Estación Colegiales

Los trenes, los buses, los tranvías, son una postal a la humanidad. Una heterotopía de ideas. Piensa en cuántos libros han sido leídos en ellos, cuántos concebidos dentro de ellos. Ahí se han enamorado, de personajes, de tramas, ahí muchos han descubierto en qué creen, se han preparado discursos de ventas, pedidas de mano, y también han visto con el pecho vacío la verdad irrefutable de que el amor está muerto, en cada silla, en cada vagón un alma descorazonada o envalentonada ha encontrado la forma de prometerse a sí misma que hay una esperanza, o se ha convencido de que no queda alguna. La idea es simple, pero poderosa.

Era la línea H, una vieja línea habilitada hace poco. Justo en ésta se había vuelto a poner en circulación algunos vagones restaurados que en un país del primer mundo quizá serían museos, o departamentos de planeación en una agencia de publicidad; quizá serían restaurantes temáticos o decoración estrafalaria de algún aficionado a los trenes, pero aquí estaban en movimiento, en acción. Él descendía todos los días hasta la línea H y montaba en sus trenes y pensaba en Casares, en Luis, en Roberto, en Julio -montando en esos trenes, aunque no en la misma línea- enamorándose y descubriendo sus musas, los niños traviesos, los jóvenes viejos, mirando por la ventana persiguiendo la idea de un hombre obsesionado, de una mujer mágica, o de una llena de sazón.

Él, en su mente, no viajaba precisamente en el tiempo, tampoco lo hacía únicamente en el espacio. Viajaba en él mismo, junto a sí mismo, hablaba e intentaba desenredar esas ideas que a veces le llegaban. Imaginaba a estos hombres, en sus trajes finos y no tan finos, con los ojos aún encendidos, en búsqueda aún de sus palabras. No era como otros que se imaginaban a sí mismos imponentes y siendo recordados; su ejercicio consistía en remover de los altares a los endiosados y manosearlos hasta volverlos menos que humanos, en anonimarlos. Pensaba en sus nombres y no en sus seudónimos, en imaginarlos jóvenes, descuidados, y soñadores, en recordarse que ellos habían sido sombras al igual que él, no solo carne y huesos, NO, sombras, bocetos de sí mismos como él lo era, y que en sus mentes corrían quizá las mismas dudas, las mismas preguntas. No quería igualarse con ellos en lo grande y lo magnánimos, no era su fama ni su triunfo lo que quería vivir, era su humanidad descarnada, su sentir agónico, sus zapatos viejos los que quería ocupar. Para entender al hombre y no la obra, para eso están los críticos, pensaba, para eso están los demás.

En esos viajes donde veía aquello invisible, quizá también aquello sagrado, su intimidad anónima, su cotidianidad vívida. Pensaba en las rutas de sus cafés, en los maquillajes y los vestidos de la época, en el olor a pucho que con seguridad llenaría el vagón, en el olor de las calles, en el hedor de las gentes, en el paisaje de cojos y rengos por polio, en la tristeza de los rostros que crecían perdiendo hermanos, hijos y conocidos en diarreas y vómitos, en la vida fuera de ellos y en cómo los esculpía esa incertidumbre mágica de la ignorancia, en su letargo y en su imaginación potente, vigorizada además por la duda, por la imposibilidad del conocimiento, por la inexistencia del medio.

Alguno habrá imaginado tal vez que alguien los imaginaría corrientes, humanos. Pensó por fin al escuchar próxima estación, Colegiales.

Una cuestión de tiempo

La vida es tiempo, solemos olvidarlo, creemos incluso poseerlo; y la expresión ‘no tengo tiempo’ es francamente un postulado más que un cliché. Carlos recordaba ese pensamiento, se le había ocurrido por primera vez en la universidad, leyendo un libro quizá, oyendo una canción tal vez, no recordaba con precisión, pero la imagen pronto comenzó a aparecer frente a él.

Diana estaba ahí, su piel blanca, muy blanca, había olvidado lo mucho que su piel contrastaba con la ropa y lo mucho que eso le gustaba. Estaba también Rafa, con los dedos anaranjados por la nicotina, casi tanto como el pelo de Diana, había olvidado lo mucho que fumaba, y supo, aunque sentía que estaba reviviendo el momento que todo eso era real, era presente, no recuerdo. Así también se percató de que quizá ese año Rafa había empezado con esa tos que tres años más tarde terminaría con su vida; Rafa salía de la escena presente, se despedía. Quedaba a solas con Diana, ella le había dicho que la persona que más conocía en el mundo quería darle un beso, recordó que había creído que era la mejor amiga de Diana y había dejado pasar el momento, sin embargo, tenía la certeza de que esa mordida de labio, esa forma en cómo se ruborizaba mientras se lo decía había sido una señal clara y directa, y tenía la corazonada que siempre iba a arrepentirse de ese momento.

