Límites.

Los hay territoriales, intelectuales, físicos y morales, los hay numéricos, sensoriales, los hay en todos lados y en todas las direcciones, al final no solo nos contienen, también nos empujan.

Todo tiene límites, es normal, después de todo, dicen, la matemática es universal, por eso cuando establecieron que un límite es la intuitiva aproximación hacia un punto concreto de una sucesión o una función, la verdad es que no se equivocaron. Sin embargo, y contrario a lo que se cree, el límite no indica el fin, sino el comienzo, cuando transgredes uno, rara vez es la última vez, por el contrario, casi siempre es tan solo la primera. Tiene sentido, algo que las matemáticas no omiten, si se sobrepasa se rompe y entonces deja de contener, el material se fatiga y la fuga comienza.

Para la música esa fuga constituye también un exceso, La fuga es un procedimiento musical en el cual se superponen ideas musicales llamadas sujetos, y es claro que cuando se camina sobre la línea, su capacidad de retenerte se ha perdido, es obvio, como una línea para Pollock, siempre llena de hastío, abrumadora, acosando siempre su fin de manera perpetua, siempre corriendo tras de sí misma, visceral, lasciva no se detiene en formas, ni en cuerpos, y su continuidad no es una variable.

Mientras que Alberto pensaba en esto martillaba cada tecla, de su teclado, era mecánico y sonaba, pero bajo las yemas había furia, podía escuchar el pequeño contacto pidiendo auxilio en cada digitación, y a todos en la oficina comenzaba a irritarlos.

Es el problema de los artistas, estúpidos, impulsivos, sensibles, esa necesidad de sentir los entorpece, son tan pesados, en todo buscando una interpretación, en todo llenándose de algo, un lienzo vacío para ellos es inútil, no ven la posibilidad, solo la frustración o la derrota, ahhhh pero si Duchamp lo bañara de blanco, entonces de repente el blanco sería simbólico, liberador y extenuante… cretinos, narcisos, idiotas.

Nada había hecho Alberto más que sufrir para molestar a Ligia, la economista que era vecina de puesto del Arquitecto, y mientras que Ligia peleaba con él en su mente, y lo insultaba, a dos cubículos, Jimena no soportaba más a nadie, pero en especial estaba cansada del silencio, de ser ignorada, por eso volcaba toda su energía a su tesis, gastaba su vida en la creación de la etimología en el discurso científico matemático para desarrollar ingenieros empáticos, capaces de calcular no solo el peso de los materiales, ni la lubricación necesaria para el desplazamiento y funcionamiento de un mecanismo, ni la rugosidad de la superficie… Jimena intentaba desarrollarlo porque necesitaba que Gabo pudiera leer las emociones en los textos para transmitir de manera adecuada las opiniones y demostrar que sus palabras, eran lógicas, pero no sensatas, y mucho menos pertinentes, que aunque sus ideas tenían una base únicamente sintáctica no carecían de significado semántico, que las emociones sí alteraban las palabras y que tampoco era gravísimo que él la hubiera dejado solo porque no se pintaba las uñas, y tuviera una dicción en la que algunas consonantes carecían de fuerza; que su argumento sobre cómo debe lucir y hablar su mujer, era impropio, y mucho más después de pasar una noche haciéndole felaciones, muchísimo más después de haberla presentado a sus padres, que su argumento era intolerable y que eran mucho más que palabras.

Estaba claro que en dicha oficina, la dicha no abundaba ese lunes en la mañana, aunque la verdad es que no se alteraría ni el martes, ni el miércoles, ni en agosto, allí se bebía a cántaros llenos la frustración y la rabia. Todos eran un desastre, nadie se explicaba como careciendo de parentesco alguno, podían parecerse tanto todos.

Era un problema de toda la vida, eran insufribles, ellos se toleraban quizá, solo porque padecían el mismo tedio, las circunstancias los hermanaban, ninguno allí podría llevar con dignidad alguna una sonrisa, pero la verdad es que a nadie le caen bien los diseñadores de mausoleos muy alegres.

No parecían haber sido gestados en dos óvulos muy diferentes, de hecho todos eran universos parecidos, aunque definitivamente en corrientes filosóficas opuestas, todos emanaban un almizcle a libro viejo que de manera penetrante, espantaba a todos.

Eran inteligentes pero tontos, Ligia, Alberto, Joan, en especial Joan, la inglesa, eran víctimas, que carecían de peso, y por tal motivo lo hacían también de culpa, ya que ni siquiera tenían realmente razones para estar, y el problema era simple, ellos habían nacido sobre sus propios límites, tan cerca el uno del otro, que no podían ser reflejos útiles para nadie, demasiado cerca de si mismos, y por lo tanto su vida consistía en repelerlo todo y su profesión en un: enterrarlo todo.

Eran parecidos, pero estaban del otro lado del espejo, al límite de sí mismos.

El fin

Durante la noche se despertó varias veces con dolor en el pecho, agudo, punzante, pero no físico; era lo que solemos llamar un presentimiento, acostumbrado como lo estaba a no quedarse con ninguna duda, y ante la evidente imposibilidad de conciliar el sueño, el Doctor en Lengua estiró su pesada mano y tomó el celular para confirmar la hora, 2:30 a.m., indicaba la composición de los pixeles en la pantalla. —2:30 a.m., me vengo despertando cada 30 minutos desde la 1:00 a.m., eso quiere decir que no he pegado el ojo —Dijo en voz alta el Doctor aunque no tenía a nadie que lo escuchara, solo para confirmar lo obvio, costumbre que sus estudiantes solían reclamarle.

Permaneció allí en un rincón de la cama viendo hacia el frente y recorriendo con la mirada su biblioteca, a, b, c, d, propio de los estructurados, como a él mismo le gustaba llamar a las personas que a pesar de si mismos habían logrado acumular una pared de títulos, los metódicos, que pese a la falta del tiempo que todo el mundo se auto receta, se auto medican con disciplina para llenarse logros, ante este último pensamiento siempre sonreía, siendo Doctor le gustaba decir auto medican, aunque tenía claro que su doctorado no salvaría ninguna vida, sobre todo desde que había abandonado la creación para  dedicarse a la crítica literaria, en fin, propio como es de ellos el orden en medio del caos, que era finalmente como siempre terminaba esa seguidilla de auto halagos, continuó el recorrido hasta llegar al libro que buscaba.

“Dolores de muerte”, el título no era para nada creativo, y su contenido menos que científico, pero como estaba convencido que nada era nuevo, buscó durante años en todos los países cartillas, panfletos y gacetas y separatas que finalmente había recopilado y publicado durante su tesis doctoral literatura de la muerte, una justificación humana a la muerte.

