Química

El fuego respira, en la oscuridad puede verse, está vivo, tiene ese toque que podríamos llamar soplo divino, inhala bosques, césped, carne… es insaciable; exhala humo, cenizas, muerte.
El fuego arde, y se transforma, convierte la madera en brasas las hace gritar al despedazarse, el fuego es sangre y vientre, semen todo y nada.

El fuego avisa y aún así marca, quema y consume, “Crack” estallaba otra rama, el chisporroteo amenizaba el dulce monólogo y distraía lo suficiente como para pasar por alto la mirada perdida, sin foco sumergida en las llamas, —Suena como lluvia, casi susurro —Sí, un poco lo hace —Te gusta el fuego —Es más que eso, respondió él sin siquiera levantar la vista, me absorbe, no puedo evitarlo, el fuego tiene algo, la calidez, el ambiente, sabe crear, bueno no, no sabe, no lo hace de manera consciente, pero es su naturaleza, entiendes, me atrapa –Lo entiendo, lo he sentido, pero me pasa con la lluvia, con el agua —Algo místico también tiene, pero me da miedo la pregunta que trae consigo el agua —Cuál es, preguntó ella —Qué hay debajo, respondió él, el fuego no tiene nada dentro, vacío, dentro del fuego solo llamas, y fuerza, todo lo que entra al fuego da fuerza, en el agua no sabes qué hay, nunca sabes que hay.

—En el fuego y en el agua hay vida, y hay todo, dijo ella viendo hacia la oscuridad profunda de la represa, nada es nada, todo tiene algo, por más simple que parezca, por más sencillo o dominable, tiene algo, en el fuego no lo ves, pero está ahí —No me hice entender, si entras al fuego estás vos, y sabes lo que va a pasar, si no entras igual estás vos, entre las llamas, en el agua, hay dudas, en el fuego certezas, en el agua hay miedos, en el fuego bueno, si están en el fuego es porque todo miedo lo dejaste atrás.

Ella sonreía, pero no hablaba ya, ¿—No crees?, preguntó —No, respondió sin vacilar, a mí me gustan las sorpresas, no saber, me gusta el dejarlo todo al azar, cualquier cosa puede llevarme, tomarme, morderte, empujarte, el agua es todopoderosa y se permite algo que la vida a veces no puede cumplirte —Qué preguntó él por primera vez levantando su mirada del fuego, encandilado como estaba notó su lunar sobre el labio, la tinta que le cubría las manos, las piernas, encandilado como estaba solo pensó que ella era ardiente, —Libertad —Libertad dijo él pensando, dijo él saboreando la palabra, tratando de degustarla para entenderla, pausadamente y sílaba a sílaba —Sí, libertad dijo ella entre risas, te sumerges y el universo entero es una posibilidad, el mundo entero carece de certezas, y todos afuera se preguntan después de un momento, dónde estás, estás bien, se rompe la realidad, si te sumerges en el agua, el mundo colapsa.

Él reía, ya no importaba el agua o el fuego, los labios gruesos, eran ahora lo que lo quemaba, las pequeñas gotas de sudor en el cuello, el brillo húmedo en su piel la duda a la que temía, la carpa estaba al fondo, y ellos dos caminaban hacia ella, nerviosos, sintiendo el calor de las brasas, el miedo de sumergirse sin saber si iban a salir de nuevo a la superficie intactos, porque algo no podía negarse entre ellos había algo, algo que une al fuego y el agua: química.

Confesionario

Debido a lo retirado del pueblo, el cura iba solo una vez cada dos meses y la cantidad de fieles que atendían la cita dominical hacían imposible prestar todo los servicios en un solo día y requerían de un día exclusivo de confesiones y uno por uno los feligreses llegaban sin falta en el transcurso del día, uno a uno, sin encontrarse en las puertas, sin hacer fila para no reconocerse ni verse a los ojos.

Clemencia como era habitual llegó primero a la cita del confesionario, de hecho lo odiaba, ella amaba el chisme y desde que un nuevo párroco había sido asignado aunque fuese de manera esporádica las personas preferían callar y cargar la culpa esperándolo a él y la cantidad de rumores en el pueblo se veía reducida a una cifra absurda, ya nadie hablaba de adulterio, envidias, robos, toda la información se la llevaba el enano de la sotana, eso la carcomía.

Como todo pueblo, cuando algo pasa con suficiente frecuencia se transformaba en costumbre y por ende en ley, al salir clemencia de su cita con el párroco esperó al próximo que llegara.

—Hola Martica, el padre quedó muy afectado por las ceremonias de ayer, se ha quedado sin voz, pero igual se realizará la jornada de confesión, la penitencia será entregada por escrito a través de la rejilla, me ha pedido que esperara a la próxima persona que viniera y le informara que siguiera al confesionario y que él le golpeara dos veces la misma a través de la madera para informarle que ya puede empezar a hablar, sígase, espérelo ahí en el confesionario mientras que voy a despertarlo ya que quería descansar un momento.

Ah y por favor cuando termine espere en el atrio al siguiente y explíquele la situación. Gracias querida—

Martica desconfiaba, pero obedeció, entró en el confesionario, puso la señal de ocupado y se sentó. Aunque era un mueble antiguo y casi completamente cerrado podían verse los pies de las personas que se acercaban y cuando vio el par de zapatos negros y la sotana casi arrastrándose, se tranquilizó.

