Retornos

Vuelve solo aquel que nunca pudo irse por completo
El flaco.

Cuando encontré en un papel de galleta del infortunio ese mensaje, supe que basta una posibilidad para que algo se haga real. El papel lo había escrito yo, eran 100 mensajes que había entrado de contrabando a la fábrica de galletas de la fortuna donde trabajaba, y me había costado, resulta que era una broma usual alterar los mensajes. Algunos habían intentado imprimir número de lotería, números de teléfono, chiquilladas, pero yo me proponía algo diferente, algo que necesitaba de 100 hombres.

Había pensado en manipularlos, para construir una pequeña revolución bohemia. Cuatro años se había tardado en diseñarlo todo, necesitaba alterar el orden. Su idea no era cambiar el presente, sentía que por los próximos 30 años todo estaba perdido; así que para iniciar una revolución necesitaba tiempo, y una forma de trascender -un hombre son sus ideas se había dicho- así logró descifrar cómo viajar en el tiempo, aunque fuera solo hacia el futuro, y fragmentar 100 partes de sí que, al estar completas, si todo resultaba bien, crearían un reflejo borroso de sí mismo. 100 hombres sería su nombre, aunque no supieran escribirlo. 100 hombres soñarían sus sueños sin saberlos ajenos. 100 hombres recorrerían sus pasos, sus tristes y cansados pasados.

Era simple enloquecer el futuro, hacerles perder la razón. Había logrado identificar a sus víctimas potenciales, hombres letrados, con buena familia, malos vicios y fascinados con las ideas de la predestinación; era consciente de que no todos cumplirían con su propósito, de 100 quedarán 30, de 30 lo intentarán 10, de ellos quizá 3 lo logren.

Las galletas del infortunio eran el primer paso, así encontraría a los 100. Y justo uno de ellos, uno que había conocido hace poco, uno amable como pocos, había decidido darle su galleta, su comida, su puesto.

No había dejado notas, ni indicaciones, creyó que era un pedido equivocado; algunas semanas atrás había sucedido lo mismo. Seguro había sido él también, pero debido a que estaba poniendo en marcha su plan lo había pasado todo por alto. Como no esperaba bondad del mundo, el azar era una explicación viable. En sus planes jamás contempló el regalo como una posibilidad y ya todo estaba en marcha. A la galleta le seguía un horóscopo, al horóscopo una sesión de espiritismo, a la sesión de espiritismo, un correo con algunas páginas escritas por el flaco. Llegarían por correo, bastaría una o dos, serían remitidas desde Buenos Aires, desde Lima, desde Medellín, Barcelona y Madrid, nada conclusivo, capítulos aparte; las voces serían fuertes, los suficiente para grabarse en sus mentes, lo suficiente para obsesionarlos, los marcaría a fuego por el azar cada uno tenía una idea sencilla.

Desorganizar las bibliotecas, vender películas piratas cambiando el contenido de las carátulas, realizar videos en redes sociales sobre un hombre que hacía árboles genealógicos de los políticos electos para recalcar el poder, y al mismo tiempo hacer videos en otra red social sobre un hombre que critica al hombre que hace estos árboles, y al mismo tiempo hacer un canal con videos de un hombre que toma el video de los otros hombres y los ponía lado a lado. Mandaba a aflojar saleros y pimenteros, a desconectar cafeteras, a llevar pescado en los tupper de oficina y jugo de guayaba en las loncheras de los críos. La revolución de este hombre era un desenfreno de idioteces; les pedía a las personas presionar todos los botones del ascensor al bajar, ser egoístas, mezquinos, una revolución del ridículo.

Los 100 hombres, los 99 hombres y él, hicieron lo propio, se rieron de la galleta, crearon publicaciones sobre el hombre que habría puesto todo en marcha, hicieron podcast, videos, artículos, se convirtió en una leyenda urbana. Los 99 hombres lo habían perpetuado, nacieron los cultos y los fanáticos, los trolls, salieron a las calles a alterar el orden a ralentizar elevadores, a sabotear los buses, 30 años de bromas tontas, 30 años de espera paciente, el fin de los 99, quedaban tres, él incluido, y cada uno recibió una galleta.

