Signos

Era leo y su ascendente sagitario, confiaba en que los días soleados eran buen augurio y se encontraba a una nube de distancia de la melancolía, su cama daba siempre salida a la derecha solo para no correr riesgos.

En cada sitio donde colgaran sus piernas, una silla alta, una mesa, un muro, lo interpretaba como una invitación a recordar su niñez. Para él todo estaba cargado de significado y eso lo hacía feliz, pensaba que un hombre, un ser humano debía creer en algo, en lo que fuera, pues era la primera muestra de humildad que podría brindar.

Cuando una persona confía en algo diferente a sí mismo, puede crecer, está alerta a lo que pueda brindarle su creencia, sin embargo le gustaba en especial aquellos que creían en las personas, ellos estaban tan alto en su percepción que eran sus personas favoritas, eran señal de que todo no estaba perdido, que el camino al corazón de los demás solo estaba olvidado.

Aquellos que como él buscaban significado en cada uno de los elementos que rodeaban su vida los consideraba más despiertos y sensibles, creía que el universo los había elegido como recipiente de ideas, que su conexión con lo místico era mayor, catalizadores, eran catalizadores de sueños y sus sonrisas irradiaban alegría y su llanto lo emparamaba, hacían que la melancolía lo abrazara cuando conocía a una persona que creía él simplemente caía fascinado ante su encanto… eran personas libres de sí mismas.

También le emocionaba escuchar apreciaciones sobre él, porque creyendo en los signos no dudaba en escuchar lo que representaba, saberse signo era para él vaticinio de lo bueno y lo malo, era estar vivo y saber que encarnaba sus deseos, anhelos y pretendía conocerse aún más a través de los demás.

Suspiraba con frecuencia y cada que encendía un cigarrillo creía que con él maduraba sus ideas, las adobaba y que -al igual que los barriles de añejamiento– las bañaba con un sabor amargo, con una pinta de sobriedad e inteligencia, le gustaba pensar que era inteligente, sus pasiones le parecían signo de ello y por ende una verdad que debía abrazar y seguir.

Pero su condición se lo impedía, sus manos siempre estaban atadas hasta las diez de la mañana, su espíritu no se encendía hasta después de las dos de la tarde y su corazón no estaba dispuesto a latir a un ritmo altivo sin que cayera el sol y esto también era un signo que solo en sus mejores días descifraba, entendiendo que su pijama apretaba mucho su cuerpo porque era una camisa de fuerza, que sus nervios destrozados eran esclavos del cáncer que consumía sus días y que aún continuaba en ese manicomio, que su decisión le había hecho prisionero y que nadie creía tanto en los signos como para aceptar su defensa, nadie nunca le había creído que la razón para dinamitar esas escuelas era tan solo un acto que buscaba liberarnos de las fábricas que arruinaban la creatividad y sus productos perfectos, debían morir, antes de perder su vida, merecían morir por no ir tras sus propios signos.

De repente, el ruido de las explosiones volvía a sonar en su cabeza, sonreía mientras meneaba las piernas desde su columpio.

–Jaime, ¡es hora de volver a clase!– Gritaba su maestra desde la puerta de la escuela, no comprendía su alegría si el llamado era para terminar su descanso. 

–¿Por qué sonríes Jaime?—

–He comprendido mi futuro maestra, yo salvaré al mundo algún día, ya sé cómo hacerlo…–

A quien corresponda

Quiero contarte algo: he soñado que veía y besaba las tetas más perfectas del mundo; Pero antes de seguir, necesito saber, por qué no has dado aún respuesta a la última vez que te escribí, no sé si lo recuerdas, pero asumo que la carta llegó a su destino porque la empresa de correos no me ha notificado ninguna devolución, ¿o acaso vas a responderme que lo has olvidado?, ¿es eso?, ¿o acaso ya no tienes tiempo para responder las cartas de tu padre?

Ahora, lo cierto es que no tiene relevancia si leíste la carta, pero, ¿recibiste el paquete? Por favor escríbeme, cuéntame… ojalá algún día haya una forma de saber si el mensaje ha sido recibido, pero ahora, el único medio es este, escribirte y confiar en que el cartero no se equivoque, ¿se habrá equivocado?

Discúlpeme, si no debía usted recibir esta carta, perdone mi confidencia inicial, en verdad eran las tetas más hermosas y perfectas del mundo, tamaño, textura, una piel tersa… pero ese mensaje no era para usted, de casualidad no ha recibido usted un paquete el mes pasado, debe haberse entregado por la misma fecha. Si lo hizo, podría intentar que llegue a quien la espera, es vecino suyo, tengo entendido que les pasa a menudo, creo que alguna vez recibió de él un taladro, que, aprovechando el momento, ¿no podría también usted devolvérselo?

Tengo entendido que se ha vuelto usted un poco malumorado desde que lo abandonó, su esposa, sé que es duro que lo engañen, Gloria también engañaba a Alberto, mi hijo, es el vecino suyo, al que va dirigida esta carta, y la anterior, y el paquete y el taladro que usted robó. 

