¡Vacaciones!

—La gente no lo entiende, decía Sebas mientras estaba boca abajo, extrañamente a gusto, en la camilla del consultorio clínico, mientras la enfermera lo miraba un poco extrañada. El hombre de 35 años acababa de ingresar caminando, visiblemente lastimado; era cierto que sus heridas no eran graves, no corría riesgo de morir y no tenía ningún órgano comprometido, pero parecía un puercoespín, y no le importaba.

—Discúlpeme ¿Qué le resulta divertido? Le preguntó finalmente la enfermera, ¿qué es lo que no entendemos?

—Las vacaciones, todo el concepto. Ve a la rubia afuera en la sala de espera, la que está fúrica, debe estar roja de gritar por el teléfono, quizá frente a la ventana, o afuera caminando frente a la entrada. Bueno, ella es mi esposa, y como puede ver, cree que acabo de arruinar las vacaciones, pero la verdad es que acabo de salvarlas

—¿Salvarlas? Tiene más de mil espinas clavadas en la espalda, vamos a pasar toda la tarde aquí extrayéndole cada una de ellas y créame, va a dolerle. Es como si hubiera saltado sobre un campo de cactus con la intención de que esto pasara, dijo ella en un tono atónito, visiblemente sobresaltada e indignada. Alguien más podría necesitar nuestra ayuda, alguien más podría necesitar nuestra camilla, somos un pueblo chico, no hay mucho personal y para colmo, ni siquiera se ve apenado o arrepentido.

—Esa la parte que quizá no entienden. Usted creció acá, ya sé que siempre debe haber escuchado de los accidentes que tienen las personas haciendo sandboard en las dunas de cactus, y seguro que siempre escuchó que un imbécil, un turista, un idiota o un borracho se habían accidentado, siempre le han contado lo malo, conoce solo la consecuencia y la acepta como el resultado total, está mal, todo está mal.

—No es el resultado lo que importa. No es este momento. Está mal verlo en el corto plazo, piense, en mañana, en el domingo, dentro de un mes, quiero que piense en los próximos seis meses cuando esté junto a sus familiares y amigos y estén sin mucho que contar, piense en esa vida cotidiana en la que la monotonía se apodera hasta de sus historias, en ese momento, en un silencio incómodo usted recordará verme llegar, en bermudas, descalzo, con pequeñas hilachas de sangre y sonriendo, podrá hablar de cómo mi amabilidad le pareció sospechosa, de cómo la tranquilidad la hizo pensar que estaba drogado, hablará del regaño que me dio y de todas las otras cicatrices que tengo, de las fracturas que mostraron las radiografías, son 26 en total hasta ahora, y podrá rescatarlos a todos del tedio, estarán todos muertos de risa, cuando usted hable de cómo voy a gritar con cada espina, hasta el número de espinas, hablará de las que tenía más enterradas, de la que casi se les escapa, quizá hablemos de esa que vamos a olvidar y que van encontrar cuando al pasar los días pesista el dolor.

Quizá hablemos de las que están en las nalgas, o no si usted no prefiere mencionar detalles. Quizá y con un poco de suerte haya alguna que haya atravesado el tatuaje de corazón con el nombre de mi esposa, ¿entiende?, un corazón flechado en un trasero con forma de corazón, es un chiste fácil.

Yo estoy salvando al mundo del aburrimiento enfermera, mi esposa contará esta historia durante años y será la graciosa del grupo. Yo seré un subnormal y ella compasiva, responsable, estoy también salvando mi mundo, porque mi trabajo exige que la vida sea seria, calculada, ordenada, mi vida cotidiana implica orden y disciplina y fuerza. ¡Ah! Pero mis vacaciones… son vacaciones. No más de lo mismo, y sí a todo lo que sea ridículamente divertido, mejor si es peligroso y mucho más si tiene consecuencias.

La enfermera sonreía. —En algo tiene razón, la historia voy a contarla, salvará reuniones, pero la historia de la nalga y el corazón no será la mejor, dijo mientras empuñaba las pinzas, porque hoy empezaban mis vacaciones, justo en el momento que usted entraba, ahora tendré que trabajar toda la tarde.

Inoportunos

Eran las cuatro de la tarde, la ciudad estaba recalentada por el sol del día y había terminado por generar un desespero generalizado, el ambiente era molesto, el sudor inevitable y te hacía sentir sucio, además hacía mucho más desagradable de lo normal estar rodeado de personas en el transporte público y para colmo el tránsito en época de fiestas terminaba por generar un embotellamiento infernal.

Era el caldo de cultivo ideal para tener a todos al borde de un día de furia al igual que Michael Douglas o Dave Grohl en su parodia. Y después de transitar ese infierno nada bueno puede venir, así, con la esperanza vencida o acalorada entró Carlos a su casa, y al ver la luz en la contestadora palpitando supo que las malas experiencias no terminaban.