Sonaron los dos golpes en la madera comenzó:

—Discúlpeme padre porque he pecado, soy humana—… y tras justificarse, evadiendo toda culpa, dio rienda suelta a sus cargas.

—Padre, desconfío muchísimo de mis vecinos, incluso ahora estuve a punto de irme, a esa lengua suelta de la Clemencia no puede creérsele nada, si no hubiera visto su sotana o si usted hubiera tardado 1 minuto más me habría ido sin mirar atrás.

Pero bueno ya está usted aquí, he vuelto a tener esos sueños padre, en los que el alcalde llega a mi casa a hurtadillas y tras levantarme de mi cama me lleva a los corrales en el patio y como en la épocas de juventud caemos en pecado, como animales padre, como animales y aunque me revuelvo en aguamasa y estiércol el placer que se siente padre, el maldito placer hace que me calle y le oculte estos sueños a mi esposo, sé que está mal pero es que él sigue igual, ya son 8 meses en los que no cumple sus deberes maritales y yo, soy humana padre—

La confesión de Martica se extendió en banalidades, mentiras, omisiones, pequeños robos a su marido, pero nada que fuera aumentar drásticamente su penitencia, cuando por fin se calló  un papel se asomaba por la rejilla, allí aparecía las penitencias que debía cumplir, padres nuestros, avemarías, servicio comunitario y baños con agua fría cada día después de los sueños, era un castigo conocido pero poco aplicado y a regaña dientes aceptaba cumplirlo, al final decía, si cumples con esta penitencia serás absuelta y perdonada.

Al salir martica espero en el atrio cerca de treinta minutos y paso una a una las instrucciones y las causas de las mismas.

Uno a uno pasaron al confesionario y uno a uno sus pecados fueron escuchados, incesto, fraude, homosexualismo y sodomías fueron confesadas durante la jornada, pérdidas de virginidad con hombres casados, con viajeros y blasfemias, todos con un dulce estribillo, lo siento padre mis pecados son los mismos de la última vez…

Los desfalcos de la alcaldía, en los cuales tanto el Tesorero como el Alcalde, manifestaban una buena intención al invertir dinero del presupuesto en la retribución a sus auspiciantes y el pequeño porcentaje del 15% recordándole que el 10% de ese 15 iba para la iglesia como agradecimiento…

Clemencia cerró la iglesia a las 8 de la noche como cada lunes y el pueblo descansaba en paz, sus pecados les habían sido perdonados. Todos iban a dormir tranquilos hasta que la radio dio el aviso, el cura había fallecido, su chofer lo había encontrado muerto en su dormitorio al momento de recogerlo, el parte médico anunciaba que había fallecido en la noche del domingo.

Clemencia reía al escuchar la noticia, la jornada de confesiones había resultado agotadora pero el premio era suculento, su lengua jamás había tenido tanto para contar…

A las puertas de

—Era de noche y estaba cansado, era de noche y estaba muy cansado, pero no le pesaba el cuerpo, el esfuerzo había sido mental y emocional, vacío, la vida era vacío y aunque en el vacío no hay nada, el vacío pesa.

Las noticias esa semana no habían sido fáciles, el Alzheimer prematuro, como todo en su vida, al igual que la fama y el dinero le llegaba demasiado pronto, ahora se enfrentaba a una idea, su idea se perdía, su vida, la posibilidad de vivir, o de ganarse la vida que para un hombre acostumbrado a hacerlo es tan fatal como el cáncer.

Con todo eso en su cabeza, con cada dolor, y cada angustia en su mente, caminó pateando una piedra, una piedra que a su vez era una idea, la idea de él mismo; caminó pateándose, para recordar que la vida lo estaba haciendo, pateaba con furia, como la vida lo estaba pateando y por primera vez, decidió que debía ceder al vicio, la virtud lo abandonaba y esa era la única señal posible.

Cuando terminó de patear la roca, frente a él estaba el gran anuncio: Jardín de Las Delicias, sí el vicio era lo opción, la señal estaba clara, sacó su celular y buscó el nombre en internet, “pub erótico” show temático, las reseñas eran positivas, y mientras pensaba si entrar o no, la chica del show pasó a su lado —No lo piense tanto, aunque la verdad adentro no pasa mucho, todos se acobardan, hace unos días vino uno, lo sacamos al escenario, podía masturbarme con un dildo, si hubiera sido realmente un hombre hubiera hundido su cara entre mis tetas, o me hubiera hecho sexo oral delante de todos, por lo menos se hubiera animado a tocarme las tetas, pero el imbécil solo me sobaba el tobillo, aunque tenía iniciativa, era torpe y tierno, pero es casi ofensivo, no soy una mujer para dejar pasar, no busco lástima, ni perritos lastimeros, me gustan los hombres que pueden someterme, y vos tenés cara de ser, aunque tenés los ojos llenos de angustia y de dudas —No son dudas, bueno no sobre lo que propone, coincido no es una mujer para dejar pasar, quizá por eso él no la tocó más, porque cuando una mujer es muy fuerte, el brío tiembla, el animal se doma, quizá era un gran amante, quizá solo un cobarde.