Cucú – cucú

Repicó a lo lejos, al fondo de sí mismo. En un pestañeó Diana sonrojada, Diana y su piel, Diana y su color de zanahoria desaparecieron frente a él, lentamente. Sí, era sin duda uno de sus mayores lamentos, por estar pensando en Violeta nunca pudo besar esa boquita alegre, con esa sonrisa elocuente que tiempo después notó que deseaba. Tristemente supo que la amaba cuando a través de un débil cristal y maquillaje la vio por ultima vez con los ojos cerrados, más blanca que de costumbre, pálida, fría y ausente. Esta vez era consciente del dolor que ese conocimiento traería consigo e iba a vivir momentos únicos con otras, no iba a tener más que ese primer momento con ella, ese del beso que no dio y éste en el que enterraba su amor.

Cucú – cucú

Volvió a sonar. Esta vez eran las lágrimas las que diluían la imagen y tras una corta oscuridad estaba al frente su perro, le lamía el rostro, y él abría los ojos aletargado, con la visión borrosa, con el sabor a licor en la boca, con la mente nublada y embotada. Fue en su año de divorcio, pensó, ese día fue importante, Violeta lo había abandonado, se había llevado a los gatos y lo había dejado solo. Un año después de su partida había adoptado por fin a su perro, y en ese momento, en que le lamía el rostro había por fin llorado su partida, y él había sentido por qué este ser era el mejor amigo del hombre.

Cucú – cucú

Repicó de nuevo, seco, fuerte. Ahora veía sus manos reuniendo la tierra y poniendo un pequeño collar sobre ésta. Balú, su perro, había muerto, era el día de su despedida. Fue un mal año también, justo esa época empezaba su cáncer y estuvo todo claro muy pronto.

Luz, la enfermera le había dicho —sí, es cierto, la vida nos pasa frente a los ojos cuando vamos a morir, pero no es de golpe y no es toda.  Los hombres viven en promedio 84 años las mujeres 86, cada uno vive 735840 y 753360 horas respectivamente, de esas, son muy pocas las que vivimos de una manera consciente sabe, dormimos 245.280 o 251.120 según sea el caso, así que hemos perdido casi un cuarto de éstas dormidos, frente a las pantallas 26.280 horas cuando somos niños y 218.452 cuando somos adultos, lo crea o no Don Carlos son horas perdidas, muertas, y ya vamos por dos terceras partes de su vida, ¿lo entiende? Al final su vida puede irse en dos o tres momentos, donde está usted realmente presente. Cuando recordó estás palabras escuchó un cucú – cucú que venía dentro de él y se repitió 15 veces.

Cucú – cucú

Sonó de nuevo y Carlos comprendió que estaba muriendo. Que éste había sido su cuarto momento y que aún le quedaban doce. Mientras la imagen se formaba frente a sus ojos, soñó de nuevo con estar frente al Bosco, a su primer gran libro, soñó con volver a ver sus viejos, y cerró los ojos viendo un Carlos joven brindando con un amigo, por que el mundo era suyo y el futuro incierto.

Luz lo encontró con una sonrisa al amanecer. —Ha sido feliz, los que han sido felices se despiden sonriendo.

Mala suerte

Es un pequeño ataque de pánico, la imagen puede cambiar, pero lo que genera es lo mismo. Es un zarpazo que destroza todo el pecho y que rasga desde afuera hacia el centro, luego hacia arriba, el corazón se desprende, las manos pesan, y es imposible pensar si quiera una idea. Sabes que estás acabado y que no importa lo que sepas, lo que haces, eres común y mortal, eres estúpidamente humano, todos somos genios en la ducha e imbéciles tullidos en el inodoro.

Lo sabía bien y lo confirmaba justo ahora, a la media noche, al sentarse en el baño de la oficina donde había decidido quedarse a trabajar para evitar las ganas de sexo de su mirado. El llanto de los niños y la bulla de los vecinos. Necesitaba de alguien, quien fuera, pero no tenía nadie a quien acudir.

Su falda de marca de colección, su ropa interior de marca, sus medias invisibles con tiras de silicona, de marca, su camisa, de marca, y su diminuto bralett era la único que la acompañaba. El celular estaba apagado así que la idea de despertar en medio de la noche a su practicante y hacer que fuera hasta la oficina a llevarle un poco de papel, aunque buena, era inútil. Podría gritar y esperar ayuda de uno de los vigilantes de la ronda, pero se había quejado de ellos y había hecho que cancelaran las duchas por lo que ahora no podían ir en bicicleta al trabajo y sabía que ellos lo sabían, así que pedirles ayuda no era una opción.

