Otros tiempos

Quizá sí, quizá lo mejor ya pasó, pero aunque sea cierto, el presente es lo que nos toca.

Cada miércoles a las diez de la mañana los dos viejos asistían siempre a su duelo, ordenaban café, encendían su tabaco y tras la cuarta tacita uno de los dos lanzaba un comentario tan hiriente que obligaba al otro a defenderse.

Era una tradición heredada y en el pueblo uno de los pocos entretenimientos que se conseguía de manera gratuita, ningún tema estaba exento, ninguna sensibilidad prohibida, esto hacía del encuentro algo digno de ser observado, era místico, mágico… 

Solo existía una regla, el primero que se levantara de la mesa o alzara la voz, perdía. Cualquier muestra de violencia que viniera de los interlocutores los transformaba en perdedores y si acumulaban tres derrotas por esta razón se les desterraba de la cafetería y se elegiría un nuevo interlocutor.

Armando y Manolo eran respetados, dos de los mejores oradores que habían tenido en mucho tiempo y sus encuentros llenaban la cafetería hasta que no cupiera ni el enano del pueblo.

Los dos eran de un carácter terrible y de una inteligencia profunda, habían pasado años desde la última vez que las charlas eran tan intensas y ambos acumulaban ya dos advertencias por abandonar la conversación, tal era la tensión que por primera vez había apuestas sobre quién sería el que abandonara la mesa.

La multitud estaba lista, en la última conversación Armando había salido rojo, iracundo, faltaban quince minutos para las diez y mientras esperaban a los interlocutores recordaban la última discusión.

–Armando, no hay nada en este tiempo que no existiera en los otros, ahí están las putas, los hijos de puta y los abogados–.

–Qué disparates dices Manolo, sabes muy bien que el derecho y su concepción como sistema de defensa y ley tiene un nacimiento exacto y marca la diferencia entre la civilización–.

–Te equivocás, siempre lo hacés Armando, el abogado puede descomponerse en tres hombres: el inquisidor, que ataca y pretende destrozar al acusado; el defensor, papel jugado por la madre, el padre o cualquiera que desee otra oportunidad para él; y el que busca la justicia, la compensación o la revancha, castigo y beneficio para cada parte, Armandito–.

–Sabes que sí ha habido toda la vida Manolo, bocazas como vos, siempre hay un idiota que cree saberlo todo, pretende ser dueño de la verdad y la subyuga, la esclaviza porque los tontos callan y asienten–.

–Armandito, Armandito, que poco creativo sos. Creo que vos nunca te has planteado una sola idea en tu vida, no has pensado nada original, ni diseñado una sola solución que no fuera copiada, creo que por eso nunca ganaste un caso importante, solo servís para reproducir lo que ves, en lugar de abogado debiste ser pintor o fotógrafo, porque lo de crear no es lo tuyo querido mío–.

Armandito había sentido que las palabras se le clavaban en el corazón como una aguja y partió con la ira a sus espaldas, refunfuñando y manoteando, injuriando en voz baja a Manolo y condenándolo mientras que la multitud ovacionaba al ganador de la contienda.

Pasaba el tiempo y Armando no llegaba a la cita, la gente se impacientaba, y Manolito sonreía triunfante, sería la primera vez que habría un ganador por deserción. 

Sonreía cínicamente mientras decía: –El miedo hace prisioneros a los hombres…–

El telegrama llegó a las 10:05, la noticia hizo que se desplomara, Armandito no había logrado superar el enojo y un infarto había terminado con su vida la misma noche de su última derrota.

La misma derrota que ahora se llevaba a Manolito: el mismo dolor que ahora sufría Manolito, la culpa, la ausencia de su antagonista, el título que le era robado, la misma agonía que se aferraba a su corazón y que terminaba con su vida, el mismo infarto que ahora cerraba sus ojos.

El veredicto igualaba a los participantes y desde entonces en ese pequeño y polvoriento pueblo, la mesa de los sabios sigue esperando a los próximos contendores, mientras tanto, los jóvenes ocupan otras mesas y debaten en otros espacios, hasta el día en que alguna dupla esté a la altura de Armandito y Manolito, hasta que el café de los miércoles a las diez vuelva a tener ese sabor picante. Por ahora cada conversación en la cafetería termina con la mención del incidente y ante la pobreza de las discusiones, con la voz baja susurran para sí mismos: ‘‘las buenas discusiones, las grandes se habían dado en otros tiempos. ’’ 

Encierro

Han pasado solo un puñado de días y muchos hablan de lo horrible que es estar encerrados, no tienen ni idea, nadie la tiene.

El otro gran problema es que la pandemia en sí es solo causa, pero el efecto es diferente, a los jóvenes no los mata, a la economía la tiene en cuidados intensivos, y a algunos casos, a los excepcionales, como casos de estudios. No van a morir, no de la enfermedad.

Jaime tiene 43 años, está enamorado, Ana tiene 36 está enamorada, viven en otro país y la noticia de que se avecina un cese de actividades y una clausura de fronteras los ha hecho comprar tiquetes para volver a su país natal, por la prisa y la plata han comprado vuelos para días diferentes, durante el día previo al viaje se dan aliento, sueñan con reconfortarse, hacen juntos las maletas aunque no viajaran juntos, rentan un departamento por un par de meses, han hecho planes y les hace ilusión estar juntos en la ciudad donde crecieron pero donde nunca estuvieron.

