Límites.

Los hay territoriales, intelectuales, físicos y morales, los hay numéricos, sensoriales, los hay en todos lados y en todas las direcciones, al final no solo nos contienen, también nos empujan.

Todo tiene límites, es normal, después de todo, dicen, la matemática es universal, por eso cuando establecieron que un límite es la intuitiva aproximación hacia un punto concreto de una sucesión o una función, la verdad es que no se equivocaron. Sin embargo, y contrario a lo que se cree, el límite no indica el fin, sino el comienzo, cuando transgredes uno, rara vez es la última vez, por el contrario, casi siempre es tan solo la primera. Tiene sentido, algo que las matemáticas no omiten, si se sobrepasa se rompe y entonces deja de contener, el material se fatiga y la fuga comienza.

Para la música esa fuga constituye también un exceso, La fuga es un procedimiento musical en el cual se superponen ideas musicales llamadas sujetos, y es claro que cuando se camina sobre la línea, su capacidad de retenerte se ha perdido, es obvio, como una línea para Pollock, siempre llena de hastío, abrumadora, acosando siempre su fin de manera perpetua, siempre corriendo tras de sí misma, visceral, lasciva no se detiene en formas, ni en cuerpos, y su continuidad no es una variable.

Mientras que Alberto pensaba en esto martillaba cada tecla, de su teclado, era mecánico y sonaba, pero bajo las yemas había furia, podía escuchar el pequeño contacto pidiendo auxilio en cada digitación, y a todos en la oficina comenzaba a irritarlos.

Es el problema de los artistas, estúpidos, impulsivos, sensibles, esa necesidad de sentir los entorpece, son tan pesados, en todo buscando una interpretación, en todo llenándose de algo, un lienzo vacío para ellos es inútil, no ven la posibilidad, solo la frustración o la derrota, ahhhh pero si Duchamp lo bañara de blanco, entonces de repente el blanco sería simbólico, liberador y extenuante… cretinos, narcisos, idiotas.

Nada había hecho Alberto más que sufrir para molestar a Ligia, la economista que era vecina de puesto del Arquitecto, y mientras que Ligia peleaba con él en su mente, y lo insultaba, a dos cubículos, Jimena no soportaba más a nadie, pero en especial estaba cansada del silencio, de ser ignorada, por eso volcaba toda su energía a su tesis, gastaba su vida en la creación de la etimología en el discurso científico matemático para desarrollar ingenieros empáticos, capaces de calcular no solo el peso de los materiales, ni la lubricación necesaria para el desplazamiento y funcionamiento de un mecanismo, ni la rugosidad de la superficie… Jimena intentaba desarrollarlo porque necesitaba que Gabo pudiera leer las emociones en los textos para transmitir de manera adecuada las opiniones y demostrar que sus palabras, eran lógicas, pero no sensatas, y mucho menos pertinentes, que aunque sus ideas tenían una base únicamente sintáctica no carecían de significado semántico, que las emociones sí alteraban las palabras y que tampoco era gravísimo que él la hubiera dejado solo porque no se pintaba las uñas, y tuviera una dicción en la que algunas consonantes carecían de fuerza; que su argumento sobre cómo debe lucir y hablar su mujer, era impropio, y mucho más después de pasar una noche haciéndole felaciones, muchísimo más después de haberla presentado a sus padres, que su argumento era intolerable y que eran mucho más que palabras.

Estaba claro que en dicha oficina, la dicha no abundaba ese lunes en la mañana, aunque la verdad es que no se alteraría ni el martes, ni el miércoles, ni en agosto, allí se bebía a cántaros llenos la frustración y la rabia. Todos eran un desastre, nadie se explicaba como careciendo de parentesco alguno, podían parecerse tanto todos.

Era un problema de toda la vida, eran insufribles, ellos se toleraban quizá, solo porque padecían el mismo tedio, las circunstancias los hermanaban, ninguno allí podría llevar con dignidad alguna una sonrisa, pero la verdad es que a nadie le caen bien los diseñadores de mausoleos muy alegres.

No parecían haber sido gestados en dos óvulos muy diferentes, de hecho todos eran universos parecidos, aunque definitivamente en corrientes filosóficas opuestas, todos emanaban un almizcle a libro viejo que de manera penetrante, espantaba a todos.

Eran inteligentes pero tontos, Ligia, Alberto, Joan, en especial Joan, la inglesa, eran víctimas, que carecían de peso, y por tal motivo lo hacían también de culpa, ya que ni siquiera tenían realmente razones para estar, y el problema era simple, ellos habían nacido sobre sus propios límites, tan cerca el uno del otro, que no podían ser reflejos útiles para nadie, demasiado cerca de si mismos, y por lo tanto su vida consistía en repelerlo todo y su profesión en un: enterrarlo todo.

Eran parecidos, pero estaban del otro lado del espejo, al límite de sí mismos.

Cuestión de tacto

La palabra, la caricia, el golpe, el insulto; la vida misma, es relativa y por eso todo es cuestión de tacto.

—Si miramos bien, si ampliamos el espectro de visión, si vemos el dibujo completo…

—Si no abusamos de los sinónimos —lo interrumpió con gracia el viejo Soledá, a Efraín, un solterón célibe y amargado, tenía la costumbre de darle vueltas a todo menos a sus mujeres, por eso y pese a los años, e incluso en contra de la moral distraída de la mayoría de las coterráneas y la alegría de sus úteros golosos, el viejo había logrado evadir el coito y era el único virgen del pueblo, incluido el cura, que aunque llegó virgen y ordenado, no pudo evitar caer ante la alegría del acento calentano de nuestras chilapas, que suelen venir con una temperatura de 5 grados por encima de la temperatura ambiente, y con una humedad muy superior a la que trae el río.

