Causas perdidas

Chéjov dijo alguna vez: Solo inútil es placentero.

Cada mañana se levantaba en busca de letras, quería ser escritor, sentía que la tinta le palpitaba en las venas. Leía como yendo a la escuela, leer era su academia, pero temía nunca igualar lo que sus ojos veían y temía a la hoja en blanco como a la oscuridad temía de niño.

Cuentos, historias, reflexiones, poemas, noticias… sentía que todo lo había intentado y junto a sus papeles guardaba la esperanza de ser pronto reconocido y junto con ellas el miedo de nunca serlo. Le gustaban las causas perdidas y por eso le apasionaba tanto la suya, pero su vida de letras no era la única causa que apoyaba.

Jorge creía en las personas, trabajaba y no tenía inconvenientes en gastarse su quincena en una noche si podía con ello llenar de sonrisas el rostro de sus amigos, estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, incluso si no lo conocía. 

Creía en los abrazos y los besos, en las pasiones fuertes, en las calmas prolongadas, en los silencios cómodos. Era un melancólico que disfrutaba los intentos más que las victorias.

A sus treinta años había gastado sus ahorros en más de una ocasión en donaciones de libros a la biblioteca del pueblo donde creció, pese a que cuando la visitaba aún encontraba los mismos libros que leyó cuando era niño, pero era tal su amor por el prójimo, su fe en él, que pensaba que el dinero estaba en meses de arriendo atrasado o salarios incumplidos a sus empleados, así que sonreía y pensaba lo mejor de cada ocasión.

Incluso creía en el juicio de su pueblo y elección tras elección seguía eligiendo más por pereza que por democracia a la familia del alcalde, pensaba que seguro no era tan malo si todos seguían eligiéndolo y que quizá él exageraba al encontrar tantos defectos y frustraciones con su representación, por eso seguía enviando noche tras noche, una carta al alcalde dándole, a su juicio, algunos consejos que harían mejorar la vida en el pueblo, aunque sabía por los rumores que día a día el alcalde encendía un puro con la carta que él enviaba. 

Todos conocían a Jorge y su gran corazón, todos abusaban de su nobleza y muchos la creían merecida, castigaban su amor porque era más fácil que unirse a su invitación constante a rescatar la humanidad del pueblo, aun así él nunca alimentó un resentimiento.

De esa forma de vida desprendida nació el rumor de su fortuna, su buena vida solo era pensada para un adinerado, nadie podía estar dispuesto a dar tanto si no tuviera diez veces más, era obvio que Jorge era una fachada, tenía que estar forrado porque nadie era tan estúpido para dar aquello que aún le servía.

Una mañana, como cualquier otra, Jorge tomó sus cartas, una para el alcalde, unas cuantas para las editoriales y otras a amigos que lo habían olvidado y emprendió su camino, pero nunca volvió. Camino al correo su corazón se había cansado de luchar, incluso así su cadáver sonreía, hasta el último día lo había intentado y él amaba las causas perdidas.

Paloma

Hay imágenes que no se borran fácil de la mente, aunque solo se imaginen.

La imagino solo con tangas, las piernas largas extendidas, los labios rosados y grandes jugando con alguna fruta mientras con una mano se acaricia desprevenida una teta, llena de júbilo y de semen, sonriente, sostiene en su mano un trago rosado, pero lo que la tiene borracha es lo mismo que no la deja caminar, el orgasmo aún presente en su mente, se niega abandonarlo, no le cuesta alcanzarlo, pero sabe que no siempre llega, y por eso lo disfruta, su amante está a dos pasos, siente su corazón arrítmico, frenético, desbocado, y de vez en cuando acaricia la punta de sus pezones y cierra los ojos para saborearlo un poco más.

Es lo bueno de la juventud, a los 24 años no importa mucho nada, ni siquiera dejar pasar el tiempo, se disfruta mucho más de no tener un plan, ni prisa, después de los 30 esos momentos vienen con culpa, algo se está olvidando, algo se está dejando a un lado, hay algo que pudo hacerse y no se hizo, pero ella aún no sufre y él su amante de turno, puede contemplarla un poco high de endorfinas, porque cualquier libro puede esperar frente a esas tetas, porque no hay una película que pueda darle tanto placer como el de esa boquita succionándole cualquier remordimiento, ambos se ven y sonríen, pero ninguno piensa realmente en el otro, son dos instrumentos, que además hoy, están prófugos de la cuarentena.

Ella inventó una reunión de emergencia, sus padres angustiados pero orgullosos no se imaginan que la dedicación de su hija no está en algún diseño, ni resolviendo algún enredo de mercadeo, sino que toda la dirección de arte que hay en su cabeza se ha destinado a algo más, ha elegido los ligeros con calma, el bralette que lleva puesto ha querido estrenarlo durante semanas, y aunque odia las tangas, esas con transparencia que ha decidido utilizar, tienen algo particular, vibran cuando a él se le antoja, responden a un controlcito que él risueño le enseña y sonríe, pero sacude la cabeza:

—Aún no, aún no, dejame imaginarte otro ratico, aún te siento dentro, justo ahora que se me escurre tu semen, aquí, siento aún tus dientes —le dice mientras sus dedos rozan sus pezones y continúa —No es falta de ganas, no hagas esa cara, no frunzas el ceño, es exceso de ganas, tenía ganas de este momento después del sexo, de este traguito, de los mimos, también quiero los mimos, sino hay mimos, —Lo mira con una malicia casi ajena, casi extraña, una frase ensayada, que se le ocurrió en otro momento, en otra situación, pero que viene bien ahora —Si no hay mimos, te cobro

—Él se ríe, toma la mano que ella la extiende y se hace a su lado, ella apoya su cabeza contra su pecho, el enreda sus dedos en el cabello, ella levanta la cara y lo besa, él la besa y sonríe.