La vida es un poco así, después de hacer las maletas al medio día, almuerzan, quieren hacer el amor pero la nostalgia es más fuerte que las ganas, se besan, se miman, la lleva al aeropuerto, la acompaña hasta migración, lloran, no saben porque lloran, mañana a esta hora estarán juntos, pero separarse en medio del caos, les sabe mal, y por eso lloran, aunque no lo sepan.

El vuelve a su casa, está sola, y aún huele a ella, termina de organizar algunos papeles, algunos mails del trabajo y sueña con ella, se acuesta en la cama a esperar a que ella le escriba que ya llegó, que se encuentre bien, cabecea, el sueño parece vencerlo, el mensaje llega justo cuando está por perder la batalla. Te amo escribe, te amo recibe. Mañana estaremos juntos.

David tiene 36 Lorena tiene 30, las cosas no van bien, no, las cosas no van ni siquiera mal, las cosas simplemente no van, se acabó el amor, como tantas otras cosas en esta época, empezó a morir de repente y de manera acelerada. Como tantas otras cosas, sucedió sin mostrar síntomas de gravedad, un disgusto, una discusión, algo que sería normal, que el sistema defensivo de las relaciones no detecta, pero que tiene algo diferente.

David llega a casa, le angustia la situación, Lorena lo espera decidida, Tus maletas están hechas, mañana puedes tomar el resto de tus cosas e irte. David no entiende porqué sucede esto, pregunta, habla, ella grita, él grita, ninguno ve la televisión, ninguno se da cuenta que afuera todo está un poco como ellos, maltrechos, desorientados, cansados, la pasión que antes hubieran utilizado en quitarse la ropa no aflora, esta discusión es diferente, esta no se arregla con sexo, asumen que habrá tiempo, que al pasar los días se necesitarán, entonces no median palabras, ni argumentos, ni injurias, se blasfeman las promesas, los trapitos se lavan en casa, uno a uno, parece una lavandería, en otro día, lo que se estarían echando en cara serían orgasmos, pero no hoy, hoy, los reclamos desbordan cualquier intención, cuando ya no pueden más ambos deciden quedarse solo para mortificar al otro, ninguno de los dos quiere ser que el que le de la paz y el descanso al otro, duermen en camas separadas, el cuarto de huéspedes oficia como alcoba hace una semana, desde la última fiesta de Lorena, llegó derecho allí y se instaló, no era la primera vez, no parecía grave, piensa David antes de acostarse en su cama, su cama que aún huele a ella, después de llorar las palabras dichas, palabras que parece no se irán con el viento duerme por fin agotado.

De la noche a la mañana, como siempre nos han dicho que nunca pasan las cosas, pasa algo, los países han cerrado las fronteras, las calles militarizadas, salir se considera un atentado a la salud pública.

Y el amor que sueñan con hacer Jaime y Ana termina secuestrado, y el tiempo que David y Lorena creen que necesitan para extrañarse, perdonarse y desearse les ha sido negado.

Han pasado solo un puñado de días desde que todo comenzó, desde que dijeron que no era grave y que no había nada de qué preocuparse, la situación no presentaba los síntomas que los hubiera preparado; de haber sabido, Ana y Jaime hubieran viajado juntos sin importar el dinero extra que hubiera significado, sin importar si significaba perder un trabajo, y David y Lorena se hubieran dejado en paz, pero no tenían ni idea, nadie la tenía y ahora cuando escuchan en la televisión que planea alargarse todo 6 meses más, que las comunicaciones se limitan, Ana y Jaime sufren con la idea de perderse, y David y Lorena con la de verse.

No tienen ni idea, nadie la tiene, lo peor no es el encierro, lo peor es lo que queda afuera o adentro.

Mudanzas

Siempre le he temido a las llamadas de último minuto, conozco el negocio y sé que cuando ese aparato empieza a repicar a 10 minutos de terminar el día, nada bueno viene, cómo puede ser que todas las llamadas de último minuto sean para quién llama importantes, si fueran importantes lo hubieran hecho a primera hora, es un claro irrespeto, una violación a al contrato de prestación de servicios, una menospreciación de mi tiempo, pero el trabajo es el trabajo…

¿Cómo puede ser que siempre pierdan algo que se considera valioso en una mudanza?, diez años haciendo esto solo demuestran lo equivocado que estaba Darwin, los imbéciles no se van a extinguir, de hecho creo que nos van a extinguir a nosotros.

Pero en fin, solo queda suspirar, pegarse el auricular a la cara y tragar saliva: Mudanzas nómadas, habla Álvaro.

Don, discúlpeme, no encuentro una caja, y creo que podría estar en la antigua casa, en alguna parte, quizá en la cocina, o en el garaje.

Tiene suerte de que sea bueno recordando, de otra manera hubiera sido imposible reconocerla señora, su mudanza fue hace ya un par de días.