Carlos era un hombre supersticioso, su estado de ánimo nunca le pertenecía, estaba condicionado por el clima, por el tráfico, él tenía todo claro: nada es súbito, todo está encadenado aquello que nos sorprende solo demuestra la poca atención que hemos prestado a los detalles, lo egoístas que hemos sido, o lo ingenuos, quizá y a lo sumo como verdadera excusa, lo ignorantes que éramos ante la realidad, nada pasa de la noche a la mañana, TODO se está siempre desencadenando, en movimiento, y por ende en un día así, era normal que ese mensaje fueran más malas noticias.

Pensó en todo lo que podría ser, su abuelo en el hospital, la discusión con su jefe, su relación que tras una serie de malos meses se sentía fría, distante, y pese a que intentaba, no lograba sentirse de nuevo bien, la decisión de los jurados sobre su ensayo, y claro el incidente en esas breves semanas de separación en las que había despertado en medio de un hotel cerca a una zona de veraneo después de una noche en la que no recordaba nada… todo lo martirizaba hoy.

Caminó lleno de tedio y desazón hacia la pequeña luz verde que palpitaba sobre el botón reproducir y tomó aire, durante largos segundos pensó en los desenlaces, y finalmente lo presionó.

Una voz fría, impersonal y muy coherente con su día comenzó a hablar: —Buenas tardes Carlos nos estamos comunicando desde el laboratorio clínico Hematológico por favor devuelva esta llamada urgentemente.

El mensaje había terminado y el seguía allí, de pie, frío, aterrado, había olvidado que hace unos días se había hecho los chequeos de rutina, las discusiones con su novia habían empezado porque él sospechaba que lo engañaban y se había hecho exámenes de control para asegurarse que estuviera bien, había esperado con ansiedad esta llamada, pero que fuera justo hoy cuando la realizaban… palideció, no iba a ser la muerte de abuelo, ni el despido de su trabajo, tampoco iba a dejarlo ella, mucho peor, ella iba a matarlo, SIDA, Sífilis, Gonorrea pensó angustiado y lleno de ira, buscó el teléfono en el identificador de llamadas y llamó tan rápido como pudo, cada tono de espera para que contestaran le carcomía: ¡tuuuuu! ¿SIDA, Sífilis, Gonorrea?, ¡tuuuuuu! ¿Herpes, Clamidia?, podían estos identificarse por un exámen de sangre, no lo sabía, no le importaba, pero con cada repicada de ese horrible ¡tuuuuu! Carlos se moría de algo distinto ZORRA, ZORRA, ZORRA gritaba dentro de su cabeza hasta que finalmente le atendieron.

—Laboratorío Clínico Hematológico buenas tardes, en qué puedo ayudarlo.

—Hola, —dijo con la voz entrecortada, —Soy Carlos y he recibido un mensaje de ustedes pidiéndome que comunicara urgentemente.

—Déjeme buscar… Ah sí Don Carlos, buenas tardes, —Dijo una voz tan jovial que le pareció irrespetuoso, a quién se le ocurre comunicarle a un enfermo su enfermedad con una sonrisa, pero solo dijo —sí cuénteme

—Don Carlos usted está en nuestra lista de donantes frecuentes de sangre y en este momento las reservas de sangre de la ciudad están bastante bajas, y aprovechando que sus exámenes salieron muy bien, queríamos preguntarle si puede pasar a donarnos sangre antes de este viernes

—La noticia si bien era positiva, no le cayó nada bien —Le parece que bajo alguna circunstancia era necesario dejar semejante mensaje, sabe señorita lo que piensa un hombre que se ha hecho exámenes de sangre cuando recibe una voz grave, fría e impersonal con un llámenos urgentemente… es una sociópata, una cruel y malintencionada y además, tiene usted el don de los inoportunos, ah, muchas gracias.

Al final del túnel

Con solo 5 años, Gustavo escuchó: —Al final del túnel se ve una luz y después de la luz, la muerte. Hablaban dos amigas de su mamá con una naturalidad desobligante frente a su ingenuidad. Un niño cree en los reyes o en papá Noel, incluso hay algunos que creen en un palo que caga regalos; y ni hablar de los mitos, leyendas o de la facilidad con la que aceptan otras mentiras menos coloridas, como la de que ver la televisión de cerca, deja los ojos cuadrados, o que practicar la meditación y autocontemplación conlleva a que las palmas de las manos se cubran de vellos. Y sabiendo, pero sin ser conscientes de que esa ingenuidad crédula las escuchaba, continuaron hablando e inventando a ritmo de chisme, que en ese túnel se veía toda la vida frente a los ojos, que Jaime, el guapo del pueblo, había dicho mientras se moría en las manos de Rosita, la muchacha de moral distraída, que había visto todo, pero no solo su vida sino todo mientras se moría.

Y cada que una terminaba la otra decía sí sí. —Yo supe también por Carlota, la sobrina del cura, que él cuando va a darle los santos óleos a los moribundos, siempre hablan del túnel, de la oscuridad que los rodea, de cómo todo se queda en silencio y se quedan asolas con sus pensamientos, y empiezan a recordar sus momentos felices, su vida de niños, los regalos, los abrazos, lo cuentan todo todito, se arrepienten, lloran.

