A las puertas de

—Era de noche y estaba cansado, era de noche y estaba muy cansado, pero no le pesaba el cuerpo, el esfuerzo había sido mental y emocional, vacío, la vida era vacío y aunque en el vacío no hay nada, el vacío pesa.

Las noticias esa semana no habían sido fáciles, el Alzheimer prematuro, como todo en su vida, al igual que la fama y el dinero le llegaba demasiado pronto, ahora se enfrentaba a una idea, su idea se perdía, su vida, la posibilidad de vivir, o de ganarse la vida que para un hombre acostumbrado a hacerlo es tan fatal como el cáncer.

Con todo eso en su cabeza, con cada dolor, y cada angustia en su mente, caminó pateando una piedra, una piedra que a su vez era una idea, la idea de él mismo; caminó pateándose, para recordar que la vida lo estaba haciendo, pateaba con furia, como la vida lo estaba pateando y por primera vez, decidió que debía ceder al vicio, la virtud lo abandonaba y esa era la única señal posible.

Cuando terminó de patear la roca, frente a él estaba el gran anuncio: Jardín de Las Delicias, sí el vicio era lo opción, la señal estaba clara, sacó su celular y buscó el nombre en internet, “pub erótico” show temático, las reseñas eran positivas, y mientras pensaba si entrar o no, la chica del show pasó a su lado —No lo piense tanto, aunque la verdad adentro no pasa mucho, todos se acobardan, hace unos días vino uno, lo sacamos al escenario, podía masturbarme con un dildo, si hubiera sido realmente un hombre hubiera hundido su cara entre mis tetas, o me hubiera hecho sexo oral delante de todos, por lo menos se hubiera animado a tocarme las tetas, pero el imbécil solo me sobaba el tobillo, aunque tenía iniciativa, era torpe y tierno, pero es casi ofensivo, no soy una mujer para dejar pasar, no busco lástima, ni perritos lastimeros, me gustan los hombres que pueden someterme, y vos tenés cara de ser, aunque tenés los ojos llenos de angustia y de dudas —No son dudas, bueno no sobre lo que propone, coincido no es una mujer para dejar pasar, quizá por eso él no la tocó más, porque cuando una mujer es muy fuerte, el brío tiembla, el animal se doma, quizá era un gran amante, quizá solo un cobarde.

—Los susurradores, son unos Indios de la Pampa, que doman a través de la caricia, jamás le sacude un golpe, porque lo trata con paciencia sin igual, hasta que al final se le entrega dócil el animal, pero no viene al caso, los que vienen acá tienen pinta de entenderlo; —De repente notó que ella lo veía, que le hablaba, y la saludó —Hola, perdón, dice que no vale la pena, pero eres el show central —Ella lo interrumpió de inmediato —Me refiero a que no es lo que se espera, no es lo que suele buscarse, no vas a encontrar sexo gratis, no es una orgía romana, no es Sodoma ni Gomorra, aquí no hay un circo de perversiones, la mayoría nunca se deshace lo suficiente de los miedos, se temen, así que si buscas vicio, porque tenés ojos de hacerlo, no vale la pena —Entiendo, sí estoy en búsqueda de dejarme caer en algo, húmedo, en un sexo eléctrico, un sexo que parezca una ventosa, empapada, que succione de mi la vida que he vivido, la esperanza del futuro con el que soñaba, busco donde naufragar, simplemente, no tengo ánimo para nada más —Así son los rotos, sin esperanza los hombres son atrevidos, pierden el pudor, la fe, el miedo, los hombres vencidos, son mis favoritos —Es una invitación —No cariño, es una posibilidad, vos no entrás con nada asegurado, aquí no venís a hacer lo que querés, la esperanza da un ahínco innecesario, me gustan los derrotados, así que si no podés asumirlo no crucés esa puerta.

— Él sacó un cigarro y lo puso en sus labios, ella se lo encendió, y durante toda la noche llevó con paciencia el cigarro a sus labios, con calma pensaba “sería tan malo perder la memoria”, mientras que fumaba la gente a su alrededor entraba y salía, salía oliendo a sexo, salía cansada, agotada, salía y sonreía, adentro había vida, él no quería más, había una trampa, “si entraba y no iba por la gloria de su carne, sería como el cobarde que le acariciaba el tobillo, pero si entraba airoso y con fuerza en su búsqueda, sería rechazado porque le habría arrebatado su poder a ella”.

“Había otra opción”, pensaba, mientras fumaba al lado de la puerta, “ella era peli roja, alta y delgada, así que podría entrar y buscar una mujer diferente, opuesta, voluptuosa, de piel morena, podría entrar y hacer amigos, invitarla a subir al segundo piso del que hablaban en la reseña, convencerla de subir con ellos, ser ese macho brioso que ella quería, pero no con ella, caminar desnudo por todo el lugar, penetrarla a ella a la otra y no a ella delante de todos los ojos, incluso de los delante de ella la de fuego, robarle su fiesta, su show y hacerlo suyo”, podría, podría hacerlo.

Sonreía pensándolo, sonreía frente a una pared blanca, sonreía con una erección en sus pantalones, sonreía mientras la enfermera, los doctores, y los pacientes pasaban a su lado. Tenía 38 años, hacía solo 8 que de manera prematura un cáncer en su cerebro se había desarrollado y afectado su memoria, Alzheimer pensaron en un comienzo, era mucho peor, ahora hablaba, sin saber de que hablaba, vivía o revivía constantemente su pasado, y el antes memorioso profesor, ahora vivía en una ruleta donde el presente nunca era una opción.