El tono no era grosero, era como una bofetada sutil, las palabras las había elegido con maña, afiladas y entonadas con la cadencia necesaria para penetrar y amputar una vez lanzadas y quien las recibía siempre terminaba por sentirse confundido, mareado por su falta de astucia, y tacto, era como la mirada de un padre autoritario cuando no te regaña sino que se te burla después de hacer alguna estupidez.

Discúlpeme, tiene usted razón querido, supongo que el identificador de llamadas también debe haberlo ayudado un poco, reía nerviosa, ¿ha estado usted bien?, hablaba sin dejarlo contestar, créame que me apena llamarlo a esta hora, pero es urgente…

Siempre la misma historia, pensaba Álvaro para sí mismo, algo vital, de suma importancia, su almacén estaba lleno de urgencias, olvidos, libros, películas, muebles, ganaba más vendiéndolos, que con las mudanzas, 3 meses después de terminada la mudanza el objeto perdido era suyo, pero la misma claúsula que lo empoderaba a venderlo, lo obligaba a correr tras ellos, estaba atado de manos por su contrato, por diez minutos, justo el día que vence llama y la suerte se va al trasto.

Se rió por educación con el chiste flojo del identificador de llamadas, lo había escuchado tantas veces los últimos años que ya era un acto reflejo, hizo una raya en el cuaderno donde llevaba la cuenta, 450 chistes con la pantallita del celular, 1200 risas seguidas de un complaciente olvídelo no es para tanto, 550 insultos, secos y sin imaginación, generalmente un: No llamé para que se burle de mí, cumpla su contrato, para eso le pago.

Finalmente salió de su trance, sí Marcela, contestó al fin, deme un momento, le parece bien la próxima semana, ésta ya no tengo espacio para ir a buscarla, hay dos mudanzas por confirmar, pero no puedo prometerle nada hasta el próximo lunes (era miércoles) de todas maneras, si se abre un espació se lo haré saber.

Escuchó el suspiro, reflejo de impotencia, desconsuelo, una desilusión terrible, finalmente respondió entre sollozos, está bien Don Álvaro, haga lo que tenga que hacer y déjeme saber si ocurre el milagro.

La anotó, hágame saber si ocurre el milagro, era la primera vez que la oía, lo desconcertaba, ni siquiera el anciano que olvidó sus títulos bancarios o la enfermera que olvidó la insulina y máquina de oxígeno de su paciente, se habían quebrado al recibir una respuesta suya, nadie nunca en diez años se había llenado de sollozos por una caja, ¿Qué será más importante que la plata o la vida de una persona?, ¿qué hará que una voz se parta y de esa manera?

Iba a hablar, quería contestarle pero estaba sumido en sus pensamientos y cuando iba a abrir los labios escuchó el bip, ya había colgado, podía llamarla de vuelta, pero ya no confiaba en las palabras que iba a decirle, se encendió un cigarrillo y caminó sin rumbo por su almacén, la duda lo carcomía, y no le daba tregua, como era posible que una chiquilla de escasos 29 años como Marcela, que vivía sola y que acababa de mudarse a uno de los barrios más importantes de Buenos Aires, no estuviera en capacidad de abandonar cualquier recuerdo, cualquier objeto, no era cuestión de plata ella bien podría sustituir cualquiera de los objetos que él había mudado, ninguno se veía tan costoso, qué carajos la obligaba a llamarlo…

Estaba claro que no era de primera necesidad, la chica no iba a morir, nadie iba a morir, pero su voz sonaba como si el corazón la estrangulara, no era desesperación, ni frustración, ni siquiera odio, no, no había rastro de impaciencia en ella, solo un dolor profundo, como si los órganos de su cuerpo se hubieran comprimido, aplastados por una grave culpa… de qué será culpable.

Ahora los dos iban a sufrir por el maldito paquete, hace diez años que una caja no le robaba el sueño y ahora veía el insomnio como condena dictaminada, y todo porque en el vacío de su voz, no encontraba pista alguna, sobre qué podría haber allí, esperándolo.

Era una tentación que no podía evitar, camino deprisa hacia su auto de mudanzas, abrió la puerta, puso en marcha el motor y comenzó a conducir, conducía dos caminos al mismo tiempo, el de asfalto bajo su auto y a Marcela, de arriba abajo, sus palabras, sus emociones, y en el segundo camino no encontraba nada, absolutamente que le diera un indicio, nada, que lo guiara, tanta era su desesperación en este segundo camino que ni siquiera se dio cuenta que ya había llegado, aparcado, abierto la puerta e ingresado a la casa, nunca escuchó las voces que le preguntaban quién andaba ahí, tampoco escuchó nunca el mensaje de voz que Marcela le enviaba diciéndole que lo olvidara que ya la había encontrado y nunca escuchó el disparó que le atravesó el pecho por invadir la propiedad privada… la casa ya había sido ocupada, la culpa sin embargo, la culpa de la que su voz estaba cargada era sin duda la voz con la que Marcela hablaría cada día a partir del siguiente amanecer.

Blues y Tango

Qué jodido es verse y no reconocerse.

Ambos estaban rotos, sufrían y compartían la melancolía, el dolor, como dos mendigos que comparten un plato de comida, se eran insuficientes, solos estaban completos, pero detestaban la soledad y esta los incomodaba, no los abrumaba, pero no sabían estar solos, por eso evitaban estarlo.