Cualquier persona normal hubiera corrido a Google, a tipear los síntomas para encontrar como resultado dos opciones: cáncer terminal o la venta de algún suplemento de origen mediterráneo y oriental descubierta hace poco, y vendida por una red de mercadeo que había salvado miles de vidas a nivel mundial, y que ahora podía él comprar una membresía para vender el producto o comprarlo para él con un descuento.

Pero más que del dolor, este hombre estaba enfermo, profundamente enfermo de las enfermedades románticas, las realmente antiguas, estaba enfermo de angustia, de melancolía y padecía como quien muere de un tumor de un nihilismo que le atrofiaba el crecimiento de cualquier esperanza. Recorrió con desdén y desinterés propio su libro, en el fondo sabía a qué Capítulo iba a llegar, 33 página 207. “Sueños de muerte”, iniciaba así la página, y continuaba más adelante testigos de las premoniciones aseguran que los afectados habían dicho pasar la noche casi en vela, o apenas pegado el ojo, atacados por ardores, quemones, irradiaciones de dolor, que no tenían ninguna explicación física, lo único es que al igual que él la enfermedad era bastante indiferente frente a asuntos de raza y género, lo malo es que al igual que él la enfermedad era bastante pedante y parecía afectar solo a personas en posiciones de poder medio, es decir que en términos generales cualquier otra persona hubiera deducido con facilidad que lo suyo era estrés.

Un tanto decepcionado cerró el libro, y volvió a ponerlo allí junto con los otros, y con mucho calma se sentó de nuevo en la cama, tomó el celular para confirmar las hora: 3:20, curioso pensó, la gente suele pensar que el tiempo llega a su fin, cuando evidentemente deja de correr, y un síntoma, un buen síntoma que los demás habían pasado por alto, era que empezaba a hacerse eterno para el afectado, por eso los 40 minutos que le había tomado pararse de la cama, y caminar los 6 pasos en su aparta estudio hasta las paredes abarrotadas de libros, tomar el que quería y leer lo que quería leer, lo había sentido mucho m{as largo, pero eso no era lo peor, sino que ahora creía que le había tomado muchísimo tiempo teniendo cuenta lo poco que había hecho.

Caminó por su casa tratando de despertarse por completo, pero aunque él seguía somnoliento, algo había despertado en él, podía ver con claridad las diferencias y las sombras del pasar de los años en las cosas que lo rodeaban, el tiempo le abría los ojos, la sentencia era una sola, sonrió confiado, era previsible que así fuera el fin para él.

Espejismo

La realidad no es más que un consenso

Los pequeños placeres lo eran todo, por más excitante que fuera verla día a día, los días en que ella tenía las uñas pintadas de un rojo brillante eran sus favoritos.

En su mundo imaginario eso significaba que ella lo deseaba, que se había preparado para él, que ella tenía la seguridad de que tras el grueso cristal de sus gafas él tendría sus ojos fijos en ella, en cada centímetro de su cuerpo… pensaba que eso lo hacía para sentirse poderosa.

Esos días su caminar era más provocativo, los roces accidentales eran para él insinuaciones descaradas y consientes. La elegancia de sus movimientos no podía ser algo que sucediera de manera desprevenida, tal coordinación no era accidental, ninguna mujer podía caminar de esa manera sin estar extendiendo una invitación.

La forma como llevaba el lapicero a su boca, como recogía su cabello enresortado, como sonreía tímida y casi nerviosamente cuando sentía su mirada, todo le confirmaba el descaro con que lo provocaba.

Todo en ella eran señales, incluso la primera vez que la escuchó, recordaba esa voz dulce, melódica, sin tonos chillones, sin problemas de dicción o vocalización, cada palabra recibía la fuerza necesaria, nunca le faltaba el aire en medio de una oración y cuando quería enfatizar en algo, lo hacía de una manera impecable, sin siquiera levantar la voz, bastaba escucharla para saber cuándo una palabra significaba otra, cuándo uno no era un sí.

Por eso nunca se detuvo, él sabía que aunque ella gritaba que todo estaba mal, que era inapropiado: ella lo deseaba. Que cuando cerraba sus piernas en medio del forcejeo lo hacía para sentir la fuerza de sus manos separándolas, que no se desvestía solo porque quería escuchar la ropa desgarrándose en su cuerpo.

Gritaba y no gemía, lloraba y no jadeaba simplemente porque anhelaba que su voluntad se doblegara a los golpes, que los escupitajos eran besos, los arañazos y los jalones de cabello  su forma de acariciarlo.

Cuando lo golpeó fuerte en sus testículos, comprendió que le agradecía, cuando le gritaba ¡cerdo!, ¡bestia!, ¡animal!, eran “te quieros”, y cuando sintió un tacón penetrarle la carne, atravesar su corazón, lo entendió todo… ella lo amaba.

Didáctica

Así son las cosas.

Para seguir el flujo del tiempo, se necesita de una cadena desencadenada de acciones, engranajes, piñones, resortes que se contraen y estiran, agujas que avanzan, y avanzan sin prisa, ni retraso, tics y tacs, que sin ninguna ambición propia siguen adelante, moviéndose solo moviéndose, no hay en su acto ni gusto, ni vocación, ni talento, solo hay adelante, solo hay segundos, solo hay minutos y horas, ni siquiera acumula, da una vuelta y vuelve a comenzar, esa y no otra es la naturaleza de un fenómeno, algo que se da y se repite sin intención alguna, es innegable, pasa, así pasa el tiempo sin presión alguna y por eso siempre gana.

Tan dueño de sí mismo que abruma, tan displicente que devela, nada le importa al tiempo, ni siquiera el tiempo mismo, no teme acabarse, ni extinguirse, no le angustia llegar a tiempo, ni irse temprano, no entiende a los que se apresuran, ni a los que se retrasan, el tiempo no se rige por el tiempo.