En todo caso, le decía, recuerdo esas cartas largas y graciosísimas que Alberto me escribió contando con total soltura sobre cómo gemía su mujer en pleno horario laboral, ¿aún lo llaman Alce? Perdone, no viene al caso, continúo me ruboricé mucho, escuchando sobre la libertad de la lengua y la capacidad pulmonar de su mujer, dice Alberto que gemía de una manera especial, muy bella, como coro de iglesiía. Así era Gloria también, él me contaba que lo martirizaba mucho, porque desde que se supo que a Alberto lo engañaba Gloria, en la industria nadie volvió a respetarlo. Lo perdió todo, lo que más le costó fue su dignidad. El era, quizá todavía lo sea, un hombre muy pudoroso y cobarde, pobrecito, nunca pudo disfrutar de la carne, me refiero al sexo, crecí creyendo que quizá sería pastor, o sacerdote. Era un chico bien parecido pero muy lerdo, sin malicia, por eso me llam{o mucho la atención cuando me contó lo de su mujer, debe haber sido una delicia en la cama, una pena que ya no vaya a disfrutarla más.

¿Está usted bien?, perdone la ligereza con la que trato el tema, pero mi hijo me ha dicho que todo el edificio lo sabía, incluso en su trabajo y por eso los bomberos le han cambiado el turno a la noche, para evitar que siga usted bebiendo, que se corre el rumor que usted lo sabía pero no le importaba porque le daba una excusa para beber. Déjeme preguntarle por qué no le importaba, de verdad sabía mejor una copa que su sexo húmedo… yo no sería capaz de resignarme, nada sabe mejor que un sexo empapado. Pero para los gustos los colores.

Alberto, aún vive en ese edificio, o se ha mudado, es cierto que me había dicho que quizá se iba, quizá cambió de domicilio cuando se fue su mujer, no tendrá usted la amabilidad de conseguirme la dirección de su ex mujer, quizá se fue tras ella, es un tipo menudo, gafas, nunca mira a los ojos cuando saluda, era el del apartamento 305 o el 405.

Cuando terminó de leer carta Carlos se levantó arrugándola, miró a su cama vacía, el abandonó inexplicable de su esposa hace un mes lo tenía convertido en un despojo lleno de ira, sudaba, y con cierta calma, tosca y torpe caminó dando tumbos hasta el apartamento cerró la puerta del 405 y sin vacilar, caminó hasta la 305 con el taladro en la mano.

Los gritos despertaron a todo el edificio, Alberto murió desangrado antes de conseguir ayuda y Carlos no había negado ni siquiera alegado inocencia.

Cuando Andrés leyó la noticia en el periódico sensacionalista la mañana siguiente sonrió, los había encontrado en un bar hace un par de semanas y hablando con el barman había aprendido de ellos lo suficiente; sacó una lista de su bolsillo aún sonriendo y recortó la noticia del periódico.

Cuando la policía lo capturó pudieron resolver más de un centenar de casos de viejos crímenes inconclusos, con una sola pista en común, una carta dirigida siempre a los perpetradores, todas enviadas desde el mismo buzón.

Un poco de vida

Ser un restaurador de museo no era el trabajo que había imaginado cuando como biólogo había recibido la invitación a participar de la preservación de la historia. Durante sus años de facultad siempre había querido marcar la diferencia, soñaba con salvar las especies y el mundo, nunca imaginó que terminaría confinado en un cuarto rodeado de las especies que adoraba, de las que se había enamorado en la facultad, las increíbles, las míticas, las nobles, las majestuosas… muertas, total y absolutamente muertas.

Cuando cerraba el museo su horario comenzaba, cuando todos dormían, incluso los vigilantes, él trabajaba; trabajaba mientras buscaba las aletas de los pingüinos que debía volver a pegar; trabajaba en preparar las pinturas que les daban los colores adecuados a las pieles; trabajaba en los injertos de pelos, midiendo picos, patas, dibujando vida en unos ojos apagados, secos, fríos.

Fue a su escritorio, sirvió un vaso grande de un trago fuerte. Lo bebió sin tregua, el calor del alcohol salió por la nariz y quemó la garganta en el proceso, sacó su tabaco favorito, lo adobó con un poco de hierba, y fumó junto a los cachorros de los osos polares, bebió otro vaso y caminó sin ningún destino.

Quizá fue la hierba, particularmente crespa, particularmente fresca, pero al acariciar el pelo de la foca bebe, la imagen de una entrepierna casi depilada le llegó como un rayo, lo recorrió con escalofríos y lo hizo salivar, jugar con la lengua en sus labios, clavarse los dientes; por un segundo sintió una reacción casi animal. Atontado la recorrió de nuevo y esta vez la oyó gemir, la recordaba entre sus dedos, la entrepierna empapada, el sabor de los fluidos, resopló y cerró los ojos, volvió a tocar y sintió sus vellos en la nariz, en el labio, sintió su mano en la cabeza, de arriba abajo la escuchaba guiarlo, así, así, así ay, ay; la segunda vez fue mejor que la primera, las palabras le rebotaban en la cabeza, bufaba, bramaba, el instinto lo poseía, ahora el que gemía era él, el brío se le alborotaba y se curvaba como un animal herido.

