Herencia

Cuando falleció mi padre, recibí como herencia un pequeño Bar, más que un bar una tienda, pero los clientes predilectos jamás compraron un huevo, ni un pan, jamás vinieron a completar su desayuno, ni a fiar para un cubo de carne para un almuerzo, el surtido me respaldaba, era un bar: tequilas, whiskys, rones, cervezas, aguardientes, nada lácteos ni yogures, el acta de registro decía solo establecimiento de comercio, permiso para vender licor.

Junto con el bar recibí también un cuaderno lleno de anotaciones, desde cómo organizar la cerveza para que la marca que más se vendía y la que menos, estuvieran siempre frías, disponibles y a la mano, la mecánica para el baño, a quienes sí, y a quienes no prestarlo, eventos y preparativos, y una lista muy interesante: Clientes Únicos.

El Tanguero

Casi solo, si tuviera que describirlo esa sería la mejor forma, su mesa nunca está llena, siempre hay lugar para alguien más, se expande con facilidad, se desparrama con un bandoneón tomando aire, pero a medida que todo se ensancha, se aleja de él, los todos lo saludan, los grupos se apartan, y él en medio siempre de una conversación, entre dos rostros que por cortesía a veces lo incluyen en sus pimponeos.

Su mesa es asilo, se sientan conocidos y desconocidos, foráneos y locales, de todo se toma en su mesa, a todos se les sirve, para la cuenta a nadie se le pide, pero no es tonto, a quien la mano le pesa a la hora de retribuir, no de pedir, no vuelve a ocupar allí un lugar.

Salsa suena, pero no se inmuta, rock suena, pero no se inmuta, pero cuando una milonga, o un tango se asoma, la debacle comienza.

En África, algunas tribus llaman: nyati a los búfalos, la palabra traduce muerte negra, por su necesidad de venganza, su deseo insaciable de no morir en vano, algo de eso tiene el tanguero, de muerte negra, de dolor perpetuo, herido está. Por eso cuando suena un tango se aleja un poco más de todos, y se acerca en silencio a la botella, la acaricia, el dedo juega y la recorre, de arriba abajo, parece que le coquetea, parece que la acecha,  remueve la tapa con pequeños giros que realiza con el dedo anular, no solo la destapa, la excita, cada giro se muerde los labios, cada giro sin quitarle los ojos de encima.

Hace un gesto y el hielo llega, dos cubos que pide siempre le pongan en las manos primero, luego los lleva a la boca por turnos, juega con cada uno, —caliento los hielos y  enfría la boca— dijo una vez cuando alguien le preguntó porque lo hacía, —sabe mejor el sentimiento que se bebe cuando se hace— añadió, luego sirve cansado y al ojo, sin copa ni medida, como una intuición, bebe su dolor, su alegría, su cansancio, sus derrotas, con tango se aísla, se refugia en sí mismo y bebe, bebe con la nariz, acercando el vaso a sus fosas nasales, cierra los ojos y lo imagina, no sabe catar una mierda, no distingue entre 3, 5, 8 , 12, 18 años, no sabe la diferencia entre burbon, no single malt, no entiende que es un blend, no le importa, no necesita captar olor a grosellas, ni presumir del buqué ni del cuerpo de lo que bebe, lo que bebe no tiene los años de la botella, ni el aroma de la barrica, él se bebe las canciones, los recuerdos a los que están unidas.

Eso lo contó un día, en que estaba solo, casi solo, ese día entendí dos cosas, que nunca estaba con nadie por completo, que nunca estaba solo por completo. Que siempre estaba con las que había dejado, con los que amigos que ya no habla, con las posibilidades de sí mismo en las que no se convirtió, con la melancolía embotellada.

—Quedarse casi solo, vale la pena cuando se pierde por las razones correctas, — dijo ese día en que bebía y escribía, nunca entendí a que se refería, no me interesaba tampoco, yo solo aprendí que, si la semana había estado difícil, siempre me vendría bien un tango para cuadrar la noche.

***

—Siempre creí que era un tipo simple y distraído mi padre, me equivoqué.—

La otra memoria

Una de las cosas que hemos dejado de valorar es la posibilidad de olvidar, parecía buena idea poder guardarlo todo, era un sueño cuando los disquetes tenía la capacidad de 1.44 mb, cuando además somos conscientes de que en realidad nada ha ocurrido como lo recordamos.

Por lo general el olvido aparece en nuestras vidas como un traspié, grandes inventos deben haberse olvidado, aunque no faltará el mequetrefe que diga que “si hubiesen sido tan grandes no habrían sido olvidados”, papanatas, olvidan que todo gran invento comienza con una pequeña idea, y que en ese estado es frágil… pero no olvidemos de lo que hablamos, del olvido, del bien que nos hace olvidar siempre y cuando, no sea, la fecha de pago del recibo de los servicios, o tomar la pastilla anticonceptiva, y esos momentos donde pese a la familiaridad y entusiasmo con que nos saludan en la calle, el nombre del extraño no viene nunca a nuestras mentes, para los demás momentos, el olvido tiene valor terapéutico.