Y mientras que recordaba todo lo intuido por mentes más brillantes e ilustradas que la suya guardaba silencio. Un gélido silencio, pensaba que no podía matar el tiempo, y que no había forma alguna de ganar tiempo, no quería tampoco extenderlo, pero estaba exhausto, había acudido a ella buscando un oasis, un poco de calma, un mimo, había encontrado en cambio un desafío, sin mayor propósito que el de asediarlo, pero estaba agotado para intentarlo, en silencio camino hasta al cuarto, en silencio sacó su maleta, en silenció guardó allí la ropa, un par de libros, y vio largamente la biblioteca sin decir palabra, ella atónita lo miraba, pensaba que fragilidad, que pereza, que poco tolerante, pero nada era cierto, ni fragilidad, ni pereza, ni desidia, ni falta de deseo, cansancio, simple cansancio, su energía la consumía otro mundo, y para ella ya no había más que migajas, necesito una que no sea para pelear, necesito una que pueda aguantar el ritmo, que encuentre vida en la vida y no la busque en mi yo diezmado, una que palpite con el mundo y no quiera medirse con un hombre que baja del ring exhausto.

Quiero una pelea justa, en igualdad de condiciones, quiero una mujer que llegue al igual que yo, hecha trizas, que le duela la espalda, el cuello la rodillas, que sienta tedio de las discusiones porque sabe que al otro día va a necesitar pelear por un mundo mejor, por su mundo mejor, una a la que los sueños no se le queden en la almohada, sino que los levante a trompadas en la calle, eso quiero, eso merezco, eso busco… pensaba, pensaba, estaba tan perdido en sus voces que no notó que sus manos recibían cosas y guardaban cosas, que ella muda, caminaba a su lado, y le entregaba sus esenciales mientras pensaba, lárgate espantapájaros, no volvás nunca mamarracho que yo soy ave de presa y no carroñera, llévate todo que estás hecho polvo pero seco como una fruta vieja, la vida que me das huele rancia, el sabor está podrido, antes eras por lo menos un buen amante, pero ahora no sos capaz de someterme, te desafío y ya no me tomás del pelo ni me levantás del cuello, mientras me manoseas las tetas, hace tanto tiempo que no me sacudís, ni me mordés, lárgate a donde esa otra que seguro ahora es con la que querés pelear, dentro y fuera de la cama, márchate con tu costumbre, con tu silencio, con tus ojos cansados.

Él seguía pensando, una que tenga un argumento y no solo el temperamento, una que sepa leerme y no solo leer, en algún momento había sido ella, algunos días aún lo era, pero quietud es mezquina, también lo es el tiempo, es su didáctica, te cansa, te rompe, te hace perder el ritmo, necesita del caos de la ruptura, necesita del estallido del cristal, del tornillo desgastado para volver a ser, para abrirse, para tensar los resortes, aceitar los engranajes y los piñones, y a veces incluso después de eso, no es suficiente, no se suficiente, se pasa el cuarto de hora y en ese caso no queda más que aceptar las derrotas, las miserias, eso pensaban mientras los dos empacaban, porque de un momento a otro ella también quería largarse lejos de él, de allí, y allí también era él, no había lugar en ese lugar donde no hubiera algo de ellos, su juventud, su frustración, sus celebraciones, sus orgasmos estaban esparcidos por todo lado y en ocasiones al tiempo, allí había reído, llorado, gemido, follado, ese espacio, ese pequeño espacio era un universo que se consumía y mientras ella enfadada y ciega juntaba y buscaba y desarmaba y guardaba él sin darse cuenta también le ayudaba, ambos ciegos de enojo, terminaron con las maletas llenas, y llenos de rabia como las maletas de cosas caminaron en silencio y sin despedirse, dejando atrás un apartamento vacío, unas vidas vacías, unos corazones vacíos.

Ambos fueron donde sus mejores amigos, él a donde los de él, ella donde los de ella, ambos, los de él y los de ella, coincidían merecían alguien mejor, algo mejor, alguien que avanzara con ellos hacia el mismo lado. Ambos dijeron también con calma que ya era tiempo, que era justo a tiempo, y que el tiempo era perfecto.

En eso no se equivocaban, el tiempo lo es, en todo lo demás estaban equivocados, era solo dinámica, pero como todo lo demás carecía de significado y sin voluntad no podía dársele otro giro.

Cuestión de tacto

La palabra, la caricia, el golpe, el insulto; la vida misma, es relativa y por eso todo es cuestión de tacto.

—Si miramos bien, si ampliamos el espectro de visión, si vemos el dibujo completo…

—Si no abusamos de los sinónimos —lo interrumpió con gracia el viejo Soledá, a Efraín, un solterón célibe y amargado, tenía la costumbre de darle vueltas a todo menos a sus mujeres, por eso y pese a los años, e incluso en contra de la moral distraída de la mayoría de las coterráneas y la alegría de sus úteros golosos, el viejo había logrado evadir el coito y era el único virgen del pueblo, incluido el cura, que aunque llegó virgen y ordenado, no pudo evitar caer ante la alegría del acento calentano de nuestras chilapas, que suelen venir con una temperatura de 5 grados por encima de la temperatura ambiente, y con una humedad muy superior a la que trae el río.

—Mirá Soledá, —Dijo Airado Efraín, la amistad de los dos rompía el rastro de cualquier recuerdo, pero aunque nadie recordaba con certeza cómo se habían cruzado, sí tenían claro que siempre había sido igual, un pulso, un desafío; que de jóvenes terminaban siempre a las trompadas, pero la atracción entre los dos era magnética, “yin y yang”, algo así dijo alguna vez Steve, un gringo que venía de Holanda, y se paseaba en el ferri bajando y preñando pelaitas, de ahí vienen todos esos chilapitos rubios, el caso es que Soledá, varón bautizado así porque su mamá, al darse cuenta que estaba preñada con solo 14 años, insistió en que había sido un pájaro con el mismo nombre el que la había preñado, y Efraín, nombrado así con nombre de dueño de finca, se cruzaron, se pegaron, se odiaron, se perdonaron… al año bajitica la mano unas 15 veces desde que como vulgarmente se dice, se les rayaron la huevitas, y ya nunca hubo poder que los separara.

—No te voy a dar el gusto de sacarme de la historia, continuó Efraín. Si estamos en esto, es por tu culpa, y para entenderlo hay que ver el panorama completo, no joda, la película de comienzo a fin, hay que leerse todo el cuento, porque cuando uno ve el pedacito, uno dice: verga, ta’ todo bien, ahí no hay nada raro.