Gustavo escuchaba con los ojos bien abiertos. Porque los niños impresionables no escuchan solo con las orejas sino con los ojos, los abren, tan grandes como pueden porque en cada palabra escuchada imaginan, construyen una realidad donde existe de manera diferente eso a lo que se ha expuesto; diferente, porque no entienden las metáforas ni las ironías, porque detectan las mentiras no la exageración. Él no comprende que esas dos viejas están inventando y mezclando todas las historias que han escuchado, no se imaginan que nada de lo que han dicho no es más que una anécdota, él escucha y crea un universo donde todo existe tal y como lo comprende.

La madre no lo sabe. Gloria no se ha enterado de que Estela y Jimena hablaron frente a Gustavo del fin de la vida, del túnel y de la luz, no ha tenido tiempo para desmentirlas y explicarle, ella no se imagina que Gustavo a sus 5 años piensa ya en la muerte, y no como algo que sucede como una consecuencia final ante un evento traumático, una enfermedad o el paso del tiempo. Gustavo no tiene la suficiente consciencia para entender que la muerte no llega de repente, sino que se anuncia, se enuncia, que tiene síntomas, que la muerte es un casino donde todos pierden, que no es cuestión de suerte, sino de probabilidades, y que a sus 5 años ni siquiera la muerte lo tiene muy en cuenta, no desde que casi erradicaron el polio, y desde que se inventaron las vacunas, que la tasa de mortalidad infantil en niños de 5 años es insignificante. Ella no lo sabe, por eso va feliz a decirle a Gustavo que haga sus maletas, que viajan al medio día, que van a conocer el mar.

El mar, la palabra retumba en su cabeza. Lo ha visto en películas, en fotos, los colores azul y verde se extienden, Gustavo sonríe, está emocionado, corre, empaca todo, y no puede creer en su suerte. El mar. Escucha las olas en su cabeza como las ha escuchado en el televisor, y corre de la mano de su madre a la calle del pueblo por donde pasará el bus, se montan emocionados, entregan sus tiquetes, y sonríe, la madre va mostrándole todo.

Mira el cerro, la sierra, mira las vacas, el río, mira la moto el carro, y con cada señalamiento ríe, juega, se alegra. —Mira, vine el túnel…

Enzimáticos

Dicen que los instintos se despiertan, y que están en el cuerpo, la mente, en el ADN esperando el estímulo adecuado. El destino entonces nos es más que una secuencia enzimática porque el valor no vendrá de los actos sino de las entrañas, el liderazgo no surgirá frente a las adversidades como se ha planteado, sino que vendrá desde una enzima que condicionará un sustrato para que libere las moléculas encargadas de accionar la idea, la acción y con ella los músculos para darle movimiento. No será valiente quien tenga la oportunidad de serlo, sino la cantidad de azúcar justa en la sangre.

El destino no está escrito en el futuro, sino en nuestras células, la sagacidad, los nervios, lo buen catre viene de adentro. Así que, si buscan la verdad de sí mismos, más que una carta astral se necesita desarrollar un análisis que permita encontrar los patrones internos, las constelaciones glaseadas de nuestras partículas. Por supuesto que nada de esto le resta ni interés ni importancia a otras cosmologías, pero si aprendimos a leer patrones comportamentales debido a los ciclos astrales, ¿no estaría bien tener una carta enzimática?

Las personas al fin y al cabo nacemos perdidas, algunos piensan que, al poder transmitir conocimiento basado en experiencias de personas diferentes, civilizaciones diferentes y poder establecer o adaptarnos a comportamientos culturales, nos convierte en seres más evolucionados. Pero hay algo claro, nos hemos olvidado de entender más allá de lo práctico, el aprendizaje más allá de lo productivo, no se trata solo de enseñar a hacer zapatos, o a sumar vectores, ni a programar códigos ni mucho menos, y dios nos libre de enseñar solo cosmologías ciegas y sordas que no entienden de hechos ni razones.

Acción y reacción como credo bíblico, pero ¡venga! Semejante desfachatez tiene un límite. La acción es un impulso, un detonante y no me interesa solo registrar el resultado, sino comprender la cadena de factores que condicionan los tiempos. Si vamos a creer en algo que sea en el azúcar y en la armonía porque si hay algo cierto es que el animal vive en todos, que el miedo, el deseo, las ganas, el sexo, el buen sexo, el odio, el tedio y la monotonía nos habita y si no lo entendemos termina por dominarnos, buscando la solución de un problema que no comprendemos en su planteamiento, y ahí todo mal.

Por eso es necesario creer si se quiere creer, sabiendo que tan solo se está creyendo por elección, pero olvídense de las pretensiones que les hace sentirse dueños de la verdad, y peor aún, de que pueden alcanzarla. Porque hay dos tipos de hombres a los que hay que temerles, a los que están seguros de todo lo que tienen y a los que sienten que están cerca de poseerlo todo, porque esos hombres son los únicos ingenuos que suelen apartarse de lo más importante, la experiencia en sí misma, y de nada sirve el sexo sin pasión, incluso si es bueno, de nada sirve la forma sin el contenido.