Adónde habéis ido, regresad a casa mis niños. El éxodo era masivo, Europa no había sido no sometida sino corrompida por algo de lo que nunca podría librarse, el flaco los habitaba.

Junky

—Andrés tiene 23 años, estudia Filosofía, quiere ser escritor, pero es mesero, quiere ser escritor, pero hace semanas que no escribe, tiene un bloqueo. Andrés no tiene un bloqueo, Andrés tiene la idea de que la musa debe raptar su consciencia, Andrés no tiene ni idea, de que para escribir no son necesarias las respuestas, sino las preguntas. Así que Andrés -terminó por fin su profesor de hablar-, Andrés tiene tarea, la misma que la humanidad se ha planteado desde siempre: averiguar cuál es el sentido de la vida. ¡Ah! Andrés, una última cosa, es un texto reflexivo desde la observación, no una argumentación desde la investigación.

—Julio es profesor de Andrés, tiene 63 años, es filósofo, ha escrito, pero ya no quiere ser escritor. Escribe y publica, pero ha perdido la forma del concepto, sus textos académicos y ficcionales son solo un hobbie, un entretenimiento, una forma de ser. Julio necesita escribir, pero nadie necesita leerlo.

—Pablo es Chef, no le gusta la palabra, ni los clientes, ni los meseros. No les gusta por su condición, pero le parece que su actitud frente a la comida habla mucho de ellos, de su simplicidad frente a la vida, frente a la gente, la que no ve a los ojos a sus parejas, a sus acompañantes, ni a los meseros, ni a sus amigos, nunca al chef, no miran la comida, no la saborean.

—Andrés fuma, fuma en su descanso y piensa en la pregunta, mira al chef, a los comensales, a su profesor, mira su reflejo, y llega a una conclusión.

—La vida no tiene ningún sentido, —escribió sin titubear, también sin tristeza ni rencor. Era la declaración de un hombre convencido de su palabra. NADA IMPORTA, es lo que realmente deseaba haber escrito; pero no era su estilo, la palabra, si bien carecía de un fin, no lo hacía de forma, y al encontrar esa respuesta, encontró la suya.

Placer, provocar placer, el placer de los estetas, exaltar aquello que es bello, la búsqueda de la exaltación artística. Grotesco en su búsqueda del placer, comprometido con su satisfacción, onanística búsqueda de la última droga, la existencia.

Es el simple existir, el simple placer de satisfacerse la única voluntad deseable. En cuanto piensas en ganarte la vida has perdido, pensó exaltado mientras continuaba hilando las ideas. Todo está perdido repitió, el tiempo ha ganado, somos transitorios, y por ende solo combustible, abono, insignificancia.

El hombre solo puede existir en la memoria colectiva, en el testigo fosilizado de su civilización, como cuadro, como lienzo, como pintura. El hombre sobrevive a través de su obra, sanguijuelas de las civilizaciones, despreciables lazarillos de los bancos. Los hombres poderosos y adinerados no son recordados -se consoló-, sirven solo como mediadores, patrocinadores de las artes, se conservan por medio del sustento que dan a los verdaderos hombres. Y los mediocres, los empobrecidos, los anhelantes de poder social y político son muertos vivientes, carroñeros insensatos, faltos de visión, solo existen para sus seguidores, trajes del emperador hechos carne, solo voluntad y envidia, una construcción social endogámica que genera solo retrasados paridos de su mismo encanto, y cada vez son peores, cada vez entienden menos sobre su naturaleza, convencidos de merecer las posiciones que han ganado, que han recibido. Simplemente recibido, sin esfuerzo alguno.