—Mirá Soledá, —Dijo Airado Efraín, la amistad de los dos rompía el rastro de cualquier recuerdo, pero aunque nadie recordaba con certeza cómo se habían cruzado, sí tenían claro que siempre había sido igual, un pulso, un desafío; que de jóvenes terminaban siempre a las trompadas, pero la atracción entre los dos era magnética, “yin y yang”, algo así dijo alguna vez Steve, un gringo que venía de Holanda, y se paseaba en el ferri bajando y preñando pelaitas, de ahí vienen todos esos chilapitos rubios, el caso es que Soledá, varón bautizado así porque su mamá, al darse cuenta que estaba preñada con solo 14 años, insistió en que había sido un pájaro con el mismo nombre el que la había preñado, y Efraín, nombrado así con nombre de dueño de finca, se cruzaron, se pegaron, se odiaron, se perdonaron… al año bajitica la mano unas 15 veces desde que como vulgarmente se dice, se les rayaron la huevitas, y ya nunca hubo poder que los separara.

—No te voy a dar el gusto de sacarme de la historia, continuó Efraín. Si estamos en esto, es por tu culpa, y para entenderlo hay que ver el panorama completo, no joda, la película de comienzo a fin, hay que leerse todo el cuento, porque cuando uno ve el pedacito, uno dice: verga, ta’ todo bien, ahí no hay nada raro.

—Y verdad había en lo que decía Efraín, pero también en lo que proponía Soledá, bien podía decirlo ahorrándose un par de sinónimos, el caso es que estos dos, amigos y maestros no solo en el arte de la camorra, sino en el del café, el tabaco, y el boxeo de lengua, les había dado por convertirse en palabreros, de los analfabetos. La cosa, que empezó como chiste, escaló pronto como chisme, y ahí si no hubo poder humano, porque del dicho al hecho, en una tierra chilapa no hay un trecho sino un reto, y así fue. El día menos pensado, en el parque abrasador donde estos dos se sentaban a tomar tinto dicen que apareció un Lord, un Don, un señorito diszue Del Príncipe; al principio no faltó el que creyó que era uno de esos enviados reales, que en antaño llegaban como emisarios para orquestarle la orquesta, como quien dice, osea pa arreglale el viaje y tal. Luego dijeron que el recién llegado era de apellido Del Príncipe, luego hubo otros que dijeron que realmente era apellido inventado, por ser como quien dice hijo heredado del camino, como el propio Soledad, pero que su progenitor venía del Príncipe, y según la historia que por fin él contó, que porque su madre lo único que recordaba de su padre, es que cargaba un Librito con ese nombre: El Príncipe de un autor raro algo como Martelo, del que nunca recordó nada, así que a la hora de bautizarlo, el cura como sal en la llaga, en lugar de Marcelo, había decidido darle un nombre que todos olvidaron ante la gracia del apellido inventado Del Príncipe.

Como decía que decía entonces Efraín —La culpa de esta vaina, de que estemos tú y yo siguiéndole los pasos a este fantasmita es tuya, 15 notarías, 34 caseríos, 3 ciudades, y solo dos baños en el último mes de cuenta del chistecito de ser palabreros —Al chiste no puedes tú echarle la culpa Efraín, dijo Soledá enojado, la culpa la tuvo el chisme, no el chiste. La misma vaina, contestó con un Jab el viejo Efraín, sin el primero no existe el segundo, Soledá esquivo y mandó como gancho, ah sí, pero el primer chiste, nadie lo oyó, solo a ti te lo conté, fuiste tú el que alzó la voz en la polvareda que es el café de Juan Redondos, diciendo, escuchen todos a Soledá, se le corrió la teja, les presento al Palabrero oficial de este tierrero, no fuiste tú, ahora vas a negarlo —El golpe fue directo, el viejo estaba contra las cuerdas y a su edad, era mejor tirar la toalla que perder un encuentro, así que continuó; mira que ni viene al caso ya de quién dijo que a quién ni en qué volumen, finalmente sin génesis no hay apocalipsis, y lo que yo no entiendo es porque seguimos buscando al papá del principito este, ja porque como dijo el urólogo, es cuestión de tacto, el muchachito este nos dio la plata pa’ buscalo, y volver a la semana habría sido perder 3 semanas más de viáticos, y joda y tú y yo nos hemos perdido de todo, del mundo, vaina de todo nos hemos perdido, bueno, no todo, tu virginidad nos sigue acompañando. Vaina la tuya Soledá, vaina la tuya Efraín que seguís usando la bragueta para guardar polvos, como si te quedaran muchos, el caso es que hay que viajar, hay que dejarla por ahí tirada en algún pueblo, como amigo me he propuesto que a tus 60 años no llegas virgen.

—Mira Soledá que te estás buscando no es una paliza de verbos y sustantivos, lo que tú quieres es que te parta la cara aquí y ahora. Cógela suave Efraín, que si no pudiste en 38 años de juventud muchos menos vas poder ahora, cógela suave que como te dije, es cuestión de tacto, en cada pueblo he estado buscando no solo al Del Real ese, papá del principito, sino también a la ojona tuya, esa de ojos grandotes que aunque no te prestó ni las nalgas ni el matorral, te dio la poca vida que vives, con esa lengua que te hizo temer morirte si perdías la virginidad.

—Ay Soledá, ay Soledá, 4 semanas de viaje, 15 notarías, 34 caseríos, 3 ciudades, dos baños pa’ que tú me digas que vinimos acá por ella. Y de cada uno de esas notarías, de esos 34 caseríos, de esas 3 ciudades mandé telegramas, cartas y postales, porque tampoco es que te lo fueran a quitar solo por venir, —Alegría, que gusto verte, gritó Soledá mientras se paraba de la mesa, ahí te lo dejo, y vos Efraín, quedate tranquilo, en el pueblito que sigue vive Steve, que desde que vi al principito, recordé que el gringo ese iba de arriba abajo leyendo a un tal Maquiavelo, ah y recordá, es cuestión de Tacto, pero dejáselo a ella.

¿Vale la pena?

Al final solo hay una pregunta que importa.

            —Cuatro hombres entraron a la sala con una postura de amos y señores; la espalda erguida, la frente en alto, una sonrisa orgullosa, nada que ver con intachables, por el contrario, los cuatro tenían cara de ser seres perversos, de saberse perversos y de estar orgullosos de serlos. Nada que esconder a nadie, nadie ante quien justificarse, ningún dios a quien temer, era impactante, desagradable y al mismo tiempo, envidiable… Los hombre así, son libres incluso encerrados.

