De otros.

Cuando terminó de firmar el olor a pintura aún no desaparecía, miraba la frase con un poco de tristeza en los ojos, va a ser malinterpretada pensaba, y agitaba un poco la lata al hacerlo, él sabía que necesitaba expandir su idea para que fuera comprendida, pero al mismo tiempo, no deseaba que cualquiera pudiera beneficiarse de ella, era más un código secreto, un guiño, un saludo a otro nihilista cínico, un, ey no está solo para esos que como él estaban solos.

No para los que iban por ahí buscando señales divinas si no para esos que iban por ahí desestimándolas, encontrando lo humando donde otros hablaban de lo divino, del azar y la suerte, aunque sabía también que, si había algo divino en el mundo, con seguridad era azaroso, nada más puede hacerse con el poder absoluto sino absolutamente nada.

El grafiti, ese pequeño aforismo a lo que el flaco llamaba grafiti estaba ahí, plasmado en la pared exhibiéndole al mundo una verdad que ignoraba, cuando el flaco pensaba así, retrocedía un par de pensamiento y se alejaba, odiaría convertirse en uno de los otros, de esos arrogantes que piensan que tienen razón o mucho peor, en uno de esos imbéciles que piensan que el otro está equivocado, de los que no hayan certeza en los argumentos sino en la desacreditación de los demás simplemente porque es incapaz de comprenderlos, los conocía bien, mucho tiempo los había escuchado, y de esos nunca quería hacer parte.

Agitaba un poco la lata aún, le daba un par de toque a la válvula y medía la presión, pensaba si valía la pena firmarlo, no porque le importara la calidad de su contenido, era consciente de su significado, eso era lo importante, solo pensaba si de verdad era el fin del texto, si no podría convertirlo en un cuento, en una novela, en un personaje que la escribe y la mira y piensa… así la veía, un poco con la intención de conocer sus posibilidades, y luego miraba la lata, la agitaba, miraba su mano, pensaba en él y medía las suyas…

¿Estaba listo..?, de verdad estaba listo, muchos años en la academia, muchos años pensando si ese verbo decía realmente lo que los demás debían entender, si esa palabra describía de la manera adecuado, eso que él necesitaba contar, no era cualquier cosa como un paper, o una tesis, era algo serio, algo digno… ¿lo era?, de nuevo agitaba y medía el peso de la lata, de nuevo probaba la presión de la boquilla, alcanzaba, sabía que alcanzaba, pintura tenía de sobra, era él el que se pesaba un poco, habrá suficiente de mí, tendré suficientes letras…

Se agachó un poco más de lo necesario, pero lo justo para aún considerarse parte de la misma obra, y comenzó a rayar, mientras lo hacía pensaba en cuantas veces le habían negado ese lugar que ahora ya no lo llenaba, antes y ahora, parecían también otro momentos diferentes aunque uno de esos estuviera en el presente y aunque en los dos estuviera él, ahora parecía también distante como ayer, incluso un poco más triste porque antes estaba la posibilidad, pero ahora era cierto., también el ahora era de otros.

De otros es la culpa, el pasado y el futuro, de otros el presente y de otros otros las victorias. El flaco

Freelance

Roberto Arlt escribía de todos para no quedarse nunca sin escribir, el esteta dibujaba hasta en los tableros y durante un tiempo el flaco había podido estar a la par, si bien no en ingenio o calidad si en intentos, se podía fallar pensaba constantemente, fallar es lo mínimo para no llegar al fracaso, para el flaco la renuncia era el único escenario imposible, le gustaba el boxeo porque allí los perdedores no son cobardes, le gustaba la vida y por eso la derrota no era amarga, porque venía solo después de intentarlo, y como buen vago de barrio sabía que nadie le quita a nadie lo bailado, que lo hecho, no podía negarse, y las consecuencias eran bienvenidas si uno hacía lo que le daba la gana y era valiente, el mañana no dejaba de ser nada más que una simple consecuencia vacía, impotente.

Por eso escribía con la regularidad que su agenda y su tedio se lo permitía, y cada vez que faltaba a su tiempo sufría, no era un hombre, bueno era difícil llamarlo un hombre, pero no era un despojo que llegara tarde, atesoraba el tiempo, incluso cuando lo perdí, si tenía el control de su desatino era feliz, pero en cuanto perdía su propio rastro se eclipsaba por completo y lo odiaba, porque sabía que solía caminar por el borde con demasiada frecuencia, asomarse al vacío mirar a la profundidad y sentirse tentado, esa especie de pulsión que te invita a inclinarte, y terminaba por arrastrarlo a semanas y semanas de ausencia, un pequeño traspié en un terreno inclinado siempre es una mala idea, y la inclinación de su falta de voluntad, de su cansancio, de sus ganas de otras cosas lo llevan siempre a caer a lo más bajo, al ocio involuntario, al triángulo de las bermudas de sí mismo.