—Y verdad había en lo que decía Efraín, pero también en lo que proponía Soledá, bien podía decirlo ahorrándose un par de sinónimos, el caso es que estos dos, amigos y maestros no solo en el arte de la camorra, sino en el del café, el tabaco, y el boxeo de lengua, les había dado por convertirse en palabreros, de los analfabetos. La cosa, que empezó como chiste, escaló pronto como chisme, y ahí si no hubo poder humano, porque del dicho al hecho, en una tierra chilapa no hay un trecho sino un reto, y así fue. El día menos pensado, en el parque abrasador donde estos dos se sentaban a tomar tinto dicen que apareció un Lord, un Don, un señorito diszue Del Príncipe; al principio no faltó el que creyó que era uno de esos enviados reales, que en antaño llegaban como emisarios para orquestarle la orquesta, como quien dice, osea pa arreglale el viaje y tal. Luego dijeron que el recién llegado era de apellido Del Príncipe, luego hubo otros que dijeron que realmente era apellido inventado, por ser como quien dice hijo heredado del camino, como el propio Soledad, pero que su progenitor venía del Príncipe, y según la historia que por fin él contó, que porque su madre lo único que recordaba de su padre, es que cargaba un Librito con ese nombre: El Príncipe de un autor raro algo como Martelo, del que nunca recordó nada, así que a la hora de bautizarlo, el cura como sal en la llaga, en lugar de Marcelo, había decidido darle un nombre que todos olvidaron ante la gracia del apellido inventado Del Príncipe.

Como decía que decía entonces Efraín —La culpa de esta vaina, de que estemos tú y yo siguiéndole los pasos a este fantasmita es tuya, 15 notarías, 34 caseríos, 3 ciudades, y solo dos baños en el último mes de cuenta del chistecito de ser palabreros —Al chiste no puedes tú echarle la culpa Efraín, dijo Soledá enojado, la culpa la tuvo el chisme, no el chiste. La misma vaina, contestó con un Jab el viejo Efraín, sin el primero no existe el segundo, Soledá esquivo y mandó como gancho, ah sí, pero el primer chiste, nadie lo oyó, solo a ti te lo conté, fuiste tú el que alzó la voz en la polvareda que es el café de Juan Redondos, diciendo, escuchen todos a Soledá, se le corrió la teja, les presento al Palabrero oficial de este tierrero, no fuiste tú, ahora vas a negarlo —El golpe fue directo, el viejo estaba contra las cuerdas y a su edad, era mejor tirar la toalla que perder un encuentro, así que continuó; mira que ni viene al caso ya de quién dijo que a quién ni en qué volumen, finalmente sin génesis no hay apocalipsis, y lo que yo no entiendo es porque seguimos buscando al papá del principito este, ja porque como dijo el urólogo, es cuestión de tacto, el muchachito este nos dio la plata pa’ buscalo, y volver a la semana habría sido perder 3 semanas más de viáticos, y joda y tú y yo nos hemos perdido de todo, del mundo, vaina de todo nos hemos perdido, bueno, no todo, tu virginidad nos sigue acompañando. Vaina la tuya Soledá, vaina la tuya Efraín que seguís usando la bragueta para guardar polvos, como si te quedaran muchos, el caso es que hay que viajar, hay que dejarla por ahí tirada en algún pueblo, como amigo me he propuesto que a tus 60 años no llegas virgen.

—Mira Soledá que te estás buscando no es una paliza de verbos y sustantivos, lo que tú quieres es que te parta la cara aquí y ahora. Cógela suave Efraín, que si no pudiste en 38 años de juventud muchos menos vas poder ahora, cógela suave que como te dije, es cuestión de tacto, en cada pueblo he estado buscando no solo al Del Real ese, papá del principito, sino también a la ojona tuya, esa de ojos grandotes que aunque no te prestó ni las nalgas ni el matorral, te dio la poca vida que vives, con esa lengua que te hizo temer morirte si perdías la virginidad.

—Ay Soledá, ay Soledá, 4 semanas de viaje, 15 notarías, 34 caseríos, 3 ciudades, dos baños pa’ que tú me digas que vinimos acá por ella. Y de cada uno de esas notarías, de esos 34 caseríos, de esas 3 ciudades mandé telegramas, cartas y postales, porque tampoco es que te lo fueran a quitar solo por venir, —Alegría, que gusto verte, gritó Soledá mientras se paraba de la mesa, ahí te lo dejo, y vos Efraín, quedate tranquilo, en el pueblito que sigue vive Steve, que desde que vi al principito, recordé que el gringo ese iba de arriba abajo leyendo a un tal Maquiavelo, ah y recordá, es cuestión de Tacto, pero dejáselo a ella.

¿Vale la pena?

Al final solo hay una pregunta que importa.

            —Cuatro hombres entraron a la sala con una postura de amos y señores; la espalda erguida, la frente en alto, una sonrisa orgullosa, nada que ver con intachables, por el contrario, los cuatro tenían cara de ser seres perversos, de saberse perversos y de estar orgullosos de serlos. Nada que esconder a nadie, nadie ante quien justificarse, ningún dios a quien temer, era impactante, desagradable y al mismo tiempo, envidiable… Los hombre así, son libres incluso encerrados.

Cuando iban pasando por la mesa una fotografía llamó su atención, y todo comenzó.

            —Mirá lo que es, qué delicia, tiene los labios gruesos apretadita, rosada, unas teticas que te vuelven loco, y una lengua, no sabés lo que es la lengua…

            —Te lo digo en serio, pará.

            —Pero por qué pará, no dijiste vos toda la vida que había que ser directo, que no nos podíamos guardar nada, bueno esa es la verdad.

            —Sí se lo dijiste toda la vida, decías que solo un cretino guardaría su opinión por respeto o educación, que los modales eran para los cobardes, así como las moralidades.

            —¿No lo decías vos? Lo decías, a todos, nos rompías los huevos con tu discurso del llamado de la Humanidad Animal, fundaste un movimiento, lo registraste, tenés el acta notarial enmarcada en tu casa. En la sala, cada que alguien llega nuevo contás la historia, sacás la carpeta de ceremonias, te ponés el corbatín con tirantes con que saliste a proclamarlo documento legítimo en el atrio de la catedral… no podés pedirle ahora que vaya hacia atrás.

            —Es cierto no puede.

            —¿Pero son imbéciles todos?, ¿qué les pasa?

            —No pasa nada, no a nosotros, a vos te pasa algo.

            —En serio no pueden ser tan idiotas.

            —Es nuestro deber como miembros de la Humanidad Animal.

            —No sé qué les pasa, y no entiendo por qué insisten en hablar de eso, y mucho más para defenderlo, es un imbécil.

            —Imbécil es solo aquel que no se escucha a sí mismo para contentar a los demás, son las palabras de cierre de tu discurso no.

            —Esto no tiene nada que ver con la Humanidad Animal, ni con nada parecido.

            —Tú tozudez no tiene límites.

            —Lo que no tiene límites es tu estupidez.

