Enfermos

Creemos que no, juramos que estamos bien, pero todos estamos enfermos.

Siempre me llamó la atención que Claudia estuviera conmigo, la había conocido 3 meses atrás en una sesión de quimioterapia, si el doctor había hecho bien las cuentas me quedaban ahora 9 meses de vida. No era quisquilloso y ella, ella estaba esculpida por fuego, ardiente, intensa, era una flama, una brasa que te calentaba solo al verla pasar.

Pensé que era lástima, sí, la primera vez que me pregunté qué hacía ella con un moribundo pensé que era lástima, pero con el tiempo la conocí, era despiadada, ella no sentía empatía por nada, era incapaz de conmoverse por una enfermedad o una muerte, demasiado racional para entristecer o sucumbir por una vida que se extinguía.

Mi segundo pensamiento fue que lo hacía por diversión, que disfrutaba viendo cómo las fuerzas abandonaban mi cuerpo, que se entusiasmaba con la idea de ver cómo un hombre se transformaba en polvo, reduciéndose hasta desaparecer, pero no era una persona que guardara odios o rencores, no había en ella comportamientos sicóticos o sociópatas que me lo confirmaran.

La duda me mataba, bueno, en realidad lo hacía el cáncer, pero estaba perdiendo el control, me enloquecía no tener una respuesta para esa pregunta, estúpida pregunta que me rondaba desde la última vez que habíamos pasado junto a esa tienda en el centro, donde nuestras imágenes reflejadas en un gigantesco vidrio me recordaron que estaba muriendo, que era un saco de huesos, una carga, un puto enfermo.

Si no creyera que la conocía pensaría que era un juego, una apuesta o una burla, pero ella no presumía, no le importaba ganar las discusiones o probarle nada a nadie, pero la idea y la duda se esparcía más rápido que el cáncer, me comía los huesos. Habían vuelto las crisis y el miedo, pero no a morir si no a saber.

Al igual que a la muerte debía confrontarla; saber, necesitaba saber el porqué, pero Claudia era perspicaz, nunca permitía que la conversación avanzara, tenía unos labios que hacían que olvidara mis emociones, mis rabias, mis miedos con solo un beso, y cuando el sexo oral empezaba… bueno ahí muchas veces no recordaba mi nombre.

Pero había sido suficiente, el tiempo corría rápido y aunque en un comienzo me tranquilicé pensando no tenía nada de malo morir al lado de esa preciosidad, que pasaría mis últimos meses como un niño en un parque de diversiones, lanzándome de sus senos como en una montaña rusa, recorriendo sus caderas por horas como en un carrusel y lamiendo su coño, su hermoso coño como si fuera algodón de azúcar… Pero maldita sea, era un plan excelente hasta que había visto mi maldito reflejo.

–¿Por qué estás conmigo Claudia?–, pregunté de manera inadvertida.

–¿Importa?–, preguntó ella con tanta inocencia que estuve a punto de desistir, pero estaba decidido así que proseguí. –¡Claro que importa maldita sea!, llevo meses dándole vueltas a esta idea y me está matando, ¿entendés?, me está volviendo loco, me está robando el sueño, el apetito–

–Qué torpe que sos– respondió sin inmutarse, –te crees que era la enfermedad lo que me atraía de vos, sos un idiota, a esta altura deberías saber que todos están enfermos…, para serte sincera siempre pensé que solo aquellos que conocen la fecha de su muerte tienen la fuerza disfrutar de la vida… pero vos lo confirmás, son todos unos enfermos, unos idiotas, a todos les gusta más el saber que el vivir, hasta este día te amé, tan fuerte y tan real como tu cáncer, pero tu maldita curiosidad, tu estúpida pregunta y tu tonto miedo lo han arruinado todo–.

El golpe de la puerta fue seco, sonoro, tanto así que Claudia no escuchó cuando me desplomé, cuando mi

Corazón daba su último latido…

Instrumentos de viento

Las cosas no solo tienen nombres, también suenan.

Creo, muy en el fondo casi como una certeza que cuando respiramos ingerimos bocanadas de notas, que tu boca y la mía, tu nariz y la mía, más que oxígeno inhalan dos, rees, miis, que nos hacen sonar, a veces en la misma melodía, ese vientito se desplaza por el cuerpo y cuando resuena en los lugares correctos, nos falta el aire, pero no la música.

Los instrumentos de viento respiran, de una manera diferente, son incapaces de mentir porque requieren de un aliento profundo para sonar, dos pulmones deben hincharse de emociones y luego la boca, debe soltarlas como quién exhala su último aliento.

Si te preguntas a que viene todo esto, es porque la música cambió y pasó de la batería del jazz, al bandoneón, y el segundo siento que me mueve más que el primero… no sé, otra charla para sumar a ese tortoni en que se me convierte la cabeza cuando puedo crear una pequeña idea.

Ese miedo que congela, talvez estoy contándome esto a mí mismo, contando con que lo leas, o quizá estoy leyéndolo en voz alta mientras lo escribo, la idea no es descabellada, la palabras salen antes de que las digite, hay un vaso de ron cerca a la máquina de escribir, es un computador realmente, pero es una máquina y la uso para escribir, así que quiero llamarla, tal vez es media noche, tal vez estoy solo, un poco ebrio, un poco adolorido, talvez, talvez, talvez. Talvez quiero romperme en mil pedazos y decirme que no importa, me jode, me duele, pero NO importa, recordar cuando ella dijo: mirá estoy con otro, no te lo tomés a mal.