—Los susurradores, son unos Indios de la Pampa, que doman a través de la caricia, jamás le sacude un golpe, porque lo trata con paciencia sin igual, hasta que al final se le entrega dócil el animal, pero no viene al caso, los que vienen acá tienen pinta de entenderlo; —De repente notó que ella lo veía, que le hablaba, y la saludó —Hola, perdón, dice que no vale la pena, pero eres el show central —Ella lo interrumpió de inmediato —Me refiero a que no es lo que se espera, no es lo que suele buscarse, no vas a encontrar sexo gratis, no es una orgía romana, no es Sodoma ni Gomorra, aquí no hay un circo de perversiones, la mayoría nunca se deshace lo suficiente de los miedos, se temen, así que si buscas vicio, porque tenés ojos de hacerlo, no vale la pena —Entiendo, sí estoy en búsqueda de dejarme caer en algo, húmedo, en un sexo eléctrico, un sexo que parezca una ventosa, empapada, que succione de mi la vida que he vivido, la esperanza del futuro con el que soñaba, busco donde naufragar, simplemente, no tengo ánimo para nada más —Así son los rotos, sin esperanza los hombres son atrevidos, pierden el pudor, la fe, el miedo, los hombres vencidos, son mis favoritos —Es una invitación —No cariño, es una posibilidad, vos no entrás con nada asegurado, aquí no venís a hacer lo que querés, la esperanza da un ahínco innecesario, me gustan los derrotados, así que si no podés asumirlo no crucés esa puerta.

— Él sacó un cigarro y lo puso en sus labios, ella se lo encendió, y durante toda la noche llevó con paciencia el cigarro a sus labios, con calma pensaba “sería tan malo perder la memoria”, mientras que fumaba la gente a su alrededor entraba y salía, salía oliendo a sexo, salía cansada, agotada, salía y sonreía, adentro había vida, él no quería más, había una trampa, “si entraba y no iba por la gloria de su carne, sería como el cobarde que le acariciaba el tobillo, pero si entraba airoso y con fuerza en su búsqueda, sería rechazado porque le habría arrebatado su poder a ella”.

“Había otra opción”, pensaba, mientras fumaba al lado de la puerta, “ella era peli roja, alta y delgada, así que podría entrar y buscar una mujer diferente, opuesta, voluptuosa, de piel morena, podría entrar y hacer amigos, invitarla a subir al segundo piso del que hablaban en la reseña, convencerla de subir con ellos, ser ese macho brioso que ella quería, pero no con ella, caminar desnudo por todo el lugar, penetrarla a ella a la otra y no a ella delante de todos los ojos, incluso de los delante de ella la de fuego, robarle su fiesta, su show y hacerlo suyo”, podría, podría hacerlo.

Sonreía pensándolo, sonreía frente a una pared blanca, sonreía con una erección en sus pantalones, sonreía mientras la enfermera, los doctores, y los pacientes pasaban a su lado. Tenía 38 años, hacía solo 8 que de manera prematura un cáncer en su cerebro se había desarrollado y afectado su memoria, Alzheimer pensaron en un comienzo, era mucho peor, ahora hablaba, sin saber de que hablaba, vivía o revivía constantemente su pasado, y el antes memorioso profesor, ahora vivía en una ruleta donde el presente nunca era una opción.

Una pelirroja delgada lo visitaba, alta, hermosa, con una sensualidad vulgar pese a sus cuarenta y tantos, lo acompañaba y se encargaba de él.

—Disculpe—le preguntó una enfermera,—¿Cómo se conocieron? —Aunque ella sabía que en verdad preguntaba: qué hacía allí, una mujer hermosa, joven, vital,  al lado de un cuerpo sin cerebro, que en su pregunta había un reclamo, una advertencia, ¡Aléjese ahora, aún está a tiempo, no se quede con él que está averiado! —Este hombre, ja, digamos que demostró que sabía robarse el show, y después de eso, nunca pude dejar de verlo, lo conocí así, como lo ve hoy, ensimismado— y luego dijo pícaramente mientras con sus ojos guiaba a la enfermera a su entrepierna —lo conocí así, ¡pero lleno de vida por dentro!

Hombre Gato

Salvaje

Siempre había estado al tanto de su problema, era grotesco, había algo en lo visceral que le parecía digno de atención. De niño jugaba a apretar la nariz de los mayores para ver cómo la grasa brotaba de la piel como gusanos, pensaba que los seres humanos eran una capa de piel que retenía toda clase de cosas asquerosas… cagar confirmaba su teoría.

Con el paso del tiempo, su sentimiento crecía, el olor de su cuerpo cambiaba y también el de aquellos que estaban a su alrededor, la peste quería salir, destruirlo todo a su paso, aprendió a disfrutar rápidamente de todo aquello que revelaba la naturaleza del hombre, el salvaje olor que bañaba el cuerpo de sudor, la sutileza le parecía innecesaria y postiza.

Escupía en la calle, lo hacía sentirse hombre, la pulcritud la consideraba femenina, débil, no se peinaba y evitaba la ducha cuanto pudiera, a solas con su aroma se pasaba horas, lo disfrutaba y poco le importaba que estuviera fuera de toda convención, el olor detrás de sus orejas, sus axilas o sus genitales lo alegraba.