El vello en su mano, en su boca, el orgasmo en su lengua, la humedad, la humedad era lo único que faltaba y la emulaba el licor, las facilitaba el licor, la brindaba con el licor; el control no pudo sostenerlo, se arrancó la ropa y se frotó como un perro en un sofá, como un perro en la pierna de la visita, como un perro castrado sobre una almohada, solo por instinto, a pesar del dolor, a pesar del daño que se hacía al recordarla, a pesar de todo, seguía mugiendo.

Al día siguiente el director del museo lo llamó a su oficina, mientras hablaba encendía un televisor y se veía así mismo caminando hacia su escritorio, con un vaso en la mano, los pantalones abajo, una foca en la mano, mientras que de su boca un hilo de humo se desprendía.

—Puede explicármelo—preguntó incrédulo el director.

—Sí puedo dijo el restaurador —intentaba darle un poco de vida al lugar, dijo con una sonrisa en la boca.

A imagen y semejanza

—En las sillas de un bus me han pasado muchas cosas, comencé a contarle a la chica que estaba a mi lado sin prestarle mucha atención a si me escuchaba o no. Supongo que era parte de esa cascada de pensamientos; la verdad es que igual me había sucedido a mí cuando -sin estar seguro de quererla o no-recibí la imagen, y ahora no podía desprenderme de ella. Por fortuna preguntó.

—¿A mí me habla?, —no me había fijado en su cabello ensortijado, negro y oscuro, no había notado tampoco sus labios gruesos, y por alguna razón tampoco había notado sus ojos, a todas luces retóricos y parlanchines, de sonrisa escandalosa-esa mujer podía contarte el quijote en una mirada, regalar un jardín de delicias en un guiño, pero era intrascendente, quería desearla, pero la imagen seguía allí y me fue imposible, así que aproveché su respuesta para decirle: No estoy seguro, creo que aún hablo conmigo, disculpe, no quiero molestarla, pero es difícil, no he dejado de pensarlo. Quizá solo hablaba en voz alta, no tengo nada específico qué decirle, pero siento también la pulsión de contárselo todo. Verá, es interesante, y la verdad es que aún falta mucho para que nos atiendan a alguno de los dos- le dije-pensando en que llevábamos un rato sentados y la chica de la recepción había sido clara en que con 2 médicos menos, el consultorio de exámenes laborales iba a prolongar su tiempo de atención; el caso fue que ella asintió y yo pude contarle.

Tengo un amigo, es muy creyente, una de esas pruebas de que la fe es inútil y poco próspera, que no mueve montañas ni persuade voluntades -es una forma de hablar, no pretendo ofenderla si es creyente- pero si lo conociera entendería que si él no tiene un granito de mostaza, nadie lo ha tenido nunca. El caso es que toda su familia ha muerto, su esposa le ha dejado y para colmo su trabajo ha sido eliminado a causa de un recorte, él ni siquiera se ha inmutado, estóico, digno, ha velado a sus hijos, y sus padres, él mismo le ha ayudado a sacar sus maletas y sus pertenencias en un acarreo a su ex mujer, un acarreo en el que quien conducía era su amante. No la increpó, no la insultó, no desahogó su rabia más que en una profunda calma, créame si antes de la tempestad viene la calma, de ese hombre vendrá el fin del mundo. Pero no viene al caso su resiliencia, ni su ingenua y apostólica capacidad de permitir que se haga en la voluntad de su señor, no, no tiene nada qué ver.

El hecho es que la idea me ha sorprendido de golpe, y si dios no fuera nuestro dios, ¿se imagina ser solo un juguete quizá para un ser cósmico, para un universo en expansión?, ya sé que suena ridículo, pero medítelo, ¿y si el universo fuera un gato?,¿ lo ha pensado? cumpliría con todos los criterios: el trato frío e indiferente, las buenas épocas que a veces nos ronronean y las malas rachas que nos arañan todo. El universo es a todas luces un gato, a imagen y semejanza, indiferente, caprichoso, adicto al caos, perezoso y demandante, independiente de cualquier plan, o conducta, ¿puede imaginarlo?Va por ahí con su paso tranquilo, echándose de espalda en los planes del destino, rompiendo estrellas consumido por el deseo de atrapar la luz impalpable, ¿conoce la historia de Quelona?

—¿Debería? —Preguntó ella casi indignada, —No, no debería, son gajes del oficioos libreros sabemos mucho de eso que a nadie le importa. Sucedió, si es que sucedió, en Grecia, lo que se conoció como el reino ático, allí se difundió alguna vez el mito de que el mundo iba a espaldas de una tortuga, otras culturas la llaman Aspidochelone, una tortuga con un continente a su espalda, una isla. No tiene importancia como le digo, son solo datos estúpidos, pero me hacen pensar en que bien podría no ser una tortuga, sino un gato, no ser el mundo, ni un continente, sino el mismo universo entero, la voluntad de un gato, ¿lo imagina? ¿Ser solo una proyección, una imitación de una creación, o quizá una programación desfasada de un niño intergaláctico que ha creado una inteligencia artificial que emula el comportamiento de su mascota intergaláctica?, ¿lo imagina?, No negará que tengo razón, que cumple al pie de la letra la posibilidad.

—Cielo —llamó la enfermera de la recepción, y ella se levantó con una gracia felina, sonrió estirando la comisura de los labios a la mitad de sus mejillas y solo respondió Miau.