Una pelirroja delgada lo visitaba, alta, hermosa, con una sensualidad vulgar pese a sus cuarenta y tantos, lo acompañaba y se encargaba de él.

—Disculpe—le preguntó una enfermera,—¿Cómo se conocieron? —Aunque ella sabía que en verdad preguntaba: qué hacía allí, una mujer hermosa, joven, vital,  al lado de un cuerpo sin cerebro, que en su pregunta había un reclamo, una advertencia, ¡Aléjese ahora, aún está a tiempo, no se quede con él que está averiado! —Este hombre, ja, digamos que demostró que sabía robarse el show, y después de eso, nunca pude dejar de verlo, lo conocí así, como lo ve hoy, ensimismado— y luego dijo pícaramente mientras con sus ojos guiaba a la enfermera a su entrepierna —lo conocí así, ¡pero lleno de vida por dentro!

Carne de mi carne

—¿Lo que me define me contiene? ¿Estamos de acuerdo? —Preguntó con desgano el esteta, sabía que venía el silencio, sabía que alimentaría su tedio… La mayoría de las preguntas eran retóricas, pero no era esa la razón para que el salón guardara silencio, la mayoría no eran conscientes de esto, y la verdad es que la única razón por la que el auditorio estaba lleno no eran las agudas reflexiones, que siendo sinceros, tampoco lo eran tanto y desde que algún progre de gobierno había decido, de manera bastante autoritaria por demás, salvar la ciencias sociales y el pensamiento crítico eliminando los parámetros evaluativos de sus clases, ahora los imbéciles llenaban las aulas, pero eran sillas llenas y cabezas huecas.

Suele suceder, lo curioso es que no lo hayan ya aprendido, a nadie puede obligársele a aprender, la voluntad de un estúpido es indomable, temeraria y sobre todo peligrosa si es secundada además, por políticas de estado, suele ser fatal.

El silencio abucheaba, era así, la ley premiaba la mediocridad y el esteta arremetía de nuevo —Lo saben, las cosas existen porque ocupan un lugar en el universo, y debido al lugar que ocupan reciben un nombre, ese nombre ratifica su existencia y determina su contorno, por ende los define, ¿estamos de acuerdo? —De nuevo sabía que no iba a haber respuesta, todos estaban allí solo porque era imposible reprobarlos, porque se escondían de su incapacidad bajo la idea de merecer algo solo por ser, el esteta estaba agotado, mano abajo, defensa baja.

Durante un rato divagó sin rumbo en medio de oraciones explicativas sobre cómo y por qué había una necesidad en la representación de nosotros mismos para la convalidación de la existencia, sobre el por qué el hecho de que ellos no hablaran hacía que fueran más silla que personas, y sobre como su inactividad frente a la vida misma los convertía no solo en material explotable sino en un vacío, y cuando dijo vacío su voz hizo eco.

—El círculo es el vacío, y el vacío está lleno de todo, ellos no tienen nada, pero no desean solucionarlo, implica acción, si fuera una clase de meditación serían yoguis expertos, llenos de nada, su pensamiento en la nada, su vida en la nada, en la quietud, en la puta quietud… Bukowski tenía razón,  la vida solo se conoce en una pensión de mala muerte, la humanidad, la naturaleza humana sin fuerza es solo vacío, definición por el contrario posición, establecimiento de mi yo a través del distanciamiento ajeno —El esteta estaba como loco, gritaba de un lado a otro, quería correr, tenía fuerza, energía, necesitaba desahogarla, en medio de ese vacío había sido posible plantear la idea de una generación tan abrumada con el yo que estaba ciega ante el otro, no había contraposición y por ende no existía la virtud, ni fracaso, su salón era la pensión de mala muerte, la filosofía la literatura, a eso se refería, el vaho de la humanidad visceral recorriéndolo, la energía desbordándolo.

 —Ustedes, ustedes, gritaba mientras se agarraba la cabeza y acto seguido estiraba los brazos tratando de implorar comprensión para lo que acaba de ocurrir, rogándoles que abrieran los ojos, que se dieran cuenta que frente a ellos estaban ellos, pero nada los afectaba, de hecho, pese a su errático actuar, ninguno parecía inmutarse, y entonces la imagen se diluyó, el rojo sobre su piel se volvió evidente, y las manos antes activas cayeran pesadamente, mientras un calor sobrecogedor comenzaba a recorrerlo, intentaba pedir ayuda, pero sentía que la boca estaba llena de arena, y pudo recuperar su realidad cuando notó la aguja aún colgada del brazo, sintió el acto reflejo de su cuerpo doblegándose ante el vómito que salía de su boca.

—Qué pesadilla, dijo finalmente el forense que cubría el cuerpo. Tiene la cara desconfigurada por el horror, nada se compara al pánico de los que mueren malviajados, ven el infierno que llevan en sus propias venas, se liberan de la prisión de su cuerpo, carne de mi carne, dijo el enfermero que le cerraba los ojos, mientras veía el tatuaje con el que ocultaba sus venas, mientras recordaba el sabor de los buenos viajes.