La felicidad del estreñimiento terminado la hizo salir corriendo sin su bolso, donde tenía su papel higiénico húmedo de marca. Pensó también en usar el informe de aprovechamiento que recursos humanos le había dejado en su escritorio sobre los comportamientos que debía modificar dado las observaciones presentadas por sus subalternos, pero está lejos, no va a caminar sosteniendo sus nalgas abiertas y en tacones hasta su escritorio como un pato, ni mucho menos como puta barata en fiesta de narco.

La sola imagen de que quede alguna prueba la atormentaba, así que se desnudó por completo y caminó inclinando su cuerpo mientras halaba sus nalgas evitando tocar o tocarse, baño a baño, pero no encontró papel, ni rastro de éste en ninguno de las cabinas. De noche los guardan, recordó; ella había corrido el rumor meses atrás y apenas ahora lo recordaba, había convencido a Felipe el bigotón de administración de que en las noches los celadores venían a robar papel, y pese a la molestia de hacer que la última empleada de servicio generales los recogiera cada noche y que el primer empleado de la misma área tuviera incluso que llegar una hora antes que el resto para volverlos a poner, lo pidió. Ahora estaba ella ahí, en medio del baño, levantando las nalgas para no embarrarse en tacones y desnuda. Era una imagen patética.

Como pudo intentó acercarse al lavabo y tomando agua del grifo intentaba limpiarse sin hacer mucho desorden. Pero el piso mojado y los tacones de agua no eran compatibles, y en un movimiento brusco la punta de goma perdió la fricción, y ella el control, cayó de nalgas, embarró el piso, y al intentar pararse se resbaló de nuevo, con tan mala suerte que esta vez se dio de cara contra la loza.

A las 5 de la mañana Gustavo, el joven celador la encontró desmayada sobre un rastrillón de mierda seca.

Dos tazas

A ella nunca le ha gustado lavar la loza después de comer, pero hoy no quiere dejar de hacerlo. Lava su vida un poco en ese acto; es como si en un tupper que tiene entre las manos estuvieran pegadas las ilusiones con las que se mudó con Juan Carlos al apartamento. Y como una costra la lava, sin mirar, pero sintiendo, golpeando contra la yema de sus dedos, la superficie irregular del recuerdo no la engaña, está ahí la promesa de un amor para siempre, está ahí el sí acepto. Está ahí todo: la propuesta de matrimonio junto al mar como siempre soñó, el vestido de novia que deseaba, la fiesta perfecta y envidiable, está todo ahí, menos él, menos su amor, menos los buenos días amor. Y aunque sabe que ya no está todo eso, lava, frota, recorre ese recipiente, nada encuentra.

Esa vasija ya no tiene nada de suciedad, traía solo una ensalada. Solo trae ensalada desde que Carlos hizo sus maletas y se fue, pero ella estrega como si hubiera quemado una teriyaki ahí. La fila se extiende tras ella, y cuando los demás notan que sigue lavando y llora, cambian de fregadero, avanzan, continúan, como la vida sin ella, como Carlos sin ella. No lo sabe, pero llora, con la mirada perdida, con el corazón cansado y hecho pedazos.

El sábado firmé, le dice por fin a Natalia que está a su lado, a quien nunca le habla, a quien en más de una vez dejó con el saludo en el aire. —Carlos se queda con el apartamento yo tengo el carro. Parece que le habla a ella, pero no la mira, parece que se habla a sí misma para salir del shock. Carlos no está, su hombre perfecto se cansó de las rabietas de niña mimada, de los sueños sin acciones, de las promesas sin comienzos; sabe bien que a Carlos se le acabó la paciencia y no el amor, y por eso sufre, porque no pudo con ella misma, con su egoísmo, con su calle y con su mundo.

—Hoy iba a ver a las amigas del colegio, no las veo hace mucho, bueno no, no hace tanto, en mi cumpleaños, pero no hemos hablado desde lo que pasó este año. Natalia se da cuenta que solo necesita su presencia, ni siquiera tiene que oírla, ella necesita hablarle a alguien, para que no parezca locura; pero lo parece, porque no deja de estregar lo mismo, tiene aún al lado el termo, los cubiertos, pero no suelta ese recipiente, siente aún la costra gratinada en sus bordes, siente aún la ausencia de los besos, los te quiero, y siente sobretodo su cobardía, la que le impidió perderse unos miedos y seguirle el juego a Carlos; está ahí, completamente fusionada con los bordes, estregándolos.