—Te gusta más así Paloma, a escondidas, prófuga de la ley de sanidad—

—No, más que transgredir la normar, es finalizar la espera, me hacía falta este olor, a sexo, a sudor, la sensación de pequeñas heridas en mi vagina después de que me penetras, el ardor que me queda en la piel donde me muerdes, estar contigo es delicioso, pero también lo es ese breve espacio en que todavía te siento, sin tenerte.

—Girondo decía algo similar, decía:

Yo no sabía que
no tenerte podía ser dulce como
nombrarte para que vengas, aunque
no vengas y no haya sino
tu ausencia tan
dura como el golpe que
me di en la cara pensando en vos

—Ese es Gelman, no Girondo

—Tenés razón, no sabía que los leías

—A veces, cuando estoy aquí, cuando te ocupas, me ocupo, no siempre estoy pegada de mi celular, o de tu entrepierna, me gusta tu biblioteca, además, esa sale en una peli que me gusta.

—Él la mira con un poco de asombro, está buena, está muy buena, su cuerpo es joven, terso, suave, pero además ella es así, decidida, con carácter, una pena que sea joven, que le lleve 20 años, porque él sabe que nunca podrá hacer las paces con eso, y eso lo jode, es una buena amante, una amante deliciosa, más con dos copas de vino encima, y lo sería más con un poco de hierba, pero aún lo han intentado, se les ha ido la mano, y terminan en risas, y no orgasmos, siente miedo y rabia, mientras ella solo disfruta y como el momento se le está arruinando a él, hace lo único que puede salvarlo, aprieta un pequeño botón, y el beso sobre su tetilla se transforma en mordisco, la mano que le acaricia la espalda ahora lo rasguña, y el olor, el olor a su sexo empapado comienza a llenarlo todo de vuelta.

Don nadie

Mucho o muy poco.

Parecía que caminaba con la cabeza gacha, a su paso nunca encontraba un saludo o una mirada curiosa y la vista de las personas parecía atravesarlo, era invisible.

Cuando lo mirabas, cuando los ojos lo encontraban, era como ver una sombra, el reflejo difuso de un hombre, pero carecía de identidad, era imposible recordarlo, retener su imagen en la memoria era un sin sentido.

Era un tipillo carente de gracia y empatía, solitario por condición y eso era lo que lo convertía en un desgraciado. Un tipo torturado por la vida y la sociedad, si en verdad existe un Dios y todos somos su creación, él era la demostración de que la mediocridad era también una característica divina.

Tenía sus ventajas ser invisible, una vez había dejado de ir a trabajar durante un mes completo y su pago no dejó de llegar ni una sola semana, lograba burlar los esquemas de seguridad y asistir a grandes eventos sin invitación, si contaba con la ropa necesaria, se convertía en decoración para la fiesta.

Había sido testigo de los desmanes más desagradables, de las situaciones más extraordinarias, esto era lo único que lo entusiasmaba, se pensaba extraordinario, aunque era consciente que su don lo hacía un cero a la izquierda. Muchas veces pensó en sacar mayor provecho de su habilidad innata, ser un asesino o un violador, nadie podría saber de él, nadie lo vería venir… la idea iba y venía, la escuchaba palpitante en su cabeza, podría matar al presidente, al Papa y nadie tendría la seguridad de qué había pasado, si un hombre había estado allí o no; era seductor, la adrenalina corría por su cuerpo con solo pensarlo.

Ya en ocasiones anteriores había cedido ante deseos similares, robando en fiestas le había ido bien, joyas relojes que luego empeñaba o que conservaba por el simple placer de la impunidad, pero la falta de reconocimiento y riesgo le había hecho perder el interés, por eso de hacer algo con esta idea debía ser algo grande y bien planeado.

Se las ingenió para ingresar a la imprenta de un periódico y cambiar uno de los anuncios en los clasificados, las rotativas imprimieron el anuncio más alarmante de toda su historia: ‘‘Yo mataré al Presidente’’ impreso en un anuncio de media página. Firmado por Don Nadie.

El revuelo no fue tanto como él se esperaba. Pese a no haber encontrado rastros de quién había hecho el anuncio, se consideró una broma de mal gusto, del borracho o el detractor de la imprenta, ambos fueron echados de su trabajo y aprehendidos por la policía.

Esto lo enfureció, así que en otro diario repitió su amenaza: ‘‘Voy por usted señor presidente’’. Tras este segundo anuncio en el diario, los dos hombres fueron liberados y el pánico empezó a apoderarse de todos.

La guardia presidencial fue duplicada, los diarios cerraron para evitar nuevos anuncios, ahora solo la radio servía como medio de noticias y pese a las advertencias de la agencia presidencial, todos hablaban sobre cuál sería el próximo movimiento del ‘‘Don Nadie’’ todos lo buscaban, todos deseaban saber quién era él.

La guardia presidencial empezó a registrar a las esposas de los trabajadores, los delincuentes más buscados fueron encontrados, los terroristas, los opositores encadenados y ejecutados en público. La ira, el miedo estaban presentes en cada persona.