Hombre Gato

Salvaje

Siempre había estado al tanto de su problema, era grotesco, había algo en lo visceral que le parecía digno de atención. De niño jugaba a apretar la nariz de los mayores para ver cómo la grasa brotaba de la piel como gusanos, pensaba que los seres humanos eran una capa de piel que retenía toda clase de cosas asquerosas… cagar confirmaba su teoría.

Con el paso del tiempo, su sentimiento crecía, el olor de su cuerpo cambiaba y también el de aquellos que estaban a su alrededor, la peste quería salir, destruirlo todo a su paso, aprendió a disfrutar rápidamente de todo aquello que revelaba la naturaleza del hombre, el salvaje olor que bañaba el cuerpo de sudor, la sutileza le parecía innecesaria y postiza.

Escupía en la calle, lo hacía sentirse hombre, la pulcritud la consideraba femenina, débil, no se peinaba y evitaba la ducha cuanto pudiera, a solas con su aroma se pasaba horas, lo disfrutaba y poco le importaba que estuviera fuera de toda convención, el olor detrás de sus orejas, sus axilas o sus genitales lo alegraba.

Le parecía que para el hombre el mal olor era esencial, los perfumes, las cremas, todo aquello que era artificial lo desconcertaba, a él no le importaba hacerle sexo oral a una mujer durante su menstruación, lo prefería, le gustaba el aliento a semen con el que quedaban después de una felación, lo excitaba más y más, era un buen amante, solo que uno sucio.

Había encontrado una forma de sobrellevar su vida, se anunciaba como actor para juegos específicos, generalmente para satisfacer la fantasía de una violación o la de sexo por caridad con un mendigo, poco le importaba, simplemente deseaba impregnar su barba del olor de un sexo húmedo, un recuerdo que lo acompañaría por dos o tres días.

Izaba su ropa interior blanca y manchada como bandera, no tenía un solo par que no estuviera percudido, ni una sola prenda libre de manchas y por supuesto menos de olores, sus excesos en este tema lo hacían correr de cada pensión tras algunos meses.

Con el tiempo la ciudad empezó a aburrirlo, los olores artificiales empezaron a  cansarlo y poco a poco se adentró en las montañas, acostumbrarse le llevó poco tiempo, pasó sus primeras semanas sin problema, revolcándose en lodo, comiendo frutos y marcando su territorio.

No era un gran naturalista, aunque creía que su instinto era tan fuerte como el olor que tenía, grave error, no comprendió que su hedor, esa prenda de aroma que tanto disfrutaba sería su peor enemigo, sentía los aullidos cada vez más cerca, sentía el hedor de otros seres a su alrededor y sentía miedo.

Corrió desesperado, los gruñidos estaban cada vez más cerca, corría, caía y se lastimaba, pero no había tiempo para lamentarse o cuidarse las heridas, tenía que seguir corriendo. El miedo le impedía hablar y pronto las balas empezaron a silbar sobre su cabeza, defecaba mientras corría a cuatro patas, estaba aterrado y no podía reaccionar, no podía ponerse sobre sus dos piernas y gritar: ‘‘soy un hombre’’, y aunque hubiera podido no estaba convencido de serlo.

Los disparos lo atizaban, el ladrido de los perros ya cargaban con su aliento, la sangre le hervía, estaba desesperado, corría, corría sin voltear a ver dónde venían sus perseguidores, corría sin importarle nada. Aunque fue herido, no pudieron encontrar el cuerpo, la bestia había sobrevivido y los rumores no tardaron en propagarse, un monstruo habitaba cerca de la villa, la temporada de caza sería entretenida.

Juego de Palabras

Mientras la veía tomarse la cerveza, y sonreír, con sus labios gruesos brillantes por la saliva, su pelo corto y su risa asincrónica y estridente, punk como ella, no dejaba de pensar en cuáles serían las palabras correctas. Verán, Mark Twain solía decir algo similar a esto: la diferencia entre la palabra correcta y casi la palabra correcta, es la misma que hay entre decir luciérnaga o relámpago para describir una luz en medio de la oscuridad, entienden, ABISMAL, por eso quería elegir bien, después de todo, ella era inteligente, mucho, intimidantemente inteligente.

–Mago —Por alguna razón me decía mago —qué pensás mago.

—En palabras, confesé, con esa verdad que solo la sorpresa revela, que solo un distraído o un mal jugador suele admitir.

—Palabras, —repitió ella sonriendo; es filóloga, en el fondo lo es, aunque haya estudiado piscología —Todos pensamos en palabras, bueno no, los disléxicos como vos piensan en imágenes.

No lo decía con crueldad, más con cierta torpeza, ella puede noquearte, no solo es buena con la cabeza, es fuerte, tiene músculos atrofiados, pero no teme dar un golpe ni usar fuerza, así que lo hace, pero es cuidadosa, no rompe nada cuando es ruda, emocionalmente, me refiero, solo que es tosca, lo natural es así.

—¿En qué palabra pensás?

—Para ser preciso —dije— en un juego de letras o de palabras, no lo sé, pero hay palabras que son mucho más que su significado, palabras que no pueden ser contenidas por las letras que la componen, que incluso parecen indicar cómo deben usarse.

Era sábado en la tarde, el trabajo en la editorial había terminado, se aproximaban unas vacaciones merecidas y largas, no más “Pappers” ni tesis doctorales, no más libros ni productos académicos, era libertad lo que teníamos frente a las narices y, de alguna manera, había logrado que las ganas de decirle todo sonara más a trabajo que el mismo trabajo.