Junkys, los junkys son la respuesta, la real, la única verdadera, la droga, el placer de drogarse con una obra, pero no los que se inyectan ni la esnifan, no es el placer del subidón. NO. No es el placer vacío del placer, por el contrario, es el placer consciente de la obra; solo quien la mezcla, la siembra, la prepara, arquitectos de su propio viaje, reposteros de ideales, chefs que huelen, prueban, palpan, cortan, asan, funden, gratinan, que acoplan, mutan y cocinan mientras catan, juegan y exaltan sus papilas gustativas, esos que sexualizan su paladar para prostituir las bocas del mundo, esos que diseñan un bocado para sorprender, para encausar, para anhelar.

Los últimos estetas son los cocineros, los únicos estetas, los únicos hombres que saben moverse en la cocina. Hay que entender la humanidad, hay que saborear la existencia, y hay que estar dispuesto a dejarlo pasar, ellos no buscan el resultado, el resultado es la mierda, y no hay ningún sentido en ello. Su obra se digiere, los idiotas lo consumen sin saberlo, la eternidad los ha alcanzado, la han comido, obras maestras irrepetibles lo han llenado y aún sí fracasan, llenos de gloria que transforman en nada más que materia orgánica.

La respuesta es esa, la forma. La respuesta está ellos los gastrónomos, la humanidad es solo un panquecito convertido en bolo alimenticio, el tiempo nos mastica, nos devora, y nos transforma en combustible, y solo ellos, solo los grandes escapan.

Caballos Negros

Los congresos deportivos suelen reunir especialistas en muchas disciplinas. Fisioterapeutas, kinesiólogos, entrenadores personales, sicólogos deportivos, profesionales en deportes, técnicos, administradores, dueños, representantes, personalidades; además son un lugar ideal para encontrar viejas glorias vendiendo libros, a gurús prometiendo revolucionar los equipos, al deporte con nuevas técnicas de entrenamiento, nuevos suplementos, dietas, pabellones y pabellones de personas buscando ventajas para consolidarse. Y en ese lugar algo llamaba la atención, el Zorro Pérez dictaba una charla sobre veedores: Caballos Negros, donde prometía tips para elegir a las revelaciones del deporte.

Al Zorro hace algunos años le habían empezado a decir también el Topo Pérez, porque pese a su fama había hecho una pésima jugada. Después de mucho ahorrar había gastado todos sus ahorros en comprar al próximo Grande, y con la pérdida de su inversión, también se había llevado su credibilidad, pero tenía que escucharlo, después de todo había descubierto boxeadores como Orejas Martines, nadadores como el Renacuajo Valenzuela, Golfistas como el vigilante García. Era alguien que había encontrado un representante digno en cada área donde había trabajado, merecía ser escuchado.

Cuando encontré el pabellón pude ver su libro en la entrada: «Apuéstele al perdedor», un título provocativo, pero no muy inteligente y cuando encontré mi asiento el Topo, empezó:

Es una de esas cosas que solo se notan cuando es poca. La diferencia debe ser casi imperceptible, de lo contrario los implicados no se lo tomarán en serio, la competencia requiere casi iguales, si no lo son, si la brecha es demasiado grande, el que esté atrás será consciente de sus posibilidades, y el que va al frente no se esforzará nunca por dar lo mejor, porque no lo necesita.

Esto aplica para la academia y para el deporte, para el cortejo, para el sexo, para la vida profesional, para la ropa, no basta que exista la posibilidad. Necesitan la ilusión, eso que los impulsa al casino, la ignorancia de su parte, la de no saber quién tiene más probabilidades de perder.

Quien lleva la ventaja tiene miedo de perder frente a alguien que le pisa los talones, y muchas veces su miedo vendrá no solo de sentirse reemplazado, sino envejecido, porque a esto podemos agregarle una variable más, los años. Está bien ser joven y ser imbécil, irresponsable con uno mismo, está bien ser laxo. La verdad es que no lo está, pero la gente cree que lo está. Sienten además que si se esfuerzan un poco más pueden compensar, lograrlo, cumplir. A esa gente le aterra la idea de perder su excusa, su vida, su irresponsabilidad, su incapacidad de asumirse, el hecho de que ya no van a tener tiempo para aplazarse. Si pierden, pierden contra sí mismos, contra sus decisiones. Pierden contra todo pronóstico porque habrán desperdiciado todo y cada una de esas cosas hará que su derrota sea más grande y más humillante.