Cuando iban pasando por la mesa una fotografía llamó su atención, y todo comenzó.

            —Mirá lo que es, qué delicia, tiene los labios gruesos apretadita, rosada, unas teticas que te vuelven loco, y una lengua, no sabés lo que es la lengua…

            —Te lo digo en serio, pará.

            —Pero por qué pará, no dijiste vos toda la vida que había que ser directo, que no nos podíamos guardar nada, bueno esa es la verdad.

            —Sí se lo dijiste toda la vida, decías que solo un cretino guardaría su opinión por respeto o educación, que los modales eran para los cobardes, así como las moralidades.

            —¿No lo decías vos? Lo decías, a todos, nos rompías los huevos con tu discurso del llamado de la Humanidad Animal, fundaste un movimiento, lo registraste, tenés el acta notarial enmarcada en tu casa. En la sala, cada que alguien llega nuevo contás la historia, sacás la carpeta de ceremonias, te ponés el corbatín con tirantes con que saliste a proclamarlo documento legítimo en el atrio de la catedral… no podés pedirle ahora que vaya hacia atrás.

            —Es cierto no puede.

            —¿Pero son imbéciles todos?, ¿qué les pasa?

            —No pasa nada, no a nosotros, a vos te pasa algo.

            —En serio no pueden ser tan idiotas.

            —Es nuestro deber como miembros de la Humanidad Animal.

            —No sé qué les pasa, y no entiendo por qué insisten en hablar de eso, y mucho más para defenderlo, es un imbécil.

            —Imbécil es solo aquel que no se escucha a sí mismo para contentar a los demás, son las palabras de cierre de tu discurso no.

            —Esto no tiene nada que ver con la Humanidad Animal, ni con nada parecido.

            —Tú tozudez no tiene límites.

            —Lo que no tiene límites es tu estupidez.

            —Entonces con qué tiene que ver, ah decilo, dejá de esconderte, aclaralo, te escuchamos.

            —No es el momento

            —Claro que es el momento, siempre es el momento, de hecho, dijo el hombre adoptando una postura solemne para recitarlo: No existe el momento oportuno para una verdad, sin importar el día, la hora, el lugar, la verdad habrá de incomodar.

            —Pero no pueden ser tan tontos, no ahora, no aquí.

            —Aquí y ahora.

            —Pero que son tarados enserio.

            —La discusión continuaba, 4 hombres discutían airadamente ante los ojos de toda la corte, era un caso débil, sin pruebas, y nadie hubiera pensado que podrían darle fin a 8 años de búsqueda de una manera tan tonta. Habían ido a juicio solo por no perder la oportunidad de llevarlos ante un tribunal, y antes de hacer la primera pregunta, de algún modo, por alguna extraña y estúpida razón, el grupo de forenses habían terminado por lanzarles al menos cinco buenas preguntas y el fiscal no iba a desaprovecharlo, mientras el testigo empezó a martillar sobre el estrado el fiscal inició:

—Así que el cadáver #7 le parece atractivo  Dijo en voz alta y mirando al jurado.

La pregunta no lo incomodó, ni siquiera parecía abrumado, pero comprendió que el único lugar donde un hombre nunca debía ser honesto, era la corte. Los murmullos llenaban toda la sala, y él antes de responder ya era culpable. Y aunque era culpable no iba a permitir que eso lo detuviera.

  • ¿La estética deja de juzgarnos cuando morimos?, ¿si un gordo se muere deja de ser gordo?, ¿le compraría un féretro tamaño normal a un enano?, no tinterillo, no me importa lo impresionable que sea su moral, yo llevo viendo muertos durante los últimos 30 años de vida y puedo jurarle en este estrato, los feos siguen siendo feos, los deformes siguen siendo deformes, de hecho una de las cosas que más nos gusta de la morgue a mis compañeros y a mí, es que nadie se ofende con comentarios sin importancia, ninguno se inmuta, se quedan fríos por decirlo de alguna manera, ante cualquier palabra.
  • ¿Le parece que es gracioso?
  • Sé que es gracioso, lo que pasa es que usted está muy ocupado jugando al hombre admirable, necesita que el jurado piense, ese hombre se ha indignado y con la buena pinta que tiene, es un ejemplo a seguir, si él está en contra de ellos, también yo debo estarlo, para luego poder mirar con una sonrisa a nuestros rostros y leer el veredicto esperando haberlo hecho sentir orgulloso.
  • Objeción, el acusado intenta influir sobre el jurado.
  • Objeción, el abogado intenta influir sobre el jurado.
  • Objeción, el acusado es feo, gritaron los otros.

—El juez pidió que todos se acercaran al estrado, los 4 acusados levitaron hasta allí y el abogado evidentemente molesto arrastró los pies hasta el mismo lugar, luego el juez habló:

            —Se los advierto, no voy a permitir que conviertan esta audiencia en un circo.

            —Le hablan a usted payaso, espetó  ante el abogado uno de los acusados.

            —Hablo en serio, replicó el juez.

            —Ya se comportará mejor, dijo otro de los acusados al juez mientras miraba al abogado.

—Mientras todos volvían a sus puestos seguían con la misma apariencia que cuando entraron y de alguna manera el abogado empezó a darse cuenta de algo, eran inmutables, no había nada que pudiera decirles que los sacara de juego, tenían por así decirlo algo de muertos a su alrededor, no sentían culpa alguna, así que no podrían encontrarlos culpables, no sentían rabia o enojo, no tenían ninguna emoción, acusarlos, quebrarlos, iba a tomarle meses de duro trabajo, enojos, provocaciones para nada recomendables para alguien con sus úlceras, y posiblemente la pena que recibirían tampoco sería grave, porque no había pruebas, solo indicios, sospechas y rumores de pasillo, no vale la pena, pensó y sin más hizo una última pregunta.

—¿Hay algo que desee confesar?

—NO.

Juego

En algunos juegos, por alguna razón, los jugadores juegan todos a perder.

— Ambos caminaba un poco en silencio, eran amigos, así que del todo no les molestaba, pero quizá por tedio, o por costumbre no pudieron evadir por completo la plática.