Blues y Tango eran llanto, tan parecidos, representaban lo mismo pero desde dos orillas que nunca podrían tocarse y allí estaba el problema. Blues era tímida, quizá demasiado, Tango era rebelde, quizá sin causa.

Blues quería un mundo diferente, Tango quería hacer que fuera diferente, juntos recorrían un camino de ideales ligeramente distintos por caminos separados y esto los destrozaba a ambos, se miraban a la distancia como quien espera una señal de despedida, como quien aguarda aún un brillo de esperanza, como quien se miente.

El camino no era eterno, la recta algún día habría de quebrar, de separarlos a través de calles y avenidas, en algún momento para alguno de los dos sería contravía, no podrían verse, tendrían que separarse. Era inevitable.

Ambos lo sabían, lo veían en la mirada esquiva del otro, lo escuchaban en el silencio del otro, lo sentían en la ausencia del abrazo. Blues y Tango latían en ritmos distintos, deseos distintos, Fames y Cronopios sin Esperanzas en medio, solos musicales en tonos diferentes.

Sin embargo allí seguían, siendo ambos melancólicos, sabían que se extrañarían un poco más en la ausencia, no había forma de no recordarse, no encontraban sentido a alejarse si ya estaban ausentes. Blues y Tango, Blues tras Tango, qué pesado era el ambiente cuando ella estaba, una calada al cigarrillo, un trago al vaso y de nuevo Blues y Tango, Blues tras Tango.

Apenas recuperaba el aliento, Tango no sabía por qué Blues estaba tan triste, él era quien lo perdía todo, quien se alejaba de todo, no le quedaba un amigo para abrazar, Blues los heredaba a todos, a todo, su familia, sus alegrías y Tango solo tenía su tristeza y una soledad total.

Blues no entendía por qué Tango estaba deprimido, si él se lo llevaba todo, su libertad, sus libros, sus alegrías, iba a vivir su sueño de entender otra cultura, de vivirla, él se lo llevaba todo incluso el derecho a estar triste. Tan egoístas los dos, tan ensimismados, tan incapaces de verse sin un espejo, tan intolerantes hacia el sufrimiento del otro, tan ellos mismos.

Blues y Tango, nada que hacer, su sufrimiento era el de él, el de ella, los dos se escuchan a poca luz, se bañan de lágrimas y se abrazaban con sus dolencias, era su ritmo, sin duda alguna era su ritmo. Blues y Tango, el arte de sufrir, de llorar hecho melodía, nada había roto tantos corazones, ahogado tantas almas. Blues y Tango, saxofones y bandoneones, la tristeza hecha compañía, dos caminos que los separaban, ella quería bailar blues, él tango. Nunca pudieron bailar juntos.

Un Sacrificio Voluntario

Cazadores y presas, la vida es simplemente binaria.

—Juliana está cazada, sí con z, no es un trofeo sobre una chimenea, la cazaron, pero no está muerta, tiene fuego aún en la mirada, no da vueltas en jaula, la ignora, no sucumbe ante el parloteo de las loras vecinas, ni ante el vuelo de las visitantes… ella también cazadora solo aguarda, los colmillos ocultos, las garras escondidas, la voz, su rugir, su rugido, en silencio.

Así son las Leonas, esa prisión ficticia no las inmuta, no las cansa, es pasajero se dicen, y recuerdan la boca empapada de sangre, los gemidos rasgados de una gacela, búfalo, new o jabalí ahogándose en su boca, haciendo gorgotear la sangre, ella recuerda a un León que la monte 256 veces seguidas en el mismo día, ella recuerda otras leonas con las que comparte sus presas.

—De qué mierda estás hablando

—Dejate contar

—Pero dijiste que ibas a hablar de una vieja, de tu sacrificio voluntario

—A eso voy, dejame, la idea la tuve hace unos días, aunque no conocía a Juliana en ese momento, se la debo a Dalí, no el pintor, bueno no el que vos conocés, él contaba la historia de un hombre y una mujer que vio en un programa de supervivencia, de esos en los que son solo dos personas, un equipo de producción, transporte y servicio médico cuando lo necesites, de esos vacíos y sin ningún rollo real, televisión pura y dura, el caso es que había un Neardental y una Hadita, es decir un hombre tosco, sin tacto, de los que puede afeitarse con una roca, y una nena hippie, blandita, de las que no come nada que produzca sombra, en fin que el programa los pone en una situación donde el capitán cavernícola caza un jabalí y para celebrar lo insultaba cuando estaba en el suelo, le recriminaba su falta de astucia y poder, mientras se aclamaba como el mejor guerrero.

La Hadita se le enoja y le pide respeto, pero no porque matarlo, sino por mofarse, le pide gallardía y orgullo al eslabón evolutivo, le recrimina su falta orgullo, su poco honor, la cosa es que el tosco entiende, y cuando Dalí me contó, entendimos algo, un cazador no se precia de presas, un cazador come, si sos un cazador no necesitás humillar al otro en la derrota, es más una buena presa es por decirlo un sacrificio voluntario, una buena pelea, no se rinde, no se vuela, no juega sucio, por el contrario cuando siente que el cazador necesita adrenalina encara, cuando intuye que se cansa y cree que puede escapar, siente el dolor de sus piernas y se reconoce exhausto y perdido, pero entonces planta cara, ataca, quiere su honor en la batalla, quiere que su alma arda antes de entregarla.