—Sigue mal Rosita, auméntele la dosis, aún desvaría, y continúa disociado, no reconoce la partida de sus hijos y sus padres, no habla de la pérdida de su mujer, ni de nada, habla de él como un tercero al que no conoce pero admira, el shock le ha borrado la mente. Serviría tanto si pudiera recordar y decirnos qué tomó, en qué cantidad, pero es inútil, hoy está bastante creativo, ¿sabe qué me ha dicho?, ha encontrado la forma de crear una teoría en la que el tiempo, y el universo son un gato.

—Miau, respondió Rosa. Con una sonrisa marchita, con la esperanza triste, con el dolor en la garganta.

Herencia

Cuando falleció mi padre, recibí como herencia un pequeño Bar, más que un bar una tienda, pero los clientes predilectos jamás compraron un huevo, ni un pan, jamás vinieron a completar su desayuno, ni a fiar para un cubo de carne para un almuerzo, el surtido me respaldaba, era un bar: tequilas, whiskys, rones, cervezas, aguardientes, nada lácteos ni yogures, el acta de registro decía solo establecimiento de comercio, permiso para vender licor.

Junto con el bar recibí también un cuaderno lleno de anotaciones, desde cómo organizar la cerveza para que la marca que más se vendía y la que menos, estuvieran siempre frías, disponibles y a la mano, la mecánica para el baño, a quienes sí, y a quienes no prestarlo, eventos y preparativos, y una lista muy interesante: Clientes Únicos.

El Tanguero

Casi solo, si tuviera que describirlo esa sería la mejor forma, su mesa nunca está llena, siempre hay lugar para alguien más, se expande con facilidad, se desparrama con un bandoneón tomando aire, pero a medida que todo se ensancha, se aleja de él, los todos lo saludan, los grupos se apartan, y él en medio siempre de una conversación, entre dos rostros que por cortesía a veces lo incluyen en sus pimponeos.

Su mesa es asilo, se sientan conocidos y desconocidos, foráneos y locales, de todo se toma en su mesa, a todos se les sirve, para la cuenta a nadie se le pide, pero no es tonto, a quien la mano le pesa a la hora de retribuir, no de pedir, no vuelve a ocupar allí un lugar.

Salsa suena, pero no se inmuta, rock suena, pero no se inmuta, pero cuando una milonga, o un tango se asoma, la debacle comienza.

En África, algunas tribus llaman: nyati a los búfalos, la palabra traduce muerte negra, por su necesidad de venganza, su deseo insaciable de no morir en vano, algo de eso tiene el tanguero, de muerte negra, de dolor perpetuo, herido está. Por eso cuando suena un tango se aleja un poco más de todos, y se acerca en silencio a la botella, la acaricia, el dedo juega y la recorre, de arriba abajo, parece que le coquetea, parece que la acecha,  remueve la tapa con pequeños giros que realiza con el dedo anular, no solo la destapa, la excita, cada giro se muerde los labios, cada giro sin quitarle los ojos de encima.

Hace un gesto y el hielo llega, dos cubos que pide siempre le pongan en las manos primero, luego los lleva a la boca por turnos, juega con cada uno, —caliento los hielos y  enfría la boca— dijo una vez cuando alguien le preguntó porque lo hacía, —sabe mejor el sentimiento que se bebe cuando se hace— añadió, luego sirve cansado y al ojo, sin copa ni medida, como una intuición, bebe su dolor, su alegría, su cansancio, sus derrotas, con tango se aísla, se refugia en sí mismo y bebe, bebe con la nariz, acercando el vaso a sus fosas nasales, cierra los ojos y lo imagina, no sabe catar una mierda, no distingue entre 3, 5, 8 , 12, 18 años, no sabe la diferencia entre burbon, no single malt, no entiende que es un blend, no le importa, no necesita captar olor a grosellas, ni presumir del buqué ni del cuerpo de lo que bebe, lo que bebe no tiene los años de la botella, ni el aroma de la barrica, él se bebe las canciones, los recuerdos a los que están unidas.

Eso lo contó un día, en que estaba solo, casi solo, ese día entendí dos cosas, que nunca estaba con nadie por completo, que nunca estaba solo por completo. Que siempre estaba con las que había dejado, con los que amigos que ya no habla, con las posibilidades de sí mismo en las que no se convirtió, con la melancolía embotellada.

—Quedarse casi solo, vale la pena cuando se pierde por las razones correctas, — dijo ese día en que bebía y escribía, nunca entendí a que se refería, no me interesaba tampoco, yo solo aprendí que, si la semana había estado difícil, siempre me vendría bien un tango para cuadrar la noche.

***

—Siempre creí que era un tipo simple y distraído mi padre, me equivoqué.—

La otra memoria

Una de las cosas que hemos dejado de valorar es la posibilidad de olvidar, parecía buena idea poder guardarlo todo, era un sueño cuando los disquetes tenía la capacidad de 1.44 mb, cuando además somos conscientes de que en realidad nada ha ocurrido como lo recordamos.