—Me gustan estos edificios, salir a caminar y verlos, ver algo que es más viejo que uno, que siempre lo será lo ubica temporalmente, te permite sentirte parte, en Colombia no es así, si te vas mucho tiempo cuando volvés la ciudad que conociste ya no existe, no es solo metáfora; no tenemos memoria histórica, todo lo derrumbamos, no sabes ya cómo era todo hace mucho tiempo, y el problema es que no solo olvidamos cómo se veía la ciudad, con ella se van otros recuerdos.

—Seguís triste, eso es todo, son lindos los edificios, pero andás pensando mucho todavía en el pasado. Pensá en otra cosa, pensá por ejemplo cómo sería la vida si estuviéramos casados

—¿Vos y yo? O cada cuál por su lado

—Ah no, si vamos a jugar a ser felices, hagámoslo juntos, igual el juego necesita de negociaciones y no podemos negociar con quien no tenemos al lado, y no se trata de imponer, como todo juego se trata de ganar

—La expresión en su rostro no era del todo inocente, hace solo un par de días que enfrentados en esa lucha de egos carismáticos que tanto él como ella tenían, se habían confesado cierta atracción, pero ninguno tomaba la iniciativa, les gustaba el coqueteo y parecía que no iban a perder la comodidad de sentirse deseados.

—En qué clima preferís vivir, frío o caliente

—Frío, este invierno de Baires me tiene feliz

—Rico podría ser Santa Helena

—No me gusta conducir, así que supongo que tendrás que ser chofer de la casa, a menos que pueda tener una moto

—Vale vos tu moto y yo mi carro

—No hay lío, pero dos vehículos, eso significa casa, además los apartamentos no me gustan tanto, quiero tener un perro y tres gatos, Balú, Chéjov, Chinanski y Julio

—Casa grande y al perro lo bañás vos y duerme afuera

—El perro no duerme afuera, si querés tienen su propio cuarto, pero nunca afuera a menos que tengan su su propia cabaña, es más tiene que haber una cabaña, que sirva de estudio, y de casa de huéspedes.

—Pensás ganar mucho dinero

—Si en fantasías soy pobre, que pobre serían las fantasías, la moto es un Harley, tu carro espero al menos un Wrangler

—Me gusta tu despilfarro ficcional

—Gracias, ¿hijos?

—No sé, ¿vos?

—No tengo idea

—Va quizá algún día se nos antojan, y un viaje al año

—Cada año el otro debe planearlo, establecer la cuota y procurar que pase.

—Ok, me gusta, ahora, vos tenés tu estudio, tu man cave, yo que debería tener…

—¿Algún hobby en mente? Pintar, tejer…

—Ja ja ja, quiero un cuarto para mí, para ser, a donde huir de tu pesadez

—Ja ja ja, no hay tal lugar, siempre logro inundarlo todo con ella, señorita ligereza, pero te prometo que cuando pase te avisaré para que hullas, olerá a picadura de pipa, y sabrás que me encuentro preso de una insufrible melancolía, quizá por un libro que ande leyendo, quizá por un cuento que quiero escribir y no puedo hacerlo bien, quizá porque pongás esa cara, que ponés siempre que saco un cigarrillo y que me dice que toda la magia se fue al carajo

—¡Pesado!

—Aún no tenemos la casa, no tenés a donde huir

— Había silencio, risa y silencio, les había gustado el escenario, no encontraban fallás graves en ese jueguito de ser felices, ella pensaba que tarde o temprano algún médico le quitaría el cigarrillo, y que el perro en la casa no era un gran problema, la idea de un clima frío con un hombre grande que la calentara era una gran combinación y en el fondo, que los dos tuvieran un lugar a donde escapar el uno del otro hablaba de entendimiento; él pensaba que había salido bastante bien, omitía lo obvio porque lo deba por sentado, ella es tranquila, no es sosa, solo tranquila, como lo es a lo lejos la imagen de un bosque o un mar, y tiene furia adentro, debe ser un buen polvo, así que todo pinta bien, con el tiempo dejará entrar el perro a la casa… y divagaba sonriente hasta que ella retomó la palabra.

—Ja, jugas muy bien, mejor que Henrique.

— El golpe borró toda sonrisa, le pasaba a menudo, sus buenas ideas nunca lo beneficiaban, ella había encontrado la forma de colarlo a él en la conversación, de recordarle que no era su vida, que por más que la hubiera imaginado, no le pertenecía más que a ese momento, y no solo eso, sino que en este juego, era solo un juguete.

Sala de redacción

Aveces algunos escritores necesitan asegurarse de tener lectores. Ellos en el fondo lo agradecen.

Señores Sala de Redacción
Desde algún lugar del mundo

He estado leyendo y quiero compartirles una columna que sin duda será de su mayor interés pues nos brinda luces en un territorio antes inexplorado sobre la obra del sobredimensionado Kafka; he estado pensando mucho sobre la dificultad que me daría el redactarlo y compartirles los hallazgos que les menciono, dado que el tiempo es limitado para mí, saben que los redactores publicitarios somos los únicos que realmente trabajamos, aunque nadie sepa nunca muy bien en qué, pero, les alegrará saber que he encontrado la forma perfecta, la prueba es que se encuentran leyendo estas líneas.

He logrado construir este mensaje con trozos de la redacción de racionales y manifiestos para diferentes marcas. El rey es el argumento, así que después de sorprenderlos con esta delicada confesión, que piensa tanto en su cariño como en su bolsillo, les presento su mejor opción, para la columna abierta.

La pupa, es el estado por el que pasan algunos insectos en el curso de la metamorfosis, la real, no la del librejo aquel, es la que los lleva del último estadio de larva al de imago o adulto. Si se piensa que es un paso inevitable para la transformación, quizá podríamos asumir de Kafka no sabía mucho sobre los insectos, o quizá que en su cabeza Gregorio Samsa era claustrofóbico y conociendo su penoso final, había decidido ahorrarle un sufrimiento al no encerrarlo; hay que convenir que es posible, así como tendremos que aceptar que posible es todo lo que sea imaginable, si no podemos realizar estas dos concesiones, hemos llegado al final de esta dislocación, si por el contrario, afirma sonriente sobre esta pequeña ligereza, por favor no deje usted que se enfríe el café, aromático, delicioso de las mejores montañas de nuestra tierra y continuemos.