Y no se trata de ser serios, únicamente serios, ni frívolos y únicamente frívolos. Sino de saber que todo al final es solo un pedacito estimulando un puntico que desencadena otro pedacito de nosotros, y que hay en todos la posibilidad de ser todo y nada, y nunca perder de vista que estamos a un estímulo de serlo.

Cuando terminó de hablar soltó una bocanada grande de humo, de un porro electrónico que pegaba delicioso. Juan la mirada alelado, lo rico que gemía, lo rico que veía, lo rico que la recordaba, y todavía estaba allí después de follar, sudadita, oliendo a un sexo provocativo y hablando de una manera en la que no podía dejar de verla.

—Vos sos una chimba de enzima, le dijo recibiéndole el porro y mordiéndole la boca.

Disecciones

Hay una expresión, rara por demás, «no tengo pelos en la lengua». La dicen las personas que hablan sin mediar consecuencias. Esta expresión además de falsa es imprecisa, la lengua tiene pelos, todas, sin importar qué tan ácidas sean las palabras que se pronuncian, cilios se llaman, vellosidades microscópicas encargadas de capturar la esencia de los sabores y clasificarlos en cinco grupos:  dulce, salado, ácido, amargo y umami.

—Por eso es falsa, ahora, imprecisa, porque el hecho de que la gente hable sin analizar sus palabras no tiene nada que ver con el gusto, aunque resulte de mal gusto.

El médico forense explicaba esto con una solemnidad infrecuente. Lo dijo con ese tono abrumador con el que hablan las personas cuando dicen algo diferente a lo que expresan, lo decía mientras tomaba las pinzas y pellizcaba la lengua fría y con brusquedad para sacarla y exponerla.

—El problema está aquí, dijo golpeando tres veces en medio de la frente la zona orbitonasal. Justo encima de la nariz, justo en medio de los ojos, aquí dentro está el problema… en la capacidad de razonamiento e imaginación, en su pereza neuronal que impide plantearse diferentes escenarios en su cabeza, que les impide asumir otras perspectivas. Hablan con una propiedad ajena, algo que definitivamente no deberían tener, que no merecen ni se han ganado.

Mientras que decía eso tomó el escalpelo y lo agarró sin elegancia alguna, irrespetando su estilo del corte preciso y ligero que siempre lo había caracterizado. Ahora lo empuñaba, se aferraba a él con una intención diferente, no buscaba delinear un músculo o desenterrar una vena para exhibirla sin daño alguno, lo agarraba como un neandertal, se aferraba a un palo, como un adicto a su adicción. Lo apretó hasta sentirlo clavándosele en la piel y levantó la mano recordando las palabras del director del hospital esa mañana:

—Alberto,  la gente habla, usted siempre lo ha sabido. Es normal que hablen sobre su trabajo, los estudiantes, aunque envalentonados, sabe que siempre entran con miedo a su día en la morgue, una noche en el infierno. Pero hoy lo he llamado porque las cosas han cambiado, esta vez creo que debe saberlo, su ayudante ha esparcido un rumor, dice que usted es necrófilo.

—Entiendo, dijo. El amor por los cuerpos, la pasión con la que hablo de ellos, hablaré con él, le dijo y salió a buscarlo.

Recorrió la universidad viendo cómo todos los veían al paso, cómo las miradas se centraban en su recorrido, cómo cuchilleaban al verlo pasar. Hablaban, hablaban, era evidente que hablaban de él, que lo imaginaban levantando las sábanas y revolcándose con esos cuerpos fríos, con los cuerpos helados y los músculos engarrotados. La rabia comenzó a crecer en él; y con esa rabia con esa fuerza, se agarró del escalpelo, con esa furia desbordada, pasó de verlo como un pincel con el que delineaba órganos con perfección y empezó a transformarlo ante la sorpresa de los escuchas, en un puñal. Los estudiantes de primer año gritaron de horror al ver el cuerpo abrir los ojos, al sentir su sacudida angustiada, su gemido de ayuda durante un segundo, justo antes de que, en un movimiento violento, y un impacto contundente su hueso frontal fuera penetrado por el forense.

—La gente, dijo él sonriente, a veces no aprende de otra manera.

Una cuestión de tiempo

La vida es tiempo, solemos olvidarlo, creemos incluso poseerlo; y la expresión ‘no tengo tiempo’ es francamente un postulado más que un cliché. Carlos recordaba ese pensamiento, se le había ocurrido por primera vez en la universidad, leyendo un libro quizá, oyendo una canción tal vez, no recordaba con precisión, pero la imagen pronto comenzó a aparecer frente a él.