Necesita dejarlos limpios, necesita quitarlos, sentir que se despegan, pero nada pasa. No quiero hablar de eso, dice, y agacha la mirada, no quiero hablar de cómo perdí a Carlos, no quiero inventar más mentiras de cómo dejó de amarme, no quiero más decir que fue su culpa y su cansancio; fui yo, la que lo alejó, la que nunca quiso el perro ni lo dejó hacerse la vasectomía, fui yo la que siempre se negó a explorar sus juegos, su sexo, sus sueños, fui yo, la que lo hastié con los melindres del yo quiero, la que nunca le preguntó por nada, la que siempre creí que era todo. Ahora él tiene el apartamento, un gato y un perro, refunfuña en voz alta…

—Disculpa

Sí, contesta ella distraída.

—Es mi tupper, dejaste el tuyo en la mesa. Le dice Martha y le entrega el suyo sucio, le arrebata el suyo limpio. Ay, y a mí que no me gusta lavar dice ella, dolida, adolorida, a la que no quiere le dan dos tazas.

Saber vivir

Hay hombres y mujeres, entre los hombres y las mujeres, que saben, y quiero decir, realmente saben lo que es el placer. Ellos poseen una ventaja, algo que los epicúreos intentaron definir seducidos justamente por éstos, por su imagen, pero nunca pudieron dilucidar bien. No respetan cánones, para ellos el statu quo es una mera casualidad, porque no precisan de lo más costoso o exclusivo, son hombres y mujeres que saben disfrutarse, onanistas en el sentido profundo de la palabra, personas que saben complacerse, que se exploran en gusto, sabor y textura. Tienen pulso se saben vivos y más que eso, es como si conocieran el momento justo en el que van a morir.

Jorge lo sabe, Jorge ama el arte, Jorge ama estar vivo. Desde que su ojo se acercó al visor de la cámara de su papá sabe que a él le parecen más hermosas las fachadas rústicas, los colores quemados por la luz, la fuerza de los motores; a Jorge le gustan las cosas por lo que generan, por la experiencia que brindan, las betas de los techos de madera, las betas de los pisos de madera. Y Jorge no puede dejar de ver a Smith comer, dos mesas a lo lejos, un irlandés calvo que le recuerda a Humpy Dumpty.

—Lleva cinco postres y no ha repetido ninguno, dice, lo envidio, dice.

Jaime mira por encima del hombro -es normal es gordo-, responde con una simplicidad pragmática -y es turista- añade. Como si de repente quisiera justificar que la experiencia de estar en una mesa en un restaurante y pedir cinco postres, antes de cualquier otra cosa, se debiera a las nacionalidades o las divisas.

No se trata de eso, dice Marcela, un arrebol de ojos grandes y labios gruesos. — ¡Já! Ese hombre tiene todo lo que a muchos les falta, él sabe que va a morir, un nihilista; si nada importa, que todo sepa rico, dice con una risita pícara mientras le mete el dedo a su postre y le lame la crema de él. Nada de poseer verdades, él sabe experimentar vidas, es un anárquico, abajo la imposición de entrada, menú y postre, él ha hecho del menú una azucarada delicia, lo mira, y ríe. Aunque bueno, es gordo, y sí, cada postre para él vale centavos.

Desfilan hacia la mesa del huevo gigante mermeladas de fresa, cupcakes de frambuesa, galletas de melocotón, porciones de torta. Es un glotón, dice Jaime. No, dice Jorge, él sabe a qué vino, primero el postre, mierda vamos a comer todos, así que primero el postre, la salud se va a acabar igual, así que primero el postre, el amor se va a acabar igual, así que primero el postre, el sueño no va a alcanzar, primero el postre, no todo es posible y la vida es un sofisma, te levantas, trabajas por necesidad o por gusto, pero trabajas, no tenés tiempo y si tenés no sabés qué hacer con él, querés siempre lo que tenés, deseas algo que no existe. Todo espejismo se pierde al acercarse, así que primero el postre.

Ya saben qué van a ordenar. —Pregunta el mesero

Sí, un pie de limón, una fiesta de frutos rojos y un cheescake de mora.

Preguntas

El conocimiento descriptivo es estéril, el intuitivo inútil

El flaco.

Las grandes preguntas son aquellas que no tienen una solución, las certezas son temporales, y el control adictivo, la pregunta es la posibilidad, la certeza la negación. Quien responde sabe el qué, pero no le importan los por qué, quien pregunta tiene curiosidad, la respuesta no lo desvela, no añora poseer la verdad, es avaro en argumentos y posibilidades. La búsqueda de la verdad en cambio, la pregunta, las preguntas, son generosas, porque abren la puerta a una interacción que las certezas niegan.