Quien lleva las de perder en cambio, suele tener algo más, algo que los demás pierden, la necesidad de probarse a sí mismos que merecen más. De nuevo, su desventaja tiene que ser poca, porque hay brechas que no podés cerrar, y no significa que todos puedan cruzarlas. Necesitas ver que el otro está cerca, no para perseguirlo sino para estudiarlo, sus puntos fuertes, los débiles también, pero especialmente los fuertes, porque para ellos, para los que vienen de atrás no es tanto el derrotar al otro, sino el de trabajar su victoria, mejorar, pulir, una vez al menos, una sola vez piensan.

Así que escójanlos bien. Críenlos con respeto y disciplina. Entiendan que el talento pertenece solo al mejor; a los demás los hace el carácter y la disposición. No hay dos distintos, ni dos iguales, el mejor está solo arriba, los demás están juntos abajo.

La desventaja, muchas veces – presten atención-, puede ser física, faltar un diente, una uña, un lunar, tener los pies pequeños, la boca grande. Busquen a esos que se van a repetir, que no los escogieron como jugador porque no eran bonitos, a los garetos, busquen a los que tengan algún complejo, cabezones, orejones, bajitos, que tengan técnica. Busquen a los introvertidos, a los que no dicen mucho de ellos, pero que cuando tocan el balín, cuando agarran la raqueta, o se montan a la bicicleta, se juegan la vida por ese momento. Busquen a los que tengan la desventaja, pero solo escojan a los que tengan la rebeldía de callarla.

Topo

Zorro.

Le corrigió él de inmediato a alguien que le hacía una pregunta.

—Y si esto es infalible, explique lo del Feo Ricaurte.

Buena pregunta. Un último consejo, nunca den un adelanto. Porque cuando los que vienen de atrás pierden su desventaja, no tienen ni idea de lo que es ganar algo para ellos mismos. El Bonito Ricaurte se operó todo lo que lo traumaba, y con eso se le olvidó hasta amarrarse los guantes.

El color del deseo

Si el mundo no te dio justicia, espero que la imaginación lo permita.

Cuando George tenía 4 años tuvo un triciclo rojo retro. Sí, retro, eso era lo que él recordaba, nunca las burlas por su viejo triciclo, ni que el rojo estaba ya casi rosado por el sol, ni que en su época no se decía retro, sino viejo, y que de niño lo odiaba.

Cuando cumplió 17 años, estudiaba diseño, y mientras ojeaba un álbum de fotos, se encontró consigo mismo, con su reflejo temporal en el triciclo arrebolado, con los colores de su ropa -retro también para la época-. Esto le dio una idea: siempre había amado lo clásico. No pensó que quizá lo había heredado, como tantos otros juguetes y regalos. No se preocupó por ello tampoco, la idea le gustaba, tener estilo y gusto, podría ser algo innato. Y ante la idea del talento, nadie se niega.

Con el tiempo él comprobaría que gusto, estilo y ojo, tenía. Podía ver lo valioso en todo, y podía pensar con facilidad cómo fusionar algunos elementos para obtenerlo; diseñaba con elegancia, con simplicidad; diseñaba pensando en cómo sería si lo hubieran inventado años antes, y si hubiera evolucionado con el uso y la tendencia. Diseñaba con amor por lo clásico.

Pasaron más años y tuvo bicicletas, ropa, look y motos que parecían transportadas en el tiempo. Había aprendido no solo a retocar, sino a restaurar, lijaba él mismo las piezas, combinaba los colores, y llenaba de vida y de nostalgia lo que revivía. Todo era más que diseño o restauración, había dominado la magia del aliento divino.