Le parecía que para el hombre el mal olor era esencial, los perfumes, las cremas, todo aquello que era artificial lo desconcertaba, a él no le importaba hacerle sexo oral a una mujer durante su menstruación, lo prefería, le gustaba el aliento a semen con el que quedaban después de una felación, lo excitaba más y más, era un buen amante, solo que uno sucio.

Había encontrado una forma de sobrellevar su vida, se anunciaba como actor para juegos específicos, generalmente para satisfacer la fantasía de una violación o la de sexo por caridad con un mendigo, poco le importaba, simplemente deseaba impregnar su barba del olor de un sexo húmedo, un recuerdo que lo acompañaría por dos o tres días.

Izaba su ropa interior blanca y manchada como bandera, no tenía un solo par que no estuviera percudido, ni una sola prenda libre de manchas y por supuesto menos de olores, sus excesos en este tema lo hacían correr de cada pensión tras algunos meses.

Con el tiempo la ciudad empezó a aburrirlo, los olores artificiales empezaron a  cansarlo y poco a poco se adentró en las montañas, acostumbrarse le llevó poco tiempo, pasó sus primeras semanas sin problema, revolcándose en lodo, comiendo frutos y marcando su territorio.

No era un gran naturalista, aunque creía que su instinto era tan fuerte como el olor que tenía, grave error, no comprendió que su hedor, esa prenda de aroma que tanto disfrutaba sería su peor enemigo, sentía los aullidos cada vez más cerca, sentía el hedor de otros seres a su alrededor y sentía miedo.

Corrió desesperado, los gruñidos estaban cada vez más cerca, corría, caía y se lastimaba, pero no había tiempo para lamentarse o cuidarse las heridas, tenía que seguir corriendo. El miedo le impedía hablar y pronto las balas empezaron a silbar sobre su cabeza, defecaba mientras corría a cuatro patas, estaba aterrado y no podía reaccionar, no podía ponerse sobre sus dos piernas y gritar: ‘‘soy un hombre’’, y aunque hubiera podido no estaba convencido de serlo.

Los disparos lo atizaban, el ladrido de los perros ya cargaban con su aliento, la sangre le hervía, estaba desesperado, corría, corría sin voltear a ver dónde venían sus perseguidores, corría sin importarle nada. Aunque fue herido, no pudieron encontrar el cuerpo, la bestia había sobrevivido y los rumores no tardaron en propagarse, un monstruo habitaba cerca de la villa, la temporada de caza sería entretenida.

Signos

Era leo y su ascendente sagitario, confiaba en que los días soleados eran buen augurio y se encontraba a una nube de distancia de la melancolía, su cama daba siempre salida a la derecha solo para no correr riesgos.

En cada sitio donde colgaran sus piernas, una silla alta, una mesa, un muro, lo interpretaba como una invitación a recordar su niñez. Para él todo estaba cargado de significado y eso lo hacía feliz, pensaba que un hombre, un ser humano debía creer en algo, en lo que fuera, pues era la primera muestra de humildad que podría brindar.

Cuando una persona confía en algo diferente a sí mismo, puede crecer, está alerta a lo que pueda brindarle su creencia, sin embargo le gustaba en especial aquellos que creían en las personas, ellos estaban tan alto en su percepción que eran sus personas favoritas, eran señal de que todo no estaba perdido, que el camino al corazón de los demás solo estaba olvidado.

Aquellos que como él buscaban significado en cada uno de los elementos que rodeaban su vida los consideraba más despiertos y sensibles, creía que el universo los había elegido como recipiente de ideas, que su conexión con lo místico era mayor, catalizadores, eran catalizadores de sueños y sus sonrisas irradiaban alegría y su llanto lo emparamaba, hacían que la melancolía lo abrazara cuando conocía a una persona que creía él simplemente caía fascinado ante su encanto… eran personas libres de sí mismas.

También le emocionaba escuchar apreciaciones sobre él, porque creyendo en los signos no dudaba en escuchar lo que representaba, saberse signo era para él vaticinio de lo bueno y lo malo, era estar vivo y saber que encarnaba sus deseos, anhelos y pretendía conocerse aún más a través de los demás.

Suspiraba con frecuencia y cada que encendía un cigarrillo creía que con él maduraba sus ideas, las adobaba y que -al igual que los barriles de añejamiento– las bañaba con un sabor amargo, con una pinta de sobriedad e inteligencia, le gustaba pensar que era inteligente, sus pasiones le parecían signo de ello y por ende una verdad que debía abrazar y seguir.

Pero su condición se lo impedía, sus manos siempre estaban atadas hasta las diez de la mañana, su espíritu no se encendía hasta después de las dos de la tarde y su corazón no estaba dispuesto a latir a un ritmo altivo sin que cayera el sol y esto también era un signo que solo en sus mejores días descifraba, entendiendo que su pijama apretaba mucho su cuerpo porque era una camisa de fuerza, que sus nervios destrozados eran esclavos del cáncer que consumía sus días y que aún continuaba en ese manicomio, que su decisión le había hecho prisionero y que nadie creía tanto en los signos como para aceptar su defensa, nadie nunca le había creído que la razón para dinamitar esas escuelas era tan solo un acto que buscaba liberarnos de las fábricas que arruinaban la creatividad y sus productos perfectos, debían morir, antes de perder su vida, merecían morir por no ir tras sus propios signos.