El problema, es la otra memoria que hemos olvidado, la digital, uno ha seguido con su vida, los años han pasado, y de repente Facebook te dice que hace 8 años estabas con la mujer de tu vida, esa otra vida que ya no recuerdas, comiendo un helado, una frase célebre de un autor al que ya no le guardas culto, una cerveza con un amigo de quien ya no sabes si vive aún, esa sonrisa tonta y pedante con la que te gustaba cerrar las discusiones; o cambias el celular y de repente recuerdas a otras mujeres de otras vidas casi posibles, tan cercanas, historias que, aunque cortas fueron intensas y de repente como toda promesa rota, dolorosas.

Así también nos agarran abajo las etiquetadas en redes, los TBT, se nos ha negado el olvido y el olvido es un regalo, no se puede vivir aquí si se recuerda todo, de hecho las sobrecargas de memoria generan crisis nerviosas, amargura e ira, por eso todo hombre con buena memoria es en esencia desdichado, carga consigo no solo su día ni su mes, ni su año o sus años, carga con él la vida de los demás y su contexto, sí, suelen ser prudentes, o sabios, buenos conversadores y ofrecer a pesar de sí mismos consejos para los demás, pero su melancolía nunca se extingue, por el contrario, crece con cada recuerdo, sin embargo, incluso ellos olvidan, solo que olvidan menos.

Recordar antes era un viaje para el que te preparabas, había calentamiento, buscabas el álbum de fotos que querías ver, las diapositivas que ibas a proyectar, el video casete que ibas a reproducir, ibas a hacia los recuerdos por una acción inducida, voluntaria, hoy es diferente y por eso poder olvidar es un regalo.

Intenten recordar su vida sin notificaciones, sin urgencias externas, solo con su deseo, un día a la vez, un solo anhelo, sin angustiarse por un led que cambia de color recordándoles a donde ingresar, qué ver, qué leer, intenten, solo por un segundo verlo como se los pido, hagan las pases con el olvido, con ser olvidados, porque va a pasar, pero eso es lo natural, lo importante, lo real no tiene medida mínima de tiempo, fuimos, debe bastarnos con eso, porque no hay vuelta atrás, pero eso es lo importante, que entendamos que fue real; seguiremos queriendo por instinto, anhelando por reflejo, y podremos volver accidentalmente a algunos lugares comunes, y ver de lejos ese momento, pero no será a voluntad ni orden ni progresivo.

Recuerdo que mientras hablaba el especialista de enfermedades degenerativas no había dejado de jugar con la historia clínica, ni de mirar con una especie de lástima y dolor a la familia, y cuando terminó de darle vueltas al asunto, explicó que la enfermedad avanzaría devorando los recuerdos, que con el tiempo todos iban a desaparecer, incluyéndome, —como Benjamin Button— dijo, aunque solo mentalmente, mi cuerpo envejecerá con normalidad, pero será un cascarón, el daño va a ser tan grande, que yo dejaré de existir en 3 años, mi cuerpo seguirá aquí ocupando un espacio en un acogedor silencio, olvidaré leer y escribir,  a mí me omite, quizá nunca le ha dado esta noticia a un escritor, quizá es venganza, quizá él no quiere ser olvidado.

La otra memoria, dice para terminar, siempre me mantendrá vivo.

Algo hay en el aire

No sabría bien cómo explicarlo, pero, desde hace algún tiempo, desde que dejé de fumar, he notado que hay algunas cosas en el aire; los olores, los aromas, los dulces encuentros de recuperar el olfato fueron sin duda alegres, pero con el tiempo, con el tiempo todo ha empeorado.

Quizá fumaba por autoconservación, quizá el amorío adquirido en la adolescencia con el tabaco venía la intuición de que la nariz iba a matarme, déjenme explicar un poco mejor, fui sumamente feliz al poder distinguir por el aroma a mi esposa, y a mi perro, también fui feliz de que ellos no fruncieran el ceño cuando yo entraba en una habitación.

Pero con el tiempo noté algo, cuando teníamos un resfriado, el perro podía olerlo, y eso me obsesionó, pasé meses entrenando mi nariz, intentando despertar el máximo potencial de mi olfato, y aunque no llegué a igualar el poder de mi costal de pelos, definitivamente ahora noto cuando hay algo en el aire.

Pude saber cuando mi esposa había quedado embarazada, no me refiero al momento justo en que en medio del orgasmo el espermatozoide fecundó el óvulo, no, pero días después su cuerpo no olía igual, era diferente, pequeñas notas de almizcle, un dulzor hasta ahora extraño, alejado de sus tonos cítricos, no sabía lo que pasaba hasta que el perro empezó a comportarse diferente, la cuidaba más, la celaba más, todo esto antes del segundo mes, cuando ella todavía pensaba que su retraso en el periodo venía de sus desórdenes hormonales y ni sospechaba aún de su maternidad.

Cuando nació la niña la casa se llenó de aromas nuevos, el perro y yo estábamos extasiados, ella y sus productos eran el mejor spa en el que hubiéramos entrado, el olor a humano nuevo es cien mil veces mejor que el olor de tenis o auto nuevo, por lejos es el mejor.

En este punto podía reconocer algunos olores tenues que me excitaban, no hablo de la humedad de un sexo caliente, aunque podía notar cuando Andrea estaba ansiando que le metiera la mano, bajo la falda o que la tomara desprevenida, se la subiera y la penetrara con fuerza.