Dicen, que muchos insectos se mueren de miedo cuando nuestro producto llega a casa, y que por eso construyen esta pupa o capullo para ocultarse, y si encontramos esto metafórico, entenderemos en sí, que la transformación sufrida por Gregorio Samsa no es tal, ya que, él mismo sería el vehículo de la transformación, es decir el personaje de Gregorio es en sí mismo es la pupa o el capullo, sin saberlo, pues es natural que sufriera como hemos supuesto que podría hacerlo claustrofobia. Imaginen el terror que podría causarle el saber que su único propósito en la vida ha sido realmente el de encerrar a otro, la conmoción podría matarlo y si el capullo se rompe antes de tiempo, suele hacerlo también su contenido; estaríamos entonces perdiendo contenido y contenedor por el precio de uno, pero el beneficio promocional que hoy tenemos, de perder dos seres ficcionales en uno sin mayor justificación que la de una fuerte impresión, parece ser el típico caso, no de una oferta sino de una estafa, por lo que, aunque posible, supongo que estaremos de acuerdo en que no ha sido elegido ese camino.

Bien, retomemos, en ese encierro, metafórico o biológico. Dependiendo de si quien lee esta pequeña dislocación es larva o humano, los órganos juveniles se reabsorben y el organismo adopta una estructura totalmente diferente. Durante este periodo, los seres encapullados, o enpupados, no se alimentan y suelen estar inmóviles, a menos que quien lo lea sea un mosquito, ya que cuentan con la capacidad de movimiento más notoria del mercado, con su revolucionario diseño hacen de estas la mejor entre todas larvas.

Kafka no sabía nada de insectos, aún así eso no es lo importante acá, debemos concentrarnos en que pese a sus limitaciones hemos podido entender que Kafka nos veía a todos como seres expuestos y débiles, viscosos e indignos de llamarnos hombres, hasta que no atravesáramos un paraíso para el descaso y las conexiones con nuestros recuerdos, en un aislamiento, u ocultamiento y la reflexión de nuestra propia realización. Si ha podido asentir, si está de acuerdo, esta es la oportunidad para que sea suyo este pequeño texto y puedo imaginar un poco esa cara de asombro genuino que trae la iluminación de la sabiduría al hombre en medio de la bruma. Hasta pronto y espero no encontrarme con que la impresión de este texto sea desechada y con ella esta maravillosa investigación literaria para publicar cualquier otra tontería sin sentido.

***

La risa estalló en la sala de redacción, no era inusual que recibieran correo de manicomios y agencias de publicidad en las que los olvidados de la literatura solían exponerse como genios genuinos, solían exponerse como adictos a los halagos y por necesidad de una aceptación y reafirmación constante se habían enganchado a un mundo donde lo que hicieran parecía sumamente relevante, pero con el tiempo la idea los desquiciaba, era de entenderse que ningún genio literario consideraría nunca una cuña radial sobre los pañales max 40, una obra publicable, sin embargo para estos Ronroneadores como nos gustaba llamarlos por su confesa necesidad de ser acariciados, la verdad era cruel, si algún día habían tenido talento, lo habían malgastado, y ahora olvidaban que al leer, el lector también se lee, y no dejaban nada para entretenerlo, y casi siempre terminaban mandando eran pequeñas instrucciones, sin embargo cuando aparecía algo de esta calidad se reunían bebían y el autor si se había dignado a poner su nombre ingresaba al salón de la fama y su texto solía publicarse en un compilado anual que titulaban: Señores Sala de Redacción.

Don nadie

Mucho o muy poco.

Parecía que caminaba con la cabeza gacha, a su paso nunca encontraba un saludo o una mirada curiosa y la vista de las personas parecía atravesarlo, era invisible.

Cuando lo mirabas, cuando los ojos lo encontraban, era como ver una sombra, el reflejo difuso de un hombre, pero carecía de identidad, era imposible recordarlo, retener su imagen en la memoria era un sin sentido.

Era un tipillo carente de gracia y empatía, solitario por condición y eso era lo que lo convertía en un desgraciado. Un tipo torturado por la vida y la sociedad, si en verdad existe un Dios y todos somos su creación, él era la demostración de que la mediocridad era también una característica divina.

Tenía sus ventajas ser invisible, una vez había dejado de ir a trabajar durante un mes completo y su pago no dejó de llegar ni una sola semana, lograba burlar los esquemas de seguridad y asistir a grandes eventos sin invitación, si contaba con la ropa necesaria, se convertía en decoración para la fiesta.

Había sido testigo de los desmanes más desagradables, de las situaciones más extraordinarias, esto era lo único que lo entusiasmaba, se pensaba extraordinario, aunque era consciente que su don lo hacía un cero a la izquierda. Muchas veces pensó en sacar mayor provecho de su habilidad innata, ser un asesino o un violador, nadie podría saber de él, nadie lo vería venir… la idea iba y venía, la escuchaba palpitante en su cabeza, podría matar al presidente, al Papa y nadie tendría la seguridad de qué había pasado, si un hombre había estado allí o no; era seductor, la adrenalina corría por su cuerpo con solo pensarlo.

Ya en ocasiones anteriores había cedido ante deseos similares, robando en fiestas le había ido bien, joyas relojes que luego empeñaba o que conservaba por el simple placer de la impunidad, pero la falta de reconocimiento y riesgo le había hecho perder el interés, por eso de hacer algo con esta idea debía ser algo grande y bien planeado.

Se las ingenió para ingresar a la imprenta de un periódico y cambiar uno de los anuncios en los clasificados, las rotativas imprimieron el anuncio más alarmante de toda su historia: ‘‘Yo mataré al Presidente’’ impreso en un anuncio de media página. Firmado por Don Nadie.

El revuelo no fue tanto como él se esperaba. Pese a no haber encontrado rastros de quién había hecho el anuncio, se consideró una broma de mal gusto, del borracho o el detractor de la imprenta, ambos fueron echados de su trabajo y aprehendidos por la policía.