Por lo general el olvido aparece en nuestras vidas como un traspié, grandes inventos deben haberse olvidado, aunque no faltará el mequetrefe que diga que “si hubiesen sido tan grandes no habrían sido olvidados”, papanatas, olvidan que todo gran invento comienza con una pequeña idea, y que en ese estado es frágil… pero no olvidemos de lo que hablamos, del olvido, del bien que nos hace olvidar siempre y cuando, no sea, la fecha de pago del recibo de los servicios, o tomar la pastilla anticonceptiva, y esos momentos donde pese a la familiaridad y entusiasmo con que nos saludan en la calle, el nombre del extraño no viene nunca a nuestras mentes, para los demás momentos, el olvido tiene valor terapéutico.

El problema, es la otra memoria que hemos olvidado, la digital, uno ha seguido con su vida, los años han pasado, y de repente Facebook te dice que hace 8 años estabas con la mujer de tu vida, esa otra vida que ya no recuerdas, comiendo un helado, una frase célebre de un autor al que ya no le guardas culto, una cerveza con un amigo de quien ya no sabes si vive aún, esa sonrisa tonta y pedante con la que te gustaba cerrar las discusiones; o cambias el celular y de repente recuerdas a otras mujeres de otras vidas casi posibles, tan cercanas, historias que, aunque cortas fueron intensas y de repente como toda promesa rota, dolorosas.

Así también nos agarran abajo las etiquetadas en redes, los TBT, se nos ha negado el olvido y el olvido es un regalo, no se puede vivir aquí si se recuerda todo, de hecho las sobrecargas de memoria generan crisis nerviosas, amargura e ira, por eso todo hombre con buena memoria es en esencia desdichado, carga consigo no solo su día ni su mes, ni su año o sus años, carga con él la vida de los demás y su contexto, sí, suelen ser prudentes, o sabios, buenos conversadores y ofrecer a pesar de sí mismos consejos para los demás, pero su melancolía nunca se extingue, por el contrario, crece con cada recuerdo, sin embargo, incluso ellos olvidan, solo que olvidan menos.

Recordar antes era un viaje para el que te preparabas, había calentamiento, buscabas el álbum de fotos que querías ver, las diapositivas que ibas a proyectar, el video casete que ibas a reproducir, ibas a hacia los recuerdos por una acción inducida, voluntaria, hoy es diferente y por eso poder olvidar es un regalo.

Intenten recordar su vida sin notificaciones, sin urgencias externas, solo con su deseo, un día a la vez, un solo anhelo, sin angustiarse por un led que cambia de color recordándoles a donde ingresar, qué ver, qué leer, intenten, solo por un segundo verlo como se los pido, hagan las pases con el olvido, con ser olvidados, porque va a pasar, pero eso es lo natural, lo importante, lo real no tiene medida mínima de tiempo, fuimos, debe bastarnos con eso, porque no hay vuelta atrás, pero eso es lo importante, que entendamos que fue real; seguiremos queriendo por instinto, anhelando por reflejo, y podremos volver accidentalmente a algunos lugares comunes, y ver de lejos ese momento, pero no será a voluntad ni orden ni progresivo.

Recuerdo que mientras hablaba el especialista de enfermedades degenerativas no había dejado de jugar con la historia clínica, ni de mirar con una especie de lástima y dolor a la familia, y cuando terminó de darle vueltas al asunto, explicó que la enfermedad avanzaría devorando los recuerdos, que con el tiempo todos iban a desaparecer, incluyéndome, —como Benjamin Button— dijo, aunque solo mentalmente, mi cuerpo envejecerá con normalidad, pero será un cascarón, el daño va a ser tan grande, que yo dejaré de existir en 3 años, mi cuerpo seguirá aquí ocupando un espacio en un acogedor silencio, olvidaré leer y escribir,  a mí me omite, quizá nunca le ha dado esta noticia a un escritor, quizá es venganza, quizá él no quiere ser olvidado.

La otra memoria, dice para terminar, siempre me mantendrá vivo.

Algo hay en el aire

No sabría bien cómo explicarlo, pero, desde hace algún tiempo, desde que dejé de fumar, he notado que hay algunas cosas en el aire; los olores, los aromas, los dulces encuentros de recuperar el olfato fueron sin duda alegres, pero con el tiempo, con el tiempo todo ha empeorado.

Quizá fumaba por autoconservación, quizá el amorío adquirido en la adolescencia con el tabaco venía la intuición de que la nariz iba a matarme, déjenme explicar un poco mejor, fui sumamente feliz al poder distinguir por el aroma a mi esposa, y a mi perro, también fui feliz de que ellos no fruncieran el ceño cuando yo entraba en una habitación.

Pero con el tiempo noté algo, cuando teníamos un resfriado, el perro podía olerlo, y eso me obsesionó, pasé meses entrenando mi nariz, intentando despertar el máximo potencial de mi olfato, y aunque no llegué a igualar el poder de mi costal de pelos, definitivamente ahora noto cuando hay algo en el aire.

Pude saber cuando mi esposa había quedado embarazada, no me refiero al momento justo en que en medio del orgasmo el espermatozoide fecundó el óvulo, no, pero días después su cuerpo no olía igual, era diferente, pequeñas notas de almizcle, un dulzor hasta ahora extraño, alejado de sus tonos cítricos, no sabía lo que pasaba hasta que el perro empezó a comportarse diferente, la cuidaba más, la celaba más, todo esto antes del segundo mes, cuando ella todavía pensaba que su retraso en el periodo venía de sus desórdenes hormonales y ni sospechaba aún de su maternidad.