¿Lo crees?, ¿que alguien se lee esto a sí mismo en medio de la media noche un poco ebrio, segundos antes de escribirlo?

El bandoneón no da tregua, se expande, se contrae, diría palpita, pero no, es sístole y diástole pero no bombea ni vibra, sopla, sopla, sopla, y nos va dando algo, el hielo cruje en el ron, el vaso suda, yo sudo, no por esfuerzo, no, vivo en una ciudad acalorada, no caliente, no, acá el sol no pega todo el día, ni duro ni constante, pero se concentra, nada escapa de esta puta ciudad, solo ella. El caso es que suda el vaso y el bandoneón cruje también en el oído y el cuello se estremece, es solo un instrumento de viento, pero cada nota se graba mientras vuela.

¿Podés creerlo?, que esto lo escribe un ebrio, en medio de la noche, quizá está sobrio, pero en el fondo lo escribe un ebrio. Es curioso, las canciones recuerdan personas, las canciones completas, pero los instrumentos, al menos los de viento, recuerdan sensaciones, la letra, porque tiene letra lo que escucha el ebrio sobrio, pero la letra no importa, no dejás de pensar en ella, en ella con los ojitos cerrados la téticas pequeñas e hinchadas sobre él, repitiendo: —No sabés lo rico que se siente —Y pensás: —Está cree que está cogiendo sola, como si no sintiera los labios plegándose sobre la verga, la humedad bañándome lo huevos —y él sigo creyendo que sabe que siente perfectamente lo que ella siente mientras se muerde la boca, pero en todo escenario aunque hayan dos instrumentos, aunque los dos sean de viento y aunque los dos soplen las mismas notas, hacen cosas diferentes.

¿Podés creerlo?, que mientras el ebrio escucha un bandoneón recuerda una mujer jardín floreciendo sobre él, lo mejor es que él no tiene ni idea de lo que pasa, ni con la música ni con ella, ella no aguanta, se muerde la boca, y el bandoneón suena y resuena, tan, tan, tan, tan, tan, tan tararán. El escalofrío se agudiza ella tiembla, ella se para, el bandoneón se quiebra una y otra vez y llora las notas, ella gime, el bandoneón jadea, ella aspira sintiendo que se muere y estalla, chorrea, explota, lo baña…

Y él escribe, con Piazzolla en su cabeza, con ella aún sobre él, con ella aún lloviendo sobre él, una y otra vez, creyendo casi como una certeza que es música, que cada que suena un bandoneón, una mujer se viene a chorros, cabecea, la botella de ron mengua, igual que su cordura, el vaso cae, se rompe, se riega, igual lo hace ella, es el bandoneón piensa y duerme…

Otros tiempos

Quizá sí, quizá lo mejor ya pasó, pero aunque sea cierto, el presente es lo que nos toca.

Cada miércoles a las diez de la mañana los dos viejos asistían siempre a su duelo, ordenaban café, encendían su tabaco y tras la cuarta tacita uno de los dos lanzaba un comentario tan hiriente que obligaba al otro a defenderse.

Era una tradición heredada y en el pueblo uno de los pocos entretenimientos que se conseguía de manera gratuita, ningún tema estaba exento, ninguna sensibilidad prohibida, esto hacía del encuentro algo digno de ser observado, era místico, mágico… 

Solo existía una regla, el primero que se levantara de la mesa o alzara la voz, perdía. Cualquier muestra de violencia que viniera de los interlocutores los transformaba en perdedores y si acumulaban tres derrotas por esta razón se les desterraba de la cafetería y se elegiría un nuevo interlocutor.

Armando y Manolo eran respetados, dos de los mejores oradores que habían tenido en mucho tiempo y sus encuentros llenaban la cafetería hasta que no cupiera ni el enano del pueblo.

Los dos eran de un carácter terrible y de una inteligencia profunda, habían pasado años desde la última vez que las charlas eran tan intensas y ambos acumulaban ya dos advertencias por abandonar la conversación, tal era la tensión que por primera vez había apuestas sobre quién sería el que abandonara la mesa.

La multitud estaba lista, en la última conversación Armando había salido rojo, iracundo, faltaban quince minutos para las diez y mientras esperaban a los interlocutores recordaban la última discusión.

–Armando, no hay nada en este tiempo que no existiera en los otros, ahí están las putas, los hijos de puta y los abogados–.

–Qué disparates dices Manolo, sabes muy bien que el derecho y su concepción como sistema de defensa y ley tiene un nacimiento exacto y marca la diferencia entre la civilización–.

–Te equivocás, siempre lo hacés Armando, el abogado puede descomponerse en tres hombres: el inquisidor, que ataca y pretende destrozar al acusado; el defensor, papel jugado por la madre, el padre o cualquiera que desee otra oportunidad para él; y el que busca la justicia, la compensación o la revancha, castigo y beneficio para cada parte, Armandito–.