Esto lo enfureció, así que en otro diario repitió su amenaza: ‘‘Voy por usted señor presidente’’. Tras este segundo anuncio en el diario, los dos hombres fueron liberados y el pánico empezó a apoderarse de todos.

La guardia presidencial fue duplicada, los diarios cerraron para evitar nuevos anuncios, ahora solo la radio servía como medio de noticias y pese a las advertencias de la agencia presidencial, todos hablaban sobre cuál sería el próximo movimiento del ‘‘Don Nadie’’ todos lo buscaban, todos deseaban saber quién era él.

La guardia presidencial empezó a registrar a las esposas de los trabajadores, los delincuentes más buscados fueron encontrados, los terroristas, los opositores encadenados y ejecutados en público. La ira, el miedo estaban presentes en cada persona.

La vida del presidente se transformó en una pesadilla constante, porque a pesar de la seguridad, él seguía recibiendo en su escritorio día tras día una nota que decía: ‘‘Vengo por usted señor presidente atte. Don Nadie’’.

Nadie se explicaba de dónde venían las notas, quién estaba detrás de esto… los expedientes de clínicas mentales fueron revisados, miles de perfiles realizados por los mejores criminalistas, capturaban a cada sospechoso, a cada persona que cumplía con el perfil de un sociópata se le había interrogado, torturado y encarcelado.

Pero a él nunca lo visitaron, jamás estuvieron siquiera cerca de él, en cada redada era ignorado, no valía la pena ejecutar la premisa, y así lo hizo saber: ‘‘Baje la guardia señor presidente, me excitaba la idea de ser perseguido, pero ni siquiera su vida levantará de la mía el sello que me aqueja. Respire tranquilo no dejaré de ser un Don Nadie, ni siquiera a costa suya’’. 

Pese a su última nota persistían las redadas, el miedo, incluso en el fin de su guerra, su bandera de paz fue ignorada, no había amenaza, pero el equilibrio había sido afectado. Los diarios y la radio anunciaban: ‘‘Victima del estrés el presidente claudicaba a su puesto’’. Y él, tan tranquilo como siempre bebía el café de las 8 trago a trago, negro, sin azúcar, viendo a través de las ventanas y ojeando las páginas del diario, en búsqueda de una nueva escena donde pasar desapercibido.

Fisgón

Un agujero, es todo lo que se necesita.

La diferencia de edades era un límite invisible, el deseo había borrado cualquier frontera que saltara a la vista, temblaba con su mirada, al tacto podía sentir esa atracción animal, ese deseo infalible. En esas ocasiones en que estaba encendido, empezaba a imaginarse sus labios besándole su verga dura y caliente, al abrazarla sentía su cuerpo y solo deseaba verla bañada en sudor, quería morderla ahí sin esperar un solo momento.

Poco le importaba si era o no compartido el deseo, en su imaginación ella estaba desprotegida, le daba sonidos a sus gemidos, olor a su aliento, temblor a sus orgasmos, bañaba de semen sus senos, su boca, su culo, halaba su cabello y jadeaba justo en su oreja.

El calor lo recorría, ella podía seguir estando tan fría como cualquier otra mujer ante su presencia, frígida ante su falta de tacto, ¡ah!, pero en su imaginación, ella lamía golosa y con desesperación, las últimas gotas leche que colgaban de su miembro.

Esa mueca de seriedad, y la falta de emoción que la caracterizaban la perdía en un instante, cuando la imaginaba abriendo la boca jadeante, y se aferraba de su espalda rasguñando cada centímetro de piel en ella. Esa parca mirada, esa indiferencia con la que lo trataba, cambiaba por euforia y flaqueaba ante su tacto de una manera única, en su mente no podía sostenerse en pie cuando intentaba ir al baño tras terminar de coger con él.

Esa elegancia que la hacía lucir inalcanzable, era la primera máscara que caía en su mente cuando él la tocaba, su ropa de marca rasgada por sus propias manos, y entonces era todo pasión, la lencería, la rígida postura cambiaba por un contoneo sensual, y ese vacío de sus ojos desaparecía, se llenaban de deseos, ella traía consigo las esposas, las prendas comestibles, los tragos, en su mente ella estaba sedienta, él era una fuente inagotable.

Su estatus social, su imponente figura se reducía ante él, se arrodillaba con una paciencia adecuada para que él disfrutara de su sometimiento, de su pérdida, y se acercaba tan, tan inquieta, con su boca abierta, invitándolo a tomarla, sumisa, sometida, caliente.

Su piel nunca olía, pero en su imaginación era embriagante, todo su cuerpo olía a su sexo empapado, todo en ella era sexual, su voz era un solo gemido, su cuerpo un solo objeto, qué le importaba que ella no conociera su nombre, en su mente lo gritaba día y noche, qué importaba que ella desconociera su existencia, en su mente ella lo llenaba de vida y orgasmos.

Por eso siempre la miraba con compasión en la realidad, solo él sabía que tan desdichada era ella por no vivir en un mundo donde cada uno de sus deseos era satisfecho, cada una de sus tangas había sido arrancada de su cuerpo, sólo él sabía cómo hacerla llorar, temblar y sonreír en un orgasmo continuo, solo él conocía la forma en como deseaba tenerlo dentro de ella, como reclamaba su presencia en los momentos de soledad y angustia.

Poco le importaba todo, el mundo, la hora, él sabía que de nuevo a las 8 pm cuando todo acabara, ella correría al baño de maestros, a la ducha de siempre y se masturbaría una y otra vez, mientras que él en secreto, silencioso como siempre la miraba a través de las rendijas de la ventilación, deseando como cada día tener el valor de interrumpirla.

Juicio

Perder el juicio

Cuando el juez exclamó que encontraría qué había detrás de todo lo sucedido, nadie esperaba ver compareciendo con sus declaraciones a dos coroneles, a un ministro y al presidente.

El caos se apoderó de la ciudad, era inimaginable que todo terminaría de esta manera. La situación parecía no dar para tanto, asesinatos por intolerancia se vivían a diario, el odio era noticia y realidad aceptada socialmente, sin embargo la víctima nunca había sido alguien importante y quizá de allí derivaba todo el problema.