Cuando nació la niña la casa se llenó de aromas nuevos, el perro y yo estábamos extasiados, ella y sus productos eran el mejor spa en el que hubiéramos entrado, el olor a humano nuevo es cien mil veces mejor que el olor de tenis o auto nuevo, por lejos es el mejor.

En este punto podía reconocer algunos olores tenues que me excitaban, no hablo de la humedad de un sexo caliente, aunque podía notar cuando Andrea estaba ansiando que le metiera la mano, bajo la falda o que la tomara desprevenida, se la subiera y la penetrara con fuerza.

Sin embargo, un día noté un olor diferente, un olor lechoso, no fétido, pero sí penetrante, sabía que algo no iba bien, no solo yo estaba desconcertado, Balú lo confirmaba, se movía inquieto, no era un olor desagradable en sí mismo, pero me generaba angustia, no fue de la noche a la mañana, no, para ese entonces, Marcela había crecido, se había mudado de casa, habían pasado 30 años desde ese último pucho, Balú era Balú segundo, sin raza como el primero, y Andrea había encanado hasta perder el castaño de cada cabello.

El aroma lo busqué durante meses en la nevera y en la cocina, ese olor a mantequilla que cada vez era más penetrante y se apoderaba del ambiente empezaba a molestarme, compré eliminadores de olores y aromatizantes, pero al final siempre el hedor volvía a apoderarse de la casa, y yo que había evidenciado el embarazo antes de que Andrea lo sospechara, me estaba volviendo loco sin poder encontrar la causa de este aroma mantequilludo.

Balú se acostumbró con el tiempo, Andrea dijo nunca haberlo sentido, pero yo sabía que estaba ahí, me perseguía, a donde iba lo olfateaba todo y no lo encontraba, y a cualquier lugar que llegaba al poco tiempo podía percibirlo. Quería volver a fumar para perder el olfato y no tener que sentirlo de nuevo, estaba desesperado.

Hasta el incidente del domingo que la mejor amiga de Marcela, la chinita, madre de un mocosito de unos 8 años, un niño atento, divertido e imprudente como todo infante, ha dejado todo claro. Vinieron a visitarnos, almorzar y pasar la tarde, y antes de irse, Cristian ha vuelto evidente mi tormento, justo antes de irse ha dicho: Alfonso huele viejito.

No era una enfermedad, no era nada en la nevera o la cocina, no era el ambiente, lo que desde hace unos 20 años me arruina la vida, es que huelo mi propio tiempo desapareciendo, el olor de mi propia muerte.

Correo

El correo siempre llega

Una hoja en blanco, cada que trataba de responder sus cartas, se encontraba con un inmenso vacío que le impedía hacerlo, había miedo y exceso de reflexión en él, tanto que no tardaba en convertirse en tedio.

En esos momentos corría a leer las cartas recibidas, buscaba tan arduamente como podía alguna pregunta, algo específico que ella le hubiera preguntado, algo sencillo que le diera pie a la narración de su propia vida, pero no recordaba nada especial, sus ojos estaban demasiado enfocados en la meta y comenzaba a sentir que había abandonado la realidad.

Comenzó disculpándose: te ruego me perdones, la demora no ha sido fácil, he vivido muchas vidas en los últimos meses, me he fragmentado, cercenado pieza a pieza, emoción a emoción y hallar algo de mí que no haya ya separado de mi vida es difícil, espero que me entiendas y sepas que esto es una metáfora, mi cuerpo está intacto, pero mi cabeza es ya muchas partes.

A través de tus cartas he recuperado una vieja pasión, la posibilidad de crear mundos distintos, todos ellos habitan en el cuaderno y el tintero que olvidaste al partir, es mi único diario, fuiste muy amable al olvidarlos intactos.

Hay allí historias de hombres salvajes, ermitaños y sucios, hay desesperación, odio, miedo, desamor de la misma oscuridad y densidad que la tinta en el tintero de donde nacen, cada uno al nacer se ha bañado con algo de mi propio ser, han requerido ese soplo, esa transmutación de mis propias emociones para vivir. El cinismo es su lengua común, creo que al fin he tenido los hijos a los que siempre temí.

Los cuentos son oscuros, he decidido llamar a ese pequeño compendio Literatura Desesperada, ha sido difícil desprenderme de ellos, permitir que otros los conozcan me provoca un miedo terrible, debo sonar como uno de esos sobreprotectores de los que siempre me quejé, quizá es miedo a destruir mi propio orgullo, a que los juzguen demasiado fuerte o a que sean aceptados demasiado fácil.

La poesía la he puesto en pausa, los versos han empezado a abundar en cantidades y su calidad parece no estar mejorando y he considerado que era el momento de silenciarla por un tiempo. Pero no he sido yo culpable de toda esta tinta derramada, las novelas que dejaste antes de partir también son autoras de este desastre, de alguna manera me han dado otros ojos, otros autores me han permitido ver su mundo, habitar en su cuerpo, sentir de otra manera, he sido un polisón de sus aventuras y ha sido inevitable soñar con una propia, o con muchas.