—Te volviste a ver el rey león trabado

—Dejá, no me cortés

—Seguí, seguí, pero te juro que cansas

—Bueno, ya, el rollo es sencillo, Juliana es una cazadora cazada, y me vio, y el instinto le está empapando la tanguita, la humedad se le escapa y le chorrea por las piernas, y yo, la provoco, la miro y le sonrío y puedo ver esos ojos con ganas de dar pelea, la tiento y le temo, porque se le ven las ganas, tengo aún la ropa puesta porque ella lo quiere, no estoy en una cama porque ella aún no lo permite, juega con su lengua en la boca y yo la siento en el cuello, en las orejas, me habla de sus orgasmos, de sus tetas y yo quiero embestir, quiero entregarme y dar lidia, pelea, quiero el dolor, el cansancio, vos sabés que a mi edad un buen polvo deja hecho polvo.

—A tu edad el polvo viene en pastilla, y hecho polvo te deja agacharte a buscar las pantuflas

—No, a esta la encaro sin pastillas

—A tu edad, te mandas hasta pastillas para resistir las pastillas

—Pero esa vitalidad se pega

—Cuántos años tiene

—25

—Viejo loco, a tu edad esa leona no es un polvo, es un infarto

—A mí edad y es un último capricho, llamémoslo, un sacrificio voluntario.

Tinta hecha polvo

Catalina esta sobre la cama, bueno para ser más exacto estaba sobre una verga argentina saltando desesperada y Facundo le pidió que gritara que quería sexo, la idea no le pareció mala, tampoco mentira, quería, necesitaba sexo, deseaba seguir siendo penetrada, deseaba que esa verga fuera más gorda, más larga, quería aumentar la fricción y la velocidad, en ese momento Catalina era deseo vivo así que gritó, gritó que quería sexo, gritó que quería más, gritó que quería ser follada, gritó fuerte, gritó mientras se corría, gritó mientras los músculos de su abdomen se contraían, mientras los dedos de sus pies se le tensionaban, gritó mientras sentía que su cerebro estallaba, gritó a través de sus labios, de los pezones tensionados, Catalina gritó a través de sus ojos cerrados hasta que sintió que se materializaba su deseo.

Una voz en su espalda la hizo sonreír, cabalgaba gozosa, cabalgaba complacida, porque dos manos fuertes le apretaban ahora las tetas.

‑Ahora sí vas a gozar

‑le susurraron al oído, mientras que ella complacida se dejaba ir hacia adelante dejando expuesto y en su puesto el culo del cual orgullosa presumía.

‑Sí gritabas era una señal, le decía ahora su amante, mientras que el nuevo integrante enfilaba hacia su trasero, mientras sentía el roce de una nueva verga en sus nalgas.

Catalina le contaba la escena a un mal amante que había llegado borracho y no era lo suficientemente digno para aceptar su fracaso e irse, así que se había quedado adormir en su apartamento, y para colmo de males tras mal polvo era curioso, por eso había decidido humillarlo, decirle el polvo que había decepcionado, mencionarles las oportunidades que se había perdido por su mal desempeño, abrirle la ventana al circo erótico al que nunca tendría acceso, esa sería su venganza, lo pasearía por cada una de sus perversiones, le hablaría de lo que otros hombres, verdaderos hombres sí habían hecho por complacerla, lo que su curiosidad la había llevado a hacer en soledad, en público, en un cine, en un avión, con unas amigas en una noche de copas, le contaría de esas noches donde el sol había salido demasiado temprano para su gusto, de esos fines de semana en los que nunca hubiera deseado volver.

Pero el borracho la miraba extasiado, le pedía detalles, le suplicaba por más historias, el libido le hervía en los ojos, estaba jadeante, no tenía un orgasmo, era el orgasmo, la tortura no surgía efecto, el hijo de puta la disfrutaba más que a sus tetas, sus hermosas tetas, sus deliciosas tetas, sus recién retocadas tetas, el estrechamiento vaginal que recién había recibido tampoco parecía haberlo impresionado tanto, y aunque su oral lo consideraba exquisito, al parecer lo más excitante que podía hacer con su boca para ese ebrio despreciable era hablar.

Ella por vil morbo y por puro ego siguió hablando, la noche de sexo se convirtió en una noche de historias, donde revivió cada orgasmo que recordaba, al terminar por fin los dos durmieron con una sonrisa en el rostro, una noche placentera.

Esa sonrisa le duró semanas a catalina, y quizá hubiera sido eterna sino se hubiera nunca encontrado con un cuento que empezaba diciendo: Catalina esta sobre la cama, bueno para ser más exacto estaba sobre una verga argentina saltando desesperada y Facundo le pidió que gritara que quería sexo, la idea no le pareció mala, tampoco mentira, quería, necesitaba sexo, deseaba seguir siendo penetrada, deseaba que esa verga fuera más gorda, más larga, quería aumentar la fricción y la velocidad, en ese momento Catalina era deseo vivo así que gritó, gritó que quería sexo, gritó que quería más, gritó que quería ser follada, gritó fuerte, gritó mientras se corría, gritó mientras los músculos de su abdomen se contraían, mientras los dedos de sus pies se le tensionaban, gritó mientras sentía que su cerebro estallaba.