Diana estaba ahí, su piel blanca, muy blanca, había olvidado lo mucho que su piel contrastaba con la ropa y lo mucho que eso le gustaba. Estaba también Rafa, con los dedos anaranjados por la nicotina, casi tanto como el pelo de Diana, había olvidado lo mucho que fumaba, y supo, aunque sentía que estaba reviviendo el momento que todo eso era real, era presente, no recuerdo. Así también se percató de que quizá ese año Rafa había empezado con esa tos que tres años más tarde terminaría con su vida; Rafa salía de la escena presente, se despedía. Quedaba a solas con Diana, ella le había dicho que la persona que más conocía en el mundo quería darle un beso, recordó que había creído que era la mejor amiga de Diana y había dejado pasar el momento, sin embargo, tenía la certeza de que esa mordida de labio, esa forma en cómo se ruborizaba mientras se lo decía había sido una señal clara y directa, y tenía la corazonada que siempre iba a arrepentirse de ese momento.

Cucú – cucú

Repicó a lo lejos, al fondo de sí mismo. En un pestañeó Diana sonrojada, Diana y su piel, Diana y su color de zanahoria desaparecieron frente a él, lentamente. Sí, era sin duda uno de sus mayores lamentos, por estar pensando en Violeta nunca pudo besar esa boquita alegre, con esa sonrisa elocuente que tiempo después notó que deseaba. Tristemente supo que la amaba cuando a través de un débil cristal y maquillaje la vio por ultima vez con los ojos cerrados, más blanca que de costumbre, pálida, fría y ausente. Esta vez era consciente del dolor que ese conocimiento traería consigo e iba a vivir momentos únicos con otras, no iba a tener más que ese primer momento con ella, ese del beso que no dio y éste en el que enterraba su amor.

Cucú – cucú

Volvió a sonar. Esta vez eran las lágrimas las que diluían la imagen y tras una corta oscuridad estaba al frente su perro, le lamía el rostro, y él abría los ojos aletargado, con la visión borrosa, con el sabor a licor en la boca, con la mente nublada y embotada. Fue en su año de divorcio, pensó, ese día fue importante, Violeta lo había abandonado, se había llevado a los gatos y lo había dejado solo. Un año después de su partida había adoptado por fin a su perro, y en ese momento, en que le lamía el rostro había por fin llorado su partida, y él había sentido por qué este ser era el mejor amigo del hombre.

Cucú – cucú

Repicó de nuevo, seco, fuerte. Ahora veía sus manos reuniendo la tierra y poniendo un pequeño collar sobre ésta. Balú, su perro, había muerto, era el día de su despedida. Fue un mal año también, justo esa época empezaba su cáncer y estuvo todo claro muy pronto.

Luz, la enfermera le había dicho —sí, es cierto, la vida nos pasa frente a los ojos cuando vamos a morir, pero no es de golpe y no es toda.  Los hombres viven en promedio 84 años las mujeres 86, cada uno vive 735840 y 753360 horas respectivamente, de esas, son muy pocas las que vivimos de una manera consciente sabe, dormimos 245.280 o 251.120 según sea el caso, así que hemos perdido casi un cuarto de éstas dormidos, frente a las pantallas 26.280 horas cuando somos niños y 218.452 cuando somos adultos, lo crea o no Don Carlos son horas perdidas, muertas, y ya vamos por dos terceras partes de su vida, ¿lo entiende? Al final su vida puede irse en dos o tres momentos, donde está usted realmente presente. Cuando recordó estás palabras escuchó un cucú – cucú que venía dentro de él y se repitió 15 veces.

Cucú – cucú

Sonó de nuevo y Carlos comprendió que estaba muriendo. Que éste había sido su cuarto momento y que aún le quedaban doce. Mientras la imagen se formaba frente a sus ojos, soñó de nuevo con estar frente al Bosco, a su primer gran libro, soñó con volver a ver sus viejos, y cerró los ojos viendo un Carlos joven brindando con un amigo, por que el mundo era suyo y el futuro incierto.

Luz lo encontró con una sonrisa al amanecer. —Ha sido feliz, los que han sido felices se despiden sonriendo.

Tienda de juguetes

El reflejo desgastado y cansado, contenido en el cristal, era un juez grotesco y desalmado, era el reflejo de un hombre triste y acabado. Tenía una barba corta y desorganizada, ropa de otra época y su figura había sido tallada buscando mostrar lo mejor de otros tiempos, pero con el paso de los años y con el olvido de la moda que había revivido sus mejores temporadas, lucía ahora envejecido y fuera de forma.

Dicen que lo retro no pasa de moda; bueno, no es del todo cierto, siempre está de moda revivir una moda, pero usar algo que no es una convención siempre te hace lucir anticuado, fuera sitio, de tiempo… dislocado. Y las personas que se visten suelen decir que no importa, creer que pueden con eso, que están preparados para ir contra corriente. Necios, los hombres así son necios. Y se les nota que su aislamiento no es voluntario, incluso en el reflejo, porque esos hombres tristes nunca se miran directamente a los ojos así mismos. Quizá es miedo, quizá intuyen que si lo hacen encontrarán tan solo un abismo…

El hombre que evitaba su reflejo, miraba con tristeza la marioneta empolvada y descuidada; no se pude caer más bajo, algo sucio y triste en la exhibición de una tienda de juguetes, es una desfachatez, pensaba. Comenzó a caminar, a alejarse de aquel lugar, y con cada paso sentía la necesidad de volver a verla sin estar seguro de por qué. Llegó a casa, soltó el morral que le pesaba en la espalda y sintió el alivio del peso, se quitó los zapatos, y sintió el mundo expandirse en sus pies, el piso bajo su piel. Caminó hacia la cafetera, olió los granos y se concentró en el aroma, sintiendo alivio en sus hombros. Sacó la picadura de su pipa –ese acto siempre lo hacía sonreír-, pero hoy no, de alguna manera la imagen de la marioneta lo hacía sentirse mal.