La vida del presidente se transformó en una pesadilla constante, porque a pesar de la seguridad, él seguía recibiendo en su escritorio día tras día una nota que decía: ‘‘Vengo por usted señor presidente atte. Don Nadie’’.

Nadie se explicaba de dónde venían las notas, quién estaba detrás de esto… los expedientes de clínicas mentales fueron revisados, miles de perfiles realizados por los mejores criminalistas, capturaban a cada sospechoso, a cada persona que cumplía con el perfil de un sociópata se le había interrogado, torturado y encarcelado.

Pero a él nunca lo visitaron, jamás estuvieron siquiera cerca de él, en cada redada era ignorado, no valía la pena ejecutar la premisa, y así lo hizo saber: ‘‘Baje la guardia señor presidente, me excitaba la idea de ser perseguido, pero ni siquiera su vida levantará de la mía el sello que me aqueja. Respire tranquilo no dejaré de ser un Don Nadie, ni siquiera a costa suya’’. 

Pese a su última nota persistían las redadas, el miedo, incluso en el fin de su guerra, su bandera de paz fue ignorada, no había amenaza, pero el equilibrio había sido afectado. Los diarios y la radio anunciaban: ‘‘Victima del estrés el presidente claudicaba a su puesto’’. Y él, tan tranquilo como siempre bebía el café de las 8 trago a trago, negro, sin azúcar, viendo a través de las ventanas y ojeando las páginas del diario, en búsqueda de una nueva escena donde pasar desapercibido.

Fisgón

Un agujero, es todo lo que se necesita.

La diferencia de edades era un límite invisible, el deseo había borrado cualquier frontera que saltara a la vista, temblaba con su mirada, al tacto podía sentir esa atracción animal, ese deseo infalible. En esas ocasiones en que estaba encendido, empezaba a imaginarse sus labios besándole su verga dura y caliente, al abrazarla sentía su cuerpo y solo deseaba verla bañada en sudor, quería morderla ahí sin esperar un solo momento.

Poco le importaba si era o no compartido el deseo, en su imaginación ella estaba desprotegida, le daba sonidos a sus gemidos, olor a su aliento, temblor a sus orgasmos, bañaba de semen sus senos, su boca, su culo, halaba su cabello y jadeaba justo en su oreja.

El calor lo recorría, ella podía seguir estando tan fría como cualquier otra mujer ante su presencia, frígida ante su falta de tacto, ¡ah!, pero en su imaginación, ella lamía golosa y con desesperación, las últimas gotas leche que colgaban de su miembro.

Esa mueca de seriedad, y la falta de emoción que la caracterizaban la perdía en un instante, cuando la imaginaba abriendo la boca jadeante, y se aferraba de su espalda rasguñando cada centímetro de piel en ella. Esa parca mirada, esa indiferencia con la que lo trataba, cambiaba por euforia y flaqueaba ante su tacto de una manera única, en su mente no podía sostenerse en pie cuando intentaba ir al baño tras terminar de coger con él.

Esa elegancia que la hacía lucir inalcanzable, era la primera máscara que caía en su mente cuando él la tocaba, su ropa de marca rasgada por sus propias manos, y entonces era todo pasión, la lencería, la rígida postura cambiaba por un contoneo sensual, y ese vacío de sus ojos desaparecía, se llenaban de deseos, ella traía consigo las esposas, las prendas comestibles, los tragos, en su mente ella estaba sedienta, él era una fuente inagotable.

Su estatus social, su imponente figura se reducía ante él, se arrodillaba con una paciencia adecuada para que él disfrutara de su sometimiento, de su pérdida, y se acercaba tan, tan inquieta, con su boca abierta, invitándolo a tomarla, sumisa, sometida, caliente.

Su piel nunca olía, pero en su imaginación era embriagante, todo su cuerpo olía a su sexo empapado, todo en ella era sexual, su voz era un solo gemido, su cuerpo un solo objeto, qué le importaba que ella no conociera su nombre, en su mente lo gritaba día y noche, qué importaba que ella desconociera su existencia, en su mente ella lo llenaba de vida y orgasmos.

Por eso siempre la miraba con compasión en la realidad, solo él sabía que tan desdichada era ella por no vivir en un mundo donde cada uno de sus deseos era satisfecho, cada una de sus tangas había sido arrancada de su cuerpo, sólo él sabía cómo hacerla llorar, temblar y sonreír en un orgasmo continuo, solo él conocía la forma en como deseaba tenerlo dentro de ella, como reclamaba su presencia en los momentos de soledad y angustia.

Poco le importaba todo, el mundo, la hora, él sabía que de nuevo a las 8 pm cuando todo acabara, ella correría al baño de maestros, a la ducha de siempre y se masturbaría una y otra vez, mientras que él en secreto, silencioso como siempre la miraba a través de las rendijas de la ventilación, deseando como cada día tener el valor de interrumpirla.

Juicio

Perder el juicio

Cuando el juez exclamó que encontraría qué había detrás de todo lo sucedido, nadie esperaba ver compareciendo con sus declaraciones a dos coroneles, a un ministro y al presidente.

El caos se apoderó de la ciudad, era inimaginable que todo terminaría de esta manera. La situación parecía no dar para tanto, asesinatos por intolerancia se vivían a diario, el odio era noticia y realidad aceptada socialmente, sin embargo la víctima nunca había sido alguien importante y quizá de allí derivaba todo el problema.

La muerte del ídolo del club del pueblo en los camerinos de su propio equipo había suscitado demasiados problemas, sin deporte la sociedad estaba alineada a su destrucción y cuando la muerte tocó la puerta de un referente tan grande, la única alternativa era implosianarlo: utilizar ese acto violento para acabar con la violencia.