Sin embargo, un día noté un olor diferente, un olor lechoso, no fétido, pero sí penetrante, sabía que algo no iba bien, no solo yo estaba desconcertado, Balú lo confirmaba, se movía inquieto, no era un olor desagradable en sí mismo, pero me generaba angustia, no fue de la noche a la mañana, no, para ese entonces, Marcela había crecido, se había mudado de casa, habían pasado 30 años desde ese último pucho, Balú era Balú segundo, sin raza como el primero, y Andrea había encanado hasta perder el castaño de cada cabello.

El aroma lo busqué durante meses en la nevera y en la cocina, ese olor a mantequilla que cada vez era más penetrante y se apoderaba del ambiente empezaba a molestarme, compré eliminadores de olores y aromatizantes, pero al final siempre el hedor volvía a apoderarse de la casa, y yo que había evidenciado el embarazo antes de que Andrea lo sospechara, me estaba volviendo loco sin poder encontrar la causa de este aroma mantequilludo.

Balú se acostumbró con el tiempo, Andrea dijo nunca haberlo sentido, pero yo sabía que estaba ahí, me perseguía, a donde iba lo olfateaba todo y no lo encontraba, y a cualquier lugar que llegaba al poco tiempo podía percibirlo. Quería volver a fumar para perder el olfato y no tener que sentirlo de nuevo, estaba desesperado.

Hasta el incidente del domingo que la mejor amiga de Marcela, la chinita, madre de un mocosito de unos 8 años, un niño atento, divertido e imprudente como todo infante, ha dejado todo claro. Vinieron a visitarnos, almorzar y pasar la tarde, y antes de irse, Cristian ha vuelto evidente mi tormento, justo antes de irse ha dicho: Alfonso huele viejito.

No era una enfermedad, no era nada en la nevera o la cocina, no era el ambiente, lo que desde hace unos 20 años me arruina la vida, es que huelo mi propio tiempo desapareciendo, el olor de mi propia muerte.

Correo

El correo siempre llega

Una hoja en blanco, cada que trataba de responder sus cartas, se encontraba con un inmenso vacío que le impedía hacerlo, había miedo y exceso de reflexión en él, tanto que no tardaba en convertirse en tedio.

En esos momentos corría a leer las cartas recibidas, buscaba tan arduamente como podía alguna pregunta, algo específico que ella le hubiera preguntado, algo sencillo que le diera pie a la narración de su propia vida, pero no recordaba nada especial, sus ojos estaban demasiado enfocados en la meta y comenzaba a sentir que había abandonado la realidad.

Comenzó disculpándose: te ruego me perdones, la demora no ha sido fácil, he vivido muchas vidas en los últimos meses, me he fragmentado, cercenado pieza a pieza, emoción a emoción y hallar algo de mí que no haya ya separado de mi vida es difícil, espero que me entiendas y sepas que esto es una metáfora, mi cuerpo está intacto, pero mi cabeza es ya muchas partes.

A través de tus cartas he recuperado una vieja pasión, la posibilidad de crear mundos distintos, todos ellos habitan en el cuaderno y el tintero que olvidaste al partir, es mi único diario, fuiste muy amable al olvidarlos intactos.

Hay allí historias de hombres salvajes, ermitaños y sucios, hay desesperación, odio, miedo, desamor de la misma oscuridad y densidad que la tinta en el tintero de donde nacen, cada uno al nacer se ha bañado con algo de mi propio ser, han requerido ese soplo, esa transmutación de mis propias emociones para vivir. El cinismo es su lengua común, creo que al fin he tenido los hijos a los que siempre temí.

Los cuentos son oscuros, he decidido llamar a ese pequeño compendio Literatura Desesperada, ha sido difícil desprenderme de ellos, permitir que otros los conozcan me provoca un miedo terrible, debo sonar como uno de esos sobreprotectores de los que siempre me quejé, quizá es miedo a destruir mi propio orgullo, a que los juzguen demasiado fuerte o a que sean aceptados demasiado fácil.

La poesía la he puesto en pausa, los versos han empezado a abundar en cantidades y su calidad parece no estar mejorando y he considerado que era el momento de silenciarla por un tiempo. Pero no he sido yo culpable de toda esta tinta derramada, las novelas que dejaste antes de partir también son autoras de este desastre, de alguna manera me han dado otros ojos, otros autores me han permitido ver su mundo, habitar en su cuerpo, sentir de otra manera, he sido un polisón de sus aventuras y ha sido inevitable soñar con una propia, o con muchas.

Comprendo que es un acto terrible el guardar silencio tanto tiempo, pero como he tratado de explicarte, no he sido yo, hay ya muchos a quien culpar, confío en que entiendas…

En ese momento alejó la tinta del papel, mano alzada y con tristeza arrugó su carta y la despedazó.

Tomó una postal y en su reverso escribió su nombre, bebió la tinta y la escupió sobre la postal. Al otro día la envió por correo.

Cántalo, cántalo

En el asilo era un día agitado y Laura odiaba los días agitados, pero era normal, con el tiempo había aprendido a odiarlo todo, además, de esos días detestaba también cuando llovía, y cuando sonaban las canciones que a Juan le gustaban, las que nunca dejaron de gustarle, las que ella algún día había tenido una play list que la acompañaba a todo lado, las que escuchaba a solas cuando quería sentirse especial.