–Sabes que sí ha habido toda la vida Manolo, bocazas como vos, siempre hay un idiota que cree saberlo todo, pretende ser dueño de la verdad y la subyuga, la esclaviza porque los tontos callan y asienten–.

–Armandito, Armandito, que poco creativo sos. Creo que vos nunca te has planteado una sola idea en tu vida, no has pensado nada original, ni diseñado una sola solución que no fuera copiada, creo que por eso nunca ganaste un caso importante, solo servís para reproducir lo que ves, en lugar de abogado debiste ser pintor o fotógrafo, porque lo de crear no es lo tuyo querido mío–.

Armandito había sentido que las palabras se le clavaban en el corazón como una aguja y partió con la ira a sus espaldas, refunfuñando y manoteando, injuriando en voz baja a Manolo y condenándolo mientras que la multitud ovacionaba al ganador de la contienda.

Pasaba el tiempo y Armando no llegaba a la cita, la gente se impacientaba, y Manolito sonreía triunfante, sería la primera vez que habría un ganador por deserción. 

Sonreía cínicamente mientras decía: –El miedo hace prisioneros a los hombres…–

El telegrama llegó a las 10:05, la noticia hizo que se desplomara, Armandito no había logrado superar el enojo y un infarto había terminado con su vida la misma noche de su última derrota.

La misma derrota que ahora se llevaba a Manolito: el mismo dolor que ahora sufría Manolito, la culpa, la ausencia de su antagonista, el título que le era robado, la misma agonía que se aferraba a su corazón y que terminaba con su vida, el mismo infarto que ahora cerraba sus ojos.

El veredicto igualaba a los participantes y desde entonces en ese pequeño y polvoriento pueblo, la mesa de los sabios sigue esperando a los próximos contendores, mientras tanto, los jóvenes ocupan otras mesas y debaten en otros espacios, hasta el día en que alguna dupla esté a la altura de Armandito y Manolito, hasta que el café de los miércoles a las diez vuelva a tener ese sabor picante. Por ahora cada conversación en la cafetería termina con la mención del incidente y ante la pobreza de las discusiones, con la voz baja susurran para sí mismos: ‘‘las buenas discusiones, las grandes se habían dado en otros tiempos. ’’ 

Encierro

Han pasado solo un puñado de días y muchos hablan de lo horrible que es estar encerrados, no tienen ni idea, nadie la tiene.

El otro gran problema es que la pandemia en sí es solo causa, pero el efecto es diferente, a los jóvenes no los mata, a la economía la tiene en cuidados intensivos, y a algunos casos, a los excepcionales, como casos de estudios. No van a morir, no de la enfermedad.

Jaime tiene 43 años, está enamorado, Ana tiene 36 está enamorada, viven en otro país y la noticia de que se avecina un cese de actividades y una clausura de fronteras los ha hecho comprar tiquetes para volver a su país natal, por la prisa y la plata han comprado vuelos para días diferentes, durante el día previo al viaje se dan aliento, sueñan con reconfortarse, hacen juntos las maletas aunque no viajaran juntos, rentan un departamento por un par de meses, han hecho planes y les hace ilusión estar juntos en la ciudad donde crecieron pero donde nunca estuvieron.

La vida es un poco así, después de hacer las maletas al medio día, almuerzan, quieren hacer el amor pero la nostalgia es más fuerte que las ganas, se besan, se miman, la lleva al aeropuerto, la acompaña hasta migración, lloran, no saben porque lloran, mañana a esta hora estarán juntos, pero separarse en medio del caos, les sabe mal, y por eso lloran, aunque no lo sepan.

El vuelve a su casa, está sola, y aún huele a ella, termina de organizar algunos papeles, algunos mails del trabajo y sueña con ella, se acuesta en la cama a esperar a que ella le escriba que ya llegó, que se encuentre bien, cabecea, el sueño parece vencerlo, el mensaje llega justo cuando está por perder la batalla. Te amo escribe, te amo recibe. Mañana estaremos juntos.

David tiene 36 Lorena tiene 30, las cosas no van bien, no, las cosas no van ni siquiera mal, las cosas simplemente no van, se acabó el amor, como tantas otras cosas en esta época, empezó a morir de repente y de manera acelerada. Como tantas otras cosas, sucedió sin mostrar síntomas de gravedad, un disgusto, una discusión, algo que sería normal, que el sistema defensivo de las relaciones no detecta, pero que tiene algo diferente.

David llega a casa, le angustia la situación, Lorena lo espera decidida, Tus maletas están hechas, mañana puedes tomar el resto de tus cosas e irte. David no entiende porqué sucede esto, pregunta, habla, ella grita, él grita, ninguno ve la televisión, ninguno se da cuenta que afuera todo está un poco como ellos, maltrechos, desorientados, cansados, la pasión que antes hubieran utilizado en quitarse la ropa no aflora, esta discusión es diferente, esta no se arregla con sexo, asumen que habrá tiempo, que al pasar los días se necesitarán, entonces no median palabras, ni argumentos, ni injurias, se blasfeman las promesas, los trapitos se lavan en casa, uno a uno, parece una lavandería, en otro día, lo que se estarían echando en cara serían orgasmos, pero no hoy, hoy, los reclamos desbordan cualquier intención, cuando ya no pueden más ambos deciden quedarse solo para mortificar al otro, ninguno de los dos quiere ser que el que le de la paz y el descanso al otro, duermen en camas separadas, el cuarto de huéspedes oficia como alcoba hace una semana, desde la última fiesta de Lorena, llegó derecho allí y se instaló, no era la primera vez, no parecía grave, piensa David antes de acostarse en su cama, su cama que aún huele a ella, después de llorar las palabras dichas, palabras que parece no se irán con el viento duerme por fin agotado.