Es solo un juguete olvidado, pensaba mientras caminaba por las estanterías de su cuarto junto a los juguetes coleccionados, los libros, los discos; y sin verlos todos, sin leerlos o escucharlos, pensaba: es solo un pedazo de madera vacía, nada es particular en él, nada salvo su contexto, quizá sólo una juguetería que ha perdido su interés en vender juguetes.

Continuaba pensando mientras se acercaba a su escritorio y alistaba las herramientas, estiraba los brazos falsos, alineaba las lupas y sacaba la caja de pinturas. Y comenzaba a tallar, ausente como estaba, actuó por reflejo. No recordaba haber empezado a modelar, y el trabajo fluyó con una memoria muscular prodigiosa, evitó el filo de la cuchilla, y pulió sin notar el polvillo de la madera invadiendo la luz como una tormenta de arena. Tampoco se percató del olor de la pintura, ni de que habían transcurrido casi cuatro horas desde que había vuelto a casa y el tiempo se lo había consumido. Sintió el cansancio justo cuando el reloj de la sala dio la última campanada como cada día; abrumado además, por cómo se va el tiempo.

Se levantó sin notar que había terminado una marioneta igual a él. Con lentes, con un bigote delgado, con una contextura delgada y vientre prominente, que le había pintado sus lunares y sus pecas, y que lo había sentado como él. Caminó rumbo al comedor, comió un sánduche preparado con lo poco que quedaba dentro del refrigerador, y para hacer el té, tuvo que recurrir a la misma bolsa que había usado en la mañana. No eran días fáciles, no eran días ni siquiera, eran semanas, a nada le supo, y entonces durmió.

El titiritero soltó su comando. La figura del titiritero perdió toda la vida, todo el dolor y toda la frustración que su voz había contado, desgonzado. Y sin ningún hilo de voluntad que los sostuviera en pie, se desplomó.

Saber vivir

Hay hombres y mujeres, entre los hombres y las mujeres, que saben, y quiero decir, realmente saben lo que es el placer. Ellos poseen una ventaja, algo que los epicúreos intentaron definir seducidos justamente por éstos, por su imagen, pero nunca pudieron dilucidar bien. No respetan cánones, para ellos el statu quo es una mera casualidad, porque no precisan de lo más costoso o exclusivo, son hombres y mujeres que saben disfrutarse, onanistas en el sentido profundo de la palabra, personas que saben complacerse, que se exploran en gusto, sabor y textura. Tienen pulso se saben vivos y más que eso, es como si conocieran el momento justo en el que van a morir.

Jorge lo sabe, Jorge ama el arte, Jorge ama estar vivo. Desde que su ojo se acercó al visor de la cámara de su papá sabe que a él le parecen más hermosas las fachadas rústicas, los colores quemados por la luz, la fuerza de los motores; a Jorge le gustan las cosas por lo que generan, por la experiencia que brindan, las betas de los techos de madera, las betas de los pisos de madera. Y Jorge no puede dejar de ver a Smith comer, dos mesas a lo lejos, un irlandés calvo que le recuerda a Humpy Dumpty.

—Lleva cinco postres y no ha repetido ninguno, dice, lo envidio, dice.

Jaime mira por encima del hombro -es normal es gordo-, responde con una simplicidad pragmática -y es turista- añade. Como si de repente quisiera justificar que la experiencia de estar en una mesa en un restaurante y pedir cinco postres, antes de cualquier otra cosa, se debiera a las nacionalidades o las divisas.

No se trata de eso, dice Marcela, un arrebol de ojos grandes y labios gruesos. — ¡Já! Ese hombre tiene todo lo que a muchos les falta, él sabe que va a morir, un nihilista; si nada importa, que todo sepa rico, dice con una risita pícara mientras le mete el dedo a su postre y le lame la crema de él. Nada de poseer verdades, él sabe experimentar vidas, es un anárquico, abajo la imposición de entrada, menú y postre, él ha hecho del menú una azucarada delicia, lo mira, y ríe. Aunque bueno, es gordo, y sí, cada postre para él vale centavos.

Desfilan hacia la mesa del huevo gigante mermeladas de fresa, cupcakes de frambuesa, galletas de melocotón, porciones de torta. Es un glotón, dice Jaime. No, dice Jorge, él sabe a qué vino, primero el postre, mierda vamos a comer todos, así que primero el postre, la salud se va a acabar igual, así que primero el postre, el amor se va a acabar igual, así que primero el postre, el sueño no va a alcanzar, primero el postre, no todo es posible y la vida es un sofisma, te levantas, trabajas por necesidad o por gusto, pero trabajas, no tenés tiempo y si tenés no sabés qué hacer con él, querés siempre lo que tenés, deseas algo que no existe. Todo espejismo se pierde al acercarse, así que primero el postre.