Odiaba también las risas desbordadas que terminaban en carcajadas asfixiantes, la mueca que deformaba el rostro de quien las tenía, la sopa de tomate y la sopa de cebolla, las carnes y el café oscuro que años atrás disfrutaba con los ojos brillantes por poder contemplarlo, nunca se lo dijo, pero tenía la idea de que el café sabía mejor a su lado, por eso quizá con su ausencia, terminó también el amor por las notas margas, ácidas, achocolatadas, por el aroma y por la fragancia, por el sonido del café triturándose en su pequeño molino; con la partida de Juan había aprendido a odiarlo, a odiar el tiempo que tomabasu preparación, la inútil espera, la larga espera, no lo valía, simplemente no lo valía.

Era un día agitado en el asilo y todos sabían que Laura los odiaba, por eso lo disfrutaban tanto, sonreían, con esa satisfacción que solo puede brindar la venganza, con esa fría e inmutable sonrisa de cuadrito andrógino renacentista.

Incluso las enfermeras sabían que sufría y en esos días decidían que ella no necesitaba sus pastillas para los nervios, que había estado mejor, que podía disfrutar ese día en plena consciencia, para que cada dolor, doliera, para que cada incomodidad creciera hasta irritación, para que el enojo la consumiera.

En esos días no sacaban a Alegría de la sala, una lora vieja y desquiciada, el único regalo de compromiso que había conservado, una lora nerviosa que desde hace años había olvidado hablar y ahora se dedicaba a arrancarse las plumas, traumatizada según los vecinos por los gritos de dolor de Juan.

Ella No merecía menos, Laura había nacido en uno de las ciudades más apasionadas por el fútbol en el mundo, su estadio había sido reformado año tras año y en cada remodelación se agregaban las sillas de sus nuevos habitantes; el registro civil se expedía con la membresía del club, no había religión ni partido político, no había dios ni ley fuera de la cancha. Y en esa misma ciudad Había nacido Juan, un lateral como ninguno, tenía pulmones de hincha y una resistencia de maratonista; el paladar negro, negrísimo, prefería devolver la jugada dos o tres toques antes de patear si consideraba que el gol no se vería bien, o que a la jugada le faltaba brillo; cuando nació la ciudad buscaba un proceso de independencia porque no solo soñaba con un campeonato, su primer campeonato, sino con un mundial… soñar no costaba nada, no tenía por qué ser coherente así que soñaban. Soñaban con empezar la vuelta olímpica por la misma punta por la que él corría y desbordar de alegría como él desbordaba los domingos. Y todo parecía indicar que así sería, cómo jugaba, era un espectáculo.

Laura era igual, no había mujer que no hubiera clavado el codo en la costilla de su marido si en el camino se topaban con Laura, alta, con una sonrisa y una carcajada tan explosiva como su cambio de ritmo, con una cadera fuerte que le permitía caminar con una elegancia, una majestuosidad igual a la de Juan cuando inventaba rabonas y bicicletas, cuando la acariciaba a tres dedos y la veía curvarse, tan dulcemente, como la voluptuosidad de ella, justo en su punto.

Y la vida sería otra si en otra ciudad hubieran nacido, pero llegó el día en que lo inevitable decidió dejar de estar en la banca, y los enfrentó; ¡qué baile!, ¡qué baile!, ¡qué idilio los 3 meses!, la mitad de campeonato, porque si Juan era bueno, enamorado era increíble, que magia con la que se vestía la magia, el balón en sus piernas enamoradas no hacía extraños, sino gestos.

Pero un domingo en la cancha, la seguridad de Juan había desaparecido, no solo era su primer mal partido, se veía lento, humano, muy humano, nada de globitos, nada de lujos, ni siquiera jugadas hermosas, no había magia ni efectividad, el hombre parecía otro. Y nadie le dijo nada, sin embargo, el domingo siguiente fue peor y peor.

El hombre ya no era el hombre, y las malas lenguas comenzaron a culparla, Laura era la culpable, y mientras él fallaba, ella había perdido toda alegría. Un domingo en la noche la barra brava entró coreando a su barrio, y subió lentamente piso a piso la procesión de cantantes hasta llegar a su casa a exigirle a Laura la magia perdida.

—Cerrá las piernas calenturienta,
cerrá las patas, dejá dormir,
danos la magia y que el chico vuelva,  
soltá la pija y dejá dormir.

 Ante el abuso, explotó:

—La magia no solo falta en la cancha, en casa tampoco la mete, —gritó con tanto enojo que el barrio entero guardó silencio, y a Juan lo que le faltabaen miembro terminó por sobrarle en vergüenza.

Se fue sin intentar volver a pisar una cancha, se fue sin ella, y el estadio quedó en silencio, pero los domingos a las 3 pm, cuando el Continental, templo del fútbol, abría sus puertas eran días agitados, y la barra cantaba.

—Aquí no importa ser picha muerta,
aquí no importa el porvenir,
jugá conchudo, conchudo de mierda,
si sos la juana, rajá de aquí.

Centro comercial

—Por favor vení rápido, voy a tener un ataque—

Esas fueron las únicas palabras que aquel hombre dijo mientras esperaba en las sillas de aquella sala de espera del centro comercial. Nadie parecía darle mucha importancia

Carlos odiaba los silencios y la espera, lo aturdían, sentía perderse cuando estaba rodeado de personas y los ataque de ansiedad se volvían cada vez más frecuentes, para colmo de su mala suerte ahora no se podía fumar y ya no tenía uñas que comerse, murmuraba, sus manos sudaban y las náuseas empezaban a aparecer, estaba sufriendo y cuando todo parecía empeorar por fin apareció ella.

