Después de la esperanza

—Escúcheme, cuando el flaco comenzó a escribir sabía que era un mal escritor, pero tenía al tiempo de su lado; la juventud siempre cree hacerlo, para ellos el futuro siempre ha sido alcahueta y benévolo. Parece aplazar las verdades, las pruebas, parece alargar los buenos ratos y acelerar en los malos; los llena tan pronto con algo tan nuevo que sienten como si nunca hubiera pasado o como si no tuviera importancia.

Iba por allí rayando hojas con soberbia e ideas comunes, con alguna frase que lo incendiaba y le hacía pensar que mejoraba, que su ritmo, su visión, su filosofía mejoraba; no eran del todo malas, es cierto, pero hay una gran diferencia entre no ser malo y ser bueno; los que son malos de verdad nunca aprenden a verla, eso lo aprendería con los años, releyéndose.

La suerte, al igual que los jóvenes, tampoco diferencia bien; con un poco de ella, todo puede irse al carajo muy rápido. Escribía poemas; le convenía el estilo, podía así esconder un poco su falta de consistencia y eludir los puntos de quiebre con metáforas estrafalarias e impertinentes, golpes secos que se confundían con contundentes por el ruido generado, lo cegaban; solo los poetas y los malos poetas se contentan con la reacción enardecida de un público, los buenos saben que el ruido de un poema despierta es por dentro.

Aun así, le bastó para ser elegido, para ser llamado: debían enviar 20 poemas, su nombre, una pequeña biografía junto a su foto. Era joven y crédulo; a los jóvenes eso también se les da bien: esperan que el mundo sea como ellos lo han planeado, que salga todo bien sin haber hecho nada para eso; sueñan con facilidad y duermen poco, así que corrió a elegir, a buscar, a seleccionar, corrió a escribir sobre sí mismo como si hubiera mucho que contar y tuviera que resumirse, corrió a decirle a un par de amigos, a compartir el mensaje que lo certificaba como un poeta joven como una pequeña brasa de Prometeo…

Y corrió, corrió a la inauguración del festival, corrió a la mesa de libros del evento, preguntó por la antología de jóvenes, tomó una copia y comenzó a buscarse, a leerse, esperando leerse, y los ojos grandes y brillantes, y los nervios torpes y curiosos comenzaron a perderse, a diluirse en una mueca cínica; tres veces intentó, tres veces el índice lo negó. Desconcertado, buscaba explicaciones; aprendería después que no las hay y que, cuando existen, nunca son suficientes, así como el amor que se acaba, así la eternidad prometida puede llegar a ser solo momentánea; así también entendió que no hay nada escrito en piedra y que al futuro fácil se le olvidan las promesas.

Cerró el libro con calma y concentró su amargura con delicadeza. Por fortuna, el vino de caja es dulce, porque el sabor a mierda que tenía era fuerte; a los 16, ese fue un golpe de realidad que casi lo noquea…

El Flaco le contaba la historia sin gesticular mucho; ahora sabía que el ruido de las palabras potentes se hace por dentro, que no requería de una escena para todos sino de un drama para ellos. Habló de su dolor, de su esperanza, de su decepción, y volvió en silencio a la estantería vacía donde hizo espacio para un libro más y se quedó contemplándolo.

—La empleada lo persiguió tratando de ofrecerle de nuevo disculpas, pero, al verlo viendo ese espacio donde estaría su libro, no pudo más que callar e irse; dolía ver a un hombre imponente con la figura desecha frente a un espacio en blanco… Por estar pegada al celular, había empacado mal sus libros y los había enviado a un autor a quien, por sus pocas ventas, habían sacado a última hora de la programación; temiendo eso, le había tardado casi 20 años en confiar en otro concurso… ¿cómo se iba a olvidar de que al que no quiere caldo, se le dan dos tazas! y que después de la esperanza solo queda un sabor amargo que ni el vino dulce

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