Malestares

A lo lejos lo ve, un cuerpo encorvado recordando lo que es el beso del sol, se estira como una ramita de frijol buscándolo, necesitándolo, deseando que esté a su alcance, cierra los ojos y deja que el rayo le cruce los párpados pintándole de rojo las pupilas, lo sabe porque él le ha contado que le gusta esa forma en que el sol te deslumbra incluso con los ojos cerrados y te deja esa luz grabada durante unos instantes en la retina… No tiene mal aspecto, no más de lo usual, por lo menos, es un viejo, los viejos tienen sus achaques, su figura triste y su paso torpe; curiosamente, tantos males le brindan una gracia peculiar y casi admirable, para no generar polémicas, a la distancia es notable, igual que un gordo, un flaco, alguien muy alto o muy bajito, con la gente es como agua y aceite, imposible de juntar y encontrando la forma de salir a flote.

Su presencia es como un síntoma, hace que el cuerpo reaccione, como una especie de dolor y alivio parecido al que se siente cuando uno estira después de estar mucho en la misma posición, casi como un recordatorio de humanidad, casi como la fiebre que se apodera del cuerpo y embota la cabeza frente a un virus, como la picazón de un zancudo, una pequeña señal que confirma la presencia de algo ajeno, un signo de que la comodidad es algo pasajero, un símbolo de que la vida sigue siendo algo que busca la forma de escurrirse y reclamar lo que tiene.

Me acerco y parece que él se acerca, aunque no se mueve, pero tiene esa extraña postura que parece inclinarse hacia ti, de ocupar tu espacio personal y de recordarte que nada es tuyo, no importa cuán cercano lo sientas, él puede hacerte sentir que lo pierdes, que te ausentas y que te arrebata un poco ese lugar donde estás, los cuerpos viejos no hacen nada con mayor intensidad que un cuerpo joven, pero lo saben hacer mejor.

—¿Cómo va todo, agonía? —lo saludo con un chiste interno y un remordimiento externo, quien lo ve sufre imaginando que sufre, aunque él no lo hace, como la chica que gime en el departamento del lado y se avergüenza un poco al otro día sin ruborizarse por completo.

—Todo va —responde siempre, con una cautela impropia, como quien cree que tiene aún mucho tiempo, aunque sabe uno con verlo que está a dos gripas fuertes del cementerio… Exagero, pero aparenta, es parte de él esa figura deteriorada, un caballero de triste figura, como su amado manco esbozó hace tanto tiempo, que si no fuera por su falta de intención estética juraría uno que se ha caricaturizado hasta parecerlo.

—¿Vos? —pregunta, con esa voz de estornudo y de tos con flema, con esa intención real de saber cómo estás, con ese interés genuino que ahora resulta extraño.

Lo miro a los ojos incapaz de mentirle, y él lo entiende, todo saldrá de la mejor forma posible me dice y esas palabras se sienten como un aliento atrapado en un tapabocas, en un vaho denso que irrita los ojos y hace imposible contener y esconder las lágrimas, al final eso es lo que lo hace peligroso, su capacidad para hacer que quien se lo cruza no pueda mentirse, no encuentre cómo, y sienta, como yo siento, que el cuerpo le tiembla, que las articulaciones se resquebrajan, que el dolor brinca de coyuntura en coyuntura y que el escalofrío lo recorra de arriba abajo, mientras que un calor constante le indispone el cuerpo.

—Sin duda alguna, ibuprofeno —le digo en broma mientras huyo del malestar que me provoca.

Quereres

Querida, yo quería quererte, quería que quisieras quererme y quería que querernos fuera suficiente. Yo de verdad lo quería, pero no sabía que con solo quererlo no bastaba. Quisiera haberlo sabido desde antes, para evitar esa sensación de vacío que quema, porque qué quilombo quererte tanto y que no alcance para nada, y que uno se sienta entonces malquerido.

Quise antes, quise de otras formas y juro que creí que ahora quería distinto, que quería bien, mejor, más cariño, mejor cariño, pero aún quisquilloso y quejumbroso. Qué curioso que con solo mejorar la forma de querer no baste, que también haya que querer ser otro. No quiero serlo, no quiero dejar de quererme por querer, no quiero querer ser otro para que me quieran. Eso se los dejo a quienes quieren que todo el mundo los quiera. A mí conmigo me basta, contigo hubiera sido quizá perfecto, pero… pero y quizá son buenos amigos, se quieren quizá más de lo que nosotros alcanzamos a querernos, y al final ganaron los peros, los quizá de los que ni siquiera eran quienes al anochecer te decían: te quiero al oído.

Querer… querer, es una ilusión progresiva en la que quienes quieren caen en busca del cariño que quieren tener, pero que, por más que quieran alcanzar, nunca terminan siquiera cerca de donde querían llegar. Uno quiere querer y que lo quieran, y quiere que ese querer crezca, quiere que ese querer quiera, pero si alguno de los dos flaquea, el querer se agrieta, se quiebra, y entonces quema el pecho y la pena.

Todos hemos sido ese cariño que quiso que le quisieran y también ese cariño que quiso querer, porque todos somos ese ser que simplemente quiere acurrucarse en el cariño de quien lo quiere para acostarse a dormir. Yo también quise quererte, yo también quise que me quisieras, quería querer quererte, quería creer que me querías. Al final, los quereres rizomáticos y repetitivos crecen solos, sin querer ver mucho al otro, y entonces el cariño recibido quisiera que tuviera un poco más de ahínco, quisiera que su querer fuera más grande, que tuviera más equilibrio, que cumpliera más requisitos de quienes ven, juzgan e imponen cómo debe lucir el querer de quienes se quieren. Y qué fácil es entonces ver pequeño lo que el querido reunió con tanto esfuerzo, qué tan fácil es quitarle el dulce al niño que, habiéndose armado de valor, quería crecer para dejar de ser el que llora solo porque necesita cariño.

Es que con querer no alcanza, y quien quiere con solo lo que tiene suele creer que el querer todo lo puede. Créeme: se queda corto, créeme: se rompe todo, créeme: querer por querer es querer que el querer lo llene todo. Pero no hay querer en el vacío, no hay querer en el indeciso, no hay forma de que quien quiera pueda hacerlo queriendo por completo si lo hace solo por querer lo que otros ya han querido: la casa, el carro, la beca, el hijo y el cariño del que nunca fue parte, aunque en el fondo siempre lo quiso.

Y entonces quieren olvidar lo querido, quieren quitarse las heridas de lo vivido y quieren quizá no haber perdido, quizá haber aprendido. Y quieren creer que quizá es cosa del azar o del destino, pero quienes apuntan con un poco más de tino saben que el problema está en querer a quien se quiso, en querer como se quiso y en querer a quien te sacaba de quicio. Y quisieras que quizá todo hubiera sido distinto, pero son quereres que querían quererse hasta completar su ciclo. Quizá sea cierto, quizá quererse y querer sin querer que nadie apruebe lo que se quiere sí sea prerrequisito para poder cerrarle la boca a esos que, cuando ven a dos que se quieren sin morderse la lengua, designan que habría que quererse distinto.