Estaba agitada, daba la sensación de haber corrido un maratón para llegar a tiempo, para evitarle ese mal momento y aunque hubiera fracasado, lo recomponía ver su esfuerzo reflejado en la piel.

—Discúlpame, me topé con un espejo y ya sabes que no puedo contenerme, me miraba, y jugaba con mi cabello, me guiñaba el ojo y me tiraba pequeños besos, nunca coqueteo tan bien con nadie más, solo yo y el espejo.—

A Carlos lo irritaba y lo excitaba la respuesta, sabía que para Ingrith no había mayor tentación, cuando ella se miraba al espejo, sus ojos la desnudaban, no había una forma de evitarlo, en donde fuera que su mirada se encontrara con su reflejo ella se devoraba con tanta fuerza que las piernas le temblaban y su sexo comenzaba a arder, a palpitar y entumecerse, lo había visto miles de veces, ella sucumbiendo ante sí misma, perdiendo toda cordura, sintiendo como su reflejo le cortaba cualquier hilo que el pudor tuviera sobre su cuerpo, un narcisismo tan extremo como su ansiedad.

—La culpa es tuya— dijo con la voz temblorosa, —Sabes que no puedo verme, y por el apuro dejé los lentes antireflejo en el auto—

—Pero que tonta— sonreía con dificultad, con la mierda atorada en la garganta, con la felicidad escurrida, con el dolor en los huesos, con las lágrimas nublándole la vista —Sabes bien perder el control, yo puedo oler hasta aquí el orgasmo de tu última recaída—

El comentario la sonrojó, la hizo consciente de que su aroma inundaba el aire y de nuevo comenzaba su tormento, mucho más placentero que el de Carlos, ahora podía sentir la humedad impregnándole los muslos, comenzaba a dificultársele el habla, las palabras se atropellaban en pequeños suspiros inentendibles, tomó la mano de él con tanta fuerza como puedo y mientras que cerraba los ojos y apretaba los labios comenzó a temblar descontrolada.

La atención despertada por Ingrith colapsó la zona del centro comercial, Carlos sentía las miradas punzantes, prejuiciosas y condenatorias, ella navegaba un orgasmo y el pasaba al paredón, él era Dante, caminaba los nueve círculos del infierno mientras que la idiota continuaba una cadena de placer que terminaría haciéndola perder el conocimiento y él terminaría a portas de un ataque epiléptico vomitando y perdiendo el control de sus esfínteres en plena zona de comidas.

Carlos estaba sumido en la desesperación, tan angustiado como el hombre que se lanza de un precipicio, tan adolorido como el que cae del precipicio y sobrevive, todo porque ella, ella aún no caía, y eso también lo torturaba. No pudo contenerlo más, su cuerpo comenzó a expulsar como un aspersor la inmundicia que sentía, hacia toda dirección, y solo era contenida por su ropa, sin discriminar a nadie y olor llegó a cada persona cargando la mierda, la orina, el vómito que se esparcía por el suelo.

Por fin llegaron los hombres de seguridad y servicios médicos. A él lo recogieron con el mismo asco que se levanta un borracho de un bar y a ella con la delicadeza que precisaba una enferma, ¡qué injusta era la puta vida!

Despertaron en la enfermería, Carlos estaba desnudo, humillado, siempre era la misma mierda, pensarlo le causó una sonrisa. Ella lo miraba de una manera compasiva, estaba triste, nadie del grupo de apoyo la elegiría nunca como tutor.

—Podés estar tranquila, nuestra relación no es tan rara, todas las mujeres deben soportar la mierda de los hombres, y todos los hombres debemos lidiar con la vanidad de las mujeres, si lo mirás de esa forma somos el uno para el otro—

El grupo de apoyo del domingo por lo menos tendría algo divertido para comentar, ya pensaba en su discurso —Hola soy Carlos, sufro de ansiedad crónica y de convulsiones y ha pasado un día desde mi última recaída. —

Ella lo miraba y sonreía, no sabía cómo un hombre que apestaba a mierda podía ser tan dulce.

Límites.

Los hay territoriales, intelectuales, físicos y morales, los hay numéricos, sensoriales, los hay en todos lados y en todas las direcciones, al final no solo nos contienen, también nos empujan.

Todo tiene límites, es normal, después de todo, dicen, la matemática es universal, por eso cuando establecieron que un límite es la intuitiva aproximación hacia un punto concreto de una sucesión o una función, la verdad es que no se equivocaron. Sin embargo, y contrario a lo que se cree, el límite no indica el fin, sino el comienzo, cuando transgredes uno, rara vez es la última vez, por el contrario, casi siempre es tan solo la primera. Tiene sentido, algo que las matemáticas no omiten, si se sobrepasa se rompe y entonces deja de contener, el material se fatiga y la fuga comienza.