Comienza con un video, una cerveza, un cigarro más, un beso más, un polvo más, un baile más, un juego más, y de repente su libro está sin terminar y a veces sin comenzar, obreros felices, el libro de cuentos sobre degenerados y enfermos que lograban transformar su parafilia en fuente de ingresos no sobrevivió la historia del pedicurista podófilo, aunque el celador con insomnio prometía un cambio de turno que pensó que sería una especie de tragedia terminó por frustrarlo y desistió de continuar.

Dos cervezas más y voy a escribir, se dice y se miente, una buena borrachera para escribir, una buena puta, una buena pelea, una anécdota piensa, y sabe que miente, que para escribir no necesita nada de eso, nada en carne propia, basta la pregunta el papel y en caso tal una investigación corta, no necesita la respuesta, solamente intuirla y como tiene miedo de no encontrarla se rehúsa a ponerse de pie, se odia por no ponerse de pie, porque tiene miedo, porque no se calza los guantes y sube al ring, porque cuando lo haga además sabe que va a recriminarse todo lo que hoy se reclama, y no podrá verse a los ojos, el flaco flaquea, saborea su paladar lastimado por el tabaco, se acaricia los nudillos, se soba las piernas, caer duele, cuando caes así de la nada no hay coordinación, vas a la deriva, golpe tras golpe, de culos y sin barranco que te ataje, lo sabe, la única forma de frenar es enterrarse o aferrarse al dolor, detener la avalancha desde adentro, dejar de perder el tiempo y perder mejor el miedo, las excusas, escupir su propio reflejo y levantarse, de apoco vuelve, piensa que debe escribir sobre las señales, aprender a reconocerlas, a no dejarse tentar por nel abismo, lo desecha, piensa en los temblores, en lo poco preparados que estamos para que la vida nos sacuda, lo desecha, piensa en rosario, la de contaduría del segundo piso, en sus ojos verdes color hierba, en sus piel blanca pálida, ese color que no sabe esconder ni las venas, piensa en su cabello rojo, en sus labios rosados, hace calor piensa, y finalmente comienza a escribir, es un lugar común, pero cuando no llegan las ideas siempre ocurre lo mismo, se e suben a la cabeza.

Roberto Arlt sabía algo que el flaco se negaba a reconocer, que se escribe sobre los demás para no depender de uno mismo, porque si en algo no se puede confiar, es en un escritor y menos en uno sin contratos.

Madrugadas

No sé cómo hacés, decía y repetía Marcela con la cara horrorizada, yo necesito dormir, lo decía a las 10 am, lo decía con la seguridad de quién se piensa especial, de quién valida la vida solo a través de su experiencia personal, con una miopía social y un astigmatismo racional, que resultaba, además de curioso molesto.

Marcela creía, firmemente creía que merecía más, les pasa a muchos, han olvidado, no, corrijo, me corrijo mientras pienso y escucho, no ha conocido nunca una verdad simple y sencilla, nadie es especial, no se da cuenta de que su opinión es solo el resultado de su experiencia, no sabe formularla, solo sentirla y desde allí crea el mundo… somos lo que conocemos es cierto, pero la ley tiene algo que la física ya sabía, si no conocés la gravedad igual te caes; aunque no lo sepas la transferencia de calor por fricción te quema. No lo sabés pienso, pero el día comienza de manera paralela y continua, dispersa y asincrónica según la taxonomía y el estrato socioeconómico del individuo, o incluso de su lugar en la cadena alimenticia, el día, el concepto de día es artificial, sí sale el sol, pero algunos animales son nocturnos la evolución los ha condicionado y a nosotros, aprendimos a caminar en dos patas, a construir para protegernos, pero no para cuidarnos, es por eso querida que es selectiva y diferente; para la mayoría en este gamonal el día está por fuera se horario natural, aquí las personas se despiertan antes que el sol, y madrugan a ver las lunas llenas más grandes que alguna vez se han visto, no porque haya un predador que los aseche, sino porque la comida vale plata, el arriendo, la comida de los gatos, los perros, todo al final cuesta y el único instinto definitivo es el de supervivencia.

Despertar con el sol es privilegio de unos cuantos, aquí en esta tierra, la vida hay que currarla, trabajarla, nadie tiene nada y nadie puede tener nada, pero no seamos ingenuos ni en exceso románticos, la vida tiene un precio, lo pagan todos los seres que viven, pero un privilegio nos hace pensar que vivir tiene privilegios, es el ocio, lo mucho que se disfruta de no hacer nada, o de hacer nada útil, y también hay tiempo para eso querida, pienso pero aún no le contesto, la dejo hablar, dejo que se alargue, ella piensa que la capacidad de trabajar y de hacer sacrificios es algo genético, una predisposición química en el cuerpo que a ella le falta, es la fe, la excusa mística la irresponsabilidad humana, ese resguardo emocional donde tratamos de enterrarnos para evitar asumir la verdad, que no hay nada afuera, que somos nosotros, contra los demás, que todo lo que nos afecta lo permitimos por falta de convicción, por temor a la discusión, por miedo a la represión, lo que nos condiciona y nos jode, es lo que nos gobierna, y nos gobierna solo aquello a lo que nos entregamos, visto de esa manera el más sabio era ese que decía que la única forma de felicidad posible, es la de entregarse a los instintos y desprendernos de las estructuras de poder que difieren de otro forma más allá de la natural.

