Baguira rodea la caja, la inspecciona, mide su tamaño. Frota sus bigotes contra los bordes y calcula. Primero, coloca una pata delantera, luego la otra; inclina su cuerpo y trata de acomodar las traseras. Pero la caja no lo contiene. Se desborda. Lo intenta de nuevo, pero los bordes ceden y la caja se desarma. Maulla de rabia, muerde los restos y se aleja.
Baguira tiene tres años. Es un gato callejero. Muchos lo confundirían con un gato cobarde, pero quien vive en la calle sabe que hay miedos reales, angustias sensatas. Aprendes que «desconocido» y «peligro» son sinónimos, que la cautela importa tanto como la fuerza, que intuir es tan importante como saber.
Por eso maúlla. No lo sabe, pero lo intuye: ya no cabe en su escondite. Está expuesto. No está en peligro, pero podría estarlo. Su refugio, la falsa idea de seguridad, se ha desvanecido. Por eso se queja. Tiene derecho a hacerlo. Lo miro, con el corazón atravesado por un gancho de carne, con un nudo en la garganta, con la respiración pausada y los ojos ardiendo. Tiene derecho. No es miedo lo que siente. Lo conoce, en el fondo distingue la diferencia. Sabe que no está solo, que no ha sido abandonado. Lo sabe o lo intuye. Pero también sabe que ya no tiene su caja.
Lo entiendo.
Y él lo sabe, o lo intuye. Por eso camina hacia mí y maúlla de nuevo: ¡maaaaaau!
—Lo sé —le digo. Lo sé.
Y lo nota en mi voz. No hay condescendencia, no hay falsedad. Lo agradece a su modo, con un leve pestañeo distante, con una muestra de dolor en el rostro, con la impotencia evidente en los ojos.
También ha pasado un tiempo desde que ese aroma al que respondía corriendo dejó de estar presente. Ese otro refugio, ese otro espacio, también está ausente. Su mirada, un poco apagada, conecta con la mía. Ya no tiene su caja, y pienso en lo mucho que los hombres y los gatos nos parecemos al crecer.
Baguira ya no tiene ese pequeño rincón donde habita la paz, y yo ya no encuentro descanso en mis viejos refugios. En la botella ya no caben mis angustias, en el tabaco ya no se disipan mis preocupaciones. Ambos vicios eran para otros tiempos, para cuando era más pequeño, para cuando tenía miedo. Como Baguira, si tiemblo no es por miedo. Es llanto. Es impotencia. Si tiemblo es por rabia. No por miedo.
Él lo sabe. O lo intuye.
Yo lo sé. O lo intuyo.
Es solo esa sensación de quedarse por fuera, de tener una aspiradora en medio de las costillas, encendida a toda velocidad, halando, arrancando, desgarrando, sin vaciarse. Lo sé. Créeme que lo sé, Baguira. Sé lo que es perderse y sentirse perdido. Sé lo que es la ausencia.
—Maullá y despertá a los vecinos. Tenés derecho. Maullá como maúllan los gatos allá afuera cuando llueve o hace frío. Lo que se ha perdido es el refugio, amigo. No sabías que ibas a perderlo. Vos tenés derecho. No tenías culpa. No tomaste partido. Lo tuyo es mala suerte. No estabas listo. No podías estarlo. No sabías ni intuías que iba a pasarte. Y en tu mundo, en el mundo de la calle, eso es miedo.
Yo no puedo. No puedo rabiarlo. No del todo. No puedo soltarlo. No puedo desprenderme de la culpa. Yo debí saber. Debí intuir. Yo debí… y no pude verlo. Yo no soy inocente como vos. Yo no perdí por mala suerte. Y no puedo refugiarme ni siquiera en la ignorancia.
Me quedé allí, quieto, congelado, me quedé allí, no es tu culpa que no esté, que no vuelva, que vuelvas a tener cerca ese aroma al que corrías a buscar refugio, en el que yo también lo encontraba, no es tu culpa, debí verlo llegar, pero era embriagador pensar que todo estaba bien, por eso la pena de tu caja y mi botella; es la misma pena. Baguira sabe o intuye que sufro. Tiembla al rodearme los pies. Salta hasta la mesa y se acerca a lamerme las lágrimas.
Gracias por todo. Por tanto. Por siempre.