El jugador había muerto a manos de sus compañeros tras perder un partido frente al antiguo club de Alberto, club del cual se había confesado hincha solo días atrás, esto hizo que todos perdieran la cabeza y tras la derrota el más pesimista y violento de nosotros no se hubiera imaginado un final tan macabro como el sufrido.

El juez, hincha secreto del club decidió tomar el caso como algo personal, no dejaría pasar esta afronta, le había dolido como a todos que Alberto se considerara un enamorado de su rival de patio, pero los tres goles marcados por él en dicho partido eran prueba fehaciente de su compromiso con el club, ninguno había corrido tanto, nadie había sudado la mitad en ninguno de los dos equipos, incluso se le vio llorando tras terminar el partido.

Él era inocente, la culpa sin duda alguna era de los medios que habían promovido el odio durante los últimos días y que ya habían sido condenados por su participación del crimen, ahora asistían ante él actores políticos que desde sus comunicados habían manifestado no solo su apoyo sino el compromiso que tenían los jugadores en un partido de esa importancia.

Todos los que estaban frente a él habían incurrido en errores, los dos coroneles habían dicho días atrás que solo un vendido, un traidor, causaría la derrota de su club favorito; el ministro había dicho que debía ser desterrado como todo traidor y no se le debería permitir jugar el partido; y el presidente, bueno sin duda se extralimitó al poner en tela de juicio incluso la nacionalidad de Alberto, al llamarlo a patria y retirarle las condecoraciones que se le habían otorgado por ser un orgullo nacional del deporte. Junto con ellas, –concluía el juez– le había sido arrebatado el orgullo, el respeto…

Todas estas acciones habían enardecido al grupo, las declaraciones que fueron repetidas al terminar el partido por el circuito cerrado del estadio incendió los corazones de los impotentes, los perezosos que tras escucharlas increparon a Alberto por su declaración, en medio de la cancha empezó la disputa, los golpes, nadie esperaba que aquellos compañeros que llevaban una temporada junto a él fueran a usarlo como chivo expiatorio, las graderías reservadas ese día para el local aplaudieron los golpes y alentaron la violencia.

Arrastrado por las piernas que los había acercado a la victoria, Alberto fue llevado hasta vestidores donde falleció entre cánticos y alegría. Los jugadores del equipo rival fueron quienes encontraron el cuerpo de Alberto… abandonado como un par de guayos viejos.

La acción había generado indignación en todos, la noticia causó suicidios en aquellos que reclamaron sangre, el operador de radio que puso las cintas fue el primero en comprenderlo y saltó desde su cabina al vacío. Los jugadores que participaron de la golpiza habían sido fusilados y ahora tras la aprobación inmediata de la Ley de crímenes de odio, sus autores y promotores lloraban y pedían clemencia, sensatez y mesura al juez que tenía sus vidas a un golpe de martillo.

El veredicto fue unánime y revolucionario, culpables de cada cargo, fueron conducidos a la sala de ejecución, el método elegido sería la horca. Los implicados y alguien más fueron guiados con bolsas sobre sus cabezas, un tirón a una palanca y al unísono los cinco cuellos tronaron, fueron declarados muertos solo 1 minuto después de la ejecución.

A la mañana siguiente una carta abierta del juez heló la sangre de la ciudad, en su texto el juez decía:

‘‘Ha de cumplirse a cabalidad el dictamen, muerte a todo aquel que por odio termine con la vida de otro y esto incluirá a los verdugos, para que quede más que la consigna, esta ley será escrita con el ejemplo, pues llevado por el desprecio a sus acciones y comentarios he tomado la decisión de incluirme en la lista de quienes fueron condenados a la horca, yo seré el quinto cuerpo que cuelgue como ropa sucia de aquella cuerda’’.

Desde ese día en la ciudad han muerto las riñas, los gritos se han ausentado de la cotidianidad… el miedo gobierna nuestras vidas.

Enfermos

Creemos que no, juramos que estamos bien, pero todos estamos enfermos.

Siempre me llamó la atención que Claudia estuviera conmigo, la había conocido 3 meses atrás en una sesión de quimioterapia, si el doctor había hecho bien las cuentas me quedaban ahora 9 meses de vida. No era quisquilloso y ella, ella estaba esculpida por fuego, ardiente, intensa, era una flama, una brasa que te calentaba solo al verla pasar.

Pensé que era lástima, sí, la primera vez que me pregunté qué hacía ella con un moribundo pensé que era lástima, pero con el tiempo la conocí, era despiadada, ella no sentía empatía por nada, era incapaz de conmoverse por una enfermedad o una muerte, demasiado racional para entristecer o sucumbir por una vida que se extinguía.

Mi segundo pensamiento fue que lo hacía por diversión, que disfrutaba viendo cómo las fuerzas abandonaban mi cuerpo, que se entusiasmaba con la idea de ver cómo un hombre se transformaba en polvo, reduciéndose hasta desaparecer, pero no era una persona que guardara odios o rencores, no había en ella comportamientos sicóticos o sociópatas que me lo confirmaran.

La duda me mataba, bueno, en realidad lo hacía el cáncer, pero estaba perdiendo el control, me enloquecía no tener una respuesta para esa pregunta, estúpida pregunta que me rondaba desde la última vez que habíamos pasado junto a esa tienda en el centro, donde nuestras imágenes reflejadas en un gigantesco vidrio me recordaron que estaba muriendo, que era un saco de huesos, una carga, un puto enfermo.