De repente, el ruido de las explosiones volvía a sonar en su cabeza, sonreía mientras meneaba las piernas desde su columpio.

–Jaime, ¡es hora de volver a clase!– Gritaba su maestra desde la puerta de la escuela, no comprendía su alegría si el llamado era para terminar su descanso. 

–¿Por qué sonríes Jaime?—

–He comprendido mi futuro maestra, yo salvaré al mundo algún día, ya sé cómo hacerlo…–

A imagen y semejanza

—En las sillas de un bus me han pasado muchas cosas, comencé a contarle a la chica que estaba a mi lado sin prestarle mucha atención a si me escuchaba o no. Supongo que era parte de esa cascada de pensamientos; la verdad es que igual me había sucedido a mí cuando -sin estar seguro de quererla o no-recibí la imagen, y ahora no podía desprenderme de ella. Por fortuna preguntó.

—¿A mí me habla?, —no me había fijado en su cabello ensortijado, negro y oscuro, no había notado tampoco sus labios gruesos, y por alguna razón tampoco había notado sus ojos, a todas luces retóricos y parlanchines, de sonrisa escandalosa-esa mujer podía contarte el quijote en una mirada, regalar un jardín de delicias en un guiño, pero era intrascendente, quería desearla, pero la imagen seguía allí y me fue imposible, así que aproveché su respuesta para decirle: No estoy seguro, creo que aún hablo conmigo, disculpe, no quiero molestarla, pero es difícil, no he dejado de pensarlo. Quizá solo hablaba en voz alta, no tengo nada específico qué decirle, pero siento también la pulsión de contárselo todo. Verá, es interesante, y la verdad es que aún falta mucho para que nos atiendan a alguno de los dos- le dije-pensando en que llevábamos un rato sentados y la chica de la recepción había sido clara en que con 2 médicos menos, el consultorio de exámenes laborales iba a prolongar su tiempo de atención; el caso fue que ella asintió y yo pude contarle.

Tengo un amigo, es muy creyente, una de esas pruebas de que la fe es inútil y poco próspera, que no mueve montañas ni persuade voluntades -es una forma de hablar, no pretendo ofenderla si es creyente- pero si lo conociera entendería que si él no tiene un granito de mostaza, nadie lo ha tenido nunca. El caso es que toda su familia ha muerto, su esposa le ha dejado y para colmo su trabajo ha sido eliminado a causa de un recorte, él ni siquiera se ha inmutado, estóico, digno, ha velado a sus hijos, y sus padres, él mismo le ha ayudado a sacar sus maletas y sus pertenencias en un acarreo a su ex mujer, un acarreo en el que quien conducía era su amante. No la increpó, no la insultó, no desahogó su rabia más que en una profunda calma, créame si antes de la tempestad viene la calma, de ese hombre vendrá el fin del mundo. Pero no viene al caso su resiliencia, ni su ingenua y apostólica capacidad de permitir que se haga en la voluntad de su señor, no, no tiene nada qué ver.

El hecho es que la idea me ha sorprendido de golpe, y si dios no fuera nuestro dios, ¿se imagina ser solo un juguete quizá para un ser cósmico, para un universo en expansión?, ya sé que suena ridículo, pero medítelo, ¿y si el universo fuera un gato?,¿ lo ha pensado? cumpliría con todos los criterios: el trato frío e indiferente, las buenas épocas que a veces nos ronronean y las malas rachas que nos arañan todo. El universo es a todas luces un gato, a imagen y semejanza, indiferente, caprichoso, adicto al caos, perezoso y demandante, independiente de cualquier plan, o conducta, ¿puede imaginarlo?Va por ahí con su paso tranquilo, echándose de espalda en los planes del destino, rompiendo estrellas consumido por el deseo de atrapar la luz impalpable, ¿conoce la historia de Quelona?

—¿Debería? —Preguntó ella casi indignada, —No, no debería, son gajes del oficioos libreros sabemos mucho de eso que a nadie le importa. Sucedió, si es que sucedió, en Grecia, lo que se conoció como el reino ático, allí se difundió alguna vez el mito de que el mundo iba a espaldas de una tortuga, otras culturas la llaman Aspidochelone, una tortuga con un continente a su espalda, una isla. No tiene importancia como le digo, son solo datos estúpidos, pero me hacen pensar en que bien podría no ser una tortuga, sino un gato, no ser el mundo, ni un continente, sino el mismo universo entero, la voluntad de un gato, ¿lo imagina? ¿Ser solo una proyección, una imitación de una creación, o quizá una programación desfasada de un niño intergaláctico que ha creado una inteligencia artificial que emula el comportamiento de su mascota intergaláctica?, ¿lo imagina?, No negará que tengo razón, que cumple al pie de la letra la posibilidad.

—Cielo —llamó la enfermera de la recepción, y ella se levantó con una gracia felina, sonrió estirando la comisura de los labios a la mitad de sus mejillas y solo respondió Miau.

—Sigue mal Rosita, auméntele la dosis, aún desvaría, y continúa disociado, no reconoce la partida de sus hijos y sus padres, no habla de la pérdida de su mujer, ni de nada, habla de él como un tercero al que no conoce pero admira, el shock le ha borrado la mente. Serviría tanto si pudiera recordar y decirnos qué tomó, en qué cantidad, pero es inútil, hoy está bastante creativo, ¿sabe qué me ha dicho?, ha encontrado la forma de crear una teoría en la que el tiempo, y el universo son un gato.