La miro a los ojos y la escucho hablar, sabiendo que no sabe, pensando que sabe, ignorando incluso que aquello que conoce, no es ni nuevo ni original y que hay quienes lo han expresado de la manera correcta, la humanidad es tonta, y ha renunciado a su propia esencia, la gente tiene miedo de ser excluida, segregada y otros de ser señalados, y aún así esta ella, y ellos, y los que son como ella, los más peligrosos, los que tienen miedo de aceptar que han labrado su propio destino, incapaces de asumir que son tan ordinarios e innecesarios como todos, y sobretodo incapaces también de vivir, quieren la vida para no hacer nada, desean la vida para no vivirla, tan alienados como esos otros que no ven la luz fuera del trabajo, y que no entienden ni siquiera la diferencia entre desconocer y asumir.

Abro y la boca tomo aire y vuelvo a cerrarla, no vale la pena pienso, son las 8 pm y tengo sueño, después de todo toda la semana me despierto antes que el sol.

Yo tampoco respondo, debe ser que le tengo pavor a no poder ver los amaneceres.

Laberintos

Miro detenidamente el mapa, la líneas de colores se sobreponen, el bullicio de la gente afuera dificulta aún más mi entendimiento, Wilson y Fernanda creen haberme dado una dirección exacta, los conozco y dudo, hay muchas posibilidades para equivocarse, demasiadas conjeturas, estoy perdido, incomunicado y la esperanza es esquiva para un latino en barajas, ya sé que no para todos, ya sé que algunos españoles son amables, no es algo exclusivo de los españoles, es geopolítico, algo ha hecho que algunos pasaportes digan turista y otros migrantes, si bien todos los somos al viajar, a algunos les han dado un no sé qué, que inspira en las personas de aduanas y migración confianza y a otros nos han marcado como reses con una I en la frente.

Intento escribirles al whats app, no responden, están fuera, camino a esperarme, me hago al lado de la cabina de información e intento escuchar explicaciones a otros viajantes, no quiero preguntar, no quiero darles la oportunidad de menospreciarme, me rehúso por un par de minutos y al final cedo.

Me indican con una mirada de falsa cortesía, lo sé porque también yo he puesto esa sonrisa falsa al saludar a parientes indeseados un domingo a la mañana cuando llegaban las visitas sorpresas a casa, debo dirigirme a la salida, voltear a la derecha e ir al segundo piso, allí hay un tren, dice no es el mismo que decían Wilson y Fernanda, no me sorprende, pero tampoco me fío.

Camino hacia la estación, busco otro par de turistas con cara de latinos, si algo puede unir a nuestros pueblos es la cordialidad que nace del desprecio, claro está solo en el extranjero y mientras que uno de los dos no sea local, ambos debemos ser sudacas para ser resistencia, si alguno es local o ciudadano de clase media entonces el enemigo es cualquiera que sea otro por debajo de su estatus; no encuentro ninguno a la vista.

Ahora tengo en frente otro mapa, tres líneas azules, para ser justos es una azul, una azul pálido o cian y una azul oscuro casi morado, la estúpida costumbre de mis compatriotas de utilizar diminutivos los ha llevado a decir azulito, la parca formalidad del agente lo ha llevado a decir azul, estúpidas costumbres ajenas, estúpidos convencionalismos nacionalistas, ¿acaso no era más fácil utilizar otra paleta de color?, los encargados de la señalética, son a veces agentes del caos.

Tomo una decisión, compro la tarjeta y sigo la línea azul, pensando en que a Fernanda le ha ganado el costumbrismo de aplicar el diminutivo a azul, y que con su azulito no intenta decirme que un azul más clarito; me subo y miro el mapa que tengo en mis manos, dos líneas hacen parada en la estación a la que me dirijo, en la que voy es una de ellas, pero son paralelas, tengo buenas y malas posibilidades, 50% para ser exacto, en mi rostro ya se hace palpable la duda, soy un objeto perdido más en barajas y mi destino ya no me pertenece, la suerte se echó hace mucho y yo solo ruedo a estrellarme con una pared y dar un número aleatorio; odio sentirme así, tan ajeno a mis decisiones, veo el mapa y falta tiempo, no es la primera vez que estoy perdido, no será la última, pero sí es la primera que pienso en que a los urbanistas y los arquitectos habría que quitarles su carnet profesional, recomendarles la siquiatría o el sicoanálisis, la jardinería para que encuentre y disfrute esas raíces complicadas y enredadas.

Veo el mapa, la ventanilla y suspiro, estoy en un puto laberinto.