—¿Todas las preguntas? —Preguntó Carolina con la voz suave y adormilada, al escucharse ella misma se sorprendió, juraba haberlo pensado y no dicho, esperaba haberlo dicho tan suave que el profesor no hubiera podido escucharla.

—Todas, incluso esa Carolina —Respondió con una melancolía que, a ella, especialmente a ella se le hizo dulce, le recordaba que ella había saboreado esa misma tristeza. Las cosas que marcan, suelen dejar una huella grabada en los cuerpos, en las miradas, una especie de olor o sabor, como cuando al caminar hueles pan caliente y recuerdas que ya lo has olido, igual pasa con esas cosas que sentimos, y si de algo tenía huellas Carolina, era de tristeza.

El resto de la clase no pudo prestar atención, filosofía era una materia de relleno, electiva, un curso opcional para estimular el pensamiento crítico. —Es un curso muy importante si de verdad te gusta el periodismo —Le había dicho el decano al tomar la materia, lo que había olvidado decirle es que la clase era los sábados a las 6 de la mañana, y ella, reina indiscutida de la pista, alma de la fiesta, gemido del sexo, estaba ahora condenada a perder su reino, adiós a las fiestas, a las trabas, a los polvos furtivos, a las amanecidas y a las encerronas maratónicas de sexo, a los fines de semana de glamping. Amaba la noche, pero tenía una beca, no podía cancelar ni perder ninguna materia una vez matriculada; amaba la noche, pero sabía que no la amaría por siempre, era osada, atravesada, responsable solo consigo misma y sus deseos, y aunque deseaba la noche, también era una mujer que cumplía sus promesas y había prometido hacerse profesional, a ella a su abuela, a sus padres desaparecidos… a sus hermanos descuartizados.

Lo miraba caminar, cansado, no era muy viejo, pero tenía ese gesto, al agacharse que develaba que todo no iba muy bien, porque nunca se agachaba del todo, si a veces al dar el paso perdía el impulso, dilataba las pupilas y arrastraba con enfado la pierna que había fallado. También solía dibujársele un alivio en el rostro cuando se inclinaba sobre el escritorio.

Carolina siguió observándolo así con curiosidad y menos tedio. Llevaba tenis, no estaban a la moda, no era particularmente raros, pero no decían nada; era finalmente un hombre, ya no le importaba lo que dijeran sus ropas por él, para hablar tenía boca y no precisaba de símbolos, camisetas, o camisas, siempre sin planchar, siempre en un estilo casual e informal, que no lo hacía lucir ni desaliñado ni bien cuidado, no se veía olvidado ni echado a perder, pero era difícil recordarlo antes de ese día; podía, cuando quería ser invisible.

Pantalones, pero no de paño, cómodos, delgados, la billetera al frente, el celular. Se acercó a su puesto y continuaba con su discurso.

—Pretender el saber, es tiránico, quien busca solo el conocimiento, se aleja de la voluntad, se enamora de las formas y no de su contenido, sabe todo lo que no importa, y pierde el interés en descubrir que podría estar equivocado; tiene miedo de estarlo, equivocarse lo haría ordinario, corriente, y la única causa perdida que admite es la de su contradicción. Describe los fenómenos que no lo necesitan para producirse, que no requieren ni modeladores, ni teóricos, se limita a ver la montaña, pensando que si parpadea la perderá de vista, aunque ella continuará allí en pie cuando su osamenta se haya desintegrado.

—Tiene los pies grandes, pies grandes, sonrió para sí misma, imaginó la verga más rica que había probado, la imaginó en su boca, dentro de ella, en sus manos, la imaginó palpitando, la imaginó en sus tetas, la imaginó eyaculando en su boca, y con esa imagen en la mente sintió el calor devorarle las entrañas. Levantó la vista, y la posó en el escritorio, sobre él estaba la billetera del profesor. La verga sí era grande, pensó y se sonrojó.

—Profe, ¿Tendremos descanso para el café?

—La pregunta venía de atrás, lejos de ella, de él —Sí, sí, pronto que la greca de Martica solo cabe bien después de la segunda tanda.

Todos salían, Caro salió de segunda, pero se devolvió apresurada, e hizo devolver al profesor, dejé la billetera profe, por favor, y mientras él abría la puerta, ella seguía imaginando su verga, excitada como estaba sin sostén como andaba, exhibía sus pezones endurecidos. Y cuando entró por la billetera se los restregó en el rostro mientras le agarraba la entrepierna; tenía la duda profe, sabía que no era su billetera, ahora, tengo otra pregunta, cómo un hombre tan bien dotado puede estar triste.

—Porque ya no funciona, le dijo él con una sonrisa agónica.

Retornos

Vuelve solo aquel que nunca pudo irse por completo
El flaco.