De la noche a la mañana, como siempre nos han dicho que nunca pasan las cosas, pasa algo, los países han cerrado las fronteras, las calles militarizadas, salir se considera un atentado a la salud pública.

Y el amor que sueñan con hacer Jaime y Ana termina secuestrado, y el tiempo que David y Lorena creen que necesitan para extrañarse, perdonarse y desearse les ha sido negado.

Han pasado solo un puñado de días desde que todo comenzó, desde que dijeron que no era grave y que no había nada de qué preocuparse, la situación no presentaba los síntomas que los hubiera preparado; de haber sabido, Ana y Jaime hubieran viajado juntos sin importar el dinero extra que hubiera significado, sin importar si significaba perder un trabajo, y David y Lorena se hubieran dejado en paz, pero no tenían ni idea, nadie la tenía y ahora cuando escuchan en la televisión que planea alargarse todo 6 meses más, que las comunicaciones se limitan, Ana y Jaime sufren con la idea de perderse, y David y Lorena con la de verse.

No tienen ni idea, nadie la tiene, lo peor no es el encierro, lo peor es lo que queda afuera o adentro.

Mudanzas

Siempre le he temido a las llamadas de último minuto, conozco el negocio y sé que cuando ese aparato empieza a repicar a 10 minutos de terminar el día, nada bueno viene, cómo puede ser que todas las llamadas de último minuto sean para quién llama importantes, si fueran importantes lo hubieran hecho a primera hora, es un claro irrespeto, una violación a al contrato de prestación de servicios, una menospreciación de mi tiempo, pero el trabajo es el trabajo…

¿Cómo puede ser que siempre pierdan algo que se considera valioso en una mudanza?, diez años haciendo esto solo demuestran lo equivocado que estaba Darwin, los imbéciles no se van a extinguir, de hecho creo que nos van a extinguir a nosotros.

Pero en fin, solo queda suspirar, pegarse el auricular a la cara y tragar saliva: Mudanzas nómadas, habla Álvaro.

Don, discúlpeme, no encuentro una caja, y creo que podría estar en la antigua casa, en alguna parte, quizá en la cocina, o en el garaje.

Tiene suerte de que sea bueno recordando, de otra manera hubiera sido imposible reconocerla señora, su mudanza fue hace ya un par de días.

El tono no era grosero, era como una bofetada sutil, las palabras las había elegido con maña, afiladas y entonadas con la cadencia necesaria para penetrar y amputar una vez lanzadas y quien las recibía siempre terminaba por sentirse confundido, mareado por su falta de astucia, y tacto, era como la mirada de un padre autoritario cuando no te regaña sino que se te burla después de hacer alguna estupidez.

Discúlpeme, tiene usted razón querido, supongo que el identificador de llamadas también debe haberlo ayudado un poco, reía nerviosa, ¿ha estado usted bien?, hablaba sin dejarlo contestar, créame que me apena llamarlo a esta hora, pero es urgente…

Siempre la misma historia, pensaba Álvaro para sí mismo, algo vital, de suma importancia, su almacén estaba lleno de urgencias, olvidos, libros, películas, muebles, ganaba más vendiéndolos, que con las mudanzas, 3 meses después de terminada la mudanza el objeto perdido era suyo, pero la misma claúsula que lo empoderaba a venderlo, lo obligaba a correr tras ellos, estaba atado de manos por su contrato, por diez minutos, justo el día que vence llama y la suerte se va al trasto.

Se rió por educación con el chiste flojo del identificador de llamadas, lo había escuchado tantas veces los últimos años que ya era un acto reflejo, hizo una raya en el cuaderno donde llevaba la cuenta, 450 chistes con la pantallita del celular, 1200 risas seguidas de un complaciente olvídelo no es para tanto, 550 insultos, secos y sin imaginación, generalmente un: No llamé para que se burle de mí, cumpla su contrato, para eso le pago.

Finalmente salió de su trance, sí Marcela, contestó al fin, deme un momento, le parece bien la próxima semana, ésta ya no tengo espacio para ir a buscarla, hay dos mudanzas por confirmar, pero no puedo prometerle nada hasta el próximo lunes (era miércoles) de todas maneras, si se abre un espació se lo haré saber.

Escuchó el suspiro, reflejo de impotencia, desconsuelo, una desilusión terrible, finalmente respondió entre sollozos, está bien Don Álvaro, haga lo que tenga que hacer y déjeme saber si ocurre el milagro.