Corriendo con tijeras

Jorge abre los ojos a las 5, sus gatos le dan la bienvenida al mundo de los vivos, le pesa haberlo hecho, nada parece diferente, la sensación que le oprime el pecho llega a toda prisa al hacerse consciente de sí mismo, los gatos lo intuyen, lo lamen, quieren levantarle un poco el ánimo, él lo intuye y se siente mal de poder responder a ese deseo.

Hoy cumple 38 años, fue casi su número de la suerte, mucho tiempo lo veía como algo casi sagrado, hoy no, hoy le pesa, hoy le jode, la aprieta en la garganta, le hala el corazón hacia abajo… nada de eso pasa realmente, pero así se siente; el sol se asoma por la ventana y él aún está tratando de reunir fuerzas para salir de la cama… no parecen llegar, era más fácil antes, ser niño es no ser responsable de uno mismo, esa idea lo atrapa, no había que hacerse responsable de uno mismo, no tenía que pensar en lo que sucedía, solo hacer caso, solo entregarse a un caos de posibilidades, correr con los cordones sueltos, con la ropa sucia, sorber mocos y limpiarse la tierra de las rodillas, el 38 a la espalda en una camiseta vieja y llena de sudor y de partidos, soñar con tenerlo ahí para siempre, aunque nunca suceda.

Sale de la cama arrastrando los pies, la pena y la vida, sus gatos se restriegan entre sus piernas, toma el molino de café como cada mañana y mientras muele piensa, recuerda, revive esos momentos donde el peligro era evidente, donde para acabar el miedo bastaba con encender una luz, cuando lo malo estaba afuera y no adentro, esos tiempos donde un helado lo arreglaba todo, incluso solo la promesa de uno. Ahora es diferente, el miedo está adentro, se siente perdido, 38 piensa, muele, recuerda, sufre.

Saca dos cucharadas y las pone en la cafetera, agrega una taza de agua y camina hacia al baño, toma la toalla acaricia los gatos y sigue pensando, entra a la ducha por inercia, abre la llave con una costumbre pesada, el agua helada cae sobre él y recuerda, revive los días en que todo era más simple, los 38 lo tienen contra la pared y no dejan de lanzar golpes, cuando pensaba le gustaba pensarse como un boxeador, recibiendo golpes, ya no puede evadirlo, ya mamá no puede decirle que se amarre los cordones, que se cambie la ropa, nadie le avisa de los peligros a los que corre, Andrea, su mamá siempre tuvo miedo de verlo correr con tijeras, los niños que corren con tijeras se sacan los ojos, le decía su madre, los niños corren con tijeras se las entierran en el cuello y se desangran, era normal ser educado bajo el miedo, aprenden a respetar el peligro… de grande las tijeras cambian, son personas manipuladoras que se afilan en cada paso, son las personas que mienten, que no sienten ni intentar sentir algo de empatía, los dueños de la verdad los egocéntricos y egoístas.

No se ven peligrosos, pero cuando te caes, sientes el filo de sus acciones enterrándose despacio en pecho, lo piensa mientras sale de la ducha, mientras está desnudo frente al armario viendo el espacio donde antes ella tenía su ropa, nunca aprendí a correr sin tijeras las manos, piensa mientras que ya vestido camina a la cafetera, mientras toma su café, mientras lee el mensaje. Feliz cumpleaños.

Última alarma

“En un mundo donde vivir es obligación, la muerte es un lujo”

El Flaco

De todos sus cuentos, al flaco le gustaba hablar siempre de este que no había podido nunca terminar de escribir, comenzaba con un chico porteño de una familia venida a menos en Madrid, le gustaba siempre resaltar esos pequeños detalles, primero porque eran un espejismo, el había vivido en Buenos Aires, lo habían tratado como a uno más, sabía por experiencia propia que el porteño no es frío, sino que es melanco, necesitan profundidad para conectar, son como un buzo, la superficie simplemente no es lo suyo, sabía además también que todas las familias del mundo estaban venidas a menos, porque la inflación siempre crecía y los sueldos llevaban ya congelados 10 años en casi todo el continente, finalmente que un latino con esas características se sentiría menos en España, un hombre así como Cristo, Cristobal, no se sentía menos ante nadie, porque estaba incómodo donde estuviera, su problema no era geográfico ni económico, sino simplemente humano, era humano y por desgracia, frente al espejo se reconocía y se dolía.

Cristo tiene 28 años, su padrastro es evanista su madre. exmonja, se conocieron en el convento donde ella estaba internada, una chica española en su misión al tercer mundo, Pepe, padre cristo era muy bueno con la madera, y yendo a organizar algunas cosas al convento cuando supo que el cura iba a echar a la novicia porque no quería tomarse un bebedizo que era medicina para sus problemas, al notarlo confrontó a Ángel, el sacerdote y terminó por hacer echar a Mar del recinto, ambas familias les habían dado la espalda ante el suceso, pero con la responsabilidad del impertinente decidió que tenía que hacerse responsable y se devolvió con ella al antiguo continente.