—¿Cómo cuáles? —dijo ella con cara de: a lo bien parce, en un sábado a la tarde, en un sábado de pola, en un sábado donde no has dejado de mirarme las piernas o la boca, el día en que tengo puesta la lencería verde oliva que te gusta, con el brallette de encaje, come mucha mierda.

—Amable —dije, —amable significa una persona agradable, servicial, dispuesta a escucharte, o ayudarte, alguien que saluda con genuina gentileza es amable, alguien que da su silla es amable, alguien que te ayuda a buscar lo que necesitas, o que se toma el tiempo para explicarte algo que no entiendes, es amable, pero amable no es solo gentileza, amable también es aquello que es posible amar, amable también es la persona con la que es fácil conectarse, hablar, amable es proclive al amor, amable dije por última vez mirándola a los ojos.

Sonrió, no dijo nada pero sonreía, con cara de haber entendido, sonreía con cara de saber que ella era amable para mí, que había mucho más en lo que decía, que lo decía con las mismas ganas que le había quitado esa tanguita y ese bralette la primera vez, con las mismas ganas que la había besado con torpeza e imprudencia la primera vez que lo hice, con las mismas ganas que la había llevado contra la pared, sujetándole las manos sobre la cabeza, mientras que con la otra le manoseaba las tetas, con esas ganas impulsivas, hormonales, sabía que le decía que era amable, como amante, sí, eso era, amable como amante, que quería sentir de nuevo sus manos en mí, su humedad en mi boca, en mis dedos.

Eso era lo que quería decirle, y ella sonreía con cara de haberlo entendido y luego habló con un tono cómplice en la voz.

—Amable— repitió

—sí, —dijo.

—Sos bueno jugando con las palabras —continuo, mientras jugaba con la cerveza, mientras se mordía la boca, —pero sos muy ciego, el truco, no es la palabra, ni la conjugación, es la intención con la que decimos, tenés razón en algo, por si sola la palabra no basta, yo puedo decirte: yo te luna y sabrías que digo que te quiero, podrías decir oye, te aguacate, y podría significar mucho más, no es lo que digo, es lo que quiero que entiendas.

—Y tenía razón, porque cuando ella dijo eso, yo entendí: sacame de acá, quitame la ropa, meteme a un cuarto, y sacame las ganas, los gemidos, la rabia… los orgasmos.

Signos

Era leo y su ascendente sagitario, confiaba en que los días soleados eran buen augurio y se encontraba a una nube de distancia de la melancolía, su cama daba siempre salida a la derecha solo para no correr riesgos.

En cada sitio donde colgaran sus piernas, una silla alta, una mesa, un muro, lo interpretaba como una invitación a recordar su niñez. Para él todo estaba cargado de significado y eso lo hacía feliz, pensaba que un hombre, un ser humano debía creer en algo, en lo que fuera, pues era la primera muestra de humildad que podría brindar.

Cuando una persona confía en algo diferente a sí mismo, puede crecer, está alerta a lo que pueda brindarle su creencia, sin embargo le gustaba en especial aquellos que creían en las personas, ellos estaban tan alto en su percepción que eran sus personas favoritas, eran señal de que todo no estaba perdido, que el camino al corazón de los demás solo estaba olvidado.

Aquellos que como él buscaban significado en cada uno de los elementos que rodeaban su vida los consideraba más despiertos y sensibles, creía que el universo los había elegido como recipiente de ideas, que su conexión con lo místico era mayor, catalizadores, eran catalizadores de sueños y sus sonrisas irradiaban alegría y su llanto lo emparamaba, hacían que la melancolía lo abrazara cuando conocía a una persona que creía él simplemente caía fascinado ante su encanto… eran personas libres de sí mismas.

También le emocionaba escuchar apreciaciones sobre él, porque creyendo en los signos no dudaba en escuchar lo que representaba, saberse signo era para él vaticinio de lo bueno y lo malo, era estar vivo y saber que encarnaba sus deseos, anhelos y pretendía conocerse aún más a través de los demás.

Suspiraba con frecuencia y cada que encendía un cigarrillo creía que con él maduraba sus ideas, las adobaba y que -al igual que los barriles de añejamiento– las bañaba con un sabor amargo, con una pinta de sobriedad e inteligencia, le gustaba pensar que era inteligente, sus pasiones le parecían signo de ello y por ende una verdad que debía abrazar y seguir.

Pero su condición se lo impedía, sus manos siempre estaban atadas hasta las diez de la mañana, su espíritu no se encendía hasta después de las dos de la tarde y su corazón no estaba dispuesto a latir a un ritmo altivo sin que cayera el sol y esto también era un signo que solo en sus mejores días descifraba, entendiendo que su pijama apretaba mucho su cuerpo porque era una camisa de fuerza, que sus nervios destrozados eran esclavos del cáncer que consumía sus días y que aún continuaba en ese manicomio, que su decisión le había hecho prisionero y que nadie creía tanto en los signos como para aceptar su defensa, nadie nunca le había creído que la razón para dinamitar esas escuelas era tan solo un acto que buscaba liberarnos de las fábricas que arruinaban la creatividad y sus productos perfectos, debían morir, antes de perder su vida, merecían morir por no ir tras sus propios signos.

De repente, el ruido de las explosiones volvía a sonar en su cabeza, sonreía mientras meneaba las piernas desde su columpio.