Comprendo que es un acto terrible el guardar silencio tanto tiempo, pero como he tratado de explicarte, no he sido yo, hay ya muchos a quien culpar, confío en que entiendas…

En ese momento alejó la tinta del papel, mano alzada y con tristeza arrugó su carta y la despedazó.

Tomó una postal y en su reverso escribió su nombre, bebió la tinta y la escupió sobre la postal. Al otro día la envió por correo.

Cántalo, cántalo

En el asilo era un día agitado y Laura odiaba los días agitados, pero era normal, con el tiempo había aprendido a odiarlo todo, además, de esos días detestaba también cuando llovía, y cuando sonaban las canciones que a Juan le gustaban, las que nunca dejaron de gustarle, las que ella algún día había tenido una play list que la acompañaba a todo lado, las que escuchaba a solas cuando quería sentirse especial.

Odiaba también las risas desbordadas que terminaban en carcajadas asfixiantes, la mueca que deformaba el rostro de quien las tenía, la sopa de tomate y la sopa de cebolla, las carnes y el café oscuro que años atrás disfrutaba con los ojos brillantes por poder contemplarlo, nunca se lo dijo, pero tenía la idea de que el café sabía mejor a su lado, por eso quizá con su ausencia, terminó también el amor por las notas margas, ácidas, achocolatadas, por el aroma y por la fragancia, por el sonido del café triturándose en su pequeño molino; con la partida de Juan había aprendido a odiarlo, a odiar el tiempo que tomabasu preparación, la inútil espera, la larga espera, no lo valía, simplemente no lo valía.

Era un día agitado en el asilo y todos sabían que Laura los odiaba, por eso lo disfrutaban tanto, sonreían, con esa satisfacción que solo puede brindar la venganza, con esa fría e inmutable sonrisa de cuadrito andrógino renacentista.

Incluso las enfermeras sabían que sufría y en esos días decidían que ella no necesitaba sus pastillas para los nervios, que había estado mejor, que podía disfrutar ese día en plena consciencia, para que cada dolor, doliera, para que cada incomodidad creciera hasta irritación, para que el enojo la consumiera.

En esos días no sacaban a Alegría de la sala, una lora vieja y desquiciada, el único regalo de compromiso que había conservado, una lora nerviosa que desde hace años había olvidado hablar y ahora se dedicaba a arrancarse las plumas, traumatizada según los vecinos por los gritos de dolor de Juan.

Ella No merecía menos, Laura había nacido en uno de las ciudades más apasionadas por el fútbol en el mundo, su estadio había sido reformado año tras año y en cada remodelación se agregaban las sillas de sus nuevos habitantes; el registro civil se expedía con la membresía del club, no había religión ni partido político, no había dios ni ley fuera de la cancha. Y en esa misma ciudad Había nacido Juan, un lateral como ninguno, tenía pulmones de hincha y una resistencia de maratonista; el paladar negro, negrísimo, prefería devolver la jugada dos o tres toques antes de patear si consideraba que el gol no se vería bien, o que a la jugada le faltaba brillo; cuando nació la ciudad buscaba un proceso de independencia porque no solo soñaba con un campeonato, su primer campeonato, sino con un mundial… soñar no costaba nada, no tenía por qué ser coherente así que soñaban. Soñaban con empezar la vuelta olímpica por la misma punta por la que él corría y desbordar de alegría como él desbordaba los domingos. Y todo parecía indicar que así sería, cómo jugaba, era un espectáculo.

Laura era igual, no había mujer que no hubiera clavado el codo en la costilla de su marido si en el camino se topaban con Laura, alta, con una sonrisa y una carcajada tan explosiva como su cambio de ritmo, con una cadera fuerte que le permitía caminar con una elegancia, una majestuosidad igual a la de Juan cuando inventaba rabonas y bicicletas, cuando la acariciaba a tres dedos y la veía curvarse, tan dulcemente, como la voluptuosidad de ella, justo en su punto.

Y la vida sería otra si en otra ciudad hubieran nacido, pero llegó el día en que lo inevitable decidió dejar de estar en la banca, y los enfrentó; ¡qué baile!, ¡qué baile!, ¡qué idilio los 3 meses!, la mitad de campeonato, porque si Juan era bueno, enamorado era increíble, que magia con la que se vestía la magia, el balón en sus piernas enamoradas no hacía extraños, sino gestos.

Pero un domingo en la cancha, la seguridad de Juan había desaparecido, no solo era su primer mal partido, se veía lento, humano, muy humano, nada de globitos, nada de lujos, ni siquiera jugadas hermosas, no había magia ni efectividad, el hombre parecía otro. Y nadie le dijo nada, sin embargo, el domingo siguiente fue peor y peor.

El hombre ya no era el hombre, y las malas lenguas comenzaron a culparla, Laura era la culpable, y mientras él fallaba, ella había perdido toda alegría. Un domingo en la noche la barra brava entró coreando a su barrio, y subió lentamente piso a piso la procesión de cantantes hasta llegar a su casa a exigirle a Laura la magia perdida.

—Cerrá las piernas calenturienta,
cerrá las patas, dejá dormir,
danos la magia y que el chico vuelva,  
soltá la pija y dejá dormir.