Lo que hacía feliz a George seducía y encantaba, y con eso alimentaba un sueño: revivir un auto, un BMW CS, rojo, como el rojo que él creía recordar de su triciclo, un rojo vivo, un rojo furia, un rojo latido e impulso. Ese sueño lo alimentó durante años, imaginaba las fotos que quería tomarle, la forma en cómo merecía ser retratado y lucido. En otras manos el carro sería una herencia, un capricho, pero en sus manos sería una demostración de nostalgia, una prueba de fidelidad a sí mismo.

Cerca a su casa había uno, color mandarina, tenía algunas claras demostraciones que el auto no tenía a George en su vida, sino a un cualquiera, a un Alberto, a un Gustavo, una Daniela, un Amador quizá, con ninguna sensibilidad frente a las latas, sin ningún interés por su motor o su transmisión; aun así -sentía- estaba bien tenido, era funcional, y cuando lo veía él pensaba: -uno como ese, para que se convierta en el único mío-. Si pudiera, George hubiera dado un pulmón por conseguir su auto, o un riñón, cualquier órgano del que hubiera dos y pudiera sobrevivir con uno. Lo suyo por lo retro era sagrado.

Piensen en ese George que soñó 30 años con tener lo que finalmente pudo tener. Piensen en el amor, en su dedicación, y podrán entender por qué George, al regresar en la madrugada y ver al demandante arrodillado frente a su auto con una botella rota dibujando sobre la pintura roja -roja viva como la que él recordaba, roja furia, roja latido e impulso-, no pudo contenerse, por qué se aferró al palo de la cerca, por qué lo arrancó y caminó hasta él en silencio, sin advertirlo y defendió con furia aquello que había soñado toda la vida.

En aquel momento no tuvo que pensar en nada, era un punkero estrato 6 de 16 años a quien tan sólo le costó 5 minutos dibujarle una A de anarquía al carro sobre la pintura, acuchillar sus neumáticos y partir los retrovisores. Y sí, tiene los tobillos y las muñecas rotas, sí, perdió un par de dientes; pero está vivo, y el auto ya no lo está.

Las fotos fueron expuestas, el carro era un rojo profundo, ennegrecido, coagulado, frío. Después de ver la evidencia, George volvió a llorar. Inocente, dijo el jurado.

La Musa del Tedio

Solía hacer algo en lo días así, alargados y aburridos. Días en los que ni el aire alteraba las hojas de los árboles, días con una actitud mezquina, claro, si es que los días tuvieran actitud alguna; en todas sus acepciones, poco generosos, insuficientes, días en los que el tedio en lugar de sentirse se respira. —Si algún día enloquezco, será en un día como estos, se decía mientras caminaba.

—Es el día perfecto para hacerlo, tiene tan poco para ofrecer que estoy seguro de que cada uno está a solas con sus remordimientos, con sus pendientes, sus libros por leer, sus películas por ver, recordando todas esas veces que pudieron ser un beso, un revolcón, una gran fiesta; pero todo se escapó de las manos. Los días así de vacíos tienen un efecto absorbente, atraen como la oscuridad del agua profunda, como la oscuridad en el fondo del bosque, los días así son precipicios a los que la cordura se asoma con ganas de saltar.

Camina por el fijo de reojo, intenta pensar en lo demás, en lo que va bien, en lo que está bien. Pero siente un deseo de brincar a lo profundo de esa desesperación, de dar un paso al frente, de caer, y sentir que el mundo cae con él, el vértigo, la angustia oprimiendo el pecho.

Y para no ceder, ni caer, caminaba, con el cigarro en la boca, con los audífonos en los oídos, pensando cómo la cordura de todos está siempre en una cuerda floja. Y los imaginaba por grupos, los nerviosos caminan por pasillos de cordura de los cuales igualmente dudas como si se tratara de una línea angosta, de una tira, de un hilo. Los seguros, en cambio, caminan por un hilo que imaginan puente colgante, que vibra, se mueve, nunca cae; siempre están bien, sobre todo cuando van cayendo, aunque no lo parezca esos que están seguros de todo son los únicos peligrosos, porque nunca saben que están cayendo.

