto después de la ejecución.

A la mañana siguiente una carta abierta del juez heló la sangre de la ciudad, en su texto el juez decía:

‘‘Ha de cumplirse a cabalidad el dictamen, muerte a todo aquel que por odio termine con la vida de otro y esto incluirá a los verdugos, para que quede más que la consigna, esta ley será escrita con el ejemplo, pues llevado por el desprecio a sus acciones y comentarios he tomado la decisión de incluirme en la lista de quienes fueron condenados a la horca, yo seré el quinto cuerpo que cuelgue como ropa sucia de aquella cuerda’’.

Desde ese día en la ciudad han muerto las riñas, los gritos se han ausentado de la cotidianidad… el miedo gobierna nuestras vidas.

Enfermos

Creemos que no, juramos que estamos bien, pero todos estamos enfermos.

Siempre me llamó la atención que Claudia estuviera conmigo, la había conocido 3 meses atrás en una sesión de quimioterapia, si el doctor había hecho bien las cuentas me quedaban ahora 9 meses de vida. No era quisquilloso y ella, ella estaba esculpida por fuego, ardiente, intensa, era una flama, una brasa que te calentaba solo al verla pasar.

Pensé que era lástima, sí, la primera vez que me pregunté qué hacía ella con un moribundo pensé que era lástima, pero con el tiempo la conocí, era despiadada, ella no sentía empatía por nada, era incapaz de conmoverse por una enfermedad o una muerte, demasiado racional para entristecer o sucumbir por una vida que se extinguía.

Mi segundo pensamiento fue que lo hacía por diversión, que disfrutaba viendo cómo las fuerzas abandonaban mi cuerpo, que se entusiasmaba con la idea de ver cómo un hombre se transformaba en polvo, reduciéndose hasta desaparecer, pero no era una persona que guardara odios o rencores, no había en ella comportamientos sicóticos o sociópatas que me lo confirmaran.

La duda me mataba, bueno, en realidad lo hacía el cáncer, pero estaba perdiendo el control, me enloquecía no tener una respuesta para esa pregunta, estúpida pregunta que me rondaba desde la última vez que habíamos pasado junto a esa tienda en el centro, donde nuestras imágenes reflejadas en un gigantesco vidrio me recordaron que estaba muriendo, que era un saco de huesos, una carga, un puto enfermo.

Si no creyera que la conocía pensaría que era un juego, una apuesta o una burla, pero ella no presumía, no le importaba ganar las discusiones o probarle nada a nadie, pero la idea y la duda se esparcía más rápido que el cáncer, me comía los huesos. Habían vuelto las crisis y el miedo, pero no a morir si no a saber.

Al igual que a la muerte debía confrontarla; saber, necesitaba saber el porqué, pero Claudia era perspicaz, nunca permitía que la conversación avanzara, tenía unos labios que hacían que olvidara mis emociones, mis rabias, mis miedos con solo un beso, y cuando el sexo oral empezaba… bueno ahí muchas veces no recordaba mi nombre.

Pero había sido suficiente, el tiempo corría rápido y aunque en un comienzo me tranquilicé pensando no tenía nada de malo morir al lado de esa preciosidad, que pasaría mis últimos meses como un niño en un parque de diversiones, lanzándome de sus senos como en una montaña rusa, recorriendo sus caderas por horas como en un carrusel y lamiendo su coño, su hermoso coño como si fuera algodón de azúcar… Pero maldita sea, era un plan excelente hasta que había visto mi maldito reflejo.

–¿Por qué estás conmigo Claudia?–, pregunté de manera inadvertida.

–¿Importa?–, preguntó ella con tanta inocencia que estuve a punto de desistir, pero estaba decidido así que proseguí. –¡Claro que importa maldita sea!, llevo meses dándole vueltas a esta idea y me está matando, ¿entendés?, me está volviendo loco, me está robando el sueño, el apetito–

–Qué torpe que sos– respondió sin inmutarse, –te crees que era la enfermedad lo que me atraía de vos, sos un idiota, a esta altura deberías saber que todos están enfermos…, para serte sincera siempre pensé que solo aquellos que conocen la fecha de su muerte tienen la fuerza disfrutar de la vida… pero vos lo confirmás, son todos unos enfermos, unos idiotas, a todos les gusta más el saber que el vivir, hasta este día te amé, tan fuerte y tan real como tu cáncer, pero tu maldita curiosidad, tu estúpida pregunta y tu tonto miedo lo han arruinado todo–.