 Ante el abuso, explotó:

—La magia no solo falta en la cancha, en casa tampoco la mete, —gritó con tanto enojo que el barrio entero guardó silencio, y a Juan lo que le faltabaen miembro terminó por sobrarle en vergüenza.

Se fue sin intentar volver a pisar una cancha, se fue sin ella, y el estadio quedó en silencio, pero los domingos a las 3 pm, cuando el Continental, templo del fútbol, abría sus puertas eran días agitados, y la barra cantaba.

—Aquí no importa ser picha muerta,
aquí no importa el porvenir,
jugá conchudo, conchudo de mierda,
si sos la juana, rajá de aquí.

Centro comercial

—Por favor vení rápido, voy a tener un ataque—

Esas fueron las únicas palabras que aquel hombre dijo mientras esperaba en las sillas de aquella sala de espera del centro comercial. Nadie parecía darle mucha importancia

Carlos odiaba los silencios y la espera, lo aturdían, sentía perderse cuando estaba rodeado de personas y los ataque de ansiedad se volvían cada vez más frecuentes, para colmo de su mala suerte ahora no se podía fumar y ya no tenía uñas que comerse, murmuraba, sus manos sudaban y las náuseas empezaban a aparecer, estaba sufriendo y cuando todo parecía empeorar por fin apareció ella.

Estaba agitada, daba la sensación de haber corrido un maratón para llegar a tiempo, para evitarle ese mal momento y aunque hubiera fracasado, lo recomponía ver su esfuerzo reflejado en la piel.

—Discúlpame, me topé con un espejo y ya sabes que no puedo contenerme, me miraba, y jugaba con mi cabello, me guiñaba el ojo y me tiraba pequeños besos, nunca coqueteo tan bien con nadie más, solo yo y el espejo.—

A Carlos lo irritaba y lo excitaba la respuesta, sabía que para Ingrith no había mayor tentación, cuando ella se miraba al espejo, sus ojos la desnudaban, no había una forma de evitarlo, en donde fuera que su mirada se encontrara con su reflejo ella se devoraba con tanta fuerza que las piernas le temblaban y su sexo comenzaba a arder, a palpitar y entumecerse, lo había visto miles de veces, ella sucumbiendo ante sí misma, perdiendo toda cordura, sintiendo como su reflejo le cortaba cualquier hilo que el pudor tuviera sobre su cuerpo, un narcisismo tan extremo como su ansiedad.

—La culpa es tuya— dijo con la voz temblorosa, —Sabes que no puedo verme, y por el apuro dejé los lentes antireflejo en el auto—

—Pero que tonta— sonreía con dificultad, con la mierda atorada en la garganta, con la felicidad escurrida, con el dolor en los huesos, con las lágrimas nublándole la vista —Sabes bien perder el control, yo puedo oler hasta aquí el orgasmo de tu última recaída—

El comentario la sonrojó, la hizo consciente de que su aroma inundaba el aire y de nuevo comenzaba su tormento, mucho más placentero que el de Carlos, ahora podía sentir la humedad impregnándole los muslos, comenzaba a dificultársele el habla, las palabras se atropellaban en pequeños suspiros inentendibles, tomó la mano de él con tanta fuerza como puedo y mientras que cerraba los ojos y apretaba los labios comenzó a temblar descontrolada.

La atención despertada por Ingrith colapsó la zona del centro comercial, Carlos sentía las miradas punzantes, prejuiciosas y condenatorias, ella navegaba un orgasmo y el pasaba al paredón, él era Dante, caminaba los nueve círculos del infierno mientras que la idiota continuaba una cadena de placer que terminaría haciéndola perder el conocimiento y él terminaría a portas de un ataque epiléptico vomitando y perdiendo el control de sus esfínteres en plena zona de comidas.

Carlos estaba sumido en la desesperación, tan angustiado como el hombre que se lanza de un precipicio, tan adolorido como el que cae del precipicio y sobrevive, todo porque ella, ella aún no caía, y eso también lo torturaba. No pudo contenerlo más, su cuerpo comenzó a expulsar como un aspersor la inmundicia que sentía, hacia toda dirección, y solo era contenida por su ropa, sin discriminar a nadie y olor llegó a cada persona cargando la mierda, la orina, el vómito que se esparcía por el suelo.

Por fin llegaron los hombres de seguridad y servicios médicos. A él lo recogieron con el mismo asco que se levanta un borracho de un bar y a ella con la delicadeza que precisaba una enferma, ¡qué injusta era la puta vida!

Despertaron en la enfermería, Carlos estaba desnudo, humillado, siempre era la misma mierda, pensarlo le causó una sonrisa. Ella lo miraba de una manera compasiva, estaba triste, nadie del grupo de apoyo la elegiría nunca como tutor.

—Podés estar tranquila, nuestra relación no es tan rara, todas las mujeres deben soportar la mierda de los hombres, y todos los hombres debemos lidiar con la vanidad de las mujeres, si lo mirás de esa forma somos el uno para el otro—

El grupo de apoyo del domingo por lo menos tendría algo divertido para comentar, ya pensaba en su discurso —Hola soy Carlos, sufro de ansiedad crónica y de convulsiones y ha pasado un día desde mi última recaída. —

Ella lo miraba y sonreía, no sabía cómo un hombre que apestaba a mierda podía ser tan dulce.