Cristo conocía la historia y la detestaba, se hijo de un “Angel” con un padrastro evanista lo hacía blanco de chistes fáciles, pero a sus 29 ya a nadie le importaba mucho, el flaco mencionaba siempre estos elementos del cuento con el único propósito de establecer lo común que puede ser una circunstancia extraña, la falacia del cumpleaños la llamaba, basada en una teoría que habla sobre cuántas personas pueden cumplir años el mismo día, el caso es que en esta Madrid donde ocurre el cuento, a los 30 las personas tienen que tomar una decisión: el día de su muerte, en un gran calendario debe marcar día y hora en el que los basureros han de pasar a recogerte para convertirte abono. La situación llegó a ese punto, decía siempre el flaco porque al sobrepasar 5 de los 9 límites para salvar al planeta no había más solución, tenías hasta los 30 para ahorrar, luego comprabas un par de años, o establecías un contrato a cuotas pensando en los años que quisieras vivir y luego el contrato simplemente se ejecutaba.

Jude, un amigo inglés de Cristo había quedado mal en algunas cuotas y él le había prestado poco más de una década, mucho tiempo si se tiene en cuenta que Cristo quería vivir hasta los 50 años, lamentablemente a Jude lo había atropellado un carro antes de que le pagara y como las deudas entre personas naturales no se aseguraban nadie había respondido por su tiempo, con lo ahorrado Cristo tenía suficiente para 10 años o 3 si realizaba el viaje que había deseado, y recordando una frase que solía decir su mamá optó por el viaje, nadie me quita lo bailado, dijo, y firmó el documento, tres años, tres años le quedaban a Cristo al cumplir sus 30, nadie sabía solo él era dueño de su tiempo.

Se rehusó a hacer la fiesta que se acostumbraba donde las personas solían dar como un regalo esa información a los demás, he decidido pagar 50 años más a su lado, quiero verlos crecer, cuidarlos, quiero darles lo que ustedes me han dado a mí… papanatas, odiaba el hecho de que la vida se pagara a cuotas, de que la gente estuviera orgullosa de hacerlo, se creían especiales, presumían su longevidad, atrás habían quedado el tiempo de las casas y los carros, Cristo tenía claro que no quería eso, había en cambio siempre soñado con vivir hasta los 50, le gustaba el número, era suficiente y digno, le molestaba demasiado la idea de envejecer, la gente que tenía para pagar 100 años tenía que tener para el suero, los cuidados, los enfermeros, sus seguros no eran tampoco baratos, y sobretodo eran inoficioso, para qué vivir hasta los 100 años, ¿solo por presumir su poder?, ¿Su dinero? tanto tiempo reclamándole a los escritores por clichés para pasársela viviéndolos, así que no hubo fiesta, ni comunicado, Cristo vivía pero su contador estaba en marcha.

Magda su casi algo favorito, le preparó una celebración especial, la malas lenguas decían que de especial no tenía nada porque a todos sus hombres al llegar a los 30 les daba lo mismo, una faena imperdible que los acercaba a la muerte en medio de su renacimiento, pero a Cristo no le importaba, y más si era con Magda, la insaciable, Magda encima, abajo, de lado, gimiendo, gritando, arañando, mordiéndolo en la clavícula, en el cuello, rasguñándole la espalda, en lencería y con juguetes, Magda desatada… si algo hacía bien Magda era vivir, porque la faena que daba te mataba un poquito y si hubiera podido escoger un solo regalo, seguro hubiera sido a Magda.

El flaco contaba esto sonriendo, de verdad lo pensaba, vivir es un lujo muy caro y cada vez más, algún día él también iba a escuchar la alarma, la última alarma y a sentir que estaba pagando la vida a cuotas. No era un mal cuento, tampoco era el mejor, pero a él si le daban oportunidad de hablar de un cuento, siempre le gustaba hablar de ese, siempre pendiente, aún en el tintero y lejos del papel.

Otras épocas

Es costumbre y menester renegar y desdeñar de todo lo que el otro hace, dice y sueña, es una regla invisible que devela a una humanidad envejecida, cuando la moral no se le ajusta y no es capaz de aceptar lo cotidiano rehúye al atril moral, se trepa en el palco de lo políticamente correcto para distanciarse de los demás, Pensaba Jaime mientras veía como Eva gritaba a la que parecía ser una enfermera nueva, ella era una señora de manual, sí de esa que parecía haber leído, creído y entendido los manuales para señoritas, por eso debería tenerle tedio y hastío, pero entendía que era una mujer de su época, que a sus 88 años pedirle que desconociera el mundo que llevaba en la sangre y la memoria era inútil.