El golpe de la puerta fue seco, sonoro, tanto así que Claudia no escuchó cuando me desplomé, cuando mi

Corazón daba su último latido…

Instrumentos de viento

Las cosas no solo tienen nombres, también suenan.

Creo, muy en el fondo casi como una certeza que cuando respiramos ingerimos bocanadas de notas, que tu boca y la mía, tu nariz y la mía, más que oxígeno inhalan dos, rees, miis, que nos hacen sonar, a veces en la misma melodía, ese vientito se desplaza por el cuerpo y cuando resuena en los lugares correctos, nos falta el aire, pero no la música.

Los instrumentos de viento respiran, de una manera diferente, son incapaces de mentir porque requieren de un aliento profundo para sonar, dos pulmones deben hincharse de emociones y luego la boca, debe soltarlas como quién exhala su último aliento.

Si te preguntas a que viene todo esto, es porque la música cambió y pasó de la batería del jazz, al bandoneón, y el segundo siento que me mueve más que el primero… no sé, otra charla para sumar a ese tortoni en que se me convierte la cabeza cuando puedo crear una pequeña idea.

Ese miedo que congela, talvez estoy contándome esto a mí mismo, contando con que lo leas, o quizá estoy leyéndolo en voz alta mientras lo escribo, la idea no es descabellada, la palabras salen antes de que las digite, hay un vaso de ron cerca a la máquina de escribir, es un computador realmente, pero es una máquina y la uso para escribir, así que quiero llamarla, tal vez es media noche, tal vez estoy solo, un poco ebrio, un poco adolorido, talvez, talvez, talvez. Talvez quiero romperme en mil pedazos y decirme que no importa, me jode, me duele, pero NO importa, recordar cuando ella dijo: mirá estoy con otro, no te lo tomés a mal.

¿Lo crees?, ¿que alguien se lee esto a sí mismo en medio de la media noche un poco ebrio, segundos antes de escribirlo?

El bandoneón no da tregua, se expande, se contrae, diría palpita, pero no, es sístole y diástole pero no bombea ni vibra, sopla, sopla, sopla, y nos va dando algo, el hielo cruje en el ron, el vaso suda, yo sudo, no por esfuerzo, no, vivo en una ciudad acalorada, no caliente, no, acá el sol no pega todo el día, ni duro ni constante, pero se concentra, nada escapa de esta puta ciudad, solo ella. El caso es que suda el vaso y el bandoneón cruje también en el oído y el cuello se estremece, es solo un instrumento de viento, pero cada nota se graba mientras vuela.

¿Podés creerlo?, que esto lo escribe un ebrio, en medio de la noche, quizá está sobrio, pero en el fondo lo escribe un ebrio. Es curioso, las canciones recuerdan personas, las canciones completas, pero los instrumentos, al menos los de viento, recuerdan sensaciones, la letra, porque tiene letra lo que escucha el ebrio sobrio, pero la letra no importa, no dejás de pensar en ella, en ella con los ojitos cerrados la téticas pequeñas e hinchadas sobre él, repitiendo: —No sabés lo rico que se siente —Y pensás: —Está cree que está cogiendo sola, como si no sintiera los labios plegándose sobre la verga, la humedad bañándome lo huevos —y él sigo creyendo que sabe que siente perfectamente lo que ella siente mientras se muerde la boca, pero en todo escenario aunque hayan dos instrumentos, aunque los dos sean de viento y aunque los dos soplen las mismas notas, hacen cosas diferentes.

¿Podés creerlo?, que mientras el ebrio escucha un bandoneón recuerda una mujer jardín floreciendo sobre él, lo mejor es que él no tiene ni idea de lo que pasa, ni con la música ni con ella, ella no aguanta, se muerde la boca, y el bandoneón suena y resuena, tan, tan, tan, tan, tan, tan tararán. El escalofrío se agudiza ella tiembla, ella se para, el bandoneón se quiebra una y otra vez y llora las notas, ella gime, el bandoneón jadea, ella aspira sintiendo que se muere y estalla, chorrea, explota, lo baña…

Y él escribe, con Piazzolla en su cabeza, con ella aún sobre él, con ella aún lloviendo sobre él, una y otra vez, creyendo casi como una certeza que es música, que cada que suena un bandoneón, una mujer se viene a chorros, cabecea, la botella de ron mengua, igual que su cordura, el vaso cae, se rompe, se riega, igual lo hace ella, es el bandoneón piensa y duerme…