Final

Escribir tiene sus trampas, sus dolores, sus incógnitas…

—Silenciosos, son silenciosos, caminan con cautela, parecen distraídos pero se mantienen alertas, las orejas abiertas, los ojos también, aguzan el olfato, huele historia dicen, y en el paladar se le pegan las palabras, las que gustan, las que molestan, las que incomodan, las raras, las que tienen CH y RR porque estimulan las papilas gustativas, y si algo debe disfrutar quien escribe es el sabor que queda en la boca cuando el punto final se ha escrito.

—¿Punto final?

—Tiene que haber un punto final

—¿Siempre?

—Un punto final

—Se puede saber qué te pasa con el punto final

—Nada, bueno, no exactamente, todo aunque tampoco

—Hablá claro

—Entiéndame, he estado estudiando a su lado los deberes del escritor, sus fórmulas que parecen infinitas, sus tonos, variados, dispersos como acentos de regiones y países diferentes, hemos hecho un tratado de autoanálisis sobre nuestros propios textos y su fidelidad a estos tonos para crear nuestra carta literaria, con escritor espiritual y ascendente, hemos hecho ejercicios de imitación, ficción, supraficción, metaficción, sacaficción, asficción y en todos estos rituales lingüísticos, nuestra mayor dificultad ante los textos logrados fue siempre ese, el final, nunca era suficientemente bueno, pero lo cierto es que no tienen que serlos, el final de un libro o una historia, no tiene nada de difícil, es un puto punto.

—Mirá que no puedo dejar de mirarte y al mismo tiempo siento un gran deseo de abofetearte, ¿no entendiste nada?, cuatro años de dedicar nuestra energía a esto de la redacción espiritual, del cosmo editorial y seguís creyendo que se trata del signo y no del símbolo, pero te digo algo, no me extraña, siempre sospeche que nunca habías termina de comprender el tratado de semiótica de la gramática, que te sobrepasaba en comprensión su contenido, y aquí está la prueba

—Primero, ese librejo, libruzco, ese ladrillo sintáctico no era canónico de nuestro estudio, sabías bien que era un compilado de la interpretación de los aportes de tus filósofos favoritos, es decir no era más que tu opinión y ni siquiera sé cómo pretendías que lo ignorara, leerlo era aceptar tu hipótesis antes que la mía,  y eso nunca, habíamos ingresado acá precisamente porque no habíamos podido ponernos de acuerdo antes de entrar, no sé como rayos entraste una copia hasta este monasterio, pero era más obvio que no iba a leerlo ni a aceptarlo.

—El abad de los libreros estuvo de acuerdo con que tendría algún valor y me permitió traerlo

—¿Valor?, estás loco, sabes bien que en la torre del diccionario solo se acepta un libro que empieza por la inicial de cada letra de cada de cada de cada país, y sabes perfectamente que el tuyo no es digno de tal destino, el valor que le adjudicas en las palabras del abad, no es más que su valor en bruto, es decir, el cuero de la pasta, el papel, el pegante y bueno digamos que su peso como objeto, porque como obra, ese volumen jamás debió haber recibido el punto final.

—Estás celoso

—No, estoy cansado, no hay más que un punto al final, el comienzo ya lo solucionamos, pudimos encontrar que como causal de un buen inicio la culminación de cualquier pregunta, la promesa de un nombre al azar, o el sentimatopéyico de cualquier orgasmo, pero el final, no sabías como terminar y por eso te dolía, eres incapaz de hacer venir la obra, y por eso extiendes eternamente la proximidad, pero te equivocas,  no hay nada y esta es la prueba.

Cuestión de suerte

Lanzar la moneda, el resto es suerte.

Fernando era un adicto y lo sabía, él estaba consciente de que su vida era una moneda al aire, se pensaba astuto y corría tras cada teoría y cada señal. Veía números en las espaldas de las mariposas, en la comida, en sueños… estaba desquiciado.

Un día rumbo al casino escuchó repicar una campana siete veces, claramente ¡era una señal!, el siete era el número de su suerte, con él siempre ganaba en los dados y persiguió el sonido hasta una puerta gigantesca, la misa apenas iniciaba.

La idea le había venido durante el sermón, el párroco le recordaba a sus feligreses lo impuro del dinero, a Dios lo que es de Dios decía y al César lo que es del César… 

Para ingresar al cielo a la gente solo se le exigía el diezmo y cada idiota sacaba de su billetera el sueldo y lo depositaba en la cesta sin siquiera titubear. A eso le sumaban una confesión, luego una plegaria y todo estaba solucionado. 

Recordó su juventud, cuando era obligado a entrar a la iglesia y confesar sus pecados, nada extraños en un chico de 17 años, masturbación, mentiras, envidia, pereza y más masturbación, aún recordaba la penitencia que nunca había cumplido.