            —Entonces con qué tiene que ver, ah decilo, dejá de esconderte, aclaralo, te escuchamos.

            —No es el momento

            —Claro que es el momento, siempre es el momento, de hecho, dijo el hombre adoptando una postura solemne para recitarlo: No existe el momento oportuno para una verdad, sin importar el día, la hora, el lugar, la verdad habrá de incomodar.

            —Pero no pueden ser tan tontos, no ahora, no aquí.

            —Aquí y ahora.

            —Pero que son tarados enserio.

            —La discusión continuaba, 4 hombres discutían airadamente ante los ojos de toda la corte, era un caso débil, sin pruebas, y nadie hubiera pensado que podrían darle fin a 8 años de búsqueda de una manera tan tonta. Habían ido a juicio solo por no perder la oportunidad de llevarlos ante un tribunal, y antes de hacer la primera pregunta, de algún modo, por alguna extraña y estúpida razón, el grupo de forenses habían terminado por lanzarles al menos cinco buenas preguntas y el fiscal no iba a desaprovecharlo, mientras el testigo empezó a martillar sobre el estrado el fiscal inició:

—Así que el cadáver #7 le parece atractivo  Dijo en voz alta y mirando al jurado.

La pregunta no lo incomodó, ni siquiera parecía abrumado, pero comprendió que el único lugar donde un hombre nunca debía ser honesto, era la corte. Los murmullos llenaban toda la sala, y él antes de responder ya era culpable. Y aunque era culpable no iba a permitir que eso lo detuviera.

  • ¿La estética deja de juzgarnos cuando morimos?, ¿si un gordo se muere deja de ser gordo?, ¿le compraría un féretro tamaño normal a un enano?, no tinterillo, no me importa lo impresionable que sea su moral, yo llevo viendo muertos durante los últimos 30 años de vida y puedo jurarle en este estrato, los feos siguen siendo feos, los deformes siguen siendo deformes, de hecho una de las cosas que más nos gusta de la morgue a mis compañeros y a mí, es que nadie se ofende con comentarios sin importancia, ninguno se inmuta, se quedan fríos por decirlo de alguna manera, ante cualquier palabra.
  • ¿Le parece que es gracioso?
  • Sé que es gracioso, lo que pasa es que usted está muy ocupado jugando al hombre admirable, necesita que el jurado piense, ese hombre se ha indignado y con la buena pinta que tiene, es un ejemplo a seguir, si él está en contra de ellos, también yo debo estarlo, para luego poder mirar con una sonrisa a nuestros rostros y leer el veredicto esperando haberlo hecho sentir orgulloso.
  • Objeción, el acusado intenta influir sobre el jurado.
  • Objeción, el abogado intenta influir sobre el jurado.
  • Objeción, el acusado es feo, gritaron los otros.

—El juez pidió que todos se acercaran al estrado, los 4 acusados levitaron hasta allí y el abogado evidentemente molesto arrastró los pies hasta el mismo lugar, luego el juez habló:

            —Se los advierto, no voy a permitir que conviertan esta audiencia en un circo.

            —Le hablan a usted payaso, espetó  ante el abogado uno de los acusados.

            —Hablo en serio, replicó el juez.

            —Ya se comportará mejor, dijo otro de los acusados al juez mientras miraba al abogado.

—Mientras todos volvían a sus puestos seguían con la misma apariencia que cuando entraron y de alguna manera el abogado empezó a darse cuenta de algo, eran inmutables, no había nada que pudiera decirles que los sacara de juego, tenían por así decirlo algo de muertos a su alrededor, no sentían culpa alguna, así que no podrían encontrarlos culpables, no sentían rabia o enojo, no tenían ninguna emoción, acusarlos, quebrarlos, iba a tomarle meses de duro trabajo, enojos, provocaciones para nada recomendables para alguien con sus úlceras, y posiblemente la pena que recibirían tampoco sería grave, porque no había pruebas, solo indicios, sospechas y rumores de pasillo, no vale la pena, pensó y sin más hizo una última pregunta.

—¿Hay algo que desee confesar?

—NO.

Juego

En algunos juegos, por alguna razón, los jugadores juegan todos a perder.

— Ambos caminaba un poco en silencio, eran amigos, así que del todo no les molestaba, pero quizá por tedio, o por costumbre no pudieron evadir por completo la plática.

—Me gustan estos edificios, salir a caminar y verlos, ver algo que es más viejo que uno, que siempre lo será lo ubica temporalmente, te permite sentirte parte, en Colombia no es así, si te vas mucho tiempo cuando volvés la ciudad que conociste ya no existe, no es solo metáfora; no tenemos memoria histórica, todo lo derrumbamos, no sabes ya cómo era todo hace mucho tiempo, y el problema es que no solo olvidamos cómo se veía la ciudad, con ella se van otros recuerdos.

—Seguís triste, eso es todo, son lindos los edificios, pero andás pensando mucho todavía en el pasado. Pensá en otra cosa, pensá por ejemplo cómo sería la vida si estuviéramos casados

—¿Vos y yo? O cada cuál por su lado

—Ah no, si vamos a jugar a ser felices, hagámoslo juntos, igual el juego necesita de negociaciones y no podemos negociar con quien no tenemos al lado, y no se trata de imponer, como todo juego se trata de ganar

—La expresión en su rostro no era del todo inocente, hace solo un par de días que enfrentados en esa lucha de egos carismáticos que tanto él como ella tenían, se habían confesado cierta atracción, pero ninguno tomaba la iniciativa, les gustaba el coqueteo y parecía que no iban a perder la comodidad de sentirse deseados.

—En qué clima preferís vivir, frío o caliente

—Frío, este invierno de Baires me tiene feliz

—Rico podría ser Santa Helena

—No me gusta conducir, así que supongo que tendrás que ser chofer de la casa, a menos que pueda tener una moto

—Vale vos tu moto y yo mi carro

—No hay lío, pero dos vehículos, eso significa casa, además los apartamentos no me gustan tanto, quiero tener un perro y tres gatos, Balú, Chéjov, Chinanski y Julio

—Casa grande y al perro lo bañás vos y duerme afuera

—El perro no duerme afuera, si querés tienen su propio cuarto, pero nunca afuera a menos que tengan su su propia cabaña, es más tiene que haber una cabaña, que sirva de estudio, y de casa de huéspedes.

—Pensás ganar mucho dinero

—Si en fantasías soy pobre, que pobre serían las fantasías, la moto es un Harley, tu carro espero al menos un Wrangler

—Me gusta tu despilfarro ficcional

—Gracias, ¿hijos?