Era una de esas sabelotodos, como todo anciano convencido de que el camino está perdido y que no hay futuro porque el presente desdeña de su pasado, y hablaba como la gente de su edad, y como esos que se piensan moralmente superiores, dando su opinión y asumiéndola como verdad, estúpida y arrogante como solo los viejos tienen derecho a ser, porque una cosa es vivir fiel a lo que se vivió, con ellos tenía paciencia y sentía hasta ternura, aunque detestaba y no podía tolerar el mismo comportamiento en los jóvenes, ineptos y arrogantes, y aunque a veces pensaba que quizá Eva había sido también como ellos, Francia, la vecina de Eva le recordaba que no, que 10 años habían bastado para cambiar algunos dogmas, pero que era imposible lograrlo con todos… Francia era al igual que Eva mujer de otra época, pero más espabilada, y lo trataba como pocas personas, no le molestaba su condición de migrante, ni su color apanelado, para ella además era evidente que en cuestiones de cama y sábanas Jaime tenía recorrido; con ella tenía las mejores conversaciones, ella había sido catedrática de filología y magister de filosofía, Jaime juraba para sus adentros que no había hecho doctorado solo porque no había otra titulación que sonara tan similar a las dos anteriores, porque aunque flexible socialmente, era una mujer de postura definida, había estudiado, se había preguntado, había formado un criterio sustentado, y combatido a las Eva de su generación.

Las mujeres de su época decía, para referirse a Eva y sus amigas suelen hablar sin fundamentos, son sofistas que confunden la opinión con el argumento, que usan como instrumento investigativo un aplausómetro de sectores sociales, hablan solo para ser escuchadas, pero no para decir nada, no para ser tenidas en cuenta, si no fuera por ellas y las que son como ellas, esa horrible característica sería quizá solo de los políticos,  decía y se reía, “pelimoradas” así son todas esas.

A Jaime le caía bien, siempre hay que ser amigo de las personas que insultan con gracia, son inteligentes y suelen ser grandes conversadoras, lo pensaba sacando el pecho, orgulloso de su idea, dicho sea demás para él su generación no tenía mucho que celebrarse, pero el se preciaba de su “Instinto Astral” yo puedo verlo claro, verlo bien, hay que tener el ojo entrenado para ver esas cosas que la gente es, me refiero a esas que realmente son, no las que dicen ser, ni las que intentan ser, si no la sombra sobre la cual camina y se paran, son diferentes, cambian de acuerdo al ángulo que el sol los alumbre, pero eso no evitaba que tratara con el respeto esperado y la diligencia adecuada como para que incluso las mujeres como Eva no le recriminaran su caminar afeminado, ni su discurso pérfido a inciensito y chamanería, a mercurio retrógrado y mindfullnes de podcast.  

Son de otras épocas distintas decía e iba rápido a consolarlas, pero a Reina no le importaba, —Para ser un cretino alienado dijo, no se necesita edad, ni género, ni sexo, ni condición especial alguna, los imbéciles, son atemporales, mi abuela dijo al final no es distinta, y mis compañeras de la u tampoco, lo único más viejas que ellas es su falta de empatía, y lo único que está más podrido que sus cuerpos es su tolerancia. Lo dijo firme, seco, en un tono tranquilo, pero vehemente.

—Necesitás algo, puedo ayudarte preguntó Jaime conmocionado al notar que no era una enfermera.

—Que dejés de defendarlas, a ellas y a sus otras épocas.

Descenso

El tiempo se lleva todo, siempre gana, eso decía el flaco cuando estaban en el colegio, un compañero suyo que lo único que ganaba era filosofía, era buen tipo pero demasiada cabeza para todo, y cuando se piensa mucho se hace poco, eso decía él, ese había sido su lema, su vida, su  carrera, ser así, un poco imprudente, lo había convertido a temprana edad en una promesa del downhill, tenía buena técnica, y parecía no tener mucho miedo, también mucha práctica, el resto comienza a practicar a las 14 o 15 años, pero para David, la vida misma era un entrenamiento, a los 8 que aprendió a montar cicla aprendió que para salir de su barrio tenía que descender, pasó sin darse cuenta de las rueditas de entrenamiento a pararse en los pedales y bajar escalas empinadas, trochas y zanjas porque eso era lo que había que bajar para poder salir, por eso cuando decían que tenía un talento natural, la gente no se equivocaba del todo, en su primera clase se notaba que iba al acecho, tenía una postura agresiva, se abalanzaba sobre las pendientes y evitaba los chicken way, siempre iba por los obstáculos y los atacaba sin pensarlo dos veces, lo que para los demás era una opción, para él era simplemente familiar.

Pero con el tiempo, se hizo lento, seguía siendo agresivo, pero ahora calculaba más, y a veces dudaba, sus tiempos no eran malos, pero ya no fijaba nuevas marcas y para colma de males, algunas de ellas empezaban a ser superadas. Venían mejores, podía sentirlos cerca y por primera vez sentía ese miedo sin adrenalina, no el otro, no el de peligro inminente, no el de la muerte saludando en una curva o un jardín de piedras, el miedo de no ser suficiente, ese que había hecho sentir a toda una generación al pasarles de largo en los entrenamientos y las competencias, ahora era él, y entonces empezó a recordar al flaco, el tiempo se lleva todo, siempre gana… puto flaco.