Si no creyera que la conocía pensaría que era un juego, una apuesta o una burla, pero ella no presumía, no le importaba ganar las discusiones o probarle nada a nadie, pero la idea y la duda se esparcía más rápido que el cáncer, me comía los huesos. Habían vuelto las crisis y el miedo, pero no a morir si no a saber.

Al igual que a la muerte debía confrontarla; saber, necesitaba saber el porqué, pero Claudia era perspicaz, nunca permitía que la conversación avanzara, tenía unos labios que hacían que olvidara mis emociones, mis rabias, mis miedos con solo un beso, y cuando el sexo oral empezaba… bueno ahí muchas veces no recordaba mi nombre.

Pero había sido suficiente, el tiempo corría rápido y aunque en un comienzo me tranquilicé pensando no tenía nada de malo morir al lado de esa preciosidad, que pasaría mis últimos meses como un niño en un parque de diversiones, lanzándome de sus senos como en una montaña rusa, recorriendo sus caderas por horas como en un carrusel y lamiendo su coño, su hermoso coño como si fuera algodón de azúcar… Pero maldita sea, era un plan excelente hasta que había visto mi maldito reflejo.

–¿Por qué estás conmigo Claudia?–, pregunté de manera inadvertida.

–¿Importa?–, preguntó ella con tanta inocencia que estuve a punto de desistir, pero estaba decidido así que proseguí. –¡Claro que importa maldita sea!, llevo meses dándole vueltas a esta idea y me está matando, ¿entendés?, me está volviendo loco, me está robando el sueño, el apetito–

–Qué torpe que sos– respondió sin inmutarse, –te crees que era la enfermedad lo que me atraía de vos, sos un idiota, a esta altura deberías saber que todos están enfermos…, para serte sincera siempre pensé que solo aquellos que conocen la fecha de su muerte tienen la fuerza disfrutar de la vida… pero vos lo confirmás, son todos unos enfermos, unos idiotas, a todos les gusta más el saber que el vivir, hasta este día te amé, tan fuerte y tan real como tu cáncer, pero tu maldita curiosidad, tu estúpida pregunta y tu tonto miedo lo han arruinado todo–.

El golpe de la puerta fue seco, sonoro, tanto así que Claudia no escuchó cuando me desplomé, cuando mi

Corazón daba su último latido…

Instrumentos de viento

Las cosas no solo tienen nombres, también suenan.

Creo, muy en el fondo casi como una certeza que cuando respiramos ingerimos bocanadas de notas, que tu boca y la mía, tu nariz y la mía, más que oxígeno inhalan dos, rees, miis, que nos hacen sonar, a veces en la misma melodía, ese vientito se desplaza por el cuerpo y cuando resuena en los lugares correctos, nos falta el aire, pero no la música.

Los instrumentos de viento respiran, de una manera diferente, son incapaces de mentir porque requieren de un aliento profundo para sonar, dos pulmones deben hincharse de emociones y luego la boca, debe soltarlas como quién exhala su último aliento.

Si te preguntas a que viene todo esto, es porque la música cambió y pasó de la batería del jazz, al bandoneón, y el segundo siento que me mueve más que el primero… no sé, otra charla para sumar a ese tortoni en que se me convierte la cabeza cuando puedo crear una pequeña idea.

Ese miedo que congela, talvez estoy contándome esto a mí mismo, contando con que lo leas, o quizá estoy leyéndolo en voz alta mientras lo escribo, la idea no es descabellada, la palabras salen antes de que las digite, hay un vaso de ron cerca a la máquina de escribir, es un computador realmente, pero es una máquina y la uso para escribir, así que quiero llamarla, tal vez es media noche, tal vez estoy solo, un poco ebrio, un poco adolorido, talvez, talvez, talvez. Talvez quiero romperme en mil pedazos y decirme que no importa, me jode, me duele, pero NO importa, recordar cuando ella dijo: mirá estoy con otro, no te lo tomés a mal.

¿Lo crees?, ¿que alguien se lee esto a sí mismo en medio de la media noche un poco ebrio, segundos antes de escribirlo?

El bandoneón no da tregua, se expande, se contrae, diría palpita, pero no, es sístole y diástole pero no bombea ni vibra, sopla, sopla, sopla, y nos va dando algo, el hielo cruje en el ron, el vaso suda, yo sudo, no por esfuerzo, no, vivo en una ciudad acalorada, no caliente, no, acá el sol no pega todo el día, ni duro ni constante, pero se concentra, nada escapa de esta puta ciudad, solo ella. El caso es que suda el vaso y el bandoneón cruje también en el oído y el cuello se estremece, es solo un instrumento de viento, pero cada nota se graba mientras vuela.

¿Podés creerlo?, que esto lo escribe un ebrio, en medio de la noche, quizá está sobrio, pero en el fondo lo escribe un ebrio. Es curioso, las canciones recuerdan personas, las canciones completas, pero los instrumentos, al menos los de viento, recuerdan sensaciones, la letra, porque tiene letra lo que escucha el ebrio sobrio, pero la letra no importa, no dejás de pensar en ella, en ella con los ojitos cerrados la téticas pequeñas e hinchadas sobre él, repitiendo: —No sabés lo rico que se siente —Y pensás: —Está cree que está cogiendo sola, como si no sintiera los labios plegándose sobre la verga, la humedad bañándome lo huevos —y él sigo creyendo que sabe que siente perfectamente lo que ella siente mientras se muerde la boca, pero en todo escenario aunque hayan dos instrumentos, aunque los dos sean de viento y aunque los dos soplen las mismas notas, hacen cosas diferentes.