Luego está él y los que se le parecen, los payasos alegres, los payasos deprimidos, esos que con cierta ironía miran el vacío, sienten el deseo, pero no se resisten a su caída. Por último, casi, los trapecistas, brincan, saltan, vuelan, hasta que caen, y aun así lo hacen con gracia, son osados pero ingenuos, brincan confiados en que todo saldrá bien, en que nada va a fallar, brincan uno tras otro, y cuando caen, ¡ah! cuando caen creen que así estaba escrito. Después, finalmente, están los de verdad transgresores, nihilistas astutos, caminan como esas viejas caricaturas, con gracia y energía, sin mirar abajo, saben bien lo que hay, pero ellos no caen, cuando se cansan, cuando nada los entretienen ellos se dejan caer.

En los días así la cara le cambiaba por completo. Se amarraba la cordura al tobillo y caminaba por el borde, rodeaba el lienzo e intentaba dibujar ese inhóspito lugar, de sombras, de profundidades, hombres junto al ombligo de las guitarras, mujeres en telas convertidas en estalactitas.

En los días así, pinta. En los días en los que todo está perdido… esto escribió para la gaceta Arte, el editor, anunciando la próxima muestra.

—Qué piensa sobre su editorial, maestro, le preguntó finalmente un estudiante que había estado leyendo en el micrófono la reseña del diario.

—Es muy creativo. Se nota que en los días así escribe, dijo él finalmente, y continuó el coloquio.

Lealtades

La primera vez que juré en vano, dijo el testigo, tenía 5 años. Juro por mi madre, dije, y nadie dudó que ese billete fuera mío. No lo era, pero mi madre no sufrió ninguna maldición y mi conciencia tampoco, en el fondo supongo que estaba siendo fiel a mí mismo, a mi deseo, quería el billete y obtuve el billete, no encontré fallas en la lógica. Aprendía que una mentira es funcional, cuando es una verdad personal. Ahora usted me ofrece una biblia, me pide que jure sobre ella, por ella, por un dios inexistente o diferente porque usted no puede saber si yo soy católico, musulmán, judío. Piénselo bien, mentí por dinero, y bueno, usted como abogado, bueno, debe conocer de estereotipos; el caso para no irnos por las ramas es que ni el señor juez, ni el abogado conocen mi credo, así que preguntarme si juro por dios que lo que voy a decir es cierto, sólo hace el efecto sagrado que busca su pregunta pasa a ser solo retórico.

Conteste la pregunta, dijo el juez, y repitió: Jura decir la verdad y nada más que la verdad por dios y la patria.

Sí, pero quiero dejar constancia que me considero agnóstico y apátrida.

El abogado lo miró de arriba abajo. —Le dije que es irrelevante su postura, que es un convencionalismo, limítese a responder lo que pregunto.

Pero usted preguntó.

—¡Cállese! Gritó frustrado el abogado

Quiero dejar constancia de que el abogado me está faltando al respeto.

El juez lo miró con un profundo desconcierto, entre la vergüenza y la risa, entra la ira y la desesperación.

Desea continuar interrogando al testigo, preguntó con más curiosidad que convencimiento.

No deseo, pero debo, confesó el abogado. —Por fin un abogado honesto, soltó el testigo y el juez sonrió

—¿Conoce a ese hombre? Preguntó

—No creo que el abogado entienda la dimensión de su pregunta. Conocer, no, todo lo contrario, no tengo idea de la música que oye, ni de su libro favorito, nunca he hablado con el de arte o de política, desconozco cómo reaccionaría a casi todas las situaciones, y no entiendo ninguna de sus motivaciones personales, no sé en qué cree, ni mucho menos en lo que no cree.

—¿Lo reconoce?