Eran vacaciones, estaba en Tigre, Argentina, visitaba un parque de diversiones, una atracción de esas que te meten en los planes de viajes, de esos planes de viajes que te arman para darte una degustación de todo y nada a probar, esos que te incluyen un paseo en bus por la ciudad, dos o tres restaurantes, un teatro, entradas a estadios, de esos que hacen al turista más turista y menos aventurero… la puta madre pensó, cada vez me parezco más a ellas, revisó su manilla escaneando el código QR que tenía y descubrió que había una sola atracción fuera de su pase, una que no la cubría, y sintió ese deseo, esa provocación con la que antes veía las rampas, las escaleras, sintió ese deseo de brincar.

Mientras lo preparaban empezó a sentir algo diferente, acostado como una ballena sobre una lona y atado a un cable flexible, comenzó a ser arrastrado hacia arriba, subía y subía y subía, no podía creer lo alto que estaba, nunca había pensado realmente en las alturas, cuando volaba nunca tenía ventanilla, y en los hoteles nunca pasaba del 5 o 6 piso, jamás se había sentido tan arriba, ni en los teleféricos donde solían llevarlo a los puntos de partida porque en esos momentos pensaba en el descenso y no era del todo consciente, pero ahí, ahí  donde estaba mientras subía no tenía nada en que refugiarse, por primera vez no tenía una excusa ni un objetivo, estaba solo en lo más alto, y de repente el intercomunicador lo despertó de su pensamiento.

—A la cuenta de tres liberás el arnés, entendido

—Sí, solo deme un minuto, quiero disfrutar un poco la vista dijo

—Tiene 30 segundos, hay otros clientes esperando su turno, —dijo una voz bastante molesta, y hubo silencio

Allá arriba volvió a pensar en lo que decía el flaco cuando estaban en el colegio, el tiempo se lleva todo, también ese pequeño momento de júbilo y nervios, puto flaco pensó, el tipo era un genio, sabía desde mucho antes que pasara que sus tiempos pasarían, por eso nunca se emocionaba mucho con nada, lo disfrutaba, pero no se enganchaba, sabía vivirlo sin depender de nada, iba y eso era suficiente.

—Tres, dos, uno —Dijo la voz desde el intercomunicador y él tiró fuerte de la línea que removía el pasador para liberarlo del arnés, y entonces comenzó la caída y gritó, gritó sus rabias, sus victorias, sus miedos, sus marcas, sus días pasados y su futuro lento, grito hasta perder la voz, con cada grosería que conocía, cada que el movimiento lo llevaba hasta arriba, volvía a sentir ese vacío en la boca del estómago, ese dolor en el pecho, esa ausencia de gravedad que lo dejaba inútil y expuesto y gritaba, entonces sí gritaba de miedo, aterrado, gritaba como lloran los que aprovecha cuando cortan cebolla para llorar por todo lo que no han llorado, así gritaba él porque el tiempo se iba y lo dejaba solo, como gritan los niños cuando quieren algo y no comprenden que no hay dinero para comprarlo, en una pataleta histriónica y lamentable, disfrazada de emoción para todos los demás, pero sabiendo lo que hacía, entendiendo que el segundero le había pasado de largo hace un par de vueltas y tenía que aceptarlo, también él le llegaba su tiempo.

Desencuentros

La primera vez que me plantó tenía 15 años, nunca ha sido puntual ni de buena memoria, quizá debí haberlo sabido en ese entonces, pero como todo comienzo altera la realidad, no me importó. Pensaba que de todas maneras siempre llegaría tarde porque mi deseo siempre la reclamaría antes. Aprovechaba su demora para leer, en ese entonces y ahora, los libros siempre fueron mi aliado en la espera, mitigaba la ausencia de sus labios, de sus manos alrededor de mi pecho, y disfrutaba en ese otro mundo previo a su llegada.

Llegó tarde a casi todas las citas que tuvimos, incluso alguna vez prometió que no volvería a suceder y pensé que iba a terminarme porque sabía de antemano que nunca, nunca, podría llegar a tiempo. Estuvo cerca, sí, un minuto de más, 2 o 3, en esas ocasiones llegaba risueña, orgullosa, lo había casi conseguido, no tuve el corazón para decirle nunca que dos minutos tarde no era a tiempo. Me gustaba verla sonreír y bailar como lo hacía cuando era feliz con las pequeñas cosas.

Le costaba salir de la cama, siempre quería 5 minutos más y no entendía cómo podía yo pararme de la cama con la primera alarma a las 4 am, si a ella le costaba salir con la tercera de las 7, lo decía con un puchero de culpa, con una cara de inocencia y de angustia, siempre fue tierno verla con esa expresión.

Miro el reloj, 15 minutos tarde, muchas veces han sido 15 minutos, no es grave ni su mejor marca, bajo la vista y sigo leyendo un viejo libro de Pérez Reverte, una novela de perros, Los Perros Duros no Bailan, es graciosa, realmente es un relato más policiaco que otra cosa una especie de thriller pero el recurso refresca y lo hace interesante, quiero seguir leyendo pero no puedo, no deja de llamarme la atención que ahora, justo hoy cuente el tiempo para reunirme con ella, en el fondo sigo pensando que ella nunca llegará a tiempo, que nunca podrá ganarle a mis ganas de que llegue antes, incluso hoy 30 años después desde la primera vez que lo hizo.