–Jaime, ¡es hora de volver a clase!– Gritaba su maestra desde la puerta de la escuela, no comprendía su alegría si el llamado era para terminar su descanso. 

–¿Por qué sonríes Jaime?—

–He comprendido mi futuro maestra, yo salvaré al mundo algún día, ya sé cómo hacerlo…–

A quien corresponda

Quiero contarte algo: he soñado que veía y besaba las tetas más perfectas del mundo; Pero antes de seguir, necesito saber, por qué no has dado aún respuesta a la última vez que te escribí, no sé si lo recuerdas, pero asumo que la carta llegó a su destino porque la empresa de correos no me ha notificado ninguna devolución, ¿o acaso vas a responderme que lo has olvidado?, ¿es eso?, ¿o acaso ya no tienes tiempo para responder las cartas de tu padre?

Ahora, lo cierto es que no tiene relevancia si leíste la carta, pero, ¿recibiste el paquete? Por favor escríbeme, cuéntame… ojalá algún día haya una forma de saber si el mensaje ha sido recibido, pero ahora, el único medio es este, escribirte y confiar en que el cartero no se equivoque, ¿se habrá equivocado?

Discúlpeme, si no debía usted recibir esta carta, perdone mi confidencia inicial, en verdad eran las tetas más hermosas y perfectas del mundo, tamaño, textura, una piel tersa… pero ese mensaje no era para usted, de casualidad no ha recibido usted un paquete el mes pasado, debe haberse entregado por la misma fecha. Si lo hizo, podría intentar que llegue a quien la espera, es vecino suyo, tengo entendido que les pasa a menudo, creo que alguna vez recibió de él un taladro, que, aprovechando el momento, ¿no podría también usted devolvérselo?

Tengo entendido que se ha vuelto usted un poco malumorado desde que lo abandonó, su esposa, sé que es duro que lo engañen, Gloria también engañaba a Alberto, mi hijo, es el vecino suyo, al que va dirigida esta carta, y la anterior, y el paquete y el taladro que usted robó. 

En todo caso, le decía, recuerdo esas cartas largas y graciosísimas que Alberto me escribió contando con total soltura sobre cómo gemía su mujer en pleno horario laboral, ¿aún lo llaman Alce? Perdone, no viene al caso, continúo me ruboricé mucho, escuchando sobre la libertad de la lengua y la capacidad pulmonar de su mujer, dice Alberto que gemía de una manera especial, muy bella, como coro de iglesiía. Así era Gloria también, él me contaba que lo martirizaba mucho, porque desde que se supo que a Alberto lo engañaba Gloria, en la industria nadie volvió a respetarlo. Lo perdió todo, lo que más le costó fue su dignidad. El era, quizá todavía lo sea, un hombre muy pudoroso y cobarde, pobrecito, nunca pudo disfrutar de la carne, me refiero al sexo, crecí creyendo que quizá sería pastor, o sacerdote. Era un chico bien parecido pero muy lerdo, sin malicia, por eso me llam{o mucho la atención cuando me contó lo de su mujer, debe haber sido una delicia en la cama, una pena que ya no vaya a disfrutarla más.

¿Está usted bien?, perdone la ligereza con la que trato el tema, pero mi hijo me ha dicho que todo el edificio lo sabía, incluso en su trabajo y por eso los bomberos le han cambiado el turno a la noche, para evitar que siga usted bebiendo, que se corre el rumor que usted lo sabía pero no le importaba porque le daba una excusa para beber. Déjeme preguntarle por qué no le importaba, de verdad sabía mejor una copa que su sexo húmedo… yo no sería capaz de resignarme, nada sabe mejor que un sexo empapado. Pero para los gustos los colores.

Alberto, aún vive en ese edificio, o se ha mudado, es cierto que me había dicho que quizá se iba, quizá cambió de domicilio cuando se fue su mujer, no tendrá usted la amabilidad de conseguirme la dirección de su ex mujer, quizá se fue tras ella, es un tipo menudo, gafas, nunca mira a los ojos cuando saluda, era el del apartamento 305 o el 405.

Cuando terminó de leer carta Carlos se levantó arrugándola, miró a su cama vacía, el abandonó inexplicable de su esposa hace un mes lo tenía convertido en un despojo lleno de ira, sudaba, y con cierta calma, tosca y torpe caminó dando tumbos hasta el apartamento cerró la puerta del 405 y sin vacilar, caminó hasta la 305 con el taladro en la mano.

Los gritos despertaron a todo el edificio, Alberto murió desangrado antes de conseguir ayuda y Carlos no había negado ni siquiera alegado inocencia.

Cuando Andrés leyó la noticia en el periódico sensacionalista la mañana siguiente sonrió, los había encontrado en un bar hace un par de semanas y hablando con el barman había aprendido de ellos lo suficiente; sacó una lista de su bolsillo aún sonriendo y recortó la noticia del periódico.

Cuando la policía lo capturó pudieron resolver más de un centenar de casos de viejos crímenes inconclusos, con una sola pista en común, una carta dirigida siempre a los perpetradores, todas enviadas desde el mismo buzón.

Un poco de vida

Ser un restaurador de museo no era el trabajo que había imaginado cuando como biólogo había recibido la invitación a participar de la preservación de la historia. Durante sus años de facultad siempre había querido marcar la diferencia, soñaba con salvar las especies y el mundo, nunca imaginó que terminaría confinado en un cuarto rodeado de las especies que adoraba, de las que se había enamorado en la facultad, las increíbles, las míticas, las nobles, las majestuosas… muertas, total y absolutamente muertas.