¿Podés creerlo?, que mientras el ebrio escucha un bandoneón recuerda una mujer jardín floreciendo sobre él, lo mejor es que él no tiene ni idea de lo que pasa, ni con la música ni con ella, ella no aguanta, se muerde la boca, y el bandoneón suena y resuena, tan, tan, tan, tan, tan, tan tararán. El escalofrío se agudiza ella tiembla, ella se para, el bandoneón se quiebra una y otra vez y llora las notas, ella gime, el bandoneón jadea, ella aspira sintiendo que se muere y estalla, chorrea, explota, lo baña…

Y él escribe, con Piazzolla en su cabeza, con ella aún sobre él, con ella aún lloviendo sobre él, una y otra vez, creyendo casi como una certeza que es música, que cada que suena un bandoneón, una mujer se viene a chorros, cabecea, la botella de ron mengua, igual que su cordura, el vaso cae, se rompe, se riega, igual lo hace ella, es el bandoneón piensa y duerme…

Otros tiempos

Quizá sí, quizá lo mejor ya pasó, pero aunque sea cierto, el presente es lo que nos toca.

Cada miércoles a las diez de la mañana los dos viejos asistían siempre a su duelo, ordenaban café, encendían su tabaco y tras la cuarta tacita uno de los dos lanzaba un comentario tan hiriente que obligaba al otro a defenderse.

Era una tradición heredada y en el pueblo uno de los pocos entretenimientos que se conseguía de manera gratuita, ningún tema estaba exento, ninguna sensibilidad prohibida, esto hacía del encuentro algo digno de ser observado, era místico, mágico… 

Solo existía una regla, el primero que se levantara de la mesa o alzara la voz, perdía. Cualquier muestra de violencia que viniera de los interlocutores los transformaba en perdedores y si acumulaban tres derrotas por esta razón se les desterraba de la cafetería y se elegiría un nuevo interlocutor.

Armando y Manolo eran respetados, dos de los mejores oradores que habían tenido en mucho tiempo y sus encuentros llenaban la cafetería hasta que no cupiera ni el enano del pueblo.

Los dos eran de un carácter terrible y de una inteligencia profunda, habían pasado años desde la última vez que las charlas eran tan intensas y ambos acumulaban ya dos advertencias por abandonar la conversación, tal era la tensión que por primera vez había apuestas sobre quién sería el que abandonara la mesa.

La multitud estaba lista, en la última conversación Armando había salido rojo, iracundo, faltaban quince minutos para las diez y mientras esperaban a los interlocutores recordaban la última discusión.

–Armando, no hay nada en este tiempo que no existiera en los otros, ahí están las putas, los hijos de puta y los abogados–.

–Qué disparates dices Manolo, sabes muy bien que el derecho y su concepción como sistema de defensa y ley tiene un nacimiento exacto y marca la diferencia entre la civilización–.

–Te equivocás, siempre lo hacés Armando, el abogado puede descomponerse en tres hombres: el inquisidor, que ataca y pretende destrozar al acusado; el defensor, papel jugado por la madre, el padre o cualquiera que desee otra oportunidad para él; y el que busca la justicia, la compensación o la revancha, castigo y beneficio para cada parte, Armandito–.

–Sabes que sí ha habido toda la vida Manolo, bocazas como vos, siempre hay un idiota que cree saberlo todo, pretende ser dueño de la verdad y la subyuga, la esclaviza porque los tontos callan y asienten–.

–Armandito, Armandito, que poco creativo sos. Creo que vos nunca te has planteado una sola idea en tu vida, no has pensado nada original, ni diseñado una sola solución que no fuera copiada, creo que por eso nunca ganaste un caso importante, solo servís para reproducir lo que ves, en lugar de abogado debiste ser pintor o fotógrafo, porque lo de crear no es lo tuyo querido mío–.

Armandito había sentido que las palabras se le clavaban en el corazón como una aguja y partió con la ira a sus espaldas, refunfuñando y manoteando, injuriando en voz baja a Manolo y condenándolo mientras que la multitud ovacionaba al ganador de la contienda.

Pasaba el tiempo y Armando no llegaba a la cita, la gente se impacientaba, y Manolito sonreía triunfante, sería la primera vez que habría un ganador por deserción. 

Sonreía cínicamente mientras decía: –El miedo hace prisioneros a los hombres…–

El telegrama llegó a las 10:05, la noticia hizo que se desplomara, Armandito no había logrado superar el enojo y un infarto había terminado con su vida la misma noche de su última derrota.

La misma derrota que ahora se llevaba a Manolito: el mismo dolor que ahora sufría Manolito, la culpa, la ausencia de su antagonista, el título que le era robado, la misma agonía que se aferraba a su corazón y que terminaba con su vida, el mismo infarto que ahora cerraba sus ojos.

El veredicto igualaba a los participantes y desde entonces en ese pequeño y polvoriento pueblo, la mesa de los sabios sigue esperando a los próximos contendores, mientras tanto, los jóvenes ocupan otras mesas y debaten en otros espacios, hasta el día en que alguna dupla esté a la altura de Armandito y Manolito, hasta que el café de los miércoles a las diez vuelva a tener ese sabor picante. Por ahora cada conversación en la cafetería termina con la mención del incidente y ante la pobreza de las discusiones, con la voz baja susurran para sí mismos: ‘‘las buenas discusiones, las grandes se habían dado en otros tiempos. ’’ 

Encierro

Han pasado solo un puñado de días y muchos hablan de lo horrible que es estar encerrados, no tienen ni idea, nadie la tiene.