Cuando encontré en un papel de galleta del infortunio ese mensaje, supe que basta una posibilidad para que algo se haga real. El papel lo había escrito yo, eran 100 mensajes que había entrado de contrabando a la fábrica de galletas de la fortuna donde trabajaba, y me había costado, resulta que era una broma usual alterar los mensajes. Algunos habían intentado imprimir número de lotería, números de teléfono, chiquilladas, pero yo me proponía algo diferente, algo que necesitaba de 100 hombres.

Había pensado en manipularlos, para construir una pequeña revolución bohemia. Cuatro años se había tardado en diseñarlo todo, necesitaba alterar el orden. Su idea no era cambiar el presente, sentía que por los próximos 30 años todo estaba perdido; así que para iniciar una revolución necesitaba tiempo, y una forma de trascender -un hombre son sus ideas se había dicho- así logró descifrar cómo viajar en el tiempo, aunque fuera solo hacia el futuro, y fragmentar 100 partes de sí que, al estar completas, si todo resultaba bien, crearían un reflejo borroso de sí mismo. 100 hombres sería su nombre, aunque no supieran escribirlo. 100 hombres soñarían sus sueños sin saberlos ajenos. 100 hombres recorrerían sus pasos, sus tristes y cansados pasados.

Era simple enloquecer el futuro, hacerles perder la razón. Había logrado identificar a sus víctimas potenciales, hombres letrados, con buena familia, malos vicios y fascinados con las ideas de la predestinación; era consciente de que no todos cumplirían con su propósito, de 100 quedarán 30, de 30 lo intentarán 10, de ellos quizá 3 lo logren.

Las galletas del infortunio eran el primer paso, así encontraría a los 100. Y justo uno de ellos, uno que había conocido hace poco, uno amable como pocos, había decidido darle su galleta, su comida, su puesto.

No había dejado notas, ni indicaciones, creyó que era un pedido equivocado; algunas semanas atrás había sucedido lo mismo. Seguro había sido él también, pero debido a que estaba poniendo en marcha su plan lo había pasado todo por alto. Como no esperaba bondad del mundo, el azar era una explicación viable. En sus planes jamás contempló el regalo como una posibilidad y ya todo estaba en marcha. A la galleta le seguía un horóscopo, al horóscopo una sesión de espiritismo, a la sesión de espiritismo, un correo con algunas páginas escritas por el flaco. Llegarían por correo, bastaría una o dos, serían remitidas desde Buenos Aires, desde Lima, desde Medellín, Barcelona y Madrid, nada conclusivo, capítulos aparte; las voces serían fuertes, los suficiente para grabarse en sus mentes, lo suficiente para obsesionarlos, los marcaría a fuego por el azar cada uno tenía una idea sencilla.

Desorganizar las bibliotecas, vender películas piratas cambiando el contenido de las carátulas, realizar videos en redes sociales sobre un hombre que hacía árboles genealógicos de los políticos electos para recalcar el poder, y al mismo tiempo hacer videos en otra red social sobre un hombre que critica al hombre que hace estos árboles, y al mismo tiempo hacer un canal con videos de un hombre que toma el video de los otros hombres y los ponía lado a lado. Mandaba a aflojar saleros y pimenteros, a desconectar cafeteras, a llevar pescado en los tupper de oficina y jugo de guayaba en las loncheras de los críos. La revolución de este hombre era un desenfreno de idioteces; les pedía a las personas presionar todos los botones del ascensor al bajar, ser egoístas, mezquinos, una revolución del ridículo.

Los 100 hombres, los 99 hombres y él, hicieron lo propio, se rieron de la galleta, crearon publicaciones sobre el hombre que habría puesto todo en marcha, hicieron podcast, videos, artículos, se convirtió en una leyenda urbana. Los 99 hombres lo habían perpetuado, nacieron los cultos y los fanáticos, los trolls, salieron a las calles a alterar el orden a ralentizar elevadores, a sabotear los buses, 30 años de bromas tontas, 30 años de espera paciente, el fin de los 99, quedaban tres, él incluido, y cada uno recibió una galleta.

Adónde habéis ido, regresad a casa mis niños. El éxodo era masivo, Europa no había sido no sometida sino corrompida por algo de lo que nunca podría librarse, el flaco los habitaba.

Junky

—Andrés tiene 23 años, estudia Filosofía, quiere ser escritor, pero es mesero, quiere ser escritor, pero hace semanas que no escribe, tiene un bloqueo. Andrés no tiene un bloqueo, Andrés tiene la idea de que la musa debe raptar su consciencia, Andrés no tiene ni idea, de que para escribir no son necesarias las respuestas, sino las preguntas. Así que Andrés -terminó por fin su profesor de hablar-, Andrés tiene tarea, la misma que la humanidad se ha planteado desde siempre: averiguar cuál es el sentido de la vida. ¡Ah! Andrés, una última cosa, es un texto reflexivo desde la observación, no una argumentación desde la investigación.