—Miau, respondió Rosa. Con una sonrisa marchita, con la esperanza triste, con el dolor en la garganta.

Herencia

Cuando falleció mi padre, recibí como herencia un pequeño Bar, más que un bar una tienda, pero los clientes predilectos jamás compraron un huevo, ni un pan, jamás vinieron a completar su desayuno, ni a fiar para un cubo de carne para un almuerzo, el surtido me respaldaba, era un bar: tequilas, whiskys, rones, cervezas, aguardientes, nada lácteos ni yogures, el acta de registro decía solo establecimiento de comercio, permiso para vender licor.

Junto con el bar recibí también un cuaderno lleno de anotaciones, desde cómo organizar la cerveza para que la marca que más se vendía y la que menos, estuvieran siempre frías, disponibles y a la mano, la mecánica para el baño, a quienes sí, y a quienes no prestarlo, eventos y preparativos, y una lista muy interesante: Clientes Únicos.

El Tanguero

Casi solo, si tuviera que describirlo esa sería la mejor forma, su mesa nunca está llena, siempre hay lugar para alguien más, se expande con facilidad, se desparrama con un bandoneón tomando aire, pero a medida que todo se ensancha, se aleja de él, los todos lo saludan, los grupos se apartan, y él en medio siempre de una conversación, entre dos rostros que por cortesía a veces lo incluyen en sus pimponeos.

Su mesa es asilo, se sientan conocidos y desconocidos, foráneos y locales, de todo se toma en su mesa, a todos se les sirve, para la cuenta a nadie se le pide, pero no es tonto, a quien la mano le pesa a la hora de retribuir, no de pedir, no vuelve a ocupar allí un lugar.

Salsa suena, pero no se inmuta, rock suena, pero no se inmuta, pero cuando una milonga, o un tango se asoma, la debacle comienza.

En África, algunas tribus llaman: nyati a los búfalos, la palabra traduce muerte negra, por su necesidad de venganza, su deseo insaciable de no morir en vano, algo de eso tiene el tanguero, de muerte negra, de dolor perpetuo, herido está. Por eso cuando suena un tango se aleja un poco más de todos, y se acerca en silencio a la botella, la acaricia, el dedo juega y la recorre, de arriba abajo, parece que le coquetea, parece que la acecha,  remueve la tapa con pequeños giros que realiza con el dedo anular, no solo la destapa, la excita, cada giro se muerde los labios, cada giro sin quitarle los ojos de encima.

Hace un gesto y el hielo llega, dos cubos que pide siempre le pongan en las manos primero, luego los lleva a la boca por turnos, juega con cada uno, —caliento los hielos y  enfría la boca— dijo una vez cuando alguien le preguntó porque lo hacía, —sabe mejor el sentimiento que se bebe cuando se hace— añadió, luego sirve cansado y al ojo, sin copa ni medida, como una intuición, bebe su dolor, su alegría, su cansancio, sus derrotas, con tango se aísla, se refugia en sí mismo y bebe, bebe con la nariz, acercando el vaso a sus fosas nasales, cierra los ojos y lo imagina, no sabe catar una mierda, no distingue entre 3, 5, 8 , 12, 18 años, no sabe la diferencia entre burbon, no single malt, no entiende que es un blend, no le importa, no necesita captar olor a grosellas, ni presumir del buqué ni del cuerpo de lo que bebe, lo que bebe no tiene los años de la botella, ni el aroma de la barrica, él se bebe las canciones, los recuerdos a los que están unidas.

Eso lo contó un día, en que estaba solo, casi solo, ese día entendí dos cosas, que nunca estaba con nadie por completo, que nunca estaba solo por completo. Que siempre estaba con las que había dejado, con los que amigos que ya no habla, con las posibilidades de sí mismo en las que no se convirtió, con la melancolía embotellada.

—Quedarse casi solo, vale la pena cuando se pierde por las razones correctas, — dijo ese día en que bebía y escribía, nunca entendí a que se refería, no me interesaba tampoco, yo solo aprendí que, si la semana había estado difícil, siempre me vendría bien un tango para cuadrar la noche.

***

—Siempre creí que era un tipo simple y distraído mi padre, me equivoqué.—

La otra memoria

Una de las cosas que hemos dejado de valorar es la posibilidad de olvidar, parecía buena idea poder guardarlo todo, era un sueño cuando los disquetes tenía la capacidad de 1.44 mb, cuando además somos conscientes de que en realidad nada ha ocurrido como lo recordamos.

Por lo general el olvido aparece en nuestras vidas como un traspié, grandes inventos deben haberse olvidado, aunque no faltará el mequetrefe que diga que “si hubiesen sido tan grandes no habrían sido olvidados”, papanatas, olvidan que todo gran invento comienza con una pequeña idea, y que en ese estado es frágil… pero no olvidemos de lo que hablamos, del olvido, del bien que nos hace olvidar siempre y cuando, no sea, la fecha de pago del recibo de los servicios, o tomar la pastilla anticonceptiva, y esos momentos donde pese a la familiaridad y entusiasmo con que nos saludan en la calle, el nombre del extraño no viene nunca a nuestras mentes, para los demás momentos, el olvido tiene valor terapéutico.