El otro gran problema es que la pandemia en sí es solo causa, pero el efecto es diferente, a los jóvenes no los mata, a la economía la tiene en cuidados intensivos, y a algunos casos, a los excepcionales, como casos de estudios. No van a morir, no de la enfermedad.

Jaime tiene 43 años, está enamorado, Ana tiene 36 está enamorada, viven en otro país y la noticia de que se avecina un cese de actividades y una clausura de fronteras los ha hecho comprar tiquetes para volver a su país natal, por la prisa y la plata han comprado vuelos para días diferentes, durante el día previo al viaje se dan aliento, sueñan con reconfortarse, hacen juntos las maletas aunque no viajaran juntos, rentan un departamento por un par de meses, han hecho planes y les hace ilusión estar juntos en la ciudad donde crecieron pero donde nunca estuvieron.

La vida es un poco así, después de hacer las maletas al medio día, almuerzan, quieren hacer el amor pero la nostalgia es más fuerte que las ganas, se besan, se miman, la lleva al aeropuerto, la acompaña hasta migración, lloran, no saben porque lloran, mañana a esta hora estarán juntos, pero separarse en medio del caos, les sabe mal, y por eso lloran, aunque no lo sepan.

El vuelve a su casa, está sola, y aún huele a ella, termina de organizar algunos papeles, algunos mails del trabajo y sueña con ella, se acuesta en la cama a esperar a que ella le escriba que ya llegó, que se encuentre bien, cabecea, el sueño parece vencerlo, el mensaje llega justo cuando está por perder la batalla. Te amo escribe, te amo recibe. Mañana estaremos juntos.

David tiene 36 Lorena tiene 30, las cosas no van bien, no, las cosas no van ni siquiera mal, las cosas simplemente no van, se acabó el amor, como tantas otras cosas en esta época, empezó a morir de repente y de manera acelerada. Como tantas otras cosas, sucedió sin mostrar síntomas de gravedad, un disgusto, una discusión, algo que sería normal, que el sistema defensivo de las relaciones no detecta, pero que tiene algo diferente.

David llega a casa, le angustia la situación, Lorena lo espera decidida, Tus maletas están hechas, mañana puedes tomar el resto de tus cosas e irte. David no entiende porqué sucede esto, pregunta, habla, ella grita, él grita, ninguno ve la televisión, ninguno se da cuenta que afuera todo está un poco como ellos, maltrechos, desorientados, cansados, la pasión que antes hubieran utilizado en quitarse la ropa no aflora, esta discusión es diferente, esta no se arregla con sexo, asumen que habrá tiempo, que al pasar los días se necesitarán, entonces no median palabras, ni argumentos, ni injurias, se blasfeman las promesas, los trapitos se lavan en casa, uno a uno, parece una lavandería, en otro día, lo que se estarían echando en cara serían orgasmos, pero no hoy, hoy, los reclamos desbordan cualquier intención, cuando ya no pueden más ambos deciden quedarse solo para mortificar al otro, ninguno de los dos quiere ser que el que le de la paz y el descanso al otro, duermen en camas separadas, el cuarto de huéspedes oficia como alcoba hace una semana, desde la última fiesta de Lorena, llegó derecho allí y se instaló, no era la primera vez, no parecía grave, piensa David antes de acostarse en su cama, su cama que aún huele a ella, después de llorar las palabras dichas, palabras que parece no se irán con el viento duerme por fin agotado.

De la noche a la mañana, como siempre nos han dicho que nunca pasan las cosas, pasa algo, los países han cerrado las fronteras, las calles militarizadas, salir se considera un atentado a la salud pública.

Y el amor que sueñan con hacer Jaime y Ana termina secuestrado, y el tiempo que David y Lorena creen que necesitan para extrañarse, perdonarse y desearse les ha sido negado.

Han pasado solo un puñado de días desde que todo comenzó, desde que dijeron que no era grave y que no había nada de qué preocuparse, la situación no presentaba los síntomas que los hubiera preparado; de haber sabido, Ana y Jaime hubieran viajado juntos sin importar el dinero extra que hubiera significado, sin importar si significaba perder un trabajo, y David y Lorena se hubieran dejado en paz, pero no tenían ni idea, nadie la tenía y ahora cuando escuchan en la televisión que planea alargarse todo 6 meses más, que las comunicaciones se limitan, Ana y Jaime sufren con la idea de perderse, y David y Lorena con la de verse.

No tienen ni idea, nadie la tiene, lo peor no es el encierro, lo peor es lo que queda afuera o adentro.

Mudanzas

Siempre le he temido a las llamadas de último minuto, conozco el negocio y sé que cuando ese aparato empieza a repicar a 10 minutos de terminar el día, nada bueno viene, cómo puede ser que todas las llamadas de último minuto sean para quién llama importantes, si fueran importantes lo hubieran hecho a primera hora, es un claro irrespeto, una violación a al contrato de prestación de servicios, una menospreciación de mi tiempo, pero el trabajo es el trabajo…

¿Cómo puede ser que siempre pierdan algo que se considera valioso en una mudanza?, diez años haciendo esto solo demuestran lo equivocado que estaba Darwin, los imbéciles no se van a extinguir, de hecho creo que nos van a extinguir a nosotros.