Ya saben qué van a ordenar. —Pregunta el mesero

Sí, un pie de limón, una fiesta de frutos rojos y un cheescake de mora.

Preguntas

El conocimiento descriptivo es estéril, el intuitivo inútil

El flaco.

Las grandes preguntas son aquellas que no tienen una solución, las certezas son temporales, y el control adictivo, la pregunta es la posibilidad, la certeza la negación. Quien responde sabe el qué, pero no le importan los por qué, quien pregunta tiene curiosidad, la respuesta no lo desvela, no añora poseer la verdad, es avaro en argumentos y posibilidades. La búsqueda de la verdad en cambio, la pregunta, las preguntas, son generosas, porque abren la puerta a una interacción que las certezas niegan.

—¿Todas las preguntas? —Preguntó Carolina con la voz suave y adormilada, al escucharse ella misma se sorprendió, juraba haberlo pensado y no dicho, esperaba haberlo dicho tan suave que el profesor no hubiera podido escucharla.

—Todas, incluso esa Carolina —Respondió con una melancolía que, a ella, especialmente a ella se le hizo dulce, le recordaba que ella había saboreado esa misma tristeza. Las cosas que marcan, suelen dejar una huella grabada en los cuerpos, en las miradas, una especie de olor o sabor, como cuando al caminar hueles pan caliente y recuerdas que ya lo has olido, igual pasa con esas cosas que sentimos, y si de algo tenía huellas Carolina, era de tristeza.

El resto de la clase no pudo prestar atención, filosofía era una materia de relleno, electiva, un curso opcional para estimular el pensamiento crítico. —Es un curso muy importante si de verdad te gusta el periodismo —Le había dicho el decano al tomar la materia, lo que había olvidado decirle es que la clase era los sábados a las 6 de la mañana, y ella, reina indiscutida de la pista, alma de la fiesta, gemido del sexo, estaba ahora condenada a perder su reino, adiós a las fiestas, a las trabas, a los polvos furtivos, a las amanecidas y a las encerronas maratónicas de sexo, a los fines de semana de glamping. Amaba la noche, pero tenía una beca, no podía cancelar ni perder ninguna materia una vez matriculada; amaba la noche, pero sabía que no la amaría por siempre, era osada, atravesada, responsable solo consigo misma y sus deseos, y aunque deseaba la noche, también era una mujer que cumplía sus promesas y había prometido hacerse profesional, a ella a su abuela, a sus padres desaparecidos… a sus hermanos descuartizados.

Lo miraba caminar, cansado, no era muy viejo, pero tenía ese gesto, al agacharse que develaba que todo no iba muy bien, porque nunca se agachaba del todo, si a veces al dar el paso perdía el impulso, dilataba las pupilas y arrastraba con enfado la pierna que había fallado. También solía dibujársele un alivio en el rostro cuando se inclinaba sobre el escritorio.

Carolina siguió observándolo así con curiosidad y menos tedio. Llevaba tenis, no estaban a la moda, no era particularmente raros, pero no decían nada; era finalmente un hombre, ya no le importaba lo que dijeran sus ropas por él, para hablar tenía boca y no precisaba de símbolos, camisetas, o camisas, siempre sin planchar, siempre en un estilo casual e informal, que no lo hacía lucir ni desaliñado ni bien cuidado, no se veía olvidado ni echado a perder, pero era difícil recordarlo antes de ese día; podía, cuando quería ser invisible.

Pantalones, pero no de paño, cómodos, delgados, la billetera al frente, el celular. Se acercó a su puesto y continuaba con su discurso.

—Pretender el saber, es tiránico, quien busca solo el conocimiento, se aleja de la voluntad, se enamora de las formas y no de su contenido, sabe todo lo que no importa, y pierde el interés en descubrir que podría estar equivocado; tiene miedo de estarlo, equivocarse lo haría ordinario, corriente, y la única causa perdida que admite es la de su contradicción. Describe los fenómenos que no lo necesitan para producirse, que no requieren ni modeladores, ni teóricos, se limita a ver la montaña, pensando que si parpadea la perderá de vista, aunque ella continuará allí en pie cuando su osamenta se haya desintegrado.

—Tiene los pies grandes, pies grandes, sonrió para sí misma, imaginó la verga más rica que había probado, la imaginó en su boca, dentro de ella, en sus manos, la imaginó palpitando, la imaginó en sus tetas, la imaginó eyaculando en su boca, y con esa imagen en la mente sintió el calor devorarle las entrañas. Levantó la vista, y la posó en el escritorio, sobre él estaba la billetera del profesor. La verga sí era grande, pensó y se sonrojó.

—Profe, ¿Tendremos descanso para el café?

—La pregunta venía de atrás, lejos de ella, de él —Sí, sí, pronto que la greca de Martica solo cabe bien después de la segunda tanda.