—No sé, ¿vos?

—No tengo idea

—Va quizá algún día se nos antojan, y un viaje al año

—Cada año el otro debe planearlo, establecer la cuota y procurar que pase.

—Ok, me gusta, ahora, vos tenés tu estudio, tu man cave, yo que debería tener…

—¿Algún hobby en mente? Pintar, tejer…

—Ja ja ja, quiero un cuarto para mí, para ser, a donde huir de tu pesadez

—Ja ja ja, no hay tal lugar, siempre logro inundarlo todo con ella, señorita ligereza, pero te prometo que cuando pase te avisaré para que hullas, olerá a picadura de pipa, y sabrás que me encuentro preso de una insufrible melancolía, quizá por un libro que ande leyendo, quizá por un cuento que quiero escribir y no puedo hacerlo bien, quizá porque pongás esa cara, que ponés siempre que saco un cigarrillo y que me dice que toda la magia se fue al carajo

—¡Pesado!

—Aún no tenemos la casa, no tenés a donde huir

— Había silencio, risa y silencio, les había gustado el escenario, no encontraban fallás graves en ese jueguito de ser felices, ella pensaba que tarde o temprano algún médico le quitaría el cigarrillo, y que el perro en la casa no era un gran problema, la idea de un clima frío con un hombre grande que la calentara era una gran combinación y en el fondo, que los dos tuvieran un lugar a donde escapar el uno del otro hablaba de entendimiento; él pensaba que había salido bastante bien, omitía lo obvio porque lo deba por sentado, ella es tranquila, no es sosa, solo tranquila, como lo es a lo lejos la imagen de un bosque o un mar, y tiene furia adentro, debe ser un buen polvo, así que todo pinta bien, con el tiempo dejará entrar el perro a la casa… y divagaba sonriente hasta que ella retomó la palabra.

—Ja, jugas muy bien, mejor que Henrique.

— El golpe borró toda sonrisa, le pasaba a menudo, sus buenas ideas nunca lo beneficiaban, ella había encontrado la forma de colarlo a él en la conversación, de recordarle que no era su vida, que por más que la hubiera imaginado, no le pertenecía más que a ese momento, y no solo eso, sino que en este juego, era solo un juguete.

Sino

El destino es solo el diario del pasado, no la promesa del futuro.

—Escuché alguna vez de un enano rengo, que la discapacidad solo existía cuando algo que cualquier persona puede hacer, otra no puede hacerlo debido a una incapacidad física frente a los demás, es decir que al sordo no lo hace un discapacitado su sordera, sino la incapacidad que tenemos los que escuchamos para hacer un mundo con el que él pueda relacionarse, igual nos pasa con los ciegos, los mancos, los mudos, ellos son discapacitados no por su condición sino por nuestra falta de imaginación, porque nuestra creatividad para crear un mundo que los incluya está tan limitada como ellos en este mundo que no los ha tenido en cuenta para diseñarse.

La anécdota es fuerte, las palabras lo son, es quizá también lo único que tenga de fuerte el cuento que estoy escribiendo.

—El mensaje lo había enviado a las 8:10 p.m. , al comienzo un solo signo de revisado lo acompañaba, lo que le recordaba que el internet al igual que sus cuentos eran lentos y pobres en conexión, no lo jodía, lo de sus cuentos, lo sabía bien, lo del internet lo mataba, detestaba esperar, y estaba seguro que cuando los signos fueran dos y aunque el color cambiara a azul, igual tendría que esperar, porque el Doctor, aunque amable, solía considerar que su tiempo no era tan valiosos como el suyo, y por ende siempre quedaba en la lista de no prioritarios.

Estaba atado de pies y de manos, no era fácil encontrar un doctor en lenguas que se interesara en leer cuentos y en asesorar durante la creación de algunas piezas, eso y la amistad que los unía desde los 14 años le ataban la furia que sentía, y lo obligaban a esperar.

Así que mientras lo hacía decidió continuar, eran ya las 8:29 p.m. y el segundo signo apenas aparecía, la espera iba a ser larga, el caso fue que continuó o intentó hacerlo, había pasado casi media hora viendo titilar la barra vertical en su pantalla pero las ideas no fluían, pero una vez escritas y re escritas un par de palabras empezó a aflojar la maquinaria.

—Algo similar me pasa a mí, los tullidos no son los únicos que sufren, yo al igual que los locos tenemos un impedimento mayor, sé escribir como ellos respirar, he escrito miles de palabras, he escuchado a la crítica y si bien nunca ha exagerado, cosa que en el fondo siempre me ha alegrado, ha tenido sus comentarios muy positivos, y frente a las opiniones de los lectores, están esos quienes juran que ante mis palabras no hay nada que no se rinda, lo cual es tonto e infantil, las palabras no demandan nunca una rendición, no quieren tregua, las palabras y sobre todo las mías quieren resistencia, voluntad y resistencia, mis palabras solo sirven para provocar, no para asediar, no me gusta robarme nada que en el fondo no quiera dárseme.

— El cuento es sobre un escritor, cobarde y honesto, acabo de escribir un párrafo donde se sincera, sabes que solo escribo de los escritores cobardes porque me encanta hacerlos confesar, los conozco Doctor, los he leído, farsantes, gigolós incapaces de hacerle el amor a la mujer que les gusta, frente a cualquier otra, no les para la lengua pero frente a los partidos importantes, pechos fríos, como gritan en el estadio a los que cobran centenas de millones por achicarse cuando la situación exige grandeza, llenan de valentía a sus personajes pero es solo porque a ellos les falta, no son diferentes de los tullidos, porque al igual que ellos ante las situaciones queda en evidencia que algo les falta.

—el Reloj ahora marcaba las 9:29 p.m. los mensajes entregados y leídos, la respuesta aún sin escribirse, o quizá sin siquiera ascender un lugar en la lista de pendientes, ahora piensa que se siente como debería sentirse el cuento, un segundazos, o tercerazo, sin prisa alguna de ser terminado. Se disculpa con él sin embargo, piensa, me faltan ideas, pero sabe muy bien que quiere escribir, en el fondo sabe que está escribiéndole a ella, a su profundidad, a su anaranjado incendio de pelos, sabe que está escribiendo no solo de un escritor cobarde, sino un poco de él, quizá en el fondo también sea un escritor cobarde, “Un hombre es todos los hombres” piensa tengo derecho a serlo en caso de que lo sea, pero continúa pensando en ella, en la misma forma en como pensó cuando oyó a sus amigos hablar del amor, será amor, la quiero de manera diferente, es decir, es hermosa, siempre lo ha sido, atractiva, inteligente, pero me gusta, de verdad me gusta, es decir la quiero, pero de verdad la quiero.