La anotó, hágame saber si ocurre el milagro, era la primera vez que la oía, lo desconcertaba, ni siquiera el anciano que olvidó sus títulos bancarios o la enfermera que olvidó la insulina y máquina de oxígeno de su paciente, se habían quebrado al recibir una respuesta suya, nadie nunca en diez años se había llenado de sollozos por una caja, ¿Qué será más importante que la plata o la vida de una persona?, ¿qué hará que una voz se parta y de esa manera?

Iba a hablar, quería contestarle pero estaba sumido en sus pensamientos y cuando iba a abrir los labios escuchó el bip, ya había colgado, podía llamarla de vuelta, pero ya no confiaba en las palabras que iba a decirle, se encendió un cigarrillo y caminó sin rumbo por su almacén, la duda lo carcomía, y no le daba tregua, como era posible que una chiquilla de escasos 29 años como Marcela, que vivía sola y que acababa de mudarse a uno de los barrios más importantes de Buenos Aires, no estuviera en capacidad de abandonar cualquier recuerdo, cualquier objeto, no era cuestión de plata ella bien podría sustituir cualquiera de los objetos que él había mudado, ninguno se veía tan costoso, qué carajos la obligaba a llamarlo…

Estaba claro que no era de primera necesidad, la chica no iba a morir, nadie iba a morir, pero su voz sonaba como si el corazón la estrangulara, no era desesperación, ni frustración, ni siquiera odio, no, no había rastro de impaciencia en ella, solo un dolor profundo, como si los órganos de su cuerpo se hubieran comprimido, aplastados por una grave culpa… de qué será culpable.

Ahora los dos iban a sufrir por el maldito paquete, hace diez años que una caja no le robaba el sueño y ahora veía el insomnio como condena dictaminada, y todo porque en el vacío de su voz, no encontraba pista alguna, sobre qué podría haber allí, esperándolo.

Era una tentación que no podía evitar, camino deprisa hacia su auto de mudanzas, abrió la puerta, puso en marcha el motor y comenzó a conducir, conducía dos caminos al mismo tiempo, el de asfalto bajo su auto y a Marcela, de arriba abajo, sus palabras, sus emociones, y en el segundo camino no encontraba nada, absolutamente que le diera un indicio, nada, que lo guiara, tanta era su desesperación en este segundo camino que ni siquiera se dio cuenta que ya había llegado, aparcado, abierto la puerta e ingresado a la casa, nunca escuchó las voces que le preguntaban quién andaba ahí, tampoco escuchó nunca el mensaje de voz que Marcela le enviaba diciéndole que lo olvidara que ya la había encontrado y nunca escuchó el disparó que le atravesó el pecho por invadir la propiedad privada… la casa ya había sido ocupada, la culpa sin embargo, la culpa de la que su voz estaba cargada era sin duda la voz con la que Marcela hablaría cada día a partir del siguiente amanecer.

Blues y Tango

Qué jodido es verse y no reconocerse.

Ambos estaban rotos, sufrían y compartían la melancolía, el dolor, como dos mendigos que comparten un plato de comida, se eran insuficientes, solos estaban completos, pero detestaban la soledad y esta los incomodaba, no los abrumaba, pero no sabían estar solos, por eso evitaban estarlo.

Blues y Tango eran llanto, tan parecidos, representaban lo mismo pero desde dos orillas que nunca podrían tocarse y allí estaba el problema. Blues era tímida, quizá demasiado, Tango era rebelde, quizá sin causa.

Blues quería un mundo diferente, Tango quería hacer que fuera diferente, juntos recorrían un camino de ideales ligeramente distintos por caminos separados y esto los destrozaba a ambos, se miraban a la distancia como quien espera una señal de despedida, como quien aguarda aún un brillo de esperanza, como quien se miente.

El camino no era eterno, la recta algún día habría de quebrar, de separarlos a través de calles y avenidas, en algún momento para alguno de los dos sería contravía, no podrían verse, tendrían que separarse. Era inevitable.

Ambos lo sabían, lo veían en la mirada esquiva del otro, lo escuchaban en el silencio del otro, lo sentían en la ausencia del abrazo. Blues y Tango latían en ritmos distintos, deseos distintos, Fames y Cronopios sin Esperanzas en medio, solos musicales en tonos diferentes.

Sin embargo allí seguían, siendo ambos melancólicos, sabían que se extrañarían un poco más en la ausencia, no había forma de no recordarse, no encontraban sentido a alejarse si ya estaban ausentes. Blues y Tango, Blues tras Tango, qué pesado era el ambiente cuando ella estaba, una calada al cigarrillo, un trago al vaso y de nuevo Blues y Tango, Blues tras Tango.

Apenas recuperaba el aliento, Tango no sabía por qué Blues estaba tan triste, él era quien lo perdía todo, quien se alejaba de todo, no le quedaba un amigo para abrazar, Blues los heredaba a todos, a todo, su familia, sus alegrías y Tango solo tenía su tristeza y una soledad total.

Blues no entendía por qué Tango estaba deprimido, si él se lo llevaba todo, su libertad, sus libros, sus alegrías, iba a vivir su sueño de entender otra cultura, de vivirla, él se lo llevaba todo incluso el derecho a estar triste. Tan egoístas los dos, tan ensimismados, tan incapaces de verse sin un espejo, tan intolerantes hacia el sufrimiento del otro, tan ellos mismos.