—Ah sí, es el hombre acusado de colocar la bomba.

—¿Dónde lo vio?

—Ahí, en el escritorio.

—¿Por primera vez?

—Ah, hace dos días frente al teatro

—¿Y puede decir qué hacía el acusado?

—No tengo la más mínima idea de lo que pasaba por su cabeza, no, no podría decirlo con certeza.

—¿Le parecía sospechoso?

—No más que usted en este momento.

El juez giraba sus ojos y evitaba a toda costa la mirada del abogado, sabía que él escuchaba sus risas escaparse ante cada desaire, sabía que además su risa era contagiosa y que el jurado también reía.

—No más que yo, ¿por qué le parezco sospechoso?

—Porque tiene dobles intenciones, sus preguntas no significan lo que usted cree que significan, es un mentiroso habilidoso, intenta crear una verdad recreando parte de la verdad, pero solo dice lo que es conveniente para usted. En su caso no se trata solo de la reinterpretación, sino de una construcción de realidad posible, no le interesa la verdad, tan solo le interesan las probabilidades, eso quiere decir sin duda que está usted dispuesto a inculpar a ese hombre solo porque lo considera conveniente, no justo.

—Ah, ¿cree usted entonces en la justicia?

—No, porque la imparten personas como usted.

—¿Y en la lealtad?

—Cualquier lealtad ajena a uno mismo es una mentira.

—¿Alguna vez lo han traicionado? Las traiciones implican una elaboración maquiavélica, pocos hombres somos dignos de algo tan grande, solo se puede traicionar una causa, una idea, los hombres solo somos muy ingenuos, las señales están ahí, la gente es egoísta, pide sin dar, y omitimos, perdonamos, nos acostumbramos y cuando nos cansamos, nos sentimos traicionados.

—Ese hombre alega que su país lo traicionó.

—En ese caso, su acusado no es un criminal sino un imbécil.

Elecciones

Cualquier otro día elegir un café hubiera sido algo fácil, se hubiera limitado a lo que le parecía un precio conveniente, una simple transacción de cuánto creía que debía valer un café. Sin embargo, hoy no era cualquier otro día, realmente no era una semana normal; pero la pregunta de la promotora, ¿cómo le gusta?, le recordó lo que le había dicho su ex mientras lo abandonaba: no sabes nada de la vida, ni siquiera sabés lo que te gusta. No puedo ni quiero estar con alguien que ha vivido la vida sin encontrarle gusto.

La promotora no entendía porque una persona podía sentirse tan afectada por eso. No tiene nada de malo no saber cómo te gusta el café, yo te puedo ayudar, dijo con una confianza mentirosa, repetitiva, recitando el guion que algún creativo publicitario había redactado sin pensar mucho en las consecuencias de sus líneas carismáticas, en sus juegos de palabras, en su pesadez y nostalgia.

Ella no entendía que nada tenía que ver con el café, que esa persona no estaba así porque había descubierto que no sabía nada de las notas ácidas o frutales que podía tener un café, ni de la diferencia en sus variedades a causa de la altura o el terreno. Era irrelevante. Lo importante es que esa persona estaba confirmando algo que desde afuera se sospechaba, no tenía gusto, pese a su dinero, y a su estatus, era una persona que no sabía cómo disfrutar de sí misma.

Prefiere el pan dulce o salado. Como no obtenía respuesta dijo no importa y continuó. Lo toma con azúcar o lo endulza, depende respondió, y a cada pregunta sentía una punzada entre pecho y espalda. Prefiero… pero nunca podía terminar, así que respondía por vergüenza, no sé, quizá, depende, pero nunca nada concreto, ni la forma de hacer los huevos, ni la hora, ni si asolas o en compañía.

Al final, sonriente, la promotora estiró su brazo y le entregó una tarjetica en la que le sugerían tres nombres. Principiante decía la postal. Se acercó a la góndola y en su carrito agregó cada café que le llamó la atención, cada tipo de pan, de lo que iba a comprar llevó uno de cada uno que notó.