Para la música esa fuga constituye también un exceso, La fuga es un procedimiento musical en el cual se superponen ideas musicales llamadas sujetos, y es claro que cuando se camina sobre la línea, su capacidad de retenerte se ha perdido, es obvio, como una línea para Pollock, siempre llena de hastío, abrumadora, acosando siempre su fin de manera perpetua, siempre corriendo tras de sí misma, visceral, lasciva no se detiene en formas, ni en cuerpos, y su continuidad no es una variable.

Mientras que Alberto pensaba en esto martillaba cada tecla, de su teclado, era mecánico y sonaba, pero bajo las yemas había furia, podía escuchar el pequeño contacto pidiendo auxilio en cada digitación, y a todos en la oficina comenzaba a irritarlos.

Es el problema de los artistas, estúpidos, impulsivos, sensibles, esa necesidad de sentir los entorpece, son tan pesados, en todo buscando una interpretación, en todo llenándose de algo, un lienzo vacío para ellos es inútil, no ven la posibilidad, solo la frustración o la derrota, ahhhh pero si Duchamp lo bañara de blanco, entonces de repente el blanco sería simbólico, liberador y extenuante… cretinos, narcisos, idiotas.

Nada había hecho Alberto más que sufrir para molestar a Ligia, la economista que era vecina de puesto del Arquitecto, y mientras que Ligia peleaba con él en su mente, y lo insultaba, a dos cubículos, Jimena no soportaba más a nadie, pero en especial estaba cansada del silencio, de ser ignorada, por eso volcaba toda su energía a su tesis, gastaba su vida en la creación de la etimología en el discurso científico matemático para desarrollar ingenieros empáticos, capaces de calcular no solo el peso de los materiales, ni la lubricación necesaria para el desplazamiento y funcionamiento de un mecanismo, ni la rugosidad de la superficie… Jimena intentaba desarrollarlo porque necesitaba que Gabo pudiera leer las emociones en los textos para transmitir de manera adecuada las opiniones y demostrar que sus palabras, eran lógicas, pero no sensatas, y mucho menos pertinentes, que aunque sus ideas tenían una base únicamente sintáctica no carecían de significado semántico, que las emociones sí alteraban las palabras y que tampoco era gravísimo que él la hubiera dejado solo porque no se pintaba las uñas, y tuviera una dicción en la que algunas consonantes carecían de fuerza; que su argumento sobre cómo debe lucir y hablar su mujer, era impropio, y mucho más después de pasar una noche haciéndole felaciones, muchísimo más después de haberla presentado a sus padres, que su argumento era intolerable y que eran mucho más que palabras.

Estaba claro que en dicha oficina, la dicha no abundaba ese lunes en la mañana, aunque la verdad es que no se alteraría ni el martes, ni el miércoles, ni en agosto, allí se bebía a cántaros llenos la frustración y la rabia. Todos eran un desastre, nadie se explicaba como careciendo de parentesco alguno, podían parecerse tanto todos.

Era un problema de toda la vida, eran insufribles, ellos se toleraban quizá, solo porque padecían el mismo tedio, las circunstancias los hermanaban, ninguno allí podría llevar con dignidad alguna una sonrisa, pero la verdad es que a nadie le caen bien los diseñadores de mausoleos muy alegres.

No parecían haber sido gestados en dos óvulos muy diferentes, de hecho todos eran universos parecidos, aunque definitivamente en corrientes filosóficas opuestas, todos emanaban un almizcle a libro viejo que de manera penetrante, espantaba a todos.

Eran inteligentes pero tontos, Ligia, Alberto, Joan, en especial Joan, la inglesa, eran víctimas, que carecían de peso, y por tal motivo lo hacían también de culpa, ya que ni siquiera tenían realmente razones para estar, y el problema era simple, ellos habían nacido sobre sus propios límites, tan cerca el uno del otro, que no podían ser reflejos útiles para nadie, demasiado cerca de si mismos, y por lo tanto su vida consistía en repelerlo todo y su profesión en un: enterrarlo todo.

Eran parecidos, pero estaban del otro lado del espejo, al límite de sí mismos.

El fin

Durante la noche se despertó varias veces con dolor en el pecho, agudo, punzante, pero no físico; era lo que solemos llamar un presentimiento, acostumbrado como lo estaba a no quedarse con ninguna duda, y ante la evidente imposibilidad de conciliar el sueño, el Doctor en Lengua estiró su pesada mano y tomó el celular para confirmar la hora, 2:30 a.m., indicaba la composición de los pixeles en la pantalla. —2:30 a.m., me vengo despertando cada 30 minutos desde la 1:00 a.m., eso quiere decir que no he pegado el ojo —Dijo en voz alta el Doctor aunque no tenía a nadie que lo escuchara, solo para confirmar lo obvio, costumbre que sus estudiantes solían reclamarle.

Permaneció allí en un rincón de la cama viendo hacia el frente y recorriendo con la mirada su biblioteca, a, b, c, d, propio de los estructurados, como a él mismo le gustaba llamar a las personas que a pesar de si mismos habían logrado acumular una pared de títulos, los metódicos, que pese a la falta del tiempo que todo el mundo se auto receta, se auto medican con disciplina para llenarse logros, ante este último pensamiento siempre sonreía, siendo Doctor le gustaba decir auto medican, aunque tenía claro que su doctorado no salvaría ninguna vida, sobre todo desde que había abandonado la creación para  dedicarse a la crítica literaria, en fin, propio como es de ellos el orden en medio del caos, que era finalmente como siempre terminaba esa seguidilla de auto halagos, continuó el recorrido hasta llegar al libro que buscaba.