Blues y Tango, nada que hacer, su sufrimiento era el de él, el de ella, los dos se escuchan a poca luz, se bañan de lágrimas y se abrazaban con sus dolencias, era su ritmo, sin duda alguna era su ritmo. Blues y Tango, el arte de sufrir, de llorar hecho melodía, nada había roto tantos corazones, ahogado tantas almas. Blues y Tango, saxofones y bandoneones, la tristeza hecha compañía, dos caminos que los separaban, ella quería bailar blues, él tango. Nunca pudieron bailar juntos.

Un Sacrificio Voluntario

Cazadores y presas, la vida es simplemente binaria.

—Juliana está cazada, sí con z, no es un trofeo sobre una chimenea, la cazaron, pero no está muerta, tiene fuego aún en la mirada, no da vueltas en jaula, la ignora, no sucumbe ante el parloteo de las loras vecinas, ni ante el vuelo de las visitantes… ella también cazadora solo aguarda, los colmillos ocultos, las garras escondidas, la voz, su rugir, su rugido, en silencio.

Así son las Leonas, esa prisión ficticia no las inmuta, no las cansa, es pasajero se dicen, y recuerdan la boca empapada de sangre, los gemidos rasgados de una gacela, búfalo, new o jabalí ahogándose en su boca, haciendo gorgotear la sangre, ella recuerda a un León que la monte 256 veces seguidas en el mismo día, ella recuerda otras leonas con las que comparte sus presas.

—De qué mierda estás hablando

—Dejate contar

—Pero dijiste que ibas a hablar de una vieja, de tu sacrificio voluntario

—A eso voy, dejame, la idea la tuve hace unos días, aunque no conocía a Juliana en ese momento, se la debo a Dalí, no el pintor, bueno no el que vos conocés, él contaba la historia de un hombre y una mujer que vio en un programa de supervivencia, de esos en los que son solo dos personas, un equipo de producción, transporte y servicio médico cuando lo necesites, de esos vacíos y sin ningún rollo real, televisión pura y dura, el caso es que había un Neardental y una Hadita, es decir un hombre tosco, sin tacto, de los que puede afeitarse con una roca, y una nena hippie, blandita, de las que no come nada que produzca sombra, en fin que el programa los pone en una situación donde el capitán cavernícola caza un jabalí y para celebrar lo insultaba cuando estaba en el suelo, le recriminaba su falta de astucia y poder, mientras se aclamaba como el mejor guerrero.

La Hadita se le enoja y le pide respeto, pero no porque matarlo, sino por mofarse, le pide gallardía y orgullo al eslabón evolutivo, le recrimina su falta orgullo, su poco honor, la cosa es que el tosco entiende, y cuando Dalí me contó, entendimos algo, un cazador no se precia de presas, un cazador come, si sos un cazador no necesitás humillar al otro en la derrota, es más una buena presa es por decirlo un sacrificio voluntario, una buena pelea, no se rinde, no se vuela, no juega sucio, por el contrario cuando siente que el cazador necesita adrenalina encara, cuando intuye que se cansa y cree que puede escapar, siente el dolor de sus piernas y se reconoce exhausto y perdido, pero entonces planta cara, ataca, quiere su honor en la batalla, quiere que su alma arda antes de entregarla.

—Te volviste a ver el rey león trabado

—Dejá, no me cortés

—Seguí, seguí, pero te juro que cansas

—Bueno, ya, el rollo es sencillo, Juliana es una cazadora cazada, y me vio, y el instinto le está empapando la tanguita, la humedad se le escapa y le chorrea por las piernas, y yo, la provoco, la miro y le sonrío y puedo ver esos ojos con ganas de dar pelea, la tiento y le temo, porque se le ven las ganas, tengo aún la ropa puesta porque ella lo quiere, no estoy en una cama porque ella aún no lo permite, juega con su lengua en la boca y yo la siento en el cuello, en las orejas, me habla de sus orgasmos, de sus tetas y yo quiero embestir, quiero entregarme y dar lidia, pelea, quiero el dolor, el cansancio, vos sabés que a mi edad un buen polvo deja hecho polvo.

—A tu edad el polvo viene en pastilla, y hecho polvo te deja agacharte a buscar las pantuflas

—No, a esta la encaro sin pastillas

—A tu edad, te mandas hasta pastillas para resistir las pastillas

—Pero esa vitalidad se pega

—Cuántos años tiene

—25

—Viejo loco, a tu edad esa leona no es un polvo, es un infarto

—A mí edad y es un último capricho, llamémoslo, un sacrificio voluntario.

Tinta hecha polvo

Catalina esta sobre la cama, bueno para ser más exacto estaba sobre una verga argentina saltando desesperada y Facundo le pidió que gritara que quería sexo, la idea no le pareció mala, tampoco mentira, quería, necesitaba sexo, deseaba seguir siendo penetrada, deseaba que esa verga fuera más gorda, más larga, quería aumentar la fricción y la velocidad, en ese momento Catalina era deseo vivo así que gritó, gritó que quería sexo, gritó que quería más, gritó que quería ser follada, gritó fuerte, gritó mientras se corría, gritó mientras los músculos de su abdomen se contraían, mientras los dedos de sus pies se le tensionaban, gritó mientras sentía que su cerebro estallaba, gritó a través de sus labios, de los pezones tensionados, Catalina gritó a través de sus ojos cerrados hasta que sintió que se materializaba su deseo.

