Laberintos

Miro detenidamente el mapa, la líneas de colores se sobreponen, el bullicio de la gente afuera dificulta aún más mi entendimiento, Wilson y Fernanda creen haberme dado una dirección exacta, los conozco y dudo, hay muchas posibilidades para equivocarse, demasiadas conjeturas, estoy perdido, incomunicado y la esperanza es esquiva para un latino en barajas, ya sé que no para todos, ya sé que algunos españoles son amables, no es algo exclusivo de los españoles, es geopolítico, algo ha hecho que algunos pasaportes digan turista y otros migrantes, si bien todos los somos al viajar, a algunos les han dado un no sé qué, que inspira en las personas de aduanas y migración confianza y a otros nos han marcado como reses con una I en la frente.

Intento escribirles al whats app, no responden, están fuera, camino a esperarme, me hago al lado de la cabina de información e intento escuchar explicaciones a otros viajantes, no quiero preguntar, no quiero darles la oportunidad de menospreciarme, me rehúso por un par de minutos y al final cedo.

Me indican con una mirada de falsa cortesía, lo sé porque también yo he puesto esa sonrisa falsa al saludar a parientes indeseados un domingo a la mañana cuando llegaban las visitas sorpresas a casa, debo dirigirme a la salida, voltear a la derecha e ir al segundo piso, allí hay un tren, dice no es el mismo que decían Wilson y Fernanda, no me sorprende, pero tampoco me fío.

Camino hacia la estación, busco otro par de turistas con cara de latinos, si algo puede unir a nuestros pueblos es la cordialidad que nace del desprecio, claro está solo en el extranjero y mientras que uno de los dos no sea local, ambos debemos ser sudacas para ser resistencia, si alguno es local o ciudadano de clase media entonces el enemigo es cualquiera que sea otro por debajo de su estatus; no encuentro ninguno a la vista.

Ahora tengo en frente otro mapa, tres líneas azules, para ser justos es una azul, una azul pálido o cian y una azul oscuro casi morado, la estúpida costumbre de mis compatriotas de utilizar diminutivos los ha llevado a decir azulito, la parca formalidad del agente lo ha llevado a decir azul, estúpidas costumbres ajenas, estúpidos convencionalismos nacionalistas, ¿acaso no era más fácil utilizar otra paleta de color?, los encargados de la señalética, son a veces agentes del caos.

Tomo una decisión, compro la tarjeta y sigo la línea azul, pensando en que a Fernanda le ha ganado el costumbrismo de aplicar el diminutivo a azul, y que con su azulito no intenta decirme que un azul más clarito; me subo y miro el mapa que tengo en mis manos, dos líneas hacen parada en la estación a la que me dirijo, en la que voy es una de ellas, pero son paralelas, tengo buenas y malas posibilidades, 50% para ser exacto, en mi rostro ya se hace palpable la duda, soy un objeto perdido más en barajas y mi destino ya no me pertenece, la suerte se echó hace mucho y yo solo ruedo a estrellarme con una pared y dar un número aleatorio; odio sentirme así, tan ajeno a mis decisiones, veo el mapa y falta tiempo, no es la primera vez que estoy perdido, no será la última, pero sí es la primera que pienso en que a los urbanistas y los arquitectos habría que quitarles su carnet profesional, recomendarles la siquiatría o el sicoanálisis, la jardinería para que encuentre y disfrute esas raíces complicadas y enredadas.

Veo el mapa, la ventanilla y suspiro, estoy en un puto laberinto.

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