—Su mente le da tregua, está en calma, en ceros, en blanco, no piensa en ella, no piensa en nada, es una pena porque muy pronto lo notará y extrañará ese lugar, ese breve silencio, esa ausencia de sí mismo, ella lo inundará de nuevo, no tendrá escapatoria más preguntarse, la quiero, la quiero de esa manera, nunca la rechazaría, si tuviera una oportunidad de desnudarla le arrancaría la ropa, la tomaría del pelo y le comería el sexo sin pensarlo, le importaría muy poco, o nada si no estuviera depilada, incluso si tuviera la regla, la única regla que él conoce es que cada oportunidad puede ser la única, así que lo haría, la mordería, la marcaría, con que ganas la tomaría del cabello para guiar su boca a miembro, y con cuanto deseo la levantaría después del cabello, la pegaría contra la pared para luego darle un buen follón, no importa si no se corre, no le importa no venirse si la hace llegar, siempre se esfuerza en los primeros polvos, cada oportunidad puede ser la única se recuerda, la nalguearía, quizá hasta la abofetearía mientras follan, sin violencia, solo como un juego, quizá

—Prrrr prrrrr

Vibra su móvil y sale del trance, mira la barra vertical palpitando en la pantalla toma el móvil.

—Perdona la demora dice el doctor, el primer párrafo si es la anécdota es fuerte, prometedor, tiene una halitosis a realidad que espanta, eso me gusta, el segundo tiene un poco más de esa violencia triste, de esa rabia desbocada, un golpe a la pared, tiene pinta de ser el trago que hace que todo se vaya, quizás deberías mencionarlo después, crear un par más de párrafos intermedios para que vuelva cuando se necesita, ahora es demasiado pronto, sería liquidarlo muy rápido.

Quizá si lo juntas con el otro texto, recuerdas, el del ego, ese en el que dices que el dolor del desamor no es más que el de una alegoría existencial, una reclamo justo frente a la negación de una vida fulminada, ese en el que hablabas del amor castrado, oprimido, era un idea un tanto alocada pero veo que quizá le viene bien al menos como un punto de partida a este, o quizás puedas solucionarlo de una manera más tradicional, probaste emborrachándolo? Espero no lo hayas hecho abstemio, sabés que los personajes necesitan pecar, perderse, sentirse vivos, aunque estén condenados repetirse toda la vida y a recorrer sus pasos en cada lectura como si fuera la primera vez, ya lo  hemos hablado, tu teoría al respecto me gustó, pero luego podemos retomarla, por ahora hacelo sufrir un poco, no le des tregua a los cobardes, alarga, dale esperanzas y luego tiralo al piso, recordá que cuando escribís tu papel no es el de escritor, es mucho mayor, sos el universo y como tal tenés que darle todas las oportunidades y nada de enseñarse con uno u otro personaje, tienen que serte completamente indiferentes, esto si queremos que el lector se sienta identificado.

Mañana me mostrás, necesito un poco de tiempo de calidad antes de dormir.

—El mensaje finalizaba sin dar derecho a réplica, odiaba sus monólogos, se sentía como un pelele cuando lo ninguneaba de esta manera, —mi culpa y mil veces mi culpa, pensaba, y en el fondo quería sumergirse en esa ira, porque aún tenía en su cabeza el recuerdo de la humedad ficcionada, debería planteárselo, decirle, no sé si me gustas, pero me gusta la idea de que me gustes.

—Sonrió aturdido, planteárselo ja, plantearle qué si nada lo tenía claro

—Debería hacerlo, pensaba mientras liaba su cigarro, pensaba mientras lo hacía pensarlo, mientras lo obligaba a pensarlo,

—Ja pobre imbécil, está perdido y envió el mensaje, este no va a dejar de sufrir, se agobia con una facilidad, tiene miedo, miedo, jajajajaja pobre imbécil y va sentirse así en cada lectura, imaginas al desdichado. —Estaba a punto de enviar el mensaje, pero se sintió mal, hacerlo sufrir eso toda la vida, un sufrimiento tan tonto, nada elegante ni simbólico, no, soy mejor que eso pensó, juego a ser escritor no quizá…

Nada, las semanas pasaban y la historia seguía en silencio, también ella, hacía semana que no sabía de ella…

—Prrrr prrrrr

—Era el Doctor, y cómo siguió el paciente, preguntó sonriente,

—Condenado a la única venganza y al único perdón, olvidado.

—Hizo una pausa mientras pensaba en ella, si la quería o no, y luego continuó escribiéndole a su amigo quizá algún día, añadió antes de desearle un feliz día.

Sala de redacción

Aveces algunos escritores necesitan asegurarse de tener lectores. Ellos en el fondo lo agradecen.

Señores Sala de Redacción
Desde algún lugar del mundo

He estado leyendo y quiero compartirles una columna que sin duda será de su mayor interés pues nos brinda luces en un territorio antes inexplorado sobre la obra del sobredimensionado Kafka; he estado pensando mucho sobre la dificultad que me daría el redactarlo y compartirles los hallazgos que les menciono, dado que el tiempo es limitado para mí, saben que los redactores publicitarios somos los únicos que realmente trabajamos, aunque nadie sepa nunca muy bien en qué, pero, les alegrará saber que he encontrado la forma perfecta, la prueba es que se encuentran leyendo estas líneas.

He logrado construir este mensaje con trozos de la redacción de racionales y manifiestos para diferentes marcas. El rey es el argumento, así que después de sorprenderlos con esta delicada confesión, que piensa tanto en su cariño como en su bolsillo, les presento su mejor opción, para la columna abierta.

La pupa, es el estado por el que pasan algunos insectos en el curso de la metamorfosis, la real, no la del librejo aquel, es la que los lleva del último estadio de larva al de imago o adulto. Si se piensa que es un paso inevitable para la transformación, quizá podríamos asumir de Kafka no sabía mucho sobre los insectos, o quizá que en su cabeza Gregorio Samsa era claustrofóbico y conociendo su penoso final, había decidido ahorrarle un sufrimiento al no encerrarlo; hay que convenir que es posible, así como tendremos que aceptar que posible es todo lo que sea imaginable, si no podemos realizar estas dos concesiones, hemos llegado al final de esta dislocación, si por el contrario, afirma sonriente sobre esta pequeña ligereza, por favor no deje usted que se enfríe el café, aromático, delicioso de las mejores montañas de nuestra tierra y continuemos.