Cuando cerraba el museo su horario comenzaba, cuando todos dormían, incluso los vigilantes, él trabajaba; trabajaba mientras buscaba las aletas de los pingüinos que debía volver a pegar; trabajaba en preparar las pinturas que les daban los colores adecuados a las pieles; trabajaba en los injertos de pelos, midiendo picos, patas, dibujando vida en unos ojos apagados, secos, fríos.

Fue a su escritorio, sirvió un vaso grande de un trago fuerte. Lo bebió sin tregua, el calor del alcohol salió por la nariz y quemó la garganta en el proceso, sacó su tabaco favorito, lo adobó con un poco de hierba, y fumó junto a los cachorros de los osos polares, bebió otro vaso y caminó sin ningún destino.

Quizá fue la hierba, particularmente crespa, particularmente fresca, pero al acariciar el pelo de la foca bebe, la imagen de una entrepierna casi depilada le llegó como un rayo, lo recorrió con escalofríos y lo hizo salivar, jugar con la lengua en sus labios, clavarse los dientes; por un segundo sintió una reacción casi animal. Atontado la recorrió de nuevo y esta vez la oyó gemir, la recordaba entre sus dedos, la entrepierna empapada, el sabor de los fluidos, resopló y cerró los ojos, volvió a tocar y sintió sus vellos en la nariz, en el labio, sintió su mano en la cabeza, de arriba abajo la escuchaba guiarlo, así, así, así ay, ay; la segunda vez fue mejor que la primera, las palabras le rebotaban en la cabeza, bufaba, bramaba, el instinto lo poseía, ahora el que gemía era él, el brío se le alborotaba y se curvaba como un animal herido.

El vello en su mano, en su boca, el orgasmo en su lengua, la humedad, la humedad era lo único que faltaba y la emulaba el licor, las facilitaba el licor, la brindaba con el licor; el control no pudo sostenerlo, se arrancó la ropa y se frotó como un perro en un sofá, como un perro en la pierna de la visita, como un perro castrado sobre una almohada, solo por instinto, a pesar del dolor, a pesar del daño que se hacía al recordarla, a pesar de todo, seguía mugiendo.

Al día siguiente el director del museo lo llamó a su oficina, mientras hablaba encendía un televisor y se veía así mismo caminando hacia su escritorio, con un vaso en la mano, los pantalones abajo, una foca en la mano, mientras que de su boca un hilo de humo se desprendía.

—Puede explicármelo—preguntó incrédulo el director.

—Sí puedo dijo el restaurador —intentaba darle un poco de vida al lugar, dijo con una sonrisa en la boca.

A imagen y semejanza

—En las sillas de un bus me han pasado muchas cosas, comencé a contarle a la chica que estaba a mi lado sin prestarle mucha atención a si me escuchaba o no. Supongo que era parte de esa cascada de pensamientos; la verdad es que igual me había sucedido a mí cuando -sin estar seguro de quererla o no-recibí la imagen, y ahora no podía desprenderme de ella. Por fortuna preguntó.

—¿A mí me habla?, —no me había fijado en su cabello ensortijado, negro y oscuro, no había notado tampoco sus labios gruesos, y por alguna razón tampoco había notado sus ojos, a todas luces retóricos y parlanchines, de sonrisa escandalosa-esa mujer podía contarte el quijote en una mirada, regalar un jardín de delicias en un guiño, pero era intrascendente, quería desearla, pero la imagen seguía allí y me fue imposible, así que aproveché su respuesta para decirle: No estoy seguro, creo que aún hablo conmigo, disculpe, no quiero molestarla, pero es difícil, no he dejado de pensarlo. Quizá solo hablaba en voz alta, no tengo nada específico qué decirle, pero siento también la pulsión de contárselo todo. Verá, es interesante, y la verdad es que aún falta mucho para que nos atiendan a alguno de los dos- le dije-pensando en que llevábamos un rato sentados y la chica de la recepción había sido clara en que con 2 médicos menos, el consultorio de exámenes laborales iba a prolongar su tiempo de atención; el caso fue que ella asintió y yo pude contarle.

Tengo un amigo, es muy creyente, una de esas pruebas de que la fe es inútil y poco próspera, que no mueve montañas ni persuade voluntades -es una forma de hablar, no pretendo ofenderla si es creyente- pero si lo conociera entendería que si él no tiene un granito de mostaza, nadie lo ha tenido nunca. El caso es que toda su familia ha muerto, su esposa le ha dejado y para colmo su trabajo ha sido eliminado a causa de un recorte, él ni siquiera se ha inmutado, estóico, digno, ha velado a sus hijos, y sus padres, él mismo le ha ayudado a sacar sus maletas y sus pertenencias en un acarreo a su ex mujer, un acarreo en el que quien conducía era su amante. No la increpó, no la insultó, no desahogó su rabia más que en una profunda calma, créame si antes de la tempestad viene la calma, de ese hombre vendrá el fin del mundo. Pero no viene al caso su resiliencia, ni su ingenua y apostólica capacidad de permitir que se haga en la voluntad de su señor, no, no tiene nada qué ver.

