Sueños de segunda

Desde que tenía memoria o mejor consciencia de ella, había querido escribir, creía como cree todo el mundo en la infancia que hacer lo que le gustaba depararía felicidad, era un pensamiento ingenuo, estaba en la edad de serlo y para colmo tenía la mala fortuna de crecer en medio de otros niños, ningún alma vieja que pudiera sacudirles un poco el mundo, lo más cercano era Pablito el triste, lo habían disfrazado de payaso triste hace un año y jamás había podido librarse del apodo, le venía bien, sobre todo desde que se enteró que sus padres se separaban y que además su mamá esperaba otro bebé, ya no era el hijo único, ya no tenía una familia, Pablito no se había autoinfligido dolor por medio del razonamiento, la vida se lo había hecho todo muy rápido como para asimilarlo, así que ahora solo era el triste, el niño que no sonreía, el que lloraba o tenía siempre ojeras de llorar a escondidas; y como no era suficiente la tristeza no podían despertar ante la realidad, no había nadie que les advirtiera, ninguno leía, ninguno tenía la suficiente vida para saber que después de los 20 la vida son más recuerdos que anhelos, y que estar seguro de algo era un privilegio guardado solo para los imbéciles.

Ahora tenía 22, trabajaba en una litografía a 20 cuadras del parque donde se emborrachaba con vino barato y donde fumaba sus puchos sin filtro, en donde la adolescencia rebelde le había dicho que el arte no se vendía, que más valía morir de hambre que en venta, que hacer lo que uno soñaba y quería era felicidad, así fuera en la miseria.

Creciendo había aprendido que nada que se ame te hace feliz, la escritura le dolía, su trabajo era agotador, la vida se había muerto un poco después de los 20, recordaba los sueños de todos y todos le parecían ahora ridículos, futbolista, cantante, reina de belleza, bomberos, astronautas, algunos tenía al menos el refugio cotidiano de pensar que si la vida les hubiera permitido alcanzar su sueño, sería diferente, serían diferentes, más exitosos, más felices, pero para mucho Wilde tenía razón, saber lo que quieres ser te lleva a la irremediable situación de convertirte en ello, destruyendo consigo todo, el pasado con los recuerdos sobre anhelos soñados, el presente porque nada más es posible y sobre el futuro, ni hablar, ninguno fuera de sí mismo. Escribiente, mal escribiente, jamás cazador de gorilas ni domador de serpientes, nunca filósofo ni cuentero de reyes, fuera de toda posibilidad galán de telenovela o actor de clown en los semáforos, nada, ninguna posibilidad es posible, ninguna alternativa una variable.

Solo él ahí frente a un computador, con una fila de señoras y señores viejos, diciendo que quieren decirle a sus hijos, sus sobrinos, sus nietos, sus ahijados, y él allí dispuesto a malgastar su escritura en una tarjeta, un recuerdo, una celebración, siempre a familias ajenas, siempre en victorias tan pequeñas como respirar o graduarse desde el preescolar hasta la universidad, tanta mediocridad celebrada por él, tanta cotidianidad exaltada, tanta realidad y ningún sueño propio por cumplir.
Ningún sueño de segunda al cual volver los ojos y las memorias.

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