10 Aves marías, 15 padre nuestros y un rosario. Fernando pensó largo rato y se arrodilló dispuesto a rezarlos, pero entonces se le ocurrió: él podría ser el César, él quería más el dinero era claro, todo concordaba, los siete campanazos, el sermón la deuda de su confesión. Señales, eran todo señales, no era cuestión de suerte, era de señales y ahora él las veía.

Fernando hablaba en voz baja para sí mismo:

–Esto hay que tenerlo claro, al diezmo le sumamos estas oraciones y si cada oración es un valor, entre más largo más caro; es decir, el rosario equivale a un billete de diez mil, los padre nuestros a uno de dos mil y las aves marías a uno de mil.

Asignó también a cada pecado un juego, de esta manera se aseguraba de que cada penitencia terminara en donde debía. Para la masturbación se jugaba el diezmo, el mismo movimiento de manos en dos pecados, los dados y siempre al siete, para las mentiras el póker, era cuestión de blufear bien; para la envidia la ruleta, después de todo nunca tuvo muy claro por qué envidiaba a las personas. Finalmente para la pereza, las traga monedas. 

Al casino entró airoso, caminó por las mesas, observó a los dealers y se sentó un rato en el bar, lucía confiado, tenía esa mirada fuerte en los ojos, esa convicción que hace sentir a un hombre que levita sobre la tierra.

Ordenó una hamburguesa y la comió degustando la dulce victoria que se avecinaba, fumó y bebió, parecía alargar con cautela el momento indicado para las apuestas.

Finalmente se acercó y lleno de confianza empezó a apostar. Cada ave maría, cada padre nuestro y el rosario cayeron sobre cada pecado, y lanzamiento tras lanzamiento, mano tras mano, giro tras giro seguía apostando. Cada siete días, en misa de siete se puede ver a Juan en la entrada de la iglesia, confiesa sus pecados, estira la mano para la limosna y suelta dos monedas, toma tres billetes, sale sin dejar su diezmo, sonriendo siempre rumbo al casino, donde los perdedores cada domingo, lanzamiento tras lanzamiento, mano tras mano, giro tras giro entre susurros dicen que lo de Juan es solo cuestión de suerte.

Pesadillas

Sueña mal y no despiertes.

El olor era muy fuerte, rápidamente lo invadía todo, deberían ser unos tres o cuatro días desde la última vez que había conseguido estar lo suficientemente sobrio como para limpiar su apartamento, cambiarse los pantalones, su ropa en general. 

Si lo que lo esperaba era lo usual, habría vómito en varias partes del apartamento y necesitaría de una larga ducha para olvidar su hedor; su peste. Su aliento estaba compuesto por una mezcla de tabaco, vómito, alcohol y algún pedazo de comida rancia… era mejor comenzar la labor.

Se levantó despacio, su cuerpo temblaba y las arcadas de su vientre le recordaban lo débil, lo miserable que era, la tristeza con la que arrastraba sus piernas un paso tras otro, con un esfuerzo tan terrible como los temblores que sufría tras realizar cualquier esfuerzo, estaba hecho polvo.

Al acercarse a la puerta recogió su correspondencia, lo usual, algunos cheques, el doble de las cuentas, ni una sola persona le escribía. Se acercó sosteniéndose de todo lo que encontró a su paso para llegar a la cocina, abrió el refrigerador y bebió de la botella de leche un trago largo, vomitó de nuevo, estaba vencida, destapó una cerveza y una lata de atún, necesitaba fuerzas para enfrentar el infierno de basura en que vivía.

Arrojó las latas sobre la pila de desechos que tenía en el fregadero, mojó su rostro, su cabello, su barba, necesitaba generar un shock que lo levantara de su miseria, así lo hizo, se sentía un poco mejor, pero lo que tenía enfrente solo aumentaba su desdicha.

Su cuerpo delgado le hacía parecer delicado, sus nudillos agrietados eran lo único que le evitaba golpear las paredes, ahora hasta la frustración  no solo lo deprimía, también lo humillaba. Temía un ataque de tos, un estornudo porque sabía que su cuerpo no lo soportaría y que si caía al suelo perdería de nuevo el conocimiento.

Limpiar lo había dejado agotado y tras unas horas de limpiar, de recoger basura y de correr cortinas, su labor estaba casi terminada pero aún lo esperaba la labor más difícil, allí, silenciosa y casi burlona la máquina de escribir lo esperaba, sediento de él, de sus demonios, de sus venganzas personales.

Leyó el manuscrito que yacía junto a ella cerca de dos años, la que sería su última obra, la que dos años después de su primera entrega aún esperaba por ese final que lo haría brillar en las letras, la misma que lo había llevado a perderse en un mundo de licor y de tristezas.

Lloraba, su mundo se había derrumbado por su pasión, lejos estaba de ser el joven premiado, el orgullo de su editorial, la promesa de la novela y las historias; las críticas sobre la similitud de sus historias, el deseo de sobresalir, la ambición, todo lo había corrompido el día en que empezó a escribir con el único objetivo de callar a la crítica, de amedrentar a los demás.

Y pensó que al fin había encontrado una forma de ganar, de enlodar el acoso que había sufrido, el reto al que había sido obligado a entrar por su terquedad, la misma que ahora lo llevaba a caminar hacia a la cornisa, su obra no tendría nunca un final digno de ser leído, su historia en cambio sería una crítica viviente al sistema, lograría salir con la frente en alto y pensando en esto dio un paso al frente.