El hecho es que la idea me ha sorprendido de golpe, y si dios no fuera nuestro dios, ¿se imagina ser solo un juguete quizá para un ser cósmico, para un universo en expansión?, ya sé que suena ridículo, pero medítelo, ¿y si el universo fuera un gato?,¿ lo ha pensado? cumpliría con todos los criterios: el trato frío e indiferente, las buenas épocas que a veces nos ronronean y las malas rachas que nos arañan todo. El universo es a todas luces un gato, a imagen y semejanza, indiferente, caprichoso, adicto al caos, perezoso y demandante, independiente de cualquier plan, o conducta, ¿puede imaginarlo?Va por ahí con su paso tranquilo, echándose de espalda en los planes del destino, rompiendo estrellas consumido por el deseo de atrapar la luz impalpable, ¿conoce la historia de Quelona?

—¿Debería? —Preguntó ella casi indignada, —No, no debería, son gajes del oficioos libreros sabemos mucho de eso que a nadie le importa. Sucedió, si es que sucedió, en Grecia, lo que se conoció como el reino ático, allí se difundió alguna vez el mito de que el mundo iba a espaldas de una tortuga, otras culturas la llaman Aspidochelone, una tortuga con un continente a su espalda, una isla. No tiene importancia como le digo, son solo datos estúpidos, pero me hacen pensar en que bien podría no ser una tortuga, sino un gato, no ser el mundo, ni un continente, sino el mismo universo entero, la voluntad de un gato, ¿lo imagina? ¿Ser solo una proyección, una imitación de una creación, o quizá una programación desfasada de un niño intergaláctico que ha creado una inteligencia artificial que emula el comportamiento de su mascota intergaláctica?, ¿lo imagina?, No negará que tengo razón, que cumple al pie de la letra la posibilidad.

—Cielo —llamó la enfermera de la recepción, y ella se levantó con una gracia felina, sonrió estirando la comisura de los labios a la mitad de sus mejillas y solo respondió Miau.

—Sigue mal Rosita, auméntele la dosis, aún desvaría, y continúa disociado, no reconoce la partida de sus hijos y sus padres, no habla de la pérdida de su mujer, ni de nada, habla de él como un tercero al que no conoce pero admira, el shock le ha borrado la mente. Serviría tanto si pudiera recordar y decirnos qué tomó, en qué cantidad, pero es inútil, hoy está bastante creativo, ¿sabe qué me ha dicho?, ha encontrado la forma de crear una teoría en la que el tiempo, y el universo son un gato.

—Miau, respondió Rosa. Con una sonrisa marchita, con la esperanza triste, con el dolor en la garganta.

Herencia

Cuando falleció mi padre, recibí como herencia un pequeño Bar, más que un bar una tienda, pero los clientes predilectos jamás compraron un huevo, ni un pan, jamás vinieron a completar su desayuno, ni a fiar para un cubo de carne para un almuerzo, el surtido me respaldaba, era un bar: tequilas, whiskys, rones, cervezas, aguardientes, nada lácteos ni yogures, el acta de registro decía solo establecimiento de comercio, permiso para vender licor.

Junto con el bar recibí también un cuaderno lleno de anotaciones, desde cómo organizar la cerveza para que la marca que más se vendía y la que menos, estuvieran siempre frías, disponibles y a la mano, la mecánica para el baño, a quienes sí, y a quienes no prestarlo, eventos y preparativos, y una lista muy interesante: Clientes Únicos.

El Tanguero

Casi solo, si tuviera que describirlo esa sería la mejor forma, su mesa nunca está llena, siempre hay lugar para alguien más, se expande con facilidad, se desparrama con un bandoneón tomando aire, pero a medida que todo se ensancha, se aleja de él, los todos lo saludan, los grupos se apartan, y él en medio siempre de una conversación, entre dos rostros que por cortesía a veces lo incluyen en sus pimponeos.

Su mesa es asilo, se sientan conocidos y desconocidos, foráneos y locales, de todo se toma en su mesa, a todos se les sirve, para la cuenta a nadie se le pide, pero no es tonto, a quien la mano le pesa a la hora de retribuir, no de pedir, no vuelve a ocupar allí un lugar.

Salsa suena, pero no se inmuta, rock suena, pero no se inmuta, pero cuando una milonga, o un tango se asoma, la debacle comienza.

En África, algunas tribus llaman: nyati a los búfalos, la palabra traduce muerte negra, por su necesidad de venganza, su deseo insaciable de no morir en vano, algo de eso tiene el tanguero, de muerte negra, de dolor perpetuo, herido está. Por eso cuando suena un tango se aleja un poco más de todos, y se acerca en silencio a la botella, la acaricia, el dedo juega y la recorre, de arriba abajo, parece que le coquetea, parece que la acecha,  remueve la tapa con pequeños giros que realiza con el dedo anular, no solo la destapa, la excita, cada giro se muerde los labios, cada giro sin quitarle los ojos de encima.

Hace un gesto y el hielo llega, dos cubos que pide siempre le pongan en las manos primero, luego los lleva a la boca por turnos, juega con cada uno, —caliento los hielos y  enfría la boca— dijo una vez cuando alguien le preguntó porque lo hacía, —sabe mejor el sentimiento que se bebe cuando se hace— añadió, luego sirve cansado y al ojo, sin copa ni medida, como una intuición, bebe su dolor, su alegría, su cansancio, sus derrotas, con tango se aísla, se refugia en sí mismo y bebe, bebe con la nariz, acercando el vaso a sus fosas nasales, cierra los ojos y lo imagina, no sabe catar una mierda, no distingue entre 3, 5, 8 , 12, 18 años, no sabe la diferencia entre burbon, no single malt, no entiende que es un blend, no le importa, no necesita captar olor a grosellas, ni presumir del buqué ni del cuerpo de lo que bebe, lo que bebe no tiene los años de la botella, ni el aroma de la barrica, él se bebe las canciones, los recuerdos a los que están unidas.