El problema, es la otra memoria que hemos olvidado, la digital, uno ha seguido con su vida, los años han pasado, y de repente Facebook te dice que hace 8 años estabas con la mujer de tu vida, esa otra vida que ya no recuerdas, comiendo un helado, una frase célebre de un autor al que ya no le guardas culto, una cerveza con un amigo de quien ya no sabes si vive aún, esa sonrisa tonta y pedante con la que te gustaba cerrar las discusiones; o cambias el celular y de repente recuerdas a otras mujeres de otras vidas casi posibles, tan cercanas, historias que, aunque cortas fueron intensas y de repente como toda promesa rota, dolorosas.

Así también nos agarran abajo las etiquetadas en redes, los TBT, se nos ha negado el olvido y el olvido es un regalo, no se puede vivir aquí si se recuerda todo, de hecho las sobrecargas de memoria generan crisis nerviosas, amargura e ira, por eso todo hombre con buena memoria es en esencia desdichado, carga consigo no solo su día ni su mes, ni su año o sus años, carga con él la vida de los demás y su contexto, sí, suelen ser prudentes, o sabios, buenos conversadores y ofrecer a pesar de sí mismos consejos para los demás, pero su melancolía nunca se extingue, por el contrario, crece con cada recuerdo, sin embargo, incluso ellos olvidan, solo que olvidan menos.

Recordar antes era un viaje para el que te preparabas, había calentamiento, buscabas el álbum de fotos que querías ver, las diapositivas que ibas a proyectar, el video casete que ibas a reproducir, ibas a hacia los recuerdos por una acción inducida, voluntaria, hoy es diferente y por eso poder olvidar es un regalo.

Intenten recordar su vida sin notificaciones, sin urgencias externas, solo con su deseo, un día a la vez, un solo anhelo, sin angustiarse por un led que cambia de color recordándoles a donde ingresar, qué ver, qué leer, intenten, solo por un segundo verlo como se los pido, hagan las pases con el olvido, con ser olvidados, porque va a pasar, pero eso es lo natural, lo importante, lo real no tiene medida mínima de tiempo, fuimos, debe bastarnos con eso, porque no hay vuelta atrás, pero eso es lo importante, que entendamos que fue real; seguiremos queriendo por instinto, anhelando por reflejo, y podremos volver accidentalmente a algunos lugares comunes, y ver de lejos ese momento, pero no será a voluntad ni orden ni progresivo.

Recuerdo que mientras hablaba el especialista de enfermedades degenerativas no había dejado de jugar con la historia clínica, ni de mirar con una especie de lástima y dolor a la familia, y cuando terminó de darle vueltas al asunto, explicó que la enfermedad avanzaría devorando los recuerdos, que con el tiempo todos iban a desaparecer, incluyéndome, —como Benjamin Button— dijo, aunque solo mentalmente, mi cuerpo envejecerá con normalidad, pero será un cascarón, el daño va a ser tan grande, que yo dejaré de existir en 3 años, mi cuerpo seguirá aquí ocupando un espacio en un acogedor silencio, olvidaré leer y escribir,  a mí me omite, quizá nunca le ha dado esta noticia a un escritor, quizá es venganza, quizá él no quiere ser olvidado.

La otra memoria, dice para terminar, siempre me mantendrá vivo.

Algo hay en el aire

No sabría bien cómo explicarlo, pero, desde hace algún tiempo, desde que dejé de fumar, he notado que hay algunas cosas en el aire; los olores, los aromas, los dulces encuentros de recuperar el olfato fueron sin duda alegres, pero con el tiempo, con el tiempo todo ha empeorado.

Quizá fumaba por autoconservación, quizá el amorío adquirido en la adolescencia con el tabaco venía la intuición de que la nariz iba a matarme, déjenme explicar un poco mejor, fui sumamente feliz al poder distinguir por el aroma a mi esposa, y a mi perro, también fui feliz de que ellos no fruncieran el ceño cuando yo entraba en una habitación.

Pero con el tiempo noté algo, cuando teníamos un resfriado, el perro podía olerlo, y eso me obsesionó, pasé meses entrenando mi nariz, intentando despertar el máximo potencial de mi olfato, y aunque no llegué a igualar el poder de mi costal de pelos, definitivamente ahora noto cuando hay algo en el aire.

Pude saber cuando mi esposa había quedado embarazada, no me refiero al momento justo en que en medio del orgasmo el espermatozoide fecundó el óvulo, no, pero días después su cuerpo no olía igual, era diferente, pequeñas notas de almizcle, un dulzor hasta ahora extraño, alejado de sus tonos cítricos, no sabía lo que pasaba hasta que el perro empezó a comportarse diferente, la cuidaba más, la celaba más, todo esto antes del segundo mes, cuando ella todavía pensaba que su retraso en el periodo venía de sus desórdenes hormonales y ni sospechaba aún de su maternidad.

Cuando nació la niña la casa se llenó de aromas nuevos, el perro y yo estábamos extasiados, ella y sus productos eran el mejor spa en el que hubiéramos entrado, el olor a humano nuevo es cien mil veces mejor que el olor de tenis o auto nuevo, por lejos es el mejor.