—Julio es profesor de Andrés, tiene 63 años, es filósofo, ha escrito, pero ya no quiere ser escritor. Escribe y publica, pero ha perdido la forma del concepto, sus textos académicos y ficcionales son solo un hobbie, un entretenimiento, una forma de ser. Julio necesita escribir, pero nadie necesita leerlo.

—Pablo es Chef, no le gusta la palabra, ni los clientes, ni los meseros. No les gusta por su condición, pero le parece que su actitud frente a la comida habla mucho de ellos, de su simplicidad frente a la vida, frente a la gente, la que no ve a los ojos a sus parejas, a sus acompañantes, ni a los meseros, ni a sus amigos, nunca al chef, no miran la comida, no la saborean.

—Andrés fuma, fuma en su descanso y piensa en la pregunta, mira al chef, a los comensales, a su profesor, mira su reflejo, y llega a una conclusión.

—La vida no tiene ningún sentido, —escribió sin titubear, también sin tristeza ni rencor. Era la declaración de un hombre convencido de su palabra. NADA IMPORTA, es lo que realmente deseaba haber escrito; pero no era su estilo, la palabra, si bien carecía de un fin, no lo hacía de forma, y al encontrar esa respuesta, encontró la suya.

Placer, provocar placer, el placer de los estetas, exaltar aquello que es bello, la búsqueda de la exaltación artística. Grotesco en su búsqueda del placer, comprometido con su satisfacción, onanística búsqueda de la última droga, la existencia.

Es el simple existir, el simple placer de satisfacerse la única voluntad deseable. En cuanto piensas en ganarte la vida has perdido, pensó exaltado mientras continuaba hilando las ideas. Todo está perdido repitió, el tiempo ha ganado, somos transitorios, y por ende solo combustible, abono, insignificancia.

El hombre solo puede existir en la memoria colectiva, en el testigo fosilizado de su civilización, como cuadro, como lienzo, como pintura. El hombre sobrevive a través de su obra, sanguijuelas de las civilizaciones, despreciables lazarillos de los bancos. Los hombres poderosos y adinerados no son recordados -se consoló-, sirven solo como mediadores, patrocinadores de las artes, se conservan por medio del sustento que dan a los verdaderos hombres. Y los mediocres, los empobrecidos, los anhelantes de poder social y político son muertos vivientes, carroñeros insensatos, faltos de visión, solo existen para sus seguidores, trajes del emperador hechos carne, solo voluntad y envidia, una construcción social endogámica que genera solo retrasados paridos de su mismo encanto, y cada vez son peores, cada vez entienden menos sobre su naturaleza, convencidos de merecer las posiciones que han ganado, que han recibido. Simplemente recibido, sin esfuerzo alguno.

Junkys, los junkys son la respuesta, la real, la única verdadera, la droga, el placer de drogarse con una obra, pero no los que se inyectan ni la esnifan, no es el placer del subidón. NO. No es el placer vacío del placer, por el contrario, es el placer consciente de la obra; solo quien la mezcla, la siembra, la prepara, arquitectos de su propio viaje, reposteros de ideales, chefs que huelen, prueban, palpan, cortan, asan, funden, gratinan, que acoplan, mutan y cocinan mientras catan, juegan y exaltan sus papilas gustativas, esos que sexualizan su paladar para prostituir las bocas del mundo, esos que diseñan un bocado para sorprender, para encausar, para anhelar.

Los últimos estetas son los cocineros, los únicos estetas, los únicos hombres que saben moverse en la cocina. Hay que entender la humanidad, hay que saborear la existencia, y hay que estar dispuesto a dejarlo pasar, ellos no buscan el resultado, el resultado es la mierda, y no hay ningún sentido en ello. Su obra se digiere, los idiotas lo consumen sin saberlo, la eternidad los ha alcanzado, la han comido, obras maestras irrepetibles lo han llenado y aún sí fracasan, llenos de gloria que transforman en nada más que materia orgánica.

La respuesta es esa, la forma. La respuesta está ellos los gastrónomos, la humanidad es solo un panquecito convertido en bolo alimenticio, el tiempo nos mastica, nos devora, y nos transforma en combustible, y solo ellos, solo los grandes escapan.