El tiempo es un concepto muy abstracto, no sirve mucho hablar de 30 años, pero han sido 10 vacaciones juntos, eso, claro por mi culpa, nunca he sido bueno descansando, tenía cuentas por pagar; si en algún momento va a uno a sacrificarse que sea cuando hay ánimos para ello, quería dejar pagas todas mis deudas antes de cumplir 40 años, lo intenté pero fue imposible, siempre lo supe, eran realmente los 43 la meta pero no dejaba de tentar la suerte a ver si me sorprendía, han sido cientos de tarde de domingos juntos, incontables domicilios, películas, cafés, fantasías gastronómicas, complaciéndonos… al final son esos momentos a los que siempre vuelvo cuando pienso en ella, en nosotros.

Cierro el libro con la certeza de que no voy a poder leer, voy a seguir recordando esos momentos, las caminatas, el despertar juntos, un maldito cliché, la ventana detrás de ella, la luz que llega desde la espalda, la forma en como el cabello le cubre el rostro, ella todavía a sus 30, con el pecho desnudo, en mi cama, en mi casa antes de que fuera nuestra casa, el tiempo derrotado, la vida congelada…

Por fin sale, es una cajita de música, sonrío entristecido, hoy es la última vez que llega tarde, ahora descansa, el cáncer ganó y yo soy el único que pierdo.

Cotidiano

“No sos especial, al universo no le importas y el mundo puede seguir girando sin ti”

El flaco

Madrid un día de octubre del dos mil algo

Hay algo llamativo en ser extranjero, en estar lejos de casa, de las costumbres y las jergas que hacen que una persona pertenezca a un lugar, uno no es cotidiano, solo con hablar su acento rompe la monotonía, la gente gira te mira con los ojos despiertos, en busca de una especie diferente de humano, quieren encontrar un ser con una lengua amorfa incapaz desde la biología de marcar las Z, las S y las C, voltean apresurados, deseando encontrar al espécimen que ignoraron a su paso, es fácil también ver su decepción cuando se encuentran con mi imagen, no tan distinta a la de ellos, no tan extraña… sus ojos se duermen, y entonces dejan de mirarte.

Hay otro tipo de sorprendidos, los que hace mucho migraron y encuentran en tu forma de hablar, todavía originaria un golpe de la nostalgia, quizá sea solo una palabra, pero les recuerda a la forma en cómo la decía un amigo, un primo, quizá sus padres o abuelos y entonces sus ojos atemorizados por la diferencia en un comienzo se tornan emocionantes y emocionados, recuerdan algo que yo no puedo entender, pero los rompe, quizá sus juegos callejeros, sus apodos, su existencia siendo ellos, la mayoría, el decreto de la normalidad, quien nunca es el extraño, pero también los momentos felices, los sabores que allá lejos son costumbres y aquí solo recuerdos, anhelos, ellos te miran con una alegría extraña, agradeciéndote por existir, por hablar, por transportarlos a ese lugar al que pertenecieron pero donde hoy también serían extraños; el migrante nunca vuelve, su viaje lo cambia, deja de encajar de donde parte y nunca podrá hacerlo a donde llega, pero en esos pequeños momentos, es y lo agradece.

Para mí es extraño, aunque esa novedad llamativa va en doble vía, todo para mí es nuevo, no ellos, los lugareños son iguales sin importar a donde vayas, adormilados, se sienten dueños de, aunque no conocen nada de sí mismos, la historia de sus calles ni sus monumentos, para ellos es solo un lugar de tránsito, ignorar la belleza del contexto y la historia es un mandato claro del día a día, sin embargo como colectivo tiene sus costumbres, sus particularidades, sus acentos… aunque son levemente diferentes, su ropa, su forma de caminar, su noción del peligro que siempre me resulta exagerada. No crecí en medio de las balas como muestran las novelas, pero sí en un ambiente hostil y desconfiado, hay un radar natural que detecta el peligro, el real, no el infundado de la xenofobia, sino más visceral, un instinto animal que puede oler, sentir quien lo amenaza, no le temo a la imagen de los otros sino a su comportamiento; camino tranquilo entre ellos sin inmutarme.

La sensación no durará mucho, la beca es por 3 años, llegará el momento donde conoceré su inverno, su otoño, su primavera y su verano, donde aprenderé a pedir algo en algún local de cierta manera para que me atiendan más rápido, para evadir las filas, dónde comprar todo un poco más barato o conseguirlo de mejor calidad, donde doblas las esquinas, y cruzar las calles, a ignorar los andenes, los balcones tan pequeños y tan juntos… y entonces todo me será cotidiano, lo disfruto mientras tanto porque cuando pronto volveré ser otro, no tendré nada especial, el universo recuperará su rumbo y su mundo seguirá girando sin mí.