“Dolores de muerte”, el título no era para nada creativo, y su contenido menos que científico, pero como estaba convencido que nada era nuevo, buscó durante años en todos los países cartillas, panfletos y gacetas y separatas que finalmente había recopilado y publicado durante su tesis doctoral literatura de la muerte, una justificación humana a la muerte.

Cualquier persona normal hubiera corrido a Google, a tipear los síntomas para encontrar como resultado dos opciones: cáncer terminal o la venta de algún suplemento de origen mediterráneo y oriental descubierta hace poco, y vendida por una red de mercadeo que había salvado miles de vidas a nivel mundial, y que ahora podía él comprar una membresía para vender el producto o comprarlo para él con un descuento.

Pero más que del dolor, este hombre estaba enfermo, profundamente enfermo de las enfermedades románticas, las realmente antiguas, estaba enfermo de angustia, de melancolía y padecía como quien muere de un tumor de un nihilismo que le atrofiaba el crecimiento de cualquier esperanza. Recorrió con desdén y desinterés propio su libro, en el fondo sabía a qué Capítulo iba a llegar, 33 página 207. “Sueños de muerte”, iniciaba así la página, y continuaba más adelante testigos de las premoniciones aseguran que los afectados habían dicho pasar la noche casi en vela, o apenas pegado el ojo, atacados por ardores, quemones, irradiaciones de dolor, que no tenían ninguna explicación física, lo único es que al igual que él la enfermedad era bastante indiferente frente a asuntos de raza y género, lo malo es que al igual que él la enfermedad era bastante pedante y parecía afectar solo a personas en posiciones de poder medio, es decir que en términos generales cualquier otra persona hubiera deducido con facilidad que lo suyo era estrés.

Un tanto decepcionado cerró el libro, y volvió a ponerlo allí junto con los otros, y con mucho calma se sentó de nuevo en la cama, tomó el celular para confirmar las hora: 3:20, curioso pensó, la gente suele pensar que el tiempo llega a su fin, cuando evidentemente deja de correr, y un síntoma, un buen síntoma que los demás habían pasado por alto, era que empezaba a hacerse eterno para el afectado, por eso los 40 minutos que le había tomado pararse de la cama, y caminar los 6 pasos en su aparta estudio hasta las paredes abarrotadas de libros, tomar el que quería y leer lo que quería leer, lo había sentido mucho m{as largo, pero eso no era lo peor, sino que ahora creía que le había tomado muchísimo tiempo teniendo cuenta lo poco que había hecho.

Caminó por su casa tratando de despertarse por completo, pero aunque él seguía somnoliento, algo había despertado en él, podía ver con claridad las diferencias y las sombras del pasar de los años en las cosas que lo rodeaban, el tiempo le abría los ojos, la sentencia era una sola, sonrió confiado, era previsible que así fuera el fin para él.

Espejismo

La realidad no es más que un consenso

Los pequeños placeres lo eran todo, por más excitante que fuera verla día a día, los días en que ella tenía las uñas pintadas de un rojo brillante eran sus favoritos.

En su mundo imaginario eso significaba que ella lo deseaba, que se había preparado para él, que ella tenía la seguridad de que tras el grueso cristal de sus gafas él tendría sus ojos fijos en ella, en cada centímetro de su cuerpo… pensaba que eso lo hacía para sentirse poderosa.

Esos días su caminar era más provocativo, los roces accidentales eran para él insinuaciones descaradas y consientes. La elegancia de sus movimientos no podía ser algo que sucediera de manera desprevenida, tal coordinación no era accidental, ninguna mujer podía caminar de esa manera sin estar extendiendo una invitación.

La forma como llevaba el lapicero a su boca, como recogía su cabello enresortado, como sonreía tímida y casi nerviosamente cuando sentía su mirada, todo le confirmaba el descaro con que lo provocaba.

Todo en ella eran señales, incluso la primera vez que la escuchó, recordaba esa voz dulce, melódica, sin tonos chillones, sin problemas de dicción o vocalización, cada palabra recibía la fuerza necesaria, nunca le faltaba el aire en medio de una oración y cuando quería enfatizar en algo, lo hacía de una manera impecable, sin siquiera levantar la voz, bastaba escucharla para saber cuándo una palabra significaba otra, cuándo uno no era un sí.

Por eso nunca se detuvo, él sabía que aunque ella gritaba que todo estaba mal, que era inapropiado: ella lo deseaba. Que cuando cerraba sus piernas en medio del forcejeo lo hacía para sentir la fuerza de sus manos separándolas, que no se desvestía solo porque quería escuchar la ropa desgarrándose en su cuerpo.

Gritaba y no gemía, lloraba y no jadeaba simplemente porque anhelaba que su voluntad se doblegara a los golpes, que los escupitajos eran besos, los arañazos y los jalones de cabello  su forma de acariciarlo.

Cuando lo golpeó fuerte en sus testículos, comprendió que le agradecía, cuando le gritaba ¡cerdo!, ¡bestia!, ¡animal!, eran “te quieros”, y cuando sintió un tacón penetrarle la carne, atravesar su corazón, lo entendió todo… ella lo amaba.

Didáctica

Así son las cosas.