Una voz en su espalda la hizo sonreír, cabalgaba gozosa, cabalgaba complacida, porque dos manos fuertes le apretaban ahora las tetas.

‑Ahora sí vas a gozar

‑le susurraron al oído, mientras que ella complacida se dejaba ir hacia adelante dejando expuesto y en su puesto el culo del cual orgullosa presumía.

‑Sí gritabas era una señal, le decía ahora su amante, mientras que el nuevo integrante enfilaba hacia su trasero, mientras sentía el roce de una nueva verga en sus nalgas.

Catalina le contaba la escena a un mal amante que había llegado borracho y no era lo suficientemente digno para aceptar su fracaso e irse, así que se había quedado adormir en su apartamento, y para colmo de males tras mal polvo era curioso, por eso había decidido humillarlo, decirle el polvo que había decepcionado, mencionarles las oportunidades que se había perdido por su mal desempeño, abrirle la ventana al circo erótico al que nunca tendría acceso, esa sería su venganza, lo pasearía por cada una de sus perversiones, le hablaría de lo que otros hombres, verdaderos hombres sí habían hecho por complacerla, lo que su curiosidad la había llevado a hacer en soledad, en público, en un cine, en un avión, con unas amigas en una noche de copas, le contaría de esas noches donde el sol había salido demasiado temprano para su gusto, de esos fines de semana en los que nunca hubiera deseado volver.

Pero el borracho la miraba extasiado, le pedía detalles, le suplicaba por más historias, el libido le hervía en los ojos, estaba jadeante, no tenía un orgasmo, era el orgasmo, la tortura no surgía efecto, el hijo de puta la disfrutaba más que a sus tetas, sus hermosas tetas, sus deliciosas tetas, sus recién retocadas tetas, el estrechamiento vaginal que recién había recibido tampoco parecía haberlo impresionado tanto, y aunque su oral lo consideraba exquisito, al parecer lo más excitante que podía hacer con su boca para ese ebrio despreciable era hablar.

Ella por vil morbo y por puro ego siguió hablando, la noche de sexo se convirtió en una noche de historias, donde revivió cada orgasmo que recordaba, al terminar por fin los dos durmieron con una sonrisa en el rostro, una noche placentera.

Esa sonrisa le duró semanas a catalina, y quizá hubiera sido eterna sino se hubiera nunca encontrado con un cuento que empezaba diciendo: Catalina esta sobre la cama, bueno para ser más exacto estaba sobre una verga argentina saltando desesperada y Facundo le pidió que gritara que quería sexo, la idea no le pareció mala, tampoco mentira, quería, necesitaba sexo, deseaba seguir siendo penetrada, deseaba que esa verga fuera más gorda, más larga, quería aumentar la fricción y la velocidad, en ese momento Catalina era deseo vivo así que gritó, gritó que quería sexo, gritó que quería más, gritó que quería ser follada, gritó fuerte, gritó mientras se corría, gritó mientras los músculos de su abdomen se contraían, mientras los dedos de sus pies se le tensionaban, gritó mientras sentía que su cerebro estallaba.

Final

Escribir tiene sus trampas, sus dolores, sus incógnitas…

—Silenciosos, son silenciosos, caminan con cautela, parecen distraídos pero se mantienen alertas, las orejas abiertas, los ojos también, aguzan el olfato, huele historia dicen, y en el paladar se le pegan las palabras, las que gustan, las que molestan, las que incomodan, las raras, las que tienen CH y RR porque estimulan las papilas gustativas, y si algo debe disfrutar quien escribe es el sabor que queda en la boca cuando el punto final se ha escrito.

—¿Punto final?

—Tiene que haber un punto final

—¿Siempre?

—Un punto final

—Se puede saber qué te pasa con el punto final

—Nada, bueno, no exactamente, todo aunque tampoco

—Hablá claro

—Entiéndame, he estado estudiando a su lado los deberes del escritor, sus fórmulas que parecen infinitas, sus tonos, variados, dispersos como acentos de regiones y países diferentes, hemos hecho un tratado de autoanálisis sobre nuestros propios textos y su fidelidad a estos tonos para crear nuestra carta literaria, con escritor espiritual y ascendente, hemos hecho ejercicios de imitación, ficción, supraficción, metaficción, sacaficción, asficción y en todos estos rituales lingüísticos, nuestra mayor dificultad ante los textos logrados fue siempre ese, el final, nunca era suficientemente bueno, pero lo cierto es que no tienen que serlos, el final de un libro o una historia, no tiene nada de difícil, es un puto punto.