Caballos Negros

Los congresos deportivos suelen reunir especialistas en muchas disciplinas. Fisioterapeutas, kinesiólogos, entrenadores personales, sicólogos deportivos, profesionales en deportes, técnicos, administradores, dueños, representantes, personalidades; además son un lugar ideal para encontrar viejas glorias vendiendo libros, a gurús prometiendo revolucionar los equipos, al deporte con nuevas técnicas de entrenamiento, nuevos suplementos, dietas, pabellones y pabellones de personas buscando ventajas para consolidarse. Y en ese lugar algo llamaba la atención, el Zorro Pérez dictaba una charla sobre veedores: Caballos Negros, donde prometía tips para elegir a las revelaciones del deporte.

Al Zorro hace algunos años le habían empezado a decir también el Topo Pérez, porque pese a su fama había hecho una pésima jugada. Después de mucho ahorrar había gastado todos sus ahorros en comprar al próximo Grande, y con la pérdida de su inversión, también se había llevado su credibilidad, pero tenía que escucharlo, después de todo había descubierto boxeadores como Orejas Martines, nadadores como el Renacuajo Valenzuela, Golfistas como el vigilante García. Era alguien que había encontrado un representante digno en cada área donde había trabajado, merecía ser escuchado.

Cuando encontré el pabellón pude ver su libro en la entrada: «Apuéstele al perdedor», un título provocativo, pero no muy inteligente y cuando encontré mi asiento el Topo, empezó:

Es una de esas cosas que solo se notan cuando es poca. La diferencia debe ser casi imperceptible, de lo contrario los implicados no se lo tomarán en serio, la competencia requiere casi iguales, si no lo son, si la brecha es demasiado grande, el que esté atrás será consciente de sus posibilidades, y el que va al frente no se esforzará nunca por dar lo mejor, porque no lo necesita.

Esto aplica para la academia y para el deporte, para el cortejo, para el sexo, para la vida profesional, para la ropa, no basta que exista la posibilidad. Necesitan la ilusión, eso que los impulsa al casino, la ignorancia de su parte, la de no saber quién tiene más probabilidades de perder.

Quien lleva la ventaja tiene miedo de perder frente a alguien que le pisa los talones, y muchas veces su miedo vendrá no solo de sentirse reemplazado, sino envejecido, porque a esto podemos agregarle una variable más, los años. Está bien ser joven y ser imbécil, irresponsable con uno mismo, está bien ser laxo. La verdad es que no lo está, pero la gente cree que lo está. Sienten además que si se esfuerzan un poco más pueden compensar, lograrlo, cumplir. A esa gente le aterra la idea de perder su excusa, su vida, su irresponsabilidad, su incapacidad de asumirse, el hecho de que ya no van a tener tiempo para aplazarse. Si pierden, pierden contra sí mismos, contra sus decisiones. Pierden contra todo pronóstico porque habrán desperdiciado todo y cada una de esas cosas hará que su derrota sea más grande y más humillante.

Quien lleva las de perder en cambio, suele tener algo más, algo que los demás pierden, la necesidad de probarse a sí mismos que merecen más. De nuevo, su desventaja tiene que ser poca, porque hay brechas que no podés cerrar, y no significa que todos puedan cruzarlas. Necesitas ver que el otro está cerca, no para perseguirlo sino para estudiarlo, sus puntos fuertes, los débiles también, pero especialmente los fuertes, porque para ellos, para los que vienen de atrás no es tanto el derrotar al otro, sino el de trabajar su victoria, mejorar, pulir, una vez al menos, una sola vez piensan.

Así que escójanlos bien. Críenlos con respeto y disciplina. Entiendan que el talento pertenece solo al mejor; a los demás los hace el carácter y la disposición. No hay dos distintos, ni dos iguales, el mejor está solo arriba, los demás están juntos abajo.

La desventaja, muchas veces – presten atención-, puede ser física, faltar un diente, una uña, un lunar, tener los pies pequeños, la boca grande. Busquen a esos que se van a repetir, que no los escogieron como jugador porque no eran bonitos, a los garetos, busquen a los que tengan algún complejo, cabezones, orejones, bajitos, que tengan técnica. Busquen a los introvertidos, a los que no dicen mucho de ellos, pero que cuando tocan el balín, cuando agarran la raqueta, o se montan a la bicicleta, se juegan la vida por ese momento. Busquen a los que tengan la desventaja, pero solo escojan a los que tengan la rebeldía de callarla.

—Topo

—Zorro.

Le corrigió él de inmediato a alguien que le hacía una pregunta.

—Y si esto es infalible, explique lo del Feo Ricaurte.

Buena pregunta. Un último consejo, nunca den un adelanto. Porque cuando los que vienen de atrás pierden su desventaja, no tienen ni idea de lo que es ganar algo para ellos mismos. El Bonito Ricaurte se operó todo lo que lo traumaba, y con eso se le olvidó hasta amarrarse los guantes.