Para seguir el flujo del tiempo, se necesita de una cadena desencadenada de acciones, engranajes, piñones, resortes que se contraen y estiran, agujas que avanzan, y avanzan sin prisa, ni retraso, tics y tacs, que sin ninguna ambición propia siguen adelante, moviéndose solo moviéndose, no hay en su acto ni gusto, ni vocación, ni talento, solo hay adelante, solo hay segundos, solo hay minutos y horas, ni siquiera acumula, da una vuelta y vuelve a comenzar, esa y no otra es la naturaleza de un fenómeno, algo que se da y se repite sin intención alguna, es innegable, pasa, así pasa el tiempo sin presión alguna y por eso siempre gana.

Tan dueño de sí mismo que abruma, tan displicente que devela, nada le importa al tiempo, ni siquiera el tiempo mismo, no teme acabarse, ni extinguirse, no le angustia llegar a tiempo, ni irse temprano, no entiende a los que se apresuran, ni a los que se retrasan, el tiempo no se rige por el tiempo.

Y mientras que recordaba todo lo intuido por mentes más brillantes e ilustradas que la suya guardaba silencio. Un gélido silencio, pensaba que no podía matar el tiempo, y que no había forma alguna de ganar tiempo, no quería tampoco extenderlo, pero estaba exhausto, había acudido a ella buscando un oasis, un poco de calma, un mimo, había encontrado en cambio un desafío, sin mayor propósito que el de asediarlo, pero estaba agotado para intentarlo, en silencio camino hasta al cuarto, en silencio sacó su maleta, en silenció guardó allí la ropa, un par de libros, y vio largamente la biblioteca sin decir palabra, ella atónita lo miraba, pensaba que fragilidad, que pereza, que poco tolerante, pero nada era cierto, ni fragilidad, ni pereza, ni desidia, ni falta de deseo, cansancio, simple cansancio, su energía la consumía otro mundo, y para ella ya no había más que migajas, necesito una que no sea para pelear, necesito una que pueda aguantar el ritmo, que encuentre vida en la vida y no la busque en mi yo diezmado, una que palpite con el mundo y no quiera medirse con un hombre que baja del ring exhausto.

Quiero una pelea justa, en igualdad de condiciones, quiero una mujer que llegue al igual que yo, hecha trizas, que le duela la espalda, el cuello la rodillas, que sienta tedio de las discusiones porque sabe que al otro día va a necesitar pelear por un mundo mejor, por su mundo mejor, una a la que los sueños no se le queden en la almohada, sino que los levante a trompadas en la calle, eso quiero, eso merezco, eso busco… pensaba, pensaba, estaba tan perdido en sus voces que no notó que sus manos recibían cosas y guardaban cosas, que ella muda, caminaba a su lado, y le entregaba sus esenciales mientras pensaba, lárgate espantapájaros, no volvás nunca mamarracho que yo soy ave de presa y no carroñera, llévate todo que estás hecho polvo pero seco como una fruta vieja, la vida que me das huele rancia, el sabor está podrido, antes eras por lo menos un buen amante, pero ahora no sos capaz de someterme, te desafío y ya no me tomás del pelo ni me levantás del cuello, mientras me manoseas las tetas, hace tanto tiempo que no me sacudís, ni me mordés, lárgate a donde esa otra que seguro ahora es con la que querés pelear, dentro y fuera de la cama, márchate con tu costumbre, con tu silencio, con tus ojos cansados.

Él seguía pensando, una que tenga un argumento y no solo el temperamento, una que sepa leerme y no solo leer, en algún momento había sido ella, algunos días aún lo era, pero quietud es mezquina, también lo es el tiempo, es su didáctica, te cansa, te rompe, te hace perder el ritmo, necesita del caos de la ruptura, necesita del estallido del cristal, del tornillo desgastado para volver a ser, para abrirse, para tensar los resortes, aceitar los engranajes y los piñones, y a veces incluso después de eso, no es suficiente, no se suficiente, se pasa el cuarto de hora y en ese caso no queda más que aceptar las derrotas, las miserias, eso pensaban mientras los dos empacaban, porque de un momento a otro ella también quería largarse lejos de él, de allí, y allí también era él, no había lugar en ese lugar donde no hubiera algo de ellos, su juventud, su frustración, sus celebraciones, sus orgasmos estaban esparcidos por todo lado y en ocasiones al tiempo, allí había reído, llorado, gemido, follado, ese espacio, ese pequeño espacio era un universo que se consumía y mientras ella enfadada y ciega juntaba y buscaba y desarmaba y guardaba él sin darse cuenta también le ayudaba, ambos ciegos de enojo, terminaron con las maletas llenas, y llenos de rabia como las maletas de cosas caminaron en silencio y sin despedirse, dejando atrás un apartamento vacío, unas vidas vacías, unos corazones vacíos.

Ambos fueron donde sus mejores amigos, él a donde los de él, ella donde los de ella, ambos, los de él y los de ella, coincidían merecían alguien mejor, algo mejor, alguien que avanzara con ellos hacia el mismo lado. Ambos dijeron también con calma que ya era tiempo, que era justo a tiempo, y que el tiempo era perfecto.

En eso no se equivocaban, el tiempo lo es, en todo lo demás estaban equivocados, era solo dinámica, pero como todo lo demás carecía de significado y sin voluntad no podía dársele otro giro.