En este punto podía reconocer algunos olores tenues que me excitaban, no hablo de la humedad de un sexo caliente, aunque podía notar cuando Andrea estaba ansiando que le metiera la mano, bajo la falda o que la tomara desprevenida, se la subiera y la penetrara con fuerza.

Sin embargo, un día noté un olor diferente, un olor lechoso, no fétido, pero sí penetrante, sabía que algo no iba bien, no solo yo estaba desconcertado, Balú lo confirmaba, se movía inquieto, no era un olor desagradable en sí mismo, pero me generaba angustia, no fue de la noche a la mañana, no, para ese entonces, Marcela había crecido, se había mudado de casa, habían pasado 30 años desde ese último pucho, Balú era Balú segundo, sin raza como el primero, y Andrea había encanado hasta perder el castaño de cada cabello.

El aroma lo busqué durante meses en la nevera y en la cocina, ese olor a mantequilla que cada vez era más penetrante y se apoderaba del ambiente empezaba a molestarme, compré eliminadores de olores y aromatizantes, pero al final siempre el hedor volvía a apoderarse de la casa, y yo que había evidenciado el embarazo antes de que Andrea lo sospechara, me estaba volviendo loco sin poder encontrar la causa de este aroma mantequilludo.

Balú se acostumbró con el tiempo, Andrea dijo nunca haberlo sentido, pero yo sabía que estaba ahí, me perseguía, a donde iba lo olfateaba todo y no lo encontraba, y a cualquier lugar que llegaba al poco tiempo podía percibirlo. Quería volver a fumar para perder el olfato y no tener que sentirlo de nuevo, estaba desesperado.

Hasta el incidente del domingo que la mejor amiga de Marcela, la chinita, madre de un mocosito de unos 8 años, un niño atento, divertido e imprudente como todo infante, ha dejado todo claro. Vinieron a visitarnos, almorzar y pasar la tarde, y antes de irse, Cristian ha vuelto evidente mi tormento, justo antes de irse ha dicho: Alfonso huele viejito.

No era una enfermedad, no era nada en la nevera o la cocina, no era el ambiente, lo que desde hace unos 20 años me arruina la vida, es que huelo mi propio tiempo desapareciendo, el olor de mi propia muerte.

Correo

El correo siempre llega

Una hoja en blanco, cada que trataba de responder sus cartas, se encontraba con un inmenso vacío que le impedía hacerlo, había miedo y exceso de reflexión en él, tanto que no tardaba en convertirse en tedio.

En esos momentos corría a leer las cartas recibidas, buscaba tan arduamente como podía alguna pregunta, algo específico que ella le hubiera preguntado, algo sencillo que le diera pie a la narración de su propia vida, pero no recordaba nada especial, sus ojos estaban demasiado enfocados en la meta y comenzaba a sentir que había abandonado la realidad.

Comenzó disculpándose: te ruego me perdones, la demora no ha sido fácil, he vivido muchas vidas en los últimos meses, me he fragmentado, cercenado pieza a pieza, emoción a emoción y hallar algo de mí que no haya ya separado de mi vida es difícil, espero que me entiendas y sepas que esto es una metáfora, mi cuerpo está intacto, pero mi cabeza es ya muchas partes.

A través de tus cartas he recuperado una vieja pasión, la posibilidad de crear mundos distintos, todos ellos habitan en el cuaderno y el tintero que olvidaste al partir, es mi único diario, fuiste muy amable al olvidarlos intactos.

Hay allí historias de hombres salvajes, ermitaños y sucios, hay desesperación, odio, miedo, desamor de la misma oscuridad y densidad que la tinta en el tintero de donde nacen, cada uno al nacer se ha bañado con algo de mi propio ser, han requerido ese soplo, esa transmutación de mis propias emociones para vivir. El cinismo es su lengua común, creo que al fin he tenido los hijos a los que siempre temí.

Los cuentos son oscuros, he decidido llamar a ese pequeño compendio Literatura Desesperada, ha sido difícil desprenderme de ellos, permitir que otros los conozcan me provoca un miedo terrible, debo sonar como uno de esos sobreprotectores de los que siempre me quejé, quizá es miedo a destruir mi propio orgullo, a que los juzguen demasiado fuerte o a que sean aceptados demasiado fácil.

La poesía la he puesto en pausa, los versos han empezado a abundar en cantidades y su calidad parece no estar mejorando y he considerado que era el momento de silenciarla por un tiempo. Pero no he sido yo culpable de toda esta tinta derramada, las novelas que dejaste antes de partir también son autoras de este desastre, de alguna manera me han dado otros ojos, otros autores me han permitido ver su mundo, habitar en su cuerpo, sentir de otra manera, he sido un polisón de sus aventuras y ha sido inevitable soñar con una propia, o con muchas.

Comprendo que es un acto terrible el guardar silencio tanto tiempo, pero como he tratado de explicarte, no he sido yo, hay ya muchos a quien culpar, confío en que entiendas…

En ese momento alejó la tinta del papel, mano alzada y con tristeza arrugó su carta y la despedazó.

Tomó una postal y en su reverso escribió su nombre, bebió la tinta y la escupió sobre la postal. Al otro día la envió por correo.