Una buena mano

Los buenos conceptos son universales, pueden variar en composición, pero nunca lo harán en significado. Por ejemplo, según el juego, la profesión, una buena mano tiene una connotación inmutable: una buena mano de pintura es prolija, firme, y no deja lugar a espacios. Una buena mano jugando a las cartas te brinda una composición de números, formas y colores que opacan a las demás, una buena mano te pone la inyección y se siente como una caricia, una buena mano te corta el cabello y lo hace crecer grueso, fuerte y rápido, una buena mano tiene buena sazón, una buena mano enciende rápido el carbón, una buena mano, simplemente mejora lo que toca.

Lo bueno de la buena mano no yace en los dedos, ni en las articulaciones, su secreto no está en la falange ni en los músculos que les permite realizar un agarre, ni siquiera para los masajistas, no se trata de la fuerza que pueden generar para desatar un nudo en la espalda, el cuello, tampoco en la suavidad de la yema de sus dedos ni en lo tersa de sus palmas. No.

Hacen los mismos movimientos la buena y la mala mano, pero al mismo tiempo lo hacen diferente. Tiene sentido, cuando se ve a esa distancia tiene sentido. Una buena mano no habla ni siquiera de la mano sino de la realización en sí de una tarea, de su desarrollo y si se quiere de su voluntad.

Es primordialmente eso, el deseo de hacerlo, de tomarse el tiempo de hacerlo de disfrutarlo mientras se hace, de redescubrir que se ama hacerlo mientras se lo está haciendo, eso es todo. No hay secreto más evidente ni explicación menos innecesaria, una buena mano ha sido la forma de crear un mito alrededor de las ejecuciones, quizá creado también para no igualarlos a los máximos dones, una palabra para describir el talento nato en oficios sin artistas, en obreros prescindibles de tareas cotidianas donde lo bueno se aprecia, pero no se requiere.

Ningún mal peluquero se ha muerto de hambre, tampoco ningún pintor, y ni a los malos jugadores que escogen siempre las malas manos para apostar y que ganan solo por cuestión de suerte se les prohíbe jugar. Ellos existen en un mar de abundancia sin nombre, en una mediocridad universal e indiferente, las malas manos existen, son mayoría, están en personas que están donde están porque jamás han tenido ningún interés en su oficio, porque actúan bajo un lógica predecible y sobretodo ajena, porque pese a que fueron libres para tomar las decisiones que los llevaron a ocupar el lugar que tienen, se lamentan por haberlo hecho, porque no se realizaron sino que se resignaron, a hacer algo en lugar de a ser algo.

—Pero una buena mano, Carlota, no es lo que buscamos en este negocio. Aquí no buscamos las cualidades de esas buenas manos, porque las buenas manos tienen callos, lesiones, cicatrices, las buenas manos han golpeado y amasado la tierra, las buenas manos han dado todo su potencial en el trabajo y nada se han reservado para ellas mismas, las buenas manos no son delicadas, porque tienen un propósito y una vocación, no saben actuar delicadamente, ni lucir relajadas, son manos obreras. Ah, pero tus manos, son perfectas, perfectas.

Tras terminar de hablar, Wilson acomodó la posición de las muñecas, agarró el dorso de la mano derecha con los dedos de la mano izquierda y cargó el flash tsuuuuuuuuu y clic. El flash encegueció el fondo rojo, resaltó el blanco pálido y realzó el contraste de las uñas negras. —Para mí las buenas manos, son las que son inútiles sin propósito, las maleables, las que sirven para fingir que hace… así como las tuyas, dos lindos juguetes.

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