Todos salían, Caro salió de segunda, pero se devolvió apresurada, e hizo devolver al profesor, dejé la billetera profe, por favor, y mientras él abría la puerta, ella seguía imaginando su verga, excitada como estaba sin sostén como andaba, exhibía sus pezones endurecidos. Y cuando entró por la billetera se los restregó en el rostro mientras le agarraba la entrepierna; tenía la duda profe, sabía que no era su billetera, ahora, tengo otra pregunta, cómo un hombre tan bien dotado puede estar triste.

—Porque ya no funciona, le dijo él con una sonrisa agónica.

Todos los relojes están corriendo.

—Se nos acaba el tiempo, sabes —dijo con una cierta sorpresa

—No solo éste —le respondí exasperado

Sí era cierto que a las 15 horas que nos habían dado para reunir el dinero ya no quedaba mucho, también era cierto que sin el dinero no solo nuestra vida sino el páncreas que mamá necesitaba iba ser imposible de conseguir, pero no podíamos hacer nada. Preocuparse por el tiempo ahora, justo ahora que ya no quedaba, era una tontería; todo el universo, todo el tiempo y el espacio tienen los relojes corriendo, marcha atrás todos esperando llegar a cero.

¡Vaya insensatez! Lamentarse por el tiempo es estúpido, esas tontas crisis de edad, esa Narcisa obsesión por conservarse. Desde que nacemos los relojes están corriendo, antes de que naciéramos ya lo estaban haciendo. En cuanto conocemos a alguien el segundero despega, tic, tac, tic, tac sumando, sumando, fatigando los materiales, las emociones, los pensamientos, estresando los resortes, la paciencia, tic tac. Cada experiencia inicia un reloj, el mundo está corriendo, pero el tiempo ya ganó, la gente intenta darles cuerda, extenderlos, mantenerlos en movimiento, pero es inútil.

—A qué te refieres —Me interrumpió ella sin saber nada de lo que pensaba, imaginando seguro que otra vez hablaba del dinero, o de mi relación con Helena; a la mierda Helena, pensé, con ella también se me acaba el tiempo, y la paciencia, ya queda poco, casi puedo escuchar la fractura del tiempo bajo nuestros ideales, la expectativa corre más rápido que el segundero, la pobre quiere, pide, reclama, pero no da; la convivencia debe ser horrible, no lava un plato, no cocina un huevo, no necesito que lo haga, pero llegar cansado y descubrir que nada hay esperándote, ni un detalle, ni un  déjame hacerlo; si hubiéramos podido vivir juntos seguro el tiempo se hubiera acabado, pero no, ya tampoco hay que preocuparse por Helena, y si Héctor no llega pronto con noticias de la apuesta, todo carecerá de sentido, estallará nuestro reloj, no podremos pagar la deuda, mamá no recibirá su páncreas, y Helena, Helena no tendrá quien más le cumpla sus caprichos.

—Me refiero a que creo que hay poco tiempo en general, al final no importa que tan larga haya sido tu vida, podrías haber vivido otro día, comido otro bocado de esa comida que tanto te gustaba, follado una vez más, dormido una siesta extra, no hay manera formal de afrontarlo. Cuando el final llega, pensamos: se me ha acabado el tiempo, anhelando un poco más, un abrazo más, un beso más, un baño más; y siempre, sí, queda el recuerdo al que volver en el último minuto, pero recordar el último polvo no es lo mismo que tirarse un último polvo, no es lo mismo recordar el sabor, ni el olor de Helena que sentirlo.

—Calla, si es verdad que el tiempo se acaba, no quiero desperdiciarlo imaginándote a ti y a Helena… no debimos hacerlo.

—No teníamos otra opción, mamá no quería irse aún, incluso si llega el dinero, si podemos pagar nuestra deuda y el páncreas, si la operan puede que muera, pero habremos sabido que hicimos hasta lo imposible, nos jugamos la vida por lograrlo, por eso lo hicimos, para extender el reloj de mamá, para no pensar qué pasaría si lo hubiéramos intentado, es mejor esto que eso, es decir, es mejor morir si no llega el dinero, que vivir sabiendo que no nos arriesgamos y que ahora mamá está muerta.

—Es cierto, tienes razón, no es común, pero cuando la tienes es precisamente en las cosas más tristes, en las decisiones más difíciles, en los peores momentos

—Se me da natural, distingo los patrones, por eso te dije que era una buena idea hacerlo, sin mamá. No, déjame decirlo mejor, sin hacer esto por mamá ninguno seguiría vivo realmente, así que era mejor tasar nuestros órganos, pedir un préstamo vasados en ese premio y apostarlo todo en una sola pelea.

—¿Y si perdemos? Qué piensas ahora

—Pienso igual, ya hemos ganado, al no tener que vivir bajo la duda.

—Todos los relojes estaban corriendo, cuando mamá nos dijo lo del cáncer, yo sentí el tic tac dentro, todo está muriendo constantemente, continuamente, tic, tac. También nosotros.