Y condujo, condujo pensando en todo, en su vida, en los sabores, en los colores. Pensando si sabía realmente cuál era su favorito, en las comidas, en los vinos, incluso en los polvos, los trabajos, y no sabía elegir, no podía recordar cuál era su favorito.

Al llegar a casa lo puso todo sobre la mesa; los miró y no sabía si de allí podría encontrar algo que pudiera considerar como preferido. Y en cada sorbo, cada mordisco, cada prueba había emoción; ser consciente de intentar descifrar los sabores, y si valía la pena, el tiempo, el dinero y al terminar comprendió algo.

Saber, saber valía la pena, aunque no supiera si el anterior o el próximo sería el favorito, o el mejor; pero entendió, le quedó claro porque no la habían elegido.

Exilio

A doce pasos se pactó el duelo. Los dos se dan la espalda, los talones se tocan, las espaldas, la cabeza de uno, el bajito llega solo al cuello del otro y comienzan a contar.

-Uno- dice quien oficia de juez y ambos dan un pequeño paso al frente, milimétricamente calculado, poniendo el talón derecho frente a la punta del pie izquierdo. El bajito piensa que su estatura le juega en contra, y por eso en cada paso prolonga y estira los dedos para que el pie gane más distancia; el otro solo da sus pasos.

-Dos- dice de nuevo quien imparte la norma, el acto se repite. Al llegar a doce giran, se miran, calculan la distancia que deberán dar sus pasos ahora al acercarse y dice el alto: Pico, queriendo decir realmente, no tenés oportunidad y el bajito responde Monto, no vas a ver una hoy, Pico son unos enanos inútiles, Monto ya sabemos a qué juegan. Cada número, cada Pico, cada Monto, tiene desprecio, se odian. Y caminan diciéndoselo con las miradas, va a haber pata, van a calentar el partido, piensan que en medio hay 20, 10 y 10 de la misma escuela, que van a terminar juntos, titulares y suplentes.

El profe está enfermo, el juez es un cualquiera sin autoridad. Va a haber sangre, el potrero y la pelota están riesgo, la quieren manchar de entrada. Pico, se acercan Monto, se presienten, Pico no hay vuelta atrás, lo que siguen son los despojos, sin preguntar, sin poder elegir, irán llamando uno a uno a tomar bando y partido, la guerra es entre dos, pero van a lucharla 20 que no se odian, porque los dos que gritan además son los arqueros, titular y suplente y cada uno quiere ver al otro humillado.

Tienen las de ganar, si los tocan es falta, es penal, es gol. Mientras tanto los demás van a sacarse chispas, a raparse, a golpearse, aprenderán a sentir el odio como propio, tendrán nuevas rivalidades. Al odio de los dos se sumarán apellidos, se sumará sangre. De estos enfrentamientos habrá rodillas que no volverán a ser las mismas, ni tobillos que volverán a estabilizarse, y los únicos culpables observarán a la distancia los gritos, y los dolores.

Huele a carnicería, a aguasangre, casi puede verse la costra de la arena pegándose a los raspones en las rodillas, los codos y las manos, a dedo siguen llamando, enlistando, dando un papel para cumplir sin nada en qué creer. Cada uno cree que así están bien todo, ese es el papel que le tocó jugar, va un mes en el que los entrenos terminan así, hay 4 lesionados graves, y nadie se pregunta nada, todos vamos a nuestros puestos; anochece, no se ve nada al lado del potrero, una noche hambrienta se lo traga todo… y en esa misma noche nace la solución: la nada.

El balón rueda, llega a las piernas de el niño, el niño la pisa, levanta la cabeza, corren, se abren buscando las puntas, él mira todo, lo tiene claro, la pica, y de un solo golpe, la manda al exilio. No hay pelota para continuar, ni una gota de sangre se derrama, era suya la pelota, pero por botarla, le duele menos que las patadas que iban a darle.