Dicen, que muchos insectos se mueren de miedo cuando nuestro producto llega a casa, y que por eso construyen esta pupa o capullo para ocultarse, y si encontramos esto metafórico, entenderemos en sí, que la transformación sufrida por Gregorio Samsa no es tal, ya que, él mismo sería el vehículo de la transformación, es decir el personaje de Gregorio es en sí mismo es la pupa o el capullo, sin saberlo, pues es natural que sufriera como hemos supuesto que podría hacerlo claustrofobia. Imaginen el terror que podría causarle el saber que su único propósito en la vida ha sido realmente el de encerrar a otro, la conmoción podría matarlo y si el capullo se rompe antes de tiempo, suele hacerlo también su contenido; estaríamos entonces perdiendo contenido y contenedor por el precio de uno, pero el beneficio promocional que hoy tenemos, de perder dos seres ficcionales en uno sin mayor justificación que la de una fuerte impresión, parece ser el típico caso, no de una oferta sino de una estafa, por lo que, aunque posible, supongo que estaremos de acuerdo en que no ha sido elegido ese camino.

Bien, retomemos, en ese encierro, metafórico o biológico. Dependiendo de si quien lee esta pequeña dislocación es larva o humano, los órganos juveniles se reabsorben y el organismo adopta una estructura totalmente diferente. Durante este periodo, los seres encapullados, o enpupados, no se alimentan y suelen estar inmóviles, a menos que quien lo lea sea un mosquito, ya que cuentan con la capacidad de movimiento más notoria del mercado, con su revolucionario diseño hacen de estas la mejor entre todas larvas.

Kafka no sabía nada de insectos, aún así eso no es lo importante acá, debemos concentrarnos en que pese a sus limitaciones hemos podido entender que Kafka nos veía a todos como seres expuestos y débiles, viscosos e indignos de llamarnos hombres, hasta que no atravesáramos un paraíso para el descaso y las conexiones con nuestros recuerdos, en un aislamiento, u ocultamiento y la reflexión de nuestra propia realización. Si ha podido asentir, si está de acuerdo, esta es la oportunidad para que sea suyo este pequeño texto y puedo imaginar un poco esa cara de asombro genuino que trae la iluminación de la sabiduría al hombre en medio de la bruma. Hasta pronto y espero no encontrarme con que la impresión de este texto sea desechada y con ella esta maravillosa investigación literaria para publicar cualquier otra tontería sin sentido.

***

La risa estalló en la sala de redacción, no era inusual que recibieran correo de manicomios y agencias de publicidad en las que los olvidados de la literatura solían exponerse como genios genuinos, solían exponerse como adictos a los halagos y por necesidad de una aceptación y reafirmación constante se habían enganchado a un mundo donde lo que hicieran parecía sumamente relevante, pero con el tiempo la idea los desquiciaba, era de entenderse que ningún genio literario consideraría nunca una cuña radial sobre los pañales max 40, una obra publicable, sin embargo para estos Ronroneadores como nos gustaba llamarlos por su confesa necesidad de ser acariciados, la verdad era cruel, si algún día habían tenido talento, lo habían malgastado, y ahora olvidaban que al leer, el lector también se lee, y no dejaban nada para entretenerlo, y casi siempre terminaban mandando eran pequeñas instrucciones, sin embargo cuando aparecía algo de esta calidad se reunían bebían y el autor si se había dignado a poner su nombre ingresaba al salón de la fama y su texto solía publicarse en un compilado anual que titulaban: Señores Sala de Redacción.

Causas perdidas

Chéjov dijo alguna vez: Solo inútil es placentero.

Cada mañana se levantaba en busca de letras, quería ser escritor, sentía que la tinta le palpitaba en las venas. Leía como yendo a la escuela, leer era su academia, pero temía nunca igualar lo que sus ojos veían y temía a la hoja en blanco como a la oscuridad temía de niño.

Cuentos, historias, reflexiones, poemas, noticias… sentía que todo lo había intentado y junto a sus papeles guardaba la esperanza de ser pronto reconocido y junto con ellas el miedo de nunca serlo. Le gustaban las causas perdidas y por eso le apasionaba tanto la suya, pero su vida de letras no era la única causa que apoyaba.

Jorge creía en las personas, trabajaba y no tenía inconvenientes en gastarse su quincena en una noche si podía con ello llenar de sonrisas el rostro de sus amigos, estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, incluso si no lo conocía. 

Creía en los abrazos y los besos, en las pasiones fuertes, en las calmas prolongadas, en los silencios cómodos. Era un melancólico que disfrutaba los intentos más que las victorias.

A sus treinta años había gastado sus ahorros en más de una ocasión en donaciones de libros a la biblioteca del pueblo donde creció, pese a que cuando la visitaba aún encontraba los mismos libros que leyó cuando era niño, pero era tal su amor por el prójimo, su fe en él, que pensaba que el dinero estaba en meses de arriendo atrasado o salarios incumplidos a sus empleados, así que sonreía y pensaba lo mejor de cada ocasión.

Incluso creía en el juicio de su pueblo y elección tras elección seguía eligiendo más por pereza que por democracia a la familia del alcalde, pensaba que seguro no era tan malo si todos seguían eligiéndolo y que quizá él exageraba al encontrar tantos defectos y frustraciones con su representación, por eso seguía enviando noche tras noche, una carta al alcalde dándole, a su juicio, algunos consejos que harían mejorar la vida en el pueblo, aunque sabía por los rumores que día a día el alcalde encendía un puro con la carta que él enviaba. 

Todos conocían a Jorge y su gran corazón, todos abusaban de su nobleza y muchos la creían merecida, castigaban su amor porque era más fácil que unirse a su invitación constante a rescatar la humanidad del pueblo, aun así él nunca alimentó un resentimiento.

De esa forma de vida desprendida nació el rumor de su fortuna, su buena vida solo era pensada para un adinerado, nadie podía estar dispuesto a dar tanto si no tuviera diez veces más, era obvio que Jorge era una fachada, tenía que estar forrado porque nadie era tan estúpido para dar aquello que aún le servía.

Una mañana, como cualquier otra, Jorge tomó sus cartas, una para el alcalde, unas cuantas para las editoriales y otras a amigos que lo habían olvidado y emprendió su camino, pero nunca volvió. Camino al correo su corazón se había cansado de luchar, incluso así su cadáver sonreía, hasta el último día lo había intentado y él amaba las causas perdidas.