—Mirá que no puedo dejar de mirarte y al mismo tiempo siento un gran deseo de abofetearte, ¿no entendiste nada?, cuatro años de dedicar nuestra energía a esto de la redacción espiritual, del cosmo editorial y seguís creyendo que se trata del signo y no del símbolo, pero te digo algo, no me extraña, siempre sospeche que nunca habías termina de comprender el tratado de semiótica de la gramática, que te sobrepasaba en comprensión su contenido, y aquí está la prueba

—Primero, ese librejo, libruzco, ese ladrillo sintáctico no era canónico de nuestro estudio, sabías bien que era un compilado de la interpretación de los aportes de tus filósofos favoritos, es decir no era más que tu opinión y ni siquiera sé cómo pretendías que lo ignorara, leerlo era aceptar tu hipótesis antes que la mía,  y eso nunca, habíamos ingresado acá precisamente porque no habíamos podido ponernos de acuerdo antes de entrar, no sé como rayos entraste una copia hasta este monasterio, pero era más obvio que no iba a leerlo ni a aceptarlo.

—El abad de los libreros estuvo de acuerdo con que tendría algún valor y me permitió traerlo

—¿Valor?, estás loco, sabes bien que en la torre del diccionario solo se acepta un libro que empieza por la inicial de cada letra de cada de cada de cada país, y sabes perfectamente que el tuyo no es digno de tal destino, el valor que le adjudicas en las palabras del abad, no es más que su valor en bruto, es decir, el cuero de la pasta, el papel, el pegante y bueno digamos que su peso como objeto, porque como obra, ese volumen jamás debió haber recibido el punto final.

—Estás celoso

—No, estoy cansado, no hay más que un punto al final, el comienzo ya lo solucionamos, pudimos encontrar que como causal de un buen inicio la culminación de cualquier pregunta, la promesa de un nombre al azar, o el sentimatopéyico de cualquier orgasmo, pero el final, no sabías como terminar y por eso te dolía, eres incapaz de hacer venir la obra, y por eso extiendes eternamente la proximidad, pero te equivocas,  no hay nada y esta es la prueba.

Cuestión de suerte

Lanzar la moneda, el resto es suerte.

Fernando era un adicto y lo sabía, él estaba consciente de que su vida era una moneda al aire, se pensaba astuto y corría tras cada teoría y cada señal. Veía números en las espaldas de las mariposas, en la comida, en sueños… estaba desquiciado.

Un día rumbo al casino escuchó repicar una campana siete veces, claramente ¡era una señal!, el siete era el número de su suerte, con él siempre ganaba en los dados y persiguió el sonido hasta una puerta gigantesca, la misa apenas iniciaba.

La idea le había venido durante el sermón, el párroco le recordaba a sus feligreses lo impuro del dinero, a Dios lo que es de Dios decía y al César lo que es del César… 

Para ingresar al cielo a la gente solo se le exigía el diezmo y cada idiota sacaba de su billetera el sueldo y lo depositaba en la cesta sin siquiera titubear. A eso le sumaban una confesión, luego una plegaria y todo estaba solucionado. 

Recordó su juventud, cuando era obligado a entrar a la iglesia y confesar sus pecados, nada extraños en un chico de 17 años, masturbación, mentiras, envidia, pereza y más masturbación, aún recordaba la penitencia que nunca había cumplido.

10 Aves marías, 15 padre nuestros y un rosario. Fernando pensó largo rato y se arrodilló dispuesto a rezarlos, pero entonces se le ocurrió: él podría ser el César, él quería más el dinero era claro, todo concordaba, los siete campanazos, el sermón la deuda de su confesión. Señales, eran todo señales, no era cuestión de suerte, era de señales y ahora él las veía.

Fernando hablaba en voz baja para sí mismo:

–Esto hay que tenerlo claro, al diezmo le sumamos estas oraciones y si cada oración es un valor, entre más largo más caro; es decir, el rosario equivale a un billete de diez mil, los padre nuestros a uno de dos mil y las aves marías a uno de mil.

Asignó también a cada pecado un juego, de esta manera se aseguraba de que cada penitencia terminara en donde debía. Para la masturbación se jugaba el diezmo, el mismo movimiento de manos en dos pecados, los dados y siempre al siete, para las mentiras el póker, era cuestión de blufear bien; para la envidia la ruleta, después de todo nunca tuvo muy claro por qué envidiaba a las personas. Finalmente para la pereza, las traga monedas. 

Al casino entró airoso, caminó por las mesas, observó a los dealers y se sentó un rato en el bar, lucía confiado, tenía esa mirada fuerte en los ojos, esa convicción que hace sentir a un hombre que levita sobre la tierra.

Ordenó una hamburguesa y la comió degustando la dulce victoria que se avecinaba, fumó y bebió, parecía alargar con cautela el momento indicado para las apuestas.

Finalmente se acercó y lleno de confianza empezó a apostar. Cada ave maría, cada padre nuestro y el rosario cayeron sobre cada pecado, y lanzamiento tras lanzamiento, mano tras mano, giro tras giro seguía apostando. Cada siete días, en misa de siete se puede ver a Juan en la entrada de la iglesia, confiesa sus pecados, estira la mano para la limosna y suelta dos monedas, toma tres billetes, sale sin dejar su diezmo, sonriendo siempre rumbo al casino, donde los perdedores cada domingo, lanzamiento tras lanzamiento, mano tras mano, giro tras giro entre susurros dicen que lo de Juan es solo cuestión de suerte.