Eso lo contó un día, en que estaba solo, casi solo, ese día entendí dos cosas, que nunca estaba con nadie por completo, que nunca estaba solo por completo. Que siempre estaba con las que había dejado, con los que amigos que ya no habla, con las posibilidades de sí mismo en las que no se convirtió, con la melancolía embotellada.

—Quedarse casi solo, vale la pena cuando se pierde por las razones correctas, — dijo ese día en que bebía y escribía, nunca entendí a que se refería, no me interesaba tampoco, yo solo aprendí que, si la semana había estado difícil, siempre me vendría bien un tango para cuadrar la noche.

***

—Siempre creí que era un tipo simple y distraído mi padre, me equivoqué.—

La otra memoria

Una de las cosas que hemos dejado de valorar es la posibilidad de olvidar, parecía buena idea poder guardarlo todo, era un sueño cuando los disquetes tenía la capacidad de 1.44 mb, cuando además somos conscientes de que en realidad nada ha ocurrido como lo recordamos.

Por lo general el olvido aparece en nuestras vidas como un traspié, grandes inventos deben haberse olvidado, aunque no faltará el mequetrefe que diga que “si hubiesen sido tan grandes no habrían sido olvidados”, papanatas, olvidan que todo gran invento comienza con una pequeña idea, y que en ese estado es frágil… pero no olvidemos de lo que hablamos, del olvido, del bien que nos hace olvidar siempre y cuando, no sea, la fecha de pago del recibo de los servicios, o tomar la pastilla anticonceptiva, y esos momentos donde pese a la familiaridad y entusiasmo con que nos saludan en la calle, el nombre del extraño no viene nunca a nuestras mentes, para los demás momentos, el olvido tiene valor terapéutico.

El problema, es la otra memoria que hemos olvidado, la digital, uno ha seguido con su vida, los años han pasado, y de repente Facebook te dice que hace 8 años estabas con la mujer de tu vida, esa otra vida que ya no recuerdas, comiendo un helado, una frase célebre de un autor al que ya no le guardas culto, una cerveza con un amigo de quien ya no sabes si vive aún, esa sonrisa tonta y pedante con la que te gustaba cerrar las discusiones; o cambias el celular y de repente recuerdas a otras mujeres de otras vidas casi posibles, tan cercanas, historias que, aunque cortas fueron intensas y de repente como toda promesa rota, dolorosas.

Así también nos agarran abajo las etiquetadas en redes, los TBT, se nos ha negado el olvido y el olvido es un regalo, no se puede vivir aquí si se recuerda todo, de hecho las sobrecargas de memoria generan crisis nerviosas, amargura e ira, por eso todo hombre con buena memoria es en esencia desdichado, carga consigo no solo su día ni su mes, ni su año o sus años, carga con él la vida de los demás y su contexto, sí, suelen ser prudentes, o sabios, buenos conversadores y ofrecer a pesar de sí mismos consejos para los demás, pero su melancolía nunca se extingue, por el contrario, crece con cada recuerdo, sin embargo, incluso ellos olvidan, solo que olvidan menos.

Recordar antes era un viaje para el que te preparabas, había calentamiento, buscabas el álbum de fotos que querías ver, las diapositivas que ibas a proyectar, el video casete que ibas a reproducir, ibas a hacia los recuerdos por una acción inducida, voluntaria, hoy es diferente y por eso poder olvidar es un regalo.

Intenten recordar su vida sin notificaciones, sin urgencias externas, solo con su deseo, un día a la vez, un solo anhelo, sin angustiarse por un led que cambia de color recordándoles a donde ingresar, qué ver, qué leer, intenten, solo por un segundo verlo como se los pido, hagan las pases con el olvido, con ser olvidados, porque va a pasar, pero eso es lo natural, lo importante, lo real no tiene medida mínima de tiempo, fuimos, debe bastarnos con eso, porque no hay vuelta atrás, pero eso es lo importante, que entendamos que fue real; seguiremos queriendo por instinto, anhelando por reflejo, y podremos volver accidentalmente a algunos lugares comunes, y ver de lejos ese momento, pero no será a voluntad ni orden ni progresivo.

Recuerdo que mientras hablaba el especialista de enfermedades degenerativas no había dejado de jugar con la historia clínica, ni de mirar con una especie de lástima y dolor a la familia, y cuando terminó de darle vueltas al asunto, explicó que la enfermedad avanzaría devorando los recuerdos, que con el tiempo todos iban a desaparecer, incluyéndome, —como Benjamin Button— dijo, aunque solo mentalmente, mi cuerpo envejecerá con normalidad, pero será un cascarón, el daño va a ser tan grande, que yo dejaré de existir en 3 años, mi cuerpo seguirá aquí ocupando un espacio en un acogedor silencio, olvidaré leer y escribir,  a mí me omite, quizá nunca le ha dado esta noticia a un escritor, quizá es venganza, quizá él no quiere ser olvidado.

La otra memoria, dice para terminar, siempre me mantendrá vivo.