La muerte del ídolo del club del pueblo en los camerinos de su propio equipo había suscitado demasiados problemas, sin deporte la sociedad estaba alineada a su destrucción y cuando la muerte tocó la puerta de un referente tan grande, la única alternativa era implosianarlo: utilizar ese acto violento para acabar con la violencia.

El jugador había muerto a manos de sus compañeros tras perder un partido frente al antiguo club de Alberto, club del cual se había confesado hincha solo días atrás, esto hizo que todos perdieran la cabeza y tras la derrota el más pesimista y violento de nosotros no se hubiera imaginado un final tan macabro como el sufrido.

El juez, hincha secreto del club decidió tomar el caso como algo personal, no dejaría pasar esta afronta, le había dolido como a todos que Alberto se considerara un enamorado de su rival de patio, pero los tres goles marcados por él en dicho partido eran prueba fehaciente de su compromiso con el club, ninguno había corrido tanto, nadie había sudado la mitad en ninguno de los dos equipos, incluso se le vio llorando tras terminar el partido.

Él era inocente, la culpa sin duda alguna era de los medios que habían promovido el odio durante los últimos días y que ya habían sido condenados por su participación del crimen, ahora asistían ante él actores políticos que desde sus comunicados habían manifestado no solo su apoyo sino el compromiso que tenían los jugadores en un partido de esa importancia.

Todos los que estaban frente a él habían incurrido en errores, los dos coroneles habían dicho días atrás que solo un vendido, un traidor, causaría la derrota de su club favorito; el ministro había dicho que debía ser desterrado como todo traidor y no se le debería permitir jugar el partido; y el presidente, bueno sin duda se extralimitó al poner en tela de juicio incluso la nacionalidad de Alberto, al llamarlo a patria y retirarle las condecoraciones que se le habían otorgado por ser un orgullo nacional del deporte. Junto con ellas, –concluía el juez– le había sido arrebatado el orgullo, el respeto…

Todas estas acciones habían enardecido al grupo, las declaraciones que fueron repetidas al terminar el partido por el circuito cerrado del estadio incendió los corazones de los impotentes, los perezosos que tras escucharlas increparon a Alberto por su declaración, en medio de la cancha empezó la disputa, los golpes, nadie esperaba que aquellos compañeros que llevaban una temporada junto a él fueran a usarlo como chivo expiatorio, las graderías reservadas ese día para el local aplaudieron los golpes y alentaron la violencia.

Arrastrado por las piernas que los había acercado a la victoria, Alberto fue llevado hasta vestidores donde falleció entre cánticos y alegría. Los jugadores del equipo rival fueron quienes encontraron el cuerpo de Alberto… abandonado como un par de guayos viejos.

La acción había generado indignación en todos, la noticia causó suicidios en aquellos que reclamaron sangre, el operador de radio que puso las cintas fue el primero en comprenderlo y saltó desde su cabina al vacío. Los jugadores que participaron de la golpiza habían sido fusilados y ahora tras la aprobación inmediata de la Ley de crímenes de odio, sus autores y promotores lloraban y pedían clemencia, sensatez y mesura al juez que tenía sus vidas a un golpe de martillo.

El veredicto fue unánime y revolucionario, culpables de cada cargo, fueron conducidos a la sala de ejecución, el método elegido sería la horca. Los implicados y alguien más fueron guiados con bolsas sobre sus cabezas, un tirón a una palanca y al unísono los cinco cuellos tronaron, fueron declarados muertos solo 1 minuto después de la ejecución.

A la mañana siguiente una carta abierta del juez heló la sangre de la ciudad, en su texto el juez decía:

‘‘Ha de cumplirse a cabalidad el dictamen, muerte a todo aquel que por odio termine con la vida de otro y esto incluirá a los verdugos, para que quede más que la consigna, esta ley será escrita con el ejemplo, pues llevado por el desprecio a sus acciones y comentarios he tomado la decisión de incluirme en la lista de quienes fueron condenados a la horca, yo seré el quinto cuerpo que cuelgue como ropa sucia de aquella cuerda’’.

Desde ese día en la ciudad han muerto las riñas, los gritos se han ausentado de la cotidianidad… el miedo gobierna nuestras vidas.

Enfermos

Creemos que no, juramos que estamos bien, pero todos estamos enfermos.

Siempre me llamó la atención que Claudia estuviera conmigo, la había conocido 3 meses atrás en una sesión de quimioterapia, si el doctor había hecho bien las cuentas me quedaban ahora 9 meses de vida. No era quisquilloso y ella, ella estaba esculpida por fuego, ardiente, intensa, era una flama, una brasa que te calentaba solo al verla pasar.

Pensé que era lástima, sí, la primera vez que me pregunté qué hacía ella con un moribundo pensé que era lástima, pero con el tiempo la conocí, era despiadada, ella no sentía empatía por nada, era incapaz de conmoverse por una enfermedad o una muerte, demasiado racional para entristecer o sucumbir por una vida que se extinguía.

Mi segundo pensamiento fue que lo hacía por diversión, que disfrutaba viendo cómo las fuerzas abandonaban mi cuerpo, que se entusiasmaba con la idea de ver cómo un hombre se transformaba en polvo, reduciéndose hasta desaparecer, pero no era una persona que guardara odios o rencores, no había en ella comportamientos sicóticos o sociópatas que me lo confirmaran.

La duda me mataba, bueno, en realidad lo hacía el cáncer, pero estaba perdiendo el control, me enloquecía no tener una respuesta para esa pregunta, estúpida pregunta que me rondaba desde la última vez que habíamos pasado junto a esa tienda en el centro, donde nuestras imágenes reflejadas en un gigantesco vidrio me recordaron que estaba muriendo, que era un saco de huesos, una carga, un puto enfermo.

Si no creyera que la conocía pensaría que era un juego, una apuesta o una burla, pero ella no presumía, no le importaba ganar las discusiones o probarle nada a nadie, pero la idea y la duda se esparcía más rápido que el cáncer, me comía los huesos. Habían vuelto las crisis y el miedo, pero no a morir si no a saber.