Pero en fin, solo queda suspirar, pegarse el auricular a la cara y tragar saliva: Mudanzas nómadas, habla Álvaro.

Don, discúlpeme, no encuentro una caja, y creo que podría estar en la antigua casa, en alguna parte, quizá en la cocina, o en el garaje.

Tiene suerte de que sea bueno recordando, de otra manera hubiera sido imposible reconocerla señora, su mudanza fue hace ya un par de días.

El tono no era grosero, era como una bofetada sutil, las palabras las había elegido con maña, afiladas y entonadas con la cadencia necesaria para penetrar y amputar una vez lanzadas y quien las recibía siempre terminaba por sentirse confundido, mareado por su falta de astucia, y tacto, era como la mirada de un padre autoritario cuando no te regaña sino que se te burla después de hacer alguna estupidez.

Discúlpeme, tiene usted razón querido, supongo que el identificador de llamadas también debe haberlo ayudado un poco, reía nerviosa, ¿ha estado usted bien?, hablaba sin dejarlo contestar, créame que me apena llamarlo a esta hora, pero es urgente…

Siempre la misma historia, pensaba Álvaro para sí mismo, algo vital, de suma importancia, su almacén estaba lleno de urgencias, olvidos, libros, películas, muebles, ganaba más vendiéndolos, que con las mudanzas, 3 meses después de terminada la mudanza el objeto perdido era suyo, pero la misma claúsula que lo empoderaba a venderlo, lo obligaba a correr tras ellos, estaba atado de manos por su contrato, por diez minutos, justo el día que vence llama y la suerte se va al trasto.

Se rió por educación con el chiste flojo del identificador de llamadas, lo había escuchado tantas veces los últimos años que ya era un acto reflejo, hizo una raya en el cuaderno donde llevaba la cuenta, 450 chistes con la pantallita del celular, 1200 risas seguidas de un complaciente olvídelo no es para tanto, 550 insultos, secos y sin imaginación, generalmente un: No llamé para que se burle de mí, cumpla su contrato, para eso le pago.

Finalmente salió de su trance, sí Marcela, contestó al fin, deme un momento, le parece bien la próxima semana, ésta ya no tengo espacio para ir a buscarla, hay dos mudanzas por confirmar, pero no puedo prometerle nada hasta el próximo lunes (era miércoles) de todas maneras, si se abre un espació se lo haré saber.

Escuchó el suspiro, reflejo de impotencia, desconsuelo, una desilusión terrible, finalmente respondió entre sollozos, está bien Don Álvaro, haga lo que tenga que hacer y déjeme saber si ocurre el milagro.

La anotó, hágame saber si ocurre el milagro, era la primera vez que la oía, lo desconcertaba, ni siquiera el anciano que olvidó sus títulos bancarios o la enfermera que olvidó la insulina y máquina de oxígeno de su paciente, se habían quebrado al recibir una respuesta suya, nadie nunca en diez años se había llenado de sollozos por una caja, ¿Qué será más importante que la plata o la vida de una persona?, ¿qué hará que una voz se parta y de esa manera?

Iba a hablar, quería contestarle pero estaba sumido en sus pensamientos y cuando iba a abrir los labios escuchó el bip, ya había colgado, podía llamarla de vuelta, pero ya no confiaba en las palabras que iba a decirle, se encendió un cigarrillo y caminó sin rumbo por su almacén, la duda lo carcomía, y no le daba tregua, como era posible que una chiquilla de escasos 29 años como Marcela, que vivía sola y que acababa de mudarse a uno de los barrios más importantes de Buenos Aires, no estuviera en capacidad de abandonar cualquier recuerdo, cualquier objeto, no era cuestión de plata ella bien podría sustituir cualquiera de los objetos que él había mudado, ninguno se veía tan costoso, qué carajos la obligaba a llamarlo…

Estaba claro que no era de primera necesidad, la chica no iba a morir, nadie iba a morir, pero su voz sonaba como si el corazón la estrangulara, no era desesperación, ni frustración, ni siquiera odio, no, no había rastro de impaciencia en ella, solo un dolor profundo, como si los órganos de su cuerpo se hubieran comprimido, aplastados por una grave culpa… de qué será culpable.

Ahora los dos iban a sufrir por el maldito paquete, hace diez años que una caja no le robaba el sueño y ahora veía el insomnio como condena dictaminada, y todo porque en el vacío de su voz, no encontraba pista alguna, sobre qué podría haber allí, esperándolo.

Era una tentación que no podía evitar, camino deprisa hacia su auto de mudanzas, abrió la puerta, puso en marcha el motor y comenzó a conducir, conducía dos caminos al mismo tiempo, el de asfalto bajo su auto y a Marcela, de arriba abajo, sus palabras, sus emociones, y en el segundo camino no encontraba nada, absolutamente que le diera un indicio, nada, que lo guiara, tanta era su desesperación en este segundo camino que ni siquiera se dio cuenta que ya había llegado, aparcado, abierto la puerta e ingresado a la casa, nunca escuchó las voces que le preguntaban quién andaba ahí, tampoco escuchó nunca el mensaje de voz que Marcela le enviaba diciéndole que lo olvidara que ya la había encontrado y nunca escuchó el disparó que le atravesó el pecho por invadir la propiedad privada… la casa ya había sido ocupada, la culpa sin embargo, la culpa de la que su voz estaba cargada era sin duda la voz con la que Marcela hablaría cada día a partir del siguiente amanecer.