La sensación de vacío lo despertó bañado en sudor, por fin había salido de aquella pesadilla, de repente un olor le obligó a abrir sus ojos, debían haber pasado unos 3 o 4 días desde la última vez que estuvo lo suficientemente sobrio para limpiar su apartamento… su pesadilla era real. La vida lo había derrotado.

Depredadores

La naturaleza es despiadada en pensamiento palabra obra y omisión.

-¡Está mal Carlos!, simplemente mal, es egoísta, sos un egoísta, un desconsiderado es demasiado simple, y deberías saberlo, deberías ser más como los animales.

-Para, no podés estar hablando en serio, vos me estás diciendo que los problemas que tenemos hoy es que no actuamos más como los animales, pero es una mentira, una estupidez, tu juicio es moral y los animales no siguen ningún código moral, no podés decirme que la solución a un problema autoplanteado está en quien ni siquiera lo percibe como una posibilidad. No, todo mal.

-Ese narcisismo te va a matar, nos va a matar a todos

-No, creeme que el problema no es de narcisismo, pero la falta de lógica, los problemas de la moral vienen de la reflexión y de una mente crítica, esa gallina que vos tanto admirás, y no hablo de gallardo, esa gallina si tuviera dos metros, no tendrían ningún problema en darte un picotazo y comerte porque no tiene juicios de valos sobre vos, una vaca te rumiaría y digeriría 4 veces y si nadás con cocodrilos a ninguno le va importar si fuiste o no la marcha, si votaste o no el referendo, lo entendés, es natural los depredadores atacan a los más débiles, a los aislados, a los lisiados, no me pidás que sea como los animales porque te juro que ahí sí me mirarías con repugnancia, imaginá un padrastro llega a casa y mata a los hijos del padre anterior como los leones, una mujer decapita a un hombre con el que acaba de follar durante una visita conyugal como lo hacen las mantis en cautiverio, o jugar con bebes asustados como lo hacen las orcas… pensá bien, porque en tu deseo de balance y estás deseando solo lo bueno, ignorando también todo lo bueno que tenemos Carla.

-Y para qué nos ha servido todo lo bueno ah para desarrollar un lenguaje que te permite crear con libertad una idea encargada de justificar la barbarie

-No es barbarie, querés acabar la pobreza y el hambre… bueno así se acaba con la pobreza y el hambre, entendé que ninguno de los aquí presentes es parte de ese 1% que te carcome la rabia, ni el que trajo el domicilio, ni el que degolló la gallina, ni el que puso el asadero, ni yo que lo único que hice fue invitarte a cenar, no puede ser que convirtás cada encuentro en una discusión solo porque ahora querés ser vegetariana.

-No es por eso, es porque no me apoyas

-Yo te apoyo con gusto, te apoyo en la mesa, en la cocina, en la ducha, en la cama, en el pub, en el piso, y con esto de ser vegetariana dale, bien por vos, pero no me culpés a mí de la desgracia del mundo porque me gustan las alitas, no me cortés las alas, yo te pido ya la ensalada, es más tengo tomate en la nevera, pero no me grités ni tratés de hacerme sentir mal solo porque hoy querés ser veggie, dale te banco, te hago el 2, te hago barra, pero no me pidás que haga lo mismo y mucho menos me juzgués con el discurso de desalmado, si te molesta mi chiste de que entre más tierno el animal mejor el sabor, estate tranquila que es un chiste, nunca voy a pedir un churrasquito de Koala ni un Bife de panda, jamás me comería un perezoso…

-Te comiste un cuy

-¿Y?

-Es tierno

-Una vez, y sí es tierno, su carne es tierna, también el cochinillo y la mamona lo son, y también las comiste y también te gustaba y también te reías de mi chiste, también vos sos tierna y te también me encanta comerte a vos. ¿Querés dejarte de pendejadas y decirme qué te pasa?

-Somos muy diferentes

-Siempre lo hemos sido, no culpes a los animales de eso, y hablá claro, te vendría bien tu propio consejo, tendrías que ser más como los animales y hacer lo que te satisfaga, sin sentimientos ni emociones, sin moral, por el placer de la carne, por el sabor de la sangre, por puro instinto, por puro goce, dale, dejá de jugar conmigo como si fuera una orca bebé.

Decilo tranquila: Te quiero dejar pero no quiero que sea mi culpa, no quiero que se termine por mi culpa, me querés pero apareció otro que te provoca más, capaz y come ensalada, capaz y te come mejor la entrepierna y te llena algo más que la vagina, dale, decilo, sos tan depredadora como yo, pero no metás la comida en esto, ni la moral, cuando es un problema de doble moral, querés la presa pero no el precio, dale masticate 7 años de vida, dale, sin miedo, pero degustate todo con sus consecuencias, porque así te moleste tanto, sabés que tengo razón, somos depredadores.

-Vos lo serás

-Lo soy, lo soy

-No quiero estar con uno

-Lástima que no pudiste decirlo asumiendo tu decisión. Me voy, se me enfrían las alas.