Al igual que a la muerte debía confrontarla; saber, necesitaba saber el porqué, pero Claudia era perspicaz, nunca permitía que la conversación avanzara, tenía unos labios que hacían que olvidara mis emociones, mis rabias, mis miedos con solo un beso, y cuando el sexo oral empezaba… bueno ahí muchas veces no recordaba mi nombre.

Pero había sido suficiente, el tiempo corría rápido y aunque en un comienzo me tranquilicé pensando no tenía nada de malo morir al lado de esa preciosidad, que pasaría mis últimos meses como un niño en un parque de diversiones, lanzándome de sus senos como en una montaña rusa, recorriendo sus caderas por horas como en un carrusel y lamiendo su coño, su hermoso coño como si fuera algodón de azúcar… Pero maldita sea, era un plan excelente hasta que había visto mi maldito reflejo.

–¿Por qué estás conmigo Claudia?–, pregunté de manera inadvertida.

–¿Importa?–, preguntó ella con tanta inocencia que estuve a punto de desistir, pero estaba decidido así que proseguí. –¡Claro que importa maldita sea!, llevo meses dándole vueltas a esta idea y me está matando, ¿entendés?, me está volviendo loco, me está robando el sueño, el apetito–

–Qué torpe que sos– respondió sin inmutarse, –te crees que era la enfermedad lo que me atraía de vos, sos un idiota, a esta altura deberías saber que todos están enfermos…, para serte sincera siempre pensé que solo aquellos que conocen la fecha de su muerte tienen la fuerza disfrutar de la vida… pero vos lo confirmás, son todos unos enfermos, unos idiotas, a todos les gusta más el saber que el vivir, hasta este día te amé, tan fuerte y tan real como tu cáncer, pero tu maldita curiosidad, tu estúpida pregunta y tu tonto miedo lo han arruinado todo–.

El golpe de la puerta fue seco, sonoro, tanto así que Claudia no escuchó cuando me desplomé, cuando mi

Corazón daba su último latido…

Instrumentos de viento

Las cosas no solo tienen nombres, también suenan.

Creo, muy en el fondo casi como una certeza que cuando respiramos ingerimos bocanadas de notas, que tu boca y la mía, tu nariz y la mía, más que oxígeno inhalan dos, rees, miis, que nos hacen sonar, a veces en la misma melodía, ese vientito se desplaza por el cuerpo y cuando resuena en los lugares correctos, nos falta el aire, pero no la música.

Los instrumentos de viento respiran, de una manera diferente, son incapaces de mentir porque requieren de un aliento profundo para sonar, dos pulmones deben hincharse de emociones y luego la boca, debe soltarlas como quién exhala su último aliento.

Si te preguntas a que viene todo esto, es porque la música cambió y pasó de la batería del jazz, al bandoneón, y el segundo siento que me mueve más que el primero… no sé, otra charla para sumar a ese tortoni en que se me convierte la cabeza cuando puedo crear una pequeña idea.

Ese miedo que congela, talvez estoy contándome esto a mí mismo, contando con que lo leas, o quizá estoy leyéndolo en voz alta mientras lo escribo, la idea no es descabellada, la palabras salen antes de que las digite, hay un vaso de ron cerca a la máquina de escribir, es un computador realmente, pero es una máquina y la uso para escribir, así que quiero llamarla, tal vez es media noche, tal vez estoy solo, un poco ebrio, un poco adolorido, talvez, talvez, talvez. Talvez quiero romperme en mil pedazos y decirme que no importa, me jode, me duele, pero NO importa, recordar cuando ella dijo: mirá estoy con otro, no te lo tomés a mal.

¿Lo crees?, ¿que alguien se lee esto a sí mismo en medio de la media noche un poco ebrio, segundos antes de escribirlo?

El bandoneón no da tregua, se expande, se contrae, diría palpita, pero no, es sístole y diástole pero no bombea ni vibra, sopla, sopla, sopla, y nos va dando algo, el hielo cruje en el ron, el vaso suda, yo sudo, no por esfuerzo, no, vivo en una ciudad acalorada, no caliente, no, acá el sol no pega todo el día, ni duro ni constante, pero se concentra, nada escapa de esta puta ciudad, solo ella. El caso es que suda el vaso y el bandoneón cruje también en el oído y el cuello se estremece, es solo un instrumento de viento, pero cada nota se graba mientras vuela.

¿Podés creerlo?, que esto lo escribe un ebrio, en medio de la noche, quizá está sobrio, pero en el fondo lo escribe un ebrio. Es curioso, las canciones recuerdan personas, las canciones completas, pero los instrumentos, al menos los de viento, recuerdan sensaciones, la letra, porque tiene letra lo que escucha el ebrio sobrio, pero la letra no importa, no dejás de pensar en ella, en ella con los ojitos cerrados la téticas pequeñas e hinchadas sobre él, repitiendo: —No sabés lo rico que se siente —Y pensás: —Está cree que está cogiendo sola, como si no sintiera los labios plegándose sobre la verga, la humedad bañándome lo huevos —y él sigo creyendo que sabe que siente perfectamente lo que ella siente mientras se muerde la boca, pero en todo escenario aunque hayan dos instrumentos, aunque los dos sean de viento y aunque los dos soplen las mismas notas, hacen cosas diferentes.

¿Podés creerlo?, que mientras el ebrio escucha un bandoneón recuerda una mujer jardín floreciendo sobre él, lo mejor es que él no tiene ni idea de lo que pasa, ni con la música ni con ella, ella no aguanta, se muerde la boca, y el bandoneón suena y resuena, tan, tan, tan, tan, tan, tan tararán. El escalofrío se agudiza ella tiembla, ella se para, el bandoneón se quiebra una y otra vez y llora las notas, ella gime, el bandoneón jadea, ella aspira sintiendo que se muere y estalla, chorrea, explota, lo baña…

Y él escribe, con Piazzolla en su cabeza, con ella aún sobre él, con ella aún lloviendo sobre él, una y otra vez, creyendo casi como una certeza que es música, que cada que suena un bandoneón, una mujer se viene a chorros, cabecea, la botella de ron mengua, igual que su cordura, el vaso cae, se rompe, se riega, igual lo hace ella, es el bandoneón piensa y duerme…